Translate
martes, 25 de febrero de 2020
Odiseo en la pampa húmeda
Publicada originalmente en Evaristo Cultural http://evaristocultural.com.ar/2019/12/10/en-el-mismo-rio-ismael-cuasnicu/
Modesto Rimba ha tenido la osadía de publicar la primer novela de Ismael Cuasnicú (Mendoza, 1973), de quien sólo sabemos por la solapa de tapa que se ha formado como escritor en diversos talleres literarios, entre los que nuestra ignorancia nota solamente al escritor reconocido Alberto Laiseca. Decimos que ya está formado porque además de llegar al papel coordina él mismo a otres talleristas.
La literatura es tan fértil en la sociedad argentina que aún en contra del escaso éxito material que provee a les escriteres, éstes siguen floreciendo. Serán los estertores de una vieja tradición escolar, la fascinación adolescente estimulada por plumas e imaginaciones tan diversas como la de contar con clásicos al alcance de la mano en los 60 y 70, o quizás sea el producto de una vida alienada bajo el capitalismo perverso que obliga a escribir para sobrevivir.
Lo cierto es que todavía siguen rompiendo la corteza seca de un mercado editorial marchito obras como la de Ismael, que se animan a instalar una nueva voz en la playa infinita de voces impresas de nuestras letras. Desde su título, la novela de Ismael nos invita a una travesía infinita, onírica, construida y pulida sólo con las armas de la escuela surrealista. El escritor ha construido a un narrador que describe un sueño en tiempo presente, cronista de un delirio inconexo que sólo se explica si se tuviesen a mano referencias concretas de la biografía de quien delira.
Lejos de ser psicoanalistas, nos limitaremos a relatar las referencias simbólicas que podemos adivinar o que quizás hemos construido con los mismos materiales de ensueño que hemos recogido al navegar sus páginas. Lamentamos no haber abrevado más en la literatura para notar otras. En todo caso, nos disculpamos con el autor y sus lecteres por ello.
Se trata de una odisea, en el sentido clásico de la novela de aventuras donde el protagonista descubre todos los universos que conforman el ambiente que habita. Un viaje de descubrimiento donde el protagonista bien podría ser un dios de tercera línea, inocente en su doble ascepción, no asume responsabilidades por ninguna de sus acciones y al mismo tiempo vive y trascurre su vida como un niño que no es capaz de tomar decisiones basándose en programas morales.
Camina y navega sin saber a dónde ni desear. Toma del ambiente circunstancial lo que necesita para seguir y como única continuidad en casi doscientas páginas se amolda al deseo de les otres que cruza en el camino, hace lo que le piden, se mimetiza con les otres culturales al punto de convertirse en une más de elles. Puede incluso olvidar su personalidad y zambullirse en la cultura y cosmovisión recién conocida.
Como un dios soñado por Brahma, como un Siddartha que abandona la comodidad del palacio para conocer el dolor de la tierra que habita y hacerse uno con el universo, como el Jesús bíblico vagando en el desierto antes de consumar su destino, el alter ego de Ismael describe las vicisitudes de su viaje como lo haría cualquier alienado, intentando conjurar sus propias ansiedades y angustias en detalles que sólo él puede explicarse relevantes. Tan torturada es su forma de vivir que sólo hallará paz interior en una celda, aislado del contacto con otros a quienes necesariamente imitar para ser parte.
Concibe todo el tiempo la literatura como un deseo obsesivo para conjurar sus perversiones, redimirse y quizás vivir de ello. Esta pista se cae en los títulos, que al mismo tiempo toman el tono de los cronistas españoles que describían los fantásticos mundos americanos que recién colonizaban como los capítulos que narran las crónicas del anciano que al saturarse de libros de caballería resolvió encarnarlos y de paso con su inventor, Miguel Cervantes, inventar la literatura española y explicar las razones de la decadencia de su imperio.
Nuestro autor no se ataca de falsa humildad ni pretende con pompa repudiable subirse al carro de los fundadores del arte en el que recién comienza. Sencillamente elije una tradición desde la cual escribir, homenajea a sus predecesores y retoma la huella de su legado. Cualquier crítico literario le podría señalar sus referencias más obvias como defectos de principiante pero esas tonterías se las dejamos a quienes no conocen el placer de jugar a escribir.
Entonces, este dios amoral que se sueña a sí mismo mientras narra su devenir –la palabra no es fortuita porque desde el título la novela se esfuerza por recrear a cada renglón la dialéctica metáfora de Heráclito sobre la vida- encuentra que ha sido creado o está re-creando en su sueño un país concreto, una gran llanura que sigue llamando pampa, con pequeños pueblos de chacareros inmigrantes que han reconstruido una micro civilización que pretende defender la de su tierra de origen, una secta religiosa como las narradas por Max Weber en su La ética protestante, quienes le entregan a su esposa, una de las adolescentes del pueblo de Nueva Caledonia, a quien rapta como si fuese Helena misma y a quien amará usándola como sirvienta sexual y luego viviendo de su trabajo forzado como prostituta sin ningún tipo de asomo de culpa.
Para matizar su criminalidad, Laura es presentada a les lecteres como una vírgen cuyo deseo consciente es ser propiedad de su esposo a quien identifica con la recreación humana de su dios. Se autopercibe como un instrumento del designio divino de colonización y evangelización, aunque cuando tiene la oportunidad manipula sexualmente a una pareja de campesinos blancos aislados de su civilización y casi asesina a su esposo.
De la égida por los campos de cazadores, chacareros, viejos aislados de la civilización que viven en casonas propias de Usher, de Edgar Allan Poe, les viajeres conocen a los primeros habitantes de la pampa, aunque desde el vamos sabemos que son sólo burlescas imitaciones de aquéllos indios construidos por la fantasía interesada de sus genocidas huincas. Nuestro narrador se mueve en sus sueños sin pretender fijar ni criticar su destino, suelta su inconsciente formado en diversas lecturas y navega un espacio físico irreal pero concreto, el de una literatura nacional surgida de la lucha física del Estado europeo-criollo contra las sociedades sin propiedad privada ni clases dominantes tewelche y guaraní a las que arrebatará tierras y futuro, incluso su misma condición de humanidad.
En este mimetizarse permanente con su viaje y el ambiente que lo atraviesa creemos divisar el ejercicio épico de Walt Whitman pero anclado al tiempo-espacio de las llanuras inundables que formatearon el corazón del Estado argentino entre el Plata y la selva chaqueña. El narrador se deja invadir el inconsciente por el ambiente que observa hasta transformarse en el cronista de la autoconsciencia del ambiente, es por lo tanto también la historia de la pampa contándose a sí misma. El hombre como experiencia autoconsciente de la naturaleza, otra forma de pensarse –soñarse- dios. El juego que más amamos jugar les escriteres, según Jorge Luis Borges, el de diseñar mundos, crear seres y juzgarles.
Y largado a disfrutar del juego de la literatura, Ismael diseña una metáfora del país donde la tensión principal es urbano-rural, civilización y barbarie de nuevo, pero esta vez la ciudad épica de Sarmiento, una Nueva York de subte muy porteño surgida de una colonia de campesines suizes, es un símbolo de una modernidad rutinaria y homogénea. La peor barbarie de los indios pampeanos ilustraba el grado de crueldad de los blancos que intentaban exterminarles, Laura por ejemplo fue liberada del matrimonio obligatorio con su captor aunque intercambiada con el Jefe, pero en la megápolis capital es reducida a la prostituta más joven que alimenta a dos fiolos de poco vuelo.
La transición entre la megápolis y la extrema naturaleza, y todos los microcosmos que brotan de esos dos polos y sus combinaciones, es la inundación. El único hilo de la novela desde algún momento es el río que pasa de ser un elemento, un factor a uso de la humanidad, a desbordarlo todo y ser el único actor capaz de transformar lo que se creía eterno. En el único hotel de todo un poblado construido en una loma la inundación trastoca una y otra vez las jerarquías sociales y la civilización es una burla de sí misma; finalmente será la inundación la única esperanza de salvación para el modesto grupo de revolucionarios que se opone a la opresión de la gran ciudad.
Aquí creemos ver a Haroldo Conti detrás del personaje de Heraldo, quien dirije un grupo de delirantes terroristas que pintan murales para que la naturaleza invada el gris cemento o roban los cuadros de Modigliani del Museo Municipal para liberar al arte del intento de ser encasillado y vendido. Imposible no verles como uno de los grupos terroristas de El libro de Manuel, de Julio Cortázar, además de notar a Julito en casi todos los juegos de palabras y asociaciones que el autor se permite todo el tiempo mientras escribe.
Heraldo construye un barco a vela para liberar a su armada Brancaleone ante la inminencia de la captura, y nos remite a una posible interpretación del creador de Oreste y Mascaró y un fascinante universo de juguetonas palabras que designan las partes de los barcos y los nudos marineros como en un lenguaje secreto inventado por niños precisamente para liberarse del opresivo mundo de los adultos. En el mismo río también suena como variante rioplatense de El principito, como si el alter ego infantil del aviador francés hubiese dado vueltas –en barco y a caballo- por los mundos ocultos e inconscientes de nuestro ser nacional.
