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domingo, 7 de junio de 2015

La muerte leída a los niños

Comentario sobre El Libro de la Vida, 2014, co-escrita y dirigida por Jorge Gutiérrez, de la 20th Century Fox, producida por Guillermo del Toro.


Mi hija de cuatro años y 9 meses me viene sometiendo a una permanente exposición a la película animada El Libro de la Vida, de Disney Co., desde que consiguió la primer muñeca de María en alguna de las dos cadenas de comida chatarras internacionales. La película es sinceramente apasionante, vale la pena y debe ser de las mejores producciones de su género en años. Tiene tantas capas, sutilezas y metalenguajes que me sugirieron muchos ángulos para enfocarla. Así que, como el costado bueno de ser un escritor no profesional es que si nadie te publica, publicás lo que se te canta... aquí les va esta extensa perorata sobre técnicas narrativas, feminismo, ecologismo, nacionalismo burgués, imperialismo, y la lucha de clases en el mundo del inconsciente, la cultura, las tradiciones y la religión.

Espero al menos que el viaje les sea placentero.

Por qué vale la pena hacer esta reseña


Casi todos los grandes cuadros teórico-prácticos del marxismo revolucionario, fundadores de métodos filosóficos, constructores de partidos revolucionarios y conquistadores de victorias para la clase obrera (algunos en una misma vida humana) coinciden en decir que Beethoven fue lo más revolucionario que la música burguesa le aportó a la humanidad. El propio Lenin, dirigente de la primer dictadura obrera duradera del mundo, tenia un casi exagerado respeto por las obras de arte producidas por la burguesía porque entendía que en el mundo del arte, como en el de las ideas, justo es que una clase eternamente castigada y opimida como los trabajadores y trabajadoras, aprendieran a gobernar el mundo también aprendiendo lo mejor de la herencia cultural de la burguesía.

Contradictorio y dialéctico, como todo, no podemos esperar que ninguna obra burguesa desarrolle los mejores valores morales y estéticos posibles, por eso, mientras construimos tenazmente un gobierno obrero y el socialismo, quienes estamos destinados a superar esta sociedad putrefacta y caníbal, debemos hacer un enorme esfuerzo por decantar el trigo y la cizaña y quedarnos con lo mejor de lo que hay.

Y si somos padres de chicas o chicos en edad de cine infantil, no te cuento. Hay que buscar con lupa algo que escape a la pelotudez de princesas forras y guerreros galácticos.

Lo que tiene de revolucionaria la animación digital para niños El libro de la vida¸digámoslo ahora, es que ayuda a los niños a elaborar el trauma de la muerte desde edades muy tempranas. Y eso sólo ya es revolucionario, porque se mete con uno de los tabúes más importantes con los que el Estado sigue intentando programar las mentes de las clases dominadas. Pues, qué tan efectivo como el miedo a la muerte propia o de seres queridos para meter la cobardía, la culpa, el terror y la parálisis en los huesos de las personas.

Para un régimen que le importa un rábano la vida y que siembra muete a cada paso que dá, el culto del miedo a la muerte sirve como un factor de control social como el que más.

Recuerdo que en una entrevista, hablando de bueyes perdidos, Marcos Silber, poeta comunista de los 60 recordaba una obra de teatro que le había parecido maravillosa en esos años. No recuerdo sinceramente cómo se llamó ni su autor, tampoco sé muy bien si había llegado a ser censurada o simplemente había levantado polvareda entre la crítica. Lo concreto es que toda la obra infantil consistía en la historia de un pajarito que se le moría a su niño y lo que este suceso generaba en su conciencia infantil. O podemos recordar la canción de la genial María Elena Walsh sobre la pájara pinta, la de la canción tradicional infantil, que denunciaba y repudiaba el asesinato de su marido por un cazador pidiendo perdón por cantar un tema tan triste.

Porque, piénselo un sólo segundo ¿usted le hablaría a su hijo/a de dos años sobre la muerte así como le explica como agarrar la taza de la leche? Si su respuesta ha sido positiva usted está mucho más avanzado y liberado de ataduras mentales que el 80 % de la población en sudamérica. Las Iglesias de todo tipo, pero sobre todo las que sostienen funciones políticas de justificación de la explotación de Estados y empresarios, como la Católica Romana, la Judía o el Islam y alguna que otra variante arcaica de protestantismo, unden uno de sus pilares de control sicológico sobre las masas en la difusión de una imagen atemorizante de la muerte en sus conciencias.

Varias historias bien enhebradas


El Libro de la Vida le entra con todo al prejuicio católico-occidental sobre el mundo de los muertos y para decirlo en jerga mexicana, le da en la madre. Se trata de una historia escrita en capas y no por casualidad.

En la superficie arranca con un grupo de pequeños de distintas edades que hacen un recorrido por un museo en alguna ciudad de Estados Unidos que tienen la particularidad de ser niños “castigados”, los “rebeldes de la escuela” o los quilomberos, depende como se mire. Estos pibes y pibas pendencieros se encuentran con una guía muy particular que los introduce en un museo paralelo al oficial, escondido del otro por una falsa pared que los lleva a un museo sumergido dedicado exclusivamente a la cultura mexicana.

La guía femenina les cuenta a los niños la historia de un libro donde están contenidas todas y absolutamente todas las historias del mundo, las verdaderas y las inventadas.

(Digamos como paréntesis que es muy común y llama mucho la atención al turista extranjero la particular forma de narrar las historias que tienen las maestras de primaria en los museos como el Nacional de Antropología Forense o el del Castillo de Chapultepec,. Esto es fácl de observar cuando uno viaja de mochilero y accede a los grandes museos del DF los domingos o feriados, cuando la entrada es gratuita y uno se puede cruzar con decenas de contingentes de primarias con sus simpáticas maestras desplegando un arte excelente que combina dosis justas de ternura, fantasía y rigurosidad científica.)

De todas las historias del Libro, la guía cuenta la de un pueblo que queda en el centro del universo, o sea, en México, el pueblo de San Andrés, donde la diosa del mundo de los muertos recordados, la contradictoriamente hermosa Catrina, nombre popular de la diosa náhuatl Mictecacíhuatl, inmortalizada para todo el mundo no mexicano por los geniales artistas plásticos revolucionarios Diego Rivera y Frida Khalo en varios lienzos, y su enamorado, el temible Xibalba, dios del mundo de los muertos olvidados, juegan en una apuesta irresponsablemente el destino de toda la humanidad.

En el contexto de un Día de los Muertos, los dioses escogen a una niña y dos niños, amigos los tres, enamorados de ella ambos, para ver quién de los gurises se casa con la niña en el futuro. Catrina elije a Manolo, huérfano de madre, apasionado morochito desde pequeño por la música y el amor romántico y desinteresado pero proveniente de una dinastía masculina de toreros mientras que Xibalba escoge a Joaquín, varón rubio, huérfano de un general victorioso en la Revolución del 1910 pero asesinado por un temible bandido rural en la posguerra, el Chacal. Mientras que Manolo expresa la masculinidad conectada con los sentimientos afectivos, el mundo de la música y la poesía, respetuoso de las mujeres y generoso, Joaquín es el símbolo del machote mexicano, egocéntrico y poderoso, de carrera militar, “con grandes bigotes y muchas medallas en el ancho pecho”.

En el momento central de la película se desarrolla una típica tragedia griega, donde estos tres mortales se debaten sobre sentimientos y valores propios de los inmortales, condicionados por los dioses que intervienen sobre ellos como literales titiriteros.

(En otro paréntesis válido déjeme decir que los directores hacen consciente y obvio el recurso a la tragedia griega original, ya que una vez que Catrina y Xibalba nos son presentados, es fácil reconocer a la diosa de los muertos en la voz y los ojos de la guía del museo y al malvado dios encarnado en uno de los serenos del museo, quien intenta hacer valer los reglamentos para prohibir la visita pero que cede ante la seducción de la guía. La diosa disfrazada de guía representa la historia ficcional a los niños díscolos de la visita utilizando muñecos de madera articulados, como los títeres y la narración pasa de figuras más parecidas a personajes del mundo real, o con una mayor pretensión de realismo, cuando se para en el nivel del argumento introductorio -los niños en el museo- y se traslada a imágenes de muñecos de madera cuando desarrolla el nivel de la historia central, la de María, Manolo y Joaquín en San Andrés.)

Para determinar quién se casa con quién los tres protagonistas están obligados a enfrentarse a sí mismos, a las opciones éticas que los definirán como sujetos, en un momento muy cargado de simbolismo, un día de todos los muertos cuando el trío cumple los 18 años, es decir, su pasaje a la adultez sexual y civil.

Sabido es que el chiste de la tragedia griega consiste precisamente en eso, la representación de situaciones límite, absolutas y definitivas, impuestas por acontecimientos imposibles de controlar por los seres humanos, situaciones perfectas propias de los dioses. Todo con el objetivo más clásico del arte griego, el de representar escenarios morales posibles para que los ciudadanos pudiesen hacer catarsis con la obra sin llegar a una identificación plena con los personajes, una empatía tan fuerte que haga imposible la separación afectiva y el pensamiento racional.

Los tres niños deben enfrentarse con la disyuntiva de ser fieles a sus deseos y creencias o dejarse vencer por la imposición de las leyes sociales y culturales que han definido un destino y un camino a seguir en la vida en sociedad a través del Estado, encarnado en la peli por un obispo obeso y su séquito de monjas cantoras, el padre adoptivo de María, un general de la Revolución que está a cargo de la seguridad del pueblo y el padre de Manolo, que oficia de representante de las tradiciones patriarcales masculinas y encima, torero, que para la cultura española y mexicana es algo así como un ídolo “deportivo” popular que difunde en las masas la cultura hispánica machista y barbárica del gran macho que asesina al símbolo máximo de la virilidad y el poder masculino desde hace milenios.

María toma su decisión desde pequeña, ya que en su primer escena muestra por dónde viene la mano. Cuando los dioses los descubren, los dos varoncitos jugaban a un combate de esgrima en el que se disputaban el amor de su amiga, todo en términos inocentes e incluso fraternales, en el que se gritaban “ella será mía” ante cada demostración de destreza, coraje y heroísmo. Ante lo cual María toma una espada de juguete, los derriba a ambos y declara, solemne como cualquier mujer convencida, sea la edad que sea, “yo no soy de nadie”. Actitud de independencia y autonomía que enamora a ambos cotendientes y que se refuerza en su segunda aparición, cuando María convence a sus pequeños enamorados de liberar a los chanchos de los corrales del pueblo, acaudillándolos en una corrida por las calles principales donde, además de irritar al dueño de los chanchos y al pueblo todo por el quilombo que hacen, se suelta también un enorme y demoníaco jabalí que casi mata al padre de María. El desastre lo impide primero Joaquín salvando al padre de María y luego Manolo, quien despliega una destreza increíble y maravillosa para torear al jabalí con una hermosa y arriesgada coreografía, esquivando cada embiste mortal y dejando al animal clavado en una baranda de madera.

