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viernes, 28 de febrero de 2020

La Pintada


Había un paredón que ya no existe –y que quizás nunca existió- acostado a lo largo del límite más al oeste de la vieja estación Lacroze del Urquiza, que iniciaba sobre la vieja salida de coches, taller de vagones y corralón de carretas y chatas fleteras y terminaba sobre la avenida, antes del murallón del cementerio de la Chacarita.

De ladrillo moldeado en rojo a la vista, revocado por la cal de las pintadas oficiales del puntero de alquiler, el Patita, por ejemplo, que le pintaba a los radichetas tanto como a los peronchos o a las internas de los clubes grandes, San Lorenzo, Boca.

Ese paredón era una frontera más en el sentido de unidad antes que de separación. Unía el barrio fabril de Villa Ortúzar con el nudo ferroviario y de colectivos y subte de Chacarita. Vieja puerta de entrada a la ciudad matadero de negros y vacas, puerto de mercanchifles del capital y contrabando de todo lo prohibido pero lujoso de esta podrida sociedad colonial y colonizada.

Miles de centenares de miradas pasaban por ese paredón hace cien años yendo desde sus casas en Caseros, Tres de Febrero, Jocepa, San Miguel o General Sarmiento para hacerse amasijar en la Capital por un sueldo miserable que alimentara los viejos sueños. Y de vuelta.

Unidad de submundos, también, el de la prostitución de la Zona Liberada alrededor de La Imperio, el de la merca que se trocaba en sus kioscos 24 horas, el de las mafias clandestinas del Cementerio, el de las juventudes anárquicas de los recitales fuera del gusto del gran mercado, el de los fachos del Cementerio Alemán. El de la yuta a puro palo, secuestro y coima.

En una de esas medianoches de otoño, un militante joven descansaba en ropa de fagina, fumando, sobre el paredón recién pintado de ferrite rojo y negro sobre el fondo hiriente de la cal. El viejo militante responsable del local, desde el cordón de enfrente, otea ese horizonte de laburo colectivo que llamaba a la próxima huelga general.

Saborea en el paladar de su sonrisa arrugada la satisfacción de haber logrado coordinar a más de quince pibas y pibes del barrio en la convocatoria a la acción directa de apoyo a la huelga. Su mejor trabajo es éste, desde que él mismo se metió en los Comités de Apoyo al Cordobazo, hace ya cincuenta largos años. Que luce en el lomo curtido y mal comido, apaleado y gaseado. En esas tantas tardes robadas al calor del sol en la plaza, el amor de amigos, amantes, parejas y familia, que ya no ve después de la separación lógica y su lógica soledad.

-Salió bien, ¿no, Ceferino?- pregunta ese militante jóven, que se comprometió a quedarse hasta el cierre, la juntada de los materiales, su limpieza y ordenamiento en el local a seis cuadras.

-Hermosa pibe, una gran actividad. –respondió el viejo sin mirarlo.

-¿Usted piensa alguna vez que vamos a ver la revolución?-la pregunta insolente, no prevista, salía de una cara honesta, cansada por la entrega física y moral de quien ha robado tiempo al descanso, entre la fichada de salida y entrada a su laburo.

A Ceferino Robles se le pasaron cincuenta años por la pantalla interna detrás de los ojos. Su mirada se proyectaba en la cal y el ferrite en innumerables fantasías de aquellas tantas historias que habían sido tan reales como esa pregunta, esa pregunta que alguna vez fuera la certeza que guió cada decisión. Las generaciones han cambiado, pensó para sí.

-Claro que la vamos a ver, pibe. Ustedes la van a hacer. Tendrían que estar contentos.

-La revolución para mí va a ser el día que todos podamos tener la noche que yo tuve el último sábado, ¿sabe Ceferino?

Las pintadas son así –pensó para adentro el viejo militante sobre el cordón de la vereda- la vorágine del tiempo se detiene en esas dos horitas tirando letra y rellenando, una especie de irreverencia de carnaval empuja a la militancia trotska a perder todo prurito de autoridad, se burlan de la sacralidad de los nombres de los dirigentes pintados en las paredes entre verbos imperativos que exigen –o mendigan- un voto a presidente, diputado o legislador, los pibes inventan canciones de cancha riéndose del Cordobés que vive en Flores, del otro con pinta de cantante de tango fanático del Bicho de la Paternal.

Se burlan de la democracia falsa que combaten llamando a votar. ¿De qué más se burlarán? ¿De la disciplina interna? ¿De los boletines internos y las notas para el periódico que se cajonean sistemáticamente en los últimos años?

Como sea, en la pintada no están los dirigentes ni los candidatos, las jinetas las llevan quienes se ponen la actividad al hombro, se respeta el carácter de la gente con que pintamos, porque ya lo vimos plantarse la primavera anterior contra los patrulleros de la metropolitana, porque el primer otoño se bancaron la apretada de la puntera de la villa sin retroceder, porque labura sin chistar y siempre con una sonrisa pa convidar.

También se apuran promesas de amor mientras se pintan las letras grandes en el recodo, bajo las hojas grandes de la enredadera que inventan sombras grandes de complicidad y encubrimiento. Con mucha riña se permite una birra y un porrito y la militancia se encuentra en una intimidad propiciatoria para tocar temas menos partidarios pero mucho más políticos, como el amor y el amar.

-Ahora las revoluciones son individuales, pibe. Todos buscan su libertad interior, su salvación personal. Esos son sueños de alienados. De personas que perdieron la confianza en que podemos ganar. Derrotados. –dijo intentando sostener el tono firme.

-Demoralizados, dice usted. Pero yo no digo eso, Ceferino –el militante sentado en la vereda, con la espalda molida sobre el paredón y los brazos a los costados, movía sólo los labios con el pucho en la comisura, haciendo que las bocanadas azules de humo se entrecortasen sobre la tiniebla dorada que el mercurio de los faroles provocaba en la penumbra de la madrugada –Por eso le dije, todos, cuando todos podamos tener esa misma noche que yo tuve.

-A ver, explicate. –Ceferino se saca el traje de responsable político y escucha. O por esa función de escuchar era que se había ganado el respeto y la admiración de sus compañeres de militancia.

-Se me ocurrió durante el orgasmo. Ahí mismo mientras me sacudía la electricidad del placer. Como un fogonazo de claridad, ¿vió? Ella me había montado ya varias veces. A mí me cuesta uno o dos orgasmos llegar al placer, es como una costra de madera congelada lo que me fabrica el laburo en la piel. Ella no, es más joven. Festeja cada embestida, su cuerpo le regala todas las alegrías imaginables desde la primera caricia con intención. A mí me cuesta. Y siempre que Ella me quiebra la armadura siento bandadas de pájaros saliendo de la coraza entre el pecho y el yugo de la espalda. Le robamos tiempo a la militancia y el laburo para encontrarnos en las sábanas viejas de los telos o nuestras propias sábanas. Nos cuesta llegar a pagar la SUBE, coincidir los horarios y las ganas. Eso digo. Que todos podamos llegar a coger así algún día.

-No me imagino eso en un artículo de la Prensa –la risa confesaba en el arrastre de la carraspera una misma adicción por el tabaco, compartida con el compañero tirado en frente. Este pibe ya es el verdadero responsable, pensó para sí mismo. Llegando a los setenta no puedo poner el cuerpo a respaldar mis posiciones en el debate como antes. Carajo si para esto lo vengo formando desde que mataron a Mariano.