Sin embargo, el viaje no es puro inconsciente. Alguien reflexiona, corrige. Ya sean los amigos a quienes acercó el primer borrador –como deschava en el epílogo uno de ellos- o bien la editora de modesto rimba, el autor coloca un juicio contra el protagonista en el momento en que la comuna de la que forma parte alcanza los niveles más progresistas de relaciones políticas. Las mujeres del barco que busca la libertad de una nueva vida sobre los escombros de la ciudad capital colapsada por la inundación, disputan el poder del Capitán y sus marineros y logran al menos enjuiciar al narrador de toda la obra por misógino.
La defensa se sostiene para evidenciar la ridiculez del sistema judicial patriarcal y cualquiera que haya leído con un poco de atención se suma a la justicia empírica que aplican las mujeres al narrador sobreseído. El resultado calma un poco la conciencia de género de les lecteres que, como yo, bastante enfadades veníamos aguantando las aventuras del fiolo (cabe también la referencia del líder revolucionario de Los Siete Locos de Roberto Arlt, que financiaba sus proyectos políticos con el plusvalor que obtenía de los cuerpos de otras mujeres) que llegó al paroxismo cuando se enfocó en tratar a la única travesti de su delirante obra en masculino en todas las oportunidades que pudo.
Su proxenetismo y su travesti-odio no le fueron imputadas por las mujeres en el juicio –y esto quizás describa también una realidad desagradable pero existente de nuestro feminismo- y sólo se le acusó de querer levantarse a una de las mujeres de la comuna y verla únicamente como un objeto sexual y una sirvienta. Su ex esposa se negó a declarar en su contra, y el castigo lo encontraría sólo gracias a la constancia de los sádicos tíos de la esposa, que para más datos son gays, y como policías intentaron violarlo para conseguir una confesión.
Ismael Cuasnicú cumple con las condiciones de un artista reclamadas por Oscar Wilde, desnudarse sin restricciones morales, para así desnudar a su sociedad. También cumple con los parámetros de las editoriales pequeñas y medianas para publicar autores “desconocidos” pero que defiendan una calidad y prolijidad en el uso –o incluso en el abuso- de la lengua.
La sociedad que ha desnudado de su más primitivo inconsciente, merece mucho más que una condena donde pueda dedicarse a redimirse escribiendo sus memorias –imagino por ejemplo la vejez del mayor genocida argentino y fundador de la literatura nacional, Domingo Faustino Sarmiento o la de su “opositor” dentro de la misma clase dominante, Lucio V. Mansilla- merece que las marineras den rienda suelta a su deseo e intuición y tomen el poder del barco y la justicia, fundando otra sociedad.
Quizás la utopía de Ismael también contenga una conclusión moral, quizás la huida hacia una naturaleza virginal como la de Horacio Quiroga, a pesar de donarnos con la crueldad horrorizante de la naturaleza, sea mejor que la civilización construida de su negación. En todo caso, el autor corrije y edita para ofrecer en su salida al mundo otro rasgo constitutivo de la literatura argentina, la posibilidad de discutir políticamente las bases del país que construyen algunes y sufrimos otres.
Agradecemos proyectos editoriales como los de Modesto Rimba que, incluso en momentos tan adversos como el 2017 hicieron el esfuerzo de permitir sumar nuevas voces de papel al debate nacional desde la literatura.
El machismo, sobreseído
publicada originalmente en Evaristo Cultural http://evaristocultural.com.ar/2019/12/13/belisario-y-el-tribunal-de-mujeres-lucio-yudicello/
Lucio Yudicello pretende seguir las huellas del gran Chesterton en su propio camino con la novela policial. Su protagonista emula al inefable sacerdote católico de pueblo chico, el Padre Brown, pero metiendo sus capacidades detectivescas entre las intimidades de los grandes infiernos de los pequeños pueblos de las serranías cordobesas. Sin embargo, Belisario Guzmán tiene la originalidad de ser un viejo juez que rememora sus mejores anécdotas en un bar que se parece tanto a El Cairo donde Fontanarrosa inventaba las mesas interminables de los galanes, aunque se llame El Tábano y figure al noroeste de Rosario, en la Córdoba donde vive nuestro autor, que seguramente se trate de un evidente homenaje.
En la mejor tradición de las historias del Padre Brown, este juez campechano, que al mismo tiempo muestra una notable erudición sobre códigos y reglamentos procedimentales, utiliza toda su experiencia entre pasillos de tribunales y expedientes para intervenir en las características íntimas de la sociedad cordobesa con precisión de bisturí. Desde el comienzo de la última novela de su saga, Belisario y el tribunal de mujeres, hay un trabajo minucioso en la descripción de los personajes, que describe personalidades antes que estereotipos y va pintando un fresco costumbrista que pone en primer plano las conductas humanas, antes que la superficie de su hipocresía.
Toda la novela está sostenida en la trama de un crimen en apariencia transparente (como lo son todos los del género) y que sólo se devela al final, gracias a una serie de eventos azarosos y entretenidos y la sagacidad del protagonista y su parteneir, la Jueza Eliana Testa; el crimen involucra a dos carniceros de un pueblo de Traslasierra y una trama de celos y sexo extramatrimonial que desnudan las redes de sociabilidad de un pueblo chico y sus miserias. En el tono que Marx defendía las obras de Balzac, quien describía bien la mentalidad del “pequeño tendero de provincias”.
Sin ser fanáticos del género, entendemos que Yudicello trabaja con eficacia para cumplir con las leyes fundamentales del mismo: sabe mantener el suspenso con recursos nobles, principalmente el juego de narrar el recuerdo de un ambiente bucólico de las sierras en la primavera verano de 1995, desde una reunión de amigotes de café veinte años después. Lo mejor trabajado y que más nos ha divertido es el juego de superposiciones en el relato diferido de los hechos, del narrador que lo refiere como testigo de la reunión en el bar, condimentando la escena con descripciones e intervenciones de parroquianos que cumplen funciones específicas (señalar obviedades, despejar pistas falsas, cuestionar la veracidad del relato, etc.) hacia la voz del protagonista como narrador que viaja entre los efectos narcóticos del alcohol que consume en el presente y la melancolía del amor y la juventud que quedaron vivos dos décadas atrás.
El escritor es consciente de que ese juego le resulta y lo celebra cada tanto jugando con las palabras y las cacofonías para resaltarle. Sin embargo por alguna razón la tensión que logra en la primera parte, con los cambios de escena en el cuadro de una sola noche en el café, iniciadas con una partida de ajedrez con su alter ego, un médico cínico criador de arañas venenosas de apellido Maresca -que además de recordarnos obviamente la relación entre Sherlock y Watson sirve para introducirnos al verdadero leit motiv de la novela- no se mantiene en las otras dos partes, haciendo de algunas pausas necesarias para la narración más forzadas que necesarias. También nos ha parecido –desde una subjetividad absolutamente arbitraria- que la escena de la consumación del amor entre el juez y la jueza ha forzado aspectos de la personalidad del protagonista que no encajan con la sólida construcción que teníamos de la misma, sobre todo por el detalle de una cepa que llevaría de regalo además de los vinos a la cena romántica crucial.
El detalle no cuaja del todo con el juez verborrágico y de vocabulario entre técnico y campechano pero siempre erudito, aplomado y conservador aunque sea magnánimo y de mente abierta a lo nuevo. Quizás si rememorara ese amor como un lapsus juvenil y de alguna forma se distanciara de ciertos “pecados” comprensibles con la sabiduría de la vejez el detalle hubiese sido menos ruidoso. Aunque no empaña el resultado de conjunto.
Es de Perogrullo, pero por perfectos que sean sus personajes en el mundo de ficción, no pueden escapar a los límites del autor que los diseña.
El leit motiv de la novela son las relaciones de poder entre los géneros masculino y femenino en la sociedad cordobesa. Como en los cuentos de Fontanarrosa donde se emulan las estructuras de las fábulas griegas pero usando varones amigotes del bar como sujetos portadores de virtudes y defectos morales o éticos y sus aventuras desopilantes como vehículos de moralejas, en medio de una compulsa de ajedrez contra un amigo al que sospechamos Belisario quiere por encima del resto, éste desnuda un claro ataque homofóbico al ser comparada su inteligencia con la sabiduría “típicamente femenina”, a saber, no racional, intuitiva.
El machismo a juicio
Nuestro inteligente autor (la solapa nos informa que publica periódicamente desde 1985 una docena de libros entre cuentos, novelas y ensayos, que ha sido premiado por la SADE y el Fondo Nacional de las Artes, finalista dos veces del Clarín de Novela y que además es guionista y director de documentales y organizador del Encuentro Internacional de Literatura Policial Córdoba Mata) inventa un tribunal que se dedicaba en una modesta jurisdicción semirural semiurbana de todos los fueros de la justicia, dirigido por una mujer cuyas dos principales asistentes también lo eran. Un tribunal de mujeres tan idílico como el paisaje donde había sido conformado, que además ejercía un estilo de justicia en el que dominaba el sentido común y la búsqueda de la verdad y la defensa de les inocentes frente a los abusos de turno. Doblemente idílico. Al punto que el autor tiene que inventar una lucha extrema entre los poderes políticos de la Nación (el PJ liberal de Menen) y la Provincia (la UCR conservadora de Angeloz y De la Rúa) para explicar la constitución de una doble anormalidad como esa.