La rebelde María es confinada a un monasterio en España por su padre el general y los dos niños le juran amor y fidelidad eternos para cuando regrese. El padre de María adopta a Joaquín y lo entrena como militar mientras que el padre de Manolo comienza su etrenamiento también espartano para matar toros reprimiendo su temprana vocación por la música y el ecologismo.

El día de su regreso, cuando los tres ya andaban por los 18, Joaquín ya era un reconocido militar y Manolo debutaba como atracción principal en la corrida de toros estelar del Día de los Muertos en la plaza principal del pueblo. No vamos a relatar toda la película, porque sino no sería una buena reseña, baste decir que Manolo se niega a asumir la herencia paterna, decide no matar al toro y además declarar un manifiesto casi político en contra de que se sigan matando toros, lo que le vale el repudio generalizado de su propia familia, las autoridades estatales y la masa popular entera, aunque genera la confirmación del amor de María por el joven. Joaquín aprovecha la situación y demuestra una total adaptación al orden establecido, ya que al contrario de Manolo a decidido convertirse en el machote militar que se esperaba de él, mostrando su destreza en combate y un desmedido amor propio y fanfarronería.

En un nuevo giro que apela a los recursos tradicionales de los clásicos griegos y romanos, herederos en parte de tradiciones previas, hundidas en el Antiguo Egipto y la mesopotamia fértil, cuando María está por comprometerse emocionalmente con Manolo, a escondidas y en contra de su familia y las leyes de su sociedad, en un ritual propio del amor romántico, en un amanecer en las afueras bucólicas del pueblo, luego de que Manolo desplegara su enorme habilidad como guitarrista y cantante, Xibalba mete la cola y aparenta la muerte de María, obligando a Manolo a aceptar ser asesinado para así encontrase con su amada en el mundo de los muertos.

No por shakesperiano el guiño deja de ser adecuado a la historia, que lo lleva a Manolo a un “descenso” a los infiernos, que en lugar de los 7 niveles de Virgilio y el Dante, tiene sólo dos, el mundo de los muertos recordados, lleno de alegría eterna y colorido a la mexicana y el más profundo mundo de los muertos olvidados, este sí, casi un calco de cualquier imagen tradicional del terrible Tártaro gobernado por Hades.

Como todo héroe clásico Manolo se enfrentará a su peor temor, el de ser él mismo o claudicar ante lo que el Estado y su tradición familiar quieren de él y vence. Y al vencer vuelve a tiempo al pueblo para evitar que el Chacal y su ejército privado de forajidos masacre a todo San Andrés, cosa ésta que siguiendo la mitología mexicana, mandaría a todo el pueblo y a sus ancestros al destierro eterno en el mundo de los muertos olvidados. Así, colorín colorado, la moraleja cierra con María y Manolo felices y comiendo perdices e incluso reconcilia a los tres amigos, ya que Joaquín a último momento descubre que la valentía y el coraje son imposibles y falsos si se es egoísta y comete un último acto de generosidad que lo redime, jugándose la vida por la de su amigo y rival y dejando de ser un obstáculo para que su objeto de deseo, María, consuma el suyo propio con el varón contendiente, en suma, deja su sentido de propiedad machista de lado.

El nacionalismo burgués progre una y otra vez

La película es claramente un balance de sus autores de su cultura natal, la mexicana, atravesado por dos preocupaciones, una bastante obvia que es la de inmigrantes que han hecho una trayectoria profesional en Estados Unidos que pretenden presentar la cultura mexicana como un valor positivo ante la sociedad huésped.

Es parte de una movida más general, en la que se puede mencionar la tristísima imagen de Brasil for export que pretendió “vender” el autor de los papagayos ecologistas de Río y la más fontanarrosiana versión de la argentinidad que propuso Campanella en Metegol. Guillermo del Toro ya tiene un largo recorrido como director y productor en la industria de Hollywood desde la multipremiada El laberinto del fauno hasta sagas más taquilleras como las de Hellboy o las del Hobbit. El director también pertenece al mundo de hollywwod pero más ligado a la animación infantil para la televisión. Ambos comparten una posición destacada en el mercado de los comics y los videojuegos y son apasionados lectores de mitología.

En su balance de la cultura mexicana no superan a los pensadores más avanzados del progresismo liberal burgués de América Latina: el movimiento romántico de fines de siglo XIX y principios del XX del que formaron parte tanto Rubén Darío como José Ingenieros, Mariátegui o Rodó. Recurren entre otras cosas a la vieja demanda del liberalismo criollo de colocar la Historia de Aztecas, Mayas e Incas como bienes simbólicos equivalentes a la importancia de la tradicion clásica de Grecia y Roma para la cultura europea.

Lo de la peli es tan relevante e interesante como la genial version de los infiernos de Virgilio y el Dante en la Buenos Aires del 900 de la infancia de Leopoldo Marechal, Jorge L. Borges y Xul Solar inmortalizada en Adán Buenos Aires o el más modesto pero no menos genial El Ángel Gris de Alejandro Dolina llevando la mitología clásica al Barrio de Flores de los años cincuenta u ochenta.

Para “vender” mejor la cultura popular de una nación oprimida y darse rango equivalente a la cultura dominante extranjera los nacionalistas burgueses siempre han buscado emparentarse con los clásicos grecorromanos.

Bien mirado sería el intento honesto de mexicanos “que triunfaron” por defender la mexicanidad en una coyuntura de fuerte agresión reaccionaria por parte de una sociedad norteamericana que no sólo explota salvajemente sino que subyuga y discrimina con fuerza a los latinos. Aunque también es posible leer en el esfuerzo de productor y director un intento de asimilación con la cultura norteamericana, apelando a lenjuajes visuales y estéticos muy populares entre su juventud y anclándose en la simpatía existente entre el Día de los Muertos y el Halloween.

En cualquier caso es seguro que presenta un ejercicio de moralización sobre los propios compatriotas, intentando presentar una tragedia moral donde se identifiquen los valores constitutivos de la mexicanidad que deben ser conservados y aquellos que deberían ser repudiados y superados por representar momentos arcaicos y “bárbaros” de su historia nacional.

Así, toda la película es un compendio de la “mexicanidad” analizado por mexicanos progresistas. Se resaltan el amor del pueblo mexicano por la alegría y una visión feliz de la vida aún a pesar de las dificultades, su fanatismo por el buen humor, ese que pone en ridículo todos y cada uno de los aspectos de la realidad, incluso los más solemnes y temidos y hasta se reivindica algo de ese coraje atávico del pueblo mexicano, protagonista de cientos de sublevaciones durante toda su larga historia de lucha entre poblaciones sometidas e imperios invasores cuando los tres amigos se enfrentan junto a su pueblo contra el Chacal al grito de “nadie retrocede ni se rinde”.

Pero también se critica con toda dureza el apego fanático del pueblo mexicano por el machismo y el lugar subordinado de las mujeres a un mundo de charros o los elementos más salvajes simbolizados en el asesinato ritual de animales, todavía hoy deporte popular en México y otras regiones hispanohablantes.

Déjenme decir que festejo cada una de las escenas donde María (durante varios pasajes es fácil identificarla con la propia Catrina encarnada) hace gala de su independencia y coraje. En un banquete que da su padre en homenae a Joaquín, con todas las burdas maniobras destinadas a que ella acepte su oferta de casamiento, irónicamente ella le da a entender que va a ser “una fiel esposa, que le limpie su ropa y consienta todos sus caprichos” y él se queda embobado, como viendo realizado el sueño máximo de todo hombre cuando ella lo despierta de un hondazo gritándole si “esa es tu imagen de las mujeres? La de una criada al servicio de los hombres?” a lo que la totalidad de los varones presentes en el restorán asienten afirmativamente con la cabeza.

Lo mismo que cuando Manolo visita el mundo de los muertos recordados y después de encontrarse con cada uno de sus ancestros por vía paterna, todos grandes toreros y machazos, descubre que del lado de su madre hay ancestros varones que fueron payasos y dos mellizas heroínas de la revolución mexicana, disfrazadas de guerilleras con sus cinturones de balas cruzados y fusil en ristre. O en el momento cúlmine de la película, en el que Chacal invade el pueblo, las autoridades y Joaquín se rajan, Manolo seguía en el inframundo batallando a todos los toros que su familia había matado en siglos, María toma el sable de su padre, se para sobre el banco de la Iglesia y arenga a todo el pueblo a armarse y dejar la vida luchando por su independencia y libertad.

Todos gestos hermosos y valorables que construyen una identificación ética y moral con una mujer emancipada, autónoma y valiente que cualquier socialista enseñaría a su hija sin pensarlo mucho.

Lo mismo le cabe a ese llamado al pueblo mexicano por abandonar la costumbre barbárica y bestial de masacrar toros en espectáculos masivos. Aunque hay que reconocerle una notable sutileza al planteo, sobre todo porque resuelve muy bien el concepto en el marco de una película entretenida. La peli plantea el abandono de la práctica de dar muerte al toro, propia del medioveo salvaje español y de la expansión de los terratenientes ganaderos andaluces, que tergiversó la vieja y masiva ritualidad popular del mediterráneo a una forma lujosa de faenar reses.

Porque en la tradición originada en el Levante, en lo que después fuera Fenicia o Siria, y probablemente originada en el culto del buey Apis en el Egipto antiguo, el rito de iniciación para ciertos varones, su pasaje a la plena masculinidad sexual, consistía en hacer frente a un toro o buey macho y mostrar su coraje, su entrega y también su destreza física y su astucia mental esquivando los embistes del animal. En las mitologías más antiguas del Mediterráneo el toro era considerado símbolo del poder creativo del macho, por su capacidad de engendrar múltiples vástagos “sirviendo” a un numero importante de hembras durante su corta vida sexual activa. Así los pueblos marineros lo identificaron con la generosidad del mar origen de su alimento y de la posibilidad de comerciar. Entre los fenicios su culto fue tan importante que a la hora de consolidar una única religión de Estado los descendientes del Rey David y Salomón debieron poner mucho énfasis en Moisés destrozando “falsos dioses” con figuras taurinas.

Esa tauromaquia emparentada con las religiones paleolíticas tenía incluso un respeto por la belleza y la armonía del “torero” a la hora de elegir sus coreografías. Esa cultura original es la que consideraba un deporte representativo de los mejores valores lidiar toros y que como eran símbolos de dioses y por lo tanto sagrados, a nadie se le hubiese ocurrido matarlos.

La peli reivindica inclusive el aspecto festivo y kitsh de la música utilizada en las corridas, los pasodobles de origen flamenco, el colorido de las guitarras y orquestas populares de origen español y su profunda raíz en los corridos, rancheras, boleros que nutren la cultura popular mexicana del siglo XX. De hecho el propio Manolo es en parte músico porque es torero y parte de su coraje se lo debe también a esa profesión. (Otra vez el mercenario Santaolalla demuestra un virtuosismo exacto al encargarse de la banda sonora del film)

En suma la peli llama a tirar el agua sucia sin botar al bebé. Pero con feminismo elemental y ecologismo sutil no alcanza.

