Translate

lunes, 19 de diciembre de 2016

CAPÍTULO 16. Bajo el Ibirapitá de Artigas

Capítulo 16
Bajo el Ibirapitá de Artigas


NO HI HA SOMNIS IMPOSSIBLES
Cúpula en Avenida Rivadavia 2009
In memoriam Antoni Gaudí, 1999


Salimos del local aturdidos por el rápido contraste entre la tenue penumbra del interior, encerrados con las persianas bajas como estuvimos toda la tarde, al tibio sol de mayo de la parte no tan venida a menos del barrio. Ermassi se despidió para aprovechar lo que restaba de la tarde descansando en su casa de La Internacional, Santos salía para los Talleres Rancagua de la Línea B a intentar encontrarse con Charly y los delegados de ATM a ver qué pistas podían aportar a la “misión” y María Verídica y yo quedamos encargados de entrevistar juntos al escritor del Subte en la Estación Tronador.
Aprovechando el celular de Tony y haciéndome el boludo, me comuniqué con el compañero que en 2014 hacía el recorrido de las tres estaciones de la B que nos tocaban para averiguar los horarios del escritor proletario, me confirmó que se apellidaba Ferri, y que se encargaba de la limpieza de la estación entre las 11 de la noche y las 5 de la mañana.
Nos quedaba todo el crepúsculo con Victoria y decidimos pasarlo tomando una birra en la Plaza que está detrás del local, sobre la 14 de Julio.
-Alto flash –dije una vez que la compra en el chino y los avatares de la caminata dejaron de llenar un silencio que se anunciaba incómodo.
-Posta, alto flash. –dijo la Negra, demostrando que no iba a ser ella la que pagara el costo de romper el hielo. Desde la reunión de la noche anterior en lo de Santos no habíamos estado lo suficientemente solos como para enfrentar las consecuencias de su separación, ni la de su decidido viaje de vuelta a los orígenes.
-Me refería al asunto de los masones y haber visto de nuevo a Pablo…
-Sí, claro, yo también, ¿a qué si no?
-A que encontramos la puerta entre la 18 de Julio y la Avenida de Mayo, por ejemplo…
-Las puertas y los puentes entre nosotros siempre estuvieron, Leo, si no los usamos antes para anudar nuestros caminos en uno sólo, ¿por qué esta nueva puerta lograría algo distinto?
-Tenés razón, las puertas y los puentes siempre están. Como esta plaza, por ejemplo, se llama 25 de agosto, por el día de 1825 que el Congreso uruguayo organizado por los 33 orientales de Lavalleja intentó declarar la independencia de Brasil y retornar al territorio de las Provincias Unidas.
-Mirá vos, esa no la tenía. Sabía que acá enfrente vivió un tiempo Osvaldo Pugliese con su hija Beba…
-¿En serio? Qué piola… Este árbol, por ejemplo, es un ibirapitá, dicen los que lo plantaron que es un retoño del mismo árbol que tenía Artigas en la casa de Asunción donde se exilió y murió… y acá estamos, abriendo una nueva puerta…
-No sé, Leíto, estoy ya medio harta de arrastrarme en el tango del desconsuelo y vos no venís siendo el más indicado para construir un amor menos dramático y gitano, no te vayás a enojar…
-Para nada Negra, pero quizás el fin de la ilusión con Santos te permita abrir los ojos para historias más felices, no necesariamente yo…
-Qué lindo que sos cuando te ponés boludo… todo está muy fresco, la llaga abierta, voy a necesitar mucho tiempo para sanar de esta, no sé, tomar la decisión es más fácil que sacarse un amor de diez años del sistema…
-Comprendo. A los amores viejos mejor no volver…
-Se suele decir, pero siempre se vuelve…
-Esa es la chotada del tango: seguís sus leyes como si fuesen verdades filosóficas irrefutables y terminás haciéndote mierda… siempre.
-No te la agarrés con todo el tango. Pero sí, es el problema del amor…
-… del malamor, del amor pasional y toda esa bosta… Beatrice y la puta que te parió…
-¿Qué loco no? ¿Escribirte la novela más grosa en 700 años sólo para imaginarte que estás con la mina que amás…? Decime si eso no dice algo sobre la literatura…
-Y dentro de 700 años vos y yo vamos a ser motas de polvo y alguien va a seguir conociendo La Divina Comedia….
-Eso es una idea de Borges… al final algo lo habías leído… caradura, te hacés el otro y sos un tilingo izquierdista que niega al ciego para quedar bien… al final todos son iguales…
-Estás muy equivocada. Lo poco que leí de Borges fue en cuarto año del secundario, en el 94, Ficciones y El Aleph, medio de prepo. Me acuerdo que Biografía de Tadeo Isidoro Cruz se quedó pegado a mi vida para siempre y que El Aleph  y una historia de un tigre enjaulado me flasharon el bocho. Pero te juro que no es impostura o cliché, a los 18 años Tlön, Uqbar, Orbis Tertius y Las ruinas circulares me parecieron abominables, horrorosos, los odié y sepulté a Borges para siempre, mucho antes de ser izquierdista y saber que Borges era odiado por los escritores de izquierda de los 60 y 70.
-Epa, no por todos, tranqui. La mayoría lo puteaba porque era gratis, porque era un viejo cabrón y encima tenía posiciones muy gorilas, pero todos reconocían que habían aprendido a escribir con él. Rodolfo Walsh lo admiraba como el mejor escritor argentino, a pesar que David Viñas diga que Rodolfo Walsh fue mejor escritor que Borges. Toda esa generación se hizo grande comparándose con su sombra. Por eso Piglia lo estudia, no por un mandato académico, sino porque se está revisando a él mismo…
-Todo lo que vos quieras, pero el tipo era de derecha…
-Es cierto que te cae mal la cerveza. ¡Mirá la burrada que decís! Si vos querés ser escritor vas a tener que leer a Borges papito, y estudiarlo, no te cubrás con el carnét, eh. Además, Leo, una cosa es la ideología política del tipo, que me parece totalmente excecrable, y otra muy distinta su obra de arte, la enorme capacidad de ese tipo para construir inventos con su imaginación, cuentos que funcionan tan bien, casi ciudades de relojería, un artesano de la palabra, la narrativa…
-Yo no digo que no haya que leerlo ni que sea un mal escritor técnicamente hablando, lo que digo es que la ideología que transmite en su obra es nefasta, no me agrada, me causa rechazo. Pero un rechazo afectivo, sensible, no solamente político o ideológico, ¿me entendés? No me puedo enamorar de su obra aparte de la cuestión política-ideológica…
-No entiendo.
-Eso, Negra, que toda esa bosta existencialista, Shopenhauer y Nietzche, me da alergia de hígado qué querés que te diga.
-Y sin embargo en tu adolescencia rondabas el existencialismo, y estudiabas en Palermo, el rioba del quía…
-Fuera de las alegorías poéticas, Negra, el tipo fue funcionario del Estado que inauguró la Libertadora y Director de la Biblioteca hasta que volvió Perón en el 73…
-Sí, sí… de hecho Piglia rescata políticamente y literariamente al Borges anterior al ´55, llegó a decir que el único Borges legible es el de los años 40, que los relatos de los setenta y ochenta son de una calidad muy inferior.
-¿Estéticamente? Guau, eso no lo había oído nunca, ¿por qué lo dice?
-No lo desarrolla, explica algo así como que la imposibilidad de leer por sí mismo cambia toda la forma de su escritura…
-¿No es lo que opina Umbertito Eco, cuando lo pone como el censor reaccionario que administra la Biblioteca de la Abadía donde transcurre El nombre de la rosa?
-Sí, claro, pero Eco también le achaca algo más que la amargura de la ceguera, le achaca su pesimismo filosófico, que es mucho más marcado en los textos de El Libro de arena o El informe de Brodie que en los primeros.
-¿Cómo es eso?
-Piglia muestra con mucha astucia que uno de los éxitos de la literatura filosfófica de Borges es que mantiene todo el tiempo una contradicción que es íntima en él, su doble herencia, la razón por parte del padre, profesional erudito de origen irlandés, británico, europeo, y la herencia atávica de la madre, probablemente La señora aristocrática de su cuento de 1970, última heredera de la estirpe hispánica, con una familia llena de próceres menores, guerreros de caballo y sable, con tierras de ambos lados del Río de la Plata. El padre le hereda la sabiduría, el conocimiento, el orden y la ciencia de la Civilización europea y la madre le hereda la pasión irracional, la voluntad esencial de la hispanidad, la barbarie…
