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domingo, 3 de julio de 2016

En ese dulce momento, cuando la música se termina.

Reflexiones sobre Jim Morrison, un domingo 3 de julio a cuarenta y cuatro años de su asesinato a manos de un transa, que lo habría inducido a una sobredosis contra su voluntad a pedido de las discográficas, para coincidir con el aniversario del fallecimiento de Brian Jones, de los Stones.

-Cáncel mai suskripchion to –silencio- jaus ov detencho-on!

Canta Santos Capobianco mientras danza como un chamán cherokee por la sala, con su camiseta de piqué del club de su infancia posadeña –la que nunca tuvo, la que se inventó- mientras escucha su álbum preferido de los Doors, la banda que lo flasheó entre los 15 y los 24 años, acompañando su duelo del catolicismo hacia el peronismo de izquierda, el existencialismo de izquierda hacia la izquierda verdadera, de la mano de la lucha de calles junto al pueblo.

Se escucha una voz casi adolescente, clara y fuerte, saliendo del minicomponente del lívin: 

Cancel my suscripcion to the resurrección, 
send my credencials to the house of detention, 
I have some friends inside, 
a Feast of Friends, 
Alive she cry, 
waiting for me, 
outside 

La imagen, una cárcel. Una cárcel particular: es una cárcel diseñada para ser eterna y es una cárcel a la que se llega, y de la que uno se va, voluntariamente, la cárcel de la Resurrección, la vida eterna prometida a los muertos de todas las religiones a cambio de una vida fiel a las leyes y normas del Estado. "Manden mis credenciales a la Casa de Detención" ruge con orgullo, irrespetuosamente, el poeta. "Tengo amigos y amigas adentro", un Festín, una enorme Fiesta de Amigos y amigas, un quilombo africano, un aquelarre celta, una dionisíaca helénica, un fogón neolítico. 

Su Paraíso preferido y diseñado en la vigilia de los sueños es una enorme fiesta con amigos y amigas.

Ella está viva y grita, grita en vida, grita con vida, grita porque vive y vive porque grita. Esperando por mí, afuera de mi cárcel, afuera de mí mismo.

-Los Doors son una marca muy definida de mi vida- señala Santos así, con delicadeza.

Su álbum preferido es el doble de tapas negras, el del Hollywood Bowl del 68, y grabaciones en vivo de diferentes lugares, New Haven, Chicago, New York, Los Ángeles. Es un compilado de recitales que hicieron ellos mismos, o sea, los recitales que más les gustaron, que coinciden con el gusto de quienes estuvieron en ellos desde el campo y las gradas, que han inmortalizado esos momentos en miles de expresiones artísticas posteriores.

Santos estuvo en un recital de los Doors. Se da vuelta bajo los rulos de su largo cabello, mirando debajo de la sombra de las cejas, de reojo, maliciosamente y con sabiduría. Y recita en castellano porteñizado de estudiante universitario o profe piola.

¿Sabés que el día destruye a la noche?
¿Sabés que la noche divide al día?
¡Tratá de correr!
¡Tratá de esconderte!
¡Rompéte hacia el otro lado!
¡Rompéte hacia el otro lado!!!!

Sólo se ve una luz blanca cegadora, un vaho de vapor hecho del sudor de los miles que pueblan el campo a mi alrededor. La música me aturde los oídos y las ondas vibratorias de los enormes elefantes mudos y negros de los parlantes me golpean al ritmo de la batería. El ritmo de la batería de esta banda es muy raro, mezcla el blues de los esclavos africanos en el sur, con las bases rítmicas de los cherokees, pobladores originales de estas planicias semidesérticas del sudoeste norteamericano.

-Es música de oprimidos, Leo, de invadidos, de derrotados que siguen la lucha, en las peores condiciones. –dice Capobianco ya dispuesto a irse al otro lado, de sí mismo.

-Como el candombe del barrio de Palermo, en Montevideo, donde estaba el edificio okupado de los negros. Una centena de descendientes de los primeros esclavos liberados revive, vuelve a caminar el camino que hicieron sus ancestros, desde el puerto a los mercados de venta, desde donde serían separados, padres de hijas, hijas de abuelas, amantes de amados, a criterio del resultado azaroso de la oferta y la demanda, hacia las diferentes latitudes de las estancias asesinas de vacas del Uruguay de la Guitarra Negra de Alfredo.

En las llamadas, vamos de un lado al otro de la península con monte, pasos cortos, tardan una tarde entera, repiten los movimientos de los esclavos limitados por grilletes de hierro forjado, en los tobillos, las manos a la cintura, y, barbarie absoluta, a los cuellos, entrelazados entre sí por cadenas que los unían en su ausencia absoluta de libertad y soberanía individual. Seres humanos, desencidentes directos de una estirpe de tres millones de años de libertad, igualitarismo y nomadismo, todavía bajo el manto protector de la propiedad común que fue el matriarcado, de repente quebrados en lo más íntimo de su esencia humana, en su soledad.

Pero seguían juntos. Vivos y vivas. Habían sobrevivido. Y no les podían arrebatar todo, entonces hacían música como el ser humano se dice hizo música por primera vez, haciendo percusión con objetos sólidos, piedras o tronquitos. Hacían percusión con las cadenas, con los ritmos que tocaban los diferentes matices de tambores en las piernas –liberadas de cadenas- de las mujeres y los varones de la tribu, organizados/as en rondas según las jerarquías en la comunidad, determinadas en consenso asambleario según las mejores capacidades y experiencia de cada quien.

Y tenían que fluir, dialogar en hermético silencio, porque ellos eran los últimos sobrevivientes del largo trayecto en la panza de los buques de madera podrida y escorbuto, peste negra de las ratas de alta mar, y de las razzias/prógroms/citaenvenenada que las clases dominantes de la costa hacían sobre las aldeas seminómades del interior de la selva, cazando a sus ancestros y primos cercanos para venderlos a los traficantes europeos, de seres humanos como de tabaco, especias, sedas, opio o lo que sea que la aristocracia y burguesía industrial Europea del siglo XIX esté dispuesta a comprar.