Es lo máximo que la película puede ofrecer como paso de superación de la cultura nacional mexicana y eso, sinceramente, es muy poco. Empezando porque no debe haber lugar en la faz de la tierra donde a pesar de contar con varios ejemplos de mujeres indvidualmente libres (desde Sor Juana Inés en la etapa colonial hasta Frida Khalo y las mujeres guerrilleras) no haya podido sacar a México de los niveles más altos de femicidios de hispanoamérica.

Por más bella que sea la película no podemos dejar de resentirnos con una producción tan inteligentemente pensada que termina construyendo un México tan maravilloso como inexistente, idílico, tan alejado del México real donde las autoridades lejos de ser monigotes impotentes de los cuales se ríen los dioses y los niños, han llevado a la sociedad mexicana a niveles de descomposición y barbarie nunca vistos. Es hasta bizarro pensar que algún mexicano pueda soñar con que el simple hecho de ser fieles a sí mismos rescatará a su sociedad del narcoestado y la barbarie más acentuada incluso antes de los 43 de Ayotzinapa.

Porque en el fondo la película no supera una mirada tipica del nacionalismo burgués en México, anque progresista si se quiere: el del “crisol de razas”, donde el mestizo Manolo, descendiente de aztecas y conquistadores puede ser la síntesis del liderazgo nacional, un varón no machista, romántico y torero pero defensor de animales... incluso amigado con los herederos militares y políticos de la revolución de 1910, la casta que gobierna méxico desde el carrancismo hasta el PRI y que lo ha llevado hasta la descompsoición presente, sólo porque en algún momento abandona su egoísmo de clase y se juega en batalla contra el invasor exterior junto a su pueblo y abandona su machismo.

Como mucho es el sueño atrasado de un retorno cada vez más imposible al nacionalismo burgués progresista del cardenismo, que la burguesía mexicana, mal que le pese a Benicio, ha decidido abandonar como el mal paso de la costurerita hace más de 60 años y al que no parece querer retornar, viendo como ha gobernado y gobierna la última expresión centroizquierdista de México, el PRD.

En su límite de clase, Del Toro y su director pretenden una renovación cultural que pase por superar los límtes más atrasados de la tradición hispánico-mexica, el machismo y su desprecio por la vida natural, a través de la liberación de la educación de sus niños y niñas.

Pero en su propia limitada versión la peli ofrece pistas para un camino más efectivo, quizás se trate de entender que para lograr esa superación es necesario enfrentar a fondo a los defensores de la tradición y el estatus quo, como Manolo y María que enfrentan al Estado personificado en sus padres y al poder supremo, encarnado en los dioses del inframundo. Toda la película está atravesada por el recuerdo subliminal y permanente de la sublevación más fabulosa del proletariado rural, campesino y urbano de Méxio entre 1910 y 1920, en múltiples menciones parciales y el clímax se alcanza en una batalla campal a cielo abierto que recuerda las guerras civiles contra los españoles desde 1810 o el emperador francés Maximiliano en 1820 o la guerra contra la anexión norteamericana de 1850 y pico.

La salida, aunque más no sea para parir una cultura no machista y de respeto a la vida animal, también surgida de la experiencia del pueblo y su larga tradición de lucha, es enfrentarse al orden establecido, emanciparse de la explotación y hacerse cargo por sí mismos de su propio destino. La traducción colectiva de esta epopeya individual es, ni más ni menos, la necesidad de que el pueblo se haga cargo del gobierno de su propio destino.

Imposible que la peli lo diga así de clarito y no acusamos a los autores de expresar algo que probablemente no sientan, pero es una lectura, creemos no demasiado forzada.

Para no pelearnos con nuestros lectores más radicalizados consensuemos que el limitado llamado de la película a rebelarse individualmente contra la tradición familiar-cultural y “escribir tu propio destino”, puede ser leído en clave de “liberación colectiva” por medio de la lucha, atendiendo al contexto concreto y las algunas marcas de sentido que aquí reseñamos.

La muerte no es mala: religión y lucha de clases


Pero por suerte para nosotros la reivindicación del sueño idílico del inmigrante exitoso y progresista no es el centro de la película. El centro de la película reivindica sin ambagues una tradición religiosa anterior a la conquista, la del culto a los antepasados, frente a la visión imperialista de los conquistadores españoles sobre el punto.

La película destaca una visión de la muerte desprovista del morbo demoníaco que el catolicismo instauró desde que se transformó en religión de Estado (cuando la dirección del cristianismo fue cooptada por los emperadores romanos en el siglo IV) hasta que sus herederos españoles la trajeron, como inmortalizara el fallecido genio uruguayo Galeano, con la cruz empuñando los sables.

Y es interesante el concepto, ya que en última instancia no es exclusivo de la mexicanidad sino en realidad forma parte de una herencia universal de la estirpe humana. La gran mayoría de las cosmovisiones inventadas por la humanidad en su esfuerzo por comprender el funcionamiento de la realidad desde el paleolítico hasta la aparición de las clases dominantes y los Estados, coinciden en entablar una relación mucho más sana con ese eterno y atávico trauma que es para nosotros la muerte.

Los especialistas modernos, darwinistas todos claro, consideran que desde el paleolítico medio uno de los signos de la evolución de la capacidad intelectual humana ha sido sus capacidad de abstracción en torno al problema de la muerte. Se cree con bases científicas que los rituales de enterramiento presentes en los momentos más remotos de nuestra especie se condicen con la creencia antiquísima de que cuando alguien muere simplemente pasa a formar parte de la realidad desde otro plano, invisible, escondido del mundo evidente a los sentidos, pero vivo y presente.

Desde milenios hemos enterrado a nuestros familiares intentando por todos los medios dejarlos bien pertrechados para continuar su existencia “en el otro mundo”. Desde los intentos de momificación por preservar los cuerpos de egipcios e inkas hasta el simple gesto de los irlandeses colocando dos monedas de oro en los ojos del difunto para que coimee al “barquero” que lo cruzaría al otro lado, la humanidad lleva miles de años confiando en que este mundo no es el que termina con la historia.

Un gesto hermoso que sirve sólo para consolarnos con la angustia de dejar de existir definitivamente. Podrán decir que es un recurso atrasado e irracional, ilusorio, un dulce placebo para engañarnos y poder seguir vivos sin paralizarnos descubriendo que somos seres finitos. Pero déjeme defender su mayor utilidad para quienes luchamos por un mundo mejor que el paralizante miedo a dejar de existir o el cinismo existencialista al que le importa un rábano la muerte con el argumento de que de todos modos en el mejor de los casos nuestra condición de seres individuales nos condena a una soledad en vida que no se distingue mucho de “la nada”...

Pero lo que se destaca del culto a los muertos propio de las culturas aborígenes del valle del lago Texcoco hacia el norte y hacia el sur quiché y maya es su celebración del encuentro permanente y festivo entre los vivos y sus ancestros. Otras culturas adoptan la misma posición, tanto en las comunidades de los andes centrales como en las culturas de la vieja Europa y Asia. Por todos lados nos encontramos con una humanidad que cree en que el paso de sus familiares por el mundo sensible no es en vano y deja huellas, caminos que pueden ser recordados e incluso convocados para asistir en ayuda del presente.

No mirábamos la muerte con terror, hubo un momento en que el mundo de los muertos, estuviera ubicado bajo tierra como para los cazadores de las montañas del norte europeo, cruzando el Nilo hacia el desierto para los africanos o en las cumbres más altas como para los mesopotámicos, los aymaras, los nepalenses o los mapuches, o debajo de las cavernas y ríos subterráneos como para los pueblos indoeuropeos que poblaron la península helénica, cada cultura interpretaba su medio ambiente y colocaba al mundo de los muertos en el preciso lugar donde no se podía llegar, ver u oír, en ese mismo sitio donde se movían también las extrañas fuerzas naturales que regían los destinos del universo.

 (Otro paréntesis necesario, para hacer notar un detalle singular: la ubicación física del mundo de los muertos y los espíritus divinos. Siempre hemos colocado a nuestros antepasados y los espíritus de la naturaleza en lugares que nos fueron inaccesibles: los firmamentos estrellados, arriba de las nubes, el fondo profundo de los océanos o grandes lagos. Pero del mismo modo y con cierta lógica los lugares de encuentro con nuestros seres queridos fallecidos ofició siempre como un ritual de intemediación con las fuerzas superiores que regían el universo, de manera que los rituales se llevaban adelante en los sitios espacio-temporales fronterizos con lo desconocido: la cima de las montañas, las costas de los lagos, ríos o mares, las manifestaciones de las profundidades emergiendo a la superficie como los volcanes o las grutas acuíferas, el atardecer y el amanecer.

La importancia de prestar atención a este detalle tiene interpretaciones sicológicas muy ricas, ya que el inframundo es equiparable en la conciencia humana al subconsciente y el vieje de Manolo al mundo de los muertos funciona como una buena y clásica alegoría al descenso a lo profundo del propio inconsciente, lugar donde se ubican al mismo tiempo las tradiciones en que la sociedad nos programó y nuestros miedos más atávicos. Sólo la sublevación contra ellos y la reconciliación con lo mejor de nuestro pasado nos permite madurar y ser individuos plenos.)

El miedo a la muerte como recurso de control social


Luego vinieron las clases dominantes a construir un orden social basado en la destucción de todas las representaciones políticas e ideológicas que se identificaban con el mundo igualitario previo. Porque no debemos olvidarnos nunca que en nuestros más remotos orígenes y durante nuestros primeros 3 millones y medio de años en este planeta, los seres humanos vivimos en relaciones igualitarias donde imperaba la propiedad común. La aparición de las religiones antropomórficas con figuras varoniles es propia de la aparición de las clases sociales expropiadoras, la explotación de los expropiados, el imperio de la herencia patrilineal y el Estado.

Desde que los sumerios, acadios y egipcios entronaron a los dioses masculinos primero como esposos fieles de las antiguas diosas herederas de un fuerte culto popular enraizado en milenios de matriarcado, pasando por los atenienses imperialistas que después de milenios de adorar a Palas Atenea entronaron a un varón fálico, Zeus el del gran rayo que penetra la tierra, lo llevaron a violarse a todas las diosas preexistentes del matriarcado y a imponer su reino de terror junto a su hermano Hades, amo y señor del inframundo, que se transformó en un lugar temido. También las familias ricas agrícolas que construyeron el primer Estado de Judá inventaron un dios masculino -cuyo nombre no pronunciamos por cábala más que por respeto-, que colmó al infierno de un aspecto bastante parecido al destierro en reinos babilónicos, lleno de demonios que recuerdan a los viejos dioses sumerios y que son el origen histórico concreto de la iconografía bíblica de los demonios alados y zoomorfos.

