Comentarios necesarios sobre La Berkins. Una combatiente de frontera, de Josefina Fernández, publicado por Sudamericana en Buenos Aires, marzo de 2020. Se respeta el texto publicado en Evaristo Cultural (http://evaristocultural.com.ar/2020/05/20/la-berkins-una-combatiente-de-frontera-josefina-fernandez/)
El primer día de reapertura de librerías, al cabo de los primeros cincuenta y cuatro días de confinamiento obligatorio, salí corriendo al local de la gran cadena de librerías express porteñas a conseguir, desesperada, los libros que no había llegado a comprar antes del COVID por falta de guita. Habiendo ahorrado a la fuerza en uno de los principales gastos de mi cotidiana –la SUBE- y después de haber liquidado uno a uno todos los pendientes de la biblioteca casera, necesitaba darme el lujo de conseguir material para sostenerme hasta que nos levanten la condena.
Elegí la cadena no sólo por la cercanía, sino por descarte, ya que ninguna de las librerías chicas que prefiero, atendidas por amigas y relacionadas con pymes y cooperativas del libro papel, tenía los libros que quería, novedades editoriales de marzo de dos marcas gigantes, Alfaguara y Sudamericana, que al cabo son el mismo pulpo. Una de ellas está agotada, cuarentena mediante incluida.
Pero La Berkins, la biografía de Lohana Berkins seguía en la vidriera de las novedades que da a la esquina más cheta de Cabashit´O, aunque ninguna de las vendedoras recordaba haberla colocado en ese lugar, ni conocían su existencia o contenido. Para que detectaran un ejemplar de depósito o batea que darme tuve que deletrear el apellido de quien fue la dirigente más importante de la comunidad travesti en Argentina y seguramente una de las principales en el mundo.
Este primer impacto con el libro me acompañó durante su lectura y no me quiere largar ni a la hora de escribir la reseña. No se trata de lo más relevante que se puede leer en esta obra, pero debido a la persona que la justifica, su dedicación, su importancia, entiendo que cabe preguntarme: ¿por qué la primer biografía de la enorme Lohana cuatro años después de su fallecimiento en el Hospital Italiano de la Ciudad de Buenos Aires, en febrero de 2016, se imprime a casi mil pesos por uno de los monopolios editoriales más bestiales del universo de habla hispana? ¿Cómo hará este pedazo del legado de La Berkins para llegar a las manos de sus compañeras travas, quienes más la seguimos necesitando?
Y en el anverso de esa preocupación una de menor envergadura pero cuya respuesta sea quizá la que explique todo ¿a quiénes quiere venderle Random House este hermoso libro sobre nuestra dirigente más audaz y exitosa? ¿Quiénes además de saber leer y tener la costumbre cultural adquirida de hacerlo incluso encuarentenades tienen también un resto de mil pesos para gastar en materiales “no imprescindibles” y por qué lo harían en una biografía de una lideresa travesti?
Una casi auto-biografía
Josefina Fernández, además de antropóloga y militante feminista se define como amiga y compañera de Lohana Berkins, con quien conformaron un dueto a la hora de elaborar una estrategia y una táctica para la colectiva travesti. Nos presenta su libro como el resultado de un trabajo autobiográfico que la misma Lohana le había encargado y que encararon de una forma muy particular luego de discutir juntas diversos formatos del género, partiendo de entrevistas en las que la protagonista volcaría sus experiencias vitales.
Enorme desafío para cualquier escritora, agrandado por la cercanía política y emocional de esta escritora concreta, que, entendemos, ha sido sorteado muy satisfactoriamente. Quizás el mejor logro de este libro es que alguien que sólo pudo acceder a Lohana de lejos, como yo misme, que llegué a conocerla a través de entrevistas televisivas o lecturas fragmentarias, pueda sentirla viva, con su pensamiento claro, explicado y re-explicado una y otra vez, con pedagogía pero también con su particular pedagogía, la voz y el carácter de Lohana aparecen con toda franqueza al correr de las páginas. Una subjetividad que no puede conocerse en sus apariciones públicas formales, a la que sólo pudieron acceder quienes compartieron con ella algún nivel de intimidad, en reuniones políticas, charlas de amistad o, como en el caso de la autora, compartiendo incluso ámbitos tan privados como la familia.