Entonces ellos y ellas distinguían las aldeas y tribus de las que venían por sus ritmos clánicos. Y así nació todo lo que podemos admirar del jazz, el blues, el rythym&blues, el rock n roll, hasta la última mutación, el punk, que cambió todo: la improvisación permanente, la eterna mutación. El juego con leyes precisas del azar, la vida en su esencia.

Entonces miro a mi alrededor, las luces de los reflectores pegan sobre las nubes de sudor humano, la música me aturde los sentidos, no puedo ver ni oir lo que los rostros y los cuerpos gritan a ritmo, rompiendo la garganta para que escuche el tipo ese que grita allá lejos, en la bruma iluminada y brillante del escenario principal. El tipo todo vestido de cuero negro, bailando como un chamán, absolutamente drogado pero muy lúcido, actúa movimientos de una serpiente encantadora, de una enorme lagarto. Defiende en las entrevistas que él ha llegado a la sabiduría, a la comprensión de la sabiduría original de la Madre Tierra, la sabiduría neolítica del indio americano en el desierto de Los Ángeles, que la verdad estaba allí y no en las ciudades perfectas hechas por el imperialismo de su padre, Almirante de la USNavy, asesina de campesinos en las islas selváticas del sudeste asiático y en las selvas urbanizadas de Centro América. Élite de invasores, saqueadores y violadores de niñas embarazadas.

James Morrison, Jimbo, a sus veintidós o veinticuatro. Lo íbamos a ver todos jóvenes de familias pequeñoburguesas o de obreros muy bien pagados, los mismos que nos veíamos en las marchas y movilizaciones con Martin Luther King contra el fascismo WASP del sur.

Jimbo había quebrado con su familia y se había ido a vagar por los desiertos que unen la selva de la Florida donde nació hasta la meca del arte y de la libertad, L.A.. Allí descubrió “la mente universal”, lo que en la facultad de cine había leído en letras de Nietzsche, o de William Blake más atrás, pero que en realidad se remontaba a Zaratustra y Buda, el nirvana. 
Lo mismo que los ancestros dorios, aqueos, primos lejanos de los persas transformaron en religión, en doctrina filosófica, el hedonismo. Los hedonistas griegos formaron un movimiento político en contra del ideliasmo platónico, en contra de la idea de la dualidad cuerpo-alma y la necesidad de sufrir para alcanzar la sabiduría. Sufrir negando el cuerpo, aniquilándolo, destrozándolo.

No, dijeron. La sabiduría puede y debería alcanzarse a partir del conocimiento profundo del universo que nos rodea y del que somos parte, puerta al conocimiento verdadero de uno mismo como parte y como todo. Y los puentes materiales de nuestra conciencia y contacto con el universo son nuestros sentidos orgánicos, nuestra piel y tacto, nuetra nariz y olfato, la mirada y los ojos, el gusto. Las puertas que nos comunican o nos separan del universo son los sentidos, hay que abrirlas si uno tiene acceso sencillo a las llaves,o romperlas a patadas si están tan sólidamente cerradas.

Hay que hundirse en lo profundo de uno mismo, en nuestros más secretos e íntimos miedos, bailar con ellos, seducirse mutuamente, y volver.

Miro la gente bailando, saltando, los cuerpos sudorosos con pocos trapos encima, caras brillosas, hermosas, de quince a veinte, cuerpos atléticos, entrenados, bien alimentados, gente sonriente, disfrutando, gritando o cantando, moviéndose a compás, descontrolada en un perfecto orden, somos una gran ronda de oprimidos parando en la noche y madrugada a pasar del otro lado, con sustancias químicas que desordenan las normas que el Estado puso en nuestras conciencias, buscando remover las lápidas que pesan en nuestra conciencia como muertos enterrados en las contracturas del lomo.

El rock más puro y bello fluye desde los instrumentos, nos inunda, nos une en comunidad. La poesía de Jimbo es lúgubre, nos invita a pasar del otro lado, es nuestro Virgilio, en él confiamos en este viaje al desconocido inconsciente de nuestra cultura de jóvenes blancos de clase media enfurecidos contra la sociedad de nuestros viejos.

Pero es rock. No es hipismo pajero y monotributista. Es el jipismo combativo, que le canta a la Molotov, que canta consignas que coreamos en la movilización

-Como cuando estalla el grito al medio del recitado de When the Music is Over, WE WONT DE WORLD AND WE WONT IT NOW, del estilo de esas consignas surrealistas del mayo francés.

Claro, porque los jóvenes de todo el mundo conocido estábamos luchando en el mismo tiempo contra todas las lacras de la opresión humana. En cada continente obreros, campesinos y jóvenes estudiantes universitarios y secundarios luchábamos contra el imperialismo yanky, europeo, estalinista, la opresión blanca, el machismo, la destrucción ecológica de las megaempresas multinacionales, la explotación de plusvalor, todo.

Los poetas de las luchas revolucionarias de los años 10, 20 y 30 del siglo veinte habían inmortalizado la consigna “pan y rosas” para todos y todas los habitantes del planeta. Síntesis de arte y alimento, como derechos básicos y banderas de guerra de clases.
Morrison cantaba Five to one, Cinco a uno, cinco a uno… y no va a quedar ninguno, como se cantaba en las calles de Corrientes, de Córdoba, de Santa Fé, de Mendoza y Tucumán o en las baunllieurs de argelinos desocupados de París, o en las sangrientas calles de New Haven, bajo la represión feroz de las fuerzas policiales, estaduales y federales en defensa del Partido Republicano y el Demócrata, quienes representaban a los burgueses que hacían negocios invadiendo a los modestos campesinos de arroz de Vietnam.

Cinco a uno era la proporción estadística entre la población menor de 30 años y los mayores de 50 en esas décadas. Les gritaban, en suma, que así tengan todo el poder tecnológico para matar, la mayoría abrumadora iba a terminar por imponerse y ganar.

