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miércoles, 11 de junio de 2014

Jóvenes de almas partidas

[reseña inédita perteneciente a la SERIE FLORES EN EL BOQUETE]


Reflexiones sobre Grietas, Cielo Razzo, Pupo Records S.A., 2007


Lo que sigue son reflexiones sobre un ya viejo cd de una banda que estalla de actualidad, Cielo Razzo, no hay ningún interés periodístico ni tampoco quien escribe es un especialista en problemas de índole musical o estéticos. Se trata simplemente de intentar comprender mejor cómo siente nuestra juventud, esos seres que tienen en sus manos, incluso quienes no lo deseen, el destino de nuestro mundo porque son ellos y ellas quienes cuentan con esa energía necesaria para encarar los años más pesados de la crisis y descomposición del capitalismo.

¿Se puede describir el vacío? 
Una respuesta afirmativa, con todo el desafío que eso implica, se podría encontrar en el trabajo del 2007 de Cielo Razzo, una de las bandas de rock más populares del momento en Argentina.

Vacío, dolor, pasado, barro, lodo, nostalgia, tristeza, irracionalidad, extrema lucidez, locura, son los temas recurrentes en los 13 temas. Es una forma juvenil de vivir el dolor, si es que tal cosa puede ocurrir, y de hecho ocurre. La pulsión de la vida está en su máximo esplendor, la energía de la biología fluye y empuja al joven pero sin embargo este no encuentra su lugar en el mundo, lo mira extrañado, se le presenta imposible de ser vivido en su plenitud.

Hay algo positivo en toda esta melancolía, y es que esta juventud no come vidrio, no se ilusiona con una sociedad que no tiene ninguna alegría concreta para ofrecer. Esa melancolía es producto de una observación consciente del ámbito, sobre todo de una sensibilidad aguda para descubrir la falsa trama de las relaciones personales, se trata en suma de jóvenes que han descubierto tempranamente que el amor honesto y sincero, desinteresado, es imposible en nuestro mundo actual.

Me gustaría conocer algo más de música porque podría demostrar con argumentos y pruebas lo que es sólo una sensación sensible, ya que de alguna forma, la música de este cd se amalgama muy bien con todo el concepto de la obra. Los acordes, el teclado, hasta una especie de sordina en esa batería que sin embargo es potente. Para un ignorante es “ese no sé qué” que hace que todo el trabajo sea una sola oración musical, una serpiente merodeando un laberinto, sin correrse demasiado de ese tema único.

Claro que son jóvenes de cierto sector social, hijos de la burguesía o de esa famosa clase media de las grandes ciudades del litoral (aunque sea una banda muy porteña en realidad viene de Rosario) y Córdoba que está formada por una rara mezcla de hijos de profesionales, pequeños comerciantes o artesanos y de todo un sector de trabajadores de sueldo en blanco y rozando la canasta familiar. Es decir que tienen el tiempo libre y las herramientas culturales para darse cuenta de la porquería que los rodea y al mismo tiempo expresarla, ya sea creando música como Cielo Razzo o bien participando activamente de su re-creación en cientos de recitales, miles de horas cantando sus temas en encuentros de amigos y, obviamente, comprando y difundiendo hasta el cansancio su música.

Pero en este cd esta juventud no logra terminar de entender dónde se encuentra. Sabe que no es un buen lugar, y algo en su explosión hormonal les impide caer totalmente en el abandono depresivo y la frustración definitiva. Algunos no saldrán nunca de este no-lugar, de este purgatorio permanente y monocromático (el arte de la caja es un continuo de grises y sepias monocromáticos, con sucesión o galería de fotos de sitios hermosos sin alma, como los cristales y espejos rotos que pululan en las imágenes y en la poesía de las canciones).

Por eso deberíamos felicitar al que escogió el nombre de la obra, los trece temas parecen una continuidad, un largo y pesado camino en el interior de la grieta de una ciudad, como atravesar un túnel cavernoso de cemento, cúpulas y edificios grises del siglo XIX o principios del XX y cielos húmedos y plomizos.

La poesía de la banda es clásica, sin caer en etiquetas se podría decir que versa el existencialismo sartreano o camusiano de los años 40 o 50 del siglo pasado. ¿Será que una parte notable de nuestra juventud atraviesa la vida como ante las sombras de la segunda posguerra más destructiva de la humanidad?

Tampoco tanto. En este disco Cielo Razzo nunca cae en la depresión, desde el arranque, sólo juega con la idea, pero en lugar de caerse o dejarse caer en el pozo insondable del desconsuelo “le cae” o “cae” en la casa de la amiga o la amante. Hay aquí y allá ideas que combaten la entrega total ante el desánimo

“que los días tibios nos encausen lejos de la furia y el desastre/ vamos a la profundidad, pude entender que ahí tu magia es sólida”

Como mucho se arriesgan a llegar al borde de los abismos existenciales, sin dejarse absorber por el vértigo del final definitivo y buscan la magia. Hay atisbos de un intento de salir, de zafar, cuando tanto dolor se transforma en prisión sin embargo

“puedo ver que enseñan sin saber `[...] lo que afecta te expande y abre la conciencia”

A mitad del trabajo aparece esta conciencia nítida del engaño de la autoridad (quien enseña, se sabe, ejerce desde un lugar de autoridad) y un deseo por cambiar el mundo

“Algún día el saber será el lugar mejor/ y el espejo de la gente/ ya no será el dolor”

Pero esa esperanza desencantada, pesimista quizás, sólo lucha por sobrevivir en algún acorde, en algún arranque de batería que desentona, en algún verso perdido donde el amor es un deseo feliz o al menos parece encontrarse un refugio en medio del dolor.

No más que eso. Cielo Razzo no sale de la grieta que tan bien parece describir. Aunque hay que destacar la enorme envergadura de artistas que son capaces de expresar musical y poéticamente el mismo sentimiento, con una calidad técnica realmente profesional, pero al mismo tiempo demostrando una capacidad creativa sin techo.

Qué pena que este mundo no tenga más que ofrecer a personas desbordantes de creatividad y sensibilidad. Sinceramente. Aunque si me preguntan, prefiero las formas más viscerales de elaborar el duelo o el dolor del blues, el tango y hasta el rock más duro, el grito desgarrado, el llanto caprichoso del que se resiste. Pero no podemos reprocharle a estos jóvenes hipocresía.

Quizás la hipocresía del kirchnerismo, que ya empezó a mostrarse desde los años por los que apareció este trabajo explique cierta desazón de una “clase media” con la vida un tanto acomodada pero sin desafíos ni perspectivas claras de construir una realidad mejor. Sin ser sociólogo ni nada parecido puedo arriesgar una comparación con mi propia generación, que sudó existencialismo (del bueno, del malo y del de más allá) en la primera mitad de los noventa. Por ahí si sacamos un poco la cabeza del barro descubrimos que la apatía y falsa verdad del “voto licuadora” menemista estos pibes y pibas la hayan sentido también con el voto a crédito y la realidad subsidiada.

Muchos de ellos y ellas, como nos pasó a nosotros, gracias al desarrollo de la única clase social que tiene como meta construir un paraíso aquí y ahora, pudieron rescatarse y florecer como los cerezos de en medio de las grietas. Otros y otras caminaron los pasillos de la felicidad a cuotas fijas sin interés, las puertas de despachos oficiales o semi oficiales disfrutando las mieles de un existencialismo “despolitizado” “antipartido” o “nihlista”.

Aunque no puedo decir que celebro la existencia de Grietas porque ya no puedo disfrutar tanto dolor y melancolía, porque dichosamente supe abrazar o dejarme llevar por esa clase social, por los laburantes luchadores y socialistas de este país que en medio de la crisis donde las grietas del menemismo y el aliancismo estallaron en añicos y nos rescataron, y nos devolvieron el soplo vital de la alegría y la esperanza. Puedo decir, sin embargo, que expresiones como Grietas  tienen la virtud de pararse en medio del desconcierto y no avanzar, ni para el dolor total ni para la alegría falsa o hipócrita ni tampoco hacia una esperanza y optimismo que se les presentan irreales.

Al menos sostienen la sinceridad del que comprende la porquería pero se sabe sin rumbo.

De esa honestidad y ese dolor puede surgir un/a revolucionario/a. De la depresión o el falso optimismo, ya es más complicado.

¿Cuándo cae el Día del Padre?

Para Leyla Isis, 

la Luna que guía 

el calendario de mis días


Alienado, con mi vida marcada por los ritmos del feriado comercial, trabajador precario de este rincón del sud, cada tercer domingo de junio, me asalta la misma pregunta

¿Cuándo se comienza a ser padre?

Pregunta tonta, propia de revista dominical pedorra, que sin embargo me atormenta hace rato... es hora de ponerle un fin, aunque sea provisorio.
Ni siquiera puedo decir con precisión cuál fue el encuentro sexual que generó la magia de la fecundación, aunque puedo jurar que fue una época de verdadero amor sincero y apasionado, lo que podría explicar la belleza interior de mi hija, si es que en algún modo nuestro estado anímico de ese momento influyó en la configuración definitiva de su mezcla particular de átomos y genes.

Si fuese así, soy padre desde la primavera de 2009, el último año más emocionante de mi vida hasta ahora.

Pero en ese momento no me lo imaginaba.

Fui más consciente antes, en el verano de ese mismo año, en una parrilla furiosa de Salta capital, en que tuve consciencia absoluta de que sería padre, por primera vez, con la mujer que tenía enfrente.

¿Fui de alguna forma padre en ese momento, cuando tomé la decisión consciente de no huir, de aceptar el convide del presente y abrazar con optimismo la idea que germinaba?

