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sábado, 5 de noviembre de 2016

CAPÍTULO 5. Combatiendo al capital

Capítulo 5

Combatiendo al capital

“De un lado, me han dicho que soy nazi, de otro lado, han sostenido que soy comunista; todo lo que me da la certidumbre verdadera de que estoy colocado en el perfecto equilibrio que busco en la acción que desarrollo en la Secretaría de Trabajo y Previsión. [...] Yo no creo que la solución de los problemas sociales esté en seguir la lucha entre el capital y el trabajo. Ya hace más de sesenta años, cuando las teorías del sindicalismo socialista comenzaron a producir sus frutos en esa lucha, opiniones extraordinariamente autorizadas, como la de Mazzini y la de León XIII, proclamaron nuevas doctrinas, con las cuales debía desaparecer esa lucha inútil. […] Procedemos a poner de acuerdo al capital y al trabajo, tutelados ambos por la acción directiva del Estado […] Yo llamo a la reflexión a los señores para que piensen en manos de quién estaban las masas obreras y cual podía ser el porvenir de esas masas, que en un crecido porcentaje estaban en manos de los comunistas. […] Un objetivo inmediato del gobierno ha de ser asegurar la tranquilidad social del país, evitando por todos los medios un posible cataclismo de esta naturaleza [la revolución], ya que si se produjera de nada valdrían las riquezas acumuladas, los bienes poseídos, ni los campos, ni los ganados"

