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martes, 8 de noviembre de 2016

CAPÍTULO 8. El falso Gardel

Capítulo 8

El falso Gardel


cualquier cacatúa sueña
con la pinta de Carlos Gardel

Celedonio Flores, 1933



Volver fue sencillo, sospechosamente. Había aprovechado para comprar yo también un celu descartable como Santos, y ya empezaba a acostumbrarme al viaje en trampolín de gusano, incluso creo que esta vez aterricé parcialmente con los pies. El desvancito y la oficina de hospital estaban vacías y hasta si pude reincorporarme a la visita guiada con una distancia de tiempo equivalente a una escapadita para mear. Pasé tan desapercibido que aproveché también para evitar el convite final de malbec y carnes rojas, y por lo tanto, no pagué la tarifa.
A lo que no me acostumbraba era a la sensación de volver del pasado. Me sentía más ligero, más saludable, no sé… hasta más joven. El que no me haya comido ni mandado ningún garrón en dos viajes me dejaba ir agarrando confianza en mí mismo. Y debo reconocer que la impresión de estar a menos de 20 metros de mis dos viejos en la misma tarde bajo 500 gaiteiros, no era moco de pavo para mi mundo afectivo y racional. Seguro algo se había soldado allí donde tanto tiempo estuvieron las cosas desgarradas.
Caí en la cama, derrumbado, y dormí en paz.
Me sorprendió el ringtone de las notificaciones del guasáp a las 10 de la mañana. Estaba realmente cansado, había dormido como un tronco y no había oído el despertador para ir a la mesa de agitación del centro del viejo pueblo de Chorroarín, en el cruce de Combatientes de Malvinas, Triunvirato y Los Incas.
Gracias al chequeo antes de la cita del compañero alcancé a ducharme y tomar unos cimarrones espumantes y llegar a tiempo a la actividad. Morfamos unos bondiopanes en lo de Charly –maldito negrero estafador de parrilleros que fabrican unos sánguches de la puta madre y baratos- y tuvimos la reunión de círculo. Recién al atardecer recibí el primer mensaje de Vicky y Santos. En realidad recibí el primero y los próximos 27, incluyendo un par de audios de media hora cada uno. Por alguna razón entraron todos juntos. Seguramente los fueron mandando mientras capeaban la actividad pero entraron cuando Santos cruzó el puente Artigas en Gualeguaychú y una vez sobre la RN14 agarraró señal.
En resumen, me contaban entre mucho cuelgue y descansos varios, que el Palacio Salvo, construido por Palanti después de terminar el Barolo en los años 30, pasó a ser el rascacielos más alto del subcontinente después de su hermano gemelo del otro lado del Plata. Éste Salvo sacaba su fortuna de las espaldas y músculos de 8 mil familias obreras de sus plantas textiles y comercios anexos del viejo pueblito rural de Juan Lacaze, comprándole materia prima a los semiesclavos cosecheros de los algodonales chaqueños que explotaba su amigo y paisano italiano Barolo. Esas conexiones de clase y etnia hicieron que Salvo jugara parte de la fortuna familiar heredada por el fallecimiento de una tía en la edición del edificio.
Los chicos creían que sólo nosotros conocíamos el verdadero motivo que justificaba tamaño desembolso, resolviendo el enigma planteado a los historiadores de la industria uruguaya –quienes apelaban a la multicausalidad­- y a las historiadoras uruguayas de la vida social y las buenas costumbres, que lo explicaban por la mentalidad de ostentación propia del status del empresario.
Santos descartaba que la mitología popular sobre la conexión de los dos faros lumínicos que coronaban sendas torres en las noches claras sobre el río fuese cierta. Como buen marinero sabía que la tierra entre ambas márgenes era lo suficiente curva y amplia para que el ángulo hiciese imposible el cruce de los haces lumínicos. Pero de todas formas imaginaba que alguna función debía tener Palanti para construir edificios tan elevados. Evidentemente habría una planificación previa que comprendía la necesidad de tener dos edificios por encima del resto mirándose por sobre las aguas y las casas. Sabiendo que se trataba de máquinas que controlaban la creación de gusanos tiempo-espaciales, imaginaba algún tipo de portal o gusano de diámetro monstruoso que permitiese el pasaje de barcos con equipamiento y personal. Una especie de Desembarco en Normandía nivel Stephen Hawkins.
Delirio de Santos o no, acotaba Victoria, algo había.
Los amigos de la adolescencia de los barrios de negros y mulatos de Montevideo le habían facilitado a Victoria los datos necesarios para entender la trama siniestra que llevó al asesinato de Salvo pocos años después de la construcción de la torre faraónica. Hubo una vez un ñato, antiguo mozo de La Giralda, un tal Ricardo Bonapelch, que vivía de punguear y estafar a viejitas y turistas porteños desprevenidos. Cada tanto hacía laburitos para los cafiolos, trayendo y llevando pibas entre las fronteras secas y mojadas con Brasil y Argentina o para las patotas de blancos y colorados. El rufián éste tenía un fanatismo desmedido por Carlos Gardel, muchos sospechaban que se llegó a operar la cara para ser idéntico.
Cuestión que le hizo el chamuyo del amor verdadero e incondicional a la única hermana menor de Salvo, que las crónicas de época coincidían en considerar más fea que el hambre. La hermana cayó en el romanticismo y el rufián se casó con la sexta o séptima fortuna del Uruguay. En pocos años el tipo se fumó la guita de la mujer, financiando sus propios emprendimientos de juego clandestino y una amplia red de prostitución en la costa este del país. Entre sus lujos, compró un vestuario exactamente igual al de Gardel, tomó clases de canto y actuación y llegó a garparse la grabación de un sencillo en vinilo, con un seudónimo. Los negros juran que a pesar de todo, había que reconocer que cantaba bien.
Compró una mansión sencilla pero preciosa en la Punta Gorda de Montevideo, yendo para Atlántida, y después de mucho acosarlo logró hospedar en ella al Mudo del Abasto cada vez que visitaba Uruguay y hacerse parte de su elenco permanente de obsecuentes famosos a partir de sus conexiones con gente poderosa y de guita del país. Se dice que gracias al falso Gardel uruguayo, el verdadero pudo conseguir su primer contrato con la gran industria yankee RCA-Víctor.
Los negros sostenían dos explicaciones diferentes para los grandes sucesos que entrelazan la vida del falso Gardel y su yerno, el millonario Salvo. La crónica periodística achaca a la avaricia que el falso Gardel haya matado con un sicario a su millonario pariente para que su hermana –o sea, él- pudiese cobrar la totalidad de la herencia de su madre, que acababa de fallecer. La teoría es plausible porque las necesidades de plata del falso Zorzal eran urgentes después de un par de encontronazos con la policía por las negociaciones en la coima.
La quiebra era posible. Pero eso no podría explicar por qué el falso Gardel también mandó liquidar al verdadero en un accidente fraguado de avión en Colombia. Los negros estaban convencidos que la única forma en que podía llegar a eliminar a su adorado ídolo era porque los capos de la mafia montevideana se lo hayan pedido. Los negros jurarían –si fuesen creíbles- que la mafia uruguaya actuaba por estrictos negocios y regalías que le había prometido la RCA-Víctor y la CIA para que estalle la venta de discos en todo Latinoamérica después que Gardel se transformase en un mártir popular.
De paso, se cobraban un par de muertes que las mafias porteñas les habían tirado en el pasado, mafias para la que “cotizaba” el cantante más popular del país. Los negros también aseguraban, sin tanto dramatismo, que el asesinato de Salvo no aseguraba la herencia, por el contrario la haría demasiado dudosa para la fea heredera y el rufián gardeliano se jugaba su cobro, y por lo tanto su matrimonio. Lo mató porque la mafia montevideana se cobraba poéticamente la salvajada de Salvo, considerada pecado capital, de haber demolido La Giralda para construir su rascacielos, la mitológica pulpería donde se había escrito y estrenado el himno nacional uruguayo: La cumparsita.
Santos no descartaba que el accionar de la mafia montevideana podía encubrir también una mexicaneada de la CIA para arrebatarles el control de una de las puertas del portal espacio-temporal a los burgueses italianos y ponerlas bajo los intereses geopolíticos del Departamento de Estado. Todo como parte de la separación de estrategias del imperialismo norteamericano y las ambiciones nazi-fascistas con respecto a la detención del proceso revolucionario obrero de la URSS, Europa y el lejano oriente.