Lo había visto ir asumiendo más responsabilidades cada año. Cursos de formación, círculos y agitaciones, el cordón de seguridad en las movilizaciones del partido, estas últimas noches ya garantizaba que los materiales estuvieran listos, la bolsa de cal y el ferrite del depósito central, si hasta armaba el moco de las pegatinas él sólo.

-Piénselo en serio, Ceferino. Tenemos que tomar el poder los trabajadores para poder organizar un sociedad donde podamos tener tiempo para conocernos más, saber lo que nos gusta, lo que nos da placer, encontrar a personas que tengan el mismo mambo en una cama que en la vida, permitirnos relajar y amarnos. Y que seamos la mayoría los que podamos disponer de ingresos suficientes para alimentarnos bien y cuidarnos de las inclemencias del clima, las enfermedades, tener algún lugar cómodo donde garchar, implica muchas transformaciones revolucionarias en los tiempos de trabajo y ocio, es casi una utopía para la sociedad capitalista que tenemos. Millones de buenos orgasmos, sinceros. ¿Se necesita una verdadera revolución para eso, no le parece?

-Me alegro que estés enamorado, que vaya bien la cosa. Los combatientes enamorados luchan mejor. –dijo, pero pensaba que el militante se había ganado su derecho a encontrar sus propias motivaciones para luchar. Porque eso es todo lo que había aprendido. Que no queda otra que luchar. Que los tipos como él sólo podían hacer eso. Seguir haciendo eso. Luchando.

-Cargá el carrito, dale, que se hace muy tarde y en cualquier momento nos cae la yuta. Vamos pa´l local.

Y encararon las sombras de la noche, sobre el adoquinado parejo de Villa Ortúzar, para volverse sombras también ellos, en una de las tantas noches de militancia de la eterna historia de su clase.


sábado, 25 de enero de 2020

Los colores del corazón

Con Marito en el Parque del Centenario, 21 de setiembre de 2018


Marito en casa, con Cata
In Memoriam, 
Mario Domínguez, 
hermano del cosmos


-Menos mal que llegaste, faltabas vos.

-¿Qué pasó?

-No podemos acomodar la sala hasta que nos lean el testamento a todos juntos.

-Qué testamento, si era más pobre que las arañas.

-Yo dije lo mismo, pero la abogada se puso firme.

-¿Tenía abogada?

-Es la hermana de la ex, la que les hizo los trámites del divorcio. Vení que te la presento. Doctora, ya estamos todos, podemos arrancar.

-Hola, Eze, qué verga, hermano.

-Sí, Alejo, una cagada.

-Bueno, muchas gracias, mucho gusto. Como le decía a sus amigos, para mí también se trata de una situación extraña. Recibí un mensaje de Leo hace pocos días pidiendo que les lea esta carta a sus tres mejores amigos antes de que se hagan los arreglos del velorio. Entiendo que para ustedes es un momento muy duro…

-La verdad que estamos confundidos, dotora. No sé qué arreglos faltan, Marquitos se peleó con el sindicato para conseguir la sala, el Eze trajo la bandera, el resto contactamos a la familia y los conocidos…

-Les repito lo que les vengo diciendo, yo tampoco sé nada, respeté la última voluntad de Leo y todavía no la abrí.

-Dejá que lea la carta, Alejo y así nos enteramos de una vez.

-Sí, Eze, sí. Dele, dele, dotora, mil disculpas.

-No hay problema, leo:

Buenos Aires, invierno de 2017.

Por la presente y en pleno uso de mis facultades mentales, yo, Leonardo José Grande Cobián, como última voluntad dejo expresas instrucciones de que mi féretro sea tapado con la bandera de mi club de la infancia, el Social y Deportivo Jorge Gibson Brown.

-¿Cómo?

-No puede ser, es una joda.

-Calmémonos, muchachos. Doctora, con todo respeto, esto debe ser un error. O el documento es falso. Leo es hincha de Boca desde la cuna, religiosamente. Amaba la Bombonera al punto que creía en serio que estaba viva, siempre contaba que sus primeras palabras fueron “Boca Campeón” de tanto que su hermano mayor rompió las pelotas con la primera Libertadores, que la ganamos justo cuando Leo nació. ¿Quién le explica esto a su hermano, eh? Digan, ¿quién se lo dice?

-Yo los entiendo, pero me limito a leer lo que dice acá, ¿reconocen la letra?

-Sí, sí, es la letra de Leíto… pero el Eze tiene razón, en una de esas se chifló por la quimio, es un documento vaciado de ilegalidad, dotora. ¿Y de dónde mierda salió ese clú, alguno lo registra?

-Es la primera vez que lo oigo nombrar, Alejo, pero tengamos paciencia, che, la carta es larga, que siga leyendo a ver si se entiende algo.

-No Marquitos, no. Es un insulto a todo lo sagrado de nuestra amistad, no podemos admitir una cosa así. Este es el trapo que todos dijimos que íbamos a usar en el cajón, como en la canción, viejo, como en la canción…

-¿Qué canción?

-La que tiene la música de Jhonny Tolengo, también la cantábamos en el Partido, pero con otra letra, sobre cambiar la Historia y dejarse de joder.

-Miren, yo comprendo que se trata de un momento difícil, pero como abogada les sugiero que respeten la última voluntad de su amigo…

-La dotora tiene razón, loco, es una verga, pero dejemos que termine y después vemos qué carajo hacemos… dele dotora, prosiga.

-Cómo no…

Entiendo que mi decisión los va a encabronar, pero les juro que lo pensé mucho y creo que es la mejor forma de cumplir con nuestro juramento de honrar las canciones que cantamos juntos en el templo.

Si están leyendo esta carta es porque la quimio no pudo parar veinticinco años de pucho. Los médicos no se la quieren jugar pero me parece que son manotazos de ahogado. Desde que entré a la terapia intensiva no hago más que repasar mi vida entera. Cuarenta años parecen una bicoca cuando se van así. Siempre dije que el pucho era mi contrato con la muerte en cómodas cuotas y ahora me doy cuenta cuánta razón tenía y qué pelotudo que fui.

Me hubiera hundido en un pozo depresivo si no hubiese sido por ustedes, la familia y una persona muy especial que les quiero presentar en esta carta y que explica el cambio de mi decisión.”

-Yo sabía, alguien que le llenó el bocho. Hay que impugnar todo, doctora, compañeros. Lo manipularon en un momento trágico, ese documento no tiene validez, es inimputable.

-Dejá de interrumpir, Eze, porque no terminamos más.

-¿Vos de qué lado estás Marquitos? El pibe tiene razón. Somos amigos mucho antes que aparezca cualquier coso y le sacamos la ficha a nuestro ñery mejor que cualquiera.

-Boludo, no te la agarrés conmigo que estoy igual de anonadado que todos. Lo único que digo es que dejemos que la abogada termine de leer así nos enteramos de qué se trata de una puta vez.

-Dejen de discutir, che, estamos en una situación grave. Siga por favor, doctora, terminemos con el misterio.