Nos reuníamos entre batalla y batalla, para encontrarnos, darnos calor en la noche con nuestros latidos de sangre bullente, músculo y órgano. Rituales orgiásticos como los que fundaron los hedonistas griegos cuatroscientos años antes de que Roma matase al Cristo en Palestina, grandes comilonas para destrabar el placer del gusto, mucho sexo libre y respetuoso, grupal e individual, de a dos o tres, sin barreras de género ni sexualidad, para destrabar los cinco sentidos, música para permitirnos razonar sin palabras ni conceptos fijos, y nos pasábamos del otro lado, juntos y por separado, borrachos, embebidos, drogados, alienados de nuestra conciencia. Nos dábamos vuelta dentro de los pliegues de la piel para reconocernos por primera vez y renacer verdaderos nosotros mismos.
Santos Capobianco viaja sin límites, no necesita transitar caminos reales para viajar o moverse. Vive el recuerdo de sus recitales.

-Lo mismo me pasó con Divididos.- le digo yo. Yo llegué a los Doors por Tony, un chamán que vive en el edificio enorme de Donado y Combatientes de Malvinas, de frente al Tornú, divididos entre Parque Chas y Ortúzar o unidos por la misma avenida doble mano, un chamán que había pogueado a los 18 con V8, bajo la represión nazi de Videla y que había viajado por los pliegues del delirio en un sucucho húmedo y maloliente con Luca Prodan y Sumo. Tony me dijo Si te gustan Sumo y Divididos tenés que escuchar a los Doors.

-Hay una conexión musical, hedonista, entre los guerreros del ejército de los oprimidos. En todos lados y en todos los tiempos. –concluímos con Santos Capobianco, al unísono, o al menos en armonía coral.

 -Divididos mantiene una idea del recital que tenían los Doors. El recital es el premio. Es el lugar preferido por el verdadero artista, el del contacto con su receptor, con su público. El diálogo, el baile, la danza en comunidad con quien siente, piensa y lucha el mundo a tu lado, en la calle, en la plaza, en el laburo, en el aula y en la cama. Mollo se brinda por completo. Dá algo más que en el disco, cidí, en el grabado.

-La magia real de los Doors era en vivo. Era una gran reunión comunitaria, una gran asamblea donde se hablaba con el cuerpo todo y se votaba de mil formas. Gritándole a Jim en las pausas místicas que hacía, tirándole cosas.

-I was doing time…

Cantaba Jimbo en trance, contándonos un viaje. Él había “hecho un tiempo”, una expresión muy estadunidense para conjugar dos imágenes, la de un preso, obligado a “pasar un tiempo” en cana y la de un ser meditando

…in the Universal Mind

“en la Mente Universal”, pasando un tiempo condenado a vivir, a meditar, en el lugar donde habita la sabirduría máxima, la mente del universo, el Nirvana, el Cielo o el Paraíso.

And I was doing all right

Y la estaba pasándo bárbaro el chabón, re tranqui

I was turning keys

“Estaba dando vuelta llaves”, o sea, abriendo puertas, conciencias, cuerpos

I was setting people free

“Estaba dejando libre a la gente”, dejando libre ¿ves? Haciendo lo necesario para que vos tomes la decisión de cómo seguir tu camino

And I was doing all right

“Y lo estaba haciendo bien”, acá el mismo doing que antes lo usó como expresión de estando ahora lo usa en su otra acepción de haciendo, estaba “haciéndolo bien” o “estaba haciendo el bien”.

Después cambia el ritmo y el tono y dice

Then you came alone
With a suitcase and a song

“Luego apareciste vos
Con una valija y una canción”

Turn my head around

Me diste vuelta la cabeza, me volaste la cabeza, me rompiste la cabeza…

Now I´m so alone

“Ahora”, dice ahora, en el presente de la soledad, en el instante en que estoy solo, “estoy tan solo”, tan solo haciendo énfasis en que hay algo nuevo, que me desgarró del Nirvana donde todo era perfecto y quieto y armónico. Y caíste vos, nómade, con una valija con tus cosas, con tu valija de viaje, y una canción como símbolo y síntesis de lo que pensás de la vida, canción carta de presentación y límite en las negociaciones paritarias de los convivientes.

Una pasajera bajando del tren esperado en la Estación bucólica del Sur.

Just looking for a home
In every face I see

“Ahora estoy tan solo, únicamente buscando un hogar en cada cara que veo”…

¡Por favor qué versos! –grita Santos Capobianco, interrumpiendo el ritmo de la narración, el embrujo que había creado con su relato lisérgico y lisergizante.

Y repite:

-Qué versos: me siento tan solo en mi momento de soledad que lo único que hago en la vida es andar buscando una persona para construir un hogar común en cada rostro que veo. Qué sublime forma de dibujar en tres líneas de seis o siete sílabas ese borde perfecto donde tenés que decidir de qué lado te pensás quedar, si en tu soledad o en la comunidad con los demás.
I´m The Freedom Man, termina diciendo Jimbo como conclusión consciente, es el 
Libertador, el Hombre Libertad, aquel que Libera.

En medio del campo, sudando yo mismo, mi torrente sanguíneo estallando en los riachuelos del músculo, inundado de calor y energía, conmovido, al borde de mí mismo, aparece ella, desde el fondo de ese mar humano, su cara angulosa y amplia, su perfecta sonrisa que se expande, uniendo en un ritmo invisible los contornos de sus grandes pómulos y sus dos ojos al mismo tiempo redondos y rasgados. Diosa producto final del azar genético de las razas color de piel sin Sol de las montañas que protegen al gran ojo de agua salada del Cáucaso con esas otras tan mongoles, tan extremadamente orientales, de las montañas más elevadas del mundo del Nepal y más allá, hija de las estirpes que poblaron de caballos y espadas de hierro las faldas verdecidas del Monte Ararat, inmortalizado por la imaginación de los primeros sumerios como cuna del mundo después del diluvio, que lo vieron como pequeña isla donde renació la vida, como en el mito de la Serpiente Ra o la flor de Loto –protectora natural de un néctar de reacciones similares al opio alucinógeno de la heroína-  que emerge del océano interior del abdomen del Buda.

Coreando la misma canción profunda que yo, admirándome como un guerrero del amor y la lucha contra el odio de clase, en medio de una movilización.