La que más rosca le dió al asunto para la cultura occidental moderna fue la Iglesia Católica Romana y luego medieval, que conjurando al arcángel rebelde al reino del infierno transformó todos los ritos prerrománicos de los mal llamados pueblos celtas, transformando a las druidas herederas del saber mágico-religioso en brujas amantes del demonio, y a sus querencias originales en medio de los bosques tan amados por los pueblos que creían en el poder de la naturaleza transformados en sitios identificados con el más arcaico temor a la oscuridad.

La Iglesia Romana facturó millones en ingresos cuando trabajó fervientemente por inculcar el miedo en los corazones y mentes de esclavos y campesinos, el miedo a una eternidad viviendo en las torturas del inframundo, el miedo a ser muerto por los amos y señores feudales, el miedo que se bajaba en los únicos momentos que la población campesina se reunía a recibir una formación intelectual sobre el destino del mundo en las asambleas de la misa en la parroquia del pueblo. Un trabajo sistemático y semanal durante siglos sobre las conciencias iletradas, buscando debilitar con el terror la fuerza potencial contra la explotación de esas mismas masas incultas y trabajadoras.

Del mismo modo que los romanos borraron las antiguas tradiciones religiosas comunitarias de las aldeas y bosques de Europa cuando pisaron el continente desconocido empujaron a las diosas y dioses náhuatl, mexicas, mayas, aymaras, guaraníes, quichwas y demás a convivir en el temido infierno con Satanás. Y lo hicieron quemando vivos chamanes, prendiendo fuego los libros sagrados, quemando las waqas sagradas  y derrumbando a los “falsos ídolos” como Moisés con el bellocino de oro después de su pacto con dios en el monte del Sinaí.

El día de los muertos es en sí mismo un símbolo de esta lucha anti-imperialista entendida en clave religiosa. En la mayoría de latinoamérica, sobre todo en aquella en que las tradiciones campesinas y la opresión española fueron más persistentes, se celebra el Día de Todos los Muertos el 2 de noviembre, coincidiendo con el santoral católico que fija esta fecha en homenaje a los recién nacidos masacrados por Herodes para evitar la profrecía que señalaba el nacimiento de Cristo, de ahí que en algunos sitios se lo mencione como día de los Santos Inocentes o de los Muertos Inocentes.

Originalmente fue el intento de la Iglesia conquistadora por elminar los rituales de la cosecha, es decir, de la transicion del invierno hacia la primavera en las culturas agrícolas que queían dominar. Durante siglos, los aborígenes utilizaron la celebración del reencuentro con los ancestros fallecidos y por lo tanto, la conexión con el mundo de los dioses y diosas de la naturaleza para facilitar mágicamente el fin del reino de la muerte invernal y acelerar el pasaje hacia la vida renaciente de la primavera. En todo el mundo este tipo de rituales de comunicación con el mundo de los muertos y los dioses adoptó diversas formas pero siempre sostuo una posición festiva, al fin y al cabo uno se encontraba con gente querida a la que recordaba para celebrar que habían zafado de morir durante el invierno y de paso se juntaban poblaciones habitualmente dispersas para realizar las tareas colectivas de la cosecha.

España necesitaba mantener el ritual para sostener el calendario agrícola y mantener el flujo de impuestos agrarios con el que explotaba al campesinado aborígen, pero no podía permitir la competencia de otros dioses (y otros clérigos) en competencia con la verdadera fe (y con el destino final de los diezmos). Se dió un “sincretismo imperialista” y cambiaron a la Catrina por una anécdota de la Biblia y por una Madre Virgen y a otra cosa mariposa. Pero en el profundo suelo del campo, los campesinos defendieron sus creencias, y mientras los huincas peninsulares y criollos se llenan de crespones negros y caras de velorio, los 2 de noviembre las masas inundan los cementerios para compartir sus mejores comidas, músicas y alcoholes con los antepasados.

Vieja tradición también presente en los anglosajones y celtas del bajo pueblo campesino que a fuerza de ser explotados por anglicanos y protestantes se transformó en el contradictorio ritual de Halloween, donde a la algarabía de niños y niñas disfrazados con motivos “demoníacos” se matan de risa desafiando a los mayores a cambio de un “dulce o travesura”.

Quienes sólo miran las tradiciones religiosas con la miopía del nacionalismo no pueden ver esta profunda línea de continuidad entre el hallowen yankee y el día de los muertos latino. Cosa, dicho sea de paso, que sí comprende Benicio y en su afán de caerle bien a sus amos de las grandes cadenas de cine utiliza a su favor, generando una empatía entre ambas expresiones culturales.

También hay una cierta cultura urbana tipo COMICON, de donde provinen Del Toro y Gutiérrez, de culto a los zombis, las pelis de terror, los esqueletos, etc. que lind con cierto anarquismo en contra de la hipocresía del sistema... interesante porque debe ser producto de jóvenes yankees recuperando su rebeldía infantil del hallowen ante el mundo sacrosanto de la religión y el velorio. En la peli hay un guiño por ese lado ya que uno de los pibitos rebeldes que escucha la historia del museo es un arquetipo de esta subcultura juvenil de aprecio por los símbolos mortuorios.

Vivir (y luchar) sin temor a morir (o perder)

El genial Federico (se llamaba Friederich pero yo lo siento un amigo del barrio) Engels, escribió en algún lado que nuestros antepasados paleolíticos estuvieron más cerca de la verdad que las miles de generaciones criadas por los Estados y las clases dominantes en la falsa idea de que dioses con voluntad de reyes decidían a piaccere el destino de las masas. Se preguntaba retóricamente Federico si la invisible fuerza de la gravedad, que la ciencia humana descubrió casi al final del recorrido de la especie, que sabemos domina al universo, no se asemejaba más a un mundo gobernado por los espíritus invisibles de la naturaleza que a los enormes seres barbudos con togas y sombreros lujosos que gobernaban por capricho, siempre obsesionados en que sus súbditos les riendieran... tributo.

También pienso en Trostsky, curiosamente amigo personal de Frida Kahlo y protagonista destacado de la tradición cultural del pueblo mexicano que le dió asilo y donde fue finalmente alcanzado por el brazo asesino del estalinismo, quien defendía una posición revolucionaria ante la muerte como un paso inevitable del ciclo de la vida y que convocaba a no caer en el dolor paralizante ante la desaparición física de amigos, familiares y camaradas sino al recuerdo vivo de su aporte al movimiento por la emancipación humana. Una actitud revolucionaria es la que se planta ante la muerte haciendo un balance de lo valioso que el ser pudo aportarle a la vida y, por lo tanto, a quienes seguirían batallando de este lado del mundo para los que las banderas de los antecesores deberían servir como arma de combate.

Las ciencias actuales que examinan el funcionamiento de la psicología humana y el mundo afectivo aseguran que uno de los pasos necesarios para que el individuo pueda ser “funcional” en su vida cotidiana es la “aceptación” o “asimilación” de la muerte como parte del devenir natural. Aferrarse a la vida por temor a morirse puede llevar a la aceptación de negociaciones miserables y humillantes con la vida hasta la depresión y la parálisis patológica, dicen quienes de esto saben.

Los explotadores prefieren explotados cobardes, que no se animen a enfrentarlos por temor a ser derrotados, heridos, mutilados, encarcelados, muertos. El terror a morir es uno de los tantos venenos que nos inoculan para mantener nuestras mentes cerradas y sumisas. Y de paso nos llenan la vida de muertes profundamente dolorosas, porque nos van matando a nuestros hijos de hambre y enfermedades curables, a nuestras niñas y mujeres secuetradas vendidas, violadas o brutalmente asesinadas. Nos van sembrando la conciencia de muerte, de pérdida, de angustia y de dolor. El uso de la muerte por las clases dominantes pretende la desmoralización de los luchadores.

Liberarse del temor a la derrota o de la muerte es una de las condiciones necesarias para el triunfo de la lucha.

El libro de la vida apunta en este sentido profundamente revolucionario, recupera del fondo del arcón de las culturas más antiguas de la especie una metodología para elaborar la muerte e incorporarla a nuestra cotidianeidad mucho más sana que la de los últimos cinco mil años de herencia hispánica judeo-cristiana. Claro que como el productor y director temen confiar en la fuerza profunda del pueblo oprimido mexicano y siguen esperanzados en la redención de su burguesía progresista, nunca imaginarían que el camino definitivo para sacarse de las conciencias el peso muerto de las tradiciones pasa porque todos los manolos y marías de la tierra se armen contra los generales y los curas... y gobiernen por sus propios medios.

Confiamos en que nuestros hijos e hijas sean más capaces para llevar adelante estos sueños. En parte de nosotros depende, en tanto tempranos formadores de su personalidad y su inconsciente. Y confiamos en que este tipo de películas los ayuden en ese camino desde su más tierna infancia.

Porque no tenemos nada que perder y sí, todo por ganar.

jueves, 28 de mayo de 2015

El Enroque

Habían estado toda una vida juntos. Pensó que no era mucho para decir como balance de un matrimonio de seis décadas, dos hijos y unas tantas úlceras, quistes y contracturas. Los hijos y las enfermedades le daban un poco más de color pero todavía no estaba satisfecho.

El alzheimer fue la peor de las enfermedades sobre las que avisó la jueza civil, el día ese del “tanto en la enfermedad como en la bonanza”, las palmaditas en la espalda y el arroz del protocolo. Después de tantos años y vivencias compartidas –ahí tenés, siempre fuimos buenos compañeros, casi amigos te diría- era muy duro sentarse a ver como ella iba perdiendo poco a poco la lucidez, cosa que pasados los 80 años no dañaba tanto como la pérdida paulatina de la memoria.

Los recuerdos son nuestras únicas riquezas, frase que podrá sonar a refrán meloso de Narosky para la gente que tiene alguna cosa que heredar, pero que sin embargo es furiosamente literal para dos que se desangraron un tercio de siglo frente al aula, laburando de sicólogos, asistentes sociales, familia postiza y cada tanto de docentes.

De a poco uno se va acostumbrando, hasta después de unos meses le empezó a agarrar la mano al asunto y ya empezaba a superar la angustia. Sencillamente había un cierto orden en la forma que ella iba perdiendo la memoria.

Su memoria jugaba al juego de intercambiar los referentes, entonces, en las largas horas de relatos confusos empezó a detectar que las personas se enrocaban con otras similares siguiendo un determinado patrón. Su vieja por ejemplo, con la que tuvo una relación de guerra desde la pubertad, empezó a cambiar de nombre hasta que lo suplantó definitivamente por el de su querida abuela –esa sí que era una mujer con ovarios- llegando al instante en que eran una sola. Los médicos le explicaron que era un recurso defensivo de su psique, él creía que ella también practicaba el deporte preferido de los viejos, hacer balances todo el tiempo sobre lo vivido. 