Aunque María Moreno, también cercana a Lohana y hasta donde pudimos entender admirada por ella, señale que Fernández ha logrado construir una novela latinoamericana y la editorial decida que sea esa la venta de contratapa, nos parece que los recursos literarios escogidos por la autora son eficaces precisamente porque su propia subjetividad no entorpece nunca la manifestación de la subjetividad de la biografiada. También se trata de recursos que permiten fluir la lectura sin estancarse y quizás correspondan a una estética propia de la novelística, sin embargo la presencia de Lohana y su lucha, sus intenciones, su forma de organizar e intervenir, sus recuerdos, nunca son reducidos a la invención de un personaje.
El personaje real, de carne y hueso, aparece siempre para decir su verdad y decirla a su modo. Incluso cuando discrepa con la autora. Sin cansarnos, repetimos, terrible mérito de la autora.
Una combatiente
A través de sus páginas creemos entrever las causas de la envergadura que llegó a tener Lohana Berkins en la lucha política de los últimos veinte o treinta años. Expulsada de su casa natal en Salvador Mazza, en la zona petrolera de la yunga salteña, cuando tenía trece años, obligada por su familia, la sociedad patriarcal y el Estado a prostituirse para sobrevivir, Lohana Berkins vivió en propia carne el proceso de desarrollo de la prostitución entre fines de los años 80 y la década del noventa del siglo pasado, de los parques alejados en las peuqeñas capitales de las provincias norteñas a la Panamericana y General Paz y de allí a Palermo, San Telmo y Flores, las “zonas rojas” por excelencia de la gran capital.
No pude dejar de leer el relato detallado de los mecanismos de explotación del trabajo sexual por parte de fiolos, capangas y policía, en condiciones de esclavitud directa o servidumbre feudal, dependiendo más del poder de coacción físico y político que de métodos coactivos puramente económicos al trasluz de la evolución en esas décadas de la desocupación producto de la quiebra económica del Plan Austral entre 1987 y 1988 y el ajuste fondomonetarista obligado por el menemismo.
La lucha política de la colectiva travesti tuvo en los años 90 un profundo impacto en el contexto de una lucha de clases muy particular, participó a la vanguardia de la lucha del conjunto de les explotades en nuestro país que encabezó la organización de les trabajadorxs desocupadxs que se conoció como movimiento piquetero. Mi lectura no es del todo descabellada, y no creo que sea pura casualidad que Lohana haya nacido en uno de los sectores geográficos donde ese movimiento tuvo su origen, las regiones petroleras que fueron golpeadas por el desmembramiento de las relaciones sociales productivas que generó el desguace de YPF, su experiencia de sindicalización infuyó en la organización de las primeras organizaciones de desocupadxs del país y llegó a manifestar una voluntad de confrontación radical contra el Estado en las puebladas de Tartagal y Mosconi. El otro foco de surgimiento de las características fundamentales de ese movimiento también tiene origen en la quiebra de las comunidades que dependían de la exploración petrolera en Cutral-Có y la cuenca neuquina.
La lucha de los feminismos, encabezada históricamente por gays y lesbianas encarnó desde la democracia alfonsinista con los sectores más golpeados por la persecución contra las disidencias de género y orientación sexual, debido a la orientación de los sectores progresistas del peronismo de izquierda, la socialdemocracia de sindicatos como la CTA y las agrupaciones ligadas a Izquierda Unida y otros sectores del trotskismo. El libro de Josefina Fernández ilustra a través de los recuerdos de Lohana Berkins cómo se abrieron paso en una lucha callejera, teórica y práctica a través de las limitaciones que las orientaciones de la lucha por los derechos LGTB, y Lohana alcanzó su trascendencia como parte de un conjunto de compañeras que lucharon en primer lugar por hacer una realidad que había forjado Karl Marx como una de las máximas para la organización revolucionaria: que fuesen les explotades quienes encabezaran su propia organización.