-¿Como Sarmiento?
-Claro, ahí va. El drama existencial que Borges examina en medio de la crisis madurativa de su vida entre 1936 y 1945, cuando escribe Ficciones  y El Aleph, es al mismo tiempo el drama existencial planteado por Sarmiento en Facundo, un país producto de la mezcla de las dos grandes tradiciones culturales de la pampa profunda, la hispanidad atrasada, tradicionalista del imperio español, fusionada en la barbarie cultural del cuchillo compartida con el pueblo gaucho e indio ignorante y el envión del Progreso racionalista de las inspiraciones liberales europeas de Gran Bretaña y Francia. Borges se la pasa escribiendo el mismo tema en dos líneas de cuentos, los cuchilleros de arrabal de El hombre de la esquina rosada donde en su fantasía el coraje de la pasión irracional, la voluntad de Shopenhauer le gana al exceso racionalista del progreso, como en La muerte y la brújula o textos como Tlön, donde triunfa el idealismo que construye mundos absolutamente creados por la razón pura, que son los que crean la realidad. En ambos casos -dice Piglia, habría que ver- la contradicción se mantiene sin resolverse absolutamente a favor de cada lado.
-Es lo que me gusta de Biografía de Tadeo Isidoro Cruz, el tipo rompe con toda su historia de gaucho reformado que labura para el Estado y en una sola decisión vital adopta el bando del gaucho renegado y perseguido, se da vuelta, se pone del lado del oprimido. Pero en Tlön el tipo aborrece de la humanidad, con eso de que los espejos son nefastos porque como el sexo reproducen a la especie, ¡es una mierda!
-Sí, por eso, pero hasta el 45 esa tensión no se termina de resolver para ningún lado. El Borges de Tlön, que aborrece a la humanidad, fantasea con recuperar el coraje vital que él idealiza en el pueblo, aunque claro que se trata de la “chusma” que ya no existe, idealiza al gaucho, al compadrito de los barrios marginales de La Boca y San Telmo o del Maldonado… Retiene un aprecio póstumo por un habitante popular que en los 30 no existe más, una especie de aprecio por su adolescencia, cuando recorría con Marechal y Xul Solar los piringundines de Villa Crespo y el Paseo de Julio, cuando editaban Martín Fierro y defendían un nacionalismo esencialista parecido al de Scalabrini Ortíz y Homero Manzi en Forja
-Claro, vos decís en los 20 y los 30, cuando toda la intelectualidad de Boedo y Florida vivía en una especie de competencia camaraderil, bajo el “progresismo” de Marcelo T. de Alvear, una especie de frente popular entre los liberales conservadores del ala reformista del PAN, los conservadores de la UCR y los sectores liberales de izquierda… todo sobre la sangre derramada en el 19 y el 22 en las brutales represiones del irigoyenismo sobre lo más radicalizado del movimiento obrero anarquista y socialista…    
-Seee, un clima parecido al del kirchnerismo progre entre el 2005 y el 2011, con el tema de los Derechos Humanos y la Asignación Universal por Hijo tapando la represión al Casino, el Hospital Francés, Cromañón, los 52 muertos de Once, Mariano Ferreyra…
-… el etnocidio qom con los sojeros y Monsanto en el Chaco, Formosa y Salta…
-… la depredación de la megaminería en San Juan y Catamarca…
- Que terminó coagulando en el pacto con Chevrón y el último gobierno de Cristina, la estafa en la obra pública, el financiamiento de los narcos y los traficantes de mujeres y toda la porquería…
-Bueno, la crisis del 30 y el resurgimiento del conservadurismo oligárquico en defensa de los intereses británicos puso al Estado mucho más duro en la segunda mitad de los 30 que con el radicalismo, el PC pasó a una fase dura de Frente Único anti-liberal mientras ascendía Hitler en Alemania y se rompieron las alianzas. La Guerra Civil española acá delimitó aguas. Raúl González Tuñón rompe amarras con toda la intelectualidad liberal a los gritos en un famoso poema en su revista Contra, el mismo intendente Emilio Mitre, descendiente del prócer, mete en cana a Tuñón y a tu preferido, Portogalo, que se exilia en Rosario y en Uruguay. La cosa se pone tensa y Borges elige el campo de sus amigos aristocráticos de Florida mientras que la intelectualidad de izquierda se abroquela detrás de editoriales como Claridad
-Bueno, piola, claramente. Pero en la segunda mitad de los treinta Borges llega a una crisis personal jodida, se le muere el viejo y la familia queda en la ruina, el tipo tiene que ir a laburar y un familiar con contactos le consigue un puesto de bibliotecario en la Miguel Cané, de la Municipalidad, en La Plata y Carlos Calvo.
-¿Borges fue empleado municipal?
-Sí, boludo. Lo que te contó tu profe en el pasado, el tipo sufría hasta simbólicamente, meterse con la negrada en el tranvía para “descender” de “Barrio Norte” al sur, a Almagro. Ahí es cuando empieza a madurar esta obsesión dualista entre la ciudad popular y marginal del sur y su idealizado Barrio Norte, que no existe, que es una especie de lugar ideal que suma a San Nicolás, Retiro, Recoleta y Palermo. Y hay algo más flashero que se me iba ocurriendo mientras te escuchaba hablar de tu entrevista en la Guadalupe y lo que decía Pablo en la UTN. En la misma época que Borges descubre la proletarización y La Divina Comedia, el tipo se enamora de Estela Canto, una escritora militante del PCA, relacionada con Enrique Amorim, un uruguayo comunista que armó con Héctor Agosti el frente cultural liberal de la Unidad Democrática en torno al enfrentamiento antifascista contra Perón. Borges escribe Ficciones y El Aleph en la quinta de Amorim en Adrogué, viviendo el éxtasis de su creatividad literario-filosófica, en medio del embobamiento de amor por su propia Beatrice revolucionaria –quizá un recuerdo de su juventud idealizadora de la revolución rusa en 1917- en medio de la angustia material del proletario.
-Esa sensación de crisis permanente de la que sale la mejor literatura…
-Todo lo mejor del universo nace de esa crisis, Leo, porque se rompen todas las ataduras materiales que constriñen tu sensibilidad, tu creatividad, tu cuerpo, todo…
-¿Y con el ascenso de Perón todo eso se corta de un día para el otro?
-Mirá, yo creo que Piglia tiene razón cuando afirma que Borges empalma con una crítica anti-nazi del peronismo y del nacionalismo del que él mismo viene. En una conferencia que dio para el Centro de Estudios Sociales del PS y Romero, en 1951, se desmarca un poco del esencialismo de la voluntad de Shopenhauer porque entiende que pudo dar pasto al nazismo.
-Lo que nos contaste antes de las tres tradiciones del escritor argentino…
-Sí. También lo vi en el programa de Piglia, pero lo chequié en la conferencia, que está editada como “El escritor argentino y la tradición”. Ahí Borges impugna el nazismo desde un lugar de culpa propia, de ahí que enfatice su amor por las tradiciones culturales marginales, el anti-imperialismo irlandés a la Bernard Shaw, las tradiciones judías del pensamiento místico-matemático de la kabalah, el budismo védico… movidas que anticiparon e influenciaron posteriormente a toda la intelectualidad occidental, en parte por la influencia que alcanzó Borges después de los 60…
-¿Y por qué decís que en los últimos textos se derechiza?
-Porque lo que no se anima a decir Piglia es que esa tímida contradicción progre de los 20, los 30 y los 40, se rompe hacia uno de los lados desde los 50. En sus últimos cuentos, que de acuerdo con Ricardito son mucho más flojos desde lo estético, no hay ninguna idealización de las masas. Mientras Cortázar en los 60 rompe con el gorilismo original de Bestiario o Walsh ya está fusionado con “los sectores populares”, Borges aborrece del “nuevo pueblo” descendiente de los emigrantes, estos obreros comunistas que están poniendo todo el mundo patas arriba. En todos sus relatos la barbarie irracional, inculta, anti-intelectual incluso, vence trágicamente a la civilización racional y el futuro augura una involución cultural, como la civilización que describe Brodie en Argentina y Brasil del futuro, gente que incluso ha perdido el uso del lenguaje.