Porque si se llega a viejo uno se transforma en su propio Osiris, esperando en las interminables horas muertas del ocio cotidiano, con balanza y pluma y todo, pesando y repesando cada tramo de su vida pasada. Siempre decía en las reuniones familiares que recién cuando Osiris terminara el papeleo con la pluma se iba a poder morir.

Pensó que ella hacía su balance así, quedándose con lo mejor y reemplazando automáticamente las malas personas con unas mejores. Así se tranquilizaba. Pensó que era una forma de perdonar y perdonarse tan buena como cualquier otra.

Se llegó a sentir parte de un culto secreto, compinche una vez más de su querida mujer en el juego de darse cuenta a quién borraba de su historia y por quién lo suplantaba.

Hasta que le tocó a él.

Entre Jorge y José digamos que no hay una gran distancia, ni religiosa ni fonética. Al principio pensó –se ilusionó digamos- con que se tratase de un simple error, una falla neuronal de menor intensidad en medio del apagón generalizado de su cerebro. Pero después de varios días, como en el resto de los casos, su compañera de toda la vida comenzó a tratarlo de Jorge y pronto adivinó que el bautismo tardío iba a ser definitivo.

Ahora era Jorge esto, Jorge lo otro, jorgito me alcanzás tal cosa y gracias jorgito por tal otra... Lo peor del asunto era la entonación, mucho más cariñosa ahora en vez del tono monocorde acostumbrado y rutinario con el que lo supo llamar hasta hacía poco.

Digamos que no fue tan difícil recordar que Jorge había sido uno de sus compañeros de trabajo en aquella primaria de Soldati, en esos años posteriores al segundo hijo, cuando se hizo más rechinante la relación, se retardaron los besos matinales y los esporádicos encuentros sexuales de la noche cesaron para siempre. Siempre sospechó de que ahí había pasado algo más, pero como siempre superaron -¿seguro?- esa crisis y fortalecieron la relación.

 No tenía que ser un científico nuclear para darse cuenta que en su memoria, su -¿suya?- mujer y compañera de toda una vida lo había enrocado por el hombre, el amor que más felicidad le dió y que había elegido pasar el resto de sus días abrazada al amor, defendiéndose de la angustia de morira su lado.

El día que se dió cuenta sintió que el muerto era él. Tan lejos no estaba de la realidad, al menos en lo que quedaba de energía vital en el cerebro y la sensibilidad afectiva de ella, de alguna forma el viejo José había muerto. Pasó por todas las fases que los manuales psiquiátricos ennumeran para estos casos y sólo encontró sosiego cuando dejó de aferrarse a lo que debía ser y recuperó del fondo de sí mismo, como lo hizo toda la vida, una enseñanza de esas que contó mil veces a los niños y niñas que lo tuvieron de docente.

Pensó que los esquimales, como los lobos, tenían más sabiduría en sus costumbres de las que los científicos europeos y civilizados les habían concedido en sus narraciones. Pensó que quizás la costumbre inuit de “abandonar” a los ancianos a su suerte para que no entorpezcan la lucha por sobrevivir de la tribu no necesariamente tenía esa única y miserable interpretación. 

Por un momento pensó que quizás el anciano, consciente de la cercanía del fin, sintiendo que sus brazos y piernas ya no respondían al entusiasmo de la cabeza como antes, que si bien tenía una reserva no alcanzaba para sostener el ritmo draconiano que la pobreza le imponía a la tribu, sabía que se iba a tornar un peso muerto. Pensó que quizá era al revés, que el anciano pedía una reunión a los jefes de familias y solicitaba le dieran una vianda, ropa y armas para valerse por sí mismo un tiempo y les pedía que lo dejaran vivir sus últimos días solo, quitarle la culpa de ser una carga mortal para sus seres más queridos. Pensó que seguramente la tribu haría una celebración de despedida y que el anciano podría haberse despedido uno por uno de toda la gente que lo llenó de afecto. Pensó que eso era mucho mejor que un velorio.

Los antropólogos y naturalistas del género humano deben estar equivocados. No anduvimos tres millones y medio de años vagando por el planeta, luchando coco a codo, igualados en nuestra eterna lucha contra la miseria y el medio ambiente para terminar echando a nuestros seres queridos a una muerte cierta como antídoto para administrar mejor nuestros recursos. No es lógico, no suena a nosotros. Es un razonamiento propio de banqueros, no de caminantes, cazadores y recolectores, amantes, padres, madres e hijos.

No somos lobos en un sentido metafórico, pensó, somos como los lobos de verdad, esos seres hermosos que viven toda su vida en una manada igualitaria hasta que nos convertimos en un problema y solitos solitos salimos al bosque a seguirla hasta el final sin joder a nadie.

Y entonces, decidió aceptar el balance de su compañera de vida y ser Jorge, decidió que no iba a contradecir más reivindicando no sé qué superfluo derecho de identidad y grantías constitucionales. Se hizo cargo de sus errores, de sus defectos, en suma, se dió cuenta que su balance nunca cerraba porque había “estado” toda una vida con ella y que no podía agregarle “amor” a ninguna de las remanidas veces que se refería a su pareja sin que alguna extraña incomodidad en su cerebro le indicase que no estaba siendo del todo honesto.

Y comprendió que si la había amado debía ser el mejor Jorge que pudiera ser, aceptar el enroque sin falsas hipocresías ni titubeos.

Y dicen los vecinos de la clínica que los conocieron que no hubo pareja más feliz ni enamorada hasta el día que ella falleció.


Después, a Jorge, como todos lo conocían, nadie lo volvió a ver.

martes, 19 de mayo de 2015

El hilo conductor

[Crónica libre del acto de homenaje a Cristóbal "Gogó" Russo, sábado 16 de mayo de 2015, 15.30hs., Balvanera. La Fotografía que ilustra esta nota pertenece a Dionisio Dennis]

Hasta el mismo sábado 16 de mayo, día en que la asociación Barrios X la Memoria instaló la baldosa en homenaje a Cristóbal "Gogó" Russo, secuestrado y desaparecido por las Fuerzas Armadas en 1978, yo no tenía idea de quién había sido. No sería un dato importante, al fin y al cabo no es obligatorio conocer la historia de cada desaparecido, si no fuese porque se trataba de un militante de Política Obrera, organización política antecesora del Partido Obrero, con quien simpatizo desde 1999 y milito desde abril del 2007.

Fue un evento fortuito el que me obligó a conocer su historia, uno de esos eventos que accidentalmente rompen la agenda cotidiana y provocan un desvío que desordena otros tantos desvíos para llevarte al final a un lugar inesperado, pero revelador.

Mi mejor amigo, mi camarada de armas, mi hermano de la vida, me convocó al homenaje el mismo día debido a que uno de sus mejores amigos era el hijo de Cristóbal y había viajado de Brasil especialmente para la ocasión. Yo me manyaba algo más en la sensibilidad de mi amigo porque además de lo de Russo, su propio viejo llevaba una semana hospitalizado.

Acudí de inmediato, como corresponde cuando alguien muy querido te chifla de urgencia y enseguida comprendí que allí iba a ocurrir algo revelador, porque el lugar donde se colocó la baldosa era precisamente el domicilio del hogar de Russo. Una metodología de alto calibre político y poético es esta de las agrupaciones de familiares y sobrevivientes en los barrios que desde los '90, a la par de los escraches a genocidas de HIJOS, decide reinstalar el nombre, la militancia y la experiencia de vida de aquellos que la dictadura quiso borrar de la conciencia colectiva en el mismo lugar de donde fueron llevados: su casa, su lugar de trabajo o de militancia.

Resulta que la dirección era Pichincha y Rivadavia, en Balvanera. Me llamó la atención porque en marzo de 1978, cuando fue secuestrado, yo tenía 8 meses de vida y mi familia vivía muy cerca de allí, en Matheu casi Alsina, frente al Spinetto.

Había sido convocado a una cita con una parte de mí mismo y no entendía por qué.

Mientras intentaba descifrar el mensaje que me tiraba el azar en la cara, contemplaba esa nutrida representación de familiares, amigos y de cuatro o cinco generaciones de militantes de Política Obrera-Partido Obrero que se habían dado cita en el lugar. Un hecho notable que los miembros de Barrios x la Memoria, duchos en miles de colocaciones como ésta también notaron: se encontraban allí desde los fundadores del PO en 1962 hasta las y los jóvenes militantes del PO Balvanera, de 18 y 20 años y muchos que militamos en todas las décadas entre ambos extremos.

Recorrí uno por uno de los rostros de esos hombres y mujeres, inundados de lágrimas que se negaban a rodar. Es impactante ver a un hombre recio llorar. Criados en una cultura de machos y emociones reprimidas pero además porque uno sabe lo que esta gente soportó en toda su vida para llegar hasta acá. Ver llorar a un hombre duro te convoca a la reflexión. 

Allí estaban los que habían entregado su vida entera a la lucha por el socialismo, los que enfrentaron intelectual y físicamente los ataques de patrones y su Estado durante 50 años sin bajar los brazos: la generación que luchó contra la Libertadora de 1955 y la gloriosa juventud que viajó del Cordobazo del '69 a las Coordinadoras y la Huelga General del '75 y que en 6 años nos arrimó lo más cerquita que estuvimos en nuestra historia de un gobierno de trabajadores.

Rostros duros, curtidos no por el sol de las mañanas y tardes alegres en familia, sino por las heridas de mil y un batallas.

En particular me emocionaron los rostros de los dirigentes, que no vamos a nombrar obedeciendo al prurito en contra del culto a la personalidad que mamamos de chiquitos pero que nos emocionaron igual. Porque esa "vieja guardia" nos enseñó lo que sabemos y nos guió en combate. A estos tipos los leímos y estudiamos para entender por qué carajo este país nos condenaba sistemáticamente a la muerte y la tristeza a los millones que nos rompemos el lomo para conseguirle un plato de comida a nuestros pollitos; esos rostros los busqué en decenas de piquetes y cortes de ruta, para encontrar la señal que indique si debíamos avanzar, retroceder o descargar el arsenal sobre el enemigo. Yo los ví luchar porque ellos lucharon conmigo. Nos guiaron en cada lucha en esos años maravillosos en que contra palazos y balazos nos abrimos camino junto al pueblo argentino y universal para derribar a los herederos democratizantes de ese mismo régimen asesino de los 70.

Pensar que ahora son atacados por una izquierda mezquina y chiquitita con el ángulo de la "renovación generacional de la izquierda", argumento que es como los bonitos de la lotería, les rascás la cobertura plateada o dorada y sólo queda un montón de mierda electoralera.