Ustedes saben que para mí las coincidencias ordenan el mundo de mierda en que vivimos. Parece que todas las decisiones que tomé me trajeron a esta terapia intensiva para conocer a Marito. Aunque no lo puedan creer, Marito nació y se crió en Posadas, como yo. Se fue al sur cuando le tocó la colimba para la misma época que mi viejo nos arrastraba a toda la familia a buscar fortuna en el norte. Su fortuna, nuestra desgracia. Es como si Posadas hubiera exigido al azar un reembolso por el hijo que perdía. Porque Marito no volvió nunca más, agarró laburo en Río Gallegos, primero como empleado de Lotería y Casinos, después pasó a la muni, y tuvo su familia allá.

Así que llevamos varias semanas compartiendo recuerdos de dos ciudades diferentes, la de su adolescencia en los 70 y la de mi crianza en los 80, que ya no existen más. Ahora tiene millón y medio de habitantes y cuando yo me fui en el 91 a no llegaba a los 200 mil.

Además, Marito fue uno de los primeros constructores del Partido en Santa Cruz. Ustedes ya saben que a pesar de haberme fundido nunca me voy a arrepentir de tantos años de militancia, de las pocas cosas que me llevo con orgullo.

Así que se imaginarán lo asombrado que estoy. Marito ha sido el compañero ideal para estos últimos momentos. Hace veinte años que sobrevive una enfermedad de mierda y con su experiencia me contiene en los momentos más feos del tratamiento. Pero además con él puedo repasar las situaciones más importantes de mi vida y contar con la opinión de alguien que siente igual que yo. Ha sido una especie de Osiris de oferta, ayudándome a sacarle peso a una vida de recuerdos.

Él me contó la historia del Yípson Braun (así le dice, con tonadita guaraní). Es el segundo club más viejo de Posadas y tiene la cancha en el barrio donde se crió Marito, Villa Urquiza. Otra sincronía asombrosa, el mismo nombre del barrio donde milité mi primer campaña electoral con el Partido en 2007 ¿increíble no?.

Ustedes me van a saber entender muchachos. Cuando éramos chicos, mi hermano mayor, de carne y hueso, vino a suplantar a mi viejo en la tarea de enseñarme a ser un varón, me hizo fanático de Boca y me enseñó a jugar al fútbol, en ese orden. En esas tórridas siestas, cuando intentaba adiestrarme en las técnicas elementales - pegarle con las dos piernas, el empeine y no la punta, detectar el ritmo del partido para cubrir el avance enemigo o acompañar el ataque, revolearla o definir, el centro a la carrera, atrás o de rastrón, buscar la comba y las esquinas, nunca el cuerpo del arquero- o las nuevas leyes del orsai, en esas sofocantes siestas, algo muy profundo dentro mío prefería oír su dulce voz y disfrutar su entusiasmo en lugar de someterse a la disciplina y el destino.

Así quedé, rústico cuatro sin ambiciones, eterno elegido al final del pan y queso. Pero qué lindo era mi hermano Dani, qué bellos sus amigos y qué bella su amistad de siestas robadas a la vigilancia adulta. Siempre me salvaba de las trompadas únicamente porque entraba y salía del club bajo su falda, por decirlo así. Porque era tan bruto que me destacaba únicamente en el fiero arte de cagar a patadas todo lo que se me cruzaba, sin pasión, hay que decirlo, pero sin piedad tampoco, vale confesar.

Una de mis víctimas me puso el primer sobrenombre de la vida, sintetizando mis habilidades y pasiones futbolísticas con fina crueldad, el Buitre.

También fue mi hermano quien me introdujo en la pasión tradicional por el más grande de los clubes obreros de este lado del Río de la Plata. A él le debo haber pisado la Bombonera en un entrenamiento del equipo del Loco Gatti y todos esos hermosos años aprendiendo de lo que somos capaces los hombres cuando actuamos en masa, la Gloria y la Barbarie.

Les conté mil veces que después que la Barra del Abuelo se cobró un dos a cero con River, de locales, asesinando dos pibes en una esquina de Necochea, algo empezó a quebrar ese idilio monogámico. No fue sólo eso, claro, sin embargo, al romperse el embrujo de la masa de tetosterona pude apreciar lo más bello que adoraba de mi club en los otros clubes. 

Maltratado como hereje, festejé igual las Libertadores del Vélez de Bianchi y la del Estudiantes de Sabella. No me importó que todos me putiaran en chino cuando empecé a decir que era fanático de un club por ciudad, porque entendí que amaba la misma mística de garra y coraje en la victoria del menos favorecido tanto en Peñarol de Montevideo, la lepra rosarina, el sabalero de Santa Fe o el Strongest de La Paz. Desde entonces a cada lugar donde llego, busco, pregunto y descubro un nuevo club que agregar al listado. Las camisetas amontonándose en las gavetas del placar de las casas donde viví lo atestiguan. 

En los últimos mundiales ya me acostumbré a hinchar por la Celeste del Maestro Tavárez y al carajo con la patria futbolera.

Ahora que la muerte me obliga la evocación, recuerdo que con mi hermano de sangre teníamos un problema que bien podría ser la causa de este viejo malestar: la Boca quedaba muy lejos del Alto Paraná y nuestra pasión infantil necesitaba algo menos platónico para acariciar. De todos los clubes posadeños, en los 80 el único que jugaba Nacional B y liguillas pre-libertadores era el Guaraní-Antonio Franco. A veinte cuadras de nuestra casa pudimos ver en vivo y directo a los clubes más grandes del país. Pero había una traba muy jodida, la camiseta es igual a la de River.

¿Qué puede ser más importante en la idolatría infantil que los colores del club amado?
En el momento central de la vida donde aprendemos a querer, yo me encontraba doblemente huérfano, con Boca idealizado a mil doscientos kilómetros –sin televisión HD ni pleistéishon- y con un club de barrio al que no podía entregarme totalmente.

Marito me ayudó a reparar este vacío, justo a tiempo. Me contó una historia impresionante de su fundación, allá por el 1910, cuando Posadas era una aldea de contrabandistas alrededor de su puerto, la Bajada Vieja. No habían llegado todavía el Allan Poe uruguayo Horacio Quiroga ni el comunista Alfredo Varela para inmortalizarlas y ponerlas en el radar nacional, cuando cuatro amigos fundaron un club de fútbol para no tener que andar nostalgiando de lejos los domingos. Ni radio tenían en esa época, tenían que esperar que llegara algún diario para saber cómo le había ido al club de sus amores.

Cuenta Marito que lo fundaron en una de las placitas céntricas donde mi vieja setenta años después nos llevaba a jugar y patinar, la San Martín, de donde salía la caravana tradicional del Corpus Cristi que desembocaba en la Catedral y la Plaza 9 de Julio.

Resulta que los cuatro amigos eran fanáticos del club más popular de toda Sudamérica antes del profesionalismo, el viejo Alumni, fundado por profesores de origen escocés. De allí sus colores, los bastones verticales rojos y blancos que replicaron su fama en todo el territorio (el pincha de La Plata, el milrayitas de Lomas, el tallarín de los ferroviarios de Escalada, el Central de Barracas, también ferroviario, el santo tucumano o el tatengue santafecino y otros tantos que Wikipedia podría certificar). Para no pecar de imitadores, decidieron mantener el diseño y uno de los dos colores, porque coincidía con el colorado característico de las tierras misioneras pero en vez del blanco -delator del plagio- eligieron el verde esmeralda de la selva.