La novela, entonces, pretende funcionar como una crítica al sistema judicial argentino desde el foco en el tercer distrito más importante del país, donde se fustigan su excesivo burocratismo y formalismo y la corrupción de los abogados que busca el lucro aprovechándose de sus clientes –de la ignorancia en las leyes de sus clientes- y de los jueces que suben y bajan según sus relaciones carnales con el poder político. En ese sentido Belisario y el tribunal de mujeres además de ser un buen policial clásico se acerca un poco a la novela negra, en tanto denuncia del funcionamiento podrido del Estado y la sociedad que construye, señalando con la candidez corrosiva del personaje de su admiración una trama aparentemente pueblerina que desnuda y se entronca con las grandes líneas de corrupción de la historia argentina.
Pero además, sobre esa base, el autor construye una contraposición de la heroína y su tribunal que idealiza la influencia que podría tener una “mirada femenina” en la superación de los límites históricos del sistema judicial, además de poner en tela de juicio el machismo del sistema.
Sin embargo, Belisario no supera ni al Padre Brown ni a su amado Cura Brochero en quedarse en los límites del problema. Belisario puede distanciarse del machismo de sus contertulios en El Tábano y de las estrategias discursivas machistas de la prensa y la justicia, que revictimizan a las mujeres que testimonian en el juicio de marras como testigas y víctimas, señalando la injusticia del procedimiento pero subrayando con la de sus interlocutores del bar que las mismas forman parte del sentido común de la sociabilidad masculina, ya que a pesar de la amonestación, todo el mundo repite en la impunidad del bar las sospechas eróticas fundadas o infundadas sobre las mujeres en cuestión.
Belisario la juega de aggiornado, contraponiendo las astucias que utiliza la jueza Testa para defender a víctimas de violencia familiar en “aquéllas épocas” donde les jueces no contaban con instrumentos procesales como los que tipifican hoy la “violencia de género”, y con un tecnicismo del viejo Código Penal lograba separar a los maridos y novios golpeadores de sus esposas y novias, decretando su internación compulsiva en clínicas de enfermos alcohólicos.
Pero en el mismo juego en que la novela enfoca su crítica a la justicia por no defender a las víctimas de la violencia doméstica machista –además de que su mirada rutinaria no busca la defensa de las personas más débiles sino sacarse problemas menores de encima- Belisario demuestra la incomprensión de todo el problema del machismo, ya que ni siquiera roza el problema del patriarcado.
Patriarcado absuelto
Belisario reduce el enorme problema social de la violencia contra las mujeres (que para la época en que sitúa el presente narrativo de la novela, 2015, y para el año de su publicación el autor seguramente ha registrado el clamor de las movilizaciones de la marea verde, que irrumpieron el 3 de junio de 2015 con el grito del niunamenos, habida cuenta que los femicidios en nuestro país se producen con una continuidad y velocidad que permite a las investigadoras afirmar que estamos en presencia de un femigenocidio invisible y cotidiano, mucho más crudo en las provincias conservadoras como Córdoba) a una consecuencia no deseada del desempleo masculino del menemismo y la consecuente caída en la adicción al alcohol.
Lejos de ser un problema de adicciones (le pega o la mata porque está sarpado de merca) o de sustancias, las investigaciones más serias del feminismo, como la de Rita Segato, por ejemplo, demuestran que las violaciones, abusos, torturas, secuestros y asesinatos de mujeres por parte principalmente de parejas o conocidos cercanos se deben a una estructura subyacente en el metabolismo de las relaciones de parentesco que sostienen toda la sociabilidad de nuestras sociedades.
El sistema de relaciones afectivas patriarcal, que coloca en el centro del poder de las relaciones sociales al padre en tanto dueño de los cuerpos de las mujeres de su familia y como competidor por el dominio de los cuerpos de las demás mujeres protegidas y explotadas por sus propios padres-dueños, es el que explica la violencia de género, no el alcoholismo. Esta lógica patriarcal es tan invisible que incluso nuestro cándido y progresista juez cree estar ejerciendo una defensa de la mirada femenina cuando todo su relato está impregnado de una mirada patriarcal.
Desde el vamos, asignarle el poder metafísico de la intuición no racional al género femenino es una visión tan rancia y vetusta que debería haberle llamado la atención a alguno de los parroquianos más jóvenes, pero desde ya al autor. En la novela este aspecto es reforzado al extremo ya que una de las claves para resolver el enigma la aporta la visión paranormal de una secretaria del juzgado, que refuerza y conmueve a la jueza. Es decir, que en toda la novela, las mujeres portan la clave no racional, siendo el portador del falo quien resuelve el enigma de forma racional e incluso es el demiurgo que logra las acciones y conexiones necesarias para darle a la intuición de dos mujeres el resultado concreto y racional de la prueba.
Yendo más a fondo en la crítica, Belisario mismo se detiene en la descripción erótica de los cuerpos femeninos de la novela. La “monjita” que casi es asesinada “está buena”, el culo redondo, la cintura estrecha, los pechos enhiestos de la Jueza Testa son mayores que las descripciones de su ropa, su mirada o sus cualidades morales, cosa que no ocurre cuando el juez describe los cuerpos de abogados, jueces, pueblerinos o lo que sea. Las mujeres de Belisario y el tribunal de mujeres son los únicos cuerpos que merecen descripciones físicas eróticas para la mirada masculina, a única excepción de los genitales del occiso, que generan una fascinación lasciva en las mujeres que trabajan en el juzgado (que son minimizadas a simples pajeras) y que promueven la envidia del protagonista, lo que justifica la descripción física del “petiso”.
Los parroquianos y el propio Belisario notan cómo sus arranques bestiales frente a la jueza son impropios de su personalidad. Le hace un comentario sobre el tamaño de su pene y la invita a comprobarlo en el primer encuentro, le señala que mira sus labios con fruidez durante el segundo encuentro porque desea comerlos a besos e incluso en el encuentro consensuado donde la pareja consumará su deseo sexual, la Jueza debe detener una embestida lasciva de su invitado a su casa, que el protagonista confiesa haber sido motivada simplemente por una “erección” que “fue tan vigorosa e inesperada que sintió una dolorosa urgencia y comenzó a besarla y acariciarla con desesperación” (p. 148).
Lo de inesperada contrasta con el propio relato, ya que cada vez que la recuerda en el futuro Belisario emboba su mirada en la nostalgia romántica, pero cuando la encuentra en el futuro, su cuerpo le genera primero tamborileo en el corazón y luego “cosquillas en la entrepierna”. Un Belisario más autoconciente de sus acciones hubiera notado que constantemente su deseo sexual se habría paso buscando imponerse a lo que sea que le pasara a la mujer que tenía en frente.
Las descripciones de una relación consensuada con una jueza de relativo poder, en la locación donde ella lo ejercía, sus movimientos seguros y confiados, su sensación de viejo matrimonio que se conocía a la perfección y la pasión juvenil, sirven como atenuantes ante la clara muestra de falocentrismo autojustificado del juez, y de sus contertulios que no le recriminan nada y, polémica ahora sí, de un autor que no deja constancia de marcas suficientes en el texto para desligarse el mismo de las conductas de sus personajes.
Es ficción… ¿es ficción?
Queda entonces para debatir si la lógica patriarcal que se trasluce en todas las miradas masculinas de la novela -donde los varones son portadores del poder creativo y transformador, ya sea que delincan o que resuelvan el caso, mientras que incluso las mujeres protagónicas sólo cumplen un rol de complemento necesario, de corifeo y coro de los falos demiurgos-, desnuda una falta de mirada crítica del propio autor o de alguna forma ésta se ampara en la impunidad propia de la literatura, que desliga a la trama y los personajes de la personalidad de su creador, o más, de la literatura policial costumbrista, que se limita a describir la sociedad que existe, sin hacerse cargo de una valoración moral que excede al género.
¿Es así? ¿Podemos seguir sosteniendo ante el avance histórico del femigenocidio en Córdoba y América Latina y el mundo entero una justificación tan vieja de un arma tan poderosa para la creación de consensos culturales como la literatura? En todo caso, ¿debería seguir siendo así o es hora ya que la marea verde barra con toda esa hojarasca clásica del mismo modo que los ríos y arroyos de las sierras suelen hacer en la temporada de lluvias?
En todo caso, felicitamos al autor por haber construido su protagonista-detective en la figura de un juez, que todavía puede alimentar algún gesto de credibilidad en sus lecteres (la ilusión de los buenos jueces o las juezas buenas) ya que si hubiese elegido a un sacerdote católico apostólico romano, como el irlandés de Chesterton o el cordobés Brochero, en “los tiempos que corren” nadie podría esperar de ellos benevolencia y un alma incisiva para juzgar la existencia humana sino que esperaría sean el origen y suma de la perversión machista y patriarcal, y no por fantasías de la crítica, sino por la enorme cantidad de pruebas y testimonios que han destapado varios siglos de abusos sexuales por parte de estos pederastas y violadores seriales, amparados por un sistema encubridor casi perfecto, el del Estado Vaticano.
