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miércoles, 16 de abril de 2014

Pasaje a la Libertad

Reflexiones sobre el Pésaj y la Pascua

En nuestro calendario, la Pascua competía en importancia con las Fiestas de Fin de año, de Navidad hasta Reyes. Recuerdo la primer movilización colectiva y callejera que me llevó mi madre fue un Domingo de Ramos, desde la Plaza San Martín hasta la Plaza 9 de Julio y la Catedral, en Posadas. Cientos de personas balanceándose al caminar, despacio, cantando alabanzas que sonaban huecas, como fórmulas repetidas pero carentes de sentido, y alzando ramitas de laurel o de palmera como quien lleva un estandarte.
Los más viejos recordarán que las familias eran exhaustivas en la prohibición de comer carnes rojas, habilitando a pescaderías y panaderos un sinfín de reemplazos y haciendo universal la empanada gallega.
La ciudad, de luto. Empezando por sus millares de Iglesias. Se bajaban los santos de su lugar o se los tapaba con fieltros negros, las fachadas, atrios, altares y demás se llenaban de crespones negros de todos los tamaños.
La alegría y el desparpajo del nacimiento de Cristo en diciembre se acababan rápido, para meterse en una ola de luto en el recuerdo de su muerte de abril o marzo.
Mientras la relación del Vaticano y el Estado argentino sigue igual que siempre, y estas fechas propias de un culto religioso privado se mantienen como feriados nacionales, la pérdida de seguidores y creyentes en las filas del catolicismo le ha ido quitando sentido a la celebración, al menos para la gran mayoría de la población, que hoy la entiende como el último fin de semana largo antes de las vacaciones de invierno y la época de los huevos de chocolate y las Roscas de Pascua.
Sin embargo, quizás se trate de la celebración con mayor cantidad de significados de todo el calendario. Desde sus orígenes como ritual agrícola hace 8 mil años hasta la traición de los obispos al cristianismo original en el Concilio de Nicea del 325, que la insatauró como fiesta oficial del catolicismo, pasando por el Pésaj original, sus múltiples significados fueron el producto de luchas históricas pero olvidadas de los pueblos oprimidos de la antigüedad. Este recorrido pretende desenterrar lo mejor de una celebración de la lucha por la independencia y la libertad.

El renacimiento de la vida
La mayoría de los rituales calendáricos religiosos tienen su origen en la necesidad elemental de organizar el trabajo colectivo de poblaciones muy dispersas en el espacio, que rara vez se conectan entre sí, y que no tienen ni herramientas de comunicación (caminos y carretas, no ya teléfonos) ni un sistema educativo centralizado de masas.
Póngase ud. en la incómoda posición de la clase dominante que tiene que garantizar el cumplimiento en tiempo y forma de las tareas agrícolas de millares de campesinos, no sólo para sostener la producción de alimentos de la comunidad entera (la base de su subsistencia) sino lo que es más importante para ud.: la única forma de conseguir su sustento, producto de la explotación de parte del trabajo ajeno contenida en el tributo del campesino.
Piense que ha privatizado de tal forma el conocimiento que no cuenta con un sistema escolar centralizado que desde los 5 años machaca con conceptos elementales sobre cómo y cuándo se debe sembrar o cosechar de tal forma que cualquier adulto más o menos despierto sepa qué hacer sin que nadie se lo avise. Piense también que no tiene a su disposición los medios ni la tecnología para informar del evento con la anticipación suficiente para garantizarlo.
¿Cómo hace?
Los rituales cíclicos funcionaron en esas épocas como el sustituto de las escuelas y los medios de comunicación masivos. Bastaba repetir durante unos años la práctica de juntar  toda la comunidad en alguna variante de evento festivo, celebración o duelo, para que en las cabezas de los campesinos se imprimiera la costumbre cíclica y la repetición.
El origen más remoto de la Pascua católica -y del Pésaj judío del que es heredera-, es, sencillamente, un ritual agrícola. Porque en esa parte del hemisferio norte esa semana es la que marca el tiempo clave en esa tansición climática que es la primavera, desde las oscuras y frías temperaturas del invierno hacia las más cálidas y húmedas que permiten el florecimiento de las plantas, y por lo tanto, agitan las campanadas que llaman al campesino a la cosecha.
De ahí que originalmente se tratase -al contrario del presente luctuoso que le otogan judíos y cristianos-, de una festividad alegre, la celebración del renacimiento de la vida después de su paso anual por los reinos de la muerte.

La independencia del pueblo judío
Para los antiguos judíos la fecha tenía una doble significación festiva. No sólo se juntaban a celebrar el renacimiento de sus cosechas, la posibilidad elemental de comer y volver a vivir ellos y sus familias, también recordaban el momento más duro de su historia, aquel en que pasaron de la amarga explotación de la esclavitud en tierras de los faraones, construyendo sus pirámides y alimentando sus graneros con el sudor y la sangre de sus seres queridos, a la posibilidad de valerse por sí mismos y vivir de su trabajo. El pésaj hebreo era, además del llamado a la cosecha, el festejo de su propia independencia.
De allí el nombre de pésaj, que podemos traducir como pasaje, paso, en el sentido del esfuerzo necesario para atravesar una situación angustiante hasta la liberación y el renacimiento. La lucha por la liberación del pueblo judío de la esclavitud en Egipto no puede resumirse en la metáfora de las aguas del Mar Rojo y el Desierto. Un pueblo entero liderado por un funcionario del Estado del Faraón que consigue su libertad no lo hace con un báculo mágico, a la Harry Potter. Seguramente fue el producto de décadas de luchas, victorias y derrotas y crisis económicas o políticas las que terminaron obligando al Faraón a tener que elegir entre la libertad y el éxodo o una rebelión y la pérdida del poder.
El cruce del Mar Rojo, de las montañas sagradas del Sinaí y del desierto palestino simbolizan el enorme esfuerzo colectivo de un pueblo de esclavos huyendo de la muerte en vida y buscando su paraíso en la tierra.
Marquemos aquí la primer coincidencia entre el rito original y su nuevo sentido político: la lucha colectiva por la libertad contra el poder opresivo del Estado igualada con el renacimiento de la vida vegetal y animal de la primavera atravesando el largo reinado del mortal invierno.

Culpa y Pésaj
Claro que una vez pasados los siglos de la independencia del faraón las tribus de Israel gestaron sus propios explotadores, quienes sobre el trabajo de sus campesinos montaron su propia clase dominante y su consiguiente Estado. Como tantas otras en esos tiempos, las clases explotadoras judías legitimaron su derecho a vivir del tributo de los demás en una elección indemostrable pero muy convincente para esos años, el derecho divino. Convencieron a su propio pueblo de que el mismo dios que los había rescatado de Egipto había hecho un pacto con las clases gobernantes para que fuesen ellas quienes cobrasen el tributo y concentraran el poder, la riqueza, la sabiduría y, por qué no, una vida más holgada.
De eso se trató sin más el famoso encuentro de Moshe (Moisés) con el mismísimo dios en el monte del Sinaí, la frontera mítica entre el mundo de la muerte y la esclavitud -Egipto- y la Tierra Prometida de la franja Palestina. El propio dios se habría tomado el trabajo mundano, reservado a los obsecuentes escribas, de poner de su puño y letra las más de 200 leyes que rigieron al Estado judío en sus orígenes y que sólo los más fervientes religiosos siguen respetando hoy en día.
Y al modesto ritual del renacimiento agrícola, la poética bienvenida a la primavera y la independencia se le adosó la celebración del nacimiento de la explotación sagrada del pueblo judío en manos del Estado judío. De ahí viene esa molesta carga espiritual que los poderosos de Israel imprimen en su pueblo recordándole en cada Pesaj el sufrimiento y la tortura atravesada por Moshe y los suyos en las penurias del desierto para que sus herederos pudiesen “disfrutar”... del pan sin levadura... que ellos mismos fabricaban.
¿Será que la famosa culpa judía no tiene su origen en las yddishe mamme sino en la opresión de los explotadores fundadores del Estado para recordar y atormentar a sus campesinos oprimidos a quién le deben la vida?