Juan Domingo Perón,
Bolsa de Comercio de Buenos Aires,
25 de agosto de 1945



El Toro se comía los kilómetros de asfalto y piedra manteniendo siempre la elegancia. Los paredones blancos de la curva de Elcano y el Cementerio Alemán, el Parque Los Andes, el viaducto de la cancha de Atlanta, los tallercitos todavía con la persiana baja de los viejos arrabales del Maldonado, el Parque del Centenario y las calles encajonadas y grises de Almagro y Balvanera iban pasando por la ventanilla baja como en una película, hasta que alcanzamos Plaza Congreso y lo dejamos tirado en alguna de las cuadras con parquímetro de Moreno o Alsina.
El cielo todavía sostenía el azul petróleo cerrado de la noche, con una hermosa panza henchida de blanco dando todavía mejor luz que las jirafas de la municipalidad. Los muchachos de limpieza le estaban pasando esos cepillos gigantes para encerar a los pisos de la galería y aprovechamos un par de pausas rutinarias que hicieron, seguramente para calentar la pava y comerse unos bizcochitos, y subimos las escaleras como sigilosas ratas cuando las sorprende la luz.
La oficina estaba igual de vacía que la tarde anterior como si nadie hubiese pasado aparte de nosotros. Nos mandamos de una al estrecho cuartito de limpieza, a revisar los objetos antiguos que allí estaban. Ahora que le dábamos importancia, el cuartito del depósito se nos mostraba en todo su misterio, con la forma de un octógono perfecto y extraño.
-Nada que indique la fecha de fabricación o de uso. –aseguré, proponiendo una agudeza deductiva a tener en cuenta.
-Claro, no iban a dejarnos un manual de mantenimiento de la máquina tampoco, Sherlock.
-Un amigo vos, como siempre.
-Cortenlá que aburren. ¿Cómo hacemos? ¿Agarramos uno cualquiera? ¿Lo ponemos en algún orificio? ¿Habrá una cerradura?- preguntaba retóricamente Victoria mientras recorría el cuartucho con la mirada.
-Tendríamos que tener un método- propuse.
-Vos sos el relicario de la banda. ¿No le sacás la fecha a los cosos?
-Qué se yo, a ver… esa pluma estilográfica podría ser de los 30 o los 40… eso de allá parece un carné sindical… o del PJ, si lo abrimos nos dice la fecha seguro…
-Si lo tocamos y nos lleva a la sede central de la UOM en 1978 mepa que no volvemos…- tiró Santos con una mueca en la cara, aguantándose el nuevo descanso sólo porque Victoria parecía estar francamente harta.
-¡¡Mirá vos!! ¡¡Esa navaja la saco!! ¡¡Tengo una idéntica en casa, la compré una tarde en el Mercado de San Telmo!!
-Ah bueno, menos mal que el payaso anticuario era yo…
-No, en serio, es de la década del 10 casi seguro, la usaban los marineros de cabotaje cuando todavía se usaban sogas y cuerdas para los aparejos y las velas, el punzón ese se usaba para armar y desarmar los nudos…
-¿Punzón para los nudos?
-Sí, boludazo, se agarraba el nudo y pasabas el punzón así…
Y de repente, el universo no sé si se paralizó por completo o pasaron tres millones de cosas en fracciones de segundo. Recuerdo en cámara lenta a los tres, encerrados en el cuartucho de limpieza, casi cuerpo contra cuerpo frente a los bártulos del desvancito, el boludo de Santos que con un gesto automático agarra la navaja para hacer una demostración práctica de la anécdota, yo que me avivo de lo que está por hacer y llego a agarrarle el brazo justo cuando levantaba la navaja de una repisa y…
Un fogonazo de luz, o de luces, nos dejó casi ciegos, sólo se veía un color blanco que aturdía, como estar tirados boca abajo en un enorme salar altoperuano, la sensación de caerse al vacío, como cuando el ascensor baja de golpe o si nos hubiesen quitado el mantel debajo de los pies en un pase de magia, caímos por un túnel de aire lisérgico, con ráfagas de luces permanentes en todas direcciones e intensidades, un tobogán de feria en el que no apoyábamos el culo. Sólo caíamos.
Otro fogonazo y de culo y espalda contra el suelo frío, pero de otra habitación. Otra vez, toda blanca, como de hospital, pero con más muebles, un par de sillas, un escritorio grande de madera pesada y un gran placard haciendo juego. Antes que los colores y las texturas, el olor de la habitación nos hizo pensar que estábamos en un museo.
-¿Qué pasó? ¿Te recibiste de pelotudo y querías un premio especial? ¿Para qué carajo tocás la navaja, mamerto?
-Fue inconsciente, tarado. ¿Y Vicky?
Lo iba a seguir cagando a puteadas pero la ausencia de Victoria me descolocó.
-Ahora sabemos cómo funciona, con el simple contacto con la pieza. Vos me tocaste y Victoria no…
-Pero… ¿cómo??
Era la pregunta del millón aunque todavía no teníamos los elementos para procesarla. Mientras quedaba flotando en el vacío de la habitación, nos pusimos a revolver el escritorio y el placard como si las manos fueran ahora más importantes que las sesudas elucubraciones.
-Uniformes de rati, de museo.
-No, Santos, uniformes de rati de la década del 10, mirá el quepí, como los franceses o alemanes de las fotos… es una oficina de milicos del 1910…
Traté de encontrar algún almanaque o cualquier papelito que nos diera la pauta de en qué momento de la historia nos encontrábamos, pero fue inútil.
-No dejan nada escrito, son prolijos. –dedujo Santos y le puso palabras a mi frustración.
-No va a quedar otra que disfrazarnos de ratis y ganar la calle. En cualquier kiosco de diarios nos vamos a avivar de dónde estamos.
-Pero pará, ¿vamos a salir? ¿No es una locura? No sabemos nada del viaje en el tiempo, ¿y si tocamos algo y cambia el futuro? Y si nos encontramos con nosotros mismos y…
-Pará un poco, enroscado de mierda, ¿o te creés que estás en una película yanqui? ¿Qué querés hacer, quedarte acá toda la vida? Sigo con la navaja en la mano pero no veo que volvamos a ningún sitio… tenemos que descubrir dónde estamos y ver la forma de volver al presente.
-Nuestro presente es éste, Santos…
-Con más razón, vivámoslo. Tomá, ponete estos que son más petisos, y a ésta tratala con cariño…- otra vez esa mueca socarrona mientras me acercaba la culata de una Máuser 1896 y la cartuchera de cuero duro.
-No tengo idea cómo se maneja esto, Santos.
-Fácil, apuntás y apretás el gatillo. Lo demás sale solo, o no sale. No te preocupés –decía mientras nos íbamos cambiando la ropa- como somos ratis nadie se nos va a acercar a romper las bolas, pasamos desapercibidos y no vas a tener que saber usarla.
-¿Y? ¿Cómo me veo? ¿Tengo pinta de autoridad?
-Tenés pinta del comisario de Hijitus, pedazo de boludo, dale, dejá de boludear y apuremos el trámite.
Salimos cautelosamente de la oficina para dar a un pasillo de zaguán, era un edificio largo pero aparentemente sólo de planta baja, con dos puertas más hacia el fondo de la manzana y la puerta de salida al otro lado. No había nadie y las llaves que colgaban de los cinturones habrían fácilmente la puerta cancel.
El sol brillaba en el techo del cielo como nunca en la vida, sólo entrecortado por los árboles cuidadosamente colocados, pero el cielo era mucho más del que uno podía ver en nuestra Buenos Aires, centenares de enormes edificios todavía no se habían construido y se notaba la bocanada de oxígeno generosa entrando por las fosas nasales.
-¡Qué linda era esta ciudad antes, la puta madre!
-Leo, dejá de mirar los pajaritos y concéntrate, ¿dónde viste un rati contemplando lo maravilloso del día? Seguime la corriente que me fijo en el kiosco de diarios la fecha de hoy.
-No va a hacer falta hermano.
Lo paré con un tono seco pero lo que lo hizo darse la vuelta en sus talones fue la cara de muerto que me había quedado grabada. Habíamos salido unos metros en el sitio donde estaba el Barolo pero en vez del enorme monumento había un pozo de varias hectáreas, poblado de andamios y albañiles encarando el laburo de los cimientos.
-Estamos en 1919- sentencié con toda la seriedad que el nudo en el estómago me permitió exhalar- están empezando los trabajos para el Palacio Barolo.
No terminaba de decirlo y un estallido seco rompió la notoria falta de polución sonora de la Avenida de Mayo. Agachados por instinto miramos hacia el Congreso, de donde había venido el impactante trueno, una nube de humo densa, de un blanco lleno de grises nos dejaba ver sólo la punta de la cúpula, inundando todo el espacio abierto desde Plaza Lorea. Detrás del trueno ensordecedor siguieron traqueteos típicos de ametralladora y algunos estampidos menos regulares en intensidad y sonido, que se intuían dentro de la nube.
-Hay un tiroteo- y mientras lo decía, Santos se había compuesto por entero. Si alguna vez lo había sido, ya no quedaba nada del turista asombrado visitando un lugar emocionante y nuevo. Era el experto soldado en combate que había conocido luchando contra federales y prefectos en tantas luchas. Todo el cuerpo en tensión felina, de movimientos flexibles pero firmes, decidido, sin un gramo de vacilación en los músculos y la retina.