Aunque reservamos la esperanza que nuestro buen Belisario llegue a notar estos problemas antes de morir –lo imaginamos en sus sesenta o setenta- y pueda llegar a encontrarnos entretenides y atrapades en alguna ficción donde explore las consecuencias autocríticas de tirar de estas contradicciones insalvables de su propio privilegio patriarcal.
Sin alejarnos de la novela, en el momento en que dejado llevar por sus instintos animales el joven juez del recuerdo logra concretar su deseo sexual con la jueza -y sin ánimo de espoilear una escena que puede disfrutar como erótica cualquier lector masculino promedio- Belisario parece trascender sus propios límites y estructuras, liberarse de todo aquello que lo sitúa en el entramado social donde cumple su función como corresponde.
En un probable lapsus del autor, alguno de los narradores describe el clímax asegurando que los amantes se fundieron en un crisol donde las fronteras individuales desaparecieron:
“[…] sumergidos en la enredadera, echados sobre una hamaca, caídos en la hierba, lamiéndose, chupándose, hundiendo sus dedos como garfios en la carne estremecida, penetrándose sin piedad por todos los conductos posibles […]” el subrayado nos pertenece.
Ojalá Belisario –o su autor- se dejasen llevar por este trampolín de sustancias desinhibitorias y el “arrojo de la pasión” –incluso heterosexual, incluso con clishés como el “crisol de fluidos”, incluso con la escatología chocante de los “conductos”- y pasasen al otro lado del límite material y mental del género para permitirse ser penetrados, es decir, ser descolocados de ciertos mandatos masculinos heteronormados que les impiden ver su propia defensa inconsciente de las estructuras de poder que ayudan a sostener y difundir.
No decimos que la penetración anal sea el camino de la liberación del macho patriarcal inconsciente, pero seguro sería un buen comienzo.
jueves, 20 de febrero de 2020
Una Arlekuina Femininja
Un ensayo emocional para Aves de presa y la fabulósica emancipación de una tal Harley Quinn,
Warner Bros., 2020.
Seis años antes, le abriste una puerta de vidrio enorme como
ésta a Leyla Isis, tu hija, para su primera función en una sala de cine. Tenía tres
años y medio y también eran lunas de carnaval las que señalaban el fin del verano.
Te pareció una gran idea iniciarla en el mundo de la fantasía que tanto
habitaste desde que tenías su misma edad. Compartirle tu mundo de ilusiones
conscientes como gesto de amor fraterno: una buena idea. Un bienvenirla,
iniciarla en aquellas cosas de este mundo que hacen valer la pena vivirlo.
Ahora, ella misma se adelanta y abre la puerta, sin esperar tu
ayuda. Es el último día de tus vacaciones y entre todos los rituales que les
acompañan desde hace nueve años, ella eligió el cine. Su sala preferida, que
tiene costumbres parecidas a los viejos cines de pueblo chico como donde te
criaron o de barrio porteño donde acompañás su desarrollo. Por ejemplo, que es
la única sala en la ciudad y conurbano que ha puesto una proyección por hora de
esta peli doblada al castellano.
Eligieron la peli no bien la vieron las dos en el afiche
frente a la casa: Harley Quinn, hay
algo en este personaje que nos llama poderosamente la fascinación y queremos
pagar una onerosa entrada para descubrir qué es.
Y lo hicimos.
Unidas Venceremos (un poco de historia)
Esa tarde del verano del 2014, fueron a ver Zarina, la hada pirata, la sexta y
última de la saga Tinker Bell que
fabricaron los estudios Disney para su vasta audiencia femenina infantil. Leyla
salió de la sala esgrimiendo sables y parches en el ojo como agregado de sus
juegos. Fijó sus deseos de esparcimiento en la Plaza Benito Nazar, más pequeña que
las tres plazas del Parque del Centenario que exploraba desde recién nacida y
más lejana. Tenía un puente colgante en la estructura de juegos de madera, y
era, en su imaginación, el escenario ideal para dejar salir a la Hada Pirata a
vencer.
Escribiste la primera reseña de casi cien que completarías
sobre todo el cine infantil que descubrieron juntas, interpretando en ellas la
tensión de ideales femeninos que existe entre guionistas, directorxs,
productorxs, empresas y financistas y público consumidor de cine infantil.
Estás orgullosa de esas reseñas porque te sirvieron para comprender mejor el
mundo donde tuviste que surfear una paternidad empática de una niña a la que no
deseabas formar con los mandatos represivos de la heteronorma y el patriarcado
con la que tu familia de origen te atormentaba. Orgullose, porque gracias a
esos procesos de auto-crítica consciente, de la sociedad que te formateó como
varón porque naciste con pene, pudiste encontrar las grietas necesarias para
romper con el género impuesto y abrazar el auto-percibido.
Zarina era el
nombre de una hada proletaria, que tenía un aburrido laburo en la línea de
montaje del polvo mágico, mientras soñaba con ser científica y revolucionar la
fabricación de polvos mágicos y, que a fuerza de chocar contra las
prohibiciones de su mundo, eligió convertirse en una villana, pirata, para
obtener el polvo mágico que deseaba y demostrar su verdad. Lamentablemente, sus
bellos deseos negociaron un acuerdo con el peor pirata, el mismísimo Hook, un
varón patriarcal egocéntrico, arquetipo del super yo que quiso usarla y
encadenarla, un destructor de infancias. La clave de resolución del deseo de la
protagonista, estaba en el viejo recurso de las historias de amigas o también llamado de bandas de gangs,
exitoso productor de demanda para las muñecas de Monster High, que fuera
comprobado en las taquilleras series animadas de los 80, Los pitufos -que inventó el recurso- y los ositos cariñositos que lo despegaron del patriarcalismo rancio de
la aldea celeste. El mismo recurso narrativo que permitió el éxito televisivo
de Cris Morena en Chiquititas o Rebelde Way, que explosionó la venta de
libros desde Mujercitas de María
Luisa Alcott en ; el poder de la amistad gregaria que inventó íconos de la
historieta como el británico Charlie
Brown o la rioplatense Mafalda.
Unides podremos vencer, es el sentimiento de camaradería
fraternal de quienes sufrimos el mundo eso que nos convoca a gastar entradas y
merchandising para vivirlo en la virtualidad de nuestras fantasías, al menos,
entrenarnos con red en su idealización. En el caso de Los Pitufos, la unidad de
la aldea campesina libre europea frente al avance del Land Lord, del Herr, del
Señor o Signore, el Sire feudal que vino a imponer mil años de su Dominio
Personalizado y Hereditario, su poder absoluto sobre las vidas de esas humildes
gentes.
En los otros, o bien son mujeres esclavizadas por el
pariarcado, de la misma clase media, pequeñoburguesía profesional y
comerciante, o bien de la aristocracia venida a menos y romántica. En otros
casos más sutiles y exitosos en nuestra época, seduce una imagen de unidad
femenina por sobre las diferencias de clase, de deseos y de personalidades. Lo
que la política llama utopía policlasista.
Es la misma utopía que vende el nacionalismo de los países colonizados o el
cristianismo y todas las religiones de Estados Unificados, monoteístas, todes
les oprimides juntes, como gran familia, a pesar de nuestras diferencias de
clase social, explotadas y explotadoras hermanadas en el mismo juego.
Disney hacía plata –en épocas de relajación parcial del
conservadurismo, con Obama en la Casa Blanca- sobre la sororidad, solidaridad femenina que ya estaba aprobada por la
cultura burguesa dominante en los países imperialistas como elemento de progreso
cultural y que no paraba de generar espectadoras de cine desde éxitos de
taquilla como Mulán, Valiente o Frozen, ayudando a la corporación amiga del Vaticano a teñirse de
feminista un poquis.
Siguiendo el deseo proyectado de las madres jóvenes y niñas
del nuevo siglo, que hicieron brillar a Shrekmuy por encima de la nostalgia machista de Toy Story -cacheteando al hombre de negocios de Pixar en nombre del
inventor de fantasías de Dream Works-, además de sororidad la clave era la
aceptación de las razones políticas de “las villanas”, el sueño de aceptación
que siempre tiene en algún lado la persona que sufriera la expulsión de su
familia, de su clase, de su sociedad. El éxito como redención. Disney no puede
ir muy lejos de La Biblia, se sabe.
Sobre arlekuines y máscaras (un poco de pensamiento mágico)
En Aves de presa
la clave de lectura está en el subtítulo: Y
la fantabulosa emancipación de una Harley Quinn. Inventada por el machismo
de la fábrica de superhéroes de la segunda posguerra mundial, Harley Quinn era -hasta
esta peli- la Bob Patiño del Jocker, llamado el Guasón en castellano, perdiendo
todo el poder simbólico del original.
El Jocker no es el bufón en el sentido literal de quien hace
bufa o burla, bromas o, en España, “guasa”. El Jocker es en realidad el
Arlequín, el Bufón Real que tiene la función en la corte de desenmascarar la
hipocresía del propio universo donde el Rey dirige y toma decisiones. Quien
tiene permitido usar una máscara para desenmascarar a mentirosos, engañeros y
traidores de los que el Rey sabe se llenará su propia corte a la espera de
manipularle a su antojo con todo tipo de astucias.
El Bufón Regio es una apropiación de los primeros monarcas francos,
germanos o visigodos de una antiquísima tradición popular indoeuropea, pre
romana y presente con variantes en casi todas las sociedades comunitarias
anteriores al Estado y la explotación.