De todos modos no dejaba de ser muy típico de Uruguay que con el mismo apego por la catedral del tango que los llevó a “limpiar” al millonario Salvo, se hayan cagado en la envergadura del cantante más popular del género por cuestiones de guita. Santos creía como Borges, admiraban el tango milonguero original de los arrabales, altanero y provocador, y aborrecían de esa deformación “maricona” para explotar la nostalgia inmigrante en que lo había transformado Gardel. De paso, cobrarían algún morlaco de las regalías de sus discos post-mortem.
Por la noche Santos volvió a emboscarme en la puerta de casa, chiflando desde la calle hacia el balcón.
-¿Quién sos, Romeo Montesco o el narigón de Bergerac?
-Dale, no te hagás la Julieta y bajá, Rapunzel.
Una vez iniciado el ritual de siempre, le tiré ¿Qué onda con Victoria que no vino? ¿se pelearon?
Dudo mucho que el cambio repentino en la expresión de su cara haya significado que recibió la chicana como un insulto u ofensa. Pero ya se había escrachado que algo había pasado. Así que sin mucha vuelta desembuchó:
-Sí, nos peleamos. Me dijo que se iba a su pueblo natal, a Lacaze, que las casualidades son causales y que tenía que averiguar por qué esta investigación le había mentado su infancia lejana y no sé qué mierda más. No entendí mucho. Dijo que de paso trataba de averiguar algo más sobre los Salvo.
-¿Raro no? ¿Qué le hiciste?
-Nada.
-Dale, Santos…
-Simplemente las mujeres no se bancan mi independencia emocional. Nada más, incluso las más piolas, como Vicky.
-¿Se enamoró del todo? ¿Te quiere casar?
-No tanto, pero por hai canta Garay.
-Qué pelotudo que sos, con tus teorías anarquistas del amor, al final te terminás perdiendo de disfrutar compañeras valiosas como Vicky. Dios le da pan al que no tiene dientes.
-¿Es una guerra de refranes viejos? Dejate de joder un poco, ¿quién te dijo que no las disfruto?
-Sacate la muequita de winner de la cara, salame, que no le ganaste a nadie. Cada vez que tuviste al lado una compañera posta y enamorada boicoteaste la relación.
-No es cierto. Esa es la infamia forra que construyeron sobre mí los hipócritas que me odian. Y me odian porque no se pueden hacer cargo de que son unos fracasados emotivos y sexuales. Unos reprimidos malcogidos.
-Parecen las teorías de mis estudiantes sobre el malhumor de los profes.
-No es una teoría, es así. Me critican una supuesta superficialidad porque soy el tipo con más amistades sexuales que conocen, me envidian todos y no se hacen cargo de sus frustraciones y de sus delirios. ¿No se dan cuenta que todas las relaciones están quebradas? ¿Que sostener familias perfectamente armoniosas es imposible en este régimen social? Los padres se pelean con sus hijos porque no ayudan a sostener económicamente las cuentas en quiebra. Decime dónde mierda está el amor incondicional. Y si no hay dependencia económica ¿cuánto tardan en darse cuenta que la monogamia los aburre como locos? ¿O me vas a decir que cuando te separaste de tu ex después de años de exclusividad sexual no sentiste que volvías a respirar en cada nueva relación? Daaale…
-Sos una bestia, un animal, sabés bien que estuve enamorado sinceramente de ella, que nunca la cagué con nadie…
-¿Cómo “la cagué”? ¿A quién “cagás”? Te relacionás con otra persona, no estás cometiendo ningún crimen, das y recibís amor… ¿vos repudiás la propiedad privada de los medios de producción y la consecuente esclavitud de los obreros, pero en la cama pretendés privatizar el cuerpo de la persona que supuestamente amás? Son revolucionarios para la tribuna…
-En esta sociedad no podés construir relaciones afectivas socialistas, lo tuyo es una utopía teórica, una forma linda de encubrir que te gusta cogerte a todas y le rajás a los compromisos.
-No digas boludeces, Leo. Las veces que me comprometí con una sola compañera respeté la exclusividad. Y que las fuerzas productivas o la conciencia política de las masas esté atrasada no es excusa para abandonar la lucha por un amor honesto y despojado de sanata moralista. En tu mundo afectivo mandás vos, no la burguesía…
-Pero tenemos la cabeza llena de mierda con respecto al amor, Santos, no es tan fácil….
-Decime qué mierda es fácil en la vida de un explotado, Leo, o en la vida de un explotado que encima milita en un partido que no transa con nadie ni recibe guita de nadie… Todo es difícil. ¿Por qué claudicar tempranamente a una lucha a fondo para terminar con la mierda machista y heterónoma que tenemos en el bocho…? El tango es lindo para cagarse de risa, pero si describe exactamente lo que te pasa cuando amás, date cuenta que estás enfermo, papu.
-“Esos tangos que hacen mal”, decía Zitarrosa.
-El malamor, Leo, el malamor. Con las canciones, en la escuela, los amigos, nuestros viejos, los tíos, las abuelas, las películas, los periodistas por la radio, todos nos llenan la cabeza con forrada como “lo único que vale la pena es lo que cuesta sufrimiento”, “el amor verdadero es para siempre”, “ella me completa”, “no puedo vivir sin vos”…
-Mi vida sin ti no vale naaaadaaaaa…
-Mierda, pura mierda. El otro día una piba me tiró, después de garchar como atletas olímpicos durante tres horas, “que ella siempre se enamoraba de chabones que no la querían” y que los tipos que le caían bien y eran excelentes personas “no pasaban de amigos”… ¿a vos te parece? Qué enorme pelotudez, Leo. ¿Qué tienen? ¿Un corazón que siente diferente de su razón? ¿No te parece una forrada para armar familias de obreros con un par de sueldos y ahorrarse aumentos? ¿No te parecen estupideces?
-Sí, claro, si lo ponés así… ¿pero vos creés posible elegir científicamente la pareja perfecta y decidir enamorarte racionalmente?
-No tengo la menor idea. Sólo sé que el amor romántico es una garcha y una estafa. Que el mejor estado es ese donde te divertís con el otro, bajás la guardia y confiás que no te va a hacer daño, lo invitás a meterse dentro de tu intimidad, hacés un frente único entre pares por un programa: divertirse, armar una familia o viajar por el mundo.
-La mierda.
-Claro, pibe, hay que sincerarse y sacarse las caretas. El amor es libre o no es amor. El amor tiene que servir para ser feliz sin ninguna culpa. Lo mismo con la sexualidad, Leo, es el lugar donde se encuentra todo nuestro sistema anímico y racional con el cuerpo, con eso absolutamente privado y propio, para compartirlo, romperlo y reinventarlo. Es increíble lo mal que estamos que la gente para explicarte que quiere una relación “profunda” con vos se siente obligada a aclararte, “no sólo para coger, ¿eh?”. ¿Cómo puede ser profunda una relación donde amás al otro y no cogen? Hay que cortarla con la Iglesia, loco, son millonarios, chorros, asesinos y violines, darle bola a gente enferma hace daño. Mal karma…
-Y con el Tinder… La Iglesia tiene mucho que ver con todo esto Santos, La Divina Comedia está llena de referencias bíblicas, una especie de descripción detallada de la teología canónica.
-¿Averiguaste algo nuevo?
Era la pregunta que en el fondo intentaba postergar o anular con la conversa sobre el amor. No es que no me interesara la postura de Santos sobre el tema pero la verdad que no había decidido si debía confesar mi viajecito no planeado.
Arranqué con medias verdades
–Mirá, me colé en la visita guiada del viernes a la noche y averigüé algunas cosas más, detalles.
-¿Volviste a pasar por el Barolo? –pareció adivinarme el culo sucio.
-Sí, ¿qué tiene? Quería saber más sobre el edificio y estaba solo el fin de semana…
-Qué vida de mierda la tuya. Tenés que coger un poco más, es una cuestión de salud, como el colesterol controlado.
-Las minas que me gustan me quieren como amigo gay o sicólogo de izquierda gratuito.
-Y las que te gustan son histéricas como vos. No cogés porque no querés coger.
-Ya tengo sicóloga, no me rompas las pelotas.
-Bueno, ¿qué averiguaste?
-¿Te digo la verdad? Averigüé quién soy.- Había decidido ser sincero.
-No entiendo.
-Volví a viajar.
-En el 105, ¿qué tiene de nuevo?
-En el tiempo, activé el desván de nuevo.
-¿Vos estás loco? Es una locura, ¿te descubrieron? ¿Qué cagada te mandaste?
-Eso es lo mejor de todo, ninguna. Los tipos no se avivaron, o el agente Cabral era el único que usaba esa oficina y lo liquidamos…
-La verdad que es raro. ¿Por qué te mandaste solo? ¿A dónde fuiste?
-¿Y Candela? ¿Y la moto?
-No te hagás el boludo y contame.