-Seguime- ordenó sin más vueltas y encaramos para el lado de Lorea a contramano de una marea de tipos de sombrero, saco y chaleco que rajaban para el otro lado, para la 9 de Julio. Nos parapetamos detrás del kiosco de revistas donde íbamos a mirar la fecha y con los pañuelos que encontramos en los uniformes haciendo de barbijos fuimos ganando posiciones cada vez más cerca de la Plaza, hasta que quedamos dentro de la nube de pólvora y empezamos a adaptar la vista.
-Cagamos, Santos, estamos en Enero del ’19, esa tanqueta antiaérea de allá, la que apunta a la Plaza, es de la división de infantería del Ejército de Campo de Mayo, al mando del General radical Dellepiane, el encargado de la represión de la huelga general.
-¿El de la autopista?
-Sí, claro que faltan sesenta años para que hagan la autopista, salame. Se vé que los objetos te transportan a momentos determinados de la lucha de clases de la ciudad. Es una máquina del tiempo para intervenir en coyunturas puntuales.
-Es lo único que saben hacer, máquina del tiempo o no, sólo saben reprimirnos.
-¿Qué carajo hacemos, boludo? Este lugar no es seguro, la represión en Congreso fue durísima, acá no quedó ninguna posición obrera en pié. Tenemos que replegarnos a La Boca o Barracas, donde la resistencia duró más…
-Eso porque te sentís obrero, Leo, pero tenés uniforme de cobani, ¿te olvidás? Somos nosotros, papu, vamos a darles una sorpresita… “Fuego Amigo” se llama la obra…
-¿Estás del tomate? ¿Qué sorpresita ni qué ocho cuartos, rajemos a la oficina esa y pensemos cómo mierda hacemos para volver con Victoria…
-Ah… “volver con Victoria”… ¿en lo único que pensás es en coger todo el tiempo? ¿No te das cuenta que estamos en una actividad seria?
-Qué actividad, tarado, esto no es la toma del Ministerio de Educación con Ademys, sarpado, ¡¡es la re putísisima Semana Trágica!!
-Con más razón. Desde que te conozco te la pasás llorando porque naciste en la época equivocada… acá tenés, estás en el ojo del huracán, ¿qué vas a hacer?
Otra ráfaga de ametralladora nos sacó del interesante coloquio y nos guarecimos detrás de las flamantes rejas ornamentadas de la Estación Sáenz Peña del subte. Pudimos ver con claridad dónde se había parapetado la batería del Ejército. Se los veía relajados, respetando la disciplina de órdenes y movimientos pero seguros de sí mismos.
-Claro, cómo no van a andar tranquilos si están tirando con munición antiaérea a laburantes que como mucho andarán calzados con revólveres de seis tiros, manga de hijos de puta.- decía mi amigo entre dientes, masticando odio de clase intentando deducir el resultado de la batalla a partir de los movimientos de los jugadores.
-Estamos en tierra de nadie. Detrás del ombú gigante y la estatua hay un grupito de anarcos que deben estar cubriendo la retirada por las calles internas.
-Pensar que en esa placita cada tanto la traigo a Leyla cuando hago tiempo antes de las marchas…
-Vamos a atacar el obús y la ametralladora así permitimos que los anarcos se puedan mover del árbol. Nos acercamos con las máuser apuntando al árbol como si fuésemos a reforzarlos y cuando menos lo piensen los bajamos a todos, ¿cómo la ves?
-Como el orto, dejando de lado que no deberíamos interrumpir el orden natural del destino y toda la bola tipo Volver al Futuro… ponete a pensar un poco lo que estás diciendo, ¿cómo vamos a encarar una batería antiaérea con dos revólveres y un boludo que nunca tiró una piedra?
-Siempre hay una primera vez para todo –dijo con la mueca hecha franca sonrisa y carta de invitación al juego más maravilloso de todos, el de la lucha contra la injusticia.
“Cuando los generales son buenos no hacen falta formalismos”, pensé para mí y cagado hasta las patas lo seguí por la vereda, de puerta en puerta, agazapado y apuntándole a los anarcos pero con el rabillo del ojo clavado en los milicos. Hicimos un alto a la altura de la bocacalle de Rivadavia y Paraná y Santos me paró con el brazo izquierdo.
-Es él, es el servicio de Kobane.
-¿El del 20 de diciembre? ¿El de ayer? ¡Sí boludo, es el mismo tipo! Con un traje como el nuestro.
-Al fin se da vuelta la taba –y la mueca ya era sólo sonrisa- el cazador cazado.
-¿Qué hacemos?
-Matamos dos pájaros de un tiro, éste forro no me persigue más y liberamos el paso para los anarcos.
-Bancá que hay un pájaro mucho más gordo al lado del servicio… no puede ser… pero… es ÉL.
-¿De qué hablás, te chifló el sorete?
-Es él, boludo, el Teniente Juan Domingo Perón… el de la gorra puntuda que está al lado del servicio, míralo, ¡es Perón jovencito!
-¡Me estás jodiendo! ¡Tenés razón! Pero no estamos en el ´45.
-Lo que tenés de valiente lo llevás de ignorante la remilputísima madre que te parió… en la represión del ´19 Perón hizo su “bautismo de fuego”… ¡pero claro! ¡Qué boludo que soy!! ¡Es la famosa foto de Perón en la Semana Trágica de Plaza Lorea… el cagazo me hizo olvidarme de todo!! Esta imagen la ví mil veces, pero tomada de frente a ellos, desde el Congreso… ¡qué boludo!!
-Tenés razón, es Perón… Bueno Leo, prepárate que hoy vamos a cambiar la historia de la lucha de clases en este país.
Y sin mediar palabras se puso firme y con cara de milico encaró para el lado del cañón de artillería. Estaba en su salsa, el paso firme, la barba dándole aire marcial, la mano derecha empuñando el máuser y la izquierda abierta en señal de paz y amistad. Yo lo seguía de atrás un poco menos épico, con la pistola agarrada con las dos manos como mi hija cuando empezaba a llevar la taza de plástico de la leche de un lugar a otro de la cocina, como si se me fuera a caer y armar flor de quilombo. Le apuntaba a los anarcos para mantener la actuación pero se vé que se habían quedado sin balas porque sólo asomaban la cabeza cada tanto sin tirar, esperando el momento justo para cruzar la calle a todo raje y ganar un rato más de respiración.
¿Habrá entendido algo de lo que pasó ese día el joven teniente recién salido de la Academia de Cadetes? Como un plateísta de lujo, detrás de la espalda de Santos podía ver su risa gardeliana saludando a los policías que venían a informar del perímetro despejado y el rápido movimiento de Santos llevando la palma abierta de la mano izquierda, veloz como flecha, debajo del puño cerrado en la pistola que pasó de la posición de firme a señalar al Joven Teniente avisándole su próxima muerte, implacable. La cara gardeliana se puso pálida y antes de que saliera de su asombro –o de su cagazo- el servicio que nos venía siguiendo se tiró delante y atajó con el torso los balazos que escupía, furioso, el brazo de Santos Capobianco.
Sin darles tiempo de reaccionar salimos corriendo mientras los estampidos del máuser vibraban todavía en las ventanas de los edificios. Corrimos como relámpagos hasta ganar la escalera del Subte y nos metimos por los túneles para el lado del Barolo. Nos topamos con los anarcos del ombú, que aprovecharon la confusión para rajar igual que nosotros. Menos mal que eran ellos, que vieron toda la secuencia y se rescataron que los uniformes eran chamuyo. Nos ofrecieron sus camisas, sacos y sombreros para camuflarnos de nuevo y en cocoliche tano, polaco y árabe nos iban tirando miles de cosas que no entendíamos, aunque por las caras y las palmadas toscas en hombros y espaldas supimos que nos agradecían por salvarles la vida.
Encaré al único que masticaba algo de castellano, un gallego de acento cerrado, como si tuviese la boca llena de papas, para ver si sabía cómo mierda nos podíamos ir de allí hasta la vereda.
-Síganme, camaradas. –dijo secamente y nos guiaron por los túneles hasta una puerta angosta, de madera, que salía de la pared del túnel, a mitad de camino entre las estaciones.
-Usté siga po´lo pasillo e´vai chegar a la Estación.
Agradecimos con la rapidez que exigía la situación y nos mandamos por los túneles que seguramente usaban los obreros del subterráneo. Había varias ramificaciones internas pero la cantidad de luz que llegaba del lado de la estación nos guió hasta la calle. El lugar estaba vacío por obvias razones y nos pudimos colar de nuevo –llenos de excitación- en el zaguán del que salimos.
Una vez en la habitación nos pusimos nuestras ropas más rápido de lo que comentábamos lo que había pasado.
-Esta la tengo que contar a los pibes del fulbito… casi liquido a Perón- gritaba Santos entre carcajadas.
-Para eso vamos a tener que volver, héroe invisible de la historia, ¿cómo hacemos?
-Lo tengo todo pensado –dijo mientras me agarraba del brazo y con la otra mano pelaba el celu.
-¿Vas a mandar un guasáp, gil de estopa?
-Bueno, veo que sos ingenioso para mimetizarte con las puteadas de época. No nene, lo voy a usar para volver, ¿o no te transportaba un objeto al tiempo en que había sido usado por primera vez?
-Pero ¿y si nos manda al mes que te lo compraste?
-Mirá bien…
-Epa, ¿le arreglaste la pantalla?
-No chiquilín de bachín, me lo compré hoy en Once para no usar el mío, boludito. Vos tranquilo- no terminó de decirlo y prendió el celu, cuando la habitación entró a girar como loca y el estallido de luces nos volvió a mover el piso… literalmente.