La independencia del Imperio
Faltaba un capítulo más antes de enterrar el viejo sentimiento de fiesta y alegría de la nueva vida en este ritual. Y vino a completarlo probablemente el individuo con mayor influencia en la historia mundial de todas las épocas, Joshua ben Nazareth, mejor conocido como Jesús de Nazareth, el hijo del carpintero.
Si hemos de creer a los historiadores que osaron confrontar las verdades bíblicas, Joshua se había formado como rabí, es decir, como especialista en el conocimiento de la voluntad de dios inscripta en los antiguos textos sagrados. Judío de nacimiento y crianza, Joshua habría militado en un grupo político-religioso que, al interior del judaísmo, defendía una interpetación de la voluntad de dios que contradecía la interpretación de los gobernantes del Reino y establecía la necesidad imperiosa (y lógica si uno lo piensa un poco), de que “el Pueblo Elegido” por el único Dios del Universo, no debía seguir siendo una miserable colonia pagando tributo y pleitesía al Imperio Romano, regido por otros dioses muy diferentes.
Está demás recordarle al lector que en un Estado Teocrático, es decir, gobernado bajo la voluntad de un dios o un conjunto de ellos, la religión es, al mismo tiempo, el orden jurídico y legal. O sea, que política y religión no van de la mano, son lo mismo.
La diferencia de interpretación de las escrituras era, sin más, la ruptura política con el programa del Estado judío y las clases que vivían de él.
Tampoco fue Joshua el primero en encarnar esta faceta. Una lectura detenida del Antiguo Testamento alcanza y sobra para demostrar que todas las grandes crisis y cambios políticos en el Estado judío fueron atravesadas por la aparición de Profetas, individuos que entraban en contacto directo con dios, quien tenía la costumbre de valerse de ellos para corregir las interpretaciones incorrectas que los gobernantes de turno hacían de sus palabras sagradas escritas en la piedra del Sinaí.
No es casual entonces que el grupo de subversivos que seguía al Cristo escogiera la fecha más importante de Israel, el ritual económico, político, religioso y social del Pésaj para imprimir en su base social el llamado a la toma del poder. Después de peregrinar por todo el territorio desarrollando el contenido de su programa en concentraciones de masas que el Nuevo Testamento llama “sermones” y que en el siglo XIX los miliantes socialistas llamaban “mitines”, Jesús decide entrar a la capital del Reino, Jerusalém, una semana antes del Pésaj, en un alarde de audacia y confianza en su propia capacidad de movilización. Muestra de que su programa de independencia política e igualitarismo habían calado en lo más hondo de las masas empobrecidas y explotadas, fue el propio Domingo de Ramos. Las palmas y los laureles lejos de ser los fetiches que identifican al católico en una aburrida movilización dominguera, eran las palmas que el protocolo oficial romano exigía del pueblo llano para saludar con honores a los grandes y poderosos en los días de fiesta, con ramas de laurel, atávico símbolo de poder y gloria eternas en la región del Lacio.
El pueblo saludaba a su Libertador en su entrada triunfal a lomo de asno a la sede del poder. El pueblo lo animaba a concretar su prédica. Se trató de una demostración de fuerza que anticipó, obviamente, el complot contra el caudillo y sus seguidores.
No era una ironía la inscripción INRI, Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum, Jesús de Nazareth, Rey de los Judíos, en lo alto de la cruz, expresaba el verdadero motivo del asesinato estatal.
Pero antes de su muerte, Joshua tuvo tiempo de asaltar el Templo de los Templos, el famoso Templo de Jerusalém, que concentraba las riquezas de miles de almas que llevaban allí sus “ofrendas” a dios, que los sacerdotes administraban como impuestos y ponían a circular en las diferentes formas que el dinero y la riqueza asumían desde tiempos remotos. Jesús aparece en la propia Biblia en su forma menos beata, destrozando los puestos de compra-venta, de cobro de impuestos y de préstamos usurarios que funcionaban en la mismísima “casa de dios”. Seguramente no lo hizo sólo, ni ofreciendo la otra mejilla. Seguramente fue la primer demostración de las masas de cuál consideraban su enemigo principal y qué estaban dispuestas a hacer para derrotarlo.
Jesús reclamaba la libertad de los pobres de la carga impositiva y la explotación al mismo tiempo que la libertad del Imperio que los obligaba a duplicar esa sangría. Pero también reclamaba la reivindicación del sentido original del Pésaj, la celebración de la independencia de todo Estado extranjero.
Después, lo conocido por todos, la traición de uno de sus propios capitanes, la emboscada nocturna en el Huerto de los Olivos de la patrulla imperial, su desaparición forzosa y la ejecución.
Los romanos prenden a Cristo y el mismo día de Pésaj lo ejecutan sumariamente, cumpliendo con el Código y el Emperador, para que toda la colonia sepa lo que Roma tiene preparado para quienes osen discutir su poder.
Y así Jesús y los suyos, o en sentido estricto, las masas rebeldes judías en su sublevación contra Roma, grabaron en la Pascua un nuevo aspecto, la celebración de su coraje y orgullo para rebelarse contra el poder opresor.
Porque la historia mágica de la Resurrección de Cristo al tercer día es la forma mística que los continuadores de la rebelión encontraron para explicar el crecimiento y desarrollo fabulosos que tuvieron las ideas de Joshua después de su ejecución. La aparición del Espíritu Santo llamando a los apóstoles a continuar con el Evangelio en todas las froteras del Imperio, hasta en la clandestinidad de las catacumbas de la propia capital imperial, no es más que una metáfora algo rústica para encubrir la decisión de los cuadros políticos del movimiento anti-imperialista para continuar la agitación en todas las colonias del Imperio. Cuarenta años después de matar al líder, Roma tuvo que enviar a sus mejores soldados para demoler e incendiar media Jerusalem, incluído el famoso Templo, ahora símbolo de la lucha contra el poder, como medida extrema para intenta sofocar una rebelión que lo superó. Las guerras juedo-romanas y la historia de Jesús de Nazareth son parte del mismo proceso histórico.
Para ser justos, la Historia debería enseñar a los adolescentes que Cristo no se transformó en la figura más importante de la Historia Occidental por su prédica religiosa, sino porque acaudilló el movimiento de las masas explotadas más fabuloso de la Antigüedad, que se plantó contra el Imperio antiguo más desarrollado en el espacio y el tiempo de que se tenga memoria escrita en esta parte del mundo.
En este sentido, el de la estructuración de un movimiento político clandestino que disputó el poder del Estado Imperial, es que Federico Engels escribió que los cristianos fueron los primeros comunistas.

La Pascua del Vaticano
Pero como la Historia la escriben los que ganan, con los siglos, fueron los emperadores romanos del siglo IV los que decretaron la forma de recordar la muerte de Jesús. Para salvarse de la ira popular en medio de la crisis terminal del sistema esclavista, decidieron cooptar a los dirigentes cristianos, concederles una parte del poder y la riqueza con tal de amansar el justo y dolido reclamo de libertad, igualdad e independencia. Fueron los herederos de los primeros dirigentes cristianos quienes aceptaron el convite y escribieron el último capítulo de la Pascua.
En el año 325, en la ciudad de Asia Menor en ese entonces llamada Nicea y actualmente Iznik (Turquía), el emperador Constantino organizó a los dirigentes de las facciones cristianas en un congreso (el primer Concilio de Nicea) para obligarlos a ordenar las jerarquías y el programa de la Iglesia Católica en función de su nuevo rol como defensora y garante del poder imperial. Entre otras cosas los obispos se dedicaron a meter mano en la doctrina original de Cristo, ya que no se podían sostener más las apelaciones a la igualdad económica, la diatriba contra los ricos y poderosos y mucho menos el anti-imperialismo.
En ese Concilio se decretó la liturgia oficial de la Pascua (palabra griega similar al Pésaj) y su celebración diferenciada de la festividad judía.
Una vez declarada religión oficial y exclusiva del Imperio Romano, los papas y obispos deliberaron, estudiaron y corrigieron el programa político original. El Reino de los Cielos ya no habría de venir a instalarse en la Tierra, volvía a su lugar original en un futuro lejano e incierto, después de muertos, y quedaba restringido sólo para aquéllos que, lejos de demostrar su coraje y rebeldía contra el poder, se arrodillasen sumisos ante él, ante su dios convertido ahora en el propio emperador.
El orgullo y la ira, tantas veces promovidos entre los pobres para liberarse de sus cadenas y aguantar las peores torturas sin denunciar a los camaradas –ejemplo honroso dado por los miles de mártires cristianos en los calabozos y el Circo romano- ahora se transformaba en un pecado mortal y eterno que debía evitarse como la peste.
Ahora los ricos pasaban más fácil que los camellos por las cabezas de las agujas, como puertas del paraíso, porque ellos mismos ostentaban la riqueza y el poder de la religión imperial.
Llegaron a tener la impunidad y la hipocresía sin límite ni moral de tergiversar el asesinato del líder más querido, por el que tantos militantes habían ofrecido humildemente su propia vida, inventando el ridículo cuento de niños según el cual el Imperio no había tenido nada que ver con la muerte de Cristo.

