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viernes, 17 de julio de 2015

El “debate Miserere”, una opinión

La nota de Cecilia Díaz en Prensa Obrera 1372 es lo mejor que se ha dicho hasta ahora para intentar explicar el fenómeno Plaza Miserere. En parte porque recoge el punto de vista de la agrupación sobre su lugar en el mundo del arte y la política.


Sin embargo aún se puede decir algo más. Coincido con el Borga en que la clave del éxito y la repercusión de Miserere está en su intención de provocar una revolución estético-formal. Desde Mario el Paritario hasta la Estrella de la Muerte pejotista y Bjork cantándole a Altamira, sus obras más aplaudidas son aquellas que retuercen todos los recursos técnicos y estéticos a disposición –y particularmente aquellos que provienen de la cultura del cómic, los viedojuegos y la movida tecnológica- para generar una estética tan vanguardista que incluso es una provocación.

Altamira bailando rap vestido de John Travolta es una provocación: contra los moldes clásicos de la propaganda política, contra los cánones estéticos más elementales, incluso contra las estructuras estéticas aceptadas como “normales” por el propio partido en el que los miembros de Miserere militan.

En este punto son herederos de la mejor tradición leninista, la de promover y defender una absoluta libertad de creación en el terreno estético-formal.

También acierta la nota en subrayar la explicación sociológica del fenómeno, ya que se trata de un colectivo de artistas provenientes de la pequeño burguesía que fueron atraídos y formados parcialmente por un partido político de la clase obrera revolucionaria. Su lugar en la economía, el de jóvenes con la vida material resuelta pero que no dependen de la explotación del proletariado para sobrevivir, les otorga un desapego de las clases poderosas que le permiten, no sólo acercarse al enemigo de clase, además los “libera” de la obligación de sostener determinadas formas estéticas dominantes.

La importancia de Miserere no debería agotarse en la anécdota de su influencia en la campaña electoral 2015, que ha sido un aporte importante para un Partido Obrero que sufre una fuerte censura en los medios de comunicación masiva. Lo importante de Miserere es que reabre un debate en el seno de la vanguardia revolucionaria: qué debe hacer un artista revolucionario.

Y en ese debate me anoto para señalar un par de cuestiones.

En primera decir que la ruptura estético-formal es importante pero no liquida el problema. El vanguardismo no es revolucionario en sí mismo ya que lo importante es el fondo y no la forma, en un sentido dialéctico, ya que la forma adecuada para un sentido es lo que termina de soldar la potencia estético-política de la obra de arte. Quiero decir, el spot de la Estrella de la Muerte pejotista ha generado una repercusión importante en gran parte por su osadía formal, sin embargo su planteo político es limitado, ya que identifica al peronismo como un Mal Absoluto, haciendo posible una lectura que contradice la intención de Miserere: el PJ del pacto Scioli-Zannini es fuerte y aparentemente invencible, cuando precisamente se trata de una de las movidas tácticas más desesperadas del régimen en los últimos 20 años. Se puede contra-argumentar, con justa razón, que en la saga de Star Wars la Resistencia, los Jedis, etc. aparecen precisamente para destruir esa fuerza aparentemente indestructible, sin embargo esto coloca al Frente de Izquierda como el depositario de la esperanza de quienes sufren al Mal para ser liberados, una idea mesiánica de la lucha política que no comparten ni Miserere ni el Partido Obrero, pero que es típica de la pequeño burguesía desmoralizada.
Lo que señalo no es nuevo, es la opinión compartida por Trotsky y Brecht –y también por Gramsci- en sus debates sobre el modernismo ruso e italiano y tranquilamente pueden arrojar luz sobre el “debate Miserere”.

Finalmente, el otro aspecto de mi crítica pasa por el gran límite del vanguardismo estético. Miserere sólo dialoga, como todo artista, con aquél “publico” que puede comprender el lenguaje en que “hablan”. El alcance de Miserere no pasa de un reducido sector de la pequeño burguesía y los sectores obreros con condiciones materiales de existencia similares. Su canal de difusión son las redes sociales. Nadie puede despreciar el rol de estos canales y su público, buena parte de la vanguardia de lucha de todas las organizaciones juveniles, sindicales y políticas del país y del mundo abrevan allí. Pero Miserere no dialoga con las masas. Desconozco si los compañeros se han planteado como meta el diálogo con las masas, pero por lo menos entiendo que éste debería ser el objetivo central de todo programa revolucionario en el campo artístico.

Y el territorio donde los artistas dialogan con las masas y participan en el moldeado de su conciencia pertenece a la burguesía, que controla eso que para bien o para mal se conoce como “industrias culturales”. Desde la tele y el cine hasta la industria musical pasando por la edición de tiradas masivas de libros, las industrias culturales controlan los mensajes estético-políticos que operan en la conciencia y forjan la cultura popular. Hasta que no avancemos en es terreno, disputando y ganando para las ideas socialistas y sus artistas ese lugar, entre nosotros y las grandes masas habrá siempre un abismo imposible de salvar presentando libros en los locales o tirando magia por las redes.

Mirtha Legrand y Marcelo Tinelli, le guste a quien le guste, son los intelectuales que forjan la cultura popular argentina, no Miserere, mal que nos pese. Y por más geniales que sean nuestras creaciones, si no conquistamos ese territorio con una política sistemática nunca moveremos el amperímetro. Caeríamos en una posición incómoda desde todo ángulo, como artistas nos conformaríamos en seguir aportando magia para conseguir un laburo en el “campo profesional”, produciendo y creando contenidos opuestos a lo que pensamos mientras intentamos crear cosas revolucionarias cada tanto, dejando para la toma del poder la oportunidad de volcar toda nuestra creatividad desde nuevos ministerios de cultura. Lo que pasó con el grupo Bogdanov en Rusia, que derivó en el debate sobre el Proletkult, que en última instancia derivó en la creación burocrática del Realismo Socialista en los años 40 por el estalinismo.

Y finalmente, si no tomamos el problema de dialogar con las masas, nunca pondremos en cuestión nuestra disruptividad estético-formal. Lo revolucionario de la exploración estética no radica en provocar al statu quo artístico y político. Lo revolucionario en arte es encontrar la forma exacta para transmitir un mensaje a la mayor cantidad de gente posible. Revolucionario fue, por ejemplo, el trabajo de los cineastas del argentinazo vinculados al Frente de Izquierda y sus actores y actrices, que forjaron los spots “realistas” del FIT en el 2013 y que hicieron un contacto espectacular con las masas, y que ganaron votos y simpatías a lo pavote. Una forma estética tan vieja como Balzac utilizada para transmitir el mensaje revolucionario del FIT a las amplias masas que estaban rompiendo con el kirchnerismo para lograr un resultado concreto: plasmar en los resultados electorales el crecimiento de la izquierda en la última etapa.

La libertad en la creatividad formal no implica la defensa o búsqueda permanente de un lenguaje “nuevo” o “provocador”, sino en la efectividad de ese lenguaje para lograr los objetivos propuestos. Eso es lo realmente revolucionario. Por eso Brecht, con mucha experiencia artística y vanguardista en el lomo, debatiendo sobre expresionismo y realismo con Lúkacs y las vanguardias estéticas de su momento llegaba a una conclusión genial: el artista revolucionario debe estudiar el marxismo en su teoría y práctica, es decir, debe militar organizado con la vanguardia política para comprender cómo funciona la realidad y cuáles son las salidas que se le presentan a las masas. Una vez que el artista revolucionario, a través de su intervención práctica y organizada en la lucha de clases a incorporado el programa más avanzado de su clase, debe explorar todas las formas  técnicas estéticas a su alcance para encontrar aquélla que mejor difunda sus ideas entre los sectores más amplios de la población.


Los compañeros y compañeras que hacen Plaza Miserere -como las mejores expresiones de la cultura revolucionaria de nuestra generación Las Manos de Fillipi, Morena Cantero Jrs., el Ojo Obrero- están absolutamente preparados para cumplir la utopía brechtiana: son militantes revolucionarios y artistas verdaderos. 
Por eso, y por el crecimiento de las ideas socialistas entre las masas y la profunda crisis del régimen burgués, es que tenemos esperanzas.

Mis héroes

[19 de octubre de 2012]

Cuando era chico quería ser como los superhéroes de las historietas y los dibujitos de la mañana. Siempre preferí al Hombre Araña o a Batman porque eran más humanos que Súperman, un extraterrestre. Si yo quería convertirme en un superhéroe iba a ser más factible que me pique un bicho nuclear o juntar la guita como Bruno Díaz. Pero por más gurí que fuera en esos ingenuos años 80 ya sabía que nunca iba a ser un extraterrestre superpoderoso o el hijo de Poseidón, como Aquamán.
De grande aprendí que los individuos no cambian la realidad, no la mejoran ni la empeoran. Que la realidad la construyen millones de seres humanos de forma colectiva en procesos que duran un poco más de los 30 minutos de tele que dura un capítulo. 
Pero también aprendí que esos procesos históricos se nutren de las decisiones y acciones cotidianas de esos millones de individuos. Y en momentos muy puntuales, ciertos individuos reúnen en sí mismos condiciones que sintetizan los valores, las ideas, los intereses, la fuerza de millones como él. Son individuos que encarnan a sus semejantes, que los representan, los conducen.

Héroes para los suyos. Que no son nada sin los suyos. Pero que son todo para los suyos.