viernes, 4 de noviembre de 2016

CAPÍTULO 4. Del otro lado de la ficción

Capítulo 4


Del otro lado de la ficción

you know the day destroys the night
night divides the day
try to run, try to hide,
break on trough,
to the other side
Jim Morrison, The Doors, 1967

Ya era bien entrada la madrugada cuando Santos me recibió en la puerta de su departamento en 14 de julio y Girardot. Llevaba puesto un kimono de seda roja brillante con un par de dragones dorados en los flancos y un enorme diseño del yin-yang con un dragón y un tigre de bengala en toda la espalda, con el que se paseaba por toda la caja de zapatos con balcón a la calle que usaba de dormitorio cuando paraba en Buenos Aires.
No me sorprendió ver salir del baño, envuelto en una toalla, al magnífico cuerpo moreno de Victoria entre los vapores de una ducha reciente que me hicieron notar el pelo húmedo y revuelto de Santos.
-Espero no haber interrumpido nada…
-Quedate tranquilo ¿averiguaste algo?
Los dos se sentaron entre mimos como de pasadita en el futón debajo de los mapas de todos sus viajes que Capobianco tenía pegados en las tres paredes del living-comedor.
Verdaderamente se trataba de dos generales esperando informes de inteligencia en una especie de carpa improvisada de cuartel general de operaciones. Lo que hace cien años se llamaba vivac.
Les relaté como pude los descubrimientos que había hecho en la medianoche del barrio de Cortázar y en la cueva mágica de Parque Chas con Ermassi.
-Como ven estuve haciendo tareas productivas mientras ustedes jugaban con sus cochinadas.
-No podés liberarte de tu católico interior, Leo, como siempre- me escupió Victoria en un tono de camaradería que no terminaba de anular la acidez.
-¿Quién te dice que la energía de nuestros cuerpos puso a funcionar la magia de la luna llena para que vos y Ermassi se inspiraran? Al final los más productivos fuimos nosotros- decía Capobianco mientras le sacaba humo a la pipa sioux que tenía armada. Y entre volutas de humo y una mueca risueña menos sarcástica que fraternal, reflexionaba –Entonces ustedes dicen que todo el Barolo es una máquina del tiempo. ¿Y cómo funciona?
-Buena pregunta, ni puta idea.
-Pero esperen, nobles descendientes de Adán, a sus cerebros llenos de tetosterona se les escapan un par de ángulos. Acá hay un hilo conector que estamos dejando pasar, la literatura.
-Al lado de un servicio que te persigue durante catorce años desde Buenos Aires al Cáucaso ¿no te parece un poco snob ponerte a reflexionar sobre literatura, Negra?
-No seas animalito, Leíto. Hasta ahora tenemos al servicio que se esfuma en una oficina cerrada, sin ventanas ni pasadizos secretos, en un edificio construido entre 1919 y 1927 que simboliza concretamente los antiguos templos sumerios cuyo plano fue guiado por un clásico de la literatura mundial, el Dante. Y los únicos pedazos de pistas que tenemos, que apuntan a que se trataría de un mecanismo de ingeniería para trasladarse en el tiempo y el espacio los aportaron dos escritores, Cortázar y Oesterheld. La literatura puede ser la clave para develar el misterio.
-¿Qué más sabemos de La Divina Comedia? –cortó en seco Santos- ustedes, nerds, la leyeron, me imagino.
Con Victoria le tiramos una mirada que trataba de contener una andanada de puteadas, pero compartíamos el criterio de no caer en las chicanas anti-intelectuales de Capobianco, ya que desde diferentes lugares, ninguno de los tres tenía ningún tipo de esnobismo intelectualoide de café.
-A mí me la dieron a leer obligada en el secundario, me pareció un bodrio. Lo único que recuerdo es que el tipo la escribió para homenajear a la mina de la que se había enamorado a los 9 años, Beatriz, Beatrice, y que se había muerto a los veinticinco años, casada con otro muchacho.
-Vicky tiene razón, y que el tipo era un renegado de los ejércitos papales del siglo trece y catorce. La novela es una especie de documento de balance de las luchas políticas de la protoburguesía de comerciantes y artesanos de las ciudades del norte italiano en las que estuvo metido. Yo tampoco lo leí, pero es uno de los textos preferidos por todos los escritores de renombre mundial en los últimos 700 años.
-Borges era fanático del Dante.- acotó ella.
-Una razón más para no leerlo- repliqué al toque.
Victoria aprobó a medias el sarcasmo ya que ambos impugnábamos el carácter de clase de la obra del ciego de Palermo, pero ella defendía la necesidad de no caer en falsas posturas obreristas y la obligación de conocer a fondo las herramientas estilísticas y formales más refinadas que la cultura burguesa nos podía proporcionar.
-Ahora la vamos a tener que leer, ¿no te parece? Y a Borges también, quién te dice que ahí está la solución al asunto.
-Negra, no te quiero joder, pero son tres tomos de doscientos y pico de páginas cada uno; y lo único más o menos llevadero, que está escrito en estrofas rimadas, no lo podés disfrutar porque las traducciones no captan la musicalidad del idioma original.
-Leela en italiano entonces.
-Toscano antiguo mejor dicho. Lo lamento pero es uno de los millones de dialectos humanos que me son ajenos.
-¿Ves? Ya hablás como Borges…
-Tiene razón Leo –terció Santos, interrumpiendo nuestra danza erótico-literaria- no tenemos tiempo para ponernos a estudiar al Dante y a Borges, tenemos que encontrar una salida más rápida. ¿Qué decía el documental sobre La Comedia?
-Nada, generalidades conocidas, que el Dante construye una obra minuciosa, con muchos símbolos de la tradición bíblica, católica y de la mitología clásica greco-romana, una especie de mapa literario para iniciados, de tono masónico…
-¿Masónico? ¿Como el Código da Vinci, los Iluminati y toda esa bola? No me digas que me persigue un personaje de un best seller jolivudense de cuarta. Un mito urbano.
-Mito urbano las tarariras- saltó mi vena de historiador frustrado en profe de historia del secundario.
–En todo caso, si dejás de lado el uso pedorro que se le puede dar para hacer guita con libros y películas, la masonería no es ninguna pelotudez.
-¿Pero no es la madre de las teorías conspirativas que todo el mundo usa para “explicar” la historia? ¿Cómo lo de los extraterrestres y las pirámides?
-Si, Negra, pero eso no quita que la masonería existió concretamente y que está detrás de un montón de sucesos históricos. Es la base real de las especulaciones populares.
-Bueno, yo creo que las pirámides las hicieron los extraterrestres, si no explícame cómo carajos hicieron eso. Yo las ví, estuve en la meseta de Ghiza y en las ruinas de Ur, en Irak, si te parecen impresionantes ahora mucho más cuando no había tecnología, hace mil años…
-Cinco mil años, marinero bruto, cinco mil años.
-Con más razón, rata de biblioteca.
-Eso es una boludez, querido, Leo tiene razón, apelás a los extraterrestres porque no sos capaz de imaginar el poder de movilización de trabajo esclavo y semi-esclavo de los Estados antiguos. Las pirámides son símbolos del poder material del Estado. Son la prueba viviente de que esos tipos mantenían un ritmo infernal de trabajos forzados sobre las poblaciones campesinas y pastoriles que explotaban.
-Lo que la tecnología no podía hacer se reemplazaba con millones de horas de trabajo de seres humanos a un ritmo de bestias de carga. Eso es lo que veía reflejado en las enormes moles de piedra caliza un sencillo campesino del Nilo, el Éufrates o el Tigris –acoté, sumándome otra vez por el lado intelectual a la sociedad con la Negra.
-¿Y la masonería qué pito toca acá?- preguntó con incomodidad en aumento un Santos que por lo general no celaba los conocimientos de los demás pero que evidentemente notaba el triángulo afectivo que se iba conformando en torno suyo.
-Lo único que yo sé es que son sectas clandestinas, ocultas, pero de las que se dice participaban un montón de tipos poderosos.
-Si Vic, pero lo mejor que se puede decir es que se trató de una más de tantas formas de organización política que existieron antes de la formación de los partidos políticos modernos y que fueron necesarias para la existencia de los mismos. ¿Se vé?
-Maso, desarrollá.
-Les digo lo que me voy acordando de la facultad. Hasta el capitalismo moderno, todos los Estados fueron teocráticos, es decir, no había una separación laica de la religión y las leyes políticas que ordenaban a la sociedad, y mientras más te vas en el tiempo, la fusión es mayor. Las leyes que organizaban al antiguo Reino de Israel, por ejemplo, eran las leyes codificadas en el libro sagrado por el propio Jhavé en el pacto mítico con Moisés.
-En el Sinaí, esa peli la ví.
-Claro. El ordenamiento religioso, la fé, las mitologías, eran al mismo tiempo el orden político del Estado y la sociedad. Por eso la Iglesia oficial, la de la sociedad que sea, siempre estaba cruzada por tensiones políticas. Para que tu cerebro trosko me entienda, si el programa común era la religión, las divergencias de intereses al interior de la sociedad, los diferentes intereses de clase también se traducían en diferencias religiosas. El Antiguo Testamento, por ejemplo, ofrece un compendio de “profetas” que iban apareciendo en la historia de los judíos, que repiten un esquema canónico: un tipo que sale a predicar por todo el reino diciendo que se había comunicado directamente con Jhavé y que le había dicho que los gobernantes de ese momento estaban interpretando mal “su” palabra divina. Cada profeta era en realidad un organizador teórico de un programa político diferente al del gobierno de turno, y su prédica era en realidad la construcción de un “partido”, una “parcialidad” en lucha por alguna reforma política o económica.
-¿Posta?
-Claro, en ese sentido Engels, por ejemplo, interpreta la posibilidad de la existencia real de un Jesús histórico como la aparición de un grupo religioso al interior de la política judía que planteaba una diferencia central contra el gobierno de los Sumos Sacerdotes y reyes hebreos, una interpretación de las escrituras sagradas que impugnaba el sometimiento colonial de los judíos al Imperio Romano.
-¿Pero Kautsky no dice que Jesús no existió, que no hay ninguna prueba material de su existencia?
-Claro Negra, porque Kautsky toma una serie de razonamientos propios de la academia histórica de su época, a saber, que no existen registros escritos en otras culturas contemporáneas, fuera de los evangelios, que atestigüen la existencia de una figura tan importante. Los romanos, que eran exhaustivos en estas cosas, no dejaron ni una miserable mención. Sin embargo, es cierto que existió un movimiento político anti-imperialista en las colonias orientales que estalló en movimientos independentistas y rebeliones de esclavos que cruzaron todo el Imperio. para quienes la doctrina de los seguidores del Cristo se transformó en una especie de programa religioso-político. En el año 73 d.C. las legiones destruyeron el Templo de Jerusalem para sofocar una rebelión anti-imperial en una época muy cercana a la que la Biblia atribuye a la existencia original de Jesús y los suyos.
-¿Y esto qué tiene que ver con la masonería, boludo?
-Cuando la dirección de la Iglesia Católica es cooptada por el emperador romano como último intento para desmovilizar la oposición de las masas oprimidas y explotadas del Imperio, en medio de la crisis económica terminal del siglo tercero, todas las disidencias políticas dentro de los Estados herederos del Imperio Romano se continuaron haciendo de forma de sectas religiosas, a las que la Iglesia oficial comenzó a combatir tildándolas de herejías o bien pactando con sus dirigentes para cooptarlas al servicio del Estado. Cuando apareció la burguesía, después de las Cruzadas del año 1000 en adelante, al calor del desarrollo comercial europeo, las diferencias de clase de los primeros grandes comerciantes, banqueros y artesanos con la nobleza católica feudal se hicieron sentir también como diferencias religiosas.