La paternidad ha sido una obsesión esquiva desde que empecé a sufrir la de mi propio progenitor. Obsesión que seguramente en algún momento se transformó en un bello desafío, mezcla de venganza y optimismo vital, que germinó y esperó su oportunidad para hacerse consciente y, lo más importante, carne y hueso, sangre y moco, caca y pañal.

¿Fui acaso padre en el momento que el evatest del supermercado chileno dijo una noche fría de enero en Santiago que iba a ser padre? ¿Lo fui al otro día, en ese amanecer tan lleno de optimismo y felicidad en que conocí por primera y única vez los hermosos crepúsculos sobre el Pacífico en un hermoso puerto con nombre de árbol?

¿O comencé a ser padre a fines de ese mismo verano cuando tomé la decisión de volver a terapia para forjar un ser humano más digno del que ya era, para dejar definitivamente el miedo a vivir de lado, madurar y ser el mejor padre que pudiese ser?

Porque de ser así, debería decir que comencé a ser padre cuando soñé por primera vez que iba a ser padre y se me ocurrió transformar ese sueño en literatura, para que me guíe como una señal objetivada, hecha concreto, palabra y papel, fuera de mi imaginación y circulante, presente para recordarme mi meta, mi objetivo, mi faro de optimismo y alegría. Porque debo confesar que durante la tercer crisis personal más fuerte de mi pasaje por este mundo, cuando mordí la lona otra vez, brotó de mi interior más profundo la posibilidad, soñé una hija.

Porque debo decir que es muy fuerte la presión que ese recuerdo ejerce sobre mi reflexión presente. Me indica que cuatro años antes de su nacimiento, y dos antes de conocer a su madre, yo había deseado ser padre de ella, quien finalmente nació. 

Pero sería demasiado idealista pensar así.

Volvamos a lo concreto, ¿en qué momento de ese largo o fugaz momento del embarazo me hice verdaderamente padre? ¿Habrá sido cuando me asaltaba el miedo a ser un terrible padre y repetir cíclicamente el mandato genético cultural? ¿O quizás cuando sorteé con estoicidad todas las trampas que la debilidad de carácter quiso jugarme para que yo dejase de luchar por ser un padre superador? ¿O cuando finalmente dominé toda esa energía y fui el macho del hornero, haciendo lo que debía y resignando mi lugar protagónico heredado culturalmente de esta sociedad patriarcal?

¿O habrá sido en el momento en que sentí ese latir desacompasado y frenético de un microscópico corazoncito, invisible tambor de un pequeño cuerpo de dos centímetros, libélula, larva de mariposa, renacuajo en líquido de amor? ¿O cuando llevaba es pequeño mp4 con las fotos de las ecografías a color, exactamente el primer junio del embarazo, como si fuese mi panza de hipocampo macho, la muestra concreta y visible de mi paternidad todavía virtual?

Puede ser que mi paternidad haya comenzado después de ese primer junio, mientras debatíamos los nombres, la primer impresión de identidad que colocaríamos sobre el nuevo ser, por lo que examinamos exhaustivamente cada posibilidad y llegamos al borde de la irracionalidad en nuestro afán de respeto hacia la persona todavía no engendrada. El compromiso y recelo con el respeto a la individualidad de mi hija nonata empezó quizás allí mismo.

¿Será que ser padre significa sostener la decisión vital de engendrar y criar a un ser feliz muy a pesar de toda la mierda, angustia y muerte que te rodea? ¿Ser padre habrá sido tomar la decisión de no dejarme vencer nunca -hasta ahora- por los signos sombríos que se cernían sobre ese 2010, que implicó la vuelta a lo peor de mi experiencia luctuosa con mi propia familia originaria, o esa profunda herida desgarradora que abrió el Mal del Estado, con su “trinidad de trabajo precarizado-burocracia sindical-empresarios corruptos” que se llevó a un miembro desconocido de mi familia elegida –por eso mismo más doloroso- y que era mi hermano a quien nunca saludé personalmente y con quien nunca compartí una tarde de fútbol y que se llamaba –y se sigue llamando- Mariano Ferreyra, justo dos meses después del nacimiento de mi hija?

Podría decir que fui padre cada vez que tomé decisiones quizá exageradas pero correctas en su resultado final, en las que tuve que sacrificar un pedazo de mi voluntad, mi deseo, mi biografía, mi cuerpo, para sostener una presencia de físico y de ánimo que sea útil para mi hija en su primer año de vida. Decisiones -las más fuertes- que casi me dejan fuera de uno de los caminos que más voluntariamente he decidido recorrer y que, a pesar de su inconmensurable falta de reconocimiento he decidido seguir recorriendo. El sueño lejano, bello y eterno del paraíso en la tierra, del socialismo y el fin definitivo del sufrimiento y la falsa alegría de la euforia idealizada.

En resumidas cuentas, podría sincerarme totalmente, despojarme de cualquier prejuicio moral, ético o de forma y decir que, en definitiva, si me preguntan en serio, siento que fui padre ese mismo 10 de mayo de 2012, cuando volvía de hacerle el DNI a Leyla, en que mientras manejaba me avisaron que mi propio viejo había fallecido.

No por un falso remordimiento sino más bien por esa conciencia fulminante como un rayo de que ya no había más padres en mi familia, al menos no que pudieran jugar ese rol que sólo un padre puede jugar como último recurso o red de equilibrista de mí mismo. Ese mismo día comencé a procesar en definitiva que ser padre iba a ser sin más todo lo que arriba narré y millones de cosas que todavía no me explico pero que seguro tienen que ver con mi propia historia de hijo.

Ese hecho de dejar de ser hijo, o haber aprendido lo necesario de mi relación como hijo, ese cierre que le puse al devaneo obsesivo compulsivo sobre la influencia negativa de mi viejo en mi presente, ese procesar el pasado, me permitió verdaderamente dar un salto y ser un verdadero padre.

Finalmente la conclusión obligada por esa ausencia repentina e inesperada, la comparación obvia con ese otro ejemplo de paternidad (el único que cuenta a fin de cuentas) develaba, sencillamente, que yo ya era mejor padre, que podía liberarme del miedo atroz a la repetición mística, y que lo había logrado negando en todo lo que aquel ejemplo había tenido de negativo: contradictoriamente, su ausencia final fue la más presente de las acciones, fue un padre presente cuando dejó de existir, por duro y amargo que pueda parecerles...  

No fueron los miles de bellos momentos de gratificación personal en que me jugué el delirio y la vida, ya sea discutiendo con la burocracia estatal y la política de quiebra de la educación pública y una directora para conseguir la vacante del primer jardín de Leyla o esas mil y una veces que la llevé al laburo, a reuniones de círculo, plenarios, concentraciones, marchas, movilizaciones, actos, picnics y actividades. No fue la alegría de ir viéndola desarrollarse como una pequeña persona hermosa desde todos los puntos de vista en que se puede caracterizar a alguien.

Pero, objetivamente, y para no mentirnos, el día del padre me recuerda quién soy, es mi segundo cumpleaños. En realidad no soy padre cada tercer domingo de junio, sino en el quinto día anterior al fin de agosto, exactamente a las 13.30 hs., cuando presencié sin poder creerlo un diminuto ser que ocupaba con todo su largo exactamente el mismo tamaño de mi antebrazo derecho, cubierto de una costra viscosa de color azul pálido o incluso violáceo, o cuando finalmente encaró lo inevitable de la nueva vida exhalando su primer y desconsolado grito desgarrador producto del primer contacto con el oxígeno, o cuando observaba sin creerlo su diminuto cuerpo pasearse como 3 kilos y medio de solomillo entre las expertas manos de lo/as enfermeros/as que le dieron su primer baño, pesaje y la entallaron en su primer mortaja.

Puede ser que haya comenzado a ser padre mucho más tarde ese mismo día, cuando después de cambiar su primer deposición de mecoño (la mierda sagrada del recién nacido), sorprendido de la naturalidad con que acometí tan temida tarea, la acurruqué por primera vez entre mis brazos y mi pecho, la encerré con mi cabeza baja, mi aliento sobre el suyo, y le susurré al oído la más dulce canción de cuna, el “duérmete mi niña” heredado por generaciones de seres humanos desde el más remoto origen de los tiempos.

Primer canción de una series de nanas que canté durante esos primeros años de ternura inconmensurable en los que le cantaba para transmitirle esa profunda paz que necesitaba para abrazar el sueño reparador y vital sin miedo a zambullirse en el desconocido mundo de su propio inconsciente todavía nebuloso pero ya activo y palpitante.

Sería muy injusto no reconocer que empezar a ser padre verdaderamente fue llorar al presenciar como testigo privilegiado la hermosa e irrepetible relación de mi hija con su madre desde ese primer momento mágico en que se vieron los ojos mudos de lágrimas unos, recién abiertos y confusos los otros. Como lo ha sido hasta ahora y lo sigue siendo a pesar de la distancia con ese otro ser tan maravilloso a su propia manera que hace ese laburo tan perfecto y amoroso como sólo lo puede hacer su madre.

Porque, claro está, nada de esto sería tan importante para mí si no fuese porque este será mi primer día del padre después de haber tomado la terrible e impensada decisión de no ser más padre en pareja permanente y omnipresente.


Y este viaje interior lanzado al viento como una confesión o lamento de gaita y quenas, como vidala o foliada, como alalá o aire de copla, es simplemente eso, un arrullo para un padre que sigue siendo, en el fondo, un modesto cúmulo de alegrías y tristezas, de fracasos y proezas, de miserias y altruismos, de vacilaciones y convicción.