Cuando andaba por los veinte tuve –tengo y tendré- el orgullo de ser parte de esa hermosa generación de jóvenes que participamos en el Argentinazo. La juventud obrera y de la clase media empobrecida –como yo- que tumbamos un presidente y le pusimos un freno a treinta años de un régimen de ataques directos y abiertos contra el pueblo, desde Isabelita hasta Carlos Saúl.
Viniendo de una familia de campesinos que se hicieron obreros a la fuerza en la emigración y que “subieron” de clase transformándose en pequeños patrones las actitudes de la clase obrera en lucha que aprendí en mi juventud me sacudieron la vida para siempre. 

Con los años abandoné la clase media porteña y decidido me hice obrero, en la cabeza, en mi conciencia política y en mi vida material.

Y aprendí finalmente cómo son los superhéroes de carne y hueso. Algo que sólo quien haya militado puede saber, es que los compañeros que integran el cordón de seguridad en una movilización están para cumplir funciones de protección de la columna y no de agresión o choque sobre nadie. 

Cuando fue lo de Puente Pueyrredón me acuerdo del sorete de Hadad mostrando los palos que tenían Darío y Maxi en Avellaneda intentando demostrar esa enorme mentira mediática (compartida por Clarín y 6, 7, 8) de que los “piqueteros” son violentos porque andan con palos. “¿Si no sos violento para qué llevás palos a una marcha?” razonan hace 20 años con la ingenuidad de Goebbels.
Y a mí me enseñaron que el compañero o compañera que ocupa un lugar en el cordón lleva un palo para, en caso de que hubiese una represión, la fuerza enemiga -policías, gendarmería, prefectura o patota-, se concentrara en fajar a los compañeros y compañeras “armados/as” de palos dándole tiempo al interior de la columna para replegarse, correr, salvar su integridad.

No estuve en Barracas en octubre del 2010 pero por lo que he escuchado y leído sé que viví cosas parecidas. En abril de 2003, mientras Néstor Kirchner asumía el mando del país hablando y macaneando con las consignas históricas del pueblo argentino, su primer aliado en la Ciudad, Aníbal Ibarra, daba un mensaje a ese mismo pueblo, y nos metía una feroz represión a los más de 5.000 manifestantes que fuimos a defender la ocupación de las y los obreros/as de la fábrica textil Brukman en Balvanera.

Yo estaba con un conjunto de compañeros dentro de la columna del Partido Obrero y el Polo Obrero a pesar de la vieja hostilidad de la organización en la que militaba en ese momento siempre tuvo contra el PO. Recuerdo como si fuera hoy el momento en que se abre la valla y miles de policías salen como los toros en los encierros vascos: motos, camiones hidrantes y un helicóptero se lanzaron a los tiros contra miles de jóvenes, viejos/as, niños/as movilizados pacíficamente. 

Con mi grupo corrimos. Creo que le gané a Usain Bolt porque en pocos segundos estábamos a una cuadra, cruzando Independencia por Jujuy ya del lado de Constitución. Me agarró un remordimiento por la corrida y me frené, me dí la vuelta con enorme cagazo para verle la cara al monstruo, al enemigo armado, a la muerte posible. Pero no ví eso.

Contemplé eso que se llama heroísmo. Sin trajes de colores ni capas, sin nombres raros, en el centro del asfalto de Jujuy e Independencia, un grupo de menos de cien compañeros del Polo y del PO, munidos de sus chalecos y brazaletes que los identificaban como cordón de seguridad, y de sus palos de madera de escoba de medio metro, concentraban en sí los golpes, balazos y gases de las primeras columnas de motos, camiones y el helicóptero que estaba sobre sus cabezas. No lo podía creer. Todavía hoy la imagen me hace saltar los pelos de la piel y las lágrimas. Tenía ganas de gritarles algo que significara al mismo tiempo mi agradecimiento y que les diera algo más para aguantar. Tuve ganas de correr a compartir esa lucha y dar una mano. Pero acaté órdenes de retirada como pude, alguien me agarró y me sacó de mi encantamiento.

No conozco los nombres de esos compañeros, aunque pondría las manos en el fuego de que conozco a algunos de ellos de luchas posteriores. Me juego  la ropa a que “Chiquito” Ruiz Díaz, de Moreno, fallecido el año pasado, estaba ahí. Si no, da lo mismo, porque estuvo en miles de esas. Si ese día, o cualquier otro, alguien hubiese disparado balas de plomo, los primeros asesinados hubieran salido de las filas del cordón, ponele la firma.

¿Qué hay que tener en la cabeza para ocupar ese lugar en la lucha? ¿Instinto suicida como dicen los chacales y las ratas del gobierno que tiran mugre sobre nuestros muertos? Para nada. Hay que tener una claridad política enorme, el convencimiento de la necesidad de esa lucha particular, que te hace levantarte y tomarte los miles de bondis y trenes que te llevan a la marcha con el estómago lleno de mate y porquerías de grasa de lo que los obreros de este país llamamos con mucha audacia “desayuno”,   y ponerse al lomo la responsabilidad del pie firme, la cara en alto, y la orden de no retroceder para que otros y otras retrocedan. El sacrificio necesario para preservar a los luchadores y luchadoras que están contigo, que luchan con vos. No el sacrificio inútil ni romántico de buscar la muerte para definirse y la pavada. El sacrificio útil, consciente, necesario, voluntario.

Yo llamo a eso heroísmo. Por eso me viene todo el tiempo la imagen de Mariano Ferreyra esa mañana del jueves 20 de octubre del 2012, tenso pero cagándose de risa, seguro bardeando a la patota por la forma estúpida en que corrían, seguro levantando la moral de algún compañero/a con cagazo más evidente, y su disposición a ocupar el lugar que le correspondía en el cordón. Mariano era parte de los responsables políticos que propusieron a sus compañeros, a sus dirigidos, la participación en el corte. Mariano seguramente aportó los argumentos que convencieron a sus compañeros/as para asistir ese día a esa cita. Y cuando hubo que aguantar las consecuencias de la decisión voluntaria, cuando hubo que plantar las piernas flacas y mirar de cara al enemigo, al monstruo, no dudó.
Y el hijo de re mil putas que decidió dónde disparar las balas, donde vomitar su muerte para causar más daño eligió bien. No tiró a cualquier lado. Apuntó a los héroes, apuntó al cordón de seguridad. Y acertó con uno de los más imprescindibles.

No me quiero mentir. Así como sé que las balas no rebotan en los cuerpos de los verdaderos superhéroes, también sé que cuando se van, se van. Mariano no está. Hay un hueco en la columna, falta alguien importante en el cordón. Una familia fue amputada. Una familia más grande, de miles de camaradas que militan o militamos en el Partido Obrero también fue amputada.

Pero algo pasó. Sentir que la gran mayoría de los 40 millones que habitamos este país sintieron la muerte de Mariano como propia, presenciar las movilizaciones masivas en todo el país reclamando justicia, ver su rostro firme, desafiante, sereno y lleno de vida en los muros cuando voy a laburar, cuando hago un trámite, cuando marcho y movilizo. Sentir su enorme fuerza concretarse en la cárcel de sus asesinos, sentir esa fuerza obligando al juicio, sentir esa fuerza rescatando a los testigos de las garras de sus asesinos…. Me hacen sentir que algo de cierto hay en eso que decía el poeta sobre el Che Guevara, 
“hay gente que muere para volver a nacer”
 y si no, que le pregunten a Mariano, un héroe de la clase obrera y del pueblo.


miércoles, 1 de julio de 2015

Admirarla

“cada quien se desnuda según su piel”

Inscripción anónima grabada en el adobe de los muros del calabozo del Eanna,
templo dedicado a Innana en Uruk, Súmer, 3.500 a.C.



A glimpse through an interstice caught,
Of a crowd of workmen and drivers in a bar-room around the stove late of a winter night, and I unremark’d seated in a corner,
Of a youth who loves me and whom I love, silently approaching and seating himself near, that he may hold me by the hand,
A long while amid the noises of coming and going, of drinking and oath and smutty jest,
There we two, content, happy in being together, speaking little, perhaps not a word.

A Glimpse

 Walt Withman, 

Leaves of Grass, 1855




Sólo un hombro. Ni siquiera un hombro perfecto. Un hombro redondo, en punta, en tensión, sobre un fondo oscuro, profundo. Un golpe de luz, lechoso, casi blanco, rebotando en la punta redondeada del hombro. Un hombro fino, fibroso, fuerte, pero suave. Si se fija la mirada el tiempo suficiente se observa una fina, imperceptible capa, como un reflejo aterciopelado, que marcaba el tono justo del tacto, si el tacto fuese posible, si no estuviese prohibido tocar el hombro.

Un hombro intocable. Vértice, fin del universo conocido, puente al abismo, a la perdición. Las líneas del perfil de los trapecios y la clavícula, finas líneas subían y de ellas emergía el poderoso cuello en bisectriz de escorzo. Una forma romboide arman los trapecios y clavículas con la piel para sostener un cuello particular, extenso, esbelto, torneado por el ebanista más experto. El cuello levemente inclinado hacia el costado opuesto al golpe de luz del hombro. Pero levemente, si no se lo contara, no se notaría nunca que el cuello está inclinado.

Mandíbula es una palabra criminal para describir ese pequeño triangulo sin imperfecciones que sostenía el juego imaginario de la cabeza. Nos remite a un animal, a un hueso y sus funciones. Esto es más bien un mentón, bello, sutil, casi como una imitación del hombro, también con su golpe de luz ubicado justo para provocar ese corte abrupto de profundidad en el cuello. Un tronco también, porque toda la imagen es de una poderosa solidez. Cada curva, cada resplandor etéreo se sostiene, no en músculos prominentes y evidentes, sino en el conjunto de líneas, luces y sombras, una arquitectura que se nos muestra indestructible. 