Estos monarcas representaban a las familias más exitosas en
la guerra que todavía portaban sus tradiciones y cosmovisiones religiosas pero
debían dotar a sus reinos del poder que otrogaba la organización centralizada
de la buorcacia estatal, y eso implicaba adaptarse al derecho y la contabilidad
en latin y al Cristianismo oficializado en el siglo anterior.
Cuando los ritos mágicos eran portados por chamanas,
druidas, hechiceras y sacerdotisas que concentraban en su familia y su clan el
conocimiento comunitario de los espíritus que habitaban en su mundo, los que
hacían que algunas plantas fueran beneficiosas y que otras ayudaran a morir,
espíritus de las fuerzas naturales que gobernaban el mundo, el viento y la
tormenta, el sol y la luna, que podían ser invocades para asumir un lugar en
los cuerpos de la comunidad.
Los rituales mágicos de invocación fueron al mismo tiempo
las primeras referencias de las artes de las danzas y el teatro de la historia
humana.
Efectivamente, las hechiceras y sus ayudantes o aprendices
narraban la historia del espíritu fantástico a quien invocaban; todavía las
danzas folklóricas cubanas mantienen estas tradiciones neolíticas de les
afrodescendientes arrastrades por la fuerza al Caribe para ser esclavizades por
los europeos durante cuatro siglos, los patakies yoruba. Se narra la historia
de les espíritus para pedagogizar a la tribu y el clan con la propia historia
de su origen y peripecias por el mundo, para transmitir el conjunto de
conocimientos valiosos que permitieron sobrevivir a la comunidad.
Se narra invocando la historia de eses espíritus, con
personas vestidas con sus rasgos exteriores, colores, artefactos totémicos que
simbolizan su poder, y máscaras. Es el origen del teatro griego clásico y ese
teatro chino que tanto fascinó a Bertolt Brecht en los años 30 para parir su
propio teatro revolucionario, el del distanciamiento.
La máscara anula los rasgos específicos del individuo que la
porta para reflejar aquellos rasgos que toda la colectividad a consensuado
pertenecen a la divinidad, o al personaje que se interpreta. La máscara no es
un engaño, es un espejo que va mostrar al colectivo tal cual es. Esa verdad
oculta que la máscara trae afuera, del inconsciente individual y colectivo a la
conciencia exterior, puede causar risa o tristeza, depende del público, de la
sociedad, del momento histórico. Las leyes del pasado pueden causarnos sensaciones
ridículas o un asombro metafísico.
Le arlequín recupera el espíritu mágico del espíritu
infantil, no normado, incontrolado, puro caos que desborda el orden social, el
dios Pan del Mediterráneo, el Orisha Elegguá del río Níger, Dionisio y Baco
clásicos, Hánuman en las costas del Ganges y Dios Mono del otro lado del
Himalaya, en la China Imperial, el dios Momo que gobierna el caos desatado en
las dos lunas de carnaval, que viene al mundo ordenado y serio a denunciar sus
raíces podridas, a desnudarnos para que veamos la verdad debajo de las mentiras
con las que solemos disfrazarnos para sobrevivir. El Ello reprimido de Freud.
El actor Joaquín Phoneix acaba de ganar los premios de toda
la industria del cine debido a la repercusión popular de su interpretación del
viejo Jocker en todo el planeta; desde los rostros de la juventud sublevada en
Hong Kong contra el imperialismo maoísta hasta la primera línea de la rebelión
chilena en Plaza de la Dignidad, todo el 2019 la máscara del Bufón fue bandera
de revolución social en un planeta al borde del cataclismo ecológico, humano y
animal.
Dudamos que Aves de
Presa vaya a obtener el mismo reconocimiento de los barones de la industria
imperial del cine para una peli medio punk (que incluye una escena de
reivindicación del consumo de merca y la toma de una comisaría llena de machos
por una anarquista con balas de glitter) que viene a ofrecer una parábola muy
didáctica sobre el funcionamiento del patriarcado. No voy a discutir los
méritos del Jocker de Phoenix al
desnudar el maltrato emocional y psíquico que genera el sistema capitalista en
les alienades explotades, sus esclaves, aunque deberíamos preguntarnos si el
hecho de ser una mujer o persona trans o no binarie no hace que las
experiencias cotidianas del personaje de Phoenix –maltrato social cotidiano,
precariedad material, maltrato institucionalizado de justicia, policía y salud
mental- no hubiesen sido peores.
El embrollado camino de la auto-consciencia
En la epopeya de DC cómics, Harley Quinn era la rubia boba y
loca que acompañaba sumisa sólo a su Jocker, obediente como una mascota, feroz
como leona a sus mandatos.
En esta peli, Harley Quinn toma la palabra para narrar su biografía.
Desde la voz en off venimos a escuchar la
historia de su emancipación, de cómo le costó sostener la segunda decisión más
importante de su vida, a saber, desembarazarse de la dependencia emocional y
material de su pareja, de su dueño desde que tomó la primera decisión
importante, que fue entregarse enteramente al Jocker.
Para explicar sus razones a un público que no la conoce, que
la tiene por villana, Harley comienza por su infancia abusada por su padre
biológico, quien después de golpearla emocionalmente la abandonó a un convento
de monjas católicas que la torturaron sicológica y físicamente hasta que ella
misma logró aprender ese arte perfeccionado por les herederes del Vaticano en
los últimos dos mil años: la autorepresión del propio deseo.
Así Harley se recibió de médica siquiátrica y llegó a
laburar en el manicomio de Gotham City, Arkham Asylum donde el empresario
megamillonario que ejerce la ley fuera de toda ley, Bruce Wayne y una Justicia
y Policías corruptas decidieron confinar al Jocker, volviendo a los orígenes
del sistema de salud occidental, ligados a la represión antes que a la cura,
como denunciaran en su momento Antonin Artaud y Michel Foucault.
La fábula hebrea otra vez, Jhavé y Lucifer, el mal absoluto
y el bien absoluto, contradicción atómica esencial de la vida humana, y su
lucha eterna como metáfora de la vida cotidiana de lucha de la especie por
sobrevivir en un mundo hostil. Zeus y Hades, la Catrina y Xibalba de los
náhuatl, Cástor y Pólux, Caín y Abel, usted elija la ficción que prefiera, muchas
familias humanas en los últimos cien mil años han flashado parecido sobre la
relación constitutiva de la humanidad.
Allí Harley se enamoró de su paciente y por medio de ese
amor logró salir del closet donde la habían metido las monjas, confundiendo
-gracias al amor de transferencia- su propia capacidad para liberarse así misma
con el amor romántico por el poder
masculino.
Interesante escena de la vida de Harley, que nos remite a la
historia real entre la primera mujer que se recibiera de sicóloga en el mundo,
la rusa Sabina Spielrein, egresada de la academia vienesa fundada por el
mismísimo Freud, quien la reconoció como discípula. Casi como Harley, pero
desde el otro lado del diván, Sabina llegó a las manos del primer discípulo de
Freud que ensayó la técnica psicoanalítica en un paciente siquiátrico, Karl
Jung, quien la liberó de la camisa de fuerza, las cadenas que la sujetaban a su
cama y las sesiones de tortura de la hidroterapia para mujeres diagnosticadas
de histéricas y la ayudó a encontrar su camino.
Sabina se enamoró de Jung y Freud teorizó sobre el amor de transferencia, mientras protegía el deseo de su discípulo varón contra el de
Sabina, quien en algún momento decidió -con sabiduría- mandar a ambos a la
mierda y fundar el primer intento de un jardín de infantes que concibiera a les
niñes como personas sujetos de derechos de la historia humana, al amparo del
primer Estado Obrero y Comunista de la historia en la URSS de Lenin, Trotsky y
Maiakovisky, de quien fuera amiga y con quien compartió la fatídica suerte de
ser perseguida por el usurpador de su revolución, que la empujó a las manos de
sus asesinos, el Estado Nazi.
Harley llega al mismo lugar que Sabina pero como doctora del
paciente masculino, de la misma manera que Clarice Starling (Jodie Foster) en
1991 empieza a interrogar a Hannibal Lecter (Anthony Hopkins) en Silence of the lambs (traducida
torpemente como el Silencio de los
inocentes en castellano) y
termina por ser seducida por este inteligente, sádico y cínico caníbal, también
encerrado en una cárcel/hospital siquiátrico.
En el fondo, Jocker y Hannibal nos seducen porque fuimos
formateadas en una cultura judeo-católica, en donde el Diablo tiene el mismo
poder de Dios, de hecho, fue su primer discípulo, que fuera desterrado al
inconsciente –perdón, inframundo- por pretender saber lo mismo que el creador.
Dios lo destierra porque no puede matarlo, porque porta la verdad del mundo que
ha creado, tiene una función en él. Como en la versión de Saramago de la vida
del hijo de Dios, El evangelio según
Jesucristo, de 1998, en la que los argumentos del Diablo cuando pasa 40
días tentando a Jesús en el Desierto son absolutamente ciertos y convencen a
cualquiere lectere.