Veía los rostros más jóvenes, quizá con más tardes de sol pero también cargados de sus propias imborrables heridas por luchar. Todos ellos alrededor de las fotos de Russo, de su propio rostro confundido entre las banderas, su rostro combustible para la lucha presente contra el mismo enemigo de clase y no pude dejar de pensar que todos esos rostros dibujaban uno solo, el de Mariano Ferreyra ahí, junto a nosotros.

Fue Francisco, el hijo de Russo, quien terminó de develar el sentido de las coincidencias que golpeaban mi conciencia. En su intervención relató con mucha ternura y dolor que el único recuerdo directo que tenía de su viejo era el del día que lo secuestraron. Porque a Cristóbal Russo, de 31 años, biólogo salido de la UBA, empleado de la municipalidad y estudiante de Historia en Fylo, los uniformados al servicio de la muerte nos lo arrancaron un domingo soleado, del corazón de un poblado Zoológico porteño, mientras paseaba a su hijito de tres años.

De casualidad escuchaba el relato con Leyla Isis sobre mis hombros. No podía dejar de recordar ese mismo paseo realizado tantas veces en estos últimos cuatro años y medio, recordar su carita de asombro y fascinación ante el descubrimiento de cada animalito y sus preguntitas incisivas demostrando un instintivo repudio contra su cautiverio.

Francisco Russo -sus amigos le dicen Fran- recuerda que cuatro tipos enormes con botas (los niños resienten las botas instintivamente) aparecieron de la nada y forzaron a su papá y a él mismo a entrar al asiento trasero de un auto muy grande. Y que mientras miraba a los cuatro abominables de las botas y a su papá con los ojos vendados y la manos atadas a la espalda, él gritaba y lloraba como cualquier hijo asustado, preguntando qué pasa papá, tengo miedo papá y que recuerda muy bien ese tono sereno y lleno de confianza con que nos hablan los padres cuando nos quieren calmar, respondiéndole: "quedate tranquilo, no pasa nada, son unos amigos, estamos jugando a las escondidas".

La madre de Fran, presente en el acto, reivindicó la maravillosa acción de ese padre, ese combatiente, que sabiendo que marchaba al matadero no se desespera, no se entrega al arrebato del pánico o la angustia del hecho consumado y tiene la altura moral, el convencimiento político, la claridad supina y la ternura necesarias para proteger a su hijo de tres añitos del terror que lo rodeaba.

Todos los presentes recordamos el argumento central de La Vita é Bella, escrita, dirigida y protagonizada por Roberto Begnini en 1997, el drama de un padre que había sido confinado a un campo de concentración nazi con su pequeño hijo y se pasaba la película actuando una realidad paralela para su niño, enmascarando la barbarie con juegos y diversiones infantiles, mientras su compañeros de tortura lo desaprobaban o se resignaban.

Ahora que me pongo a escribir me recuerdo de otra expresión emocionante, propia de nuestra tradición, el hermoso poema que Miguel Hernández le dedica a su hijo recién nacido. El poeta extremeño se encontraba a punto de morir en una de las mazmorras donde el franquismo lo había enterrado y le llegaban las cartas de su mujer en la aldea, contándole sobre el crecimiento de su niño que había nacido en la retaguardia mientras él combatía al fascismo. La muchacha, una joven campesina, le decía que no se preocupe, que la cosa estaba fulera pero que ella le daba de comer cebollas al bebé y que con eso sobrevivían.

El poeta, el combatiente, en medio de la cárcel, masticando la derrota reciente de los sueños de socialismo de todo un pueblo (y de todo el mundo), destrozado por el dolor y la conciencia del futuro de hambre y persecusión que enfrentaba su pequeño heredero le dedicó estos versos en Nanas de la Cebolla:

Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.

Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma al oírte,
bata el espacio.

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.

[...]

Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.

[...]

Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.

De esa madera estaban hechos los compañeros y compañeras que lucharon por acabar con el régimen de miseria, opresión y muerte que significa el capitalismo en cualquiera de sus caras, desde la más descompuesta dictadura asesina hasta esta dictadura con guante de seda que llaman democracia y que sufrimos todos los días sobre la espalda.

Y allí comprendí el mensaje, entendí el por qué del desvío. Encontré el hilo que conectaba las historias. Supe por qué había sido citado allí.

Sabido es por los vecinos de esa parte de Balvanera que la plaza donde se lleva a jugar a los niños y niñas pequeñitos/as es la Primero de Mayo, en la manzana de Alsina, Pasco, Hipólito Yrigoyen y Pichincha. La plaza en sí misma tiene una interesante historia que contar, ya que se construyó en los años `20 del siglo pasado sobre los restos del viejo cementerio que había inaugurado Rosas, el mazorquero, para que los "disidentes religiosos" protestantes no enterrasen a sus familiares al lado de los huesos de los buenos católicos. El nombre Primero de Mayo le fue impuesto al intendente de la oligarquía "progresista" de ese entonces, Marcelo T. Alvear, por la abrumadora mayoría de vecinos militantes socialistas y anarquistas del barrio. Incluso uno de los mástiles que da sobre Yrigoyen homenajea la que fuese la primer sede de la mutual de los trabajadores de origen judío en Buenos Aires, la AMIA.

Estoy seguro que debe ser fácil de calcular la enorme probabilidad de que en algún momento entre julio de 1977 cuando nací y marzo del 78, cuando se llevaron a Russo, Francisco y yo hayamos coincidido en la misma plaza, acompañados de nuestras madres... más pienso que si pudiese meterme en una máquina para hurgar en mi cerebro las imágenes registradas en esos meses hasta quizá descubro los ojos saltones y la sonrisa de actor de cine de Gogó Russo allí, al costado de la calesita o al pie de las hamacas...

Mis padres en esos años eran parte de la masa silenciosa y hasta cierto punto inocente que justificaba lo poco o mucho que conocía del genocidio. Durante años escuché a mi viejo sostener que Onganía y Videla habrían hecho barbaridades pero que el país nunca había estado mejor, la variante más sangrienta del popular "roban pero hacen". Pasé toda la infancia escuchando el martillo del mantra derechista "por algo será"...

Entre mi familia y la de Russo no había tres cuadras de distancia, todo un océano nos separaba.

Pero la lucha inclaudicable del pueblo argentino, y en particular de sus hijos e hijas que se organizaron en torno a programas revolucionarios, que no bajaron las banderas y que continuaron ante los peores ataques luchando contra el régimen salvaje, removieron todas las lápidas de bronce y cemento que los asesinos nos quisieron imponer, como un destino final.

Veinte años más tarde mi vieja se movilizaba con sus hijos reclamando Verdad y Justicia para María Soledad Morales y para los asesinados por la bomba de la AMIA de la calle Pasteur y con ese gesto, me llevaba de la mano a la lucha de calles, a encontrar el camino más honorable que un ser humano puede recorrer, el de la entrega total para terminar con este régimen asesino y construir un mundo digno de ser vivido.

Tengo que escribir este texto porque el pudor me cohibió de darle la mano a Francisco y decirle: "flaco, tu viejo no murió en vano, la convicción política y el coraje que tuvo para con vos cuando tenías 3 años perduró en la organización que ayudó a construir y como un hilo invisible me condujo a mí, su vecino, muchos años después, sin saber siquiera quién era, a militar en la misma organización, la que me sacó del oscurantismo, el egoísmo pequeñoburgués y la porquería religiosa y derechista en la que me crió la dictadura y la democracia hipócrita que intentó borrar las huellas de sus crímenes. El partido de tu viejo me arrancó de la muerte en vida y me puso en las filas de los miles y miles que derrocamos 6 presidentes entre diciembre de 2001 y junio de 2002 y que hoy defendemos la esperanza más concreta de un gobierno de trabajadores y el socialismo."

El pudor no me dejó, pero mi amigo, su amigo, sin mucha palabras le regaló una de las banderas del local donde militamos y sintetizó la misma idea.

Así que me volvía caminando por Pichincha remontando las calles hasta el lugar donde había tirado el auto, al costado de la Primero de Mayo, a meterme otra vez en la amansadora de las obligaciones y la agenda, masticando en la cabeza mil cosas, cuando Leyla Isis, que tenía dos meses de vida el 20 de octubre de 2010, me tironeó de la mano, señaló con su dedito el enorme y hermoso mural que pintaron los compañeros y compañeras del local del PO de Alsina frente a la plaza explicándome:

"mirá papá, es Mariano, que lo mataron los patrones, como al señor del acto"

Si Leyla, sí Fran, el futuro es nuestro. 

domingo, 8 de marzo de 2015

Gerardo Sofovich, el cafiolo de la cultura popular argentina

Cualquiera puede criticar a Sofóvich porque fue un reaccionario consciente, antimarxista confeso, funcionario de Menem encargado de la privatización del Zoo y del desguace de ATC y recordar su carrera y sus éxitos visitando Wikipedia. De lo que se trata es de caracterizar el verdadero “aporte” de este personaje a la cultura argentina.
Murió el proxeneta máximo de la cultura popular argentina de los últimos 40 años. Gerardo Sofóvich se dedicó a explotar comercialmente los conceptos fundamentales de la cultura machista, sexista, misógina y homofóbica en los rincones más elementales de la conciencia popular de forma tan genial que fue un verdadero maestro. Triunfó de tal forma en su “arte” que cientos de productores teatrales, televisivos y del cine vivieron desarrollando sus “ideas” al punto que durante los años 70, 80 y 90 forjaron una verdadera cultura popular alrededor de estas ideas.
¿Cuáles fueron esas ideas? El porteño piola, con guita para mantener una esposa legal y al mismo tiempo salir de “pirata” en relaciones clandestinas al matrimonio, con mujeres de cuerpos exuberantes y supuestamente “especialistas” en las artes sexuales al servicio del placer masculino. Una concepción realista de los sueños y aspiraciones de una amplia franja de la pequeño burguesía porteña que se vendía como paraíso soñado para los laburantes ya fuesen varones o mujeres.
Estos conceptos, y muchos más por el estilo que se podrían relacionar, se vendían en puestas de escena que podían imaginar las situaciones concretas. El teatro de revista y las comedias televisivas o cinematográficas de Sofóvich (y sus salieris) funcionan como ese departamento de muestra que tienen algunos grandes edificios en construcción, para que uno vaya a ver una forma anticipada de la casa que va a comprar en cuotas. 
Y como esos departamentos de muestra, las obras de Sofóvich y compañía están hechas de materiales perecederos, tanto en lo actoral como en lo conceptual, no están pensadas para perdurar, para dejar una marca. Nadie en su sano juicio pensará en reeditar “Las muñecas hacen pum!” de 1973, todo lo contrario, se trata de una cultura y un género que se regurgita a sí mismo todo el tiempo, plagiándose y reeditándose como refrito.
Así, la obra de Sofóvich sirvió para vender aspiraciones de cafiolos a los varones argentinos, o sea, la búsqueda de comprar “minas”, “trolas” o “gatos” y para las mujeres de poder ser compradas o administradas en alguna forma de prostitución encubierta, moldeando sus cuerpos y conciencias para el gusto del cafiolo y el público que “hace regalos”.
Y si sos tan pobre que te falta guita para comprarte el paraíso del cafishio, muy simple, también Don Gerardo fue uno de los principales promotores de la cultura del juego, de la apuesta, de la ilusión de “hacerse rico” en un santiamén, cortando la manzana o jugando a los bolos.
No es ninguna “coincidencia” accidental que haya sido premiado como personalidad en el ámbito de la cultura por el mismo gobierno porteño que premió a Marcelo Tinelli, quien es quizás el mejor discípulo de Sofóvich en la venta de mujeres como culos&tetas y humoristas “cancheros” en nuestro país. Por lo tanto su muerte -aunque significa un poco de alivio para la cultura popular y sobre todo para las generaciones futuras,  ya que habrá un tipo de gran capacidad intelectual menos trabajando para promover toda esta bazofia-, no es motivo de celebración total, ya que quedan muchos más lucrando con su herencia y continuando su camino. Pero sigue siendo un buen regalo para las millones de mujeres explotadas sexualmente en este país que un 8 de marzo haya “uno menos”.