-Mirá qué interesante…
-¿Qué de todo?
-Pensaba en esta idea de la burguesía liberal masónica de establecer un poder concreto de la Idea sobre el mundo, esa concepción de la arquitectura como el arte de imaginar un universo ideal en la cabeza y llevarlo a la práctica, materializarlo. Porque Borges tuvo la oportunidad de seguir los pasos de Sarmiento y los profundizó.
-La Biblioteca Nacional de la calle Austria, claro…
-Ahí tenés, convence a Frondizi de construir un edificio moderno, racional, para el símbolo borgiano del Orden y la Razón, la Biblioteca Nacional, en lo que fueran los terrenos de la casa que Perón y Evita habitaron en los 50 en Austria y Las Heras. Es un equivalente al símbolo del Zoo sobre el casco de la estancia de Rosas en Palermo…
-Exactamente. Y de paso podemos ir más a fondo, Leo, porque la Biblioteca Nacional además de erradicar al ídolo barbárico del pueblo bajo de los territorios exclusivos de la aristocracia porteña, termina de cerrar un triángulo que simboliza la ciudad cultural de esa aristocracia. En 1932 el Museo de Bellas Artes, que el masón italiano Schiaffino había fundado en las Galerías Pacífico, se trasladó al noreste de la parroquia de los Recoletos, en la parte baja de la barranca de Plaza Francia. Desde 1928 la Sociedad Argentina de Escritores, la SADE que te editó el librito, de cuño liberal, fundada y dirigida por el abiertamente fascista Leopoldo Lugones, funciona en donde termina la calle Uruguay, cuatro cuadras al este del Cementerio de la Recoleta, en el corazón del barrio más aristocrático del país. Si el origen de Borges estaba a pocos metros del Maldonado y su infancia idílica de histeriqueo con los malevos y la chusma gaucha se relacionaba con ese Viejo Palermo al sur de la Avenida Santa Fé, su adultez decididamente anti-obrera se identificó espacialmente con el Norte metafísico de la aristocracia del centenario y la década infame, del triunfo del Partido Conservador de Uriburu y Justo, como de Aramburu y Rojas, abroquelado tras las murallas y templos del Zoo de Sarmiento, la Plaza San Martín y el Río de la Plata. Muy lejos del Almagro Sur de sus años de obrero municipal…
-Y no te olvides del Palacio de Tribunales con los símbolos fascistas en la fachada, construida sobre los terrenos de la familia Dorrego, a la espalda del Teatro Colón. O el viejo Palacio de los Pizzurno, donde metieron la Biblioteca del Maestro y luego el Ministerio de Educación. San Nicolás, Recoleta, Retiro y Palermo, la patria chica de la aristocracia porteña…
Simpática tertulia recreábamos con la Negra, mientras el planeta se mecía hacia el este y los haces de luz solar, cada vez más lilas y violetas, menos anaranjado y rojo furioso, se colaban de refilón por las gruesas ramas del retoño de Artigas, escabiando mientras la tarde moría en la esquina de Charlone y 14 de Julio.
-¿Pero entonces por qué mierda me insitís con leer a ese tipo, Negra? No soporto esa idealización estética, desprovista de política, que defienden tantos izquierdistas, incluso terribles troskos, que parecen haber sucumbido ante la reconstrucción de un campo cultural argentino aislado de la lucha de clases…
-Pará, no te embalés, chaval. Lo que intento explicarte es lo más potable del planteo de Lenin y Marx sobre el arte: tenemos que incorporar en el arte revolucionario lo mejor de la herencia burguesa, tenemos que ser mejores escritores que ellos, no sólo en los temas que planteamos, en el dominio de las herramientas que ellos tenían. Y para eso no tenés que leer a Borges, lo tenés que estudiar, lo tenés que superar, como decía Pablo.
-Eso sigue siendo una cita canónica para liberarse las manos y poder progresar en el mundo cultural burgués, Negra, dejáme de joder… Somos almas opuestas, Negra, irreconciliables. Mientras los artistas idealistas como Borges ven en los edificios grandes joyas arquitectónicas que demuestran la imbatible capacidad del intelecto, de la imaginación humana para hacerse concreta y dominar las vidas de los bichos de la ciudad, nosotros imaginamos con conocimiento de causa las vidas cotidianas de los albañiles que los construyeron, de sus manos hinchadas por la cal y el cemento, incapaces ya de acariciar a sus hijos o tocar la guitarra en las tardecitas de domingo, sufriendo en una casilla de cuatro por cuatro de Los Piletones más chica que los baños de los departamentos de los rascacielos de Puerto Madero que construyen todos los días por dos mangos. Me extraña que justo vos, que venís del barro, idealices como una pequeñoburguesa cualquiera las mieles de la alta cultura burguesa…
-No, no, no, Leo, lo tuyo es una negación bruta, no dialéctica, del arte burgués. Olvidate de los escritores de izquierda que de izquierda tienen la boca llena como los bolsillos. Lo que yo te planteo es una cosa muy diferente. Para que me lo puedas entender. El tema es que cuando la hija del chofer de UTA o del albañil de Los Piletones, criada entre la miseria más absurda y cruel, se enfrasca en una lucha de toda su vida por aprender lo mejor de la literatura universal sin olvidarse nunca que va a usar esas armas, sin olvidarse de su barrio, de su origen, de su clase social y sus sufrimientos, esa piba cuando publique lo que vivió, lo que sabe y conoce, lo va a hacer de una forma mucho más atrapante, fascinante y conmovedora que cualquiera de los escritores proletarios de Boedo.
-Castelnuovo, por ejemplo, que es como leer un ladrillo.
-¡Elías Castelnuovo! ¡Ahí tenés! La terrible historia de su infancia en Rivera, en la frontera seca de Uruguay con Brasil, las torturas inauditas que sufre en su familia obrera, las golpizas de su padre y del hermano de la vieja que le encorvaron la espalda para siempre, todo ese sufrimiento visto con la dureza pero con el optimismo que le dio su propia fuerza y la camaradería de la lucha obrera para encontrarse una profesión, obrero tipógrafo, un programa, la revolución obrera, el anarquismo. Todo eso lo llevó a que Tinieblas fuese una novela premiada en los 20… ¡pero vos sabés muy bien que es tedioso de leer, que no lo podés terminar nunca, es un parto!!
-Sí, muchas de las novelas realistas que tanto me gustan tienen ese mismo límite, aburren o cansan. Las terminás de leer por una especie de obligación más moral que “hedonista”.
-Eso es lo que te digo, Leo. No basta con tener toda una sensibilidad ligada a los intereses y sufrimientos de los explotados y oprimidos, de nuestra familia obrera, nos tenemos que romper el orto y sangrar lo que tengamos que sangrar para aprender a usar el lenguaje estético, para lograr los mejores resultados posibles. A vos te gusta Brecht, entonces, te digo, nosotros ya somos marxistas, ya luchamos contra el Estado y surtimos nuestra experiencia de lucha práctica con la mejor teoría. ¿Por qué no vas a hacer lo mismo con el arte?
-Es lo que dice Pablo.
-¿Qué cosa?
-La diferencia de calidad entre el movimiento revolucionario abierto por Marx de todos los movimientos de lucha de clases oprimidas contra sus explotadores desde el neolítico para acá es que Marx absorbió lo mejor de la ciencia burguesa y lo puso al servicio de construir un método científico para que los trabajadores comprendan la realidad y la modifiquen.
-Eso. Los obreros nos hicimos científicos y comenzamos a tomar el poder…
-Ahora falta que también seamos poetas…
-… y le demos a nuestra lucha la capacidad de emocionar y conmover a millones de seres sensibles para luchar a nuestro lado…
-Claramente.
-Piola.