-¿Pero los masones no son ateos?
-Algo así. Los masones, o las diferentes logias comúnmente identificadas con la masonería, tenían un programa de independencia del Estado de la curia eclesiástica. Los burgueses se daban cuenta, aún siendo religiosos, que el aparato de funcionarios de la Iglesia era un tumor que impedía el desarrollo de los intereses materiales, técnicos y políticos de la burguesía.
-Entonces Dante Alighieri era masón.
-En realidad no te puedo decir con precisión, pero seguro había sido güelfo y después se pasó de bando, se hizo gibelino.
-¿Lo qué?
-En el siglo trece el Emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico, el rey al frente de los nobles y príncipes de lo que hoy llamamos Alemania, Austria, etc. se enfrenta con el Papa para ver quién de los dos tiene poder sobre el conjunto de los territorios herederos del Imperio Romano, y sus impuestos, obvio. La cosa se pone fulera, son dos facciones de la nobleza feudal que se disputan los recursos económicos de Europa occidental. En todas las ciudades y campos de Europa se larga una guerra civil entre partidarios del Emperador, llamados gibelinos contra los partidarios del Papa, llamados güelfos, no me preguntes por qué. El hijo de José Luis Romero, Luis Alberto Romero, nos limó la cabeza todo un cuatrimestre con este asunto. Dante era un intelectual y funcionario estatal pagado por una familia de Florencia que respondía al Papa. Te estoy hablando de una disputa sangrienta, los tipos se hacían mierda con saña, batallas de miles de soldados, carnicerías humanas, en las ciudades italianas fue donde la disputa llegó al paroxismo, al punto que Shakespeare lo inmortalizó con la historia de los Montesco y los Capuletto, familias enteras que se odiaban a muerte.
-Otra vez la literatura.
-Bueno, es que la literatura de esa época jugaba un rol político, eran pocos los que tenían acceso a la escritura y a la lectura, y cada pieza literaria, sobre todo si podía ser cantada o escenificada, bajaba una mirada de la realidad política a las clases incultas que llenaban los casilleros de los ejércitos que se hacían mierda en los campos de batalla. No tenés que pensarlo como ahora que cualquiera pone 12 mil pesos y edita un libro, que nadie lee, y a nadie le chupa soberanamente un huevo su visión política de la realidad…
-¿Y eso cómo relaciona a Dante con el Barolo?
-No tengo ni idea, Santos, ni idea.
-Yo sí –tiró la Negra Victoria sacando pecho y sacudiéndonos-. Las logias políticas clandestinas usan un paquete de símbolos para iniciados, o sea, que manejan códigos secretos como pistas y códigos que sólo los conocedores, los iniciados, los miembros de la logia, pueden interpretar y que para el resto de los mortales son cosas sin importancia. En las pinturas o los libros, van dejando pistas que sólo los complotados pueden reconocer, como una especie de mapa dentro de la obra general. La cantidad de versos de una poesía, las formas geométricas de los paisajes que describen, ciertas figuras históricas. Es de lo que se agarra el tipo que escribió el Código Da Vinci para hacer una fenomenal y atrapante novela de misterio mezclada con la aventura de la búsqueda de un tesoro. Al público lo atrapa porque sabés que vas a encontrar lo que andan buscando y te ponés a jugar a ver si vos, con las pistas que te va tirando, sos capaz de adelantarte al autor y “adivinar” la jugada siguiente.
-Los Simpson se cagan de risa de eso en el capítulo que Lisa cree descubrir que ella es la joya sagrada de dios y resulta que era su hermanita menor.
-Claro, boludo, ahí está lo ácido de la crítica de Los Simpson, en que cualquiera puede interpretar los signos como mierda se le cante y llegar a conclusiones diferentes. O que hasta cierto punto es imposible que vos manejes la totalidad de las interpretaciones que tenían en la cabeza los tipos que hicieron el mensaje original.
-Ahora el que anda perdido soy yo. ¿Y esto qué córno tiene que ver con el Barolo y el servicio?
-¿No vés que sos un bruto Leo?– intervino para contestarme sorpresivamente Santos, que aparentemente había terminado de procesar toda la información en su sistema interpretativo particular.
-Lo que Vicky dice es que hay una logia, una agrupación secreta de tipos que construyeron el Barolo con un fin determinado y que son los únicos que saben hacerlo funcionar. Un sector de la burguesía argentina, seguramente ligado al imperialismo, construyó una enorme máquina del tiempo en medio de la Avenida de Mayo. Y la usan para perseguir a los activistas obreros anti-capitalistas por el espacio y el tiempo. Por eso la SIDE tiene una oficina secreta ahí. Me cerró todo. ¿No dijiste que Palanti pertenecía a una logia de arquitectos?
-Yo no, los tipos del documental de la tele dicen eso.
-Y tienen razón. La burguesía argentina de origen italiano, ahí está la papa, Barolo era dueño de algodonales en Chaco, ¿o no?
-Bueno –dije yo, ya enganchado en el hilo de ideas de mi maestro- ahora que lo decís Paolo Rocca hizo construir un barrio para los empleados jerárquicos de Techint, en Campana, y las calles tienen nombres de eminencias de la cultura italiana, Dante Alighieri por ejemplo. Y los colores de la camiseta de Dálmine son los mismos que el escudo de Florencia, la ciudad del Dante y de los Rocca.
-Hay que averiguar qué otros burgueses eran de origen italiano y pudieron poner plata en el proyecto de Barolo y Palanti en la década del 10 y del 20.
-Fácil, las dos empresas metalúrgicas más grandes de esos años eran de empresarios italianos, Vassena y Ottonello.
-¿Los famosos Talleres Vassena?
-Che, pónganme al tanto, forros.
-Los Talleres Vassena, Victoria, en la manzana de la actual plaza Martín Fierro, en Boedo, donde se pudrió todo en el verano de 1919, la Semana Trágica, la lucha más importante del movimiento obrero anarquista en Buenos Aires.
-Tenía otra planta menos conocida hoy entre Nueva Pompeya y Parque Patricios, en Santo Domingo y Pepirí, con un puerto propio al Riachuelo, donde cargaban y descargaban la materia prima directamente de la importación, sin pagar Aduana. Para el ´19 estaban fusionados con capitales financieros ingleses y en el directorio había tipos del Ejército y la Marina, de fuerte relación con el gobierno de Irigoyen.
-¡¡Los soretes que armaron la Liga Patriótica!! ¡¡Otra Logia!! ¿No ves que todo va cerrando??
-No sé si todo cierra, Santos excitadísimo. Pensá lo mismo que decíamos antes, lo de Lisa, cuestioná las interpretaciones porque si no, salís en un lugar erróneo. Por ejemplo, si la burguesía construyó una máquina del tiempo en un edificio de 200 metros de altura en medio de la ciudad…
-Cien metros- corregí.
-O lo que concha sea, Leo, el tema que se les escapa a ustedes dos, cerebritos, es ¿por qué todavía existimos nosotros? ¿Por qué mierda no instituyeron un orden capitalista perfecto donde no haya absolutamente ninguna posibilidad de derrotarlos? Ni qué decir que después de la Semana Trágica hubieron centenares de huelgas e insurrecciones de masas triunfantes. ¿Cómo le ganás a una máquina del tiempo?
-Tiene razón la Negra.
-… dijo el pollerudo. Es un buen punto. Pero suponiendo que hayan construido una máquina del tiempo, siguen siendo la burguesía, siguen pensando en pos de la billetera. Por ahí les salió muy cara y no la usaron más. Por ahí se cagaron a trompadas entre ellos para ver quién la controlaba y la estropearon. La burguesía no es una clase monolítica, tiene fisuras, quebraduras, tendencias, guerras intestinas.
-Y están los obreros- subrayó ella.
-¿Obreros que viajan en el tiempo? Che, ¿ustedes me quieren convencer que hay una guerra de clases inter-espacio-temporal? ¿El Barolo contra el Delorean? Basta, coger les hizo mal, yo me las tomo.
-No seas pelotudo, Leo.
-O tarado… -dijo la Negra recordándome mi verdadera identidad ante los ojos de todas las mujeres que he amado- lo que queremos decir es que en una de esas, luchadores obreros y obreras como nosotros, se dieron cuenta del asunto y descubrieron la maquinita y la estropearon.
-¿Una logia proletaria?
-Ponele. Ahora empiezo a entender lo de los escritores. Suponete que el cuento de Crotázar y la idea de Oesterheld sean partes del conocimiento del funcionamiento de la máquina del tiempo y para evitar la censura oficial del Estado las hayan contado en forma de relatos literarios. Que hayan encubierto en supuestas narraciones fantásticas una historia verídica…
-Oesterheld era Montonero….- acoté.
-Esa no fue una organización proletaria anticapitalista, eran un grupo de pequeñoburgueses que defendían un capitalismo nacional independiente del capitalismo central y lo vendían como “patria socialista”. A esos contalos en las logias de la burguesía.- saltó Santos con el manual para cortarme el romanticismo.
-Sus dirigentes, claro. Más a mi favor, su extracción de clase, de la derecha católica, los acerca a una fuente de información reservada a las logias burguesas. Pero en un momento lideraron un movimiento de masas, que incluyó a otros sectores sociales, laburantes jóvenes sobre todo, estudiantes universitarios de origen popular también. Esos creían en un socialismo a la cubana, son la base que empujó a la ruptura tardía con Perón en la Plaza. Ojo, en una de esas el tema se fue filtrando.
-Cortázar no era montonero, chicos y chicas. Como mucho fue un simpatizante de Cuba hasta lo de Padilla y apoyaba de lejos los procesos revolucionarios, pero no militaba como Oesterheld, o Walsh. ¿Y Walsh, también era parte? ¿En qué cuento ves algo de esto?
-Bueno, basta de pelotudeces. Si hubo una logia secreta de arquitectos, no veo el problema de que haya una de escritores, empezando por Dante. Hay que averiguarlo. Lo mismo que la opinión de Borges sobre el asunto. Ahora el tema es que tenemos un edificio que puede ser una máquina del tiempo o no, y un tipo que me sigue. Desculemos el misterio de la oficina cerrada y veamos cómo corno vamos resolviendo lo demás, ¿ta claro?
-Dale y ¿cómo hacemos?
-Mientras vos pelotudeabas con el Tony, nosotros anduvimos viendo las fotos que sacamos con el celu.
Y me acercó la notebook para que eche una mirada.
-Ahora que planteás lo de Mort Cinder, fijate bien en las fotos del depósito.
-Está lleno de quincallería, ¿qué pasa?
-Eso que vos llamás quincallería, (la verdad que a veces me preocupa que el que usa la máquina del tiempo seas vos) querido amigo, son una pila de…
-¡Objetos antiguos! ¡Vamo lo pibe!!
-¿Me explican el hallazgo parejita de iluminati?
-Claro, nene, los objetos antiguos te transportan a las épocas en que sus dueños les imprimieron un… valor de uso… digamos.- dijo ella girando a medias el rostro para mirarme desde el sillón con una de esas sonrisas de diva de cine de los años 50 que me partía la cabeza.
-Son las 4 de la mañana, yo estoy fresco como un toro joven, ¿qué tal si caemos de nuevo a la oficina? –dijo, envalentonado, Santos-. Tenemos dos horas antes que arranque el horario laboral.
-Depende de los horarios laborales de estos muchachos.
-Dale, no seas cagón, yo me prendo, ¿vamos?- dijo la musa negra.
¿Cómo decirle que no a una fantasía de carne y hueso? Siempre me había sido difícil negarme a uno de sus requerimientos, y con la adrenalina que me bombeaba del día fantástico que estábamos recorriendo no pude más que dejarme meter en el auto de Capobianco, un hermoso IKA-Torino del 77, totalmente negro con sus accesorios en cromo y madera de roble originales y como una destartalada alfombra mágica surcamos los empedrados de Ortúzar y Chacarita y navegamos todo lo ancho de la ciudad hasta las puertas del Palacio Barolo, que nunca más iba a tener el mismo rostro para ninguno de los tres.