Me pareció la historia de la invención de una camiseta más original que escuché.

Con el nombre, también rompieron todas las tradiciones y le pusieron el de su ídolo de la infancia, el primer gran goleador del fútbol rioplatense, un alumno del colegio inglés llamado Jorge Gibson Brown. No puedo dejar de pensar que si nosotros cuatro hubiésemos fundado un club en el 2000 seguramente le habríamos puesto “Social y Deportivo Martín Palermo”.

¿Porque, qué es lo primero que hacen cuatro amigos que van a fundar un club de fútbol? Si están pensando en hacer negocios, piensan en la Comisión Directiva, quién firma los cheques y dónde consiguen un permiso de la municipalidad para un predio. Pero si quieren al fúlbo sólo como un juego, lo primero que discuten es el nombre y, claro, los colores.

Aunque parezca increíble, el Yípson Braun ganó un solo campeonato posadeño a pesar de ser el segundo club más viejo de la liga, el mismo año en que Boca ganó su primera Copa Libertadores y que yo vine a la vida.

Aunque ame eternamente a Balvanera y a mi hermano, siempre me sentí misionero. 
Después de haber elegido una vida entera de militancia por el socialismo y tirado a la mierda el machismo, la misoginia, la heterosexualidad y la puta religión católica en que me entrenaron, si tuviera la opción de elegir un barrio y un hermano coherentes con las decisiones que corrigieron mi destino, hubiera elegido nacer en Villa Urquiza y a Marito. 

Eso no se puede hacer, lamentablemente: elegir vivir tu vida de nuevo, renacer como en las pelis yanquis y las mitologías véddicas que contaba Dolina todas las medianoches, como una Sherezade en el Café Tortoni. 

Pero sí puedo cambiar la anécdota famosa y elegir mis primeras palabras, porque de haber estado en Villa Urquiza desde el comienzo hubiera gritado “Yípson Braun Campeón”.

Muchachos, cuántas veces nos planteamos que nuestra vida amorosa y afectiva es una bosta en parte porque no “elegimos” las personas de quienes nos enamoramos, que la mayoría son productos idealizados de preferencias heredadas, impuestas inconscientemente por nuestra familia y la sociedad en nuestra más tierna infancia. 

Cuántas noches de escabio concluimos que sería mucho mejor poder construir amores conscientes para dejar de recaer en la merca barata del amor romántico. 

Pues bien, así como nunca dejé de amar a mi hermano de sangre cuando los fui eligiendo a ustedes para amarlos como los he amado todos estos años, como verdaderos hermanos del alma, déjenme que lo incorpore al Marito a la banda y no se ofendan si les digo, con plena conciencia, que los colores y el nombre del Yípson Braun son el mejor símbolo del amor consciente que tengo por el fútbol. Siempre anduve buscando algo mejor, algo que además de los resultados y los ídolos, reflejara exactamente lo que pienso. Lejos de la bosta del negocio que nos arruinó todo, de los dirigentes empresarios que usaron nuestras alegrías deportivas como base para sus aspiraciones políticas, de las patotas que matan hinchas como mataron a Mariano, que ensucian la pasión colectiva insultando a mis amigos y amigas de Bolivia y Paraguay, carajo, insultando mi sexualidad como sinónimo de humillación, y queriéndome discutir que se trata de folclore. Estoy podrido que me acusen de marciano porque me niego a aceptar la representación de la AFA y el circo de los mundiales que encubren estados genocidas y asesinos, como el de Videla hace cuarenta años, como el de la Rusia del sorete de Putin mañana…

Nunca fui capaz de encontrar una pareja con la que vivir un amor sano, ustedes lo saben mejor que nadie porque me sufrieron cada fracaso. Al menos denme la oportunidad, el día que me muera, de poder elegir para mi cajón, como en la canción que juramos respetar, los colores que llevo en el corazón, ahora, que al fin los encontré.

Un abrazo de gol para todos, nos vemo en la victoria, 

Leo.

miércoles, 9 de enero de 2019

La leyenda del etnógrafo

“… el azar, no es más que uno de los polos de un conjunto, el otro polo del cual se llama necesidad. En la naturaleza, donde también parece dominar el azar, hace mucho tiempo que hemos demostrado en cada dominio particular de la ciencia la necesidad inmanente y las leyes íntimas que se afirman en aquel azar. Pues lo que es cierto para la naturaleza también lo es para la sociedad. Cuanto más se eximen de la intervención consciente del ser humano, y le dominan un modo de actividad social y una serie de hechos sociales, cuanto más abandonados parecen al puro azar, tanto más se afirman sus leyes propias e inherentes en ese azar, como por una necesidad de la naturaleza.”

Friederich Engels, El origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado, 1884


Al pie de este joven nogal he decidido cerrar este ciclo y volver a la Creación. Siete revoluciones ha dado alrededor del Sol el Júpiter pagano de Roma –también adorado en lo alto de una montaña- desde que respiré el oxígeno por primera vez, fuera del vientre acuoso donde mi madre alquimió este cuerpo del que hoy me desprendo.

La Sancta Fe en que fui criado y en la que me formé, con sacrificio y disciplina, en los monasterios al pie de las montañas de mis primeros juegos infantiles, no se ha agotado. Me ha traído aquí, noventa años de predicarla con honestidad del corazón, para entender que no era completa.

Mi decisión final me excomulgará para siempre de la ecclesiastés y será mi ofrenda para ser aceptado por el dios-uno que es origen y fin de todo el universo.

El Hamwatu me ha atraído aquí desde que pisé las Sierras Madres mexicas y náhuatl, la Orden me ha enseñado a conocer al indio para mejor explicarle el Verbo Divino y aquí, yendo y viniendo de la sima a la cima, finalmente he comprendido.

Dejo constancia y explicación. Mis hermanos frailes tomarán mi muerte como un suicidio y pecado capital. Deshonrarán mi nombre y mi estirpe será despreciada. Siguiendo nuestro método, mi memoria será retorcida en alguna bella parábola para moralizar a indios y criollos. Pero si tengo suerte, algún día, cualquiera que necesite la verdad tan fuerte como yo la he perseguido toda mi vida, encontrará este documento y comprenderá.

Cuando llegué al Valle de México con los primeros frailes, después de travesías atroces encerrados en el vientre de esas naos de madera, nuececillas frágiles para las fuerzas impiadosas de la mar oceánica, apelmazados los cuerpos y las hediondeces, la mierda y el vómito, devorados un poco cada día por alfombras vivas de piojos, liendres y garrapatas, la limpieza del primer baño en el monasterio fue un nuevo bautismo para mi conciencia ingenua. Tardé veinte años en descubrir que en lugar de enviarnos a una evangelización seria, no mero censo de tributadores al Rey, nuestro trabajo metódico y piadoso servía para mejorar la colecta del diezmo, para que las comunidades campesinas aceptaran sin belicosidad el tributo forzado. Y para mantener a raya de las riquezas regias, a la voracidad despiadada de los hijos de los Adelantados.