Todavía puedo decir que bajo esa estructura se desplegaba el pecho. No pude vislumbrar la redondez de sus seguramente turgentes frutos ni puedo saber si son ciertas las leyendas milenarias que hablan de la perfección geométrica de sus areolas de líneas centrípetas y sus erguidos pezones. Pero bajo esa columna perfectamente tallada de piel aterciopelada que sostenía la cabeza, se abría un enorme campo, un valle majestuoso de trigales salvajes y silvestres meciéndose bajo la caricia de la brisa marina, al mismo tiempo una ría, un fiordo, la entrada violenta de la mar penetrando la tierra fértil. Valle y ría al mismo tiempo, extensión que confirmaba las sospechas de sus generosos pechos. Qué otra cosa podría nutrirse en tan profundo valle.

¿Pero qué sostienen ese cuello, ese trapecio y esas clavículas que fugan hacia el hombro? Del mentón dos líneas rectas construyen un triángulo agudo invertido, la frente y los laterales coronados, sí, coronados, con rulos cortos, que serían rojizos si la penumbra nos dejara ver su color natural. Rulos que no han crecido hasta caerse, desplegarse en cascada, no, rulos cortos, volutas en realidad, firmes, rozagantes, turgentes de vigor, de fuerza, de juventud. Una frente recta, plana, angosta, que no retiene en su fina curva craneal la luz que deberá posarse en los ojos protagonistas, bajo unas pobladas cejas, otra vez, como en el pelo, pobladas de finos y pequeños cabellos llenos de vitalidad, pero no sobrepoblando la frente ni los arcos. Justas pero robustas.

Y todo esto es sólo el marco no de un rostro, los seres humanos tenemos rostros, tener rostro es tan común como portar un carnet. Aquí no hay rostro, aquí hay una mirada azul, turquesa, hasta cierto punto una convención, un acuerdo entre usted y yo, pero no un color, no es parte de una paleta, no puede ser reproducido en una paleta, no existe artista genial capaz de hallar después de miles de intentos el exacto matiz de ese azul lechoso pero brillante y al mismo tiempo profundo. No hay poeta que pueda enhebrar las palabras exactas, las imágenes ni las comparaciones para contar, narrar, transmitir, recrear, describir ni de cerca esa mirada. Esa mirada está allí como resultado de miles de millones de años de invisibles divinidades ingobernables jugando con las proteínas y los elementos químicos. No tiene principio, no tiene fin.

Sólo una cosa es clara: ella no mira. No observa. Ha sido captada en un gesto único, probablemente un gesto que no podrá repetir, ni intentar o practicar. Mira sin ver hacia el vacío, no hay ningún sentimiento humano ni animal en esa mirada. No podemos descifrar qué piensa, qué mecanismos trabajan en sus neuronas tras esos ojos, bajo esa frente, camuflados bajo la espesa selva de esos rulos cortos.

Y sin embargo aún no he dicho todo. Montada sobre el triángulo imaginario –y juro por lo más sagrado que no se trata de una ilusión- de las líneas de ambos trapecios haciendo base con las clavículas, por sobre el perfecto mentón y bajo una nariz corta y recta, fina, angosta y correcta, un par de labios encarnados, voluptuosos, decorados con el color de la sangre, verdadero color de los músculos bajo la piel, erupción volcánica de la carne que sostiene su cuerpo todo, fruto maduro, sabroso, dulce, invitación carnal y puerta de bienvenida del placer. Sus labios encarnados son el otro polo de tensión donde todo el conjunto encuentra un equilibrio. 

Del hombro a los labios. Ejércitos enteros de hombres y mujeres hambrientos de belleza y armonía han sucumbido sin llegar siquiera a rozar la posibilidad de contemplar ese camino del hombro a los labios, del carmín al golpe perfecto de luz. Otros tantos han muerto de caminarlo con la mirada y menos han dejado, gozosos, su último aliento en los pliegues sedosos de ese recorrido.

Quizás se trate del único mortal que ha podido verla, admirarla. Mi mente, conocedora, entrenada, educada en el estudio mnemotécnico y detallado de cada descripción que he podido rastrear en estas décadas de fatigoso estudio, cada detalle narrado, recordado por seres inexpertos, de esos y esas que caían fascinados por sus muslos largos, sus caderas anchas y sus bellos, enormes y turgentes pechos. Quienes incluso han podido mostrarse con ella como un trofeo sagrado me han ofrecido sólo descripciones lascivas, genitales, espérmicas. No me importó nada. Recopilé cada dato, lo ubiqué en un lugar exacto de mi cerebro, con su correspondiente etiqueta, destilando en la ficha qué partes del recuerdo o relato seguramente se correspondían con la catadura del ser que lo había narrado y cuáles eran aquéllas partes que sólo podían pertenecerle a ella.

Sólo pude verla durante una fracción de segundo. Quizás menos. ¿Cuánto calculan los sabios matemáticos que tarda el reflejo de una luz blanquecina en el contraste de un cuarto oscuro en atravesar los intersticios de una reja insolente de hierro forjado y llegar a imprimir una imagen en el cerebro, qué digo una imagen, dichoso sería en ese caso, un breve atisbo de luces y sobras mezclados y organizados en la información molecular de la electricidad neuronal.

Ése fue el tiempo que pude admirar a la diosa. Después de toda una vida de viajes, batallas, enfermedades y riesgos he llegado hasta aquí para admirarla en directo, para corroborar con mis propios sentidos toda aquella información que había compilado. Sería erróneo decir que ninguna de las descripciones eran imperfectas. Claro que ninguna de ellas había podido transmitirme ni de cerca el cúmulo infinito de sensaciones que cada uno de mis sentidos vitales recepecionó en ese breve y diminuto instante. Pero de alguna forma cada una de las historias que me habían sido confiadas –voluntariamente unas, escuchadas sin permiso otras, directamente robadas las más interesantes- conformaba una molécula de la imagen que pude admirar finalmente.

He tenido una vida longeva, he sabido ser padre de varios hijos e hijas que pueblan el mundo arrastrando partes de mí mismo, he sufrido los peores trabajos y pude disfrutar también alegrías y tristezas que podrían satisfacer al más exigente y mendicante de los seres humanos de mi tiempo. Pero sin ningún tipo de duda ha sido la admiración de la belleza perfecta, del sagrado sentido de la belleza perfecta y sublime la única cosa que pudo llenar la copa insaciable de mi dicha, de mi vida. Hasta ese momento no hube respirado, mis músculos no supieron conocer la verdadera dicha de la emoción de la sangre, la adrenalina, la tetosterona, nada. Puedo decir sin jactancia alguna que viví sólo cuando la contemplé.

Todo lo anterior y lo que ya viene no importan, han perdido todo valor para mí. Si mis carceleros no tuviesen que cumplir con sus obligaciones y darme muerte después de una lenta agonía yo mismo acabaría con mi existencia. No tiene ningún sentido seguir respirando y metabolizando como el resto de los mortales después de admirarla. La vida cobraría un vacío tan insoportable, las impresiones visuales de la visión directa de la diosa me atormentarían como pesadillas o aún peor, como una permanente y cotidiana nostalgia imposible de erradicar o satisfacer. Todo mi camino sería mucho más tortuoso que el próximo vaciado de mis cuencas oculares con plomo hirviendo, la ablación de mi pene y los testículos con cucharas soperas afiladas y el final programado de la extracción de mi corazón todavía bombeante para que pueda ver su empalamiento antes de abandonar este mundo para siempre.

Por el contrario, debo agradecer a las herméticas y milenarias leyes de este rincón alejado del universo que prohíben la contemplación directa de la diosa por los impuros. No lo hacen basados en un sentido humano de crueldad, ya que el ritual de mi tortura, que puede durar días o semanas, dependiendo de la resistencia física que vaya demostrando, será íntimo, y no en una plaza pública como suelen hacer los gobernantes para dar brutal ejemplo al vulgo todo. Se tratará de casi un ritual íntimo, como una danza o una misa, ya que estos seres están absolutamente convencidos de que la diosa puede perder partículas de su belleza perfecta si ésta es recepcionada y acumulada por otro ser mortal, no preparado específicamente como los sacerdotes para no admirar a la divindad.

Los comprendo. Quienes han decidido poner su vida al servicio de la diosa deben hacer el sacrificio más increíble, negarse a absorber su belleza en sus miserables cuerpos a través de sus mundanos sentidos. Yo mismo hubiese sido un excelente sacerdote. He dado muestras en carne propia de mi interminable capacidad de sacrificio, entrega y templanza de carácter. Así fue que me inmiscuí en la orden y hasta en algún momento llegué a sopesar la posibilidad de convertirme en uno de ellos y ellas. Pero no pude. Necesité verla.

Perdón, no verla. Ver, mirar... se "miran" pasar las caras en la cola del mercado. Yo decidí admirarla, abrir mis sentidos para absorber su belleza en cada destello, en cada micronésimo miligramo de polvo. El último año me entrené con los monjes y sacerdotisas exactamente a la inversa, logrando un perfecto dominio de mis sentidos para poder, al contrario de mis condiscípulos, enfocarme en admirarla en el instante que me fuese concedido. Admirarla es algo más que simplemente registrar su imagen en mi cerebro, necesita un trabajo, un entrenamiento, una adaptación emocional. Admirarla es también, absorberla, alimentarme de ella, adorarla y sentir placer haciéndolo.

Comparto pues con ellos y ellas la necesidad de ser purgado. Tal perfección de belleza no puede ni debe ser expropiada por mí, ni por nadie. Qué es el amor sino el intento de apropiarse de una parte del objeto deseado y amado. Amar es ser egoísta. No existe tal cosa como el amor desinteresado, altruista. El amor es una pasión ubicada en vísceras concretas, el hambre de amar comparte el mismo interés del hambre de alimento. Los amantes “civilizados” pretenden contener, encauzar, encubrir ese deseo egoísta pero sólo logran fundar una nueva faceta, el amor hipócrita.