Y me abraza, emerge del mar y me abraza, o me pone sus largos brazos alrededor del cuello y me invita a bailar, a moverme, a correr y agitar los brazos arrojándole piedras al cordón de policías enemigos, a luchar juntos entre las frazadas frías del primer semestre de Macri, sobreviviendo al frío invierno del ajuste, dándonos calor y energía como en la primer noche invernal de nuestra especie, cogiéndonos, nadándonos, navegándonos, llenándonos del otro que es otra también, arrancándole conscientemente un segundo de eternidad a la vida sufriente del trabajo torturante y explotador.

Y me salva. Me libera. El rock, ella, su amor. Y me permite liberarme de mi sabiduría, de lo que conozco de mí mismo y el universo, y volver a pensarlo todo de nuevo y otra vez, hasta el próximo encuentro, la próxima reunión de círculo, la próxima asamblea, la próxima movilización, el próximo choque.

Y así vamos, viajando por estas aguas turbulentas, dejando estelas en la mar, haciendo el viaje a medida que viajamos.


Que el dulce sabor de la Victoria de Miel sea nuestro premio, es mi mejor deseo.

sábado, 9 de enero de 2016

Dicha y quebranto

Reflexiones sobre Violeta y otras flores, obra musical pensada e interpretada en voz y roncoco por Edith Sartelli en base a canciones y poesías de diferentes artistas latinoamericanos.

Asistimos a la presentación de la obra musical “Violeta y otras flores”, ejecutada por la cantante Edith Sartelli, el pasado 9 de enero en el Centro Cultural El Rumbo, en Villa Insuperable, La Matanza.

Y desde que comenzaron a sonar los primeros acordes del Roncoco de Edith, recordé la anécdota que cuenta Nadhiezna Krupskáia sobre Vladimir Illich. Parece que Lenin solía decir que no le gustaba escuchar la Novena Sinfonía de Beethoven porque le hacía pensar en todo lo bello que existía en este mundo, mientras que él necesitaba concentrarse en toda la miseria y la explotación para dedicar cada gramo de tiempo a destruir este régimen social.

Dejemos de lado a los brutos anti-bolcheviques que saltarán con el puñal a pontificar contra la falta de sensibilidad artística de un tipo que se daba el lujo de citar a los poetas más bellos de la lengua rusa en medio de debates furiosos en congresos no menos furiosos.

Retengamos un segundo esa tensión del que ha decidido entregar su vida a la destrucción de un régimen social precisamente porque es consciente del dolor que genera entre millones de víctimas. El mismo individuo que dio su vida para construir una sociedad donde la igualdad asegure la abundancia para la mayoría y por lo tanto el alivio material para los dolores, el permiso concreto a la alegría.

Porque en un punto es el dilema de quienes vivimos y luchamos en esta realidad para construir otra cosa. Desde los que se dedican a sobrevivir y mejorar su ámbito privado, el de su familia cercana, como el de los que pretendemos una realidad superadora también para miles y millones de familiares indirectos que no conocemos en persona.

Edith Sartelli construyó un viaje emocional con el cuidado de una artesana metódica. Su selección de poesías –de Nicanor Parra, Pablo Neruda, José Martí, Federico García Lorca, Juan L. Ortíz y Roberto Santoro- y  canciones –Violeta Parra, Víctor Jara, Gabriela Mistral, Homero Manzi y Alfredo Zitarrosa- fue pensada para guiarnos en un viaje íntimo, un viaje hacia dentro de nosotros mismos. Los textos nos introducen en las más bellas formas de pensar el amor hacia el universo que nos rodea sintetizado en una persona o un colectivo de ellas. Versos sutiles, donde la naturaleza aparece siempre no sólo como bella metáfora sino también como llamado de atención a la belleza que nos da forma cotidianamente.

No se trata nunca de un amor idílico o ingenuo, todo lo contrario, el optimismo irresistible que genera su descubrimiento es siempre acompañado de la conciencia sobre su finitud, su irracionalidad, sus contradicciones insalvables en suma. Hay un espacio para el desgarro provocado por el corte del amor, por su pérdida dolorosa. Espacio que es superado no desde el regodeo en la autocompasión sino en el llamado épico a ser parte de un pueblo movilizado y en lucha en defensa de lo poco de amor y alegría que puede existir en este valle de lágrimas que es el mundo para la mayoría de quienes lo sufrimos cotidianamente.

Pero lo maravilloso de la obra de Edith no es este concepto sencillo, complejo y sublime que nos comunica, sino su interpretación. Una interpretación musical sencillamente exacta, justa, con todos los arreglos, arpegios y demás virtuosismos técnicos en su lugar preciso, en el momento justo, acompañando, complementando, sosteniendo una voz preciosa, bella, cuidada y cultivada. Si un mirlo fuese al conservatorio y educara su voz conscientemente, y si fuese un buen alumno, seguramente se acercaría a lo que nos ofreció Edith esta noche.

Ternura, intimidad, quebranto, alegría y fuerza épica, todo eso en esa voz. En un bello patio de tierra con familias bebiendo y comiendo, en el contexto de una especie de peña santiagueña donde como corresponde el público sólo es llamado a silencio y respeto si el intérprete logra imponerse, Edith Sartelli, con la dulzura de su voz, con las notas pulidas y perfectas, logró meternos en una cápsula, logró que nos desprendamos del ambiente para escuchar nuestros propios dolores y dichas, para poder pensarnos un poco de nuevo, en este breve descanso en medio de la lucha diaria. Como una suerte de encantamiento, de acto de magia donde los recursos estaban honestamente presentados, sin camuflaje.

Pocas veces se puede disfrutar de una artista tan conmovedora. En esas oportunidades uno debe agradecer al azar haberlo puesto en ese camino.

La selección de poesía y canción no es superflua, claro. Pero es obligación aclararle a los lectores y lectoras que no se trata de una vuelta nostálgica a esas producciones estéticas tan poderosas de los magníficos artistas que el comunismo sudamericano parió entre los años 50 y 70 del siglo pasado. Lejos de ello la obra de Sartelli logra recabar en el legado cultural más importante y monumental de nuestra herencia popular no para que nos calcemos la boina del Che y tiñamos de hipocresía nuestro presente, como tanto han hecho los intelectuales “progresistas” que barnizaron de revolución latinoamericanista los lamentables 12 años que acabamos de pasar. Todo lo contrario, ella logra señalarnos el uso correcto de esta herencia, su re-interpretación como materia prima necesaria, indispensable, para quienes nos hemos tomado a pecho eso de luchar contra el Estado y construir el Paraíso en la Tierra.