Donde los ríos se encuentran para hacer el amor

Muchos ojos me miran, se posan en mí. A todos ellos los siento. Pero algunas veces, algunos de los seres de agua endurecida que caminan por la selva, se mete dentro mío y me penetra. 

Algunos nacieron de huevos, otros, de los huevos embutidos en las panzas de sus madres. Todos me miran.

Algunos caminan erguidos, se despegan del horizonte colorado de la tierra, y entre ellos algunos de ellos, a veces gurí, otras gurisa, a veces locos, a veces poetas, se miran en mí mientras le beso las suaves garras sobre el húmedo pasto.

Se sientan ahí donde termino. Arriba de la barranca colorada o bajo el sauce que llora. Su mirada se funde con las cosas del mundo y se pierden.

Entonces yo, que no tengo ojos, ahora me veo todo con los suyos. Alguno se me metió tan adentro, tan imposiblemente dentro de mi impenetrable piel sin poros ni escamas que ahora soy él.

Veo por primera vez los colores del lomo del Dorado majestuoso, surcándome desde adentro y siento que son mis colores impresos en la escama. Lo siento corcovear frente al anzuelo, combatir la línea del pescador y me pongo orgulloso de su orgullo. Puedo ver al generoso Pacú y al soberbio Surubí ahí abajo, bien contra el fondo de mi panza.

Ahora que tengo ojos también puedo ponerle palabras a las cosas. Un juego que sólo algunos de los que caminan saben jugar. Se siente raro pero aprendo rápido. Supe en una noche de luna llena, cuando el calor estallaba en el aire sin necesidad del gran fuego del cielo, que eso que sentí en la cara del pescador desnudo, acostado boca arriba en su canoa, cuando le toqué los ojos y los labios salpicándolo a propósito, se llama libertad. O felicidad. Y las dos cosas.
Todo brío soy. Ancho, caudaloso, lleno de furia. Todo rebotando contra el camino de tierra abajo mío, cayendo sin fin por este tobogán inclinado que no me deja detenerme más tiempo del que puedo demorarme en alguna bahía, en algún recodo, a refrescarme un poco bajo los tacurales, robarme el susurro de unos versos soñados por los poetas.

Cabalgo las selvas y soy borbotón, soy todo burbujeo, soy la vida.

Corriendo a los empujones, saltando, me vengo a topar de golpe una vez con sus arpones de cemento y piedra. De orilla a orilla me lacean, quieren ponerme montura y látigo, frenillo, brocal y gris pretil. Algunos de los que caminan pretenden gobernarme. Destruyo poco a poco y a veces con toda mi furia sus caminos de hierro verde entubado, sus pasos de cemento gris sobre mi lomo. Pero no se detienen. Ahora me dicen cuándo soy borbotón y cuándo manso falso lago, para sacarme de la furia contenida del cuerpo el rayo látigo del cielo encabronado de truenos. Y me llevan a motores y cables de cobre y conozco el interior de sus casas, y las caras llenas de moco de sus pequeñas crías y la golpiza secreta en las camas grandes y la batalla extraña pero entusiasta del amor de sus cuerpos desnudos.

Ahí pasando nomás el más grande pretil de cemento después de la curva, bajando ya de la selva de piedra negra, aprendí a sentirles su dolor. Me obligaron a detenerme y no puedo. Me hice ancho de repente y entré a subir las barrancas y hasta el monte. Barrí sus casitas de madera y sus juguetitos. Desbordé sus cocinas y me llevé a sus muertos de sus entierros.

Y de los huesos brotaron las historias que ya no son. Los arranqué del olvido fijo para que sus vivos pudieran seguir, les limpié las miradas sin siquiera tocarlos. Pero sus dolores ahora los siento tan míos como los aguaciles que me cosquillean el lomo por las noches. Y el tobogán por el que caigo se hizo pozo y me sentí sólo por primera vez cuando me tiraron sus metales y su muerte por los tubos que escupen las costas barrosas. Algunos de ellos inventaron la muerte de una forma nueva, una muerte que se hace más fuerte cuanto más devora y transforma en muerte todo lo que ahoga.