Lohana Berkins y otras militantes travestis lograron desarrollar su propia voz para sostener la lucha por sus propios derechos desde una matriz política y teórica que siempre las había tenido como objetos de lucha pero no como sujetos de ella. Ahí uno de sus primeros méritos.
Recuerdo haber entrevistado a otra de las dirigentas paradigmáticas de esa generación, Diana Sacayán, en el contexto de su participación en la Comisión de Mujer y Generos Disidentes de la cuarta Asamblea Nacional de Trabajadores Ocupados y Desocupados, en el microestadio de Lanús en abril de 2003, a poco de consumarse el operativo de cierre del estallido social del Argentinazo en la presidencia de Néstor Kirchner. Diana Sacayán, que había hecho un recorrido biográfico similar al de Lohana, pero desde su situación de pertenecer a una familia obrera de orígenes bolivianos también pero en el corazón más obrero y pobre de La Matanza, estaba en esa Asamblea como parte del MTL, brazo piquetero del Partido Comunista argentino.
En suma, aunque Lohana personificara una colectiva o comunidad social marcada por su condición de diferencia, como somos las travestis, su recorrido es el mismo que el de todo cuadro político de cualquiera de las clases sociales desposeídas y explotadas de la historia humana. Su biografía muestra a Lohana encarnando en sí misma la experiencia de sufrimiento y lucha colectiva que en el debate de posiciones y programas toma conciencia política de su lugar en la lucha de clases general, lo que Marx llamó la conciencia de clase para sí. En esos debates en torno a las organizaciones como la CTA, AMAR, la CHA o la Federación LGTB, Lohana y sus compañeras llevaron la conciencia política de las travestis al máximo posible hasta la fecha.
El libro de Fernández también ilustra con fidelidad este proceso de debates, resaltando una actitud permanente de búsqueda teórica por parte de Lohana Berkins en esta toma de conciencia. Una predisposición sistemática que se expresó en esa toma de posición cuando fuera invitada a Harvard de resaltar que ella no se concebía sólo como una persona que iba a dar testimonio del sufrimiento de la colectiva que representaba, sino que iba a discutir teoría. De la misma forma queda ilustrado en ese debate en el café Iberia donde insistía en descubrir el alcance concreto del concepto de travesticidio que logró imponer en el juicio contra los asesinos de su amiga y compañera de lucha, Diana Sacayán, consumado en octubre de 2015, poco antes de su propio fallecimiento.
La otra característica que la autora destaca en la biografía de lucha de Berkins es una inclaudicable voluntad de construcción política frentista. En todas las ocasiones en que Berkins se destacó por defender una voz propia para su colectiva travesti, llegando incluso a romper alianzas previas para construir agrupaciones propias, también se identifica una disposición contra posturas sectarias o faccionales. Esta característica debería ser subrayada y valorada en un contexto tan particular como el de la lucha política de les explotades en nuestro país, en el que las disputas faccionales están tan extendidas.
La disputa faccional es aquélla en la que determinade dirigente u organización brega más por distinguirse y adquirir peso propio aunque ello signifique un debilitamiento de la lucha común en la que se embarca. Este defecto político está presente en todas las luchas políticas de nuestra historia, desde las “traiciones” de los generales artiguistas contra el programa federal original de 1812 hasta la crisis permanente de las organizaciones trotskistas en los 80 y 90 (que terminó alcanzando a la única organización trotskista que no provenía de la tradición fundada por Nahuel Moreno, la dirigida por Jorge Altamira, que se ufanaba precisamente de esa diferencia, haciendo que todo el trotskismo quedase alcanzado por el faccionalismo) pero incluyendo también las luchas faccionales que contribuyeron al fracaso de la heroica lucha de las organizaciones anarquistas en la primera mitad del siglo 20 y ni qué hablar de la lucha facciosa permanente y eterna del peronismo.