Ser fuertes para enfrentar al enemigo sin perder la ternura, blindar la rosa para que de ella surja el arma más efectiva, la del puño de la madre, de la amante, contra la barbarie y el dolor.

Que de eso se trata, de aceptar la vida con su “dicha y quebranto” para poder vencerla. Ponerle gatillo a la Luna para disparar contra el mundo de la explotación y los genocidios.
Edith hace honor completo a los versos que Nicanor Parra escribió para Violeta y que son el guión de toda la obra:

Tu dolor es un círculo infinito
Que no comienza ni termina nunca
Pero tú te sobrepones a todo
Viola admirable.


¡Nadie puede quejarse cuando tú
Cantas a media voz o cuando gritas
Como si te estuvieran degollando
Viola volcánica!

Lo que tiene que hacer el auditor
Es guardar un silencio religioso
Porque tu canto sabe adónde va
Perfectamente.

miércoles, 11 de junio de 2014

Jóvenes de almas partidas

[reseña inédita perteneciente a la SERIE FLORES EN EL BOQUETE]


Reflexiones sobre Grietas, Cielo Razzo, Pupo Records S.A., 2007


Lo que sigue son reflexiones sobre un ya viejo cd de una banda que estalla de actualidad, Cielo Razzo, no hay ningún interés periodístico ni tampoco quien escribe es un especialista en problemas de índole musical o estéticos. Se trata simplemente de intentar comprender mejor cómo siente nuestra juventud, esos seres que tienen en sus manos, incluso quienes no lo deseen, el destino de nuestro mundo porque son ellos y ellas quienes cuentan con esa energía necesaria para encarar los años más pesados de la crisis y descomposición del capitalismo.

¿Se puede describir el vacío? 
Una respuesta afirmativa, con todo el desafío que eso implica, se podría encontrar en el trabajo del 2007 de Cielo Razzo, una de las bandas de rock más populares del momento en Argentina.

Vacío, dolor, pasado, barro, lodo, nostalgia, tristeza, irracionalidad, extrema lucidez, locura, son los temas recurrentes en los 13 temas. Es una forma juvenil de vivir el dolor, si es que tal cosa puede ocurrir, y de hecho ocurre. La pulsión de la vida está en su máximo esplendor, la energía de la biología fluye y empuja al joven pero sin embargo este no encuentra su lugar en el mundo, lo mira extrañado, se le presenta imposible de ser vivido en su plenitud.

Hay algo positivo en toda esta melancolía, y es que esta juventud no come vidrio, no se ilusiona con una sociedad que no tiene ninguna alegría concreta para ofrecer. Esa melancolía es producto de una observación consciente del ámbito, sobre todo de una sensibilidad aguda para descubrir la falsa trama de las relaciones personales, se trata en suma de jóvenes que han descubierto tempranamente que el amor honesto y sincero, desinteresado, es imposible en nuestro mundo actual.

Me gustaría conocer algo más de música porque podría demostrar con argumentos y pruebas lo que es sólo una sensación sensible, ya que de alguna forma, la música de este cd se amalgama muy bien con todo el concepto de la obra. Los acordes, el teclado, hasta una especie de sordina en esa batería que sin embargo es potente. Para un ignorante es “ese no sé qué” que hace que todo el trabajo sea una sola oración musical, una serpiente merodeando un laberinto, sin correrse demasiado de ese tema único.

Claro que son jóvenes de cierto sector social, hijos de la burguesía o de esa famosa clase media de las grandes ciudades del litoral (aunque sea una banda muy porteña en realidad viene de Rosario) y Córdoba que está formada por una rara mezcla de hijos de profesionales, pequeños comerciantes o artesanos y de todo un sector de trabajadores de sueldo en blanco y rozando la canasta familiar. Es decir que tienen el tiempo libre y las herramientas culturales para darse cuenta de la porquería que los rodea y al mismo tiempo expresarla, ya sea creando música como Cielo Razzo o bien participando activamente de su re-creación en cientos de recitales, miles de horas cantando sus temas en encuentros de amigos y, obviamente, comprando y difundiendo hasta el cansancio su música.

Pero en este cd esta juventud no logra terminar de entender dónde se encuentra. Sabe que no es un buen lugar, y algo en su explosión hormonal les impide caer totalmente en el abandono depresivo y la frustración definitiva. Algunos no saldrán nunca de este no-lugar, de este purgatorio permanente y monocromático (el arte de la caja es un continuo de grises y sepias monocromáticos, con sucesión o galería de fotos de sitios hermosos sin alma, como los cristales y espejos rotos que pululan en las imágenes y en la poesía de las canciones).

Por eso deberíamos felicitar al que escogió el nombre de la obra, los trece temas parecen una continuidad, un largo y pesado camino en el interior de la grieta de una ciudad, como atravesar un túnel cavernoso de cemento, cúpulas y edificios grises del siglo XIX o principios del XX y cielos húmedos y plomizos.

La poesía de la banda es clásica, sin caer en etiquetas se podría decir que versa el existencialismo sartreano o camusiano de los años 40 o 50 del siglo pasado. ¿Será que una parte notable de nuestra juventud atraviesa la vida como ante las sombras de la segunda posguerra más destructiva de la humanidad?