Harley Quinn llega a zambullirse voluntariamente en la misma
pileta de químicos marca Acme en la que callera Jack Napier (Jack Nicholson) en
la Batman de Tim Burton que viste en una de las tres
salas de cine que existían en Posadas en 1989, no recordás si la del cine
Sarmiento o la del Español, que convivían en una de las calles del centro o la
nueva que abrieron sobre la Avenida Corrientes en ese año. Harley comete el
sacrificio para adoptar la misma identidad del dueño a quien entregaba su deseo
y voluntad, esa piel blanca artificial, el rostro atenazado en una sonrisa
eterna, los colores celeste y rosa en su cabello.
Y para demostrar su “locura”. Es al mismo tiempo Abraham, el
cordero sacrificial y el primogénito, salvada a última hora por su propio dios,
el Jocker, que en ese acto deja de ser quien viene a representar el Caos contra
el orden legal de Gótica para ejercer el Status Quo de Macho Dueño, de
Paterfamilia, como cualquier machito dueño de “su esposa”.
Como la mujer joven que mal elije a su esposo como salvador
de la opresión de su deseo en manos de su padre. Destino femenino en nuestras
sociedades patriarcales, elegir un amo más bondadoso, que a cambio de sexo
gratuito mejore la calidad de tus cadenas.
Sororidad y feminismo reformista: la
construcción de la emancipación femenina en un mundo de machos
En esta peli, Harley cuenta cómo tomó la decisión de
sostenerse en la vida después que su esposo la expulsara del Paraíso Familiar
que había construido falsamente. La clave para la satisfacción de su deseo,
descubre en la peli, es el amor y la camaradería de sus hermanas de género, que
aún viniendo de diferentes contextos de clase (la Huntress o Cazadora de la
ballesta de una familia millonaria, Black
Canary huérfana empleada de un boliche de mala muerte, la detective
lesbiana portorriqueña Reneé Montoya
y la pre-adolescente Cassandra Cain,
hija adoptiva de una familia pobre y violenta, vecina de los monoblocks donde
vive la cantante.
Una pandilla de amigas con poderes contrapuestos y
complementarios, con personalidades marcadas y fuertes, policlasista y
polirracial que encuentra en la sororidad la única salida posible para la realización de sus deseos individuales
y colectivos en una sociedad gobernada por machos.
Hay que felicitar a Margot Robbie, protagonista y productora,
por haber elegido a Cathy Yan como directora (asiática y de nombre homófono con
la pequeña ladrona que activa la sociedad con la villana rubia protagonista) y
a Christina Hodson como guionista. La trama de la peli refleja con fidelidad lo
que debe costar fabricar una historia comercial para la Warner Bros. en una
industria apabulladoramente patriarcal y machista. Margot Robbie,
co-protagoniza la polémica Escándalo,
a estrenarse también en febrero de este año, historia de cómo nació el
movimiento feminista que más ha impactado en los países imperialistas en los
últimos treinta años, el me too (a mí
también me pasó).
Hay dos secuencias que simbolizan la ideología feminista con
la que las autoras dialogan en términos de identificación y homenaje hacia sus
raíces y también como ruptura.
En la presentación de Black Canary, o Canario Negro, la
joven actriz afronorteamericana Jurnee Smolett-Bell interpreta la famosa
canción que inmortalizara James Brown, It’s
a man’s world, co-escrita con Betty Jean Newsome en 1991, en la que un
varón confiesa que en un mundo fabricado y dirigido por varones él mismo no
sería nada sin una mujer o una niña, o sea, sin un amor de pareja o una hija.
El máximo progresismo posible de parte de un varón en una sociedad patriarcal.
Claramente criticable por su condescendencia de patrón empático con sus
sirvientas, pero también una contradicción donde se puede abrir una brecha en
la trinchera enemiga y dar batalla.
Que es lo que hacen guionista, directora, productora y
protagonista cuando interpretan su propia escena icónica del clásico de Marilyn
Monroe Diamonds are a girl’s best friends
en la película Los caballeros las
prefieren rubias de 1953. Una canción interpretada por todas las mujeres
que pretendieron construir una carrera solista basada en su fuerza de mujer
independiente, desde el clip de A
material girl de Madonna en 1984 hasta las versiones de Ariana Grande,
Thalía, Beyoncé, Christina Aguilera o la anterior versión cinematográfica de
Nicole Kidman en Moulin Rougue de
2001, donde co-protagoniza también con Ewan McGregor, que en Aves de presa es el sádico Roman
Sionis/Black Masck.
En uno de los símbolos trágicos de su carrera profesional,
casi como una ironía burlona, la joven artista Marilin Monroe, que luego
supimos de su sensibilidad como poeta, desnuda la horrible realidad de este
mundo gobernado por varones, que pretenden “conquistar” mujeres para obligarlas
a ser sus “esposas” con sus encantos románticos y elegantes. Ella se empodera
con cinismo y sarcasmo, desnudando la hipocresía del amor romántico, declara
que sólo se va a entregar a cambio de diamantes, los mejores amigos de las
mujeres, porque las mantienen bellas aunque envejezcan, entre otras virtudes.
Resaltando el homenaje a Marilyn, en Aves de Presa también hay un diamante que, además de permitir la
canción, juega un papel central en la trama como en la peli de Marilyn. En este
caso, vincula fortuitamente a Harley con Cassandra, quien se lo roba sin querer
al secuaz más sádico del maloso, denunciando la incapacidad y falta de
inteligencia del villano macho encubierta en una careta de invencible.
En toda la peli, en cada subtrama, el mundo micro de cada
mujer está gobernado por varones que sólo se sostienen sobre ellas debido al
poder del patriarcado, porque son perfectos estúpidos e incapaces. Sólo son
homenajeados los varones que saben cocinar fast food grasosa y picante,
cocineros obreros, la escala más baja del patriarcado.
Los policías que rodean a la veterana Reneé Montoya
(interpretada por una actriz también veterana, la excelente Rosa “Rosie” Pérez
que la rompiera en White man can`t jump de
1993 o Perdita Durango de 1997) son
perfectos idiotas útiles, todos, desde el imbécil que la descansa en el
despacho de recepción hasta su Jefe; lo mismo que los delincuentes que acosan e
intentan asesinar a Harley desde el comienzo de la peli, enormes, musculosos
inflados de anabólicos, barbados, de caras cuadradas y gestos rudos, armados
con pistolas o cuchillos fálicos todopoderosos y, sobre todo, cagones.
Cagones como los policías que se roban el crédito de las
hazañas de la detective Montoya para progresar profesionalmente incapaces de
lograr algo sólos y cagones como el rey del crimen de ciudad Gótica, Máscara
Negra, que sólo se animan a vengarse de las afrentas que Harley Quinn les
hiciera durante décadas cuando descubren que se divorció del Jocker, es decir,
cuando en términos de las leyes de la cofradía de machos que gobiernan el
patriarcado, no tiene la protección de otro macho.
De paso, digamos, el super trío de chicas superpoderosas que
fabricó la peli (directora, guionista y productora/protagonista) se dan el lujo
de bardear la figura patriarcal de Batman, ya que el nuevo supervillano también
se cubre con una máscara para esconder su verdadera identidad, un
multimillonario huérfano bastante megalómano. Y algo más, cuando asume que su
divorcio es definitivo y nunca volverá a esa cárcel, como buena psicóloga,
Harley decide ayudarse en la terapia de desintoxicación con una mascota que
reemplace a su ex, y escoge sabiamente una hiena, porque su risa le recuerda a
su ex y le pone de nombre, Bruce Wayne. Característica que la peli tambié
recoge de la tradición cultural LGTTTBIQ+, esta de dar importancia al juego de
identidades performáticas y la forma de nombrarse de les personajes en sus
distintas transiciones.
El ejemplo más obvio es el del nombre de la Cazadora con ballesta, que ningún personaje pronuncia porque no le entra en el esquema mental, ya que en inglés, el cazador, the Hunter, suele deglutirse toda posibilidad de referencia mental sobre la caza, actividad de macho por designio de la arqueología victoriana que inventó sin pruebas la ficción de que la humanidad pasó todo el paleolítico dividiendo en roles genitales la caza de la recolección de frutos. Ella elige el nombre específico, huntress
Con mucha inteligencia, la narración de la peli permite la
reflexión consciente de la protagonista sobre su propia vida, en un ejercicio
aparentemente fortuito y caótico de flashbacks que imitan lo que cada una de
nosotras hace en la intimidad o el consultorio de la terapeuta para intentar
comprenderse, ir atando las cosas que nos pasaron para buscar una
interpretación que nos explique quiénes somos. Como esta reseña, si te permitís
decirlo.
Abajo el amor romántico machista (un poco de
punk anarca)
Y entre todos los hallazgos que pueda permitirse esta peli
pochoclera al máximo, ese es el que más me gustó. Porque Harley Quinn sabe
desde el comienzo, como profesional del psicoanálisis que también es, además y
por debajo de la súper mega bitch que es como todes la conocemos y tratamos
superficialmente, que la causa explicativa de todas sus frustraciones es esa
fijación que tiene con el abandono original del amor de un hombre, su padre,
que la llevó a elegir otras figuras masculinas poderosas para permitirse ser,
su príncipe azul de las tinieblas primero, pasando por el entrañable anciano/abuelito-dime-tú
propietario de la fonda de Harlem o Brooklyn (Gotham East) que la refugia,
hasta la promesa de un segundo amo del mal con máscara que le ofrece de nuevo
la protección masculina en un mundo de hombres y por lo tanto su felicidad como
esclava privilegiada.