Ahí te sentí por primera vez. Cuando mi abuelo viento te trajo de allá detrás de las verdes selvas y esteros donde aparece el fuego en el cielo, todo sangre todo azul, todo claridad. Eras igual a mí pero tus gotas caían sobre las mías y sentí tus diferencias. Tus sabores eran otros y muy parecidos también.

Y empecé a anhelarte, a soñar con tu encuentro. Más abajo en la rodada infinita de mis andares escuche hablar de vos al uturú que venía caminando el cielo con las alas. Le cantaba a sus amigos que eras menos rabiosa que yo que lo único que te hacía diferente de resto de nuestra especie era la belleza de tu piel acostándose en las riberas de arena al otro lado del verde y el monte.

Recién te empecé a conocer allá cerca del final, cuando el tobogán se hace llanura y me vuelvo lento, lento, casi que me voy deteniendo. La barranca se hizo tan blanda que se me cayó adentro y los camalotales venían henchidos de vos, de tus aguas dulces y cariñosas, y debajo de las casitas de madera de largas patas nos fuimos tocando.

-¿Quién sos? –te pregunté esa tarde en medio de la Plaza de los Dos Congresos, como saliendo de un encantamiento.

Amor de catorce años ya largos. Caminamos muchas cuadras deshojando nuestras cortas historias pero a las tres de la tarde, tirados en la gramilla roja y sucia debajo de ese florero grande como estatua de bronce, nos desbordábamos de amor en las lenguas y las manos. Primer estallido juvenil que no encontró cauce. La sangre hirviendo y bombeandosé al músculo, el esperma espesándose en las arterias del sexo, burbujas empujando la piel y los sentidos. Todo el cerebro anegado en dopamina y adrenalina.

Me cabalgaste por primera vez sin importarte nada el pudor y las miradas de los laburantes del sábado inglés, sin importarte mi nombre o el de mi familia, lejos muy lejos de las leyes que te ataban a las buenas costumbres. Me hiciste hombre sin consumarme y nos teníamos que ir. Vos a tu abuela y tus deberes. Yo a la parada del 86 para encontrarme con los pibes en La Boca y salir juntos a ver por primera vez al xeneize en Banfield. Y no me acuerdo nada del partido salvo al pelotudo de mi mejor amigo aplaudiendo al asesino apodado Abuelo en su entrada romana en la tribuna visitante y los hermosos techos y columnatas de la bucólica estación británica y el sorete de Menotti tirando achiques y sanatas para volvernos con la derrota y los palos de los cabeza de tortuga apretujado todo junto en la congoja del vagón sucio del Roca.

Después desapareciste no sé cómo. Las negativas extrañas. Primer amor, amor inexperto, ese momento en que descubrís que no sabés un teléfono, no te fijaste dirección ni portero eléctrico y no te la volviste a cruzar nunca más a la salida del colegio de tu hermana.
Las noticias sobre vos dejaron de llegar y la butaca vacía al lado mío en el Gaumont, cuando estrenaron Tango Feroz se hicieron eternas. Y en ese desgarro primero de amor también me hiciste hombre por primera vez.

Ahora, un cuarto de siglo después, tendría que preguntar tu nombre para recordarlo, si quisiera.

¿Te habré seguido buscando en todas las sábanas que siguieron, en todas las manos que amasaron la lujuria de mi cuerpo? ¿Será tu ausencia la explicación de la amargura después de los orgasmos?

-¿Qué pasó?

Me explicaste que perdí la conciencia un segundo. El cuarto de hotel por horas del este de Balvanera era el mismo de mi adolescencia. Sentía tus palabras hablando y aclarando cada cosa que tocaban pero no se movían los labios ni tus cuerdas vocales. Con ese silencio que brillaba locuaz de la comisura de tus pupilas barrosas me dijiste que al fin nos encontrábamos.

-¿Quién sos?

-Soy vos, al fin volvemos a sernos. Esa tarde que te suspendieron la jornada y te bajaste varias paradas antes de la muerte en la estación del Parque Chacabuco me pareció que eras vos pero no estuve segura. Te intuí en las anécdotas y la dulzura de tus infancias relatadas pero no me animé a tocarte. El otro día en la Plaza Loria, al costado del Soñador de la Montaña cuando nos tocaron las gotitas agujitas frías del río que venían volando desde el estuario supe que eras vos y no pudimos completarnos. La luna era negra y hasta que renaciera el cuarto creciente la vida no debe apurar su salida. La piel falsa tejida no nos dejaba vernos. Y ahora finalmente nos hicimos agua juntos y nos mezclamos. Ahora nos vemos. Al fin.

Empezaba a comprender con lentitud. Salía de la rigidez y me ablandaba todo de nuevo. Volví a sentir el fuego del cielo quemándome la piel cuando no hay viento y eras vos que me quemabas.

-¿Por qué tenemos esta forma?

-En algún momento te saliste de vos y te hiciste hombre para caminar como ellos por tierra seca y sentir lo creado como ellos lo sentían. Y te fui perdiendo. Te perdiste en su obsesión de construir otros mundos parecidos al mundo y creíste que podías parcelar el tiempo y dominarlo. Como ellos. La espesura del agua se te hizo sangre y esperma y músculo, te hiciste hueso y te pusiste pieles de hilo, le arrancaste la piel a nuestras hijas para cubrirte del frío, vos, justo vos que jugabas a enojarlo porque nunca pudo congelarte.

-Me había olvidado.

-Pero ahora ya no importa porque nos encontramos.

-¿Cómo me encontraste?

-Me preocupé cuando los caburés ya no me decían donde andabas y salí a buscarte. Fui el primer Surubí, alma que fluye con piel sin escamas, para preguntarle a los pescadores si te habían visto y me hice yaguareté para caminar la selva hasta donde me dijeron que te vieron. Que eras igualito a mí pero más rebelde y juguetón, menos azul, me dijeron, y más cobre. Me indicaron que siguiera el camino del fuego por el cielo y atravesé los montes y las picadas. Mi piel dibujada de mil ojos negros en fondo de oro los encandilaba. Algunos me adoraron, me imitaron y a cambio de tu huella les enseñé a alimentarse, a esconder las toneladas de músculo vivo en la selva. A aparecer sólo en el salto final, en la fauce clavando la aorta del cuello de la presa. Otros que ya se vestían de pieles de hierro y plata me empezaron a perseguir y matar. Me hice mburucuyá para que me distinguieras entre todas las flores hermosas y te pude ver en toda tu hermosura bajando a pelo por las gargantas de la piedra y el volcán allá por el norte. Al final me quise zambullir en vos hecha pez sin escamas, para poder tocarte y me arrinconé fuerte contra el fondo de tu panza.

Pero ya no estabas. Entonces quise ser mujer, para atraerte a mi pecho. Filtré la arcilla colorada de las barrancas, escalé las raíces del sauce viejo, me hice savia y remonté las araucarias, te grité todos los crepúsculos del mundo en la voz de las chicharras para que no pudieras no escucharme, me largué a colonizar todas las palmeras de la selva y más allá bajo la escama suave de la verde piel –y azul, y roja- de las cotorras y los guacamayos…

-¿Eras vos también en las selvas mayas y el quetzal?

-En toda selva ando yo buscándote.

-¿Sos vos todas esas tardes raras en los parques?

-No en todos los parques, sólo en esos que el caos le escapa un poco a la supuesta perfección de los imitadores.  

-¿Cómo te llamás?

-Nosotros no hablamos, no nos nombramos, porque no somos diferentes ni diferenciables. No al menos en los términos que hablan estas formas humanas.

-¿Cómo te dicen ellos?

-Cuando les enseñamos sus primeros lenguajes y el fuego, y la pesca, y todo lo que sabían, me dijeron agua del urutaú y a vos, pariente del mar.

-Ahora entiendo esa dolorosa adicción por las escolleras y los acantilados.