Los códices que llenamos como mejor pudimos, con las historias relatadas por los más viejos náhuatl, los diccionarios y glosarios que bordamos con esmero y paciencia para una mejor comunicación de la Su Palabra entre los nativos, fueron rebajados a meros látigos de papel. Los priores y obispos usaron tan bellos conocimientos para que caciques y kurakas aceptaran el diezmo, la encomienda y el yanaconazgo como si mantuvieran los tributos de siempre a sus propios dioses y divinidades.

Mis constantes peticiones y ofrecimientos voluntarios de traslado a nuevas misiones en territorios recién conquistados o todavía en descubrimiento, son la hoja de ruta que señala el momento donde ya no pude sostener la arcada y el maltrato, la vejación. El ultraje que hacían de mis descripciones de esas mismas gentes que me habían acogido generosamente como un invitado en sus vidas y sus cosmovisiones, hacía la culpa intolerable. Me ofrecía al traslado cuando ya no aguantaba las pesadillas en la celda, cuando sangraban mis falanges de tallar los rosarios con mi lamento, se me hacía imposible de seguir escalando el purgatorio bajo el peso de cada nueva carga, que aumentaba y traía a la memoria los rostros, las aldeas, tantas y cada una de las matanzas que se hicieron gracias a mis descripciones y traducciones.

Soñaba siempre lo mismo. Llegaba a una aldea muy parecida a mi sitio natal, (que lleva hasta hoy nombre de la gaita del cuerno de carnero que suena en las orillas de la isla sagrada Morske Oko en el corazón del orgulloso lago Synevyr), vestido con la túnica mendicante de Francesco de Assis. Sancta María y San Xoseph me invitaban a educar al pequeño Joshua: tenía el mismo rostro que mi memoria registra de mi infancia cuando comencé a buscar la verdad reflejada en las aguas del Synevir. Cuando parecía que mi trabajo de educación del niño llegaba a su máximo punto de comprensión y amor entre nosotros, la guardia pretoriana entraba violentamente al pequeño hogar, se llevaba al Cristo y su familia, les laceraba los pezones con plomo caliente, les descuartizaba en la plaza central y colgaban sus desechos en cruces, como colgajos de tasajo puestos a secar. El capitán de la escuadra me agradecía por los servicios prestados y me pagaba con una bolsa que no necesitaba abrir para saber que contenía 30 denarios de plata. Intentaba refregarme los ojos y la cara para limpiarme la sangre del niño y su familia… y así despertaba.

Sólo aquí, al pie del Ambato, bajo la sombra de este nogal que yo mismo planté cuando llegué a estas sierras hace cincuenta años, arrullado por el canto juguetón de la Cigalí jugando con las rocas a caer rodando por el tobogán de la falda del cerro, hasta su destino final de retorno al corazón de la tierra, filtrándose en la arenilla, allá donde termina el Ande y comienza el serrucho pampeano, sólo aquí digo, se apagaron las pesadillas. La historia que voy a dejar narrada fue la que me hizo comprender, fue la que calmó mi conciencia y me permitió abrir el corazón para aceptar el perdón. Me voy en mi ley, este testamento que escribo será la última crónica de este modesto rastreador de la Verdad que fui.

Llegué a estas tierras a colaborar con la descripción de la lengua kakán después de haber conocido la voracidad de los esbirros del guarrapuero Cortés en los valles tropicales de la Nueva España y hastiado de la corrupción moral de los camaradas de armas de Pizarro, que usaron la cruz del apóstol Santiago como se usa el puñal ritual en el degüello de los corderos para sacrificar la ofrenda a los templos. Carniceros sin moral alguna contra los indios y despiadados en la competencia con sus hermanos blancos por el botín. Inundaron de sangre putrefacta las alturas, desde Potosí hasta el Callao, tanto que cabría preguntarse si son los elementos de la naturaleza quienes han erosionado la plata y oro de los altares barrocos, o fue la pus pestilente de las entrañas de tanto hijo de Dios masacrado.

Tenía cuarenta años cuando empezamos a ir a las aldeas más alejadas del Ambato y el Ancasti, donde millones de indios se repartían por valles y quebradas de tal forma que eran invisibles para nosotros. Cada camino nuevo de estas serranías lo han empezado a consolidar estas viejas sandalias que me arrastran.

Nos enviaron un poco para sacarse de encima tanto fraile estoico sirviendo de espía del Rey contra el egoísmo de las familias criollas y porque la guerra contra el indio en estos valles y quebradas era un pantano que hacía los movimientos de los fundadores de ciudades muy lentos. Imposible de domesticar la indiada de la ceja de la yunga sobre el Pilcomayo y el Bermejo, cuando los brazos empezaron a morir sepultados en el socavón del Cerro Rico o en los diminutos reinos de Belzebú que eran los obrajes de azogue, los gobernadores alentaron la rapiña de cuerpos entre la nación diaguita, desde los valles de Tarija y las quebradas de la Puna hasta esta tierra mágica en la que me estoy despidiendo.

Pero aquí se toparon con una nueva pieza de humanidad que ni la experiencia secular de conquistas –de Roma contra los celtas, los visigodos contra el Muslim- pudieron anticipar. Simplemente no sabían cómo doblegar al pueblo kakán. Aquí la distancia entre el nómade que navega los salares como si no se hubiese resignado a la idea de que el antiguo mar ya no existe, y el indio labrando la tierra y echando raíces fijas y permanentes, era imperceptible. Los sacerdotes, que aquí llaman wattu, (con la uvedoble pronunciada como los teutones, poniendo los labios para soplar la kena), en algunos poblados todavía bendicen la simiente con los mismos rituales mágicos que usaban para pedir a sus dioses le traspasasen la fuerza y la astucia del puma para cazar en las faldas de los cerros.
Igual que en el Imperio Azteca y el Tawantinsuyu aquí ya había una casta de clanes que se distinguían en poder político y en riquezas frente al más llano pueblo, pero en ningún lado de estos montes se consumaban los centros de poder imperiales como en aquéllos. Se parecen mucho al oikós que cantaba Homero, donde el poder central circula por las montañas, unifica pero no reprime, centraliza la fuerza común pero no aplasta las diferencias en una masa uniforme.

Es una forma extraña de organizarse. De lejos puede parecer ambas, un igualitarismo como el de algunas sectas anabaptistas de las montañas bohemias o un imperio centralizado que pretende explotar racionalmente a sus súbditos, como el inkaiko. Pero no es ninguna de ellas del todo aunque también embrión de ambas. Si tuviese algo de sabiduría en cuestiones políticas le pondría un nombre adecuado, entre la sociedad vertical jerárquica y el reparto igualitario de jerarquías.  

La organización de los indios waycamas, herederos últimos de una tradición de cuarenta mil años de cazadores trashumantes (he visto y tocado las pinturas rupestres de las cavernas al costado del salar) y tres mil años de agricultura, ganadería y una exquisita metalurgia como no he visto ni entre los viejos celtas del bronce antiguo de mi pueblo, es así de híbrida. Aquí donde he encontrado mi morada final, el pueblo de Choya, el waycama organiza a sus familias usando relaciones de parentesco parecidas a las familias nómades de Abraham/Ibrahim en el Antiguo Testamento. Así aprovechan la mejor manera de tomar las ofrendas de la montaña, consumirlas y no agredir con el crecimiento de los clanes el equilibro de la naturaleza. Eso que el inkaico nos enseñó a nombrar como la unidad dividida del hanán-hurín y que los monjes jesuitas han visto llamar ying-yang en los valles tropicales del corazón majestuoso del cobrizo río Yang-Tsé.