Como con los genocidas de la dictadura, no será esperando a que la biología haga su trabajo de zapa que nos libraremos de estos perfectos constructores de conciencia y cultura popular nefasta, sino trabajando y organizando a las masas explotadas para que en el desarrollo de su conciencia política, del poder de su organización podamos sentar bases sólidas para otro tipo de arte popular que reivindique como paraíso soñado relaciones sociales y familiares mucho más fraternales.

sábado, 20 de diciembre de 2014

“Todos los caminos conducen a Once”

Reseña de Leonardo J. Grande Cobián


Muestras de la calidad estética y política como la que está montando Francisco Borghini Pereyra en el local del Partido Obrero de Chacarita (Forest 425) en la semana del viernes 19 al viernes 26 de diciembre, requieren de una reseña de una calidad equivalente que, lamentablemente, no estamos en condiciones de aportar.


Sin embargo, aunque conciente de nuestros límites de formación en ambos campos, la emoción que nos generó la obra del Borga nos obliga a escribir.


Se trata de una veintena de obras, en su gran mayoría pinturas al óleo que muestran la punta del iceberg de una década de trabajo de este joven artista plástico. Una excelente puesta de parte de los compañeros y compañeras del local, prolija y cuidada, que demuestra la capacidad organizativa para eventos tan particulares, donde un detalle descuidado, una luz mal puesta, comprometerían el objetivo buscado.
Bien puesto el nombre de la muestra, ya que se destacan una serie de obras con temáticas diferentes: paisajismo urbano, postales de la vida cotidiana de los trabajadores y trabajadoras de la ciudad y escenas de la vida política de esos mismos sujetos. Estas tres temáticas son entrelazadas por dos tipos de ambientes que las atraviesan transversalmente, mañanas plenas de luz y cielos abiertos y soleados y ambientes oscuros, íntimos, nocturnos. Finalmente, están presentes al menos tres barrios, el Colegiales de la infancia, el Almagro del tránsito cotidiano y el Once de su destino final, barrio que el artista habitó en su primera juventud, la base de operaciones de su experiencia independiente, la proletarización y la militancia.

Por eso acierta el nombre de la muestra, ya que el espectador es invitado a recorrer diversos caminos estéticos, políticos y emocionales que confluyen en un destino mítico, en un centro que es en realidad, como el nombre del barrio, un lugar inventado por quienes allí viven y transitan, ya que en los papeles se trata de Balvanera pero nadie que haya sufrido y experimentado su estación y su gente puede identificarlo con otro nombre que no sea el que su pueblo le da, Once.

La exposición demuestra una capacidad técnica de parte del Borgha que no dudamos en caracterizar a la altura de los grandes maestros del arte plástico de la historia argentina. Cuadros de un hiperrealismo como los perfectos balcones en perspectiva de fuga de “Avenida Rivadavia domingo a la tarde (desde esquina La Rioja)” hasta perfectas obras de un impresionismo clásico como “Plaza Miserere de noche (desde Rivadavia y La Rioja)” o la panorámica nocturna de “Plaza Miserere de noche” que parece ser un ejemplo de lo que Van Gogh podría haber hecho subido a un balcón frente a la Plaza.

Es lo primero que destaca de la muestra: el vértigo de saber que uno está mirando una obra de una excelente calidad técnica en el uso del pincel, el color, el dibujo, la perspectiva y todas las leyes de construcción geométrica de la obra. Pero sobre todo fascina el dominio genial que hace el artista de la luz, probablemente el lugar donde los genios se separan de los excelentes artistas plásticos.

Temáticamente del mismo modo, el compañero pasa de un paisajismo urbano del siglo XIX a una mirada típica del realismo social de principios del siglo XX, que nos recuerda a las obras del Berni clásico. Aunque consideramos, como diremos adelante, que el Borgha supera políticamente esa mirada "social" de la clase obrera típica del realismo comunista y hace un aporte revolucionario.

Lo del paisajismo no es menor, Borgha pinta esquinas y edificios de la ciudad con el ojo de aquellos profesionales de la pintura que lo hacían en épocas donde no existía la fotografía, es decir, con la presión que implica al mismo tiempo la necesidad del registro emocional y también el registro documental, la obsesión por el detalle de aquél que sabe está documentando la existencia de ese paisaje, como se ve magistralemente, por ejemplo, en “Fruteria de Almagro” o “Iglesia Jesucristo es el Señor”.

Pero donde claramente el Borgha se destaca con creces, se supera así mismo, es en el trato de la figura y los rostros humanos. Las dos obras de mayor tamaño que concentran el peso específico de la muestra son “Subte Línea B” y el cuadro donde cinco tipos ranchan en la puerta de lo que era su hogar en Once.

Empezamos por el último, porque si bien podríamos considerarla la mejor obra de la muestra, la que más impacta a los espectadores y la que seguramente mejor describe la obra del Borga, en las otras se despunta una tercera línea que debemos dejar para el final.

En este cuadro, cinco varones, sentados en la puerta de un edificio escabiando (no hay mejor manera de describirlo) a la tarde o mediodía de Once, el artista muestra una sensibilidad técnica impresionante en el trabajo de los rostros, los escorzos y las texturas tanto de la ropa, como de las veredas, paredes y cortinas de hierro: la piel del barrio y de los seres que lo habitan. El tratamiento técnico es preciso, impecable, pero el Borgha decide romper el hiperrealismo cuando trata a los seres humanos, sus caras pierden la obsesión por el detalle y la veracidad, se ablandan, se recortan de esta forma del contexto general, como si el artista quisiera explicarnos un respeto mayor por el ser humano como objeto artístico, en este contrapunto con el fondo, el artista nos guiña un ojo, nos aclara que los seres vivos son más el producto de lo que él interpreta de ellos. Es como si nos dijera que es imposible retratar exactamente cómo es un ser vivo deteniéndose únicamente en la superficie observada, aunque sea perfecta en la ejecución.


Aquí empezamos a asombrarnos de otro aspecto de la obra del Borgha, la exquisita sensibilidad de su mirada para captar los gestos sencillos que caracterizan a los trabajadores y trabajadoras de esta ciudad. En la obra que comentamos, la de los cinco tipos ranchando en la puerta de su casa, los laureles se los lleva el gordo que saluda con una sonrisa mezcla de alegría, cansancio y horas de vino y paco, en contraste con la hostilidad evidente del hombre parado a su lado con los bolsillos en la campera como quien se mantiene alerta para defenderse o atacar. Pero la genialidad de la obra está en el detalle de la particular forma en que el “vecino” sentado en la calle, en el extremo inferior izquierdo del bastidor, empina su “vaso” fabricado con el culo de una botella de Coca de plástico, como sólo se puede ver en las calles de Buenos Aires y alrededores.

Cuando uno contempla esta obra tiene la sensación extraña de no estar observando un cuadro al óleo, ni siquiera una fotografía, tiene la sensación de estar contemplando la foto de una imagen mental, de un recuerdo, como si estuviese pasando en el colectivo  mirando hacia una puerta cualquiera de Once mientras espera, rutinariamente, en el semáforo que el chofer arranque.

Borgha describe paisajes y seres vivos reales, registra casi con exactitud lo que uno siente cuando recorre esos mismos lugares y observa esas mismas cosas. Hipótesis de lectura que el propio autor nos confirma cuando nos dice que “Vendedor de joyas” es producto de su imaginación, cuando hubiese jurado cinco minutos antes que reconocía el lugar exacto de ese cuarto de vereda con afiches de la vía pública (esos que están enrejaditos y que tanto molestan a militantes populares como nosotros, ya que dificultan la tarea de la pegatina electoral o sindical) mostrando minas en bolas que venden chuchería como el africano sentado, aburrido, al costado de su especie de atril paraguas lleno de anillos y bijouterí de oro o imitación. Ese lugar, que yo creí reconocer en una de las veredas de la estación de trenes, frente a las paradas de bondi, por Pueyrredón o Bartolomé Mitre, no existe.  Quiere decir que el Borgha, incluso cuando está describiendo un paisaje real, fotografiado, y personas reales, no se queda en los límites estrechos de la realidad superficial, sino que prende una mirada emocional, pinta lo que él siente al ver ese objeto y por lo tanto lo transforma para nosotros.

Lo interesante es que lo que pinta el Borgha es al mismo tiempo, lo que realmente existe en el mundo exterior pero describe casi con exactitud lo que nosotros sentimos al verlo, las imágenes, colores, y olores que en nuestra mente se recrean ante el detalle. Sino presten atención a “Línea B”, donde tres mujeres, un niño y un viejo son retratados viajando sentados en esos particulares asientos laterales alargados revestidos de esa alfombrita mullidita medio roja medio bordó típicos de la Línea B. Las dos mujeres más jóvenes del cuadro, una de rasgos norteños (jujeños, salteños, bolivianos o peruanos) y otra de complexión criolla, pelirroja de piel clara, evidentemente vestidas con ropa de trabajos que no requieren etiqueta, duermen, agarrada una de su mochila para no ser robada, de su celular con el que escucha música la otra. La otra mujer, más grande, de rasgos asiáticos, no sólo no duerme sino que es la única que rompe la estructura de la obra mirando fijamente al punto de vista del espectador, cuestionando que rompa su intimidad y privacidad observándola, en una pose que sólo quien haya viajado en subte puede reconocer en otro ser humano cuando se cruza la mirada de frente y descubre que era observado.

Pero además la señora carga a su hijo de 5 o 7 años en sus piernas de la forma que cargan las madres laburantes a sus hijos en el subte o el colectivo llendo o viniendo del laburo sin guardería, con el pibe desarmado, despatarrado sobre su cuerpo en una posición de fajir hindú pero que aparenta ser la postura más cómoda del universo.