Comprendo ahora que esto tampoco puede ser amor ya que el sentimiento sólo fluye de un lado hacia otro: probablemente ella nunca sepa que la he admirado, ni en qué forma, ni el destino que me he forjado por decidir hacerlo. Por eso no llegué hasta aquí buscando amar o ser amado, la experiencia me ha enseñado que no existe el amor. Todavía no hemos construido a los seres vivos capaces de amar. Por eso invertí mi vida entera en la persecución de la belleza.

Yo he sabido luchar y conquistar mi deseo más profundo, admirar la belleza más perfecta encarnada en una mujer. Me he alimentado brevemente de esa belleza, hasta donde el destino me lo permitió. No soy digno de portar las formas concretas de esa visión en mi ser. 
Tampoco deseo seguir arrastrando este ser indigno por el mundo después de ello. Por otro lado, cómo hacerlo. Qué mujer podría ser capaz de saciarme después de haber entrevisto la belleza perfecta. Quién podría despertar mi deseo. De alguna forma, en el mismo momento en que la admiré, me completé y perecí, todo aquél conjunto de materia y conciencia que sostiene un tenso equilibrio al que podemos considerar, con mucho respeto, la "vida", se ha roto, se ha desconectado y a comenzado su proceso de entropía, de putrefacción, comenzando por un vacío absoluto en la capacidad de desear.

Lo que resta, la tortura física, y la muerte, son sólo una formalidad, trámite burocrático que no conviene aplazar con razones mundanas. 

-Verdugo, cumple con tus funciones, terminemos juntos este hermoso viaje.

jueves, 11 de junio de 2015

Al glorioso Batallón "Club Gimnasia y Esgrima de Fisherton"

[cuento inédito de la serie NARRATIVA LIBRE]

-El problema de este país no es que falte gente con huevos –interrumpió con violencia la sobremesa de los camioneros y tacheros en el comedor de la YPF- lo que falta son tipos que se animen a contar las historias de los verdaderos héroes del pueblo.

La cosa se puso tensa. Los muchachos del volante se quedaron mudos como si les pegaran en la boca, con las últimas palabras de la polémica a medio masticar entre el bolo de comida que tragaban, con el vaso de vino apretado en las manos callosas. Lo miraron como perdonándole la vida, dejándole claro con ese gesto que los psicólogos llaman “lenguaje corporal” que más vale tuviera una buena manera de defender esa osada interrupción porque sino iba a terminar roto en la canaleta de la vereda.

Nadie sabía quién era pero lo tenían muy fichado. Cada tanto se instalaba a morfar un completo de milanesa, solo, acodado en el mostrador sin engancharse en las cargadas al playero gordo ni en el acoso naturalizado a la piba del buffet. El tipo del completo de milanesa no participaba ni se quería hacer el amigo. Será por esa ausencia evidente de alcahuetería que lo respetaban.

-Ustedes, por ejemplo, ¿nunca escucharon la historia del Batallón del Club Gimnasia y Esgrima de Fisherton que peleó la Guerra de Malvinas… pero en Londres?

Le hicieron un silencio de atención y el tipo del completo de milanesa aprovechó la distensión de los músculos en las caras y los puños para mandarse con todo.

-Ese es el problema. Los yanquis le hacen una película multimillonaria al pelotudo que fueron a rescatar de Alemania porque sus siete hermanos cagaron la fruta en la guerra y lo convierten en ídolo hasta en Bangladesh, pero nosotros tenemos héroes del carajo como los anarcos que liquidaron al coronel Varela y nadie le filma ni una puta miniserie. Sin irse tan lejos yo tengo un amigo que le encajó un trompazo de campeonato al comisario Franchiotti y lo volteó en frente de las cámaras en medio de una conferencia de prensa, horas después de que fusilara como un cagón a Maxi Kosteki y Darío Santillán en el hall de la Estación Avellaneda que si alguien hubiese contado su historia no podría caminar por la calle de tanto autógrafo.

El clima estaba caldeado, pero la forma en que el tipo se movía, subrayando cada argumento con un gesto firme y convencido, mantenía abierto el beneficio de la duda de los choferes. También ayudaba que a esa hora de la madrugada no había mucho laburo que hacer, las calles y las rutas estaban vacías como si todo el pueblo se hubiese muerto de una extraña peste, invisible y fulminante. Hasta los perros dormían, acurrucados en algún rincón calentito.

-El Batallón Club Gimnasia y Esgrima de Fisherton fue una idea de mi amigo, el Negro Rivero. Era un rosarino de los de antes, se crío en un barrio fulero cerca del aeropuerto, de esos en los que el chamuyo y la faca te salvan la vida y que sólo los que vivieron allí pueden recordar con nostalgia cuando les toca rajarse a Buenos Aires a buscar laburo. Terminó el secundario después de repetir varias veces y que lo rajaran de dos privados y una técnica pero su escuela fue la pobreza. No la “universidad de la calle” como dicen los giles que se la dan de humildes porque no les dio el marote para estudiar, su universidad fue la miseria. Porque el Negro Rivero nunca tuvo un peso, pero nadie lo recuerda quejándose. A su vieja nunca le faltó un plato de sopa ni guita para los remedios, aunque él se tuviera que saltear un desayuno cada tanto. Después que se le murió la viejita siempre se las arreglaba para ver a la Lepra de local o en Buenos Aires, aunque no tuviera para la entrada.

Esas dos cosas le enseño la pobreza al Negro: una creatividad de genio y una fidelidad de acero a lo que amaba.

De pendejo mataba el aburrimiento con la gurisada yendo a los terraplenes del Central Argentino, bien lejos de las estaciones, en medio del campo, iban desde el barrio con una lonja de cartón duro arreando sapos, los metían en un balde y jugaban a revolearlos contra los vagones, ganaba el que acertaba a la ventanilla abierta.

“El chiste estaba en agarrarlos bien de la patita, así viste, y estirar bien el brazo en el revoleo, y elegir el momento justo para soltar al sapo, cuando el brazo va así, por detrás del hombro todavía, sin terminar la curva, así aprovechás bien el envión y el sapo sale haciendo trompo, con las patitas bien estiradas, como una estrella de mar…”

Eran unos salvajes, no les importaba un carajo que el tren fuera lleno de laburantes, se cagaban de risa escuchando los gritos de terror que se alejaban con el vagón imaginándose la jeta de almohada del tipo, sentado con la ventanilla subida, cuando ¡paf! le daba todo el sapo de lleno en la trucha…

Todavía no sabían leer pero ya sabían que esa sociedad los cagaba de hambre y los odiaba. No respetaban las leyes ni siquiera la moral. Los domingos se iban a la salida de la parroquia y mientras las señoras paquetas y los maridos respetables pero putañeros se juntaban a que un violador de monaguillos les lavara las culpas citando a un personaje de dibujitos animados con un odio terrible por la humanidad, ellos les rompían las pelotas a los cieguitos que mendigaban monedas en la puerta. Se paraban al lado de uno y le tiraban que el otro ciego le había metido la mano en la lata. El ciego mendigo, que piensa que todos los ciegos son de su misma condición, no dudaba un minuto y se le iba al humo al otro, con el palo de escoba pintado de cal en una mano y la soga del perro lazarillo en la otra, con una voz de garganta borracha putiando “ciego de mierda, devolvéme el billete que te choriaste” y los pequeños vándalos se cagaban de risa viendo a los improvisados mimos agarrarse a las trompadas sin acertar un golpe.

El Negro Rivero tenía millones de anécdotas como éstas de cada etapa de su vida. Yo las conocí todas cuando laburamos juntos en una agencia de creativos de publicidad. Porque el Negro no tenía título habilitante ni profesión conocida, pero había laburado de todo lo que uno se pueda imaginar. Haciendo changas había conocido a un ejecutivo que se había avivado de la enorme capacidad e imaginación práctica del Negro y lo había contratado, claro que en negro y a cobrar a los premios.

Teníamos un amigo común que siempre andaba diciendo que lo iba a grabar y que las escribiría todas, pero abandonó cuando se dio cuenta que cada vez que se juntaban se pasaban la madrugada entera cagándose de la risa de las anécdotas del Negro, entre escabio y faso, y ni se acordaban de dar vuelta el casette cuando saltaba la grabadora…

Al Negro lo de Malvinas lo impactó duro. Veníamos muy manija ese año, recién arrancaba pero ya parecía que había pasado un siglo, estábamos muy metidos en las huelgas y las puebladas contra los milicos por la mishiadura y los compañeros que se chupaban y de repente nos descolocó la gente con las banderitas en la calle aplaudiendo al borracho sorete de Galtieri.

Pero el Negro Rivero siempre supo comprender al pueblo y no engancharse con la gilada y la confusión. Me acuerdo que nos citó a los de confianza en la pieza de la pensión y nos dijo: 

“Tenemos que hacer algo, porque los milicos no quieren ganar la guerra, la vamos a tener que ganar nosotros”. 

Aunque estábamos acostumbrados a sus arranques delirantes que siempre se convertían en éxitos palpables, esta vez nos pareció a todos que se había ido francamente al carajo, o que nos estaba haciendo la joda del milenio.

Pero el Negro iba en serio. Nos aclaró que la movida no tenía nada que ver con su militancia, que su partido no sabía nada de esto y que si se enteraban lo rajaban sin avisarle. La mayoría del grupo sabía que el Negro andaba en política porque siempre nos encajaba una revista envuelta en bolsas de basura o cosas por el estilo, para zafar de los servicios, pero el tipo era muy cuidadoso en mezclar los tantos. Tenía mucho respeto por su militancia y en lo posible trataba de no contaminarla con los riesgos de sus delirios.