Réquiem para la canción de izquierda latinoamericana

[reseña inédita perteneciente a la SERIE SERIGRAFÍAS PORTEÑAS]

Fuimos a ver la presentación de Inti Illimani y Quillapayún el 22 de mayo en el Teatro Ópera de Buenos Aires. Las dos formaciones llevan un tiempo actuando juntas. Son, sin lugar a dudas, los mejores representantes de la cultura de izquierda de los años 60 y 70 del siglo pasado. Verlos es acceder a 50 años de historia.
Músicos formidables, representan a una generación de folckloristas ligados al Partido Comunista que se dieron la tarea de bucear en las raíces de la música popular del campesinado aborígen y los descendientes de esclavos en todo América Latina para transformar su contenido y su forma manteniendo lo esencial del lenguaje. Lilia Vera y Cecilia Todd en Venezuela, Silvio Rodríguez y Pablo Milanés en Cuba, Víctor Jara y Violeta Parra en Chile, Yupanki, Sosa y Guarany en Argentina, cada país tuvo su renovador y estos músicos chilenos son de los últimos sobrevivientes de esa generación y ese programa político-musical.
En contra de la tendencia de los últimos 30 años, los Inti-Quilla mantienen una marca de su generación, con una ductilidad increíble para tocar todos los registros, ritmos y géneros de la música popular latinoamericana, haciendo realidad una verdadera comprensión internacionalista de la cultura popular. Tradición que los folkloristas más conocidos parecen haber abandonado, volviendo a los años 50, cuando se regionalizaban los grupos y quienes tocaban zambas y chacareras no se anotaban un chamamé siquiera, no hablemos de un Polo Caraqueño.
Un espectáculo de alto nivel técnico, aún a pesar de las improvisaciones del sonido contra las que los músicos lucharon toda la noche. Músicos técnicamente invencibles, capaces de pulsar las emociones del público más neófito, cosa que demostraron sobre todo en la decena de piezas instrumentales que practicaron.
Todo esto es justificación de sobra para haber vivido esta experiencia en el Ópera. Sin embargo, y con toda modestia y respeto, no pudimos evitar una profunda sensación de estar presenciando una misa nostálgica de la izquierda nacionalista de los 70.  El público tenía un promedio de edad muy elevado, las filas más cercanas al escenario, arriba de los 400 pesos, estaban ocupadas por personas de 60 años y la juventud de 30 o veintipico aparecía recién en las altas filas del Pullman alrededor de los 150 pesos. La juventud que protagoniza el crecimiento de la izquierda de los últimos cuatro años no estaba en el Ópera. Los pocos jóvenes presentes, a pesar de utilizar gestos que los identifican con la izquierda setentista, foquista o peronista, no participaron del recital con el mismo entusiasmo y apasionamiento de las personas mayores de 50 en la sala.
La forma en que el público recibió la segunda parte del espectáculo, protagonizada por los Quillapayún con su repertorio clásico de canciones de protesta, demostraba que se había ido al Ópera a celebrar los 60 y los 70. Siendo amables, uno podría pensar que la introducción de ciertos temas mostraba un intento de parte de los músicos de no quedarse en una rememoración nostálgica, pero sea porque uno está equivocado en la apreciación o porque el público impuso su interés, el espectáculo no logró salir de allí.
La nostalgia por un pasado ideal es, se sabe, un sentimiento desmoralizador. El pasado no puede recrearse y por lo tanto, intentar vivir en él, impide el desarrollo de la energía vital necesaria para encarar el presente. Encima tratándose de dos grupos musicales que estuvieron ligados a la derrota más descomunal sufrida por esa izquierda en los 70, seguida de una de las contrarrevoluciones más sanguinarias y duraderas del continente, el lamento doloroso y sufrido es todavía más fuerte. Quillapayún contribuye con sus ponchos negros y la actitud corporal de los músicos estáticos y con la cabeza agachada en los momentos que no les toca intervenir. El tono solemne y sagrado dado en ciertos temas donde se recuerda a los caídos era hasta monacal. La selección de temas, y sobre todo el cierre a capella, enfatizaron ese tono.
Es que toda música tiene su programa. Quilla e Inti volvieron a reivindicar su programa de hace 50 años. Y si durante los 80 y los 90 mantuvo el sentido de servir de faro y resistencia frente al avance pasmoso del neoliberalismo y entre el caracazo y el argentinazo sirvió como estandarte para el “retorno” del setentismo vía Chávez, Mugica, Evo y el kirchnerismo, hoy, con los nacionalistas mostrando su veradero rostro liberal en toda la región y con signos de pudrición tan evidentes como el chavismo bajo Maduro, este programa sólo puede dedicarse a cocinarse en su propio réquiem.
Para deternernos en un detalle, podríamos criticar que más de 200 años después el proletariado revolucionario necesite cantar himnos a los próceres de la revolución burguesa, reformistas como Simón Bolívar o progresistas como Artigas, pero para no ser tan obvios queremos detenernos en el problema cristiano. 
Ya sea porque la generación de músicos de la pequeña burguesía de nuestros países estaba ligada al cristianismo tercermundista o porque entendían que la mayoría de las masas (sobre todo el campesinado) estaba fuertemente programada por la Iglesia, consideramos un acierto la gran cantidad de canciones que tomaban el lenguaje cristiano para cuestionar a la jerarquía eclesiástica o incluso para intentar unir el mensaje igualitario del cristianismo con los programas revolucionarios del momento. Pero pretender que las mismas canciones produzcan los mismos resultados cuando el cristianismo tradicional ha prácticamente desaparecido de las conciencias y prácticas cotidianas de las masas jóvenes en nuestros países (ni qué decir de la importancia relativa que ha perdido el campesinado frente al proletariado urbano) es sinceramente anacrónico.
Los propios músicos se encararon de fijar esta hipótesis de lectura que aquí hacemos como válida. En el programa que distribuían los acomodadores se leía como título del espectáculo: “Canto homenaje a los símbolos de la libertad chilena: Salvador Allende, Pablo Neruda y Víctor Jara”. Hace 30 años este programa podía ser entendido, pero después del despertar del pueblo chileno en su lucha por una educación gratuita en los últimos años, se debería archivar la nostalgia por el Frente Popular del 73 que, entre otras cosas gracias a la estrecha perspectiva del PS de Allende y el estalinismo de Neruda, generaron las propias condiciones políticas para su derrota…
La nostalgia puede transformar ese viaje necesario hacia las raíces, hacia los precursores, en una trampa que impida volver la conciencia hacia la sensibilidad de los que nos acompañan hoy y ahora en esta lucha por transformar el presente.
Para las nuevas generaciones de luchadores de izquierda encararse con el pasado no es tarea fácil. En el peor de los casos cabe celebrar que la juventud de izquierda no haya participado de esta misa de réquiem. Se necesita mucha conciencia política, cultural y bastante madurez personal para presenciar algo así y rescatar lo bueno evitando ser consumido por tanto sufrimiento paralizante.
Sin embargo, quienes quieran encarar esta lucha por el socialismo en nuestro presente y futuro inmediato, como músicos, desarrollando un cancionero que despierte sentimientos de simpatía por el socialismo y desarrolle una conciencia entre las masas luchadoras de hoy, no debería dejar de formarse con quienes fueron unos de los mejores exponentes de ese mismo intento en los 60.
Calle 13, que probablemente sea el grupo musical de masas que más hizo por desplegar un programa de izquierda entre sus seguidores en los últimos 20 años, encara esa tarea de la mejor forma, tocando Latinoamérica con los Inti Illimani, reivindicando a Mercedes Sosa y grabando con Silvio Rodríguez. Eso que Engels, Lenin y Marx llamaban la superación dialéctica del pasado: nutriéndose, asimilando lo mejor de los músicos sesentistas pero con la sensibilidad bien puesta en las sensaciones de las masas jóvenes que son futuro hoy mismo. Y no se limita a un problema estético o formal, también es necesario distinguir y superar el programa nacionalista y conciliador del estalinismo, presente en la música de izquierda de aquella época.
Esperemos que los y las folkloristas jóvenes que militan en las filas del Frente de Izquierda, y sigan ese camino, puedan desatarse de la nostalgia sufriente de la izquierda muerta para ayudar a parir esta izquierda triunfante, socialista, con una sonrisa en la cara y un aire latinoamericano en los silbidos y las gargantas.

miércoles, 16 de abril de 2014

Pasaje a la Libertad

Reflexiones sobre el Pésaj y la Pascua

En nuestro calendario, la Pascua competía en importancia con las Fiestas de Fin de año, de Navidad hasta Reyes. Recuerdo la primer movilización colectiva y callejera que me llevó mi madre fue un Domingo de Ramos, desde la Plaza San Martín hasta la Plaza 9 de Julio y la Catedral, en Posadas. Cientos de personas balanceándose al caminar, despacio, cantando alabanzas que sonaban huecas, como fórmulas repetidas pero carentes de sentido, y alzando ramitas de laurel o de palmera como quien lleva un estandarte.
Los más viejos recordarán que las familias eran exhaustivas en la prohibición de comer carnes rojas, habilitando a pescaderías y panaderos un sinfín de reemplazos y haciendo universal la empanada gallega.
La ciudad, de luto. Empezando por sus millares de Iglesias. Se bajaban los santos de su lugar o se los tapaba con fieltros negros, las fachadas, atrios, altares y demás se llenaban de crespones negros de todos los tamaños.
La alegría y el desparpajo del nacimiento de Cristo en diciembre se acababan rápido, para meterse en una ola de luto en el recuerdo de su muerte de abril o marzo.
Mientras la relación del Vaticano y el Estado argentino sigue igual que siempre, y estas fechas propias de un culto religioso privado se mantienen como feriados nacionales, la pérdida de seguidores y creyentes en las filas del catolicismo le ha ido quitando sentido a la celebración, al menos para la gran mayoría de la población, que hoy la entiende como el último fin de semana largo antes de las vacaciones de invierno y la época de los huevos de chocolate y las Roscas de Pascua.
Sin embargo, quizás se trate de la celebración con mayor cantidad de significados de todo el calendario. Desde sus orígenes como ritual agrícola hace 8 mil años hasta la traición de los obispos al cristianismo original en el Concilio de Nicea del 325, que la insatauró como fiesta oficial del catolicismo, pasando por el Pésaj original, sus múltiples significados fueron el producto de luchas históricas pero olvidadas de los pueblos oprimidos de la antigüedad. Este recorrido pretende desenterrar lo mejor de una celebración de la lucha por la independencia y la libertad.