-Porque tenemos que completar nuestro destino.

Y me besó la sombra de los ojos y aprendí a llorar de nuevo. Y me hice agua en ella cuando me inundó de sus fluidos, todo jugo vaginal, sudor y sangre. Me ablandó el músculo del sexo en sus cavidades, y fuimos uno y una, y otros todo de nuevo.

El grito del orgasmo me quebró la costra dura de la humedad en el pecho. La primavera trunca de largo invierno al fin se hizo deshielo. Abrió la caja de los huesos y el cuartucho de hotel se llenó de risas revoloteando en carcajada por los rincones, buscando en bandada alegre la salida en los haces de luz furtivos detrás de la sombra de la persiana.

Así me enseñó a amarla de nuevo.

-¿Por qué tenés el cuero duro y brillante?

-Me fui endureciendo hasta encontrarte. Al principio me adoraron con miles de nombres. 
Los seducía mi audacia, mi astucia, la destreza en la caza y el combate, los aterraba mi tormenta en la defensa de las crías. Pero llegaron otros de muy lejos. Se fueron filtrando de las aguas y las lianas, bajaron el fuego del cielo y nos quemaron vivos, empuñaron el corazón de la montaña y nos cortaban en partes. Nos obligaron a vivir en dibujos de piedra y cemento, taparon los cielos y cagaron las aguas sagradas. Trajeron esta lengua en la que hablamos aquí. Me mataron mil veces y mil veces renací. Me pusieron vestidos brillantes y absurdos, me hicieron madre de un hijo muerto en una cruz. Tu última madre me rezó en una casita de cemento frente al Parque Rivadavia para que nacieras sano y se lo concedí.
Te anduve buscando pero nunca nos encontramos a tiempo.

-¿Siempre fuiste vos en el olor de las tipas en octubre, volando en el calor del viento de la selva?

-Sí.

-¿Siempre fuiste vos en la espuma de la yerba caliente, en el sabor acogedor del estómago, en la nueva esperanza mirando el amanecer sobre las copas del Parque Centenario, por encima de los patos del lago, entrando por la ventana de la cocina?

-Siempre. Les enseñé a hablar con el viento en las tacuaras, en las cuerdas del arpa y la guitarra, te llamé mil veces en guaranias, suaves chamamecitos valseados, te grité fuerte y te sacudí esa noche en Vélez, cuando tu banda preferida rockeaba El Toro en la acordeona verdulera de tu conocido de Candelaria. Nos amamos mil veces cuando escuchabas al poeta garupeño entonando sus gualambaos esas noches de primavera en el mágico barrio de Cortázar.

-¿Pero por qué en Buenos Aires, amor?

-Ese nombre feo le pusieron los conquistadores, nuestra gente nunca habló así. Aprendimos hace mucho a desconfiar de los españoles. Aunque usemos sus palabras, nunca nos entregamos. Los primeros caminantes desnudos –no los que nacen de huevos sino los primeros que nacieron del huevo de la panza de sus madres y comieron de sus pechos- le pusieron un nombre práctico,

Ysyry rape ñuaiti

-Ruta de agua que se encuentra, recuerdo. Quisimos recordar la forma de volver al corazón de la selva sin perdernos.

-Se oyó después que le decían mokoi ysyry oñoguaitiramo

-Algunos se dieron cuenta que las aguas corrían sintiendo lo mismo que nosotros nadando en ellas y recordaron con nostalgia las dos aguas que se encuentran.

Ahora recuerdo todo. Ella vino a mí como canto de calandria, nostalgia de sauce y piñón de araucaria, como templo maya y teja jesuítica, vino en cada alegría triste de verano, en cada campanilla lila de jacarandá, se hizo larga serpiente de río para rozarme los pies y blindarme la piel.

-Me endurecí la corteza lo más que pude para aguantarme el desgarro de la muerte en vida de las trabajadoras que paren el mundo de sol a sol en los campos y las fábricas buscandoté… soy lapacho y mbói jagua para sobrevivir y abrazarte.

Desde el otro río ancho y amarillo, al otro lado de la esfera girante se hizo dragón con las alas imaginarias de los primeros poetas chinos y surcó los glaciares helados para entrar en las pesadillas de vikingos y gaélicos montañeses, hasta ser serpiente de quetzal y hablarme en la memoria de los bardos náhuatl, en la vía láctea de los fogones y las danzas lisérgicas de la selva, la pampa y el desierto, hasta llegar a mí en los papiros y los papeles de la corteza de nuestros serruchados hijos.

-También fuiste vos aquellos atardeceres estallando sobre las mezquitas árabes y los cuarteles de Palermo…

-… y en los crepúsculos poéticos en medio de la barbarie descompuesta del patio de una escuela de Villa 3…

- …fueron tuyos los ojos en cataratas frente a aquél mural lleno de muertos luchando para salir del incendio en Plaza Once y señalar a sus asesinos…

-…pero también la sensación de río desbordando -te acordás- cuando nos estirábamos por el pasto y la tierra colorada, trabando fuerte todo tobillo para evitar el gol y saliendo rápido con pelota dominada, limpios y sin falta escarpando la punta derecha a toda velocidad de diez añitos recién cumplidos y la gambeta para afuera, sobre la raya blanca y la alegría estallando el pecho y los tímpanos llegando al fondo con el último aliento, el corazón golpeando para salir cuando el pie se abría para empujarla a la red en vez de tirar el mismo centro de siempre y las tardecitas de sol y amigos eran al fin perfectas en ese abrazo de victoria…

-¿…y las estaciones de tren…

-… y tantos cementerios en ruinas.

Ahora que somos uno, ella quiere que consumemos nuestro destino. Me empuja a morir definitivamente en las grandes aguas del este, volver a juntarnos con el agua madre –toda salitre toda gigantesca ballena toda paíño de Wilson- de la que salimos todos y todas alguna vez después del viento eterno. Quiere que seamos mar y océano y útero salado de la vida para abrazar a la estrella de fuego en el cósmico baile de la eternidad.

-Queda mucho por corregir, todavía, en este corto mundo –la contradije. Tenemos que seguir horadando las ciudades de cemento para limpiar el cáncer que nos destruye. Es nuestra obligación.

Me dijo que no iba a quedar nada en pié, que el tiempo iba a hacer su trabajo, indefectiblemente.

-¿Van a poder arrancarse del sufrimiento y conquistar nuevamente su derecho a gobernar?

-Siempre, por más heridos que estuvieran, se rearmaron y dieron batalla.

Finalmente la convencí de ser un poco más ahora, antes de no ser más nunca y de volver a nacer en el mar. Pactamos seguir encontrándonos varias lunas crecientes más. Ayudarlos a encontrar la salida del frío y la humedad, sostenerles el verano hasta que sequen sus lágrimas de ajuste.

Retomamos nuestras formas humanas de relojes y corpiños y caminamos erguidos nuevamente. Acostumbrados a correr en paralelo, nos despedimos en la Plaza que nos encontró, ella tomaría el surco subterráneo sin agua que corría paralelo al viejo arroyo de las Naves, hasta alguna colmena de cemento en el sudoeste; yo me sumergí a correr en el vagón de metal pintado de punzó, hasta el lago del centro del universo, duplicando en los mapas el camino que vengo haciendo desde el origen de las selvas.

Ahora veo todo con claridad. Cuando bajé en Ángel Gallardo comprendí de nuevo el llamado cotidiano de esas imágenes en la cerámica de las paredes.

Esta ciudad mal bautizada, mal encallada de cemento en el lodazal, represa gigante que sueña detener el fluir correntoso del río y enterrar la paz eterna de la laguna, cajón del cielo y puerto del desamparo, no podrá nunca borrar del viento el nombre que los poetas interpretaron sabiamente, de los sueños de sus diosas de agua, pe tenda umi ysyry ojotopahape ojapo hagua mborayhu.


Que nadie lo desmienta, hasta que el cemento vuelva a disolverse en la vida, y la vida vuelva a ser digna de llevar ese nombre.

[Intervención de Marcia Schvartz Clementi]