“Los milicos hacen esto para sacarnos de la lucha contra el régimen, porque están cagados hasta los tobillos, le metimos huelga y pueblada por todo el país a pesar de los falcon verdes y se les llenó el culo de preguntas. Ahora se tiran el manotazo de Malvinas a ver si zafan de que los linchemos como a Mussolini. Fíjense que invaden las islas pero no clausuran el Banco de Londres en el centro ni le meten mano a una sola empresa pirata. Mandaron a los colimbas y creen que de tanto chuparle el orto a los rusos y a los yanquis esos muchachos los van a bancar… contra la Reina… déjame de joder.”

“Pero Puerto Stanley se tomó y ahora hay que ganar la guerra, y al carajo, la tenemos que ganar nosotros” dijo, haciendo un énfasis particular en el “nosotros” que nos hizo temblar las gambas, porque se notaba que se refería a los cuatro tipos encerrados en la pieza y su novia de ese momento.

Se le ocurrió que nos mandásemos a Londres y liquidásemos a un par de generales del Estado Mayor británico “total nadie va a llorar a esos soretes, que se la pasan masacrando irlandeses católicos en el Ulster y obreros del carbón en las huelgas y piquetes” fundamentó dándose corte de internacionalista. 
El tema era dónde engancharlos. Resulta que el Negro Rivero basaba todo su sistema de laburo en guardar en la memoria los contactos que había hecho con gente de diferentes ambientes y clases sociales. A más de un oligarca millonario había salvado con algún favor consiguiéndole algo o tapándole algún moco. 

Tiró de la piola y se acordó de unos tipos del Rosario Golf Club, de Fisherton, a los que había ayudado  en la reconstrucción del Club House, y los fue a ver. Eran de esos gringos que reivindicaban las tradiciones británicas de la lucha contra los nazis en los ´40 y estaban del orto contra la forra de Margaret Tatcher.

Ahí sacó la idea: a los ingleses les apasionaban los deportes y la competencia, aunque fueran deportes de chetos, como el tenis o el rugby. Aprovechó que estaba el clima del mundial de España, con la selección de Maradona y Menotti y toda esa bola y les planteó hacer un desafío de "tenis por la paz" en el mismísimo Londres, con un equipo argentino contra otro inglés. Les vendió humo que él era socio de un club de barrio muy popular donde rescataban chicos huérfanos y pobres del barrio con el deporte y que algunos daban por lo menos para un partido de exhibición.

Los tipos la vieron y se comprometieron a hacer las relaciones con gente de allá y poner la plata para los pasajes del equipo, los ayudantes y técnicos y algunos familiares. Se pusieron de acuerdo en el presupuesto y el Negro Rivero hizo lo que mejor sabía hacer, conseguir todo lo necesario por mucha menos plata de la que le habían dado, así garroneamos algunos pasajes con empresas turísticas que nos debían algún favor, convencimos a unos pibes que jugaban al tenis posta de ir gratis a cambio de jugar allá y cosas así. La parte grossa de la teca nos la gastamos en fierros, un par de AK-47 que vaya a saber dios de dónde las sacó, unas granadas y municiones que nos robamos del Batallón de Comunicaciones 121 y alguito más que nos ingeniamos para hacer de forma casera.

El cuerpo técnico y los familiares de los jugadores íbamos a ser nosotros, claro. Yo no viajé porque tengo la puta leche que mi hijita tenía 4 años y pico y todavía tenía muchas responsabilidades, sobre todo desde que nos separamos con su madre. Me costó mucho aceptarlo, pero el Negro me dio la responsabilidad de inventarle la fachada legal y creíble a la aventura, como hacía en la agencia, así que fui tomando un poco de cada lado y armamos un club fantasma con dirección, registro legal y todos los chiches. 

La noche que inventamos el nombre y hasta la historia del clú la llevaré guardada en la memoria como uno de los pocos tesoros que me gustaría llevarme pal otro mundo, una de esas noches que con el Negro Rivero nos complementábamos y hacíamos magia, verdadera y pura magia, la misma de los amigos de 8 años que flashean mundos y aventuras desopilantes después de salir del cine de ver una tipo Guerra de las Galaxias.

Faltaba poco para el viaje y estaba todo armado. Incluso llegamos a hacer las invitaciones correspondientes a los “objetivos” para que asistieran al evento. Mirá si serán soretes que iban a lavarse la cara a un evento deportivo por la paz mientras estaban cañoneando el Belgrano. Estaba todo listo y a punto caramelo pero el Negro se cayó por mi casa a las 12 de la noche totalmente sacado, que si no le poníamos nombre al club -y si no era un buen nombre-, todo se iba a ir al carajo: “se nos cae el castillito” se la pasaba gritando mientras caminaba las paredes con un vaso de Chivas en la mano. Así que deliramos al Club Gimnasia y Esgrima de Fisherton, porque los clubes viejos y tradicionales de la oligarquía siempre se llamaron Gimnasia y Esgrima en este país, y nadie iba a sospechar de un nombre tan amargo como ese. ¿O acaso el de La Plata no había tenido de socio al reverendo sorete de Ramón Falcón, comisario y asesino de obreros? Era perfecto.

Empezaba a clarear afuera de la YPF, una línea finita ya separaba el azul petróleo de la ruta de su confusión con la noche, aparecían los turquesas, los morados y de a poco la luz amenazaba a quedarse con todo el cielo y lo que encontrara a su paso. La poesía del amanecer se le escapaba a los choferes, quienes únicamente notaban que se acercaba el momento de pagar y montarse en la nave para juntar el mango.

El tipo del completo de milanesa se había ganado la atención de las neuronas de esos rudos viejos cargados de contracturas e hígados reventados pero debía cerrar el encantamiento, ponerle punto final a la locura o la leyenda…

Tragó un poco del moscatto que tenía en el mostrador, por atrás de sus ojos se le vieron pasar mil y un recuerdos. Será por eso, y porque la hora apuraba, que prefirió guardarse los detalles de la despedida en el aeropuerto de Rosario, las hondas heridas de una separación tanto tiempo llorada, camufladas en risotadas y falsas despedidas que los hicieron cagar de risa (al fin y al cabo era todo un gran juego) pero desnudadas en ese abrazo de oso que los dos grandes amigos se dieron por última vez.

Tampoco conocía los detalles del viaje y la llegada a Londres, los mil y un disparates que seguramente el Negro Rivero y su batallón desplegaron en suelo enemigo para cumplir su patriada. 

Lo único que sabe se lo contó la Negra Rosario, una amazona descendiente de correntinos que Rivero había conocido en algún laburo que lo llevo a Luján, donde ella vivía y militaba en alguna de las metalúrgicas grandes que se habían instalado antes de los milicos. Era lo que todo hombre entero puede desear de una mujer, tenía una honestidad a prueba de balas, odiaba hasta la mentira más blanca y era incapaz de traicionar a nadie, inteligente como el Negro, a fuerza de tener que romperse el bocho para abrirse paso en un mundo de abusadores, violadores, patrones degenerados y parejas aprovechadoras, nacida del barro como el Negro aunque en otros pagos tan o más miserables que los de Rosario. 

No tenía un simple y humano coraje, era sencillamente arrojada, su valor no partía de un análisis racional sino de un profundo amor a la vida, a la justicia y a su pueblo, tanto que no medía las consecuencias de su valentía, porque no temía a la muerte, porque en parte ya la habían matado y porque, sencillamente, no tenía nada que perder.

Pero además era la hembra más hermosa de la creación con sus 24 años encima y un hermoso y flexible cuerpo que parecía sacado de esas fábulas mitológicas de los griegos que te contaban en la escuela. Eso era, una diosa, en el mejor y más mortal de los sentidos.

-Rosario me contó –continuó después de saborear el Moscatto y las nostalgias- que todo fue saliendo más o menos bien. El clima de mierda de Londres los cagó bastante –lo único que el Negro no podía chamuyar, convencer o coimear, el clima- y el partido se fue posponiendo. Igual lo aprovecharon para hacer una inteligencia más fina de los “objetivos” y el terreno, para diseñar el atentado sin que sospechen de la comitiva del club, sobre todo pensando en los pobres tenistas que no tenían que ligar por nosotros y que sinceramente no sabían un cuerno del asunto. De las posibles consecuencias para los socios del Rosario Golf Club, sinceramente nos importaban un sorete de perro. De paso también el Negro dio rienda suelta a sus dos grandes pasiones, conocer una ciudad nueva y milenaria y garcharse con la ídem un rosario sacrílego y anti-natura de kamasutras reinventados. Estoy convencido que el Negro Rivero si no hubiese tenido que luchar con la vida para vivirla seguramente se hubiera hecho marinero y habría recorrido el mundo entero conociendo mujeres y paisajes hasta el día de morirse.

Como era de esperarse, el día del partido el Negro ofició de Director Técnico, se había tomado tiempo de no sé dónde para aprender el juego, las reglas, los puntajes y toda la bola y se metió en el partido como si estuviéramos definiendo el Nacional con la amargura canaya de visitantes en Arroyito.

Pero los milicos argentinos nos cagaron y se rindieron justo cuando jugábamos el partido. Nos cayó la noticia como un baldazo de agua fría ahí mismo, en medio del court y fueron viendo cómo los “objetivos” se retiraban con sus custodias, seguramente encarando a otros destinos que los prefijados de antemano. Supieron que la operación había fracasado.

