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jueves, 4 de febrero de 2016

Medio lleno, medio vacío

Piba amamantando un gordo todo teta y moco. La carasucia. Pide monedas. A su alrededor, tiradas por el suelo, las mochilas de monster high y tinker bell, un guardapolvo todo remendado de primaria, otro, azul a cuadritos, del jardín.

Son de las dos nenas que juegan a no sé qué cosa, que implica corridas, una piola blanca muy larga y muchas risas.

Salvo por la ropa de cada nena, visiblemente vieja y sucia, y por las caritas, curtidas por la intemperie, nadie diría que pasan privaciones.

Están zambullidas en el interior del juego. El mundo, sea lo que sea para ellas, o con ellas, no existe.

Una señora en todo su derecho ciudadano les grita porque ha tropezado con la piola. Blaanca. Muy larga.

La nena más grande, con un orgullo forjado no en el juego infantil, devuelve el reto de la señora ciudadana como una puteada:

-Jodete vieja ¿qué te metés en el medio, no ves que estamos jugando?

La nena más chiquita reclama la continuidad de la trama interrumpida.

La miro a los ojos. Apagados, vacíos aún a pesar de la adrenalina, las risas y el juego.

Mitad del vaso vacío, mitad lleno, me dicen.

Cuando le roban sus minutos a la vida, son felices jugando, como ahora.

También sé que son millones las gurisas que están peor que ellas.

Pienso en Vero, en la Negra, en Bárbara y Rocío y sé que se podrán abrir paso a las piñas y se ganarán un futuro doloroso de organización, lucha, poesía y arte, y serán mujeres felices, a pesar de todo.

Pero yo debo ser medio debilucho de carácter o un pesimista. No puedo dejar de llorar como un pelotudo cuando repaso los ojitos vacíos de todas las pibitas pobres que conocido o conocí. Lloro por todo el amor y calorcito en la panza que no tuvieron y deberían haber tenido.

Todo se disipa cuando llega el bondi y me tira en la pintada (hoy tiramos "ABAJO EL AJUSTE; HUELGA GENERAL"). Nadie se da cuenta pero mi llanto sigue ahí, debajo de las risas, las chanzas o las discusiones políticas serias.

¿Qué será eso del optimismo? No lo sé, pero esos ojitos medio vacíos, medio llenos me acompañan, me impiden aflojar.
(Xilografía de la artista visual Daniela Di Bari, de su página de Facebook "Realidad Estampada")

jueves, 28 de enero de 2016

Muerte y renacimiento de Algodón

Hace dos años, cuando empezó este viaje, este cantero estaba yermo.


Leyla en su breve sabiduría me regaló a "Algodón" (por sus florcitas blancas) para que volviese a cuidar y compartir mi vida con seres vivos.

Me negué, no la cuidé y Algodón murió, en este cantero.


No sé qué impulso me llevó a comprar al pariente de maguey que vive en el ángulo inferior izquierdo, el día fatídico de la fiscalización de las PASO en que murió Mica, combatiendo. 

Leyla, cumpliendo con sus funciones de hada del bosque, la bautizó "Algodón 2", encaprichada en hacer que la vida reinicie después de la muerte.

Otro día plantamos una papa que había pasado mucho tiempo en la heladera y con sorpresa en poco tiempo echó esos brotes que se ven en el centro del cantero.

Finalmente, usando como resguardos del sol excesivo y la lluvia torrencial los plásticos negros de la sillita de la bici que no van más debido al crecimiento físico de Leyla, entre los mil y un tréboles que nacieron, surgió ese tallito largo y finito en el extremo opuesto del maguey, rematado en 7 capullitos de unas florcitas muy pequeñas, blancoamarillentas, que Leyla Isis reconoció inmediatamente: un retoño de "Algodón 1", había renacido finalmente.

Agarrarse de todas estas ficciones no es ser hippie, no se confundan, es estar tan en crisis con la vida que necesitás prestar suma atención a los detalles más insignificantes para sobrevivir, es como chuparse la humedad de una hojita en medio del desierto, nutrirte de cada soplo de vida que te acerca el cosmos para no morirte del todo, aunque ganes sólo segundos de vida, para seguir luchando un poquito más.