Nunca hubo clavos
Ese increíble grupo de artistas que es aún hoy The Monty Python, tuvo la idea de hacer una de sus mejores películas sólo para hacer evidente el ridículo de la Biblia. En La vida de Brian (1979), los protagonistas atraviesan todo el guión entre dos penas de muerte concretas, cotidianas, pertenecientes a dos órdenes jurídicos distintos: la lapidación de la legalidad judía y la crucifixión del Código Penal romano. Y con ese modesto pero impresionante recurso, los humoristas se ríen de la Historia Oficial vaticana, ya que si hubiesen sido los judíos quienes juzgaron y condenaron a muerte a Cristo, el símbolo que identifica a la Iglesia Católica debería ser una piedra y no una cruz de madera.
Porque la pena de muerte del orden legal judío era la lapidación, es decir, colocar al condenado en un pozo para que todos los varones adultos de la comunidad se hicieran cargo y se comprometieran físicamente con la sanción del Estado, matando al pobre a tiros de piedra de corta distancia. Un ritual que dista mucho de la Crucifixión.
La crucifixión era la pena de muerte que el Código Romano (y recordemos que los romanos fueron los campeones en la obsesión por reglamentar en detalle los castigos con respecto a los delitos, o sea que nada era casual entre ellos) destinaba exclusivamente al delito más terrible, el de subversión contra el Emperador. Difícilmente Cristo haya charlado con ladrones o delincuentes menores en lo alto de la cruz, sólo podría haberlo hecho con condenados por el mismo delito que él, es decir, sus compañeros en el complot.
¿Y por qué la cruz? Sencillamente porque era la condena más horrible que la inteligencia romana había diseñado para generar verdadero terror entre los que fueran testigos.
Resulta que mal que le pese a Mel Gibson (director de ese bodrio sangriento que fue La pasió de Cristo, de 2004) y el papado, la corona de espinas, los clavos y toda indicación de derramamiento de sangre no tuvieron nada que ver con la muerte de Jesús. La crucifixión provoca la muerte por asfixia, lo que las fuerzas de seguridad argentinas han popularizado como “ahogo seco”, aunque ellos no pueden usar enormes cruces y se limitan a modestas bolsas de polietileno enrolladas al vacío en las cabezas de los miles de jóvenes asesinados por “excesos” o “apremios ilegales” en las comisarías de nuestro país.
La postura de los brazos por encima de la cabeza y la imposibilidad de sostener el tronco sobre las piernas (los romanos quebraban las piernas de los crucificados) hacen imposible que ningún músculo sostenga al diafragma, ese pedazo de fibra que actúa como un fuelle, ensanchando y contrayendo los pulmones para que de esa forma absorban aire o lo expulsen. Si el diafragma no puede sostenerse en otros músculos del torso, simplemente deja de trabajar, se detiene, y al hacerlo hace imposible que el pulmón tome aire.
Como comprenderán, ahogarse porque el diafragma no puede moverse debe ser una forma de morir terriblemente angustiante, porque el cerebro mantiene la conciencia en todo momento y lucha sin saber por enviar todas las órdenes necesarias. El individuo “intenta” respirar y no puede. Seguramente se vuelve loco antes de morir.
Por lo demás, es un proceso muy lento. Esta muerte puede durar semanas en los físicos más resistentes. Semanas durante las cuales la desesperación debe provocar estados de desesperación increíbles. Por eso los crucificados eran colocados en elevadas cruces a lo largo de caminos principales o bien en puntos elevados del terreno, para que todo el mundo pudiese contemplarlos y “aprender” las consecuencias de enfrentarse al poder imperial.
Cuando sofocaron la rebelión de esclavos más importante de su historia, el Emperador plantó más de seis mil cruces con hombres, mujeres, niños y ancianos a lo largo de la principal ruta de entrada a Roma. Dejó que los cadáveres se pudrieran a la inemperie y sólo los removieron cuando el olor se hacía insoportable para los viajeros de mucho dinero.
Por eso es francamente increíble que a los obispos se les haya ocurrido que engañarían al mundo con la historia de un procónsul romano como Poncio Pilatos lavándose las manos en el juicio de un tipo acusado de querer independizar una colonia del Imperio. Y mucho menos que los judíos lo hayan matado a la romana...
Los mismos traidores al cristianismo que se vendieron al emperador por mucho más que 40 denarios de plata inventaron la Pasión de Cristo, este absurdo peregrinar por la tortura física, donde Jesús se va desgarrando y desangrando entre las espinas y los latigazos, coronado por unos absurdos clavos en las muñecas que nunca lo habrían podido sostener durante el tiempo necesario para provocar la asfixia. Los clavos no eran necesarios, mejor ajustar bien alto los brazos con poderosas sogas que correr el riesgo del desgarro de la carne y la caída del miembro.
Toda esa parte tiene más que ver con la religiosidad del Vaticano durante el feudalismo. Se tomó de Platon la idea del dualismo según la cual las virtudes humanas estarían contenidas en el espíritu o alma, mientras que el cuerpo sería el recipiente de los peores impulsos. Así, el placer de alimentarse y la sexualidad, entre otros placeres de la carne, serían condenados al infierno eterno mientras que el estudio, la meditación y la oración serían las virtudes a perseguir.
Para la Iglesia Feudal el dogma de Cristo se había reducido a una cháchara sobre cómo el sufrimiento, la pasión o pathos, era la única forma de alcanzar el cielo, a dios, el paraíso. Si “el cuerpo es la cárcel del alma”, la liberación deberá pasar por la destrucción del cuerpo. Literalmente. Eso simboliza toda la sangre de la película de Mel y del Nuevo Testamento: Cristo llegó al grado máximo de virtud, a la posibilidad de ascender a la diestra de Nuestro Señor Padre Todopoderoso porque se despojó literalmente de todo lo que lo hacía un modesto ser humano, su cuerpo, sus necesidades más elementales, sus placeres más cotidianos. También justificó durante siglos la condena a muerte de los y las herejes quemados/as vivos/as en la hoguera, ya que ese extremo dolor “purificaría” al espíritu de sus pecados terrenales...
Claro, esto venía al dedo para una Iglesia que promovía entre los campesinos más miserables del mundo, los de Europa Occidental después de la caída del Imperio Romano que durante cuatro siglos sufrieron el aislamiento de las principales rutas de comercio y las guerras intestinas de los señores feudales, su máximo odio y brutalidad, las virtudes de aguantar la explotación y el sufrimiento como paso necesario para ganarse el Cielo, después de muertos. Ahí nació lo de la otra mejilla y el pacifismo de Cristo, y también esa idea tan popular de que “hay que sufrir para alcanzar lo que uno desea”.
Por eso también el Vaticano continuó la senda del luto, la muerte, el dolor y la culpa para su Pascua, como el Estado Judío hizo antes y después con el sufrimiento y la pasión del pueblo judío durante el destierro y el desierto. Para quienes no sufren porque viven de explotar las riquezas que produce el sufrimiento de los pobres, el sufrimiento es el camino necesario para la virtud. ¿Qué conveniente, no?