Podríamos arriesgar la hipótesis de que el faccionalismo es un defecto que ahoga la capacidad impresionante de desarrollo político que han tenido las clases explotadas y oprimidas en nuestro horizonte cultural, formando ya una característica cultural identitaria.
Entendemos de la lectura de este primer acercamiento biográfico que el mayor logro de la lucha política por los derechos de las travestis, la Ley de Identidad de Género promulgada en 2012, se debe en parte a la capacidad de Lohana Berkins para comprometer toda su autoridad política y teórica en la busca permanente de la superación de los faccionalismos del movimiento, la unidad sobre la diversidad.
En estas tres características fundamentales, una experiencia de sufrimiento trastocada en lucha permanente y decidida contra el Estado, una voluntad sistemática por acrecentar la conciencia teórica sobre el propio género y una capacidad organizativa frentista, podríamos sostener la explicación de la autoridad que Lohana Berkins alcanzó en el movimiento de lucha por los derechos de la comunidad LGTTTBIQ+ y que ya le era reconocida en vida, nombrándola popularmente como la Comandanta Mariposa, debido a una de sus frases más lúcidas “la importancia de ser mariposa en una sociedad de gusanos capitalista”.
En la Frontera
Durante los pocos momentos en que se permite que su subjetividad tenga protagonismo en el libro, Josefina Fernández desarrolla este concepto sobre Lohana Berkins como una combatiente de frontera, es decir, remarcando que llegó a destacarse obligada a vivir en dos mundos distintos, el de su origen como parte de las travestis marcadas por su situación de prostitución, cargando los traumas de las persecuciones sociales de todas las instituciones del patriarcado, con la institución de una particular forma de relacionarse afectivamente, desde la más terrible de las soledades a las que una sociedad puede castigar a une de sus miembres, y el mundo de las personas y organizaciones que, aún siendo también hostigadas, oprimidas y explotadas por el mismo sistema social, podían disfrutar de ciertos derechos materiales y culturales que les permiten otro tipo de ideologías y sentimientos no tan terribles.
Josefina Fernández decide colocar con claridad en el libro su propia culpa de clase y de género, volcando con honestidad cruel (casi travesti, digamos) los momentos donde sus prejuicios contra las travestis empañaron su relación de amistad y fraternidad con su amiga y camarada de lucha. María Moreno en su prólogo subraya y felicita esta honestidad, porque le da una carnatura especial a la obra, una sinceridad a la altura de la tarea encomendada por Lohana, a la altura de la propia Lohana.
Esta preocupación estaba presente en la propia Lohana, como demuestra la desgravación de su voz en el último capítulo del libro. La autora reivindica la capacidad del carácter de Berkins para lograr sobreponerse a ese desgarro en el mundo no travesti de los “privilegios” a los que logró tener acceso casi con exclusividad (fue la primera travesti en tener acceso a un trabajo formal, seguridad social, estudios secundiarios y terciarios, etc) y no traicionar sus orígenes y tomar distancia emocional y ética de la realidad cotidiana de sus compañeras de género y de clase que siguen excluídas de esos beneficios.
De ahí lo de combatiente de frontera para graficar el esfuerzo particular que tuvo que encarar La Berkins en su vida como militante y luchadora, el de no traicionar y poder poner esos “privilegios” al servicio de las necesidades de la colectiva a la que representó con tanta dignidad y potencia.
Lohana Berkins vivía marcada por esta delgada línea que la obligaba moralmente a no traicionarse a sí misma ni a las suyas, habiendo logrado la posibilidad material de acceder a condiciones de vida que no podía compartir con su clase y su género. La biografía que Josefina Fernández nos lega entendemos que demuestra que Lohana Berkins cumplió con creces con sus principios morales y éticos y nunca traicionó.