El Negro había acertado, el análisis de su orga había dado en la tecla y los cobardes arrugaron y se rindieron mientras los colimbas dejaban su sangre a puro huevo y pucará. Los yanquis y los rusos se lavaron las manos o las metieron hasta el caracú para garcarnos y la guerra terminó.

Con toda la bronca y la impotencia encima, el Negro se fue de mambo y la pudrió en el partido, se agarró a las trompadas por una falta que no era (la Negra entendió que se trataba de un punto definitorio que pegó en la faja y el umpier cobró afuera, parece que el Negro le saltó al cogote gritando “¿qué cobrás, bombero, delincuente, vendido y la recalcada concha de tu madre, qué cobrás??”) y el partido terminó en batalla campal y saltó la porquería: en medio del quilombo se vieron los fierros. 

Los detuvieron ahí mismo en el salón comedor del club elegante donde se jugaba el torneo y tuvieron un rato esperando a que los milicos piratas hicieran las averiguaciones del caso. De culo pudieron convencerlos de que los pibitos que jugaban no tenían nada que ver. Pero para lograrlo no les quedó otra que contar de qué venía la mano.

“Imaginate boludo -se cagaba de risa la Negra- no podrían creer el delirio que habíamos hecho, al principio pensaban que eles estábamos tomando el pelo. Sólo se lo empezaron a tomar en serio cuando vieron que en los bolsos largos, en vez de raquetas, estaban los fierros”.

“Cuando los milicos nos dejaron solos en el largo salón, el Negro se levantó y nos dirigió la palabra como un verdadero general en el campo de batalla. Era todo muy delirante, porque estaba con las gambas desnudas, vestido de chomba y pantalones cortos blancos, con un sweter blanco con vivos verdes oscuros, escote en “v” hasta el ombligo, con el logo que vos le bordaste del Gimnasia y Esgrima de Fisherton… estábamos todos igual, nos gastábamos a nosotros mismos con la idea de que éramos un batallón con uniforme de chetos rosarinos.”

-Pero la Negra se puso seria y cuando me contó las últimas palabras del Negro yo me lo imaginaba con uniforme posta, de combatiente, en una de esas escenas de las películas yanquis, tipo “Los doce del patíbulo”, con la voz en el tono exacto de firmeza y ternura, y dice la Negra que dijo:

“La concha de su madre, loco, entre el puto clima de mierda y el cagón de Galtieri y ese referí culeado nos cortaron el mambo. Pero yo estoy orgulloso de ustedes, loco, OR-GU-LLO-SO, porque nos jugamos la ropa y los calzones por una causa justa. Lo que dependió de nosotros salió bien. Les pido disculpas por sacarme en la final, pero no puedo con mi genio, de repente se me mezcló todo, la bronca de la guerra, los piratas, los desaparecidos, el hambre de los pibitos… qué se yo, todo. Pero yo no me aprendí las reglas de este deporte choto ni me fui a jugar al rugby con los chetos del Golclú para nada, loco. Los quiero un montonazo, pero estos hijos de puta si nos agarran, como estamos clandestinos, nos la van a dar, nos van a cagar matando, si total somos un error del sistema que muestra que no son invulnerables. En el clima que hay no se van a jugar a que salgamos en los diarios como los simpáticos argentinos que quisieron matar a los militares más odiados del planeta incluso por su propio país. No. Estos nos liquidan. Y no pienso entregarme como un cordero. Lo pongo a votación, pero yo digo que no bien pasen esa puerta enorme de caoba, sean los que sean, les caigamos a tucumanazos y nos llevemos puestos a más de uno.”

-La Negra lo contaba como quien devela un secreto sagrado, con mezcla de emoción y seriedad, me dijo que estuvieron de acuerdo y se cagaron a tiros con los revólveres caseros de un tiro que se habían fabricado y las facas que habían podido encanutarse entre las bermudas chetas y que todavía no les habían sacado. “Estaban tan sorprendidos con todo el delirio que ni se les ocurrió palparnos de armas.”

“Antes del combate el Negro me agarra a un costadito y me dice, con la cara casi tocando la mía, como en el límite del beso ¿viste? y me dice, en un susurro: Ro, cuando veas la oportunidad rajate, soy el tipo más feliz del mundo porque tuve la vida que me pude conseguir, no le debo nada a nadie y todo lo que hice me lo gané solito, te amo hasta la muerte Ro, andá y contá lo que hicimos, porque si no, cagarse a tiros acá no tiene ningún sentido. Que nuestra historia sirva de grito, de denuncia contra los explotadores de acá y de allá, que todos sepan que este pueblo no se rinde como sus gobernantes.”

-Hasta donde se sabe, la Negra se abrió paso a los faconazos, ganó el hall y de alguna forma salió a la calle, a los barrios olvidados de Londres, que de alguna manera se parecían a los de su tierra por eso de que pobres y miserables hay en todos lados donde haya ricos y explotadores y después de un tiempo se las arregló para volver. 

Recuerda la cara sacada del Negro Rivero, mezcla de alegría infantil de pibe pobre metiendo un golazo de zurda al ángulo en el clásico del potrero y de descarga embravecida de toda una vida de sufrimiento y muertes de gente amada, mientras le clavaba un puntazo en la garganta al milico más gordo, el jefe del operativo,  y su cuerpo cayendo al ritmo feroz de las ametralladoras vomitándole el plomo en la espalda.

-El glorioso Batallón del Club Gimnasia y Esgrima de Fisherton –dijo el tipo del completo de milanesa ya de pie junto al mostrador con el vaso de Moscatto en la mano- murió en combate, pero se llevó un par de milicos puestos. 

A ver si nos entendemos, señores, este país está lleno de héroes, de gente con unos huevos y ovarios a prueba del infierno mismo, curtidos en la lucha desde chiquitos, con una inteligencia y una creatividad que no se conocen en las facultades ni en los “equipos técnicos” de los grandes aparatos políticos. Lleno señores, a patadas muchachos. 

El problema de este país es que no los conocemos, nos comemos cualquier chamuyo que nos venden y seguimos quejándonos en vez de organizarnos, rajarlos a la mierda y gobernar nosotros.


Alzó el vaso de Moscatto, brindó con un “arriba los pobres del mundo” que sonó más a arenga de vestuario que a saludo formal y, como siempre pasa en estos casos, nunca más lo volvimos a ver.

miércoles, 10 de junio de 2015

El Reloj Automático


                                                          (Fotografía de Sofía Raimondi)


publicado el 17 de junio de 2014 en Revista El Otro (https://revistaelotro.wordpress.com/2014/06/17/el-reloj-automatico/)




Todo fue culpa del reloj. Tardé mucho en darme cuenta, pero es así, la culpa fue toda del reloj.


Al principio me sentía metido en un oscuro relato de Poe, una mezcla de misterio y terror. Porque encima es un reloj automático, de esos que hicieron furor en los años cincuenta, que funcionaban usando el movimiento de la mano, el pulso, evitando el rutinario proceso de darle cuerda a la corona.


Se sabe que la ingeniería humana tiene en los relojes su producto más macabro. Muchos antes que yo lo descubrieron, ese asunto de encapsular el tiempo, de encadenarte a la conciencia permanente de que la vida se va y no vuelve, la tiranía insoportable de que la muñeca te recuerde siempre que te tenés que despertar, engañar al estómago rápido, mentirle al espejo rápido, correr el bondi o zambullirte en el océano humano del tren o del subte, o peor, del tren y del subte, empujar, codear, putear, correr las últimas cuadras para firmar, fichar o cualquiera de esos sistemas hijos de puta que se le ocurren a los gerentes, patrones o funcionarios del ministerio.


Porque esa maquinita de mierda está para eso, para recordarte cada minuto de tu alienación, de tu transformarte en una bestia sudorosa y dolorida para conseguirte los mangos que te permitan respirar un día más.


Lo que nadie dijo, o al menos no me enteré, es que los automáticos son la peor forma de la máquina maldita, porque funcionan con tu propio pulso, usan tu propia energía, tu propia vida para marcarte el ritmo de la amansadora. Siempre me parecieron símbolos de la esclavitud, grilletes perfectos que te atan al látigo, y encima usan tu propia energía, como una maquinita mosquito, pequeño parásito de metales.


Pero no fue eso lo que me preocupó, para nada. Este reloj del que les hablo es mucho peor. Me lo regaló mi viejo antes de morirse. Mucho antes, tampoco fue así dramático, en la camilla de la sala de terapia intensiva con su último suspiro, no le voy a mentir.


Fue bastante antes de morir, no me acuerdo bien, pero el tipo ni se venía venir el fin todavía.


Es muy raro, porque mi viejo nunca hizo algo así, algo de padre, al menos no conmigo. Desde pendejo le tuve un metejón gigante. Mi adoración por mi viejo era inversamente proporcional a la bola que me daba. Yo fantaseaba con todos los fetiches de la masculinidad: que me enseñe a afeitarme, a hacerme el nudo de la corbata, que me lleve a pescar, que me enseñe a manejar, que me lleve a la cancha, que me enseñe a jugar a la pelota, al tute cabrero, que me convide mi primer vaso de vino y algún día me diga “Leo, ya sos un hombre”.


Sí, y estoy bastante pasado por agua para saber que son eso, fetiches de la masculinidad, ritos arcaicos medio que neanderthalenses, pero qué le voy a andar mintiendo, yo siempre los deseé. Y decí que estuvo mi hermano mayor para iniciarme en algunos: el fulbo, la cerveza, las gurisas…


Pero no llegó a todo, nunca aprendí el tute cabrero ni fui a pescar, el nudo de la corbata me lo enseñó mi vieja y después de un tiempo no lo usé nunca más. A manejar aprendí sólo, como a armar pareja, amar y ser amado y así me fué, medio para el carajo porque soy lento y torpe cuando aprendo solo.