Tengo la edad suficiente para saber que no hace falta que chinos y aymaras se conocieran en viajes transpacíficos primitivos, tarde o temprano somos humildes cerebros y corazones imposibilitados de imaginar muy lejos del ambiente que conocemos. Así, montaña y valle, y mucha sensibilidad para aprender, en cualquier sitio del planeta, servirán de tejido para telas muy parecidas.

Lamentablemente, me ha tocado venir a presenciar la muerte de una raza de treinta milenios. No necesito esperar que los carros de combate del emperador de Roma y las cruces de Constantino vengan a señalar su In Hoc Signo Vinci para saber que Choya es el último pueblo rebelde de esta Guerra de Cien Años re-editada en el Valle Kalchakí.

Desde el Santiago del sudoeste, frente al Pacífico, cruzando el Ande y dende el Santiago del noreste, al borde de la yunga y el Chaco, han venido los esbirros sedientos de sangre ajena y han intentado fundar cinco veces una sede para administrar esta masacre. Ya han sido destrozados en público los cuerpos del dudoso inka Bohorquez y del valiente cacique Chelemín y en estas semanas los frailes superiores encabezan las mediaciones con las comunidades sobrevivientes del Ambato y el Ancasti para llegar a una división de tierras que les resguarde en algún miserable lugar y ver si pueden hacer pasar el robo como “donación piadosa” para que la historia no vaya a identificar la piedad de San Francesco con la codicia inagotable de la canalla española.

Cuando me enteré de la historia de amor más bella que fui testigo tardíamente, supe que todo estaba terminado para los waycama, treinta mil años después de que llegaron a estas tierras.

Los amantes tenían esa bella edad, tan lejana ya, cuando el cuerpo decide con la piel antes que con la razón. Se conocieron y quedaron prendados un del otro, en un ritual de la cosecha, después de las Fiestas de Reyes, que se lleva a cabo milenariamente en un lugar no habitado. Aquí le llaman waka pero también pipanaku porque tiene una forma de vulva en la piedra. Se trata de la parte exterior de una fisura en la roca, en el límite de los cerros y el valle, que llega a hacer contacto con las profundidades magmáticas. Sólo poblaciones que han pasado por allí tantos milenios pudieron notar que en ese lugar el aire siempre es más caliente y según sus sacerdotes emergen también fuerzas poderosas como las de los imanes de algunas piedras.

En su forma de comprender la danza del universo, los waykama creen ese lugar sagrado, porque unifica a todas las parcialidades, no es hanán ni hurín pero al mismo tiempo es hanan y es hurin. Ellos viven los límites como lugares de encuentro, no de separación y división como nosotros, gobernados por conquistadores les vemos. Me han dicho los más viejos entre los waykama que heredaron esta tradición de los primeros nómades que comenzaron a plantar y criar animales en estas regiones, como recuerdo permanente, memoria viva, del encuentro y confraternización con los nómades que ya cazaban y recolectaban en estos cerros.

En Tiwanaku he visto hacer un ritual parecido. Allí le llaman tinku, en aymara, que mis colegas frailes han dado en traducir como unión o juntada, aunque yo prefiero el más poderoso fusión.

El fuerte impulso de tinku que latió en esos cuerpos jóvenes no estaba previsto por los principales de los clanes hurín y hanán ese crepúsculo de febrero, y una vez que sus intentos de anudarse juntos fueron conocidos por sus familias, su amor fue prohibido. Desde el Ecuador hasta el Tucumán, los pueblos de montaña sostienen la vida de la comunidad en entreveradas y rígidas tramas parentales. También en mis lejanas tierras ancestrales y en China. La familia es la trama que une pero también la cadena que ata a cada individuo.

La bella jóven de esta historia, de caderas y pechos generosos y piernas parecidas en forma y color al robusto ópalo ámbar, pertenecía a una familia que vive cerca de donde termina la falda verde de la montaña y comienza la olla de piedra que los españoles eligieron para fundar esta horrible ciudad. Por lo tanto, su familia es hurín, lo bajo, lo femenino, la fuerza blanda del agua y el aire, la agricultura y ganadería del piedemonte, más suave que la de la montaña pedregosa; sin embargo su clan ha heredado por generaciones la concentración suficiente de varones –hanán- que poseen el conocimiento y la capacidad de transformismo para interceder con sus dioses, es familia de hurín-watu.

También pude ser invitado a esos estados de trance en que estos chamanes disfrazados de mujer y de sierpe y de jaguar y de cóndor, se meten polvos alucinógenos de cardos y cactus por las narices y comienzan a guturar como si el mismo animal se les metiese en los huesos y la piel y fueran uno solo. Imagino que el resto de la comunidad también se metería algo porque todos allí daban por hecho que el dios había tomado control del chamán y danzaba con ellos. Esto lo hacían para las siembras y las cosechas, ante alguna temporada de mucha sequía o después de algún terremoto devastador.

Como hija (hurín) de un clan de sacerdotes de prestigio (hanán) en la parte del pueblo del valle (hurín) tenía prohibido atar su destino a un joven (hanán) que provenía de una familia (hurín) de la parte del pueblo que ocupa lo alto de la montaña (harán). Lo alto es piedra fálica, fuerza de piedra y madera dura, rayo del cielo y fuego. El jóven pertenecía a una familia de campesinos que llegaron a cuidar las terrazas de cultivo cerca del Crestón del Ambato las pocas décadas que duró el intento de colonización del Inka por estos cerros. Cuzco estaba lo suficientemente lejos para extender tanto la red imperial que obligara por la fuerza a centralizar tributos aunque ahora está lo suficientemente cerca para que los esbirros de Pizarro hayan quebrado en movimiento de pinzas un siglo y arrobas de dura resistencia. Con un buen hacha y muchos hachadores, hasta el quebracho más duro se quiebra.
La familia del mozuelo entonces había quedado rebajada en la escala social del alto y por eso se la consideraba hurín, de allí que no debiera unirse a la primogénita de un chamán-hanán. De concretarse, su destino auguraba tragedias espantosas a la comunidad, y eso no podía permitirse en medio de las negociaciones de paz.

En estas poblaciones los secretos son difíciles de esconder. A veces parece que los pájaros fueran espías del correvedile popular. No tuvieron otra opción que huir para encontrarse.

Ambato y Ancasti han nacido del quiebre de la placa cuando esos enormes dragones de seis mil metros del Ande fueron paridos por la Tierra. Por eso acompañan los cordones en un suave movimiento noroeste-sudeste los contornos de la Cordillera Madre. Y en esa particularidad, sus laderas que miran al oriente son suaves y onduladas, lo contrario de las que miran al occidente, bruscos acantilados poblados de cavernas y escarpados. Allí fueron a consumar su amor clandestino estos dos pequeños hilos del poncho divino, a unas cavernas monstruosas que se meten a lo profundo bajo las cejas del Ambato, en ese enorme Salar de Pipanaku, que los jesuitas aseguran, fuera un antiquísimo mar interior.