Y le escupí todo.

CAPÍTULO 7- Negra Sombra

Capítulo 7

Negra Sombra

en todo estás e tí es todo
Rosalía de Castro, 1880



En cada colectivo el porteño tiene su propia forma de infierno. Claro que hay un círculo que los iguala a todos: el centro es -siempre y a toda hora- un viaje garantizado como ganado. Por gracia de la desinversión empresarial las unidades tienen más de diez años, hacen un ruido terrible que taladra literalmente oídos y paciencias, tiran toda clase de humo y los etcéteras del caso. El infierno también toma formas particulares, como el 133, el “lechero” más entreverado que recorre casi todos los hospitales públicos desde Saavedra hasta Pompeya o el 23, una ruleta rusa cuando pasás del Cementerio de Flores hasta la 1-11-14 o el calvario eterno de tomarse el 110 lleno, de vuelta a Nazca y San Martín, un viernes por la tarde. La cosa se viene acentuando a medida que la irracionalidad hace crecer la ciudad atorando las panzas de los bondis, las colas de los bondis, la SUBE nefasta que te recuerda cotidianamente el exacto límite de tu pobreza salarial. 
La particularidad de la 105 es que todavía conserva esas unidades chotas, angostas, de pasillos donde sólo entran filas de a uno, codo a codo y en la parte trasera, sobre las ruedas, estás más elevado y por ende, regalado a los culatazos y bacheos del viaje.
Tardó mil horas en llegar a San Martín y Melincué. La eterna construcción de paradas iluminadas y canteros de cemento y plástico duro de esa nueva estafa que es el Metrobús, hace que durante dos años el tránsito sea todavía peor. Una vez arriba, ya habiendo pasado la hora pico de la tarde y apurado por los ritmos horarios de la patronal subsidiada, el chofer lo transformó en un camión de rally, por lo que el asiento de la fila del fondo, detrás de la puerta de bajada, era una especie de potro loco de esos que metés una moneda y te imitan el corcoveo de la doma en los tugurios de algunos pueblos ruteros.
Le puso un tiempo récord, casi que no pude darme cuenta de la insufrible curva de Medrano y Bartolomé Mitre ni de la fachada muerta del boliche asesino frente al santuario de los Pibes de Cromañón. Tampoco noté el circo del santo inventado para los milagros rápidos en la parroquia de Balvanera, sede de 150 años de fraudes electorales, punteros y compadritos y escuela del dictador más sanguinario del país.
El ruido infernal de ese motor cansado rebotaba en lo profundo de la cañada formada por los sucios y grises edificios de una Bartolomé Mitre encajonada y tubular.
Lo planificado me había salido bien. Viernes a la noche y el cardumen de turistas que hacían la excursión guiada por el Barolo estaba rebosante, lo que me permitió camuflarme y pasar desapercibido hasta la oficina de la SIDE.
Esperé un tiempo prudencial para caracterizar sin llamar la atención y la oficina seguía sin custodia ni movimiento de entrada y salida de agentes. O bien el incidente con el teniente Perón no había sido identificado todavía con la oficina o el agente “Cabral” había muerto sin tiempo para dar la alarma. O –quién lo sabía- en una de esas era el único agente activo que conocía su uso y estaba muerto. En cualquier caso la indagación uruguaya de Santos y Vicky seguía siendo imperiosa para empezar a resolver tantos interrogantes.
Pero eso no pasaba por mi cabeza cuando entré al desván octogonal con el reloj automático que mi viejo me había heredado antes de morir, y que sabía había sido pagado por él y usado por primera vez en algún momento de 1963 o 64, con el primer ahorro importante de su primer laburo en Buenos Aires, limpiando la mierda de los clientes del restorán El Mundo, en Maipú y Florida.
La reliquia hizo su juego de llave y los mecanismos de la habitación fabricaron las luces y el túnel de gusano tiempo-espacial y volví a sentir ese terrible dolor de culo. Pero después de una caída que me pareció más corta, en lugar de la habitación de museo de la noche anterior, caí en el mismo suelo y el mismo desván octogonal de un Palacio Barolo ya terminado y en funciones.
Habían mantenido el placar enorme original, también con ropas de la época. Me calcé un traje gris perla, de solapa ancha y cruzada con la cintura de los pantalones a la altura del ombligo, preferí los tiradores al cinturón y un sombrero al tono de la corbata y encaré la salida con la elegancia de un Hugo del Carril yendo a la milonga, o a la cancha.
Pasé desapercibido por una galería con un esplendor mucho más glorioso que el del Pasaje Barolo de los años 90 y 2000 que yo había transitado tantas veces. Chequé la fecha en el kiosco de revistas de la galería pero recién me cayó la ficha de que estábamos en el 12 de octubre de 1963 cuando un estallido de voces y colores, de cuerpos y caras de alegría me explotó en los sentidos al salir a la Avenida de Mayo.
Y así, por el más puro de los azares, en lugar de encarar la segunda fase de una misión para vengar preventivamente a mi compañero Mariano Ferreyra, rastreando y eliminando a su verdugo, 50 años antes de que diera la orden que apretó el gatillo del .22 de Favale, terminé encarado con mi más profundo demonio interior.
El paso del tiempo en la conciencia popular se parece mucho en efectividad al agua de la montaña que acaricia con paciencia eterna la piedra y la va puliendo hasta dejarla pura arcilla y arena. En los años 50 y 60 del siglo XX si un habitante de Buenos Aires se cruzaba con alguien tocando una gaita en la calle, rápidamente hacía un comentario –amistoso o racista- sobre la colectividad gallega. En los años 90 y el 2000 lo más probable es que el comentario hubiera sido sobre el personaje de Mel Gibson en Bravehart-Corazón Valiente, los escoceses y sus “polleritas”.
Se ha borrado prácticamente de la memoria popular la enorme importancia que tuvieron para la vida social de esta comunidad, la inmigración gallega y asturiana de fines del siglo 19 y la primera mitad del siglo 20.
Y ahí estaba yo, autocomisionado en una misión política, siendo testigo de la movilización impresionante de 50 mil inmigrantes españoles que hacían suya la Avenida de Mayo homenajeando la conquista sanguinaria del continente en que vivían, paseando un feriado en el que el Estado argentino barría bajo la alfombra su dignidad soberana para chupar las medias de la embajada española y del fascismo que gobernaba la Madre Patria. El siniestro reloj me había llevado al lugar donde seguramente mi viejo, que tendría unos 26 o 27 años, habría estrenado el lujoso relojito, en la fiesta de la “raza superior”.
Olvidé por completo la “misión” original y en lugar de rastrear un nombre en las agendas telefónicas me descubrí buscando un rostro entre la multitud. Buscaba el rostro de las fotos más viejas de la familia, de la época de las salidas y encuentros de novios de mis viejos, con una mezcla de inconsciencia y alguito de angustia por lo que pasaría si efectivamente el recuerdo de una foto aparecía de carne y piel frente a mí.