El renacimiento de la vida
La mayoría de los rituales calendáricos religiosos tienen su origen en la necesidad elemental de organizar el trabajo colectivo de poblaciones muy dispersas en el espacio, que rara vez se conectan entre sí, y que no tienen ni herramientas de comunicación (caminos y carretas, no ya teléfonos) ni un sistema educativo centralizado de masas.
Póngase ud. en la incómoda posición de la clase dominante que tiene que garantizar el cumplimiento en tiempo y forma de las tareas agrícolas de millares de campesinos, no sólo para sostener la producción de alimentos de la comunidad entera (la base de su subsistencia) sino lo que es más importante para ud.: la única forma de conseguir su sustento, producto de la explotación de parte del trabajo ajeno contenida en el tributo del campesino.
Piense que ha privatizado de tal forma el conocimiento que no cuenta con un sistema escolar centralizado que desde los 5 años machaca con conceptos elementales sobre cómo y cuándo se debe sembrar o cosechar de tal forma que cualquier adulto más o menos despierto sepa qué hacer sin que nadie se lo avise. Piense también que no tiene a su disposición los medios ni la tecnología para informar del evento con la anticipación suficiente para garantizarlo.
¿Cómo hace?
Los rituales cíclicos funcionaron en esas épocas como el sustituto de las escuelas y los medios de comunicación masivos. Bastaba repetir durante unos años la práctica de juntar  toda la comunidad en alguna variante de evento festivo, celebración o duelo, para que en las cabezas de los campesinos se imprimiera la costumbre cíclica y la repetición.
El origen más remoto de la Pascua católica -y del Pésaj judío del que es heredera-, es, sencillamente, un ritual agrícola. Porque en esa parte del hemisferio norte esa semana es la que marca el tiempo clave en esa tansición climática que es la primavera, desde las oscuras y frías temperaturas del invierno hacia las más cálidas y húmedas que permiten el florecimiento de las plantas, y por lo tanto, agitan las campanadas que llaman al campesino a la cosecha.
De ahí que originalmente se tratase -al contrario del presente luctuoso que le otogan judíos y cristianos-, de una festividad alegre, la celebración del renacimiento de la vida después de su paso anual por los reinos de la muerte.

La independencia del pueblo judío
Para los antiguos judíos la fecha tenía una doble significación festiva. No sólo se juntaban a celebrar el renacimiento de sus cosechas, la posibilidad elemental de comer y volver a vivir ellos y sus familias, también recordaban el momento más duro de su historia, aquel en que pasaron de la amarga explotación de la esclavitud en tierras de los faraones, construyendo sus pirámides y alimentando sus graneros con el sudor y la sangre de sus seres queridos, a la posibilidad de valerse por sí mismos y vivir de su trabajo. El pésaj hebreo era, además del llamado a la cosecha, el festejo de su propia independencia.
De allí el nombre de pésaj, que podemos traducir como pasaje, paso, en el sentido del esfuerzo necesario para atravesar una situación angustiante hasta la liberación y el renacimiento. La lucha por la liberación del pueblo judío de la esclavitud en Egipto no puede resumirse en la metáfora de las aguas del Mar Rojo y el Desierto. Un pueblo entero liderado por un funcionario del Estado del Faraón que consigue su libertad no lo hace con un báculo mágico, a la Harry Potter. Seguramente fue el producto de décadas de luchas, victorias y derrotas y crisis económicas o políticas las que terminaron obligando al Faraón a tener que elegir entre la libertad y el éxodo o una rebelión y la pérdida del poder.
El cruce del Mar Rojo, de las montañas sagradas del Sinaí y del desierto palestino simbolizan el enorme esfuerzo colectivo de un pueblo de esclavos huyendo de la muerte en vida y buscando su paraíso en la tierra.
Marquemos aquí la primer coincidencia entre el rito original y su nuevo sentido político: la lucha colectiva por la libertad contra el poder opresivo del Estado igualada con el renacimiento de la vida vegetal y animal de la primavera atravesando el largo reinado del mortal invierno.

Culpa y Pésaj
Claro que una vez pasados los siglos de la independencia del faraón las tribus de Israel gestaron sus propios explotadores, quienes sobre el trabajo de sus campesinos montaron su propia clase dominante y su consiguiente Estado. Como tantas otras en esos tiempos, las clases explotadoras judías legitimaron su derecho a vivir del tributo de los demás en una elección indemostrable pero muy convincente para esos años, el derecho divino. Convencieron a su propio pueblo de que el mismo dios que los había rescatado de Egipto había hecho un pacto con las clases gobernantes para que fuesen ellas quienes cobrasen el tributo y concentraran el poder, la riqueza, la sabiduría y, por qué no, una vida más holgada.
De eso se trató sin más el famoso encuentro de Moshe (Moisés) con el mismísimo dios en el monte del Sinaí, la frontera mítica entre el mundo de la muerte y la esclavitud -Egipto- y la Tierra Prometida de la franja Palestina. El propio dios se habría tomado el trabajo mundano, reservado a los obsecuentes escribas, de poner de su puño y letra las más de 200 leyes que rigieron al Estado judío en sus orígenes y que sólo los más fervientes religiosos siguen respetando hoy en día.
Y al modesto ritual del renacimiento agrícola, la poética bienvenida a la primavera y la independencia se le adosó la celebración del nacimiento de la explotación sagrada del pueblo judío en manos del Estado judío. De ahí viene esa molesta carga espiritual que los poderosos de Israel imprimen en su pueblo recordándole en cada Pesaj el sufrimiento y la tortura atravesada por Moshe y los suyos en las penurias del desierto para que sus herederos pudiesen “disfrutar”... del pan sin levadura... que ellos mismos fabricaban.
¿Será que la famosa culpa judía no tiene su origen en las yddishe mamme sino en la opresión de los explotadores fundadores del Estado para recordar y atormentar a sus campesinos oprimidos a quién le deben la vida?