Sufrir o luchar
La Pascua, Pésaj o Semana Santa no dejan de ser fechas importantes. Aunque más no sea, el calendario oficial del Estado organiza la vida cotidiana de los millones que vivimos en este país. Para la economía del Estado se trata del fin del primer trimestre, el que marca la pauta y anticipa cómo va a ser el año. Las principales negociaciones paritarias intentan cerrarse antes de esta fecha con el objeto de poder pasar a las medidas más impopulares después de las fiestas. Inevitablemente, el feriado más extenso luego del receso del verano y antes de las vacaciones de invierno, obliga a salirse de la cotidianeidad, rompe la rutina. No es que obliga a la reflexión, pero al menos la permite.
Las dos iglesias estatales, la judía y la católica, llaman a usar estas fechas para reflexionar. Para ambas religiones se trata de que el individuo interiorice un sentimiento de culpa en honor al sacrificio realizado por ellos, por su Estado, por sus gobiernos, por sus dioses, en nuestro beneficio. Los ancestros pasaron por la esclavitud, el desierto y la Sloah para que tú estés vivo, sano y salvo. Les debes obediencia y respeto.
Tu propio dios se hizo humano (como si fuera rebajarse) y sufrió humillaciones, torturas y su propia muerte, para salvarte, para limpiar el pecado original que tu especie carga desde los orígenes del mundo, para que tengas una chance de alcanzar el Paraíso.
No hace falta ser especialista en psicología para saber que la culpa es un sentimiento nefasto que obliga a una dependencia emocional con otra persona. En boca de padres, madres y parejas puede ser dañino y terrible pero a su vez comprensible como parte de una cultura que nos obliga a construir relaciones basadas en la propiedad sobre las personas y no tanto sobre la libre elección de los vínculos. Uno o una puede llegar a perdonar tanto daño psicológico proviniendo de seres que fueron, a su turno, víctimas del mismo trato.
Pero en manos del Estado, es decir, de un entero régimen cuyo objetivo es la sumisión pasiva de los explotados/as y oprimidos/as es un acto criminal, imperdonable.
Tenemos la chance de elegir, sufrir o luchar, celebrar la lucha del pueblo hebreo por su libertad y los dolores y cicatrices enormes que esa lucha les generó, recordar la heroica lucha de los explotados y orpimidos del Imperio Romano de la que el cristianismo fue una parte importante, remover de nuestras costumbres esa nefasta idea de la resignación ante la tragedia, de la entrega sin lucha, del sufrimiento como parte necesaria de la vida, o seguir metidos hasta las orejas en un mar de sentimientos de culpa y obediencia.
Las crisis sociales como las que estamos atravesando tienen la virtud de hacer crujir en nuestras cabezas las reglas y costumbres que el Estado nos grabó. Crujen con la fuerza de la experiencia más dolorosa: el hambre, la pobreza, la enfermedad y la muerte de nuestros seres queridos, la descomposición insoportable del mundo que nos sostiene. Porque ninguno de los “beneficios” económicos y morales que el orden establecido nos prometió a cambio de nuestra sumisión se cumplen, todo lo contrario, el poder no tiene nada que ofrecernos.
Atravesemos entonces, este pasaje con la mente limpia de tanta porquería y encaremos la transición con la meta clara de ganar nuestra libertad, cueste lo que cueste, duela lo que duela.

domingo, 13 de abril de 2014

Fetichismo

Publicado el 28 de mayo de 2014 en Revista El Otro


-¿Sabés lo que extraño de ir a la cancha, Fede?
-La magia, Fede, la magia...
-No me vas a creer, pero es así. No te hablo de las cábalas, del “pensamiento mágico” que me critica la sicóloga, no. Te hablo de la magia, la de posta. No la del tipo que hace “trucos” con la mano y vos te quedas haciendo “ahhhh” con la boca abierta como un boludo, no. La magia de verdad.

-Te doy un ejemplo, Fede, para que lo entiendas. ¿Ves ese adoquín que está en la biblioteca?

-No, el adoquín de verdad, no, el que esta al lado, que parece un ladrillo de cemento roto, pintado de amarillo en el lado plano. No, boludo, ese es un pedazo de baldoza de los que tirábamos en el Argentinazo, lo agarré de Avenida de Mayo y 9 de Julio. Sí, de recuerdo, ¿qué tiene?

-Eeese, sí, ése.

-¿Sabés qué es eso?

-No, pelotudo, no es otra de mis reliquias de recuerdos. Sí, ya sé, no me digas todo de nuevo, “no tenés que vivir en el pasado”, ya sé, tenés razón...

-No, en serio Leo, dejate de joder, “uno pesca con lo que encarna”.

-¿Esa es de tu abuelo también?
-Dale, no jodas, tenés razón, pero eso es un pedazo de los viejos palcos de La Bombonera.
-¿Te acordás?
-Los mandó demoler Macri, en una de las primeras cosas marketineras que hizo. Puro maquillaje. Pero estaba bien, esos palcos eran una ratonera, calurosa en verano, una heladera en invierno, lo que se dice una reverenda cagada. Se veía para el orto de cualquier lado. Y la verdad que todos los hinchas creíamos antes de Macri que eran horribles. Pero nadie se imaginó ni en pedo demolerlos y construir otros.
-Sí, ya sé, no es por bronca contra el forro de Macri, ya sé que los palcos nuevos serán chetos pero son mucho mejores. Sí, la cancha mejoró. Pero no rompas las bolas, Fede, te quiero contar otra cosa, una vez dejame hacer la anécdota a mí, la puta madre.
-Es raro, los palcos del ´40, los originales, nos parecían una mierda, okey; y los nuevos son mejores, todo lo que quieras, pero igual yo sentí que me cortaban un brazo, como si hubiesen violado algo sagrado. Por eso de que La Bombonera es un templo, algo intocable, inmutable, eterno. Y viene este chabón y la trata como si fuese un edificio.

-No sé si tengo razón ni me importa Fede, te quiero contar otra cosa. Ese tema fue un maleficio, la cancha se vengó, la cancha se enojó.

-No. No, te digo, en serio, no me pegó mal nada, estoy hablando en serio boludo... sí... bueh. Ta´bien, cagate de risa... si querés bardearme, bardeame, pero si me escuchás... bueh.

-¿Ya está?

-¿Terminaste?

-¿Puedo seguir?

- En serio Fede, creeme lo que te digo, la cancha se vengó. Me acuerdo que fue el último campeonato que fui a la cancha. Yo dejé de ir poco antes de que llegara Bianchi, creo que con la tercera vez del forro de Menotti, que además de vendido de los milicos era un forro, con esa forrada del “achique” te dejaba a la defensa con un tipo sólo contra todo el ataque de ellos... Que nos comimos un humillante dos a cero con Riber, de locales, goles de Orteguita y Crespo, creo, y los hijosdeputa de la Barra Brava cantaban “nos metieron dos, les matamos dos” y fueron y mataron dos pibes de River en la calle Necochea, a la salida de la cancha y ahí dije “no vengo más, que se vayan a la puta que los parió, no vengo más”. Y no fuí más.

-Sí, fuera de joda debo ser yeta, porque salvo el campeonato del ’92, el del gol famoso de Gardelito Medero a Platense, con el maestro Tabárez, después me morfé mil bodrios y me perdí la era Bianchi, la gloriosa, no esta verga dominada por Juan Román “camarilla” Riquelme, de ahora, nada que ver.

-Pero ese campeonato hice una excepción y volví. Volvió el Diego, trajimos al pájaro Caniggia... qué se yo. Era la primera parte del año, en mayo de 1996. Estaba el Narigón Bilardo, otra cosa que olfateó bien Macri, los hinchas hacía rato que le teníamos ganas al Narigón, el bostero de los 70 a los 90 era bilardista, todo el mundo lo sabe. No te puedo decir cómo piensan los bosteros hoy, pero en esos años éramos bilardistas y punto.

-Arrancamos las primeras fechas jugando de locales, en Vélez, con la camiseta de olan. No me olvido más creo que contra Ferro, uno a cero muy feo, gol de cabeza de Fabbri y a colgarse del travesaño, algo así.

-Bueh, resulta que el 5 de mayo -no me olvido más-, reabríamos la cancha, de locales, contra Gimnasia de La Plata. Partido fácil. El partido era una excusa, el tema era el estreno de los palcos nuevos, Fede. Ese domingo estrenábamos los palcos. Creo que los hizo en 6 o 7 meses. Macri, el eficiente, ¿viste?

-Sí, claro, así nos mete waskazo ahora.

-Sí.

-Claaaro.

-Bueno, resulta que estábamos todos fascinados, no sabés, la cancha hermosa, nos sentíamos en Europa y todas esas boludeces que se dicen en la popular en casos así. Pero viste cómo es, salen los equipos a la cancha y te olvidás de todo, los palcos te chupan un huevo, volvés a la realidad, el campeonato, ganar, y todo eso.

-Nos pintaron la cara, Fede, 6 a 0, Fede. Fue un paseo. Seis goles. A Bilardo, con una defensa con Fabbri, el horrible Fabbri, pero encima de vuelta, en el retiro, lento y sin ideas. Y con el colorado Macállister, una fotocopia devaluada de Hrabina que vendía mucho humo, le gustaba el micrófono, pero eso sí, talaba y raspaba como un condenado a muerte que no le importa nada.

-Con ellos jugaban los mellizos Barros Schelotto. Sí, imaginátelos así, ladinos, provocadores, ventajeros, pero multiplicados por mil, porque tenían la arrogancia y la impunidad de la juventud, Fede, tenían veintipico. Unos soretes, unos diablos. Guillermo lo volció lo-co al colorado Macállister, LO-CO, ¿me enendés? LO-CO!!

-Perdón, perdón, es que me acuerdo y me emociono. Sí, porque fué impresionante Fede, lo que jugó ese muchacho! Lo que corrió, gambeteó, encaró, habló, chicaneó, puteó, pegó... estaba endiablado, no hay otra manera de explicarlo, estaba poseído, Fede, po-se-í-do.