En eso recordé las anécdotas de mi madre sobre las andanzas de mi viejo y su cofradía de paisanos también mozos, bacheros o cocineros de los miles de bares, restoranes y piringundines que sostenían el comercio gastronómico del corazón de la ciudad, que llenaban los espacios vacíos de soledad y nostalgia después del laburo con litros de interminables whiskys, cañas y aguardientes en determinadas esquinas que oficiaban de embajadas de las diferentes regiones españolas. Mi viejo y su barra defendían el honor de las cuatro provincias gallegas en la fuente de hierro forjado artístico de Avenida de Mayo y Lima, frente al horrible lugar en que la Embajada española hizo construir en 1980 ese peñasco feo y blanco calcáreo de donde emerge el Quijote a caballo y que en los días en que Santos, Vicky y yo habíamos perseguido al servicio “Cabral” se encontraba el indomable acampe de los qom del carasjché Félix Díaz exigiendo el fin del etnocidio de Urtubey, Insfrán y Capitanich en el chaco norteño.
Desde esa esquina –ahora vacía de personajes literarios y combatientes originarios- pude ver a mi viejo, trepado a la fuente de hierro y agarrado de sus compadres como quien se cuelga del paravalancha en la tribuna, arengando como un barrabrava el paso del desfile multitudinario.
Por obvias razones nunca lo había visto a mi viejo como lo veía ahora: sólo pude atestiguar la última mitad de su vida, terminada a los 76 en una tétrica terapia intensiva derruida de una clínica privada de Posadas, cuando ese tipo de movimientos ágiles y robustos de la juventud habían pasado ya hace rato al cajón de los recuerdos, entre las fotos y la morriña, sepultados por los efectos físicos evidentes de un tabaquismo bestial, la diabetes y la hipertensión congénitas y los kilos de grasa propios de una vida ya muy aburguesada.
Todo lo contrario de ese joven obrero gastronómico vigoroso y atlético, afeitado al ras y perfumado, en un traje de domingo con toda la pompa que las moneditas de sus primeros sueldos permitieron comprar. Tenía esas dos grandes entradas en las sienes que anunciaban la futura pelada que yo conocí pero no había ningún indicio que pudiese imaginar la obesidad tan característica del pequeño patrón gastronómico posadeño que simbolizaba todo lo humanamente despreciable de su conducta social posterior.
Esa lozanía y juventud contrastaban todavía más con la efusión ideológica que soportaba ese cuerpo. Mi viejo estaba ahí, alardeando de la fuerza y coraje esenciales de su raza española, orgulloso de aquel mítico Imperio Borbón que había sabido barrer de la faz de la tierra a millones de aborígenes en menos de un siglo, olvidándose de esos casi 50 años –los últimos del Imperio- que les sobraron a los aborígenes, esclavos, libertos y criollos para echar del subcontinente al emperador, desde Haití y la Rebelión de Túpac Amaru en el altiplano hasta la Batalla de Ayacucho en las mágicas montañas del Ande ecuatorial.
Qué amargo puede ser el sabor de encontrarse con tu propio padre en el pasado y que tus sensaciones más sinceras cabalguen entre la desilusión y la confirmación de un profundo rechazo. Porque mi viejo y yo fuimos dos extraños enfrentados incondicionalmente desde mi temprana adolescencia hasta el día que lo metimos en el nicho decrépito del cementerio español de Posadas. Sus posiciones franquistas de justificación a las dictaduras de Onganía y Videla se correspondían con esa imagen de burgués pequeño de provincias que ostentaba con descaro puertas adentro y puertas afuera de la comunidad careta de esa pequeña ciudad.
Pero verlo ahora, con la percha de un obrero joven y vigoroso, sosteniendo con el cuerpo y la garganta la inmundicia fachista no hacía más que desmoralizarme en la constatación de que el fascismo y el nazismo anidaron fuerte en los corazones y las mentes de obreros y campesinos como mi viejo en gran parte de la Vieja Europa y sus –viejas y reconquistadas- colonias de ultramar.
-Qué mierda todo- pensaba en esa esquina del año 63, disfrazado en un traje petitero. –Tengo la suerte de encontrarme con mi viejo ya muerto y en vez de ir corriendo de alegría de nene de diez años a sus brazos, como en una película chota de Jólygud, acá me ves con unas ganas terribles de cagarlo a trompadas.
Desmoralizado y aplastado por la lápida pesada de los muertos sobre mi conciencia, claudiqué ante todas las posibilidades de una misión fructífera. Sin ganas de recorrerme esa Buenos Aires buscando a otro veinteañero y futuro asesino de obreros, sin ganas de seguir contemplando la miseria moral y la semilla de un obrero traidor a su clase y su etnia, hecho un tango con patas, fui arrastrando los tamangos de charol que me había proporcionado la SIDE sin saberlo, rumbo al desván octogonal que me devolviera a mi depresión del siglo 21.
Y otra vez sin querer, cuando pasaba frente a la bellísima fachada de mármoles y bronces dorados del Hotel Castelar, me llamó la atención que no estuviera en su lugar habitual la placa enorme que recordaba el paso del enorme poeta Federico García Lorca por sus chetas habitaciones y sus baños turcos imitación de la Roma imperial.
Pero claro, recién en 2008 la Diputación de Granada y la Embajada española en Argentina le rindieron homenaje a su estadía de seis meses en Buenos Aires. No tenía que extrañarme que una Embajada y una colectividad dirigidas por el monarquismo, la superioridad racial y bajo las órdenes del franquismo más reaccionario se tardasen 75 años en lavar los pecados.
Cuando volviera a mi presente iba a releer la esquela que recordaba la invitación de la Asociación de Amigos del Arte, la copetuda fundación de Victoria Ocampo y las “esposas” de la aristocracia porteña que pasaban sus ratos de ocio gastando la guita propia y de sus maridos en tareas de mecenazgo estético y búsquedas formales. Ellas le pagaron el pasaje en barco a Federico, que ya era reconocido en la literatura de habla hispana como uno de los vanguardistas que revolucionaban las técnicas más refinadas del Siglo de Oro español en poesía, para ofrecernos descripciones descarnadas y maravillosas de los dolores y alegrías del campesinado andaluz, el hondo bajo fondo del que Federico nunca renegó.
Le pagaron también una lujosa suite 704 del Castelar y lo hicieron habitué de las tertulias más exquisitas del Tortoni, con los Borges y los Bioy. Su dominio de la cultura refinada, su fama y renombre en el mundo de las letras, seguramente harían ver su homosexualidad como un gesto de modernidad y vanguardismo, lo suficiente para que las copetudas guardaran sus comentarios homofóbicos para la intimidad de sus frías camas y el cotorreo entre amigas.
Pero lo lindo del asunto es que Federico parece que prefería escabullirse en los cafetines y bares de Avenida de Mayo y el puerto, siguiendo con su olfato sensible las experiencias cotidianas del pueblo trabajador. Así como el exquisito poeta suda su amor por el pueblo andaluz en su obra, así también Lorca se quedó seis meses, de octubre de 1933 hasta abril del 34 recorriendo esta ciudad y amando a su pueblo.
Es extraño cómo funciona la máquina del azar. Tropezarme con García Lorca treinta años después de que pisara estas mismas baldosas que ahora piso, en el medio de una monumental celebración del mismo Estado español que lo asesinó en agosto de 1936, por puto y por republicano, mientras acabo de confirmar aquello que más me separó de mi viejo, ese antagonismo de clase que nació del dolor de su despecho y maltrato para con sus hijas e hijos y sólo se hizo fuerte con el paso de los años y mi transformación en un obrero consciente. Mi viejo nació hace 80 años, en enero de ese mismo 36, que vió alzarse al carnicero de Ceuta y Melilla el 18 de julio.