martes, 13 de diciembre de 2016

Soy viento norte

Uff. Puro viento norte
Puro olor a selva
Me llama mi juventud
Mi pulsión vital
Empuja desde adentro
Puro calor
Puro Paraná
Hidratando el aire
Eyaculando lluvia
Puro calor
Calor puro
De piel de escama
Hirviendo
Soy surubí empujando el río
Soy mboí jaguá
Colorada
Verde esmeralda
Dulzona como flor de Tipa
Amarga como la vida
Acá estoy
Soy tuyo


viernes, 9 de diciembre de 2016

El sueño del pibe

No estoy en condiciones de rechazar ninguna invitación. Desde que cambié de laburo no me invitaron nunca más a jugar al fulbo. Y yo necesito el fulbo, si no mato a alguien. Descargo un montón ahí. Además de todo el tema de la conexión con mi infancia y que en una cancha vuelvo a creer en la humanidad.

Así que aunque era una propuesta muy rara, acepté sin pensarlo dos veces. El Pelado medio que se cagaba de risa cuando me vino a invitar, se lo tomaba medio en joda. Pero la verdad es que entre la edad y los quilombos familiares y horarios de laburo, los profes de esta escuela nunca llegaban a juntar diez para una sintética. Además las pibas ofrecieron pagar la cancha, y el Pelado no dudó.

Sabía que el fulbo se estaba poniendo de moda entre las mujeres porque me contaban las pibas de la escuela y veo las fotos en el feisbuk de un par de contactos de esos que ni sabés por qué los tenés. Pero nunca me había tocado en carne propia.

Resulta que las compañeras del jardín de infantes de la nocturna y las auxiliares del jardín de la vuelta tenían un equipo permanente de siete y les costaba encontrar rivales en el barrio. En Bajo Flores era más común, por el tema de San Lorenzo y todo el laburo con el barrio, pero en Soldati era casi imposible ver pibas jugando en las plazas o los patios escolares. Ser mujer en Villa 3 y Piletones es para guerreras solamente.