La independencia del Imperio
Faltaba un capítulo más antes de enterrar el viejo sentimiento de fiesta y alegría de la nueva vida en este ritual. Y vino a completarlo probablemente el individuo con mayor influencia en la historia mundial de todas las épocas, Joshua ben Nazareth, mejor conocido como Jesús de Nazareth, el hijo del carpintero.
Si hemos de creer a los historiadores que osaron confrontar las verdades bíblicas, Joshua se había formado como rabí, es decir, como especialista en el conocimiento de la voluntad de dios inscripta en los antiguos textos sagrados. Judío de nacimiento y crianza, Joshua habría militado en un grupo político-religioso que, al interior del judaísmo, defendía una interpetación de la voluntad de dios que contradecía la interpretación de los gobernantes del Reino y establecía la necesidad imperiosa (y lógica si uno lo piensa un poco), de que “el Pueblo Elegido” por el único Dios del Universo, no debía seguir siendo una miserable colonia pagando tributo y pleitesía al Imperio Romano, regido por otros dioses muy diferentes.
Está demás recordarle al lector que en un Estado Teocrático, es decir, gobernado bajo la voluntad de un dios o un conjunto de ellos, la religión es, al mismo tiempo, el orden jurídico y legal. O sea, que política y religión no van de la mano, son lo mismo.
La diferencia de interpretación de las escrituras era, sin más, la ruptura política con el programa del Estado judío y las clases que vivían de él.
Tampoco fue Joshua el primero en encarnar esta faceta. Una lectura detenida del Antiguo Testamento alcanza y sobra para demostrar que todas las grandes crisis y cambios políticos en el Estado judío fueron atravesadas por la aparición de Profetas, individuos que entraban en contacto directo con dios, quien tenía la costumbre de valerse de ellos para corregir las interpretaciones incorrectas que los gobernantes de turno hacían de sus palabras sagradas escritas en la piedra del Sinaí.
No es casual entonces que el grupo de subversivos que seguía al Cristo escogiera la fecha más importante de Israel, el ritual económico, político, religioso y social del Pésaj para imprimir en su base social el llamado a la toma del poder. Después de peregrinar por todo el territorio desarrollando el contenido de su programa en concentraciones de masas que el Nuevo Testamento llama “sermones” y que en el siglo XIX los miliantes socialistas llamaban “mitines”, Jesús decide entrar a la capital del Reino, Jerusalém, una semana antes del Pésaj, en un alarde de audacia y confianza en su propia capacidad de movilización. Muestra de que su programa de independencia política e igualitarismo habían calado en lo más hondo de las masas empobrecidas y explotadas, fue el propio Domingo de Ramos. Las palmas y los laureles lejos de ser los fetiches que identifican al católico en una aburrida movilización dominguera, eran las palmas que el protocolo oficial romano exigía del pueblo llano para saludar con honores a los grandes y poderosos en los días de fiesta, con ramas de laurel, atávico símbolo de poder y gloria eternas en la región del Lacio.
El pueblo saludaba a su Libertador en su entrada triunfal a lomo de asno a la sede del poder. El pueblo lo animaba a concretar su prédica. Se trató de una demostración de fuerza que anticipó, obviamente, el complot contra el caudillo y sus seguidores.
No era una ironía la inscripción INRI, Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum, Jesús de Nazareth, Rey de los Judíos, en lo alto de la cruz, expresaba el verdadero motivo del asesinato estatal.
Pero antes de su muerte, Joshua tuvo tiempo de asaltar el Templo de los Templos, el famoso Templo de Jerusalém, que concentraba las riquezas de miles de almas que llevaban allí sus “ofrendas” a dios, que los sacerdotes administraban como impuestos y ponían a circular en las diferentes formas que el dinero y la riqueza asumían desde tiempos remotos. Jesús aparece en la propia Biblia en su forma menos beata, destrozando los puestos de compra-venta, de cobro de impuestos y de préstamos usurarios que funcionaban en la mismísima “casa de dios”. Seguramente no lo hizo sólo, ni ofreciendo la otra mejilla. Seguramente fue la primer demostración de las masas de cuál consideraban su enemigo principal y qué estaban dispuestas a hacer para derrotarlo.
Jesús reclamaba la libertad de los pobres de la carga impositiva y la explotación al mismo tiempo que la libertad del Imperio que los obligaba a duplicar esa sangría. Pero también reclamaba la reivindicación del sentido original del Pésaj, la celebración de la independencia de todo Estado extranjero.
Después, lo conocido por todos, la traición de uno de sus propios capitanes, la emboscada nocturna en el Huerto de los Olivos de la patrulla imperial, su desaparición forzosa y la ejecución.
Los romanos prenden a Cristo y el mismo día de Pésaj lo ejecutan sumariamente, cumpliendo con el Código y el Emperador, para que toda la colonia sepa lo que Roma tiene preparado para quienes osen discutir su poder.
Y así Jesús y los suyos, o en sentido estricto, las masas rebeldes judías en su sublevación contra Roma, grabaron en la Pascua un nuevo aspecto, la celebración de su coraje y orgullo para rebelarse contra el poder opresor.
Porque la historia mágica de la Resurrección de Cristo al tercer día es la forma mística que los continuadores de la rebelión encontraron para explicar el crecimiento y desarrollo fabulosos que tuvieron las ideas de Joshua después de su ejecución. La aparición del Espíritu Santo llamando a los apóstoles a continuar con el Evangelio en todas las froteras del Imperio, hasta en la clandestinidad de las catacumbas de la propia capital imperial, no es más que una metáfora algo rústica para encubrir la decisión de los cuadros políticos del movimiento anti-imperialista para continuar la agitación en todas las colonias del Imperio. Cuarenta años después de matar al líder, Roma tuvo que enviar a sus mejores soldados para demoler e incendiar media Jerusalem, incluído el famoso Templo, ahora símbolo de la lucha contra el poder, como medida extrema para intenta sofocar una rebelión que lo superó. Las guerras juedo-romanas y la historia de Jesús de Nazareth son parte del mismo proceso histórico.
Para ser justos, la Historia debería enseñar a los adolescentes que Cristo no se transformó en la figura más importante de la Historia Occidental por su prédica religiosa, sino porque acaudilló el movimiento de las masas explotadas más fabuloso de la Antigüedad, que se plantó contra el Imperio antiguo más desarrollado en el espacio y el tiempo de que se tenga memoria escrita en esta parte del mundo.
En este sentido, el de la estructuración de un movimiento político clandestino que disputó el poder del Estado Imperial, es que Federico Engels escribió que los cristianos fueron los primeros comunistas.

La Pascua del Vaticano
Pero como la Historia la escriben los que ganan, con los siglos, fueron los emperadores romanos del siglo IV los que decretaron la forma de recordar la muerte de Jesús. Para salvarse de la ira popular en medio de la crisis terminal del sistema esclavista, decidieron cooptar a los dirigentes cristianos, concederles una parte del poder y la riqueza con tal de amansar el justo y dolido reclamo de libertad, igualdad e independencia. Fueron los herederos de los primeros dirigentes cristianos quienes aceptaron el convite y escribieron el último capítulo de la Pascua.
En el año 325, en la ciudad de Asia Menor en ese entonces llamada Nicea y actualmente Iznik (Turquía), el emperador Constantino organizó a los dirigentes de las facciones cristianas en un congreso (el primer Concilio de Nicea) para obligarlos a ordenar las jerarquías y el programa de la Iglesia Católica en función de su nuevo rol como defensora y garante del poder imperial. Entre otras cosas los obispos se dedicaron a meter mano en la doctrina original de Cristo, ya que no se podían sostener más las apelaciones a la igualdad económica, la diatriba contra los ricos y poderosos y mucho menos el anti-imperialismo.
En ese Concilio se decretó la liturgia oficial de la Pascua (palabra griega similar al Pésaj) y su celebración diferenciada de la festividad judía.
Una vez declarada religión oficial y exclusiva del Imperio Romano, los papas y obispos deliberaron, estudiaron y corrigieron el programa político original. El Reino de los Cielos ya no habría de venir a instalarse en la Tierra, volvía a su lugar original en un futuro lejano e incierto, después de muertos, y quedaba restringido sólo para aquéllos que, lejos de demostrar su coraje y rebeldía contra el poder, se arrodillasen sumisos ante él, ante su dios convertido ahora en el propio emperador.
El orgullo y la ira, tantas veces promovidos entre los pobres para liberarse de sus cadenas y aguantar las peores torturas sin denunciar a los camaradas –ejemplo honroso dado por los miles de mártires cristianos en los calabozos y el Circo romano- ahora se transformaba en un pecado mortal y eterno que debía evitarse como la peste.
Ahora los ricos pasaban más fácil que los camellos por las cabezas de las agujas, como puertas del paraíso, porque ellos mismos ostentaban la riqueza y el poder de la religión imperial.
Llegaron a tener la impunidad y la hipocresía sin límite ni moral de tergiversar el asesinato del líder más querido, por el que tantos militantes habían ofrecido humildemente su propia vida, inventando el ridículo cuento de niños según el cual el Imperio no había tenido nada que ver con la muerte de Cristo.