Me crucé a una librería de viejos de esas que han poblado eternamente la Avenida de Mayo y encontré un librero más anarquista que vendedor, y en un tono bajo de confidencia y secreta conspiración le pedí y me entregó para leerlo frente a todos los manifestantes, una copia de su obra donde figuraba uno de los “Seis poemas gallegos” que escribió.
En particular el que demostraba que en esos seis meses el poeta enfocó con agudeza su sensibilidad en un particular habitante de Buenos Aires, el emigrante gallego obrero, ese mismo que sería mi viejo, y en ese dolor profundo e inigualable que provoca el desgarramiento de tus raíces emotivas y materiales encontraba las razones de tanta desdicha, de tanta temprana desmoralización en los jóvenes cuerpos y conciencias, ese fertilizante que podía explicar la germinación del odio fascista.
Leí esa mañana radiante de octubre del ´63 lo que Lorca sintió desde ese octubre del ´33:
“CÁNTIGA DO NENO DA TENDA
Bos Aires ten unha gaita
sobor do Río da Prata,
que a toca o vento do norde
coa súa gris boca mollada.
¡Triste Ramón de Sismundi!
Xunto a rúa d'Esmeralda
c'unha basoira de xesta
sacaba o polvo das caixas.
Ao longo das rúas infindas
os galegos paseiaban
soñando un val imposíbel
na verde riba da pampa.
¡Triste Ramón de Sismundi!
Sintéu a muiñeira d'ágoa
mentres sete bois de lúa
pacían na súa lembranza.
Foise pra veira do río,
veira do Río da Prata.
Sauces e cabalos múos
creban o vidro das ágoas.
Non atopóu o xemido
malencónico da gaita,
non víu ô inmenso gaiteiro
coa boca frolida d'alas;
triste Ramón de Sismundi,
veira do Río da Prata,
víu na tarde amortecida
bermello muro de lama.
 Mi viejo podría haber sido tranquilamente ese Ramón de Sismundi que laburaba en la calle Esmeralda, siguiendo en el aullido lacerante de su morriña de inmigrante pobre y explotado, el canto de las gaitas que lo llevaban al suicidio metiéndose en el Río de la Plata para intentar saldar la herida con la sal del océano, buscando volver al terruño, los amigos, el canto materno y el abrazo fraternal de sus montañas y ríos.
Aprendí de Julio Cortázar –y de Federico Engels, nobleza obliga- la importancia de darle bola a esas trampas del azar que llamamos coincidencias o casualidades por fiaca o impotencia de encontrarles la justa explicación causal que tienen. Algo en esos detalles, en esos errores de la matrix, tiene un significado, encierra un aprendizaje.
Y cuando creía estar allí para cerrar el capítulo de mi vida que más había obstaculizado el fluir de sentimientos bellos y una extrema inseguridad en el desarrollo de mi propia masculinidad, cuando creía que el cierre pasaba por explicar la ideología y la biografía perversa y sicótica de mi viejo en esa víctima del desarraigo capitalista en el campo galego, la emigración forzosa y todo el mambo, justo en ese momento de falsa clarividencia, el rulo de los compases de cientos de tamboriles, tambores, bombos, panderetas y gaitas que venían encabezando la procesión de las Sociedades Galegas en la inmigración, me tocaba al oído como quien te toca al hombro desde atrás y te saca de tu senda.
Los quinientos gaiteiros de los hijos de Corcubión, Betanzos, Noia y Rianxo, Vedra, Lugo, Ourense, Pontevedra y Cruña y de cientos de sociedades galegas de Avellaneda, Valentín Alsina, Vicente López, Ramos Mejía y Capital Federal se abalanzaron con la furia impresionante de un ejército montañés atacando de lleno a su enemigo.
La conmoción musical dinamitó la dura lápida del mandato patriarcal que me inundaba los sentidos y anulaba el corazón, las nostálgicas borras de las muiñeiras y tangos del pasado barridas al final de mi conciencia por una impresionante Alborada Galega interpretada por cientos de pares de pulmones y manos, llenando todo el cañón de la enorme avenida y disparando a las palomas y gorriones de la plácida contemplación primaveral en las copas de los árboles florecidos.
Allí estaba, para mi sorpresa, encabezando la brigada de músicos, quien 30 años después de esa tarde sería mi maestro de gaita, en el altillo con olor a moho y caoba del Salón de la Sociedad Galega de Lalín, frente a la calle Moreno, al 1950 y pico. De la misma edad de mi viejo o un poco más, alto y fornido, gallego rubio de anchos hombros, poderosa espalda y figura rampante, con su gaita azul marino con arabescos moriscos en el roncón y cintas rojas, gualda y violeta, el Maestro Cesáreo Rodríguez Varela, el más grande y reconocido formador de gaiteros de toda Buenos Aires y alrededores, último en su especie, el mejor entre los mejores.
Ahora sí mi corazón se llenaba de una alegría infantil y me daban ganas de correr y abrazarlo, sin pensar un segundo en cómo mierda comprobarle que era su pupilo del futuro y lograr que no me parta un adoquín en la cabeza por romperle toda la formación. Allí estaba el alter ego de mi viejo.
Cuando cumplí los 17 años arranqué con un nuevo intento por acercar a mi viejo emocionalmente, por agradarle y hacerlo sentir orgulloso y me obligué a aprender a usar un instrumento propio de los valles montañosos en la incomodidad acústica de departamentos de tres ambientes y vecinos indignados con el dedo fácil para llamar a la cana por ruidos molestos. Contra una formación musical nula, con una sensibilidad para la música parecida a la de una anguila de río, con un sentido del ritmo más cercano a la arritmia de corazón que me habían diagnosticado de pequeño, me puse a estudiar gaita con tal de agradarle.
Mi viejo nunca llegó a decir “estoy orgulloso de vos”. A pesar de todo, fui uno de los mejores discípulos jóvenes de Cesáreo y en la formación de orquesta y cuerpo de baile tradicional del Centro Rías Baixas de la calle General Urquiza frente a la vieja planta de la Vascongada en el barrio de Boedo, pasamos seis años recorriendo peñas de toda la ciudad haciendo revivir la alegría del pueblo infantil a los ancianos y ancianas que arrastraban su galleguidad por el fin de su larga vida a 12 mil kilómetros de su cuna.
Pero sólo logré que viniese a verme dos veces y en ninguna se le cayó de casualidad un comentario ligeramente halagüeño. A tal punto que para mis 24 años había decidido dejar de perder el tiempo con cosas tan lejanas de mí mismo, resignarme a la escasa capacidad afectiva de mi padre y obligarme a las cosas serias de la vida: la facultad y la militancia.
Sólo cuando las cosas serias de la vida se me fueron al carajo, para el invierno de 2006, quiso el azar que Cesáreo me llamara para un par de funciones en las que no había conseguido segunda gaita, una mentira piadosa para reclutarme a una nueva formación que quería intentar. Después de diez años de no tener ningún contacto, este octogenario bonachón y excelente ser humano, sin ningún reproche, volvía a integrarme a la pasión más importante de su vida sólo mirando al frente. Tocamos juntos de nuevo seis meses más. Gracias a eso descubrí varias cosas de mí mismo. Que después de diez años de no acercarme al instrumento tocaba mejor que en mis mejores tiempos, lo que demostraba que la música, al menos esta música, estaba mezclada en la sangre y las neuronas y había despertado una sensibilidad que desconocía en mí mismo. También conocí a un hermano de esos que aunque no vea nunca siento como al brazo amputado cada vez que me muevo, allí está también para siempre Adrián y algún día volveremos a refundar Gaitas e Agarimos y nos divertiremos como en esos seis meses.