No es libre y feliz hasta que entiende, a fuerza de fracasos
y desgarros dolorosísimos durante una hora cuarenta de peli, que su fuerza de
voluntad y verdadero poder residen en sí misma y la solidaridad de sus hermanas
de cofradía, víctimas del mismo mal encarnado en hombres distintos.
Una especie de Kill Bill sin ninguna de las pretensiones
poéticas de la peli de Tarantino, también sin ninguno de los clishés sobre la
femineidad del director macho progre que idealiza heroínas virginales para
sublimar su propio usufructo del poder masculino, el trío de
directora-guionista-productora dejan un sello que debería explorarse mucho más en
el futuro, hacerse tradición. Porque en esta peli, ninguna de las cinco súper
heroínas porta ningún aditamento típico del estereotipo masculino de heroínas
sexuales, no hay primeros planos de culos y tetas hiper-atrofiados en trajes ajustados
rutilantes. Harley se pasea toda la peli como una rubia anti-bimbo, sin los
grandes pechos y culo de Marilyn Monroe, usando remeras sucias y botas colorinches
y brillosas del arcoíris LGTTTBIQ+, y todas las expresiones de aprobación de
cuerpos sexys provienen de las propias amigas.
Una peli pochoclera donde cinco mujeres atraviesan decenas
de coreografías de batallas solitarias contra millones de machitos a los que
revientan a trompadas, usando armas fálicas que no tienen poder de fuego como
las pijas de ellos, bates, martillos, flechas y granadas de reminiscencia
ovárica antes que testicular.
Sin decirlo, dejándonos a nosotras la capacidad de
descubrirlo, igual que en la icónica feminista abierta por la reinterpretación
de Disney en Maléfica (2015), Harley
descubre una manera realista y posible de sostener su necesidad sicológica de
co-depender afectivamente de otra persona, no en el matrimonio lésbico (también
capaz de traición como demuestra la subtrama de la detective con su ex pareja
fiscal de distrito) o en una cariñosa familia de machos (como le ocurre a la
vengadora de la ballesta) sino en la maternidad por opción.
La revolución de las hijas (y sus madres)
Cuando saliste de la sala notaste que a diferencia de esa
vez hace seis años en la que vos introducías a Leyla en el mundo de la fantasía
cinematográfica, esta vez fue ella quien eligió la que sería la secuela de Escuadrón Suicida, que Leyla vio en
Netflix con su mamá y flashó con la Harley. Sin saberlo, ella ni vos,
descubrieron juntas una peli feminista producto de la lucha de la actriz Margot
Robbie contra la Warner, que quería una secuela que le devolviera millones de
dólares donde se aprovechara este nicho desesperado de la invención de nuevos
superhéroes para llenar el ojo de fanáticos ya hartos de supermans, batmans,
spidermans y superamigos, Avengers y x-men, que reclaman nuevos héroes que
reemplacen a los tan trillados y re-versionados por una industria del cine que
no sabe nada de originalidad.
Cuentan los blogs que la Warner quería una
relación seudo erótica para pajeros entre Harley Quinn y Batgirl que imitara la
homo-enemistad de Batman y el Jocker y que la actriz aprovechó su ventaja al ser
la única que garantizaba con su continuidad contractual pegarse al éxito de Escuadrón, rompió los esquemas y puso la
guita para contratar directora y guionistas mujeres y producir esta belleza
femenina y feminista.
Tu hija, quien acompañó conscientemente tu transición interpelándose ella misma sobre su auto-percepción de género, vino a conducirte de nuevo a uno de los
templos donde ritualizan la felicidad de vuestro hermoso vínculo, para
agradecerte los intentos de formación y sobre todo que hayas abandonado
conscientemente un personaje de género y empezado a reconstruirte en otra
persona, transgénero, travesti, transfemenina y no podés más que agradecerle,
aunque la peli se acerca mucho a una sensibilidad terfa (¿es mi paranoia de
género autopercibido o cuando de la nada Harley y Cassandra revientan con un
cartucho de dinamita a “un asesino/cazarrecompensas parecido a Frida Kahlo” que
las persigue en auto están eliminando a la única referencia travesti/transfemenina
de la peli?).
Peli de ideología femininja que tropieza con sus propios
límites de clase. Porque nosotras no compramos más espejitos de colores.
Sabemos que Margot pudo fabricar esta obra de arte como mercancía industrial
para el consumo de masas, es porque tiene una productora, es decir, una empresa
financiera que mueve mucha guita. Nosotras, en sufriendo igual que su personaje de ficción, no contamos con las posibilidades materiales de la actriz y productora, ya una empresaria mediana en la industria del cine más rica del planeta. Sería ilusorio salir del cine y pretender que sólo poniéndole ovarios vamos a cambiar nuestras vidas.
Al final de la peli, a pesar de la sororidad de
género, la alianza superadora de diferencias étnicas y de clase social, el
quinteto se quiebra por la realidad económico-social. Harley y Cassandra, como
Thelma y Louise, han decidido que si no pueden revolucionar el universo y
terminar con el patriarcado, no serán parte de su reproducción social y vivirán
de combatirlo a su manera, robando la propiedad privada de sus dueños, elijen
el submundo del mal para seguir viviendo. Sus amigas, sin embargo, pretenden
corregir legalmente a los malos del patriarcado, y la millonaria
ítalo-americana financia un trío de vengadoras junto a una latina exfuncionaria
del aparato represivo del Estado y una obrera precarizada del arte popular,
afrodescendiente. ¿Trabajarán de acuerdo con Batman, la policía de Gotham y la
Fiscalía de Distrito?
La realidad de clase es la que sostiene materialmente todas
las otras relaciones de poder que existen en la realidad social. Cuando ella
activa, todas las demás normas y convenciones deben adaptarse, o perecer. La
revolución de les explotades, siempre en la historia de nuestra especie, ha
funcionado como la verdadera fuerza espiritual sísmica que destruye las falsas
imágenes que los poderosos construyen para lograr nuestro consenso de oprimides
y explotades con su lugar de poder. El mito de la unidad femenina poli-clasista
y poli-étnica sólo podrá vencer cuando establezca una estrategia de poder
propia como clases sociales explotadas, cuando busque detentar el poder y
eliminar toda forma de organización económico-social que saque su ganancia de
explotar les cuerpes de les otres, y por lo tanto que no necesiten de familias
heteronormadas para sostenerse.
Maternidad elegida y sororidad para destruir la programación
sicológica del amor romántico que nos encadena “voluntariamente” a las mujeres
como sirvientas de un mundo patriarcal sostenido en familias y relaciones
sexo-afectivas heteronormadas, agradecemos a la crisis mundial de las
ideologías y fantasías que acompaña el derrumbe del poder del capitalismo a
nivel mundial desde la crisis financiera, bursátil y productiva de 2008, y a la
marea verde de feminismos obreros y pequeñoburgueses en lucha y movilización
permanentes que dinamitan estructuras cerradamente patriarcales como la
industria hollywoodense, para que una madre transgénero y la hija hayan podido encontrar un nuevo punto de apoyo para relanzar su bella relación
después del agotamiento natural de su infancia y el nuevo y fascinante camino a
su adultez que acaba de consumarse bajo esta nueva luna de carnaval.
Les deseamos un futuro donde las Harley Quinn y las Cassandras del mundo
encontremos en la organización política de las obreras y géneros explotados por
el capital patriarcal los caminos para hacerlo estallar en mil pedazos, y la inteligencia para
construir uno distinto, sin explotación de clases, sin Estado ni imposiciones
de un género sobre el resto, sin heteronorma.
Arlequinas femininjas para todes.
lunes, 10 de febrero de 2020
Género: diverse
Fundamentos para un determinismo biológico
LGBTTTIQ+
Yo
mariposa ajena a la modernidad
a la posmodernidad
a la normalidad
Oblicua
Vizca
Silvestre
Artesanal
Poeta de la barbarie
con el humus de mi cantar
con el arco iris de mi cantar
con mi aleteo:
Reivindico: mi derecho a ser un monstruo
que otros sean lo Normal
El Vaticano normal
El Credo en dios y la virgísima Normal
y los pastores y los rebaños de lo Normal
el Honorable Congreso de las leyes de lo Normal
el viejo Larrouse de lo Normal
a la posmodernidad
a la normalidad
Oblicua
Vizca
Silvestre
Artesanal
Poeta de la barbarie
con el humus de mi cantar
con el arco iris de mi cantar
con mi aleteo:
Reivindico: mi derecho a ser un monstruo
que otros sean lo Normal
El Vaticano normal
El Credo en dios y la virgísima Normal
y los pastores y los rebaños de lo Normal
el Honorable Congreso de las leyes de lo Normal
el viejo Larrouse de lo Normal
Susy
Shock, “Yo monstruo mío”, 17 de marzo de 2008 en http://susyshock.blogspot.com/2008/03/yo-monstruo-mio.html
El género puede ser también ese texto que nos inventamos
para leernos entre les seres que cohabitamos barrio, laburo y ciudad. La mayor
parte no la elegimos, vino incluida en nuestra crianza y la sostenemos sin
saber bien por qué mientras que nos permita ser “funcionales” con el resto del
mundo. Está hecho de artefactos culturales que nos ponemos encima de la piel y
de comportamientos, gestos e ideas que defendemos debajo de ella.