-No me acuerdo si Bilardo lo sacó a Macállister o si lo terminaron echando, pero me acuerdo de que lo seguía puteando al mellizo incluso en las declaraciones en los vestuarios para el programa de Fútbol de Primera... sí que me acuerdo, boludo, con Macaya y el otro tarado, el que decía “qué culo por dios” y relataba como el ojete.

-Porque lo volvió loco al colorado... pensar que el colorado ahora es candidato en La Pampa con el Pro... qué país. Seguro que ya sería garca cuando jugaba... por eeeeso.

-Estaban todos los condimentos, Fede: los palcos nuevos, la inauguración, los fuegos artificiales comprados, el convidado de piedra.. y nos meten seis, y encima los de Gimnasia contra el Narigón. Completita, Fede, completita. Pasó algo rarísimo, el quinto lo hizo el Beto Márcico de penal, pidió disculpas y toda la hinchada de Boca lo ovacionó, nene, cinco a cero abajo, muy raro. Si hasta me acuerdo que me dí vuelta, me agarré la cabeza, en un momento tuve como una epifanía, viste, y le tiro al de al lado: “¡es un cuento de Fontanarrosa, estamos en un cuento de Fontanarrosa!!”

-Jajajaja... sí, sí, totalmente, los negros me miraban con cara de “¿quééé´?”, no entendían un pomo...

-Pero era posta, y ahí me dí cuenta: era la cancha, la cancha nos lechuceó el partido, nos clavó 6 goles, endiabló al Guille, lo poseyó, lo obligó a hacer lo que hizo. Porque todo el mundo se acuerda de un seis a cero de local, Fede, vos lo sabés muy bien, es la cifra mágica, la goleada eterna e imborrable. Mirá vos, pasaron cuántos años, casi veinte años, diecisiete, y me acuerdo como si fuera hoy, Fede, el sol brillaba impresionante, el verde del pasto te lastimaba los ojos, me acuerdo la sonrisa malévola del Guille, la pelada del colorado y sus bracitos con las mangas de la remera que le llegaban a los codos, el siete en la espalda sobre la azul marino y el fondo blanco... todo.



-Y ahí me avivé, la cancha se vengó de que la arruinaran.


-Pero es La Bombonera, viste, en algún momento se vé que se le pasó, se adaptó, o se resignó y volvió a pensar en nosotros, en que no podía joder a Boca, a su club. Se vé que por eso el Guille terminó jugando con nosotros, porque ese día aunque nos reventó, creo que todos pensamos lo mismo: “es un hijodeputa, pero qué lindo sería que juegue para nosotros”. Y es así, se ve que La Bombonera lo obligó a firmar para nosotros y devolvernos multiplicados por mil los seis goles de mierda que nos metió ese día.
-Por eso te decía, Fede, extraño la magia de ir a la cancha...

domingo, 16 de marzo de 2014

El mejor amigo del Flamenco

(crónica inédita de la serie SERIGRAFÍAS PORTEÑAS)


Crónica del tercer aniversario del tablao flamenco El Perro Andaluz, Bolívar 854, San Telmo, Buenos Aires

Quiso la casualidad -o la magia- que conociera el Flamenco en vivo y en directo por primera vez en mi vida, justo el día que uno de los más importantes tablaos del género cumplía sus primeros tres años de vida. No es cuestión de andarse peleando ni ofendiendo a nadie pero digamos que para los artistas del Flamenco en la ciudad -y muchos del extranjero- se ha convertido quizás en el más amado.

El lugar, de noche, parece sacado de la cabeza de Cortázar: por afuera, da la impresión de ser un pequeño boliche de esos que abundan en San Telmo, con el espacio suficiente para divertirse en medio de la asfixia, sin embargo por dentro es enorme, como un viejo bodegón porteño de esos que no existen más. Su pared sur conserva una diversa gama de ladrillos rojos de diversos tamaños y formas, lo que evidencia un origen colonial.

Vaya a saber para qué se construyó originalmente y quiénes la habitaron durante quinientos años, pero hoy aporta su magia al tablao. Algó habrá en ella del sudor de los esclavos que la construyeron, las pisadas de los criollos que la fatigaron con sus comercios, sus amores, sus luchas, de los ricos que las habitaron en el despilfarro como de los miserables inmigrantes que las okuparon cuando la fiebre amarilla transformó al barrio más oligárquico de la ciudad en el más proletario.

Se nota claramente por qué los artistas flamencos porteños adoran este lugar: el centro, el corazón, el ambiente más importante, más cuidado, más mimado, no es la cocina ni el espacio destinado a los ocasionales “clientes”, es el escenario: amplio, generoso, con la acústica y las luces exactas, con la disposición y la consistencia que la artista que lo concibió, la bailaora María de la Paz, habrá soñado desde vaya a saber cuándo.

Es extraño reseñar un espectáculo de una cultura tan importante y extraña para alguien que la ve por primera vez. Conozco el Flamenco como la gran mayoría de la población medio culta de esta ciudad: de haber escuchado temas sueltos, alguna vez un CD comprado al azar de (Paco de Lucía), algún amigo o amiga que te hizo oír algo alguna noche y no mucho más. Nunca estuve en Andalucía y nunca tuve la guita para pagarme una entrada cuando vino Camarón o el recientemente fallecido mago de la guitarra.

Pero la experiencia del cante, las palmas y la caja al compás frenético del zapateo, esas guitarras que entreveran miles de años de desiertos, luchas, sueños y lágrimas, guitarras que parecen tejer los hilos de una manera extraña, en un lenguaje que nos suena absolutamente ajeno pero que por algún motivo se nos mete en la sangre.

Esa experiencia no se puede tener viendo un video por youtube, por más buena onda que uno (o una) le ponga.

Entre más de cien concurrentes creo que era el único neófito, y como todos/as parecían amigos/as de la casa, bailarines, músicos y cantaores/as, me sentía más raro, como un bicho. Los “óles” caían todos en el mismo compás, el aplauso, las bromas... parecían ocultar un código para “entendidos” que se me escapó toda la noche.

Soy incapaz de decir si lo que vi fue el mejor o el peor Flamenco de la ciudad, pero puedo reconocer que todas las voces que escuché esta noche me emocionaron, en particular la de una cantaora de la que ignoro el nombre, quien, fuera de programa, fue “presionada” por su amiga a subirse y acompañar con unas coplas.

Esta joven mujer sacó de su más profundo interior una voz llena de fuerza para cantar con una pena indescriptible que, para qué le voy a mentir, me arrancó las lágrimas, también fuera de programa.

Lo mejor de la noche fueron precisamente esos números fuera de programa. Ojo, se trata de gustos, no discuto el enorme valor estético del espectáculo montado antes, pero cuando entraron a subirse bailaores y bailaoras algunos con ropa de calle, y gente que se acomodaba como si estuviera en el patio del caserón del abuela, sin saberlo, se olvidaron del mundo y se entregaron a una fiesta pura de energía, alegría y entusiasmo que arrancó a todo el mundo del asiento y de la pose de espectador.

Quizá eso sea lo que los entendedores llaman “el duende” del Flamenco, ese momento único que no puede ser preparado ni planificado, aunque sí, desde ya, ensayado, buscado, perseguido...

Buenos Aires está viviendo una crisis cultural hace rato. La cantidad de gente con “pupila, talento y salero” para las más variadas expresiones artísticas que patean esta ciudad es enorme, increíble y, al mismo tiempo, es inversamente proporcional a la posibilidad que tienen para pulir su arte y mostrarlo.

La emoción de esta noche seguramente está relacionada con el esfuerzo de Paz y los suyos para mantener en pie El perro... parece increíble que por 40 pesos se pueda experimentar algo tan hermoso, de tal calidad y en cantidades industriales. Parece inreíble que esa sala no esté llena todos los fines de semana.

Sin embargo, si se mira bien, todo San Telmo de noche es, aunque parezca la meca cultural de una ciudad cosmopolita, una especie de museo donde ud. puede observar las más variadas expresiones culturales que alguna vez supieron ser masivas, en vías de desaparición.

Responsabilidad obvia de un sistema que, al revés de los artistas, piensa en ganancias antes que en experiencias emocionales. Está claro. Pero también, aunque menos evidente, de un mundo artístico fragmentado, aislado, narcisista, que no logra conectarse con corrientes profundas de la población, cantar y tocar sus sentimientos, o al menos convocarlos para eso y que prefiere la aventura de buscar una salida individual, esperando la mano del mecenas o del Estado, en lugar de la mucho más segura y dura vía de la organización y la lucha colectiva contra la dependencia del mecenas y del Estado.