Tampoco tanto. En este disco Cielo Razzo nunca cae en la depresión, desde el arranque, sólo juega con la idea, pero en lugar de caerse o dejarse caer en el pozo insondable del desconsuelo “le cae” o “cae” en la casa de la amiga o la amante. Hay aquí y allá ideas que combaten la entrega total ante el desánimo

“que los días tibios nos encausen lejos de la furia y el desastre/ vamos a la profundidad, pude entender que ahí tu magia es sólida”

Como mucho se arriesgan a llegar al borde de los abismos existenciales, sin dejarse absorber por el vértigo del final definitivo y buscan la magia. Hay atisbos de un intento de salir, de zafar, cuando tanto dolor se transforma en prisión sin embargo

“puedo ver que enseñan sin saber `[...] lo que afecta te expande y abre la conciencia”

A mitad del trabajo aparece esta conciencia nítida del engaño de la autoridad (quien enseña, se sabe, ejerce desde un lugar de autoridad) y un deseo por cambiar el mundo

“Algún día el saber será el lugar mejor/ y el espejo de la gente/ ya no será el dolor”

Pero esa esperanza desencantada, pesimista quizás, sólo lucha por sobrevivir en algún acorde, en algún arranque de batería que desentona, en algún verso perdido donde el amor es un deseo feliz o al menos parece encontrarse un refugio en medio del dolor.

No más que eso. Cielo Razzo no sale de la grieta que tan bien parece describir. Aunque hay que destacar la enorme envergadura de artistas que son capaces de expresar musical y poéticamente el mismo sentimiento, con una calidad técnica realmente profesional, pero al mismo tiempo demostrando una capacidad creativa sin techo.

Qué pena que este mundo no tenga más que ofrecer a personas desbordantes de creatividad y sensibilidad. Sinceramente. Aunque si me preguntan, prefiero las formas más viscerales de elaborar el duelo o el dolor del blues, el tango y hasta el rock más duro, el grito desgarrado, el llanto caprichoso del que se resiste. Pero no podemos reprocharle a estos jóvenes hipocresía.

Quizás la hipocresía del kirchnerismo, que ya empezó a mostrarse desde los años por los que apareció este trabajo explique cierta desazón de una “clase media” con la vida un tanto acomodada pero sin desafíos ni perspectivas claras de construir una realidad mejor. Sin ser sociólogo ni nada parecido puedo arriesgar una comparación con mi propia generación, que sudó existencialismo (del bueno, del malo y del de más allá) en la primera mitad de los noventa. Por ahí si sacamos un poco la cabeza del barro descubrimos que la apatía y falsa verdad del “voto licuadora” menemista estos pibes y pibas la hayan sentido también con el voto a crédito y la realidad subsidiada.

Muchos de ellos y ellas, como nos pasó a nosotros, gracias al desarrollo de la única clase social que tiene como meta construir un paraíso aquí y ahora, pudieron rescatarse y florecer como los cerezos de en medio de las grietas. Otros y otras caminaron los pasillos de la felicidad a cuotas fijas sin interés, las puertas de despachos oficiales o semi oficiales disfrutando las mieles de un existencialismo “despolitizado” “antipartido” o “nihlista”.

Aunque no puedo decir que celebro la existencia de Grietas porque ya no puedo disfrutar tanto dolor y melancolía, porque dichosamente supe abrazar o dejarme llevar por esa clase social, por los laburantes luchadores y socialistas de este país que en medio de la crisis donde las grietas del menemismo y el aliancismo estallaron en añicos y nos rescataron, y nos devolvieron el soplo vital de la alegría y la esperanza. Puedo decir, sin embargo, que expresiones como Grietas  tienen la virtud de pararse en medio del desconcierto y no avanzar, ni para el dolor total ni para la alegría falsa o hipócrita ni tampoco hacia una esperanza y optimismo que se les presentan irreales.

Al menos sostienen la sinceridad del que comprende la porquería pero se sabe sin rumbo.

De esa honestidad y ese dolor puede surgir un/a revolucionario/a. De la depresión o el falso optimismo, ya es más complicado.

Réquiem para la canción de izquierda latinoamericana

[reseña inédita perteneciente a la SERIE SERIGRAFÍAS PORTEÑAS]