Finalmente, el viejo no sabemos si duerme o directamente está comenzando a transitar el camino placentero de los difuntos. De conjunto, Borgha retrató la alienación cotidiana, la sensación de las millones de horas de nuestras vidas que pasamos yendo o vinivendo del laburo, destrozados/as, rotos del cansancio provocado por trabajos flexibilizados, precarios, turnos inagotables, salarios miserables. La ropa desgastada, deshilachada, sin planchar, con sus colores apagados por el lavado permanente con materiales baratos. Las pieles raídas, las piernas... las piernas de las mujeres explotadas de este país están siempre hinchadas, llenas de moretones aún a pesar de los evidentes esfuerzos por maquillar la situación.

Es momento de anticipar conclusiones: un artista plástico consagrado no sólo debe tener el mejor manejo técnico posible sino que además debe ser capaz de utilizar ese manejo de la forma en función de lo que quiere relatar. Debe haber no un simple “equilibrio” sino una relación dialéctica, una tensión, una lucha entre forma y contenido, pincelada y mensaje que logren superar ese dualismo, como aquello del todo como algo diferente de la simple suma de sus partes. Y el Borgha, a nuestro humilde criterio, lo logra.

Pero cuál es ese mensaje, cuál es el concepto político del pintor. Es evidente que hay una evolución en su mirada a lo largo de la obra. Sus cuadros más viejos están más influenciados por la contemplación romántica y fantástica de los paisajes cotidianos, una mirada propia de quien vive la ciudad no como un turista pero sí como un pequeño burgués (dicho en términos de caracterización sociológica, no de insulto infantil) que no sufre la ciudad como la sufre un trabajador. Y es que el Borgha es sincero, no oculta ni busca ocultar quién es, por eso en su obra no hay elementos efectistas, forzados, extrapolados innecesariamente.

Pero en su camino biográfico, el nieto de una artista plástica e hijo de padre y madre arquitectos, de la clase media acomodada de Colegiales, se independiza del ambiente cómodo familiar y busca su propio lugar en el mundo, se muda con un amigo a una pieza del populoso Once y comienza a descubrir con asombro de niño el nuevo y deslumbrante mundo de la vida cotidiana de laburantes y desclasados, de pobres y súper pobres. Al mismo tiempo lo hace con la ternura y el dolor de quien está comenzando a sufrir esa ciudad desde el mimso lugar. La mirada de los cuadros está en el mismo horizonte de las personas retratadas, como si saludara a los borrachos en uno, como si viajara en el asiento de enfrente del mismo vagón el otro.

El artista, que viene de otro palo, ha sido puesto por su realidad material a la misma altura de los trabajadores y no reniega tampoco de ese lugar, lo acepta, se hace cargo, se proletariza. Y lo hace con orgullo pero no olvida la denuncia. No reniega del aguante del explotado que sigue luchando para sobrevivir en las peores condiciones pero tampoco lo idealiza y se olvida de la mierda que vive, como quien decreta -miserable, hipócritamente-, “el día del orgullo villero”.

Esto se puede ver de forma magistral en “Tormenta en Villa Luján”, el retrato exquisito, impecable, genial, de una calle medio asfaltada medio de tierra, cubierta de charcos de barro y agua de lluvia, en el final de un día, en la penumbra del atarceder donde Borgha logra sugerir la presencia exacta de cada objeto, los autos, los palos de luz, las paredes, sólo con destellos casi imperceptibles de luz en el contexto de una penumbra casi total. ¿Cuántas miles de veces el laburante o la trabajadora han visto esta misma escena saliendo de su casa a la madrugada o volviendo destrozado/a del laburo? ¿Cuántas veces hemos sentido ese vacío, ese vértigo de la soledad del oprimido yendo a recibir voluntaiamete su cuota diaria de sufrimiento? Visto así este cuadro es al mismo tiempo, descripción realista del dolor, denuncia desgarrada y la tenue luz de la poesía de aquél que de todas formas no se deja aplastar y encara el día de trabajo y de lucha.

Los caminos del Borgha lo llevaron a organizarse en el Partido Obrero, a formarse en la práctica y la teoría de una organización de combate contra el Estado, por los derechos de los obreros, ligada a su clase y a la lucha por el socialismo. Por eso, si cuadros que describen la vida cotidiana como el de los borrachos y el del subte podrían ser enmarcados en la mirada del “realismo social” de pintores de izquerda como el comunista Antonio Berni, en su obra Borgha supera la candidez, la condescendencia del pequeño burgués de izquierda por una clase obrera idealizada. El Borgha mira como un revolucionario, no busca puños en alto, sino la mirada de odio de clase del magnífico viejo linyera de “Hombre con bolsas” o la tensión en los cuerpos, las manos y las miradas de una asamblea obrera como en “Reunión del Sitraic”.

Y arribamos a la segunda conclusión: que el artista revolucionario debe poder utilizar un manejo dialéctico de la técnica y el mensaje y en ese mensaje debe aportar elementos para desarrollar una conciencia política superadora para los espectadores de su obra. El pequeño cuadro donde una docena de trabajadores de la construcción discuten alrededor de una mesa llena de puchos, panfletos y botellas de agua mineral, tomados por una perspectiva aérea, parece señalar la salida para los demás personajes de los otros cuadros, los alienados, los descompuestos, los más golpeados. Porque los personajes de “reunión del Sitraic” son exactamente iguales en gestos, rostros, pieles y ropas a los demás, podrían confundirse con los que escabian en la puerta o las mujeres en el vagón de subte, pero desde el mismo planteamiento de la perspectiva forzada desde arriba, y aunque estén sentados, el cuadro tiene un movimiento explosivo, incómodo, anormal, no cotidiano, movimiento que técnicamente expresa la tensión ivisible de una reunión donde los desposeídos discuten, en el fondo, cómo enfrentarse a la clase social que los exprime, es decir, una reunión previa a la lucha física.

Todo lo dicho no resume ni un poco lo vivido. El Borgha, este artista excepcional aquí rudimentariamente descripto, nunca pisó una escuela de artes. El Borgha es autodidacta y reivindica esa ausencia de academia en la formación de su particular mirada. Así como Quinquela Martín, que aprendió a dibujar y pintar en los ratos libres de su infancia en la carbonería de su viejo en La Boca, el Borgha nos confiesa no haber abandonado nunca el método sistemático de divertirse dibujando y pintando como cuando era niño, a diferencia de Quinquela, en el estudio de arquitectura de su hogar materno. Es interesante la referencia, porque si bien el xeneize y el hijo de Colegiales difieren del ambiente social de donde se nutrieron, son exactamente iguales en el punto de haber suplantado la disciplina de la formación académica con su propia inquebrantable disciplina y voluntad y en ambos casos ninguno renuncia a la pretensión de alcanzar el más alto nivel técnico posible. En otro aspecto más se igualan, en su honestidad brutal, ya que los paisajes portuarios de Quinquela están llenos de la íntima mirada del portuario y en su pintura se nota sin vergüenza el origen de su formación, lo mismo pasa en el caso del Borgha, quien en ningún momento renuncia a su identidad, a su clase de origen, ni a la clase social que adoptó por elección. También llama l atención con la coincidencia con el gran artista gráfico M. C. Escher, arquitecto de profesión, quien a partir de la fascinación que le provocaron los paisajes descubiertos en sus viajes de juventud volcó la particular mirada del arquitecto a una construcción estética muy singular. En las perspectivas y la obsesión por el detalle de su obra, el Borgha hace homenaje a la forma de mirar el mundo de sus progenitores.

Nos tocó asistir a la muestra de Borghini en el decimotercer aniversario del Argentinazo, lo que nos llevó por casualidad a releer la entrevista brindada por Jorge Altamira, dirigente del PO, a la revista Acheronta 15 y a uno de sus sostenedores, el renombrado psicólogo Michel Sauval en julio de 2002. Entre las decenas de conceptos vertidos por Altamira, siempre nos llamó la atención su análisis de la relación entre los militantes revolucionarios, la clase obrera y la transformación de la realidad.
Allí Altamira explica que el trabajo del militante revolucionario consiste, individual y colectivamente, en aportar al metabolismo político de su clase. Mientras el trabajador o trabajadora es consciente de su experiencia de sujeto alienado, explotado y oprimido, el individuo organizado, más consciente de las causas últimas de esa explotación, aporta su mirada, un programa de salida, un método de organización y de lucha, que desde el volante, la consigna y la intervención en la realidad termina modificando el ambiente, la realidad en la que actuan ambos, cambiando finalmente tanto la realidad como la conciencia que la clase obrera tiene de la misma.

Este metabolismo está presente en la obra del Borgha en dos sentidos, dos caminos. El camino de ida, su inicio como artista no profesional, no explotado, de la clase media acomodada porteña hacia la independencia de la familia, la proletarización y el descubrimiento de la militancia. Y un segundo camino, desde la formación política, en la teoría y la lucha práctica hacia su clase adoptiva, para transmitirle un nuevo concepto que permita una evolución conjunta, un proceso común de decantamiento de conclusiones. El Borgha ha sabido sintetizar y resumir en su vida, en su obra, un siglo de debates en torno al rol del artista en la revolución. Su experiencia como militante revolucionario a transformado su conciencia al mismo tiempo como ser humano, como militante y como artista. Es el mismo cerebro, no está escindido, el Borgha no se cuestiona ni pinta como artista mientras interviene en la reunión de círculo como militante: es él mismo en cada caso.
Podemos decir que el ascenso de la conciencia política de la clase obrera en Argentina atrajo con poderosa fuerza a los hijos de la clase media educada y con recursos materiales y culturales privilegiados hacia su horizonte, hacia sus intereses como única forma de salvar a ambos. La clase obrera en Argentina, por medio de su lucha conciente y organizada, ha parido un artista revolucionario de una fuerza estética a la altura de cualquier artista consagrado por la burguesía de hoy o del pasado.

En la lucha por la toma del poder la clase obrera va librando batallas conciente o inconsientemente, planificadamente o no, en diversos campos de la vida social. En la disputa de las conciencias a través del arte también. Y la existencia del Borgha es una prueba de la fuerza política del proletariado revolucionario en nuestro país.

Y lo mejor de todo es que el Borgha es un tipo macanudo, que no se subió a ningún barco. Daba gusto presenciar sus charlas con los amigotes del barrio o el laburo que fueron de la mejor gala que pudieron a ver la obra de su amigo “el pintor” y sin muchos conocimientos técnicos le describían entre risas y muecas de asombro cómo los habían impactado los cuadros de los pibes jugando al fútbol en el potrero del barrio o el del chabón tratando de sintonizar la tele y la radio para ver y oír el clásico. Porque lo más lindo del Borgha es que no sólo pinta al pueblo, sus dolores y esperanzas, el Borgha es un muchacho de pueblo, y por eso, creemos, todos los caminos lo llevan a ser, en la próxima etapa de la lucha de clases en nuestro país, el artista –obrero y socialista- del pueblo.