Uno no es nadie para andar escribiendo estas cosas, ni los editores parecen creer en la necesidad de publicarlas, pero me meto de puro bruto y me permito confiar en que también entre esas y esos trabajadores incansables, proletarios de los sueños, la música y la danza, saldrán compañeras y compañeros que entenderán que el duende que se vió hoy en El perro lo lograron con la solidaridad de cientos de personas que, el resto del tiempo, actúan solas.

Ellas y ellos abrán encontrar los métodos y la templanza para que el Flamenco deje de languidecer y se transforme en la forma de expresión de miles de personas que necesitan gritarle al mundo su dolor, su orgullo, su pena, su lucha. Así se hizo mundialmente famoso. Así renacerá alguna vez. O al menos eso deseamos.

San Patricio en Malvinas

(artículo inédito de la serie SERIGRAFÍAS PORTEÑAS)

Sobre el nacionalismo irlandés

Todos los 17 de marzo los porteños nos empachamos de imágenes televisivas de cientos de personas emborrachándose en las tabernas del Bajo Retiro y para muchos esa es la única impresión que les quedará de una de las culturas más ricas e interesantes del planeta.

Se trata sin embargo de una de las celebraciones más extendidas por el globo, debido a la importante corriente de inmigración irlandesa de la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX. La terrible explotación del campesinado, por parte de señores feudales irlandeses e ingleses, llevó a una terrible crisis agraria que se extendió entre 1845 y 1852, provocando epidemias de hambre (que recuerdan como the Great Famine) que empujaron a la población de la pequeña isla a emigrar forzosamente a Estados Unidos, Argentina y cientos de otros países.

San Patricio, fallecido un 17 de marzo del año 460, es considerado por la tradición como el responsable de haber convertido al catolicismo a la gran mayoría de la población gaélica, descendiente de los pueblos indoeuropeos que poblaron la isla durante el Paleolítico y que conservaba una religión propia ligada al culto de las fuerzas de la naturaleza.

El catolicismo en Irlanda, como en otras regiones celtas, fue sufrido como la ideología del imperio romano invasor y asesino. Pero la conversión de la nobleza inglesa a las religiones protestantes lo transformaron en la ideología religiosa de la lucha por la independencia nacional, ya que la isla fue la primer colonia de Inglaterra, conquistada en 1171.

Otro símbolo característico de la cultura irlandesa también se debe a San Patrick, el famoso trébol verde de tres hojas, the shamrock, que la leyenda dice fue usado por el sacerdote para explicarle a las masas esa idea tan extraña según la cual dios es uno y tres al mismo tiempo, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

La lucha del pueblo irlandés –y de parte de su clases poderosas también- contra la explotación del Imperio Inglés ha sido parte inseparable de su vida cotidiana durante más de 700 años, hasta que el Ejército Republicano (IRA por su sigla en inglés) logró la independencia de Inglaterra y la instauración de una República burguesa en 1922, después de entregar a los sectores más radicalizados de las ciudades y el campo que buscaban algo más parecido a una República de Trabajadores, como recuerda la excelente película de Ken Loach, El viento que acaricia el prado (2006).

Para los irlandeses católicos (la gran mayoría de las clases pobres) del Norte de Irlanda, todavía sigue siendo la rebeldía contra los protestantes ingleses parte esencial de su vida, por eso quienes nacimos en el siglo XX identificamos al IRA como lo que terminó siendo: un grupo terrorista que combatió hasta principios del nuevo siglo colocando bombas en diferentes símbolos del régimen invasor.

Es por esta razón que el irlandés debe ser uno de los pocos pueblos cuyo folklore está marcado por las canciones de protesta, al punto que constituyen un género específico, las rebel songs.

Uno de los grupos de canciones rebeldes más famoso es The Wolf Tones, que curiosamente dedicó una canción en homenaje al Almirante William (Guillermo) Brown, fundador de la Armada argentina, nacido en 1777 en County Mayo, Irlanda y que dirigió los barcos de las Provincias del Río de la Plata en la guerra contra España y el Imperio de Portugal desde 1810 hasta 1826. Considerado el fundador de la Armada Argentina, Brown pasó sus últimos días en su quinta de La Boca conocida por los hinchas como Casa Amarilla. Se dice que su esposa, Elizabeth Chitty, inglesa y portestante, fue enterrada bajo la actual plaza 1° de Mayo, en el antiguo cementerio para protestantes del rosismo, en Balvanera.

La canción reivindica la lucha de 1806 y 1807 contra las Invasiones Inglesas, homenajea a San Martín y al pueblo argentino en su lucha por la “libertad”.

El nacionalismo católico de la banda es superado por su odio al imperialismo inglés y la denuncia de sus crímenes en todo el mundo. Antes de dedicar su estribillo a “Islas Malvinas Argentinas” (literalmente y en castellano), los Wolf Tones nos recuerdan que la colectividad irlandesa en Argentina es la quinta por tamaño de irlandeses fuera de Irlanda, producto de la inmigración de pastores de ovejas durante el boom de la lana de 1860 a 1873 y de cientos de miles los irlandeses que terminaron trabajando como obreros manuales en los trenes, debido a su manejo del idioma de los patrones británicos, y en las primeras industrias nacionales que nacieron después de la crisis de 1890.

La canción, que no menciona a los explotadores irlandeses y su rol en la opresión de su propio pueblo durante siete siglos ni el abandono de sus hermanos del norte, todavía bajo el yugo de la Corona, es un profundo llamado a los irlandeses de todo el mundo a no colaborar un segundo en el apoyo a Inglaterra en la cuestión Malvinas.  

Otra de las bandas folklóricas irlandesas más importantes, The Chieftains, publicó en 2010 un CD completo dedicado al Batallón San Patricio, que desertó en 1846 del ejército norteamericano que invadió México y terminó anexándose los actuales territorios de Texas, California y Nuevo México. El batallón decidió pasarse a la defensa de un país católico y sojuzgado por un Imperio heredero de los británicos y lo pagó con su vida, después de ser marcados con hierro candente y ahorcados el 13 de setiembre de 1847 frente a la Batalla de Chapultepec, en el mismo instante que la bandera yankee flameaba en la capital de México.

Valga esta semblanza para recordar la mejor tradición cultural de un nacionalismo progresista, que lideró al pueblo irlandés durante siglos en lucha por su independencia, al punto que se transformó en una especie de extraño internacionalismo que los unió con todas las naciones invadidas del planeta. Aunque sea para que los próximos 17 de marzo recordemos algo más interesante que el atávico abuso de los varones explotados de Irlanda por el whiskey y la cerveza Guiness.

domingo, 9 de marzo de 2014

Sirvientas, madres o cazadoras

Sobre el verdadero lugar de las mujeres en los orígenes de la especie humana

 

Es muy común que cuando se enseña la historia de la humanidad en los tres millones y medio de años que duró el Paleolítico, se explique en los manuales del secundario, que existía una división sexual del trabajo que permitía organizar la vida social y económica de las tribus y clanes. Según esta fórmula tan repetida, mientras los varones se dedicaban a tareas arriesgadas como la caza, las mujeres se quedaban con tareas de menor requerimiento de valentía y destreza como la de cuidar a niños/as y ancianos/as o juntar frutos y vegetales maduros del suelo.

Esta visión no es real, es producto de una serie de prejuicios típicos de las sociedades patriarcales y machistas nacidas en los últimos 5 mil años producto del nacimiento de la explotación de clases sociales ricas sobre poblaciones oprimidas, ya sea en economías agrícolo-pastoriles o industrializadas.

Su objetivo es el de justificar la opresión que sufren las mujeres en nuestra sociedad con un argumento “natural”: ya que “siempre” habrían ocupado un lugar secundario en la sociedad, casi como si estuviera determinado en nuestros genes.

Las personas más conscientes de este daño combaten esa idea recurriendo a los registros arqueológicos que muestran la existencia, desde el mismo Paleolítico, de un extendido pensamiento religioso donde se adoraban diosas femeninas relacionadas con la maternidad y por lo tanto con la creación de vida, lo que valía para convertirlas en proveedoras de todo tipo de alimentos, las “diosas madre”.

Si bien este argumento es correcto, y permite demostrar que las mujeres ocupaban un rol protagónico en la vida humana desde sus orígenes, termina contribuyendo a fundamentar otra imagen “natural” e incompleta del rol de la mujer en nuestro pasado como especie, ese rol que la encadena a su útero, a su capacidad única para engendrar nuevos seres. Así, pasamos de la mujer pasiva que junta manzanas mientras el macho caza, a la idea de que las mujeres tienen una importancia fundamental, pero siempre que sean madres.

Este artículo intenta contribuir en tan necesaria batalla llamando la atención sobre otro rol que las mujeres han ocupado en los orígenes, el de cazadoras y guerreras.