Cuestión que se animaron a desafiarnos a un mixto. En mi puta vida jugué un mixto y no tenía idea cómo era. Pero la capitana de ellas, una compañera alta y de hombros sólidos (seguro sería la 9), lo encaró al Pelado una tarde y le explicó. Se pusieron a cranear equipos como en el box, midiendo pesos, alturas y complexiones, para que no fuera despareja por ese lado. Igual no había mucho que reclutar.

La cosa es que quedamos un viernes después del laburo en la canchita grande que está debajo de la autopista, enfrente de la Estación Saguier del Premetro, que es como la zona neutral de los dos barrios. Hace mil años que no jugaba, así que llegué tempranito, precalenté y me estiré lo mejor que pude. Igual ya estaba más para el vendaje y la tobillera porque los músculos se negaban a reacciones rápidas como cuando era pibe.

El partido fue lindo. Las pibas son terribles jugadoras. Claro, debe ser que arrancaron hace poco y ellas lo viven con una pasión y la alegría que nosotros teníamos en la adolescencia o de pibitos. Y me sorprendía que estaban siempre con una sonrisa tallada en la cara, mientras corrían, se divertían mucho más.

Al principio estaba cohibido, porque nunca había jugado contra mujeres y me daba no se qué lastimar a alguna. Encima a mí siempre me eligen porque soy el único que juega abajo, de central por la derecha o de cuatro. Y como soy muy físico -por no decir rústico- me daba algo de cosa tener que dedicarme a una marca prolija y sin alevosía. Tampoco estaba acostumbrado a eso.

Pero las dudas me las removió la 9 de ellos, o sea, del otro equipo. Es difícil, este idioma no se inventó para comentar fútbol mixto. Bueno, la 9 del equipo rival. Que efectivamente era la capitana que yo conocía del jardín, Luciana. En una encaró el punto del penal para bajar un pase en profundidad que le había tirado el profe de Química, le decíamos “el Fino”, tanto para la gastada como el elogio. La piba la paro con el empeine y cuando salí a taparla me topeteó con el hombro y me sentó de culo contra el sintético que todavía me arde la nalga.

Así que dije esto va en serio nene, para qué andar con chiquitas, y cuando se quiso mandar picando por la punta en la próxima la barrí con pelota y todo para que supiera que me había agarrado “políticamente correcto” pero que no se la iba a dejar tan fácil el resto del partido.
Las pibas tenían los mismos códigos que nosotros, así que se puso muy lindo y la verdad que nos cagamos de la risa toda la hora y media.

Lo otro que me resultaba incómodo no lo pude solucionar del todo, aunque también me ayudo una del equipo contrario. O sea, yo fui mentalizado a no mirar culos ni tetas, viste, ni de mis compañeras, ni de las contrarias. Para que no se sientan incómodas pero también para concentrarme en lo importante.

Pero, no sé si será por la posición o qué, pero me quedé pelotudo con la marcadora central del equipo rival. Una petisa morocha con unas gambas de escultura, el shorcito más erótico que vi en toda mi vida, sobre los pechos una franja de oro le cruzaba la camiseta azul ajustada y una mirada de acero con madera, loco; pelo azabache y unos huevos…, perdón, unos ovarios enormes para guapearla en el área, trabar abajo y salir picando por la punta derecha para revolear el centro.

Me partió el marote desde que arrancamos hasta el final. Me concentré en la marca y el partido tratando de no mirar para su lado nunca. Sólo en un córner nos cruzamos y nos trabajamos las costillas a los codazos. La piba se mueve re bien con los brazos. No se come ninguna.

Entonces me empezó a pasar algo muy raro. Me empecé a dar cuenta que éramos muy parecidos jugando. Marcadores sacrificados, los dos derechos, sin mucha ductilidad, con un repertorio de tres o cuatro posiciones básicas del pie y pura entrega todo el tiempo. Me parece que se avivó porque me crucé su mirada después de un par de veces que fui abajo sin tener piedad con mi propia integridad física. Le brillaron los ojitos como si me estuviese felicitando por dentro.

La nochecita estaba ideal también, de esas últimas nochecitas de primavera en las que todo el día hizo un calor insoportable y a la noche refresca, que no son ni calientes ni frías, perfectas para la cervecita y la charla pos-partido. La forma de jugar de las pibas cambió la gastada sexista típica por un tremendo respeto. El partido fue parejo y la charla después también. Se armó un lindo clima, y entre las chanzas por las jugadas, los mano a mano y toda la tradicional se fueron mezclando las cosas de la escuela, y terminamos comprometiéndonos a hacerla más seguido y ver si también nos juntábamos para armar una asamblea y organizarnos para reclamarle a los hijos de puta del Ministerio que aflojen la guita de sueldos y el presupuesto para los jardines y la secundaria.

Ella me seguía partiendo el bocho en la charla. Tiraba anécdotas de la ciudad sin costanera de la costa del Río Uruguay donde se había criado y de las miles de veces que le pasaron cosas raras en la 14. No paraba de fascinarme y encima era del Litoral como yo, le gustaba pescar y matear en el río, como yo, y manejar por la ruta de noche, como yo.

Pero la sorpresa vino después. Siempre hago lo mismo y me voy estirando mientras hacemos el tercer tiempo, dejo que las duchas se vayan vaciando así me agarro algo de agua caliente. Si no me baño al toque, después soy una mugre en el 141 y se me agarrotan todos los músculos. Así que cuando nos empezamos a despedir, apronté para el vestuario y tranquilo empecé los rituales con las vendas y la ropa y me dí una flor de ducha caliente que me relajó hasta lo más hondo.

Y entonces pasó lo que te quería contar, el central de ellas se metió en la ducha conmigo.

-Me estás jodiendo.

-No, boludo, te lo juro por lo que más quieras.

-El sueño del pibe.

-El sueño del pibe de una. No me acuerdo pero creo que no dijo nada. Cuando me dí cuenta la tenía encima mío comiéndome la boca. No tiene unos labios carnosos, son finitos, pero con una forma muy rara, y firmes. Toda ella es de cuerpo firme, fibrosa. Aunque tenemos casi la misma edad, se nota que juega seguido o mete rutina de algo cada tanto, porque tiene los músculos del cuerpo firmes y duros pero no trabajados, no de pose de gimnasio, viste.

-¿Te la cojiste en el vestuario? No te la puedo creer.