Sin pretender cuestionar a ninguna de las dos, se me ocurre otra reflexión. Esta contradicción de Lohana es propia de cualquiera que encare como lo hizo ella la lucha por mejorar las condiciones materiales y culturales de su clase de origen. Tode dirigente político o sindical es atravesado en la intimidad de su vida por esta tensión. Ese sin más es el origen de las “traiciones” que pululan como acusación más o menos fundada sobre elles, es la causa que permite las verdaderas traiciones que han existido en la historia de la lucha de las clases explotadas y oprimidas en la hisotira de nuestra especie. Es por eso que tenemos tantas historias de combatientes que han ocicado ante esa presión y fundado burocracias que terminan trabajando en función de sostener sus nuevas e inéditas condiciones de vida por sobre los intereses colectivos.
Nos recuerda la película de Raymunod Gleyzer, Los Traidores, donde cuenta con tanta efectividad el origen clasista de los dirigentes sindicales más odiados por su propia clase en los sesenta y setenta, los Rucci y Vandor, con orígenes ligados al sufrimiento y la lucha clandestina y perseguida contra la dictadura de la libertadora en los cincuenta que luego transaron con el Estado para convertirse en millonarios y explotadores a su tiempo.
Nos recuerda también los centenares de ejemplos contrarios, de dirigentes que pagaron su fidelidad con olvido, ostracismo, pobreza o muerte, desde Espartaco (esclavo con el privilegio del mejor entrenamiento militar y acceso a armas) hasta Rosa Luxemburg (mujer disminuída por una enfermedad congénita y judía en una Polonia antisemita, aunque privilegiada con el acceso a la universidad), pasando por tantos otros que cada une tiene en su memoria.
Nos interesa destacar, sin embargo, que vale la pena esta mención no sólo para poner en contexto el balance de la vida y lucha de Lohana Berkins, sino sobre todo para destacar la fuerte presión que amenaza constantemente la vida de quienes deciden luchar para rescatar a su clase y su género de la opresión y la explotación a las que el capitalismo y el patriarcado nos someten. La oferta de cargos, empleos, de acceso a las migajas de una vida un poco mejor están allí para tentar a les luchadores a abandonar la lucha sistemática y sin cuartel por la liberación definitiva de las clases sufrientes. La cooptación material es quizá el arma más efectiva que tiene el régimen de explotación para sostenerse, ya que le permite sustraer a las personas más decididas y lúcidas de esa lucha, desgranando y debilitando la fuerza social de eses colectives.
Una línea muy delgada que separa una decisión táctica como la de conceder que la Ley de Identidad de Género no contenga una fórmula contra la binareidad sexual porque se comprende que en ese momento histórico es menester quedarse con lo máximo que se puede conseguir y que sirva como insumo para reforzar la lucha de mayor aliento a la traición por razones de beneficio personal.
Quiero decir, prefiero leer esta “culpa” de la autora por pertenecer a este mundo “no travesti” no tanto como un arrepentimiento innecesario de parte de una compañera que “disfruta” del goce de derechos materiales y políticos que le ha permitido la lucha de su clase y su género, sino como un señalamiento de las dificultades íntimas por las que atraviesa toda persona que decide entregar su vida entera a la lucha por mejorar esas condiciones materiales y culturales.
La casa cómoda, la quinta con pileta, los libros y los licuados, para quienes no somos propietarias de las herramientas que producen la vida, para quienes no las disfrutamos como producto de la explotación del trabajo de otres, no debería ser nunca y bajo ningún punto de vista entendidas como “privilegios” de clase o de género, porque no lo son. Son derechos arrancados a los explotadores y opresores producto de la propia lucha. Repudio que mis compañeras docentes se confiesen y pidan disculpas de su casa, su auto o su wi fi como “privilegios” por ser trabajadoras del Estado o por su condición de mujeres cis. La palabra privilegio de clase y las condiciones de vida de una docente estatal son antónimos desde que su propia vida y existencia está marcada en algún grado por más de setenta años de huelgas, piquetes, desaparecides y mártires.