Por lo demás, uso barba.

Creo que ya cuando mi viejo me lo regaló el mismo estaba en la onda de portar relojes lujosos. Y ahí es cuando la cosa se empieza a poner misteriosa.Pero el reloj, que no tiene conciencia, se limitaba a extraer una parte de su energía cinética y electromagnética, generada en sus esfuerzos síquico-musculares para producir valor para sus patrones, como un impuesto al trabajo cobrado en energía, y lo usaba para recordarle al dueño sus responsabilidades, para transformar el caótico devenir del desenvolvimiento de la explosión de materia original en un mundo ordenado por el tiempo necesario de trabajo, descanso y ocio.Desde ese momento ocurren en mi vida cosas irracionales, inexplicables, ilógicas. Todas y cada una de las cadenas que me ataban a la vida, que al mismo tiempo me daban comodidad en todos los planos y que ya comenzaban a limitarme, a producir una especie de calcificación anímica… todas se están rompiendo, quebrando, resquebrajando. La microscópica liberación de energía vital que promovió el quiebre de esa pequeña y rara pieza de metal de un mecanismo raro y en desuso, construido por manos y máquinas extrañas, hace 50 años en una desconocida para mí ciudad de un país con montañas hermosas y bancos criminales, ese terremoto ha desencadenado una energía contenida que sigue generando una onda expansiva invisible, impalpable, pero devastadora.








Para la generación de mi viejo, que fue joven entre los 40 y los 60, lo del reloj era muy importante. Para mi generación los relojes eran tan variados y tan baratos que no tenía mucho sentido, salvo la portación de cosas lujosas, para demostrar que uno era superior, pero como eso nunca me llamó la atención… Ahora con los celulares el reloj sirve sólo para demostrar que sos un pobretón y no tenés celular, que sos deportista y lo usas de cronómetro o que tenés toda la guita del mundo porque los buenos relojes no bajan de los 100 dólares.


¿Por qué carajo mi viejo guardo ese reloj?


La gente más ordinaria algunas veces hace magia, sin saberlo. Durante todos los años que pasé rumiando la historia de mi viejo para tratar de encontrarle un sentido a todo ese dolor que me programó y definió gran parte de mis decisiones juveniles, hubo una época en que supe construir una historia de su vida que explicaba al menos tanta negatividad. Debo confesar que durante un tiempo esa historia justificaba sus errores, sus dolorosos errores y trágicos y hasta malignos que dañaron seriamente la vida de muchas personas.


Y digo que la armé porque la historia de mi padre es, en el fondo, una ficción construida con elementos de la realidad objetiva. Pero, producto de mi imaginación, nadie podrá decir que esa fue, realmente la vida de esa persona.


Mi padre, mucho antes de serlo, fue un joven con aspiraciones, con sueños, con ilusiones. Conservo la última fotografía que le sacaron en el tercer grado de su primaria rural, allá por los años 40, en una aldea cercana al río Miño, en la milenaria ciudad que los romanos invasores rodearon de murallas y llamaron Lucus, que los galegos reconocieron como cuna de su patria chica con el nombre de Lugo y que mi viejo idealizó en sus 76 años de vida. Digo la última porque poco tiempo después su orgullo de campesino con algo de recursos lo llevó a cagar a trompadas al maestro que lo castigaba con reglazos y terminó su aventura por el mundo del conocimiento formal.


En esa foto la mirada de mi viejo es la de un niño ya curtido por el trabajo y la vida pero con una luz de ilusión, asombro y esperanza. Cuando yo tuve la edad que él portaba en la foto mi viejo me decía que su primer sueño roto había sido el de estudiar, que amaba la Geografía y la Historia. Solía demostrarlo recitando de memoria las regiones españolas, sus ríos y sus principales formaciones montañosas. Luego la emprendía con la hidrografía europea y sus principales capitales. Y yo nunca pude explicarme por qué tomé mi propia decisión de estudiar la profesión que hoy me sostiene materialmente, a pesar de que el oficio humano que más disfruto es el periodismo, y que en mis años de elección universitaria no sólo elegí Historia cuando en el fondo deseaba seguir Letras, sino que para colmo mi viejo se opuso férreamente, indicando que debía seguir una profesión con la que asegurarme un buen pasar económico para mí y mi futura familia, como ser contador o abogado.


Pero la pobreza de la posguerra civil y el aislamiento que el franquismo impuso a la economía española en los 40 llevaron a la familia campesina acomodada de mi viejo a la pobreza lisa y llana y el joven soñador fue arrancado para siempre de su camino para seguir el camino de otros. Después de dos años de formación militar en el desierto africano de Ceuta y Melilla, comiendo serpientes y sapos, único paso por la juventud de aventuras y diversión que tuvo, y después de un primer intento de desarrollo personal, ligado a un trabajo de ayudante de un judío en un puesto de ropa y corbatas de la ciudad de Lugo, con el que pagaría sus estudios, ese que sería mi viejo tuvo que meterse en la panza de un buque, mirar el puerto de Vigo como sólo lo han podido mirar los emigrantes galegos y asturianos y poner más de diez mil kilómetros de distancia con sus sueños para juntar la guita necesaria para pagar la “dote” de una hermana que transformó su rebeldía en un embarazo prematuro, que obligaba a un casamiento formal para salvar el honor familiar y al sacrificio del primogénito.


A los 26 años, un barco lo vomitó en la nochebuena de 1962 en una ciudad perdida del lejano sur, que alguna vez fuera la capital de una parte del imperio de los borbones pero que ahora recibía a los hijos de la Madre Patria como burros de carga y objetos de burla y escarnio. Tengo el relato de esa primera noche de emigrado grabada en la memoria como un aguafuerte: con ácido sobre metal.


Emigrado, con la conciencia de que nunca más volvería a su terruño, a sus murallas, a su río infantil de alegría, a sus tabacos armados robados de la tabaquera del viejo, a sus primeros amores, su madre adorada como una santa, a sus propios sueños diseñados entre humoradas varoniles en las aburridas siestas del desierto marroquí… Tenía sólo un papel con una dirección escrita a duras penas. Valentín Alsina. La casa de un tío. Preguntando y de a poco, sus primeras horas las pasó cruzando a pie a las 3 de la madrugada el Puente Alsina, desconociendo que entraba en el corazón industrial del país que lo recibía, en una de las barriadas más gallegas del mundo.


De ahí a la hospitalidad del tío al que agradecería eternamente, que le conseguiría el primer trabajo de su emigración, que sin saberlo marcaría todo el resto de sus cincuenta años de vida. Limpiar la mierda de los baños del restorán El Mundo, en la calle Maipú en frente de la vieja Radio El Mundo, que se llenaba de una forma inexplicable todos los días en todos los horarios, y más cuando las masas venían a ver y oír a sus cantantes preferidos de tango y folcklore o a presenciar sus novelas radiales de moda.


¿Limpiando mierda ajena habrá ido mezclando y moliendo en su interior todo el resentimiento y la mezquindad que luego volcó sobre el mundo? La frustración y amargura de haber perdido su propia juventud y su unicornio azul fue germinando una sola idea: ser rico, obtener poder y prestigio sobre la única base que un tipo como él podría hacerlo, acumulando guita. ¿Guita para ser feliz, tomarse unas vacaciones, recorrer el mundo, pagarse los estudios? Guita para ser alguien importante, para enseñorearse frente al resto de los mortales, para cobrarse la humillación del inmigrante pobre limpiando las heces de los demás.


Eludamos por ahora los detalles de esa biografía posterior y cómo de ese primer momento crucial se desenvolvieron los hechos más dañinos. Por necesidades narrativas pero también por una mezcla de compasión con el objeto de la narración y de dolor que no quiero o puedo reabrir ahora. Baste decir que el joven se hizo viejo de forma temprana, aprovechó la solidaridad más hermosa de sus hermanos de clase y de patria y escaló maquiavélicamente hasta lograr su pequeño gran lugar por sobre las cabezas ajenas. Cuando tuvo mi edad actual, en menos de diez años el joven inmigrante ya había dejado de ser campesino e incluso obrero gastronómico para transformarse en un pequeño patrón. Menos de diez años más tarde comenzaría el ensayo de su salto de pequeño patrón de ciudad grande a pequeño patrón de ciudad chica del Interior, porque hasta en sus proyectos de megalomanía mi viejo era un tipo miserable.


En ese mismo año 62 o en los primeros meses del verano del 63 mi viejo se compró este reloj, un Omega automático de oro hecho en Géneve o Ginebra, Suiza. Durante toda su vida proletaria lo usaba para mostrar al mundo la catadura de sus objetivos, les refregaba en la cara la pedantería y el orgullo por anticipado de su éxito social futuro.


Cuando mi viejo (¿debería escribir “¿cuándo mi viejo?”?) me regaló este reloj realizó el único ritual “padre-hijo” de manual. Creo que nunca se lo vi puesto, porque yo ya conocí al Señor Grande, al hombre que había realizado su proyecto de transformarse en destacada personalidad entre la pequeño burguesía de una modesta e insignificante capital del Interior. Ya usaba relojes importados.


Sin saberlo, como todo prácticamente de lo que heredé de mi viejo, heredaba una década o más de la única etapa de vida en que mi viejo fue un obrero. En ese mosquito se habían concentrado millones de segundos y minutos de explotación, de sufrimiento, de remordimientos y alienación, pero, además, todo ese resentimiento que al no transformarse en lucha contra la opresión necesariamente adoptaba la forma de amargura, mezquindad y maleficia que caracterizó a mi viejo.