luchar amando

Intento desesperadamente
olvidarme de vos,
de tus olores,
de tus palabras,
de esos increíbles besos,
tapándote en la rutina
debajo de la realidad
y me asaltás el costado izquierdo
del cerebro
y me partís
a la mitad
y salís por mis sueños

de día y de noche
¿dormir?
¿trabajar?
son quimeras

luchar amando
es el único deseo
ser tuyo
eternamente

Leyla y la lucha

¿Se puede luchar contra el Estado a los 4 años?
Fabiana, enfermera y madre sola de dos hijos y dos hijas, es mi vecina hace diez años. Su última creación, Jazmín, se ha transformado en pocos meses en la mejor amiga de Leyla. Una de esas amistades generada por la cercanía y sostenida únicamente por el amor, ya que son diametralmente diferentes en todo y así como están en armonía en fracciones de segundo se entran a matar compitiendo por todo.
Por lo general son dos viejitas que se encuentran en el almacén del barrio, charlan entre ellas contándose sus penas y analizando el mundo que valdría la pena filmarlas en secreto.
Pues bien, ya estoy acostumbrado a las anécdotas de Fabiana los días después de que Leyla pasó tiempo en su casa.
Escuchate esta.
Fabiana retira a Jazmín y Leyla del Jardín y entran a caminar las 10 cuadras hasta llegar a la casa de Fabiana en Parque Centenario. De repente Fabiana nota que Leyla se detuvo a arrancar unos cartelitos de papel pegados en los tachos de basura.
"¿Por qué arrancás esas publicidades mi amor?" dice que preguntó Fabiana, medio acostumbrada ya a las aventuras delirantes de Leyla, quien contestó "Porque en estos lugares explotan a las mujeres" y acto seguido, mientras Fabiana revisaba los papelitos arrancados para comprobar que se trataba de una de las miles de publicidades de prostíbulos que pululan en Caballito, Leyla ya estaba convenciendo a Jazmín de que ellas dos "juntas vamos a terminar con la explotación de las mujeres" y se pusieron a arrancar cartelitos, las dos nenas y la madre.

Dos conclusiones. 

Primera, hasta una nena de 4 años se da cuenta de que en su barrio hay prostíbulos y el Estado se hace el pelotudo.
Segunda, no hace falta leer a Vigotski para educar a tus hijas o hijos en la lucha contra el Estado.

martes, 26 de enero de 2016

Felices vacaciones

Se encontraban durante la primer luna llena del año, todos los enero, desde 2008. Eran felices. Empezaban mintiéndose un garche fijo, para banalizar el encuentro, para no darle un valor que los obligara a cuestionarse la relación. Pasaban una semana o dos juntos, sin reproches, sin discusiones, el sexo se iba transformando en algo más que genitalidad, se fusionaban, hacían las cosas más prohibidas, como desarrollar el placer de la analidad entre ambos, o vaciarse fluidos en las pieles, en los volúmenes. Se tragaban, se alimentaban el uno de la otra, la otra del uno. Se organizaban para dejarme con algún familiar por las noches, o una de las familias amigas de la militancia y salían a ver recitales, a poguear como a los 20, a escabiar con amigos, faso y pepa para celebrar la vida.

El resto del año volvían a ser el matrimonio de mierda que los llevó a separarse. No podían compaginarse con los dos cargos, la militancia, la explotación y la alienación. No eran ellos, no eran los de la primer luna llena de enero. Si se cruzaban unos minutos cuando papá venía a llevarme al jardín por las mañanas o para llevarme con él tres veces en la semana, se tosqueaban, se sacaban chispa por cualquier pelotudez, se echaban en cara el pasado, las personalidades, el carácter.

Siguieron casados así muchos años, hasta que un día la vida se los llevó, así más o menos como los trajo.

Me enseñaron que el amor, como casi todo en la vida, no tiene mucha vuelta que digamos. Es posible, pero necesita de tiempo, de dedicación, de mucho esfuerzo. Pero tenían que laburar para sobrevivir, para criarme, para pagar vivienda, salud, educación, lo que sea.


El problema no es el amor, es este sistema social de mierda, hasta que no lo cambiemos, toda forma de amor es finita, se reduce a lo que se le pueda robar a la vida, un par de meses de vacaciones, nada más.

miércoles, 13 de enero de 2016

La diosa del Lapacho

                                                                                                      
La veneran aún como árbol nacional
en Venezuela, como araguaney
y como tajy en el Paraguay,
y también en El Salvador, que
la llamaban el
apamate,
palo de rosa
o maquilishuat,
desde antes de la llegada de los
genocidas europeos,

y lo usan ahora
sus descendientes
para ornamentación urbana
por sus raíces profundas y porque
aguantan el smog de las pocas fábricas;

como en México y Cuba,
donde la llaman todavía
primavera,
por sus vistosos ramilletes
de flores doradas;

la conocen como
ipê,
en Brasil,
de flor amarilla y excepcional
que florece dos veces al año;

le dicen
lapacho
las voces quíchwa y aymará en Bolivia
y las colonias inkaicas al sur de Tarija,
bajando en tobogán por los vallecitos
húmedos de la Quebrada de Humawaka
hasta los valles fértiles del desierto
santiagueño;

en Costa Rica tiene amarilla la corteza y
en toda la tierra vieja que ahora
llamamos
América Latina
se contaba la leyenda de la diosa guerrera que
volvería a vengar la sangre derramada,
en cada generación,
hasta vencer.