-Mirá que sos animal, Fede. No me estás escuchando o hablo al pedo. ¿Cómo que “me la coji”, boludo? Si me encaró ella en la ducha, si me clavó alto beso. Más bien al revés. Después de la sorpresa me rearmé y estuvimos cogiendo como en una lucha grecorromana, se me subió con las piernas enlazándome las caderas y me montó de parado como una gladiadora mientras yo le hacía el aguante con la misma intensidad. Estábamos enfurecidos. Cuando acabamos los dos se dio vuelta mirando a la pared, dándome la espalda, todo en silencio, y en un movimiento certero puso las manos en el piso y tiró una vertical a la pared, ofreciéndome su vagina abierta, para que se la coma de placer. Cuando me mandé con toda la sed que podía sacar de las vísceras siento que me abraza la cabeza con las piernas, hace fuerza, y me la empieza a comer en esa posición. Yo había terminado recién pero no sé, la situación, el vestuario, la adrenalina del partido, la audacia de la piba, las historias del río, la brisa en la noche de verano, la cerveza… se me puso dura de nuevo, como si tuviese veinticuatro años menos.

-No te lo puedo creer. Es la mejor historia que inventaste hasta ahora.

-No seas boludo, Fede, te estoy contando la posta. Lo que me pasó esa tarde me cambió la vida para siempre, me transformó.

-No era para menos, nene, esas cosas no pasan nunca.

-Es que todavía no terminé de contarte.

-¿Hay más? ¿Qué puede ser más flashero que lo que me acabás de contar?

-Resulta que cuando estábamos a punto caramelo después del 69 vertical que nos mandamos, me agarra la nuca con firmeza, me come la lengua bajo la ducha caliente y con mucha suavidad me acomoda el torso contra la pared, se pone detrás de mí, acariciándome, lamiéndome con muchísima dulzura la oreja izquierda y con el índice y el dedo mayor enjabonados, me empieza a penetrar de a poquito, y a medida que me voy abriendo y dejándola entrar, con mucha sensibilidad va subiendo el ritmo, despacito, despacito, cada vez más fuerte, me encuentra el punto “g”. Se da cuenta por el movimiento de mi cadera, por mis gemidos. En medio de esa locura inexplicable giro la cabeza todo lo que puedo y la veo perdida de éxtasis, acompañando a sus dedos como si fuesen un ariete de su propio cuerpo, surgido en su bajo abdomen, y empuja su mano con los golpes de su pelvis, acomodando el clítoris para que cada embestida le diese tanto placer a ella como el que me estaba dando a mí.

-No entiendo nada.

-Está bastante claro todo.

-Pero…

-No hace falta que lo entiendas. Sólo te digo que fue la mejor experiencia sexual de mi vida entera. Nunca pensé que algo así me iba a pasar. ¿Sabés lo que es tener un cuerpo lleno de marcas y prohibiciones? Casi cuarenta años cargando una masa de músculo y hueso donde cada parte tiene un rol asignado por la sociedad, la familia, la Iglesia y hasta el porno. Ella desarmó todo eso, le borró las etiquetas, desdibujó los límites, rompió en pedazos las prescripciones y me soldó de nuevo. Descubriendo mi analidad, me hizo conocer un tipo de placer físico y emocional que no había sentido nunca, me encastró, puso la última de las 1000 piezas del rompecabezas, dio la pincelada final sobre el bastidor, me completó.



Me hizo varón de nuevo. Me hizo otro.

jueves, 8 de diciembre de 2016

Ellayo

Ella soy yo
En un cuerpo de mujer
Y yo soy ella
En un cuerpo de
Varón

No sé si me explico bien

Ella es serpiente de río con alas,

                                               Dragón
Con cabeza de yaguareté

Pero a la vez yo
Serpiente emplumada
                                 Kukulkán
                                               Quetzalcoátl barbado

Y ella
               mboí yaguá

Selva maya de Quaktemallách
                     De Tikal y el lago de Flores
                                           De cerveza Gallo bien fría
De lluvia torrencial
                         con sol
De 5 a 6
         religiosamente en primavera

Chaco profundo y Amazonas
De mosquito zancudo
Y milenaria Tipa

De tucanes y guakamayas
De tití juguetón
De liana y líquen inmortal

De horror sobrenatural
De pequeñez y cobardía

Ellayo

¿Por qué el Partido Comunista apoyó la dictadura de Videla?

Reseña de El PC argentino y la dictadura militar. Militancia, estrategia política y represión estatal, de Natalia Casola, Dra. en Historia UBA, Imago Mundi, Buenos Aires, 2015.



Sentí que era capaz de escribir esta reseña no bien terminé de leer la Introducción del libro de Casola. Cada página, cada capa que asimilaba, me fue confirmando esa sensación primitiva. Hasta que llegué al corazón del libro, y pude ver claramente que no me había equivocado en mi primera impresión: estaba frente a un excelente libro de historia.

Yo creo que un libro de historia debe tener  al menos cinco virtudes cardinales para ser un excelente libro: buscar la verdad, demostrar con la contundencia de la prueba, narrar con sencillez, sostenerse en la honestidad intelectual y ser pertinente para el presente.

Los buenos libros de historia pueden tener alguno de estos elementos, pero aquellos que contienen los cinco son, sencillamente, excelentes. Casola cumple con esas cinco pautas desde mi punto de vista.

Cualquier lector o lectora puede darse cuenta que está frente a una historiadora que confía en su trabajo desde el prólogo. Casola ha tenido acceso a los archivos claves para su investigación y lo sabe; Casola se ha quemado las pestañas con cada investigación o fuente secundaria que se ha publicado sobre el tema que investiga y lo sabe; Casola ha encontrado la clave interpretativa de una madeja compleja y lo sabe. Ese conocimiento le da aplomo a la hora de escribir y narrar lo que ha encontrado.

En su introducción explica pacientemente, con las palabras justas y necesarias el problema que quiso dilucidar, el método que se dio para encontrar las pruebas y la verdad que descubrió del otro lado del archivo. Una prosa narrativa breve, concisa y contundente que permite leer con fluidez las casi trescientas páginas del libro.

Es el programa, estúpido

¿Qué verdad quiso dilucidar Casola en su libro? La pregunta del millón: por qué razón el Partido Comunista argentino, fundado en 1918 en defensa de la revolución rusa contra el ala moderada de la Segunda Internacional, o sea el PS de Juan B. Justo, apoyó abiertamente la dictadura más sanguinaria y contrarrevolucionaria que vivió Argentina hasta el día de la fecha, la del Proceso de Reorganización Nacional entre 1976 y 1983.