Usted podrá pensar que exagero, que son disparates propios de una imaginación delirante. Pero no. Mi viejo murió producto de esa mala elaboración del dolor. En el verano de 2011 sus doctores detectaron que el 90 por ciento de su sistema circulatorio, corazón, arterias y venas estaba calcificado, es decir, que esos vasos y conductos que deberían ser firmes pero flexibles, eran sólidos, sus paredes se habían puesto rígidas como si las hubiesen pintado con cal y la cal se hubiera metido en las células. Y esa rigidez, contradictoriamente, no ofrecía un resguardo y una fortaleza, por el contrario, impedía el libre fluir de sangre y nutrientes esenciales a los diferentes órganos que provocaban la vida y mutaban en una fragilidad con permanente riesgo de quebrarse.


Los meses en que fui testigo principal de su agonía me sirvieron para comprender muchas cosas, más sobre mí mismo que sobre mi padre. Entre muchas otras comprendí que esa energía vital mal elaborada lo había matado. Como dirían filósofos amigos del barrio, su propia maldad lo mató… Pero se trataba de una maldad con un origen especial: la frustración de las ilusiones infantiles, la juventud quebrada, la enorme e increíble tristeza y melancolía permanentes de la emigración forzosa, la esclavitud y la alienación del explotado todo mezclado en el crisol de la traición a los semejantes como camino de superación individual. Una parte de esa energía había quedado –sin que nadie lo sospechara- en los engranajes de ese reloj-parásito de energía.


Me dí cuenta de eso una tarde primaveral dos años después de su fallecimiento. Los hechos se sucedieron de una forma que si hubiera sido inventada por mí estaría orgulloso de mis dotes literarias. Pero no. Debo reconocer que se trató de una sucesión de casualidades involuntarias. Mi único mérito fue prestarles atención y aprender a dilucidar el mensaje que ellas me enviaban.


Después de dos meses, la última ilusión de que la vida que yo me había prometido iba a ser finalmente como yo la había soñado, se empezaba a mostrar falsa. En un intento desesperado por volver a envolverme en una rutina de mierda, en el conservadurismo de una vida miserable aunque digna, intenté atacar una serie de rutinas que me pesaban como lápidas. Entre otras cosas me obsesioné con sacar del abandono el reloj de mi viejo, utilizarlo para medir los hitos de mi vida cotidiana y, cumplir con una promesa que me hice desde que me lo regaló, grabar en su dorso, como se hacía antes, el nombre de su primer dueño y las fechas mortales que marcan su invisible paso por este mundo. Como una especie de tatuaje portado en un objeto removible, un tatuaje vergonzoso.


De alguna forma necesitaba marcar definitivamente esa relación de herencia con mi viejo que intuía se transmitía a través del reloj. Con un enorme esfuerzo de, precisamente, organizar horarios de trabajo y militancia, encontré el momento y el dinero y fui a un relojero para que diagnostique como ponerlo a funcionar y grabarlo.


El relojero, haciendo gala de su función de chamán artesanal en el mundo de la tecnología antigua, detectó el problema del reloj. Se había quebrado (no roto simplemente o fisurado o doblado) el pequeño pedazo de metal que hacía singular al reloj, el que permitía que se generase el mecanismo automático que convertía en superfluo el simple acto de darle cuerda.


Todavía ahí no me di cuenta de lo que el buen lector ya prefiguró como remate de este extenso relato. Pagué rutinariamente la seña y quedé con el artesano hechicero la fecha en que lo pasaría a retirar. Sin saberlo pretendía transformar un hecho mágico y azaroso fundamental en mi vida en uno más de los millones de actos rutinarios e intrascendentes del comercio humano. Cuando me iba, el artesano me preguntó, casi con algo de misterio ritual, “¿qué inscripción desea grabar en el dorso?”. Ya debería haberme llamado la atención que casi me retiraba sin cumplir con mi principal objetivo, el tatuaje vergonzoso. Pero no, dicté el nombre bíblico y los dos apellidos, el que nos vinculaba a viejas tribus de la Lombardía y el que nos arraigaba a esa rara mezcla de suevos y celtas que venía remontando el mundo desde el Ararat hasta la aldea donde se mezclaron en los genes de mi viejo. Luego el año de su nacimiento y el de su muerte, y me retiré.


Aunque no era consciente de nada de lo que ahora recopilo y escribo, sabía que el ritual con mi viejo, tres años después de su muerte, en medio de lo que ya se avecinaba como la cuarta crisis personal más importante en mi corta vida, no iba a pasar indoloramente. Intuía que algo raro iba a pasar.


Y pasó. Apareció Fernando, aquel estudiante de la secundaria nocturna de Villa Soldati donde comenzó realmente mi vida de proletario adulto, aquel cuyo dolor, su biografía personal, su retorno de la muerte, me pegó duro en la conciencia, en el alma, en lo más profundo de mi ser. Esas horas que pasé encerrado en la sala de auxiliares de la cinco del 19, llorando desconsoladamente, me sirvieron para darme cuenta que estaba abierto, que por alguna razón había perdido la piel, la coraza que me protegía del mundo, que me separaba de las angustias y padecimientos del resto de mis hermanos y hermanas de clase para poder seguir funcionando normalmente. Decidí vomitar. Decidí que el llanto honesto y desembocado, aunque sanador, no era suficiente. Decidí vomitar y escribí.


Lo que pasó después fue más sorpresivo, y lo sigue siendo. Hice público mi vómito y una persona que confundí con una especialista en literatura lo elogió. Ese error de apreciación me hizo creer que tenía alguna chance de sobrevivir materialmente en este mundo con la profesión que más amaba. Y comencé a escribir de forma sistemática. Y aunque no he podido cambiar la forma en que el capital me chupa la sangre, el tiempo y la alegría, descubrí un mecanismo que cada tanto evita que la mierda me tape las arterias y el corazón y adelante una herencia fatídica.


Pero todavía no era suficiente. Lo que me hizo darme cuenta de la responsabilidad del reloj de oro, de este reloj de oro, fue otro hecho.


Al otro día del reencuentro con Fernando y mientras leía las repercusiones del relato, recordé que debía terminar con el proceso y el ritual y retirar el reloj arreglado y tatuado. Como siempre en estos casos pasé preciosos minutos perdiendo la energía inútilmente buscando el papel donde figuraba el compromiso, el pacto y la seña y descubrí, cuando finalmente lo encontré, que había cometido un error importante. Justo en el grabado había errado la fecha de fallecimiento de mi viejo.


En lugar de 2012 había ordenado que se grabase “1936-2010”.


Haberlo corregido me habría significado perder varios días más y reorganizar otra semana de tiempos cortos y ajustados, erogar un dinero que ya no tenía y, lo peor de todo, intentar corregir al destino. Lo dejé así, sonreí irónicamente, y me pregunté por qué mi inconsciente había puesto esa fecha y no cualquier otra en la zancadilla mental que me preparó.


La única explicación que encontré radica en que en 2010, dos años antes de su verdadero fallecimiento, había nacido mi única hija. Algo más, yo había nacido como padre en 2010.


De ahora en adelante, cada vez que alguien requiriese la anécdota detrás de una fecha errónea yo debería explicar que mi inconsciente había determinado la muerde mi padre en el mismo año que yo nací como padre. En una parte de mi consciencia, esa que es la más efectiva a la hora de programar nuestras conductas cotidianas, y al mismo tiempo la más difícil de comprender, en lo profundo de lo más recóndito del edificio que ordena mi vida, alguien determinó que cuando me hice padre me liberé del peso enorme de una herencia nefasta, que trabó mi optimismo, mis ganas de vivir y dirigir mi propia vida.


Fue esa energía totalmente diferente que ya fluye desde dentro de mi ser, ese electromagnetismo que genera mi trabajo, mi movimiento, la particular forma en que he decidido elaborar mi propia explotación, mis dolores y angustias, mis alegrías y tristezas, la que entró en contradicción con la energía acumulada en el reloj heredado. La parte que se quebró, es justo la encargada de administrar esa energía robada al cuerpo y transformarla en el motor de todo el reloj. Allí se produjo un pequeño terremoto, como enseña la definición del manual que uso en clase: liberación de energía contenida y acumulada durante varios años o décadas…


Ustedes podrán decir que exagero si digo que sin haberme calzado ese reloj en esa primavera nada de lo que ha ocurrido hubiese ocurrido. Pero estoy convencido de esa realidad. Puede ser que una suma de decisiones personales haya forjado ese destino posterior, entre la más importante a la misma edad en que le tocó decidir a mi viejo, yo decidí proletarizarme y transformarme en un obrero luchando contra su explotación y la de sus hermanos y hermanas en lugar de ser un pequeño explotador con ínfulas.
Puede que la historia del reloj de oro, de este particular reloj de oro no sea más que una coincidencia.
Pero déjeme decirle que este mundo se hace todos los días con la materia prima de las grandes leyes que rigen el universo, pero también de la levadura fina e invisible de las seis mil millones de pequeñas y diminutas piezas de biografía que se enlazan entre sí para sostener las grandes leyes. Por no detenerse a investigar la forma concreta en que esas historias invisibles se entrelazan, a comprender las consecuencias de la evolución de su pequeña cuota de energía en el motor universal de la vida, por no dejarse atraer y fascinar por ellas es que probablemente las pasemos sin mayor trámite al archivero de boludeces sin sentido o con mayor respeto las guardemos en el cajón bajo el rótulo de “casualidades”, “azar” o “magia”.
Sin embargo, yo que ud. pensaría dos veces antes de ponerme en la muñeca el reloj automático que haya usado antes, otro ser humano.