[Leyenda basada en Wikipedia]




"Un árbol

borracho de sueños

Con ramas de viento

crecido en el monte,

de mi corazón"


Alma de Lapacho,
de Ramón Ayala



"vuela vuela bien alto que no te alcanzen
vuela que no te alcanzen buitres de barro
esos que solamente tiran el carro....
ochocuarenta
hay que borrarlos..."

La Villerita,
de Horacio Guarany




Su cuerpo era tostado y firme. Los golpes de la vida la habían forjado. El moretón en callo, en músculo duro. El abuso desde pequeña, de los varones de la familia y el pueblo, tomándose atribuciones, dando órdenes, tocando, fajando, lamiendo. Las piñas, las mordidas, una cáscara de dolor y bravura. La rompieron toda. Pero no la quebraron ni un poquito.

Sola, a las piñas, se abrió paso. Y cuando los machos de la familia se deprimieron y se entregaron, al desempleo, al desarraigo forzado, al alcoholismo y el lumpenaje, a las cárceles y las zanjas boca abajo, puñaladas de birome al hígado, como picaduras de avispa…

Ella echó al primer empleado del banco que vino a desalojar. Ella le paró el carro al lumpen del Frente Para la Victoria que vino a “cobrarle” una deuda de apuestas al sorete malparido de su propio padre: con el cuchillo de cocina en una mano, andá a pasarla por arriba si sos guapo. Y en la fábrica llegó a ser delegada y el capataz ya no metía más a las pendejas nuevas del interior en la heladera del frigorífico para garchárselas.

Pero la empezaron a respetar en serio, con temor divino, cuando fue y lo rompió a piñas, patadas y palazos en la cabeza al hijo de puta de su tío materno, que empezó a violarla a la sobrinita de 7 añitos, el muy animal, como le hizo a ella en su momento.

Pero el tipo era duro, se le notaba el campesino del pasado reciente, aguantaba todo. Lo despertó, lo amenazó con un cuchillo a que se la cortaba si no se metía en el colchón, y cuando se metió lo prendió fuego.

Y lo dejó chillar como un cerdo hasta que se dio cuenta por los gritos que se había vuelto loco y lo remató, demostrando que ella era capaz de ser piadosa.

Cuando nos amábamos en las tardes sofocantes de verano, los gemidos de placer y dolor enmascarados en la cortina de ruido que tejían las chicharras en las arboledas de la zona, cuando el sudor se convertía en lubricante de los cuerpos en lucha, y los amantes más consecuentes ya sentían el olor humano como quien adora respirar un buen fogón de lapacho en el bosque. Cuando nos amábamos sentía la dureza del músculo y el cartílago. 

Pero su robustez era fascinante, como una diosa de la época en que nuestros ancestros gobernaban el bosque, la selva negra.

En la mitad de su vida los narcos la liquidaron por defender a los pibes adolescentes que todavía no habían sido diluidos en el paco y el salario superior al trabajo promedio.

Nadie pudo levantarla, no pudimos darle velorio y sagrado ritual. Pero se hizo madera y se convirtió en Lapacho. Y como había quedado en mitad de la calle, antes que pase la máquina de la municipalidad y la reduzca a materia prima de muebles insulsos de escribanía privada o inmobiliaria, o cama fina del sorete dueño de la fábrica enfiestado con menores, yo mismo agarré no el machete sino el acha, y con dulzura y paciencia, arranqué hasta la raíz más tierna, y la transformé en la guitarra con la que canto aquí.

Siento el mismo placer sexual, emotivo y consciente cuando la interpreto en público cantando en las milongas las verdaderas leyendas de la Diosa del Lapacho cuando estaba viva, que cuando por las noches vuelve a ser mujer, y nos volvemos a amar, para la eternidad, hasta que me toque morir y a ella renacer, hasta la victoria final.

Collage de la artista visual Daniela Di Bari

domingo, 10 de enero de 2016

Plegaria de acampante

Las nubes balan por los valles
tomando uno u otro rumbo
según el viento decida
seguir jugando
de oeste a este
de norte a sur

Como cabras y ovejitas
que se cuelgan comiendo
el pasto tierno
y cada tanto levantan el testuz
oteando
olfateando
dónde estará su madre y si no la ven
balan hasta reconocer
el eco de la propia sangre
mugiendo el eructo cariñoso

Todo vuelve a la normalidad
siguen su camino

Oh nube blanca
espero que tu manada no traiga también
chivos negros y plomizos
cargaditos de agua
como tus hermanas en tierra firme

y de ser así, sigue! chist!
rajá de acá
tomá por el otro valle
seguí la otra huella

no me vayas a cagar sobre la carpa
justo la tarde anterior a irme.