Pero también descubrí que Cesáreo me quería como un camarada y como el hijo varón que nunca tuvo. Murió en enero del 2007, nadie se había dado cuenta de un incipiente alzheimer hasta que un resbalón inocente en una bañera y su correspondiente derrame cerebral nos hicieron recordar millones de lapsus y anécdotas bizarras que mostraron la continuidad de un deterioro.
En su entierro en el nicho del Centro Gallego de Buenos Aires, en la Chacarita, lloré con moco y sin aliento, como debería llorar un niño de diez años que es consciente de que no va a ver nunca más a la persona que más quiere en el universo.
Y ahora me doy cuenta que lloraba al tipo que hubiera elegido como padre si algún funcionario del universo me hubiese dado la opción. Idéntico a mi viejo en lo físico y en su origen, gallego nacido en los años 20 en Padrón, pequeña aldea galega que se disputa con la cercana mole de piedra y cemento de Santiago de Compostela ser el nicho final de los huesos del apóstol. También nacido en una familia campesina venida a menos, la pobreza de sus viejos alcanzó sólo para coimear al ejército del rey con una pierna de jamón serrano arrancada de uno de los mejores cerdos de la familia y garantizarse un lugar lo más alejado del riesgo y la violencia, en un destacamento cercano a la aldea, la brigada de músicos. Allí conoció al amor de su vida, a su media naranja, lo único que lo completaba y lo hacía inmortal, la música. Y en particular el saxo y la gaita, los dos instrumentos en los que se transformó en especialista técnico y mago genial.
Era un espejo donde mi viejo se invertía. Ser humano generoso, obligado a emigrar a Buenos Aires, laburó toda su vida de cobrador de bancos o compañías de seguros, oficio extinto ya por el homebanking y las transferencias on line, que en aquéllas épocas le garantizaba los ingresos suficientes para mantener a su compañera de vida y su hija, sin mayores lujos ni grandes privaciones, y así estar liberado para dedicarse a la formación de miles y miles de orquestas de música tradicional, pero también de boleros y pasodobles para bailes nocturnos, de coros de voces que respetaron y trascendieron la vasta tradición gallega en ese rubro, de centenares de gaiteiros, pandereteiros y bombistas que sostuvieron viva la llama de la música ancestral. Y siempre lo hizo a contramano de la mezquindad y la pequeñez cultural de la burguesía gallega en la diáspora, esos hijos de los buques que se llenaron de guita explotando a sus paisanos en la gastronomía, la industria de productos para gastronomía o la industria textil. Los “galegos con cartos” tan característicos y dotados de toda la miserabilidad humana que puede dar el disfrute de una riqueza conseguida sobre la base de la traición del origen de clase. Esos forros que manejaron presupuestos millonarios con los que se metieron a dirigir los miles de Sociedades de Socorros Mutuos, Hospitales y mutuales que protagonizaron la vida de todas las ciudades importantes en la geografía argentina y del resto de América. Burgueses de medio pelo que financiaron la cultura como un mero adorno para justificar la desviación de fondos de los humildes y sacrificados obreros y obreras inmigrantes hacia sus fortunas personales.
Esa burguesía galega es la que reventó y dilapidó la fuerza emocional, artística y cultural de toda una etnia en la que fuera alguna vez la “Quinta Provincia” gallega en la diáspora. Su mejor símbolo fue el delincuente millonario Francisco Ríos Seoane, conocido por la construcción del Estadio España, del Club Deportivo Español, entre el Bajo Flores, Soldati y Lugano, fabricado con el cemento y la arena que el fachista Cacciatore desviaba de la sobrefacturada autopista, y dueño en su momento por intermedio de testaferros y prestanombres de los cinco o seis enormes cafés-restaurantes de la cadena “Ríos de España”, como los recordados Ebro (en Belgrano y Entre Ríos) o el Tajo (en Córdoba y Pueyrredón) que imitaban a la otra gran cadena de bares gallegos de los 90, los Plaza del Carmen, de los cuales el más conocido quedaba en Callao y Rivadavia, frente al Congreso Nacional y de los que sólo queda en pie el clásico de La Plata y Rivadavia.
Este mafioso terminó sus días haciéndose pasar por loco para esquivar las condenas de sus múltiples fechorías y asesinatos pagos, que llevaron entre otras cosas a la quiebra de su cadena de bares y a reventar literalmente al Deportivo Español.
Por eso, por los mafiosos burgueses gallegos, responsables de la decadencia terminal de joyas pioneras de la salud en el país, como el Centro Gallego de Belgrano y Pasco o el Hospital Español de Belgrano y La Rioja, hoy desguazados y privatizados, triste sombra inversamente proporcional de la grandeza de otrora, y por la muerte de las generaciones de gallegos y gallegas que dejaron regada con su sangre todas las fábricas manufactureras de la ciudad y el país, es que en 2015 nadie ve una gaita y recuerda Galicia o a sus hijos.
Pero el viejo Cesáreo nunca mendigó un cobre ni se vendió para conseguirlo. Y si existen formaciones musicales y centros culturales que sostienen lo mejor de la tradición de este bello pueblo, como Xeito Novo, es gracias a que el viejo Cesáreo nunca claudicó.
Orgulloso republicano democrático –de esos que eran republicanos del viejo PSOE, que odiaban a Franco pero que no compartían los ideales de comunistas y anarquistas- Cesáreo era más cercano a mis afectos que mi padre biológico.
En un sólo punto se tocaban los dos padres espejados, en su nacionalismo galego. El amor que ambos profesaban por los primeros poetas en lengua materna, Rosalía de Castro, Curros Enríquez y Pondal, activistas del movimiento nacionalista galego que contribuyó con brazos e ideas al primer levantamiento de burgueses y obreros en España durante la Primer República en medio de la crisis mundial de 1873 y que el anarquismo contribuyó a llevar a la derrota, al alimentar el poder obrero detrás de un seguidismo a la débil burguesía urbana.
Pero mientras el profundo odio al comunismo y el resentimiento que el franquismo había germinado en los años de colimba de mi viejo en Marruecos, cazando moros como sapos o culebras, habían llevado el dolor de la pobreza y el desarraigo a devenir en traición de clase y superación personal a base de la explotación de otros, haciendo que su nacionalismo se hincara de rodillas frente al monarquismo de Franco, su ídolo, que aplastó a sangre y fuego las expresiones culturales de su estirpe, prohibiendo gaitas y muiñeiras, fusilando poetas y prohibiendo libros; el apego de Cesáreo por los sufrimientos del campesinado pobre y el obrero inmigrante, su odio de clase contra la burguesía gallega y un acérrimo desprecio por el fachismo, lo hicieron ser el mejor resistente a la represión antigallega del caudillo del Ferrol.
-Nadie puede elegir  a sus padres… -pensé aquella tarde soleada de fanfarria- pero sí puede escoger su herencia.
Y volví a meterme en la galería del Barolo para dejar atrás y para siempre, a la Avenida más gallega de Sud América. 