Nunca hubo clavos
Ese increíble grupo de artistas que es aún hoy The Monty Python, tuvo la idea de hacer una de sus mejores películas sólo para hacer evidente el ridículo de la Biblia. En La vida de Brian (1979), los protagonistas atraviesan todo el guión entre dos penas de muerte concretas, cotidianas, pertenecientes a dos órdenes jurídicos distintos: la lapidación de la legalidad judía y la crucifixión del Código Penal romano. Y con ese modesto pero impresionante recurso, los humoristas se ríen de la Historia Oficial vaticana, ya que si hubiesen sido los judíos quienes juzgaron y condenaron a muerte a Cristo, el símbolo que identifica a la Iglesia Católica debería ser una piedra y no una cruz de madera.
Porque la pena de muerte del orden legal judío era la lapidación, es decir, colocar al condenado en un pozo para que todos los varones adultos de la comunidad se hicieran cargo y se comprometieran físicamente con la sanción del Estado, matando al pobre a tiros de piedra de corta distancia. Un ritual que dista mucho de la Crucifixión.
La crucifixión era la pena de muerte que el Código Romano (y recordemos que los romanos fueron los campeones en la obsesión por reglamentar en detalle los castigos con respecto a los delitos, o sea que nada era casual entre ellos) destinaba exclusivamente al delito más terrible, el de subversión contra el Emperador. Difícilmente Cristo haya charlado con ladrones o delincuentes menores en lo alto de la cruz, sólo podría haberlo hecho con condenados por el mismo delito que él, es decir, sus compañeros en el complot.
¿Y por qué la cruz? Sencillamente porque era la condena más horrible que la inteligencia romana había diseñado para generar verdadero terror entre los que fueran testigos.
Resulta que mal que le pese a Mel Gibson (director de ese bodrio sangriento que fue La pasió de Cristo, de 2004) y el papado, la corona de espinas, los clavos y toda indicación de derramamiento de sangre no tuvieron nada que ver con la muerte de Jesús. La crucifixión provoca la muerte por asfixia, lo que las fuerzas de seguridad argentinas han popularizado como “ahogo seco”, aunque ellos no pueden usar enormes cruces y se limitan a modestas bolsas de polietileno enrolladas al vacío en las cabezas de los miles de jóvenes asesinados por “excesos” o “apremios ilegales” en las comisarías de nuestro país.
La postura de los brazos por encima de la cabeza y la imposibilidad de sostener el tronco sobre las piernas (los romanos quebraban las piernas de los crucificados) hacen imposible que ningún músculo sostenga al diafragma, ese pedazo de fibra que actúa como un fuelle, ensanchando y contrayendo los pulmones para que de esa forma absorban aire o lo expulsen. Si el diafragma no puede sostenerse en otros músculos del torso, simplemente deja de trabajar, se detiene, y al hacerlo hace imposible que el pulmón tome aire.
Como comprenderán, ahogarse porque el diafragma no puede moverse debe ser una forma de morir terriblemente angustiante, porque el cerebro mantiene la conciencia en todo momento y lucha sin saber por enviar todas las órdenes necesarias. El individuo “intenta” respirar y no puede. Seguramente se vuelve loco antes de morir.
Por lo demás, es un proceso muy lento. Esta muerte puede durar semanas en los físicos más resistentes. Semanas durante las cuales la desesperación debe provocar estados de desesperación increíbles. Por eso los crucificados eran colocados en elevadas cruces a lo largo de caminos principales o bien en puntos elevados del terreno, para que todo el mundo pudiese contemplarlos y “aprender” las consecuencias de enfrentarse al poder imperial.
Cuando sofocaron la rebelión de esclavos más importante de su historia, el Emperador plantó más de seis mil cruces con hombres, mujeres, niños y ancianos a lo largo de la principal ruta de entrada a Roma. Dejó que los cadáveres se pudrieran a la inemperie y sólo los removieron cuando el olor se hacía insoportable para los viajeros de mucho dinero.
Por eso es francamente increíble que a los obispos se les haya ocurrido que engañarían al mundo con la historia de un procónsul romano como Poncio Pilatos lavándose las manos en el juicio de un tipo acusado de querer independizar una colonia del Imperio. Y mucho menos que los judíos lo hayan matado a la romana...
Los mismos traidores al cristianismo que se vendieron al emperador por mucho más que 40 denarios de plata inventaron la Pasión de Cristo, este absurdo peregrinar por la tortura física, donde Jesús se va desgarrando y desangrando entre las espinas y los latigazos, coronado por unos absurdos clavos en las muñecas que nunca lo habrían podido sostener durante el tiempo necesario para provocar la asfixia. Los clavos no eran necesarios, mejor ajustar bien alto los brazos con poderosas sogas que correr el riesgo del desgarro de la carne y la caída del miembro.
Toda esa parte tiene más que ver con la religiosidad del Vaticano durante el feudalismo. Se tomó de Platon la idea del dualismo según la cual las virtudes humanas estarían contenidas en el espíritu o alma, mientras que el cuerpo sería el recipiente de los peores impulsos. Así, el placer de alimentarse y la sexualidad, entre otros placeres de la carne, serían condenados al infierno eterno mientras que el estudio, la meditación y la oración serían las virtudes a perseguir.
Para la Iglesia Feudal el dogma de Cristo se había reducido a una cháchara sobre cómo el sufrimiento, la pasión o pathos, era la única forma de alcanzar el cielo, a dios, el paraíso. Si “el cuerpo es la cárcel del alma”, la liberación deberá pasar por la destrucción del cuerpo. Literalmente. Eso simboliza toda la sangre de la película de Mel y del Nuevo Testamento: Cristo llegó al grado máximo de virtud, a la posibilidad de ascender a la diestra de Nuestro Señor Padre Todopoderoso porque se despojó literalmente de todo lo que lo hacía un modesto ser humano, su cuerpo, sus necesidades más elementales, sus placeres más cotidianos. También justificó durante siglos la condena a muerte de los y las herejes quemados/as vivos/as en la hoguera, ya que ese extremo dolor “purificaría” al espíritu de sus pecados terrenales...
Claro, esto venía al dedo para una Iglesia que promovía entre los campesinos más miserables del mundo, los de Europa Occidental después de la caída del Imperio Romano que durante cuatro siglos sufrieron el aislamiento de las principales rutas de comercio y las guerras intestinas de los señores feudales, su máximo odio y brutalidad, las virtudes de aguantar la explotación y el sufrimiento como paso necesario para ganarse el Cielo, después de muertos. Ahí nació lo de la otra mejilla y el pacifismo de Cristo, y también esa idea tan popular de que “hay que sufrir para alcanzar lo que uno desea”.
Por eso también el Vaticano continuó la senda del luto, la muerte, el dolor y la culpa para su Pascua, como el Estado Judío hizo antes y después con el sufrimiento y la pasión del pueblo judío durante el destierro y el desierto. Para quienes no sufren porque viven de explotar las riquezas que produce el sufrimiento de los pobres, el sufrimiento es el camino necesario para la virtud. ¿Qué conveniente, no?

Sufrir o luchar
La Pascua, Pésaj o Semana Santa no dejan de ser fechas importantes. Aunque más no sea, el calendario oficial del Estado organiza la vida cotidiana de los millones que vivimos en este país. Para la economía del Estado se trata del fin del primer trimestre, el que marca la pauta y anticipa cómo va a ser el año. Las principales negociaciones paritarias intentan cerrarse antes de esta fecha con el objeto de poder pasar a las medidas más impopulares después de las fiestas. Inevitablemente, el feriado más extenso luego del receso del verano y antes de las vacaciones de invierno, obliga a salirse de la cotidianeidad, rompe la rutina. No es que obliga a la reflexión, pero al menos la permite.
Las dos iglesias estatales, la judía y la católica, llaman a usar estas fechas para reflexionar. Para ambas religiones se trata de que el individuo interiorice un sentimiento de culpa en honor al sacrificio realizado por ellos, por su Estado, por sus gobiernos, por sus dioses, en nuestro beneficio. Los ancestros pasaron por la esclavitud, el desierto y la Sloah para que tú estés vivo, sano y salvo. Les debes obediencia y respeto.
Tu propio dios se hizo humano (como si fuera rebajarse) y sufrió humillaciones, torturas y su propia muerte, para salvarte, para limpiar el pecado original que tu especie carga desde los orígenes del mundo, para que tengas una chance de alcanzar el Paraíso.
No hace falta ser especialista en psicología para saber que la culpa es un sentimiento nefasto que obliga a una dependencia emocional con otra persona. En boca de padres, madres y parejas puede ser dañino y terrible pero a su vez comprensible como parte de una cultura que nos obliga a construir relaciones basadas en la propiedad sobre las personas y no tanto sobre la libre elección de los vínculos. Uno o una puede llegar a perdonar tanto daño psicológico proviniendo de seres que fueron, a su turno, víctimas del mismo trato.
Pero en manos del Estado, es decir, de un entero régimen cuyo objetivo es la sumisión pasiva de los explotados/as y oprimidos/as es un acto criminal, imperdonable.
Tenemos la chance de elegir, sufrir o luchar, celebrar la lucha del pueblo hebreo por su libertad y los dolores y cicatrices enormes que esa lucha les generó, recordar la heroica lucha de los explotados y orpimidos del Imperio Romano de la que el cristianismo fue una parte importante, remover de nuestras costumbres esa nefasta idea de la resignación ante la tragedia, de la entrega sin lucha, del sufrimiento como parte necesaria de la vida, o seguir metidos hasta las orejas en un mar de sentimientos de culpa y obediencia.
Las crisis sociales como las que estamos atravesando tienen la virtud de hacer crujir en nuestras cabezas las reglas y costumbres que el Estado nos grabó. Crujen con la fuerza de la experiencia más dolorosa: el hambre, la pobreza, la enfermedad y la muerte de nuestros seres queridos, la descomposición insoportable del mundo que nos sostiene. Porque ninguno de los “beneficios” económicos y morales que el orden establecido nos prometió a cambio de nuestra sumisión se cumplen, todo lo contrario, el poder no tiene nada que ofrecernos.
Atravesemos entonces, este pasaje con la mente limpia de tanta porquería y encaremos la transición con la meta clara de ganar nuestra libertad, cueste lo que cueste, duela lo que duela.

domingo, 13 de abril de 2014

Fetichismo

Publicado el 28 de mayo de 2014 en Revista El Otro


-¿Sabés lo que extraño de ir a la cancha, Fede?
-La magia, Fede, la magia...
-No me vas a creer, pero es así. No te hablo de las cábalas, del “pensamiento mágico” que me critica la sicóloga, no. Te hablo de la magia, la de posta. No la del tipo que hace “trucos” con la mano y vos te quedas haciendo “ahhhh” con la boca abierta como un boludo, no. La magia de verdad.

-Te doy un ejemplo, Fede, para que lo entiendas. ¿Ves ese adoquín que está en la biblioteca?

-No, el adoquín de verdad, no, el que esta al lado, que parece un ladrillo de cemento roto, pintado de amarillo en el lado plano. No, boludo, ese es un pedazo de baldoza de los que tirábamos en el Argentinazo, lo agarré de Avenida de Mayo y 9 de Julio. Sí, de recuerdo, ¿qué tiene?

-Eeese, sí, ése.

-¿Sabés qué es eso?

-No, pelotudo, no es otra de mis reliquias de recuerdos. Sí, ya sé, no me digas todo de nuevo, “no tenés que vivir en el pasado”, ya sé, tenés razón...

-No, en serio Leo, dejate de joder, “uno pesca con lo que encarna”.

-¿Esa es de tu abuelo también?
-Dale, no jodas, tenés razón, pero eso es un pedazo de los viejos palcos de La Bombonera.
-¿Te acordás?
-Los mandó demoler Macri, en una de las primeras cosas marketineras que hizo. Puro maquillaje. Pero estaba bien, esos palcos eran una ratonera, calurosa en verano, una heladera en invierno, lo que se dice una reverenda cagada. Se veía para el orto de cualquier lado. Y la verdad que todos los hinchas creíamos antes de Macri que eran horribles. Pero nadie se imaginó ni en pedo demolerlos y construir otros.
-Sí, ya sé, no es por bronca contra el forro de Macri, ya sé que los palcos nuevos serán chetos pero son mucho mejores. Sí, la cancha mejoró. Pero no rompas las bolas, Fede, te quiero contar otra cosa, una vez dejame hacer la anécdota a mí, la puta madre.
-Es raro, los palcos del ´40, los originales, nos parecían una mierda, okey; y los nuevos son mejores, todo lo que quieras, pero igual yo sentí que me cortaban un brazo, como si hubiesen violado algo sagrado. Por eso de que La Bombonera es un templo, algo intocable, inmutable, eterno. Y viene este chabón y la trata como si fuese un edificio.

-No sé si tengo razón ni me importa Fede, te quiero contar otra cosa. Ese tema fue un maleficio, la cancha se vengó, la cancha se enojó.