Pero una partida de reconocimiento española les encontró entre Siján y Mutkin, en su camino para La Rioja. Desde la victoria contra el último levantamiento los españoles no dejan de entrenar a sus reclutas en el conocimiento del territorio al mismo tiempo que mantienen la alerta ante el primer motín. Han aprendido a luchar contra el kakán. Sólo esto aprenden rápido en estas tierras estos verdaderos hijos de Marte.

He conocido la historia allí dentro de esas cavernas porque por mi edad los caciques waykama de ambos Choya, hurin y hanán del Ambato, creen que soy sabio. De mi lealtad a la verdad no dudan tampoco mis hermanos de Orden. Hice los peritajes forenses sobre esos cuerpos y me negué a firmar las actas notariales donde el Capitán español lo quería hacer pasar como un enfrentamiento confuso con una célula de una guerrilla sublevada.

Ambos jóvenes habían sido violados y mutilados en una especie de orgía satánica, de macabro mensaje. Ahora el que viene siendo perseguido por la Real Audiencia de Potosí soy yo, acusado de falso testimonio, favoritismo con el indio y por eso mismo, subversivo contra el Rey. Me río de sus falsas acusaciones. Más, me cago en esa estirpe de asesinos y cagatintas en que se han convertido esta parte de mi raza, a fuerza de milenios de rapiña y hambre de oro y tierras. Explotadores de hombres, que no son ya hijos de mi Dios, que portan el emblema de la muerte como heráldica de su verdadera esencia, depredadores sin dignidad o piedad.

Ha sido muy duro enterarme que los caciques Hanan y Hurin de Choya han decidido no presentar cargos ante la Audiencia contra el destacamento y su capitán. En medio de las negociaciones de paz con el español victorioso, negociarán la sangre derramada, y el olvido del crimen, como contrapeso de tierras a su favor. ¿Quién puede discutirle nada a un pueblo que juega a las cartas de su futuro incierto con un imperio voraz como el español? ¿Quién puede juzgar a los albaceas de la derrota, a los caciques de un pueblo doscientos años masacrado?

Además, me han explicado que los jóvenes desafiaron las leyes de la comunidad huyendo para consumar una unión prohibida y les pusieron en riesgo. Para los jefes de familia waykama, en su forma de ver el mundo, una armonía demasiado quieta y perfecta, me explicaron que los amantes clandestinos cometieron un crimen y su masacre sangrienta fue la pena que ellos mismos se buscaron.

Allí supe que la comunidad de Choya estaba quebrada. Medio siglo antes este tipo de crímenes del español provocaban revueltas que arrasaban toda piel blanca en el camino, como un viento huracanado de montaña, como plaga bíblica. Pero Chelemín y su espíritu nacional, su sentido ético, hace rato han sido desmembrados. Lo que ha precipitado la derrota en todos lados. En estas montañas donde el kakán supo ser lingua franca, como el arameo en Mesopotamia o el latín en el Mediterráneo, el poder centralizado circulaba por turnos en las familias principales del alto y bajo de cada poblado, de cada cerro y valle. Durante dos mil años supieron construir una conciencia unificada y una lengua común que mantuvo unido como un sólo puño desde el marquesado de Yavi hasta el Ambato toda la cadena de valles y quebradas, desde los humawaka hasta los patziokas, lo que permitió que sobrevivieran al intento de dominación inka y resistieran más de un siglo al español. Sin ese sentido de nación, todo se ha perdido.

Mañana serán sólo un eco de viejos nombres contando historias, antes que silencio fatal y olvido perpetuo. Es muy triste ver morir al último pájaro de una majestuosa especie, como habrá sido presenciar la muerte del último dragón millones de años ha. El kakán muere para siempre en las negociaciones de paz. Esta paz romana, que disfraza de “civilizada” la rapiña que impone a los vencidos después de una masacre impiadosa.

He llegado a la sombra del nogal a ponerle fin a mis días. Las razones son sencillas. La pesadilla no ha vuelto, anque sin embargo no soporto más la tristeza agolpada en el pecho y el yugo del cuello por los crímenes que me habitan. Ya no queda lugar donde huir: el mapuche no durará mucho más, el guaraní ha decidido matrimoniarse a los vascuences de Irala o Garay para matar a sus enemigos de sangre, o aceptar la pérfida piedad del explotador jesuita, otro vascuence traidor a su estirpe. Quisiera poder volver a mi casa de piedra, a mi bosque de selva frío, a mi isla en el ojo del mundo, a mi lago materno. Pero a mi edad, sería jugarme la muerte a los dado, y el recuerdo de un barco negrero pestilente en medio del Océano me turba. Por eso he decidido morirme aquí, al pie del Ambato.

La fecha la han decidido otros. Ayer  por la noche fui consultado por los priores del flamante Convento de San Francisco en San Fernando del Valle, para dar mi opinión sobre el acuerdo que van a proponer a los kurakas waykama de Choya para sellar la paz con España. Las mejores tierras del Ambato y el Ancasti serán cedidas en merced real a españoles y criollos que hayan participado directa o indirectamente en las guerras kalchakíes; las mejores tierras de cultivo hanan y hurín de Choya serán “donadas” a la Orden Franciscana en agradecimiento por su generosa “mediación” y los waykama volverán a vivir en las tierras que sólo pueden servir como campamento de cazadores, donde por Dios que es imposible que la arcilla estrecha de este valle pueda parir más que puros cactus y escarabajos huaqueros. Cómo harán los waykama de Choya para sobrevivir así, para guardar en la memoria viva su bella lengua cantada como los pequeños mirlos del bosque, su sabiduría ancestral de relación fluida entre natura y sus hijos con conciencia, cómo harán para sobrevivir, es la pena que me aqueja y no me deja dormir.

Aceptar el acuerdo implica también aceptar la forma de narrarlo. Una leyenda pérfida nueva y un enroque divino. Se simulará que en medio de las negociaciones un indio hurín del pueblo hanánchoya, preferiblemente familiar del crío asesinado, “encuentre” una imagen tallada de la Virgen en la waka sagrada del Valle donde se ha venido practicando el tinku hace dos mil años. El indio deberá llevar la imagen de la Virgencita del Valle hasta la estancia de alguno de los españoles con tierras nuevas en hanán y hurín Choya y este, generosamente la hará reconocer por la Orden primero, por el Vaticano y el Rey después. Han sido tan sádicos en la propuesta, que el nombre del pueblo será trocado también: Choya (la desobediente) pasará a ser el “Barrio del Milagro”.

Otra vez estos poetas de la crueldad y la falta de imaginación repiten el “milagro” del Cerro Tepeyac, otra vez la Virgen “apareciéndose” para sepultar el orgullo de una raza, para transmutar su heroísmo en cobardía, para hacer bosta del oro, para reemplazar a la poderosa Coatlicue por la morena Guadalupe. Estoy seguro que el waykama está tan quebrado en su vida emocional que va a firmar esta derrota que le proponen mis hermanos frailes. Aquí no quedará ni el nombre de los ríos, ni sus historias. La Cigalí que me llama para cumplir mi destino, casi gritando en acorde con los koyuyos, tendrá el nombre aburrido que le imponga algún cerebro sin mucha poesía, nadie recordará jamás que Ambatu significa Hananwatu, Chamán de la Altura, y nadie sabrá nunca del tinku ancestral en la gruta vaginal.