Se sabe, la cualidad de “privilegio” no emana de una esencia de las mercancías que consumimos, sino de la relación social que nos permitió acceder a ellas. Sólo son privilegios aquellos accesos producto de la explotación directa o indirecta del trabajo de otres, nunca aquellos obtenidos con el propio esfuerzo, mucho menos si son obtenidos en base a la lucha contra el Estado.
La verdadera traición está ubicada en el momento en que la lucha estratégica por esos derechos para el conjunto es negociada con el Estado en su variante democrática liberal porque el objetivo final, el goce de esos derechos por la totalidad de les explotades y oprimides es entendida como una utopía bella pero imposible. El abandono de la lucha por una sociedad sin clases sociales ni opresión de géneros a cambio de una sociedad “más inclusiva” que progresivamente irá “ampliando derechos” es en realidad una traición mucho más terrible que el disfrute circunstancial de algunas comodidades por parte de una luchadora que no se deja cooptar por el Estado patriarcal.
Y cabe subrayar y no dejar pasar como una frase más este hecho circunstancial del disfrute de esa comodidad. Como demuestra la muerte de Lohana, debida a la tortura paulatina sufrida por su salud en décadas de vivir obligada a las peores privaciones, maltratos y abusos, o la de Diana, asesinada debido a su identidad y su deseo, considerados subversivos por la moral dominante, demuestran que cualquier “privilegio” que hubieran podido disfrutar fue una excepción insuficiente para preservarlas del ataque permanente que esta sociedad destina a las de nuestra clase e identidad de género.
Por lo demás, como bien explica Lohana en esta casi autobiografía, descubrió en el contacto con las ideas marxistas (fue asesora de la bancada en la Legislatura porteña de Patricio Echegaray del PC en Izquierda Unida en el 2000) que ella siempre había sido una “comunista hormonal”, citando una expresión de Saramago que muches militantes conocemos por otras fuentes. Una persona que en su experiencia íntima de lucha siempre sostuvo “instintivamente” una concepción anticapitalista para explicarse las injusticias a las que la vida la sometió sistemáticamente.
Autobiografía, biografía o novela
La misma cadena que vende sin saber quién fue Lohana Berkins su primera biografía se destaca por haber puesto parte de sus inconmensurables ganancias en la edición de libros. A la hora de decidir un catálogo propio, El Ateneo-Yenny ha decidido re-editar las dos obras más importantes en la construcción de una identidad política en nuestro país, las biografías de San Martín y Belgrano que ejecutase el presidente Bartolomé Mitre en la segunda mitad del siglo 19.
Es de notar que el proceso de construcción de la nacionalidad argentina haya partido de la producción historiográfica de un intelectual orgánico ejemplar de la burguesía en nuestro país. Hasta el día de hoy, doscientos años después de la muerte de Belgrano, todas las fuerzas políticas casi sin distinción (quizás sólo el trotskismo de la tradición del Partido Obrero haya tomado una distancia real de la reivindicación mitrista, porque hasta el revisionismo anti-mitrista de la derecha nacionalista y la izquierda peronista por alguna via llegan a conciliar con la figura del prócer) continúan abrevando en esos dos esfuerzos ficcionales con intenciones de objetividad suprema, para juzgar positivamente a los próceres del Estado y la Nación.
¿Será un despropósito plantear que debido a su importancia política Lohana Berkins merece un estudio detallado de su obra, su pensamiento y su lucha como el de Belgrano y San Martín? La respuesta depende de la concepción y los intereses sociales que cada quien reivindique. En mi caso, travesti obrera ocupada con un trabajo en blanco y una profesión “liberal” (de cuello blanco se decía antes), que pretendo la construcción de una sociedad comunista que libere a la sociedad de la necesidad de todo tipo de trabajo explotado y por lo tanto de la necesidad de hierro de la heteronorma para construir células sociales basadas en la familia heterosexual tradicional, la existencia de experiencias como las de Lohana Berkins (sus aportes teóricos, sobre todo) es no solo una novedad curiosa o simpática sino, sobre todo, una necesidad fundamental.