CAPÍTULO 6. Recaída

Capítulo 6
Recaída

“rencor, tengo miedo
 de que seas amor”
Luis Charlo y Carlos Amadori, 1932




Cuando volvimos a tocar el suelo con el culo ya estábamos en el cuartucho de la despensa de nuevo. El espectáculo era de mímica. Nosotros a pura risa y abrazos con Victoria, que no podía desdibujar la cara de asombro.
-¿Qué pasó? ¡Boludo contame! ¿Qué pasó? Hubo como unos relámpagos re flasheros… después ustedes desaparecieron… ¿Qué pasó?
-Calmate, calmate –le decía Santos agarrándola de los brazos con la cara de felicidad de un pibe que acaba de salir campeón en la reserva. ¡Casi lo matamos al Pocho, Negra, al mismísimo Perón!!!
Dejé que nuestra alegría y el pánico de Vicky se fueran apagando en el fluir de las carcajadas y las anécdotas apuradas hasta que me pareció prudencial ponerle un corte.
-Expliquémosle en otro lado, a ver si con la que nos mandamos avivamos a los cuervos.
-Dale, tenés razón. Salgamos de a uno, nos vemos en casa.
-Pará boludo que hoy sigue siendo jueves, tengo que ir a laburar a la escuela. Increíble, casi mato al Pocho en Enero del ´19 y tengo que ir a dar clase de yrigoyenismo a Soldati…
-Bueno, bueno, salgamos por diferentes lugares, aguantemos una hora y nos vamos encontrando en el Torino si vemos que todo está tranqui.
-Dale.
Vicky salió por la entrada de Yrigoyen y un rato después salí por la contraria. Era una madrugada de jueves como cualquier otra, pero yo sentía que veía la Avenida de Mayo por primera vez en mi vida, como cualquier turista recién llegado. Era como despertarse de un sueño en el lugar exacto que uno se había soñado. Mientras cruzaba al barcito del gallego que está al lado del 36 billares me sorprendí jugando a descubrir las diferencias entre lo que recordaba de 1919 y la actualidad.
Mi cara de felicidad juguetona contrastaba obviamente con la cara de culo del mozo, que dejaba el trapeador en una pared para preguntarme qué me iba a servir. Mientras devoraba con furia el tostado de jamón y queso con café con leche mitá y mitá me divertía gugleando las fotos históricas de la Semana Trágica. En la clásica foto del batallón de artillería en Lorea creí ver que a los tipos les habían borrado las sonrisas triunfales de la jeta, pero no puedo decir que no hayan sido mis ganas.
“-Venit no pasa nada”
Informaba Santos por wasap.
                                                                                  “-ok voy”
Me subí al asiento trasero del Toro todo exultante.
-¡Pensar que yo podría estar durmiendo a pata larga pero casi liquido al inventor de la Triple A!!
-¿Listo? ¿Vas a seguir en la boludez mucho más? –me cortó en seco Santos, con un tonito que deschavaba el cariño suficiente para que no me lo tome como un reto en serio. –Vos jugando al héroe interespacial pero acá hay mucho laburo por hacer, ¿no te parece?
-¿Laburo? ¿Qué laburo? Nos despachamos al quía que te seguía, ya fue, tírame en casa que me voy a apolillar.
-Uff Leo, parece que no tomás dimensión de las cosas a veces –me retaba con el cansancio de una madre, aunque tenía sólo 25 años –Primero que no sabemos si liquidaron al Sargento Cabral o lo dejaron vivo. Segundo que acá tenemos algo mucho más grosso en las manos. ¿Vos te das cuenta que estos tipos armaron una máquina del tiempo para mover fuerzas de seguridad a los conflictos más importantes de la Historia del país? Los tenemos que parar, Leo.
-¿Quién es el Sargento Cabral?
-El que paró la bala que iba para el General, obvio… -contestó Santos con una carcajada que demostraba que la ocurrencia había sido pensada también como emboscada.
-Muy ingeniosos los tortolitos, pero ¿cómo se les ocurre que “los tenemos que parar”? ¿Quiénes? ¿Nosotros tres? ¿Ustedes se emborracharon de amor? ¿Están de la nuca? Ni en pedo, Vicky. Santos, déjame de joder, hablá con los compañeros, pasá un informe y nos vemo´ en Disney.
-¿Qué informe? ¿Te cayó mal el viajecito? ¿Qué les digo? ¿Que pusimos una mesita en el Congreso y nos caímos por un agujero de gusano espacio-temporal y le sacamos un mail a Perón?
-Propongo que sigamos indagando hasta que tengamos un panorama completo y ahí sí nos reunamos con los compañeros.- otra vez la revolucionaria, la que se tomaba la lucha en serio, no importa en qué frente, la que bajaba todo a resoluciones prácticas.
De vuelta en Ortúzar, compramos lactal y fiambre en el chino de Irruti y nos encerramos en la casa de Santos a definir los pasos a seguir.
Puede parecer raro para el que no es del palo, pero cuando tres troscos se juntan alrededor de una mesa ratona, naturalmente arman una reunión de círculo. Siguiendo el twitter, el feis o los mensajes de los compañeros y compañeras de distintos frentes, nos fuimos comentando las repercusiones de la movilización del día anterior, como si hubiese sido efectivamente el día anterior.
Y sin querer fuimos armando un informe de la situación política, destacando la importancia de la movilización, que no daba cuenta simplemente del deterioro en las condiciones de vida de las mujeres trabajadoras en el país, sino que mostraba que el activismo de izquierda no había caído en la fuerte desmoralización que sufrían los simpatizantes del kirchnerismo en todos lados.
-Se notaban las ganas de salir a luchar después del ballotage- comentó Victoria.
-Lo más importante es la reacción de los trabajadores del diario La Nación, esa es la que va. –señaló Santos.
-Histórico debe ser, una asamblea de periodistas autoconvocada para obligar al diario a publicar un derecho a réplica de los laburantes en contra del pedido de punto final de la dirección fascista del diario… -coincidí.