Pero yo no. Aquí he descubierto la verdad que he buscado obsesivamente toda mi vida. Los hananwatu y las hurinwatu waykamanes de Choya, último pueblo kakán desobediente, me dijeron hace muchos años, mientras Chelemín todavía infundía terror en las pesadillas del español, que los primeros dioses, los creadores de todo, eran uno y tres, que por eso el chamán varón se viste de hembra y la chamana del bajo trasviste de varón, que por eso los rituales de siembra son tan sexuales que el español pacato les describe como aquelarres impúdicos, como misas heréticas donde solo falta el cabrón.

Ellos lo han aprendido después de mucho compartir con el Apu, la montaña abuela. Me han explicado que por su forma exterior el monte se muestra macho, tomad de ejemplo por caso al pico del Manchao, enorme falo de cinco mil metros pura erección pétrea. Mas, en su interior, la montaña lleva en la panza una fábrica química, enorme paila para recrear la alquimia de energía calórica magmática que ha tenido tiempo suficiente para criar las maravillas. Sólo en el Ambato el cobre viene con una impureza dentro que de sólo calentarse al rojo se hace bronce, porque contiene una aleación de arsénico propia; o el durísimo cristal de roca, quarz que le llama el teutón, que florece en blanco, rosado, amarillo y hasta verde por todas partes en estos cerros. Adentro de este enorme falo, entonces, hay una exacta representación del útero femenino con decenas de millones de años gestando minerales y metales para alimentar a través de la savia las plantas de la selva, los yuyos amargos de sus faldas y las duras maderas, de donde comen insectos y roedores, pequeñísimas aves como colibríes y majestuosos especímenes de pura vitalidad como el jaguar y el cóndor.

El Ambato todopoderoso es macho y hembra al mismo tiempo y se fecunda a sí mismo para alimentar a todos sus hijos. Lo único que pide a cambio es que se respeten los equilibrios entre la familias y que ninguna especie se aproveche de una ventaja comparativa para pretender más de lo que se le ha dado en ofrenda, porque el apetito voraz y egoísta rompe la armonía y obliga al Manchao a rugir, trueno de veras que anticipa furiosos terremotos que cada tanto destruyen todo lo sólido y estable y permiten que cada ciclo re comience de nuevo, con menos individuos de cada especie.

Aquí comprendí por qué no pude alcanzar la verdad divina en ochenta y cinco años de estudios, viajes y lecturas: porque buscaba la verdad sólo con mi lengua. El hananwatu me explicó que cada ser habla distinto, se comunica en otro idioma, con signos y leyes gramaticales distintas. Si la verdad que buscas, me dijo, está fuera de tí, o muy adentro tuyo, quizás hable otra lengua. Primero hay que saber oír, luego aprender a escuchar y comprender el idioma del universo para al fin comprender su mensaje. El viejo chamán kakán me miró muy adentro de mí mismo y me dijo: Nosotros no dialogamos así como ustedes, no hablamos nuestra idea en el oído del otro para que otro clave también su idea a nosotros, el kakán comparte la idea, recibe la ofrenda y responde con otra ofrenda, en todo lo que hace, incluido cuando aprende, comparte su saber a cambio del saber del otro.

Viniendo al pie del nogal, a la vera del río Cigalí, un niño me ha contado que la piedra roja de la estalactita que se puede ver en las cavernas de Pomán, Belén y Londres, la rodocrosita,  es el corazón y la sangre de los enamorados que se mataron  a sí mismos después de unirse para pasar la eternidad juntos, y su sangre a bañado el interior de la montaña. Un calco de la estafa de Constantino para lavar al César de su responsabilidad en el asesinato del niño de Nazareth. Me ha dicho que a la piedra ya le llaman “corazón del inka” para ofrecerla al español como tributo. Me recordó la burrada que inventaron los jesuitas para explicar la belleza de la flor más extraña de la selva del AltoParaná, el Mburucuyá, que mienten ha nacido de la sangre derramada por dos amantes prohibidos, una guaraní y un español, ella masacrada por la infamia y su sangre justo ha venido a parir los estambres de la flor que se abren formando, oh casualidad divina, el sol de ocho estrellas del símbolo de Loyola, monje negro del Papa y traidor a su estirpe euzquerra.

El kakán no es como nosotros, no bautiza para adueñarse de las cosas. Nombra para contar y explicarse nuevamente. En sus leyendas circulares el mundo recobra la armonía olvidada, se integran las dualidades en una unidad diferente que se narra de nuevo una y otra vez. La leyenda ayuda a que la vida tenga sentido. Automáticamente, la masacre de los enamorados refleja el eterno mito circular. La sangre es flujo divino que lubrica los espíritus, la alquimia de la poesía vuelve a su origen, la carne a la roca y la roca al adorno de la carne. Nada muere, todo se transforma.

Ahora que comprendo que el útero emergido en falo erecto del Ambato se recrea a sí mismo para parir, me permito disentir con los últimos bardos choya. La sangre de esos dos amantes se ha convertido en sangre menstruada de la caverna vaginal del Ambato, llorando eternamente los hijos no concebidos de la unión sexual que el invasor español ha abortado contra la voluntad de la madre. La rodocrosita no es más que la prueba de una estirpe que ya no va a nacer ni procrearse, nunca más. La prueba sangrante de la masacre de una raza.

Es por eso que he venido aquí y el nogal que he plantado para agregar a tu gloria divina, Oh Ambato sagrado, será mi testigo y mi altar. Para evitar que la simiente Choya/Desobediente, segada por el europeos como tu humilde servidor, se pierda en el olvido eterno, pulí el filo de mi cuchillo de obsidiana igual que vi hacer al sacrificador náhuatl y aquí te ofrezco, Oh sagrada Ambato, mi ofrenda para que me permitas entrar en ti: te ofrendo los genitales de macho con los que nací, son tuyos para que así, pura hembra me permitas volverme a ti. La piedra de carne y hueso que has sabido ablandar con tu calor y tu paciencia este medio siglo, y mi sangre brotando a borbotones para ser la princesa Cigalí y que tu creciente furiosa me lleve para siempre por tus cauces y así vuelva al universo en las panzas de tus koyuyos y tus cóndores, la mara me lleve en su entraña, digiriendo el palán palán y la yerba buena, me adopte el jaguar bajo su manto de oro y los sudores de todos tus hijos e hijas me eleven por las nubes en esas tardes calurosas hasta lo alto, y desde allí, desde el ala abierta del Cóndor, pueda mirarte en toda tu magnanimidad de roca verdecida hasta que el frío del cielo donde caminan los viejos dioses, Venus, la Luna y el Sol, me condense todo granizo, para volver a tí, amigo Ambato, una y otra vez hasta la eternidad, amiga Ambato, como dulce caricia de agua, y filtrarme toda hasta el origen uterino del todo.


Amén.
"La Cigalí (vomitando rodocrosita en el Ambato)"
de Pablo Gabriel Liistro,
Ferrite sobre pared rugosa,
enero de 2019, Barrio Las Viñitas,
San Fernando del Valle,
Catamarca.