Coincidimos con Casola en que la respuesta a esa pregunta debería interesar a toda la nueva generación de militantes y simpatizantes de la izquierda en nuestro país pero también a nivel mundial. Desde fines del siglo pasado, al calor de las sucesivas crisis de una economía capitalista en estado senil (muy bien definidas como “capitalismo zombie” por Pablo Heller, dirigente del Partido Obrero, en un libro que todavía no leímos) una nueva generación se ha lanzado a la lucha política con la izquierda, combatiendo en las calles al Estado capitalista desde los Caracazos y Argentinazos hasta la primavera del Magreb y las banllieurs en París, el mundo entero ha visto alzarse a las masas en rebelión.

Y cada generación está obligada a plantearse los mismos problemas de las generaciones anteriores si han decidido que su lucha no sea una mera rabieta pasajera.

El libro de Casola nos trae, a estas nuevas generaciones en lucha contra el viejo enemigo, el análisis de la putrefacción de la que fue durante sesenta o setenta años la herramienta más emblemática de la historia humana en la lucha contra el capitalismo. Porque no importa de dónde uno venga, la bandera de la URSS y los partidos ligados oficialmente a la Internacional Comunista ha sido siempre la referencia obligada para cualquiera que se pusiera entre ceja y ceja terminar con la explotación y la opresión en el mundo.

Ahora bien, han pasado treinta años desde el Congreso del PCA que planteó la “autocrítica”. ¿Qué puede aportar a un debate de treinta años una investigación? Casola analiza cada respuesta dada al apoyo del PC a Videla, las investiga una por una, demuestra la exacta participación de cada factor en la resolución del problema, pero además, encuentra una explicación que faltaba, y que después de leer con detenimiento cada fuente, cada nota al pie, uno se convence por la contundencia de la prueba de que Casola ha encontrado la explicación que anuda y explica todas las otras.

La dirección del PCA explicó siempre que su apoyo a Videla estaba basado en una caracterización política: que ante el hecho consumado del golpe de Estado había que defender al sector menos malo de la facción pinochetista que luchaba por imponerse. En el debate posterior a la dictadura esa misma dirección reconoció que se había equivocado. Claro, el pinochetismo se había fumado 30 mil compañeros y estuvo haciendo ese trabajo desde antes de tomar el poder Videla, desde que el decreto que combatía legalmente la “subversión” en Tucumán se hizo extensivo a todo el territorio nacional antes del 24 de marzo del 76.

Tempranamente el PCR y otras variantes del maoísmo –que habían roto con el PCA en el 64- explicaron el “error” por “el oro de Moscú”, es decir, porque la dirección del PCA habría funcionado como correa de transmisión de las necesidades económicas de la URSS que la llevaron a contratar los envíos de cereales con Videla a pesar de que Videla estuviese masacrando una generación revolucionaria, incluyendo a sus propios militantes.
Casola se toma el tiempo de registrar en detalle la influencia de Moscú dentro del comunismo argentino (los dos miembros más antiguos de la dirección eran representantes oficiales del PCUS) y la importancia económica de los acuerdos comerciales para ambos lados del mostrados. Sin embargo, con total audacia se pregunta en qué lugar deja esa explicación a la enorme militancia del comunismo. ¿O acaso debemos quedarnos con la idea de que dos tipos digitaban a miles de mujeres y hombres que entregaron su vida a una lucha como simples títeres sin conciencia ni voluntad?

Casola indaga en las experiencias de la militancia para tratar de ver con sus propios ojos cómo asimilaron la militancia de base, las direcciones intermedias, la consigna del "apoyo crítico al régimen cívico-militar”. Y revisando entrevistas y experiencias militantes individuales, pero también informes de las regionales a la dirección nacional y documentos oficiales del partido, descubre que la militancia aceptó casi sin fisuras la caracterización y sólo empezó a enfrentarse a la “línea” cuando vivió en carne propia el genocidio en desarrollo.

Entonces cuando la represión del “ala moderada” del ejército mostró su cara contra el PCA –sobre todo en Córdoba y el NOA- y los comunistas que militaban en el frente sindical o de los derechos humanos empezaron a registrar que los acuerdos comerciales con la URSS y la “legalidad” del PCA no alcanzaban a proteger a dirigentes sindicales y juveniles comprometidos en la lucha y que había un genocidio en marcha que no podía disculparse con la lucha contra “el terrorismo de izquierda” de las orgas guerrilleras, aparecieron las disidencias.

Casola demuestra con amplia fundamentación que el acuerdo del PCA con Videla le permitió contar con una herramienta en la lucha contra la represión que no tenían las organizaciones declaradas ilegales. Pero muestra también que esa herramienta intentó ser usada por la dirección del partido en contra de las víctimas de otras organizaciones (el PCA gestionó con la embajada de la República Federal de Alemania que no se diera asilo a militantes que no fueran del PCA; la dirección bajaba órdenes a sus abogados para no defender guerrilleros, etc.) por lo que en lugar de ser una buena explicación para su “apoyo crítico” terminó siendo una herramienta de colaboración (así, con toda la carga política de esa palabra) con la dictadura fascista. El PC argentino y la URSS mocionaron en OEA y ONU para que no se dictaminara la de Videla como una dictadura que violaba convenciones de Derechos Humanos, promovieron una lucha contra el boicot al Mundial del 78 y sólo después de 1979 y Malvinas se dejaron vencer por las voces mayoritarias de la militancia de base que pedía a gritos la ruptura de la alianza con Videla y compañía.

Pero si el “oro de Moscú”, los cereales para la URSS, la obsecuencia de los gerontes del CC hacia Moscú y la conveniencia de la legalidad no terminan de explicar lo que pasó, ¿qué lo haría?

Casola defiende con excelentes argumentos y pruebas que la explicación del apoyo comunista a Videla es producto, en primer instancia, del programa político trazado por el comunismo para la región y para el país desde mediados de los años 30: la revolución democrático-burguesa como paso previo y necesario para la construcción –posterior- del socialismo. El programa del PCA en el que se educaron decenas de camadas de militantes y dirigentes durante cuarenta años ayudó a visualizar a Videla como el brazo armado de una burguesía nacionalista que iba a chocar objetivamente con el imperialismo yanqui para concretar su segunda independencia.

Así, el libro de Casola no sólo tiene la virtud de encontrar una explicación verdadera del 
problema estudiado sino que además tiene la virtud de demostrar con contundencia de archivo la importancia que tienen los programas, las estrategias, en la construcción de las organizaciones políticas y sindicales y en los procesos sociales. Porque no solamente el PCA, sino que toda una mayoritaria porción de las masas que se lanzó a luchar contra el Estado después de 1955 llegaron a la derrota más fabulosa de la historia de la lucha de clases en Argentina desde la represión al anarquismo entre 1919 (Semana Trágica) y 1931 (fusilamiento público de Di Giovanni) precisamente porque algún sector de la burguesía nacional “progresista” los traicionó: llámese Perón con la Triple A o el Ejército Sanmartiniano de Videla y su lacra.