La lucha por una libertad material y cultural para todas y todes quienes somos explotades y oprimides en nuestra sociedad requiere de muchas Lohanas y Dianas. Su ejemplo, en lo que tiene de esencial, es un camino que debería hacerse notorio y público para que pueda ser imitado y continuado. Este libro de Josefina Fernández debe ser aplaudido en esta perspectiva más general como el primer ejercicio sistemático en ese sentido.
Quien quiera acceder a la vida y obra de Lohana Berkins como una excepción maravillosa e inquietante puede detenerse en sus facetas de realismo mágico y abrevar en él sólo como quien lee una novela latinoamericana con fuentes no ficticias. Para eso les recomiendo encarar Las Malas, de Camila Sosa Villada, que habiendo encarado esa misión, la de utilizar sus experiencias vitales más íntimas como materia prima de una novela que denuncia y explica la realidad de las travestis en nuestro país, lo hace con una genialidad literaria imposible de superar.
Quien quiera, por otro lado, ahondar en las construcciones teóricas originales que la generación de Lohana Berkins aportó singularmente a la lucha por la liberación de las travestis, imposible de profundizar en esta biografía de Sudamericana por los límites que su autora respetó debido a que Lohana falleció antes de encararlos en las entrevistas con detalle, recomendamos seguir la producción de una de sus amigas y compañeras de militancia, Marene Wayar, heredera de ese legado de preocupación teórica y práctica militante y portadora ella misma de aportes originales que se pueden leer en sus libros Travesti, una teoría lo suficientemente buena, de 2019 o su más cercano Diccionario Travesti de la T a la T.
La pérdida es una marca de hielo para las travestis. La familia, la sociedad, la escuela, la salud, el amor y el afecto, las compañeras. Todas las obras de estas grandes luchadoras comienzan por el esfuerzo de dar voz a sus amigas y camaradas que fueron asesinadas antes que ellas. Una responsabilidad de sobrevivientes que cumplen con creces. Y aunque las pérdidas de cada una de ellas son imposibles de medir y mucho menos de subsanar, porque ya no estarán nunca más salvo en nuestra memoria, el aporte de estas compañeras militantes como Berkins, Sacayan o artistas como Cris Miró permanece vivo en cada una de las militantes y artistas como Marlene Wayar, Camila Villada, Naty Menstrual, Susy Shock y tantas otras que no conozco aún que siguen enfrentando las mismas presiones y contradicciones sin doblegarse, luchando en esos dos mundos o muchos más para sostener la bandera bien alta y flameando, cosa que cada una de nosotras y nosotres, que venimos sufriendo desde algún lado alguno de los niveles que la opresión de género y la explotación de clase nos dedica, podamos comprendernos mejor en medio de toda esta confusión y pérdida permanente, para tomar mejores decisiones y sobrevivir, en el intento permanente de ser felices, de estar vivas, de seguir luchando.
Como parte de ese esfuerzo deberemos pugnar todavía más para que estas historias, estas biografías y aportes no sean encapsulados por el mercado que permite difundirlas aunque a precios proscriptivos. Así como el Estado pretendió que la Ley de Identidad de Género o de Matrimonio Igualitario sirviera para extirpar a las organizaciones de derechos LGTTTBIQ+ de la lucha común de desocupades y ocupades, así como cada sueldo o derecho arrancado es aceptado por el Estado para intentar sustraer a esos cuerpos de la lucha permanente y sistemática, las grandes empresas editoriales y de las industrias culturales ofrecen la posibilidad de la exposición de artistas y teóricas para removernos de la continuidad de la denuncia y la lucha, para transformarlas en consumo y libación de culpas de las clases “progresistas”, es menester mantener viva la alerta contra esos cantos de sirenas del establishment y nunca olvidarnos de las metas estratégicas de nuestra lucha, encontrar los caminos y las formas necesarias para hacer oir nuestras voces y luchar para que sean escuchadas y estudiadas por quienes más las necesitamos, que no puedan ser encapsuladas en objetos de consumo de sectores realmente privilegiados que no están dispuestos a poner esos privilegios en función de la lucha general.