Cuando comunicamos nuestras opiniones sobre el género de la
persona con la que tenemos algún nivel de relación –desde la famosa trans en la
tele del comedor familiar hasta tu compañere de laburo- aunque no lo sepamos ni
querramos, en algún grado estamos contribuyendo a aceptar o hacer más difícil
de portar ese género auto-percibido a esa persona.
Por más que una se repita a la gilada ni cabida, lo cierto es que cada gesto impacta.
Celebrás la aceptación y el rechazo te lastima.
“Los varones tienen pene y las mujeres, vagina” parece ser
uno de los axiomas más claros y obvios en el universo para la enorme mayoría de
las sociedades humanas. No pensemos en los teólogos católicos, evangelistas o
muslimes, que atrasan mil años en cuanto a ontologías del conocimiento, fieles
lacayos de la fe, la certeza de lo incomprobable y la Voluntad de Dios. Tremebundos
marxistas acusan a quien opine distinto, de operadores ideológicos del relativismo cultural parido por Deleuze
y Derridá a fines de los 70 del siglo 20, posmodernos,
que en trosko no hay peor insulto.
Ese que te (de)formó intelectual y políticamente en los 90
publicó el año pasado en un debate en su feisbuk algo así como que aceptar el derecho
a las identidades transfemeninas equivalía a reclamar el derecho a la identidad
para cualquiera que reclamase sentirse unicornio. También te acordás esa
compañera docente en la escuela de Balvanera, toda lesbiana militante, toda
pañuelo verde y revolución feminista, que se burló en frente tuyo de las
mujeres trans o travestis de orientación lesbiana, a quienes consideraba la
mejor prueba que la transfeminidad era un invento artero más entre tantos, de
machitos disfrazados para levantarse minitas.
En mayo de 2019, como si la distopía de Philip Dick en El hombre en el castillo (1961) se
hubiera hecho real, el Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS por su sigla en
francés) considerada la instancia suprema para conflictos legales en todos los
deportes, falló a favor de la IAAF (Federación Internacional de Atletismo por
sus siglas en inglés) en su demanda contra la atleta sudafricana de 28 años
Caster Semenya. La Federación de Atletismo reclama que Semenya no debe competir
en carreras con mujeres a menos que realice intervenciones hormonales para reducir
sus niveles de tetosterona en sangre.
“Esta discriminación es necesaria” se animaron a decir los
herederos de Lombroso y Menguele.
El conflicto no es sobre género ni biología, en realidad es
sobre los millones de dólares y euros que metaboliza ese deporte olímpico, en
el que vuelcan los fondos ilegales que el capitalismo decadente y senil viene
legalizado de ganancias obtenidas en industrias ilegales como el secuestro y
venta de esclavas sexuales llamado trata, el narcotráfico y la venta ilegal de
armas y órganos.
Semenya lleva diez años ganando toda competencia de
atletismo femenino donde interviene, monopolizando para su federación nacional
y sus espónsors una enorme cantidad de guita en premios y contratos que obligan
a sus competidores a superar a la medicina del Estado Nazi setenta años después
de su derrota en la Segunda Guerra.
En 2009 ya habían obligado a esta adolescente de 18 años a
mostrarle sus genitales a los peritos forenses de la IAAF para demostrar que
tenía vulva y nadie había truchado su inscripción en las competencias que
ganaba. Así el mundo vino a enterarse que la atleta nació con testículos en el
lugar donde “deberían ir” los ovarios, lo que explica que su cuerpo produzca “naturalmente”
niveles de tetosterona más elevados que los de las “cuerpas femeninas” y que
ella se identifique como persona intersex.
Debido a este litigio, la IAAF se ha transformado en el primer
organismo oficial en descubrir lo impensado: la frontera biológica de los
géneros. En mayo de 2019 decretaron que todo cuerpo con más de 5 nanomoles de
tetosterona por litro de sangre, es masculino y por descarte, todo cuerpo que
fabrique sin intervención de tratamientos químicos menos de esa cantidad, es femenino.
Te imaginás a Bergoglio descorchando champán con varios
dirigentes trotsquistas y estalinistas bajo la Capilla Sixtina llena de terfas
en éxtasis. Se llama determinismo
biológico a esta belleza del pensamiento que asigna características
absolutamente inventadas por los seres humanos a dos tipos de genitalidades
básicas.
Parece que los esfuerzos de grandes eminencias como Charles
Darwin, Stephen Jay Gould o Carl Sagan no fueron suficientes para que
religiosos, marxistas vulgares y terfas entendieran que la naturaleza se
desarrolla bajo una indestructible pulsión de diversidad. Toda especie de
organismos vivos en el universo sobrevive a fuerza de multiplicar sus
posibilidades genéticas para diversificar sus chances de adaptación al medio
ambiente. Sólo el estrecho y pobre pensamiento egocéntrico de un sector de la
especie sapiens sapiens –las clases explotadoras y sus buchones- ha venido a
inventarse esta burrada de que les seres humanes seríamos la única forma de
vida que limita sus chances de supervivencia a sólo dos potencias genitales:
pijas y conchas.
Estando una tarde boca arriba en la camilla de operaciones
del quinto piso del Pabellón Torello, en el Hospital Tornú, mientras el
cirujano católico te taladraba el escroto para realizar tu vasectomía en contra
de su objeción de conciencia, la residente que lo asistía te vino a descubrir
algo que no sabías de vos misma, que el tejido inguinal que los cuerpos con próstata
suelen confeccionar una vez desarrollados los testículos no se había consumado
del todo, lo que explicaba sin lugar a dudas los dolores que venís sufriendo
desde chique cada que hacés algún esfuerzo muscular sistemático o intenso.
También descubrió esta mirada proletarizada y femenina esa tarde del 7 de noviembre
de 2018 que tu testículo izquierdo, del otro lado de la ingle incompleta o subdesarrollada, en algún momento de su camino se negó a ser
testículo y comenzó a retrogradar, como Marte o Mercurio para volver al
vientre, dejándote la maldición marika de un testículo retráctil, o sea, más
arriba de lo que se supone.
Ahí descubriste algo que ya habías supuesto sin tanta prueba
empírica, un año antes, en medio de esa incipiente crisis de identidad de
género “posmoderna” que te provocaba ataques de pánico sin saber por qué. De
alguna forma ya sospechabas que vos no encajabas en este mundo en el corsét cultural
de lo masculino ni de lo femenino. Revisaste tus rasgos incompletos y flashaste que existía la chance de que fueras une ginandromorfo, como pasa entre algunas
especies de aves o reptiles, que quedan a mitad de camino en sus sexualidades
binarias producto de una combinación de calor y frío en el ambiente de
gestación. Escribiste ese texto después que tu vieja te narrara las peripecias
que la llevaron de Misiones a Buenos Aires, en micros y rutas con las “comodidades”
de esos años, en los 9 meses que pasaron antes de tu salida al mundo, entre la
primavera de 1976 y el invierno de 1977.
La naturaleza funciona exactamente al revés de como creen
los deterministas biológicos, no simplifica en dos formas puras y taxativas la
genitalidad humana y, por lo tanto, no limita a dos grupos de características
culturales excluyentes la posibilidad de construcción de géneros, ni a cuatro
las posibles orientaciones del deseo sexual (varones que gustan de mujeres,
mujeres que gustan de varones, varones de varones y mujeres de mujeres). Si
hubiera una determinación biológica del deseo erótico y la construcción de
arquetipos de género, lógicamente, debería ser una determinación que obligue hacia
la mayor amplitud posible de orientaciones sexuales y géneros.
Lo que justifica una hermosa frase de tu amado chamán de lo
alto, que te dijo ese verano bisagra de 2019 en Catamarca: “la letra más
verdadera de la sigla LGTTTBIQ+, es el +”, un plus de infinitas posibilidades
si esta sociedad gobernada por la parte de la especie que necesita inventar
prohibiciones para sostener sus negociados oscuros y privilegios no se
obsesionara hace cinco mil años en sostener artificialmente –y con toda la
fuerza del Estado- esta increíble ficción que es la heteronorma binaria.
Si te tranquilizan las fórmulas que simplifican los temas
complejos, en lugar del axioma neandertalense de curas, falsos troskos de
cartón y terfas, te recomiendo que te tatúes en la frente este aforismo de la
artista travesti Susy Shock: “ni varón ni mujer, ni XXY ni H2O, colibrí”.
Cada vez que te encuentres creyendo con firmeza en leyes que
no existen salvo en la imaginación de explotadores y genocidas, te recomiendo
que pienses si es tan terrible que alguien se identifique como unicornio,
colibrí o flor de mburucuyá, siempre y cuando respete a les demás seres del
universo fraternalmente o si no viene siendo peor este mundo de atrocidades
fabricado por los Gendarmes de la Norma Sagrada Heterosexual.
Yo, ni hombre ni mujer, ni XXY ni H2O, que mi DNI diga, “Género:
Mburucuyá”
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