Para entender la mitología
El gran problema de conocer cómo vivíamos los seres humanos hace tres millones de años está en la dificultad para entender las pruebas que nos quedaron de esas épocas. Lo único que sobrevivió fueron las cosas que fabricamos de materiales que existieran el tiempo enterradas bajo varios metros de profundidad o en cuevas. ¿Cómo interpretamos herramientas y armas de madera petrificada, hueso o piedra? ¿Para qué servían, cómo se usaban?

Cuando arqueólogos e historiadores forjaron la idea de una división sexual del trabajo, lo hicieron trasladando sus propias concepciones sobre el rol de la mujer en la sociedad del siglo XIX (dependiente, secundario, atado al hogar, pasivo, etc.) a un pasado tan remoto que sólo podían imaginarlo.

Las concepciones sobre la importancia de rituales mágicos donde se adoraban “diosas madres”, al menos tiene la virtud de estar basada en estatuillas de madera o hueso con formas de mujeres de vientres anchos y grandes pechos, que podrían interpretarse en un sentido de fertilidad, abundancia, embarazo. Pero nada dice que la única relevancia que nuestros remotos antepasados dieron a las mujeres haya pasado pura y exclusivamente por el hecho de que fuesen madres y dadoras de vida.

Hay otro registro que puede ser utilizado para intentar fundamentar una idea de cómo era el rol femenino en el pasado, el estudio de las religiones antiguas. Si bien se presta a la interpretación y la subjetividad, es posible “leer” en las religiones la síntesis de una serie de ideas contenidas en ellas que nos iluminen sobre los seres que las inventaron.

Para lograrlo en primer lugar hay que seguir la genial idea de Karl Marx de que “no fueron los dioses los quienes crearon a los seres humanos sino los seres humanos los que inventaron a los dioses a su imagen y semejanza”.

Y es que cada sociedad humana, desde que comienza a pensar cómo funciona el mundo que la rodea, imagina causas, explicaciones. Y por lo tanto, la idea de que existen seres mágicos, fuerzas invisibles y poderosas que ordenan el mundo real, es la que está en la base de todas las mitologías, desde las del paleolítico hasta las de los superhéroes del mundo actual.

En un primer momento creíamos que se trataba de la energía que habitaba en todas las cosas que nos rodeaban, una especie de espíritu mágico que daba sentido al mundo. En los primeros cientos de miles de años, nuestra especie sobrevivía de una manera brutal y cruel, el ambiente que nos rodeaba era terriblemente hostil. Ni siquiera cazábamos, nos limitábamos a juntar frutas, raíces, plantas del suelo y a robarnos las sobras de lo que otros animales cazaban. Cualquier inundación o incendio natural terminaba en horas con buena parte de la tribu. Admirábamos el poder del viento y la lluvia, del trueno y el relámpago y de los animales más feroces, los depredadores.

Intentábamos que ese poder se nos pegase y por eso los primeros rituales religiosos de nuestra especie se reducían a imitar a las fuerzas naturales con la ilusión de que su fuerza se transmitiera a nuestros cuerpos.

Es por eso que aún en los dioses inventados millones de años después, como Zeus u Odín, se mantuvieran símbolos de poder como el rayo o el trueno, propios de ideas muy anteriores.

Antes de descubrir la forma de producir nuestra propia comida con la Agricultura y la Ganadería (la Revolución Productiva más importante de nuestra historia hasta la Revolución Industrial), cosa que pasó más o menos hace 10 mil años, en algún momento aprendimos a conseguir nuestras fuentes de carne animal sin depender de las sobras de los demás y nos hicimos cazadores/as. La caza no es una tarea fácil, sobre todo si sólo tenemos una tecnología basada en el uso de cuerdas, palos y piedras. En realidad el arma más importante de los primeros cazadores/as fue siempre el trabajo colectivo. Cualquier mamífero obligado a defenderse, no importa su tamaño o inteligencia, se transformaba en una amenaza mortal para quienes lo perseguíamos. En épocas donde éramos grupos muy pequeños y donde cada individuo era un aporte imprescindible para la sobrevivencia de la comunidad, la muerte de los cazadores y cazadoras era un lujo a evitar.

Por eso la comunidad intentaba apelar a la fuerza o espíritu de los animales que tenían mejores dotes para la caza para contagiarse y tener éxito en la tarea.

En esas épocas comenzamos a adorar dioses y diosas con forma de predadores, cada comunidad según su ambiente: los grandes felinos (tigres, leones, pumas), las aves rapaces (águilas, halcones, búhos), los grandes cazadores en manada como los lobos, o solitarios como los osos; incluso reptiles e insectos como las arañas y serpientes venenosas o los cocodrilos. Sus pieles, plumas y escamas, sus picos, garras o patas, sus forma imitadas en madera, barro o piedra tallada se transformaron en objetos mágicos, amuletos o tótems que terminaron diferenciando a cada tribu del resto. Millones de apellidos en el mundo hoy día siguen mostrando este origen profundo.

Muchos de los dioses y diosas venerados por las sociedades patriarcales y agrícolas de todo el mundo, aunque ya no dependiesen más de la caza, siguieron manteniendo una identificación con ese pasado y no faltan ejemplos de las divinidades zoo-antropo-mórficas de Egipto, Persia o la India para demostrarlo.

En conclusión, podríamos decir sin ningún temor que cuando se reconoce una divinidad que porta atributos propios del mundo natural o de animales predadores, se está leyendo a una comunidad humana que nos explica a su modo de dónde vienen y a qué se dedicaban millones de años atrás.

Los pueblos indoeuropeos
Hay un particular grupo humano que dejó una marca importante en la cultura de muchas sociedades actuales aunque, contradictoriamente, son muy difíciles de reconocer. En primer lugar porque los que fuimos educados en el mundo occidental, descendientes de las potencias coloniales europeas, sólo los conocemos a través de la deformación de la mirada del imperialismo romano, que llamaron a todos los pueblos de pastores y cazadores que habitaban las estepas eslavas, las llanuras actualmente alemanas y francesas y las montañas y fiordos del norte con un nombre genérico griego, keltoi, que en castellano se traduce como celta y al que los romanos también denominaban galos. De ahí viene el curioso hecho histórico de que muchas poblaciones tan distantes entre sí como el Cáucaso, las Islas Británicas o el noroeste de España tengan lugares con nombres similares: Galitzia, Gales y Galicia.

Las culturas de Oriente tienen mucho más presente la influencia de estos pueblos porque tanto en el Imperio Chino, como en los diferentes “principados” hindúes y sobre todo entre los persas, su impacto fue más evidente. Mientras para los romanos se trataba de pueblos ordinarios y salvajes que no merecían otro trato que el de la anexión, el asesinato en masa o la explotación, para la Mesopotamia  los valles fértiles del Indo y el Ganges se trató de pueblos que ocuparon y conquistaron esos territorios durante la cantidad de tiempo necesaria para imponerles sus rasgos culturales. Los descendientes de los “celtas” que lograron vencer al imperio romano en el siglo V d.C. ya lo hicieron después de siglos de “romanización” por lo que mucho de su cultura original se perdió.

La Historia y la Arqueología -tan faltas de poesía a pesar de ser ciencias tan apasionantes-, les dieron un nombre también genérico y sin alma: pueblos indoeuropeos. Estos pueblos se habrían asentado en las llanuras, montañas y estepas asiáticas entre los territorios que conocemos como la estepa rusa y el sur de Ucrania entre el 100 mil y 90 mil años atrás aproximadamente.

Los cambios climáticos y tecnológicos que se dieron entre el 1200 y el 1000 a.C. los llevaron a buscar nuevos ambientes donde desarrollarse y allí comenzó su peregrinación hacia el Este, luchando contra las poblaciones sedentarias del río amarillo, al sur, penetrando en bosques y selvas de la península hindú y hacia occidente, llegando a dominar la Mesopotamia a partir de los medos y persas, o habitando progresivamente la península helénica, adoptando nombres como dorios, jonios o aqueos, quienes iban a ser, en última instancia, los creadores de la cultura más importante para Europa.

En el resto de Europa siguieron viviendo de formas muy parecidas a su terruño natal, entre clanes y tribus basadas en relaciones de parentesco, compartiendo una propiedad colectiva de los medios de subsistencia  dedicándose a la agricultura en pequeña escala, el pastoreo de mamíferos productores de lácteos y abrigo y a la caza mayor.