Fuimos a ver la presentación de Inti Illimani y Quillapayún el 22 de mayo en el Teatro Ópera de Buenos Aires. Las dos formaciones llevan un tiempo actuando juntas. Son, sin lugar a dudas, los mejores representantes de la cultura de izquierda de los años 60 y 70 del siglo pasado. Verlos es acceder a 50 años de historia.
Músicos formidables, representan a una generación de folckloristas ligados al Partido Comunista que se dieron la tarea de bucear en las raíces de la música popular del campesinado aborígen y los descendientes de esclavos en todo América Latina para transformar su contenido y su forma manteniendo lo esencial del lenguaje. Lilia Vera y Cecilia Todd en Venezuela, Silvio Rodríguez y Pablo Milanés en Cuba, Víctor Jara y Violeta Parra en Chile, Yupanki, Sosa y Guarany en Argentina, cada país tuvo su renovador y estos músicos chilenos son de los últimos sobrevivientes de esa generación y ese programa político-musical.
En contra de la tendencia de los últimos 30 años, los Inti-Quilla mantienen una marca de su generación, con una ductilidad increíble para tocar todos los registros, ritmos y géneros de la música popular latinoamericana, haciendo realidad una verdadera comprensión internacionalista de la cultura popular. Tradición que los folkloristas más conocidos parecen haber abandonado, volviendo a los años 50, cuando se regionalizaban los grupos y quienes tocaban zambas y chacareras no se anotaban un chamamé siquiera, no hablemos de un Polo Caraqueño.
Un espectáculo de alto nivel técnico, aún a pesar de las improvisaciones del sonido contra las que los músicos lucharon toda la noche. Músicos técnicamente invencibles, capaces de pulsar las emociones del público más neófito, cosa que demostraron sobre todo en la decena de piezas instrumentales que practicaron.
Todo esto es justificación de sobra para haber vivido esta experiencia en el Ópera. Sin embargo, y con toda modestia y respeto, no pudimos evitar una profunda sensación de estar presenciando una misa nostálgica de la izquierda nacionalista de los 70.  El público tenía un promedio de edad muy elevado, las filas más cercanas al escenario, arriba de los 400 pesos, estaban ocupadas por personas de 60 años y la juventud de 30 o veintipico aparecía recién en las altas filas del Pullman alrededor de los 150 pesos. La juventud que protagoniza el crecimiento de la izquierda de los últimos cuatro años no estaba en el Ópera. Los pocos jóvenes presentes, a pesar de utilizar gestos que los identifican con la izquierda setentista, foquista o peronista, no participaron del recital con el mismo entusiasmo y apasionamiento de las personas mayores de 50 en la sala.
La forma en que el público recibió la segunda parte del espectáculo, protagonizada por los Quillapayún con su repertorio clásico de canciones de protesta, demostraba que se había ido al Ópera a celebrar los 60 y los 70. Siendo amables, uno podría pensar que la introducción de ciertos temas mostraba un intento de parte de los músicos de no quedarse en una rememoración nostálgica, pero sea porque uno está equivocado en la apreciación o porque el público impuso su interés, el espectáculo no logró salir de allí.
La nostalgia por un pasado ideal es, se sabe, un sentimiento desmoralizador. El pasado no puede recrearse y por lo tanto, intentar vivir en él, impide el desarrollo de la energía vital necesaria para encarar el presente. Encima tratándose de dos grupos musicales que estuvieron ligados a la derrota más descomunal sufrida por esa izquierda en los 70, seguida de una de las contrarrevoluciones más sanguinarias y duraderas del continente, el lamento doloroso y sufrido es todavía más fuerte. Quillapayún contribuye con sus ponchos negros y la actitud corporal de los músicos estáticos y con la cabeza agachada en los momentos que no les toca intervenir. El tono solemne y sagrado dado en ciertos temas donde se recuerda a los caídos era hasta monacal. La selección de temas, y sobre todo el cierre a capella, enfatizaron ese tono.
Es que toda música tiene su programa. Quilla e Inti volvieron a reivindicar su programa de hace 50 años. Y si durante los 80 y los 90 mantuvo el sentido de servir de faro y resistencia frente al avance pasmoso del neoliberalismo y entre el caracazo y el argentinazo sirvió como estandarte para el “retorno” del setentismo vía Chávez, Mugica, Evo y el kirchnerismo, hoy, con los nacionalistas mostrando su veradero rostro liberal en toda la región y con signos de pudrición tan evidentes como el chavismo bajo Maduro, este programa sólo puede dedicarse a cocinarse en su propio réquiem.
Para deternernos en un detalle, podríamos criticar que más de 200 años después el proletariado revolucionario necesite cantar himnos a los próceres de la revolución burguesa, reformistas como Simón Bolívar o progresistas como Artigas, pero para no ser tan obvios queremos detenernos en el problema cristiano. 
Ya sea porque la generación de músicos de la pequeña burguesía de nuestros países estaba ligada al cristianismo tercermundista o porque entendían que la mayoría de las masas (sobre todo el campesinado) estaba fuertemente programada por la Iglesia, consideramos un acierto la gran cantidad de canciones que tomaban el lenguaje cristiano para cuestionar a la jerarquía eclesiástica o incluso para intentar unir el mensaje igualitario del cristianismo con los programas revolucionarios del momento. Pero pretender que las mismas canciones produzcan los mismos resultados cuando el cristianismo tradicional ha prácticamente desaparecido de las conciencias y prácticas cotidianas de las masas jóvenes en nuestros países (ni qué decir de la importancia relativa que ha perdido el campesinado frente al proletariado urbano) es sinceramente anacrónico.
Los propios músicos se encararon de fijar esta hipótesis de lectura que aquí hacemos como válida. En el programa que distribuían los acomodadores se leía como título del espectáculo: “Canto homenaje a los símbolos de la libertad chilena: Salvador Allende, Pablo Neruda y Víctor Jara”. Hace 30 años este programa podía ser entendido, pero después del despertar del pueblo chileno en su lucha por una educación gratuita en los últimos años, se debería archivar la nostalgia por el Frente Popular del 73 que, entre otras cosas gracias a la estrecha perspectiva del PS de Allende y el estalinismo de Neruda, generaron las propias condiciones políticas para su derrota…
La nostalgia puede transformar ese viaje necesario hacia las raíces, hacia los precursores, en una trampa que impida volver la conciencia hacia la sensibilidad de los que nos acompañan hoy y ahora en esta lucha por transformar el presente.
Para las nuevas generaciones de luchadores de izquierda encararse con el pasado no es tarea fácil. En el peor de los casos cabe celebrar que la juventud de izquierda no haya participado de esta misa de réquiem. Se necesita mucha conciencia política, cultural y bastante madurez personal para presenciar algo así y rescatar lo bueno evitando ser consumido por tanto sufrimiento paralizante.
Sin embargo, quienes quieran encarar esta lucha por el socialismo en nuestro presente y futuro inmediato, como músicos, desarrollando un cancionero que despierte sentimientos de simpatía por el socialismo y desarrolle una conciencia entre las masas luchadoras de hoy, no debería dejar de formarse con quienes fueron unos de los mejores exponentes de ese mismo intento en los 60.
Calle 13, que probablemente sea el grupo musical de masas que más hizo por desplegar un programa de izquierda entre sus seguidores en los últimos 20 años, encara esa tarea de la mejor forma, tocando Latinoamérica con los Inti Illimani, reivindicando a Mercedes Sosa y grabando con Silvio Rodríguez. Eso que Engels, Lenin y Marx llamaban la superación dialéctica del pasado: nutriéndose, asimilando lo mejor de los músicos sesentistas pero con la sensibilidad bien puesta en las sensaciones de las masas jóvenes que son futuro hoy mismo. Y no se limita a un problema estético o formal, también es necesario distinguir y superar el programa nacionalista y conciliador del estalinismo, presente en la música de izquierda de aquella época.
Esperemos que los y las folkloristas jóvenes que militan en las filas del Frente de Izquierda, y sigan ese camino, puedan desatarse de la nostalgia sufriente de la izquierda muerta para ayudar a parir esta izquierda triunfante, socialista, con una sonrisa en la cara y un aire latinoamericano en los silbidos y las gargantas.

domingo, 16 de marzo de 2014

El mejor amigo del Flamenco

(crónica inédita de la serie SERIGRAFÍAS PORTEÑAS)


Crónica del tercer aniversario del tablao flamenco El Perro Andaluz, Bolívar 854, San Telmo, Buenos Aires

Quiso la casualidad -o la magia- que conociera el Flamenco en vivo y en directo por primera vez en mi vida, justo el día que uno de los más importantes tablaos del género cumplía sus primeros tres años de vida. No es cuestión de andarse peleando ni ofendiendo a nadie pero digamos que para los artistas del Flamenco en la ciudad -y muchos del extranjero- se ha convertido quizás en el más amado.