-Lo que demuestra que acá los únicos que fueron derrotados son los K, el movimiento obrero sigue vivito y coleando.
-Y no va a permitir que este sorete haga lo que quiera.-dijo Vic con esperanza.
-Claro, pero la idea no es ponerle un freno, hay que tirarlo abajo, hay que desenvolver un gobierno obrero…
-Che, che, todo bien, ¿pero no les parece que tenemos alguito entre manos? –decidí cortar.
-¿Pasamos al punto actividades? –tiró la Negra.
-Hablando en serio, no termino de entender el uso puntual de la máquina del tiempo del Barolo. ¿Viajará este tipo sólo? ¿La usarán para movilizar más matones? –las dudas me daban vueltas.
-No creo, Leo, el tipo estaba laburando de enlace directo con Perón. No la usan para movilizar tropa, la usan para algunos “laburos”, pero me parece que uno que yo conozco no labura más…
-¡Qué cagada no haber estado! ¡Que conchudez!
-Tranqui, si seguimos este ritmo ya la vamos a volver a usar…
-¿Y eso? ¿Cómo que la vamos a volver a usar? ¿Para qué?
-Mirá Leo, tenés empresarios italianos poniendo millones de pesos en un edificio monstruoso, para construir una máquina del tiempo, que la usan para cagar obreros a lo largo y ancho del tiempo-espacio. Algo vamos a tener que hacer… ¿me estás dando bola?
-Perá que lo tengo a Tony en el guasáp.
-¿Qué dice el loco lindo?
-Dice que lo llame, que encontró algo nuevo.
-Ponelo en el altavoz
-Dale…
-“Hola locura!! Cómo andan lo pibe??”
-¿Qué hacés Ermassi de la gente? ¿Todo tranca?
-¡¡Esa!!! ¿Volviste Sanctus?? ¿Cómo andan los 7 mares bolcheviques??
-Al pelo, boló… ¿qué onda?? ¿Andamo´ investigando??
-Sí, cuchá loco, los chabones se mandaron una “casita” igualita del otro lado del charco…
-¿En Uruguay?
-¿Si, cabeza, dónde va a ser? Hay un empresario tano, Salvo o Salvi, que se mandó un palacete igualito enfrente, lo luquió al mismo arquitecto y todo…
-Claaaa… soy un pelotudo… el Palacio Salvo, en la 18 de Julio, en frente de la Plaza Independencia… tenés razón…-me golpeaba la cabeza por no haber sacado la ficha antes.
-Ahí vá, locura. Bueno, los dejo que entró laburo acá. Revisen la pata uruguaya del Plan Cóndor chuchis…
Tony nos había dejado picando el bichito. ¿Habrá habido una movida de corte internacional? Conocedores del laburo continental de la CIA con el Plan Cóndor en los 70 no sería nada raro que la movida no se limitara a Buenos Aires. ¿Hasta dónde llegaba todo esto?
-Bueno, hacemos así, nos vamos a Montevideo a ver qué onda con el Salvo.
-Yo no puedo, trabajo.
-¿Vos?
No hubo nada particular en el gesto tierno y sensual con el que Victoria aceptó la invitación, ni tampoco en la velocidad y el entusiasmo. La aventura nos gustaba y si tenía una función política concreta y contribuía a la lucha ni hablar. Pero algo se amargó dentro mío. Me daba cuenta que en algún lado que no quería blanquear seguía latiendo toda una mezcla de deseo y amor desde épocas pasadas.
Los dejé haciendo la sobremesa y me calcé la cara de culo necesaria para meterme en la amansadora porteña, bondi, subte, diez cuadras para dar clase por migajas en Balvanera. Diez cuadras más en medio del calor, los ruidos, la alerta permanente para que no te pungueen, y otra vez el subte, Premetro y zambullirse entre cuatro paredes de durlok para hablar boludeces hasta las 10 de la noche frente a decenas de pibes con problemas más importantes que la Ley Sáenz Peña.
El cansancio me venció y la cama fue una continuidad casi ininterrumpida del bondi.
Pero el malhumor esta vez no se terminaba en la obligación y el yugo del explotado. Me levanté del orto el viernes; me rompía las pelotas no poder seguirla en Uruguay, perderme la acción a cambio de pasarme todo el fin de semana metido en la compu y la biblioteca sacando info. Siempre la tarea intelectual, responsable de la panza fláccida, el dolor de espalda, el asco del tabaco y el mate tibio. Por eso –pensaba- por eso mujeres como Victoria terminaban eligiendo a los de verdad, a los que van al frente, a los que luchan de verdad…
Amargura pelotuda que no por serlo dejaba de ocupar un lugar en mi vida en esos momentos. Amargura que me pegó mal y arranqué el fin de semana con una incipiente depresión que no se iba a cortar así de fácil.
Quizá por eso tomé la decisión más arriesgada y puse en riesgo todo el asunto.
Una cosa fue llevando a la otra y después de un par de tragos de caña por encima de mi medida, ya con varios cds del Julito Sosa esmerilándome el corazón, se me ocurrió la idea de terminar el mismo fin de semana con todos los misterios. La visión de Perón a menos de 50 metros me debe haber impactado profundamente y pensé que podía volver en el tiempo a alguna época donde algún sorete importante no haya sido tan conocido, boletearlo y encontrarle un uso práctico a la maquinita de marras.
Pensé un poco y encontré una salida. Empezar por un personaje menor… por ejemplo, ¿qué tan difícil sería encontrarse un tal José Pedraza en los años 60 en Buenos Aires y hacer “que parezca un accidente”? El tipo tendría qué, ¿veinte años? Y en una de esas todavía no era ni siquiera activista gremial, en una de esas andaba boludeando con la noviecita, lo podía cachar a la salida de la cancha, hacerlo pasar como un ajuste cuentas, qué sé yo la cantidad de estupideces que se me ocurrieron entre el alcohol y el despecho.

Así que mientras Santos y Victoria metían al Toro en una de las bauleras del Buquebús a Montevideo, yo me tomaba el 105 en San Martín, muy tarde, para caerme al Barolo, buscando mi propio destino.