Así vivieron durante miles de años antes de la migración del siglo XIII. Y se supone que su enorme capacidad para el combate (al que aportaron dos novedades que les dieron ventaja en su migración sobre todo el resto, el combate a caballo y el uso del hierro en sus armas), devino de miles de años perfeccionándose para cazar animales feroces y de la permanente necesidad de enfrentarse con otros grupos humanos en disputa por el mismo territorio. Miles de años de nomadismo y caza los prepararon para matar más eficientemente que a civilizaciones muy poderosas y desarrolladas que durante ese tiempo se dedicaron las artes menos bélicas propias del sedentarismo: astronomía, geometría, contabilidad, ingeniería, escritura, comercio, alfarería, etc.

Estos pueblos veneraron una serie de divinidades que muestran la supervivencia de cultos ancestrales. Y la gran novedad, es que la gran mayoría, son divinidades femeninas relacionadas con armas de combate y caza y con animales totémicos relacionados con la fuerza, la destreza, el coraje y la inteligancia necesarios para cazar.

Las diosas cazadoras
En una imagen anónima del siglo XVIII (d.C.) se puede ver la representación de la diosa hindú Durga (que en sánscrito significa “la invencible”), cabalgando un hermoso tigre de bengala y en cada uno de sus ocho brazos portando, un cetro de poder, una campana y diversas armas, las más antiguas que se hayan usado para la caza y la guerra como el escudo, la lanza y el arco y flecha y algunas propias del combate cuerpo a cuerpo, como dagas y una cimitarra árabe.


Entre los antiguos armenios y los persas se adoraba a una diosa relacionada con el agua, la fertilidad, la sexualidad y la guerra, llamada Aredvi Sura Anahita, que los zoroastristas identificaron con el planeta que los romanos llamaron Venus y que podría ser tranquilamente uno de los orígenes de las más conocidas Afrodita y Venus. Los griegos que combatieron al imperio Persa la conocían como la Artemisa Persa. En las diferentes imágenes que se pueden consultar siempre aparece rodeada de leones que bien pueden ser leonas, uno de los felinos más emblemáticos de la caza y la guerra en miles de culturas humanas de todos los tiempos.

También identificada con el león estaba la diosa hurrita, de la región de Kish, en la península anatólica, Hebat, divinidad de la fertilidad y compañera del dios de la guerra.

Cruzando el charco, los griegos -también provenientes del tronco común de hititas, hurritas, hindúes y persas- hicieron famosa a una diosa de la caza, la fertilidad y la sexualidad, Artemisa, a quien los romanos adoptarían por su prestigio e importancia con el nombre de Diana, y que es representada desde hace milenios con un arco y flecha y rodeada de un ciervo (presa habitual de los cazadores de los bosques húmedos europeos) y un ciprés (que además de ser uno de los mejores árboles para construir casas demuestra el vestigio de una creencia animista).

En Arcadia (región del Peloponeso) su rey mitológico fundador, Licaón, tuvo como hija a Calisto, quien después de la conquista de los griegos del norte pasó a integrar el séquito de ayudantes de Artemisa (como todo sincretismo, nunca se sabe si es producto de un invasor tolerante con los cultos locales, el producto de una alianza entre las clases dominantes invasoras y as que se dejaron invadir o la tenaz lucha de un pueblo sometido por sostener sus creencias). Seguramente era una diosa ligada a la caza, no sólo por su identificación con Artemisa sino porque en su propia mitología era madre de Arcas, el cazador. Cuenta la leyenda que Artemisa, enojada por su maternidad, la convirtió en una Osa, (otro animal totémico ligado a la caza propia de bosques húmedos, la pesca, el coraje y la protección de la familia) con tan mala suerte que su hijo casi la mata y que, Zeus, para protegerla, decidió enviarla al cielo, dando a luz a la constelación de la Osa Mayor, que bien llamada debería ser de Calisto.

Finalmente, y ya que estamos entre osas, en los bosques al norte de los Alpes, desde la actual Suiza hasta las Islas Británicas, pasando por la antigua Germania y Franconia, reinaba una diosa cazadora muy particular, identificada también con el arco y la flecha, que solía montar a caballo mientras cazaba, cuyo animal totémico era la Osa y que la mitología escocesa, galesa e irlandesa reconoce con el nombre de Artio. De tanta importancia que se sospecha una relación entre la diosa y el nombre del Rey mitológico más importante de esos lugares, el galés Arturo, sí, el de los Caballeros de la Mesa Redonda.

(Como nota al margen, nótese que en la mitología moderna desarrollada por Disney en sus películas animadas de los últimos 20 años, coinciden dos símbolos femeninos que luchan a caballo y utilizando arco y flecha, de dos culturas que podrían tener un tronco indoeuropeo común: la china Mulán, de 1998 y la escocesa Mérida de Valiente de 2013).

Para no abrumar (y porque ellas requieren un capítulo aparte) sólo mencionemos al pasar a las diosas más importantes de las civilizaciones más antiguas del mundo de las que se tienen registros, las de los pueblos de la Mesopotamia y Egipto, que parieron diosas del amor, el sexo, la guerra y la fertilidad como Isis, Ishtar, Innana y Astarté. En la imagen más antigua que se tenga de la diosa sumeria Inanna, probablemente de 1800 años a.C. se la muestra con alas y garras de algún ave de cazadora, probablemente la lechuza, ya que dos ejemplares la acompañan a ambos lados mientras que a sus pies reposan un león y una leona en clara actitud desafiante. Identificadas en épocas agrícolas con las estrellas (Sirio) y planetas (Venus) usados, como la Luna, antes de descubrir el calendario solar, para marcar el tiempo de la siembra y la cosecha, su influencia en las religiones de toda la región euroasiática es tan importante que hay que ser un erudito para distinguir los matices entre tanto sincretismo.

El rol histórico de las mujeres

Evidentemente, para este grupo de seres humanos durante los miles de años que se dedicaron a recorrer la geografía de Asia y Europa, obligados por necesidad a perfeccionar los métodos y las armas para cazar, luchar contra otros pueblos o defenderse, las mujeres tuvieron un protagonismo que en algún momento los llevó a creer que una diosa, una mujer invisible y todopoderosa, probablemente alguna de las ancestras fundadoras de alguna de las familias más prestigiosas del remotísimo pasado, les conseguirían mejores resultados en esas tareas que ninguno de los varones míticos que conocían.

Y es que, si uno o una se saca el velo del patriarcado de los ojos por un momento, y hace la misma reflexión que los arqueólogos e historiadores del siglo XIX, le puede parecer mucho más lógico que los primeros seres humanos, en tan disminuidas condiciones, a la hora de salir a jugarse la vida para conseguir carne, en lugar de fijarse en los genitales de los miembros de la horda, el clan o la tribu, meditaran sobre su fuerza, agilidad, coraje e inteligencia.

Y conociendo el verdadero papel heroico que juegan las mujeres de las clases explotadas y oprimidas en la historia humana, defendiendo sus condiciones de vida y las de su familia al punto de hacer los sacrificios más inimaginables, no sería nada raro suponer que fuesen elegidas las mujeres jóvenes para ir a cazar.

Pero mucho cuidado con creer que esta larga excursión por la historia humana termina defendiendo que las mujeres habrán tenido un lugar equivalente al de los varones en la organización social paleolítica o que este coraje, inteligencia y fuerza son propios del todas las mujeres por simple constitución genética.

En el primer caso la igualdad no era un tema de género en el origen de los tiempos, sino del conjunto de la comunidad, ya que la desigualdad se inventó recién con la propiedad privada, las clases sociales y el Estado -como dijimos-, hace 5 mil años nada más.

En el segundo caso, hasta que no se descubra una correlación genética superior entre testículos u ovarios y coraje, queda claro que esas virtudes sólo surgen ante la extrema necesidad, y así como millones de mujeres trabajadoras pueden caer como víctimas del sistema social en la más profunda depresión y muchas mujeres de la burguesía o la aristocracia pudieron haber dado muestras de arrojo y valor en circunstancias específicas y concretas de sus historias personales, la historia demuestra que es más fácil encontrar estas virtudes entre las mujeres de clases oprimidas que al revés, simplemente porque son ellas quienes tienen en su vida de todos los días las mayores presiones y necesidades a la hora de sobrevivir.

Así como uno sueña con un futuro donde la humanidad sea capaz de garantizar las mejores condiciones materiales de vida para el conjunto de la población, aprovechando al máximo los conocimientos de la revolución industrial, también pretendemos que sean repartidos en forma igual y sin distinciones de ningún tipo para todos y todas, retomando la mejor tradición de la igualdad real que nos caracterizó como especie durante tres millones y medio de años antes de descubrir la Agricultura.

Esperemos que en ese momento recuperemos para todos y todas, ese profundo, atávico valor, inteligencia, fuerza y coraje que las mujeres de nuestra especie han sabido darnos en los peores momentos de nuestra Historia.