El lugar, de noche, parece sacado de la cabeza de Cortázar: por afuera, da la impresión de ser un pequeño boliche de esos que abundan en San Telmo, con el espacio suficiente para divertirse en medio de la asfixia, sin embargo por dentro es enorme, como un viejo bodegón porteño de esos que no existen más. Su pared sur conserva una diversa gama de ladrillos rojos de diversos tamaños y formas, lo que evidencia un origen colonial.

Vaya a saber para qué se construyó originalmente y quiénes la habitaron durante quinientos años, pero hoy aporta su magia al tablao. Algó habrá en ella del sudor de los esclavos que la construyeron, las pisadas de los criollos que la fatigaron con sus comercios, sus amores, sus luchas, de los ricos que las habitaron en el despilfarro como de los miserables inmigrantes que las okuparon cuando la fiebre amarilla transformó al barrio más oligárquico de la ciudad en el más proletario.

Se nota claramente por qué los artistas flamencos porteños adoran este lugar: el centro, el corazón, el ambiente más importante, más cuidado, más mimado, no es la cocina ni el espacio destinado a los ocasionales “clientes”, es el escenario: amplio, generoso, con la acústica y las luces exactas, con la disposición y la consistencia que la artista que lo concibió, la bailaora María de la Paz, habrá soñado desde vaya a saber cuándo.

Es extraño reseñar un espectáculo de una cultura tan importante y extraña para alguien que la ve por primera vez. Conozco el Flamenco como la gran mayoría de la población medio culta de esta ciudad: de haber escuchado temas sueltos, alguna vez un CD comprado al azar de (Paco de Lucía), algún amigo o amiga que te hizo oír algo alguna noche y no mucho más. Nunca estuve en Andalucía y nunca tuve la guita para pagarme una entrada cuando vino Camarón o el recientemente fallecido mago de la guitarra.

Pero la experiencia del cante, las palmas y la caja al compás frenético del zapateo, esas guitarras que entreveran miles de años de desiertos, luchas, sueños y lágrimas, guitarras que parecen tejer los hilos de una manera extraña, en un lenguaje que nos suena absolutamente ajeno pero que por algún motivo se nos mete en la sangre.

Esa experiencia no se puede tener viendo un video por youtube, por más buena onda que uno (o una) le ponga.

Entre más de cien concurrentes creo que era el único neófito, y como todos/as parecían amigos/as de la casa, bailarines, músicos y cantaores/as, me sentía más raro, como un bicho. Los “óles” caían todos en el mismo compás, el aplauso, las bromas... parecían ocultar un código para “entendidos” que se me escapó toda la noche.

Soy incapaz de decir si lo que vi fue el mejor o el peor Flamenco de la ciudad, pero puedo reconocer que todas las voces que escuché esta noche me emocionaron, en particular la de una cantaora de la que ignoro el nombre, quien, fuera de programa, fue “presionada” por su amiga a subirse y acompañar con unas coplas.

Esta joven mujer sacó de su más profundo interior una voz llena de fuerza para cantar con una pena indescriptible que, para qué le voy a mentir, me arrancó las lágrimas, también fuera de programa.

Lo mejor de la noche fueron precisamente esos números fuera de programa. Ojo, se trata de gustos, no discuto el enorme valor estético del espectáculo montado antes, pero cuando entraron a subirse bailaores y bailaoras algunos con ropa de calle, y gente que se acomodaba como si estuviera en el patio del caserón del abuela, sin saberlo, se olvidaron del mundo y se entregaron a una fiesta pura de energía, alegría y entusiasmo que arrancó a todo el mundo del asiento y de la pose de espectador.

Quizá eso sea lo que los entendedores llaman “el duende” del Flamenco, ese momento único que no puede ser preparado ni planificado, aunque sí, desde ya, ensayado, buscado, perseguido...

Buenos Aires está viviendo una crisis cultural hace rato. La cantidad de gente con “pupila, talento y salero” para las más variadas expresiones artísticas que patean esta ciudad es enorme, increíble y, al mismo tiempo, es inversamente proporcional a la posibilidad que tienen para pulir su arte y mostrarlo.

La emoción de esta noche seguramente está relacionada con el esfuerzo de Paz y los suyos para mantener en pie El perro... parece increíble que por 40 pesos se pueda experimentar algo tan hermoso, de tal calidad y en cantidades industriales. Parece inreíble que esa sala no esté llena todos los fines de semana.

Sin embargo, si se mira bien, todo San Telmo de noche es, aunque parezca la meca cultural de una ciudad cosmopolita, una especie de museo donde ud. puede observar las más variadas expresiones culturales que alguna vez supieron ser masivas, en vías de desaparición.

Responsabilidad obvia de un sistema que, al revés de los artistas, piensa en ganancias antes que en experiencias emocionales. Está claro. Pero también, aunque menos evidente, de un mundo artístico fragmentado, aislado, narcisista, que no logra conectarse con corrientes profundas de la población, cantar y tocar sus sentimientos, o al menos convocarlos para eso y que prefiere la aventura de buscar una salida individual, esperando la mano del mecenas o del Estado, en lugar de la mucho más segura y dura vía de la organización y la lucha colectiva contra la dependencia del mecenas y del Estado.

Uno no es nadie para andar escribiendo estas cosas, ni los editores parecen creer en la necesidad de publicarlas, pero me meto de puro bruto y me permito confiar en que también entre esas y esos trabajadores incansables, proletarios de los sueños, la música y la danza, saldrán compañeras y compañeros que entenderán que el duende que se vió hoy en El perro lo lograron con la solidaridad de cientos de personas que, el resto del tiempo, actúan solas.

Ellas y ellos abrán encontrar los métodos y la templanza para que el Flamenco deje de languidecer y se transforme en la forma de expresión de miles de personas que necesitan gritarle al mundo su dolor, su orgullo, su pena, su lucha. Así se hizo mundialmente famoso. Así renacerá alguna vez. O al menos eso deseamos.