-No. No, te digo, en serio, no me pegó mal nada, estoy hablando en serio boludo... sí... bueh. Ta´bien, cagate de risa... si querés bardearme, bardeame, pero si me escuchás... bueh.

-¿Ya está?

-¿Terminaste?

-¿Puedo seguir?

- En serio Fede, creeme lo que te digo, la cancha se vengó. Me acuerdo que fue el último campeonato que fui a la cancha. Yo dejé de ir poco antes de que llegara Bianchi, creo que con la tercera vez del forro de Menotti, que además de vendido de los milicos era un forro, con esa forrada del “achique” te dejaba a la defensa con un tipo sólo contra todo el ataque de ellos... Que nos comimos un humillante dos a cero con Riber, de locales, goles de Orteguita y Crespo, creo, y los hijosdeputa de la Barra Brava cantaban “nos metieron dos, les matamos dos” y fueron y mataron dos pibes de River en la calle Necochea, a la salida de la cancha y ahí dije “no vengo más, que se vayan a la puta que los parió, no vengo más”. Y no fuí más.

-Sí, fuera de joda debo ser yeta, porque salvo el campeonato del ’92, el del gol famoso de Gardelito Medero a Platense, con el maestro Tabárez, después me morfé mil bodrios y me perdí la era Bianchi, la gloriosa, no esta verga dominada por Juan Román “camarilla” Riquelme, de ahora, nada que ver.

-Pero ese campeonato hice una excepción y volví. Volvió el Diego, trajimos al pájaro Caniggia... qué se yo. Era la primera parte del año, en mayo de 1996. Estaba el Narigón Bilardo, otra cosa que olfateó bien Macri, los hinchas hacía rato que le teníamos ganas al Narigón, el bostero de los 70 a los 90 era bilardista, todo el mundo lo sabe. No te puedo decir cómo piensan los bosteros hoy, pero en esos años éramos bilardistas y punto.

-Arrancamos las primeras fechas jugando de locales, en Vélez, con la camiseta de olan. No me olvido más creo que contra Ferro, uno a cero muy feo, gol de cabeza de Fabbri y a colgarse del travesaño, algo así.

-Bueh, resulta que el 5 de mayo -no me olvido más-, reabríamos la cancha, de locales, contra Gimnasia de La Plata. Partido fácil. El partido era una excusa, el tema era el estreno de los palcos nuevos, Fede. Ese domingo estrenábamos los palcos. Creo que los hizo en 6 o 7 meses. Macri, el eficiente, ¿viste?

-Sí, claro, así nos mete waskazo ahora.

-Sí.

-Claaaro.

-Bueno, resulta que estábamos todos fascinados, no sabés, la cancha hermosa, nos sentíamos en Europa y todas esas boludeces que se dicen en la popular en casos así. Pero viste cómo es, salen los equipos a la cancha y te olvidás de todo, los palcos te chupan un huevo, volvés a la realidad, el campeonato, ganar, y todo eso.

-Nos pintaron la cara, Fede, 6 a 0, Fede. Fue un paseo. Seis goles. A Bilardo, con una defensa con Fabbri, el horrible Fabbri, pero encima de vuelta, en el retiro, lento y sin ideas. Y con el colorado Macállister, una fotocopia devaluada de Hrabina que vendía mucho humo, le gustaba el micrófono, pero eso sí, talaba y raspaba como un condenado a muerte que no le importa nada.

-Con ellos jugaban los mellizos Barros Schelotto. Sí, imaginátelos así, ladinos, provocadores, ventajeros, pero multiplicados por mil, porque tenían la arrogancia y la impunidad de la juventud, Fede, tenían veintipico. Unos soretes, unos diablos. Guillermo lo volció lo-co al colorado Macállister, LO-CO, ¿me enendés? LO-CO!!

-Perdón, perdón, es que me acuerdo y me emociono. Sí, porque fué impresionante Fede, lo que jugó ese muchacho! Lo que corrió, gambeteó, encaró, habló, chicaneó, puteó, pegó... estaba endiablado, no hay otra manera de explicarlo, estaba poseído, Fede, po-se-í-do.

-No me acuerdo si Bilardo lo sacó a Macállister o si lo terminaron echando, pero me acuerdo de que lo seguía puteando al mellizo incluso en las declaraciones en los vestuarios para el programa de Fútbol de Primera... sí que me acuerdo, boludo, con Macaya y el otro tarado, el que decía “qué culo por dios” y relataba como el ojete.

-Porque lo volvió loco al colorado... pensar que el colorado ahora es candidato en La Pampa con el Pro... qué país. Seguro que ya sería garca cuando jugaba... por eeeeso.

-Estaban todos los condimentos, Fede: los palcos nuevos, la inauguración, los fuegos artificiales comprados, el convidado de piedra.. y nos meten seis, y encima los de Gimnasia contra el Narigón. Completita, Fede, completita. Pasó algo rarísimo, el quinto lo hizo el Beto Márcico de penal, pidió disculpas y toda la hinchada de Boca lo ovacionó, nene, cinco a cero abajo, muy raro. Si hasta me acuerdo que me dí vuelta, me agarré la cabeza, en un momento tuve como una epifanía, viste, y le tiro al de al lado: “¡es un cuento de Fontanarrosa, estamos en un cuento de Fontanarrosa!!”

-Jajajaja... sí, sí, totalmente, los negros me miraban con cara de “¿quééé´?”, no entendían un pomo...

-Pero era posta, y ahí me dí cuenta: era la cancha, la cancha nos lechuceó el partido, nos clavó 6 goles, endiabló al Guille, lo poseyó, lo obligó a hacer lo que hizo. Porque todo el mundo se acuerda de un seis a cero de local, Fede, vos lo sabés muy bien, es la cifra mágica, la goleada eterna e imborrable. Mirá vos, pasaron cuántos años, casi veinte años, diecisiete, y me acuerdo como si fuera hoy, Fede, el sol brillaba impresionante, el verde del pasto te lastimaba los ojos, me acuerdo la sonrisa malévola del Guille, la pelada del colorado y sus bracitos con las mangas de la remera que le llegaban a los codos, el siete en la espalda sobre la azul marino y el fondo blanco... todo.



-Y ahí me avivé, la cancha se vengó de que la arruinaran.


-Pero es La Bombonera, viste, en algún momento se vé que se le pasó, se adaptó, o se resignó y volvió a pensar en nosotros, en que no podía joder a Boca, a su club. Se vé que por eso el Guille terminó jugando con nosotros, porque ese día aunque nos reventó, creo que todos pensamos lo mismo: “es un hijodeputa, pero qué lindo sería que juegue para nosotros”. Y es así, se ve que La Bombonera lo obligó a firmar para nosotros y devolvernos multiplicados por mil los seis goles de mierda que nos metió ese día.
-Por eso te decía, Fede, extraño la magia de ir a la cancha...

domingo, 16 de marzo de 2014

El mejor amigo del Flamenco

(crónica inédita de la serie SERIGRAFÍAS PORTEÑAS)


Crónica del tercer aniversario del tablao flamenco El Perro Andaluz, Bolívar 854, San Telmo, Buenos Aires

Quiso la casualidad -o la magia- que conociera el Flamenco en vivo y en directo por primera vez en mi vida, justo el día que uno de los más importantes tablaos del género cumplía sus primeros tres años de vida. No es cuestión de andarse peleando ni ofendiendo a nadie pero digamos que para los artistas del Flamenco en la ciudad -y muchos del extranjero- se ha convertido quizás en el más amado.

El lugar, de noche, parece sacado de la cabeza de Cortázar: por afuera, da la impresión de ser un pequeño boliche de esos que abundan en San Telmo, con el espacio suficiente para divertirse en medio de la asfixia, sin embargo por dentro es enorme, como un viejo bodegón porteño de esos que no existen más. Su pared sur conserva una diversa gama de ladrillos rojos de diversos tamaños y formas, lo que evidencia un origen colonial.

Vaya a saber para qué se construyó originalmente y quiénes la habitaron durante quinientos años, pero hoy aporta su magia al tablao. Algó habrá en ella del sudor de los esclavos que la construyeron, las pisadas de los criollos que la fatigaron con sus comercios, sus amores, sus luchas, de los ricos que las habitaron en el despilfarro como de los miserables inmigrantes que las okuparon cuando la fiebre amarilla transformó al barrio más oligárquico de la ciudad en el más proletario.

Se nota claramente por qué los artistas flamencos porteños adoran este lugar: el centro, el corazón, el ambiente más importante, más cuidado, más mimado, no es la cocina ni el espacio destinado a los ocasionales “clientes”, es el escenario: amplio, generoso, con la acústica y las luces exactas, con la disposición y la consistencia que la artista que lo concibió, la bailaora María de la Paz, habrá soñado desde vaya a saber cuándo.

Es extraño reseñar un espectáculo de una cultura tan importante y extraña para alguien que la ve por primera vez. Conozco el Flamenco como la gran mayoría de la población medio culta de esta ciudad: de haber escuchado temas sueltos, alguna vez un CD comprado al azar de (Paco de Lucía), algún amigo o amiga que te hizo oír algo alguna noche y no mucho más. Nunca estuve en Andalucía y nunca tuve la guita para pagarme una entrada cuando vino Camarón o el recientemente fallecido mago de la guitarra.

Pero la experiencia del cante, las palmas y la caja al compás frenético del zapateo, esas guitarras que entreveran miles de años de desiertos, luchas, sueños y lágrimas, guitarras que parecen tejer los hilos de una manera extraña, en un lenguaje que nos suena absolutamente ajeno pero que por algún motivo se nos mete en la sangre.