El pasado como arma de futuro

Casola no ha publicado una investigación para hacer leña del árbol caído o fundamentar maliciosamente treinta años de chicanas troscas contra el PC. Su mirada se explica únicamente por la obligación moral de darle un valor a la militancia. Por eso es un libro tan valioso, porque está pensado para aportar a un balance, pensado para que militantes de carne y hueso puedan comprender qué pasó y luchar denodadamente para que no vuelva a pasar.

Su análisis del período autocrítico abierto por el Congreso de 1986, que parió el PCA que conocemos todos, (el del desguace del Hogar Obrero y el uso de los ahorros de varias generaciones para construir y sostener un Banco y una cámara empresarial de Bancos y el Centro Cultural de la Cooperación, el de su definitiva disolución en el peronismo bajo el ala kirchnerista) es sencillamente magistral. Porque demuestra que la dirección renovadora que expulsó a los resabios de la dirección estalinista a pesar de tanto documento y revisión y de palabras fuertes, no terminó de abandonar el programa de la “revolución democrático-burguesa” y la táctica etapista y como mucho pasó a adoptar un seguidismo culpógeno del peronismo. Casola no lo señala, pero eso explicaría la adaptación total del comunismo argentino, no al peronismo del 46 sino al menemismo (lo que explica a un Asís), del duhaldismo o el kirchnerismo.

Es decir que habiendo acertado en su hipótesis, Casola puede ofrecer un aporte imprescindible para la militancia actual. Y entiendo que servirá también a muchos compañeros y compañeras que sufrieron los vaivenes de la militancia honesta en las filas de ese partido en los 70 y 80 para poder colocar en algún lado tanto dolor y sufrimiento.

La importancia de los métodos

Permítame extender un poco más esta lectura con algo de mi cosecha personal. Soy de los que estamos convencidos que el programa alcanzado por Marx, Lenin y Trotsky, el de la dictadura del proletariado y la revolución permanente es la única forma concreta de terminar con el sufrimiento humano. También entiendo que la herramienta más eficaz para lograrlo es la construcción de un partido obrero, una organización centralista/democrática que permita organizar a la clase obrera como clase para sí y tomar el poder político de cada sociedad en este planeta.

Usted comprenderá –ya sea que acuerde o no con esta creencia- que es muy difícil sostenerla hoy día. En particular desde la enorme decepción que cundió en las filas de la clase obrera y el pueblo ante cada traición, desde la socialdemocracia de la segunda internacional en 1914, el estalinismo y toda una cadena larguísima de etcéteras.
La enorme dificultad de organizar una Cuarta Internacional desde 1938 hasta la fecha no es más que un durísimo dato que demuestra la envergadura del problema.

Ante cada hecho consumado la pregunta que nos asalta es la misma: ¿es que el problema está en la misma concepción del partido que tenemos?

Cuántas veces se ha decretado la inutilidad del partido leninista ante cada defraudación. Incontables. Cuántas organizaciones que se reclaman de izquierda o revolucionarias mantienen en su programa el norte de la dictadura del proletariado. Casi ninguna.
La presión de las lecturas históricas difundidas por las academias, los manuales de historia y los medios de comunicación es muy fuerte desde 1917 y no hizo más que crecer desde la caída del muro. Parece olvidarse que la burguesía tardó casi mil años en pasar de ser una clase en sí a tomar conciencia de su lugar en la lucha de clases y hacerse con el poder social, desde su aparición en el siglo XI en las ciudades comerciales europeas al calor de la expansión comercial católica hasta la consolidación de la República burguesa en la segunda mitad del siglo XIX. En comparación, la lucha obrera no ha recorrido ni un décimo de ese camino. Pero es suficiente para condenarla al cajón de las utopías.

Contradictoriamente el libro de Casola no contribuye a la desmoralización sino que aporta elementos para comprender que precisamente la traición del PC argentino no radica en su leninismo sino más bien en la ruptura del centralismo democrático:

“Una característica propia del PC era la tendencia a fomentar la cultura de la autoproclamación. Como las disidencias creaban sospechas los funcionarios solían exagerar aquellos aspectos que mostraban al partido como una gran y poderosa maquinaria, siempre en crecimiento, como resultado de una línea correcta. En este caso, puede pensarse que la transmisión de los “mejores” números y el ocultamiento de las “bajas” buscaba mostrar la eficiencia del funcionario a cargo de la regional y al mismo tiempo ratificar la corrección de la línea.”
[Página 128]

“El relato de Carlos Loza aporta otro elemento que también explica la aceptación de la línea por los militantes: la creencia en la infalibilidad de la dirigencia. Si las formas de producción y circulación de la información históricamente habían seguido los caminos del verticalismo, la dictadura, con su batería de prohibiciones, exacerbó este modo de construcción. El militante del PC, habituado a creer en la palabra de su dirigencia a la que se le atribuía una capacidad de acceso a información superior a la que se tenía en realidad, no contaba con otros medios para formarse una caracterización amplia […]”
[Página 141 ]

“Hay que decir que el tema de los métodos de dirección nos sorprendió por la magnitud y el espacio que ocupó en el debate. Pareció estallar algo que venía de lejos, trayendo consigo una verdadera crisis de credibilidad, de confianza en la dirección (…). Se desnudaron nuestros viejos defectos de formación, las transgresiones al centralismo democrático, la persistencia del “ordeno y mando” y los resabios del culto a la personalidad en los diferentes niveles que, en definitiva, es uno de los orígenes de lo que llamamos criterio de “infalibilidad”, de la soberbia y de los mecanismos de autocríticas “para abajo”, es decir, “después de uno”.
(Extracto del Informe del Comité Central del Partido Comunista al XVI Congreso, 4 de noviembre de 1986, p. 16, citado en Casola, págs.. 216 y 217.)

Casola ha publicado este libro para que sea un aporte a las nuevas generaciones que se acercan a la izquierda. Al menos si cada militante, sea de la organización que sea, puede aprender de la historia del PC argentino lo importante, es decir, la necesidad de defender la lucha teórica por desenvolver el mejor programa político para la etapa, y mantener con firmeza las bases del centralismo democrático, Casola habrá logrado su propósito.


De los malos ejemplos, aunque dolorosos, también se puede aprender lo que no hay que hacer.