Esa experiencia no se puede tener viendo un video por youtube, por más buena onda que uno (o una) le ponga.

Entre más de cien concurrentes creo que era el único neófito, y como todos/as parecían amigos/as de la casa, bailarines, músicos y cantaores/as, me sentía más raro, como un bicho. Los “óles” caían todos en el mismo compás, el aplauso, las bromas... parecían ocultar un código para “entendidos” que se me escapó toda la noche.

Soy incapaz de decir si lo que vi fue el mejor o el peor Flamenco de la ciudad, pero puedo reconocer que todas las voces que escuché esta noche me emocionaron, en particular la de una cantaora de la que ignoro el nombre, quien, fuera de programa, fue “presionada” por su amiga a subirse y acompañar con unas coplas.

Esta joven mujer sacó de su más profundo interior una voz llena de fuerza para cantar con una pena indescriptible que, para qué le voy a mentir, me arrancó las lágrimas, también fuera de programa.

Lo mejor de la noche fueron precisamente esos números fuera de programa. Ojo, se trata de gustos, no discuto el enorme valor estético del espectáculo montado antes, pero cuando entraron a subirse bailaores y bailaoras algunos con ropa de calle, y gente que se acomodaba como si estuviera en el patio del caserón del abuela, sin saberlo, se olvidaron del mundo y se entregaron a una fiesta pura de energía, alegría y entusiasmo que arrancó a todo el mundo del asiento y de la pose de espectador.

Quizá eso sea lo que los entendedores llaman “el duende” del Flamenco, ese momento único que no puede ser preparado ni planificado, aunque sí, desde ya, ensayado, buscado, perseguido...

Buenos Aires está viviendo una crisis cultural hace rato. La cantidad de gente con “pupila, talento y salero” para las más variadas expresiones artísticas que patean esta ciudad es enorme, increíble y, al mismo tiempo, es inversamente proporcional a la posibilidad que tienen para pulir su arte y mostrarlo.

La emoción de esta noche seguramente está relacionada con el esfuerzo de Paz y los suyos para mantener en pie El perro... parece increíble que por 40 pesos se pueda experimentar algo tan hermoso, de tal calidad y en cantidades industriales. Parece inreíble que esa sala no esté llena todos los fines de semana.

Sin embargo, si se mira bien, todo San Telmo de noche es, aunque parezca la meca cultural de una ciudad cosmopolita, una especie de museo donde ud. puede observar las más variadas expresiones culturales que alguna vez supieron ser masivas, en vías de desaparición.

Responsabilidad obvia de un sistema que, al revés de los artistas, piensa en ganancias antes que en experiencias emocionales. Está claro. Pero también, aunque menos evidente, de un mundo artístico fragmentado, aislado, narcisista, que no logra conectarse con corrientes profundas de la población, cantar y tocar sus sentimientos, o al menos convocarlos para eso y que prefiere la aventura de buscar una salida individual, esperando la mano del mecenas o del Estado, en lugar de la mucho más segura y dura vía de la organización y la lucha colectiva contra la dependencia del mecenas y del Estado.

Uno no es nadie para andar escribiendo estas cosas, ni los editores parecen creer en la necesidad de publicarlas, pero me meto de puro bruto y me permito confiar en que también entre esas y esos trabajadores incansables, proletarios de los sueños, la música y la danza, saldrán compañeras y compañeros que entenderán que el duende que se vió hoy en El perro lo lograron con la solidaridad de cientos de personas que, el resto del tiempo, actúan solas.

Ellas y ellos abrán encontrar los métodos y la templanza para que el Flamenco deje de languidecer y se transforme en la forma de expresión de miles de personas que necesitan gritarle al mundo su dolor, su orgullo, su pena, su lucha. Así se hizo mundialmente famoso. Así renacerá alguna vez. O al menos eso deseamos.

San Patricio en Malvinas

(artículo inédito de la serie SERIGRAFÍAS PORTEÑAS)

Sobre el nacionalismo irlandés

Todos los 17 de marzo los porteños nos empachamos de imágenes televisivas de cientos de personas emborrachándose en las tabernas del Bajo Retiro y para muchos esa es la única impresión que les quedará de una de las culturas más ricas e interesantes del planeta.

Se trata sin embargo de una de las celebraciones más extendidas por el globo, debido a la importante corriente de inmigración irlandesa de la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX. La terrible explotación del campesinado, por parte de señores feudales irlandeses e ingleses, llevó a una terrible crisis agraria que se extendió entre 1845 y 1852, provocando epidemias de hambre (que recuerdan como the Great Famine) que empujaron a la población de la pequeña isla a emigrar forzosamente a Estados Unidos, Argentina y cientos de otros países.

San Patricio, fallecido un 17 de marzo del año 460, es considerado por la tradición como el responsable de haber convertido al catolicismo a la gran mayoría de la población gaélica, descendiente de los pueblos indoeuropeos que poblaron la isla durante el Paleolítico y que conservaba una religión propia ligada al culto de las fuerzas de la naturaleza.

El catolicismo en Irlanda, como en otras regiones celtas, fue sufrido como la ideología del imperio romano invasor y asesino. Pero la conversión de la nobleza inglesa a las religiones protestantes lo transformaron en la ideología religiosa de la lucha por la independencia nacional, ya que la isla fue la primer colonia de Inglaterra, conquistada en 1171.

Otro símbolo característico de la cultura irlandesa también se debe a San Patrick, el famoso trébol verde de tres hojas, the shamrock, que la leyenda dice fue usado por el sacerdote para explicarle a las masas esa idea tan extraña según la cual dios es uno y tres al mismo tiempo, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

La lucha del pueblo irlandés –y de parte de su clases poderosas también- contra la explotación del Imperio Inglés ha sido parte inseparable de su vida cotidiana durante más de 700 años, hasta que el Ejército Republicano (IRA por su sigla en inglés) logró la independencia de Inglaterra y la instauración de una República burguesa en 1922, después de entregar a los sectores más radicalizados de las ciudades y el campo que buscaban algo más parecido a una República de Trabajadores, como recuerda la excelente película de Ken Loach, El viento que acaricia el prado (2006).

Para los irlandeses católicos (la gran mayoría de las clases pobres) del Norte de Irlanda, todavía sigue siendo la rebeldía contra los protestantes ingleses parte esencial de su vida, por eso quienes nacimos en el siglo XX identificamos al IRA como lo que terminó siendo: un grupo terrorista que combatió hasta principios del nuevo siglo colocando bombas en diferentes símbolos del régimen invasor.

Es por esta razón que el irlandés debe ser uno de los pocos pueblos cuyo folklore está marcado por las canciones de protesta, al punto que constituyen un género específico, las rebel songs.

Uno de los grupos de canciones rebeldes más famoso es The Wolf Tones, que curiosamente dedicó una canción en homenaje al Almirante William (Guillermo) Brown, fundador de la Armada argentina, nacido en 1777 en County Mayo, Irlanda y que dirigió los barcos de las Provincias del Río de la Plata en la guerra contra España y el Imperio de Portugal desde 1810 hasta 1826. Considerado el fundador de la Armada Argentina, Brown pasó sus últimos días en su quinta de La Boca conocida por los hinchas como Casa Amarilla. Se dice que su esposa, Elizabeth Chitty, inglesa y portestante, fue enterrada bajo la actual plaza 1° de Mayo, en el antiguo cementerio para protestantes del rosismo, en Balvanera.

La canción reivindica la lucha de 1806 y 1807 contra las Invasiones Inglesas, homenajea a San Martín y al pueblo argentino en su lucha por la “libertad”.

El nacionalismo católico de la banda es superado por su odio al imperialismo inglés y la denuncia de sus crímenes en todo el mundo. Antes de dedicar su estribillo a “Islas Malvinas Argentinas” (literalmente y en castellano), los Wolf Tones nos recuerdan que la colectividad irlandesa en Argentina es la quinta por tamaño de irlandeses fuera de Irlanda, producto de la inmigración de pastores de ovejas durante el boom de la lana de 1860 a 1873 y de cientos de miles los irlandeses que terminaron trabajando como obreros manuales en los trenes, debido a su manejo del idioma de los patrones británicos, y en las primeras industrias nacionales que nacieron después de la crisis de 1890.

La canción, que no menciona a los explotadores irlandeses y su rol en la opresión de su propio pueblo durante siete siglos ni el abandono de sus hermanos del norte, todavía bajo el yugo de la Corona, es un profundo llamado a los irlandeses de todo el mundo a no colaborar un segundo en el apoyo a Inglaterra en la cuestión Malvinas.  

Otra de las bandas folklóricas irlandesas más importantes, The Chieftains, publicó en 2010 un CD completo dedicado al Batallón San Patricio, que desertó en 1846 del ejército norteamericano que invadió México y terminó anexándose los actuales territorios de Texas, California y Nuevo México. El batallón decidió pasarse a la defensa de un país católico y sojuzgado por un Imperio heredero de los británicos y lo pagó con su vida, después de ser marcados con hierro candente y ahorcados el 13 de setiembre de 1847 frente a la Batalla de Chapultepec, en el mismo instante que la bandera yankee flameaba en la capital de México.

Valga esta semblanza para recordar la mejor tradición cultural de un nacionalismo progresista, que lideró al pueblo irlandés durante siglos en lucha por su independencia, al punto que se transformó en una especie de extraño internacionalismo que los unió con todas las naciones invadidas del planeta. Aunque sea para que los próximos 17 de marzo recordemos algo más interesante que el atávico abuso de los varones explotados de Irlanda por el whiskey y la cerveza Guiness.