En esa batalla, modestamente, ponemos esta reseña, esperando que la voz de Lohana llegue a quienes no pueden pagar los 900 pesos que Sudamericana-Random House ha puesto como frontera a su acceso.
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jueves, 18 de junio de 2020
La iglesia que arde
Una lectura y un debate con Catedrales, de Claudia Piñeiro, editada por Alfaguara.Random House en Buenos Aires marzo de 2020. Texto publicado en Evaristo Cultural http://evaristocultural.com.ar/2020/06/17/catedrales-claudia-pineiro/?fbclid=IwAR1WwClAOF2onONa8LYEiCwAiyTRAV4u9FsTxcvniOggiyUlSkDn2P_kM-Q
En su última novela Claudia Piñeiro alcanza su máximo potencial como intelectual orgánica de la clase media progresista porteña. Lo logra manteniendo una coherencia y honestidad intelectual con las mejores herramientas de su propio arte, la literatura, sin apropiarse de recursos exteriores al oficio al que ha dedicado más de la mitad de su vida. Más allá de las diferencias de apreciación que podamos tener con los resultados de su esfuerzo, merece reconocerse y aplaudirse el coraje de esta escritora, que asume los riesgos políticos, exponiéndose a los poderes materiales y simbólicos que todavía gobiernan y dirigen nuestra sociedad. Precisamente porque hace varios años alcanzó la máxima seguridad material y simbólica de la que puede disfrutar una escritora en nuestro país, reconocida por la cúpula de la industria editorial y el establishment político, nadie la obliga a poner en riesgo sus privilegios asumiendo la crítica de una de las instituciones más poderosas del régimen social que ella misma forma parte.
Catedrales denuncia a la Iglesia Católica y su responsabilidad en los principales crímenes contra las mujeres en nuestro país. Si en toda su producción anterior Piñeiro desplegó siempre la intención de desnudar las estructuras invisibles que oprimen a las mujeres, la hipocresía de las relaciones familiares hegemónicas al interior de la clase media de la que es parte, en Las Maldiciones de 2017 inició un camino de denuncia explícita de los poderes políticos detrás de esos mecanismos invisibles, en su último trabajo apunta con nombre y apellido a una de las instituciones más poderosas que sostienen el edificio social vigente.
Como podemos comprobar en la propia novela, las catedrales católicas son mucho más que edificios dedicados al culto religioso. Se trata, como bien nos enseñaron los teóricos de la semiología moderna, de inventos humanos construidos para transmitir un mensaje, una filosofía, una manera particular de comprender la realidad. Edificios que pueden ser leídos como libros. Como tales, resumen las interpretaciones de la realidad que tuvieron sus constructores en cada momento histórico. Y como tales, también, pueden ser interpretadas de formas distintas dependiendo de las ideas y valores de cada lector, lectora o lectere.
Piñeiro nos ofrece la propia. Una catedral que pueda ser construida conservando los aspectos más bellos de la intención humana por admirar la fuerza de los sentimientos más nobles sobre el amor, la vida y la muerte, execrando todo aquello que contribuya a construir un discurso de control y opresión de las conciencias y los cuerpos. En suma, la autora propone al mismo tiempo una crítica de la ideología católica construida por la curia episcopal desde las oscuras intenciones de la iglesia medieval y sus sostenedores en el presente, presentada como responsable en última instancia de los crímenes de lesa humanidad provocados contra las mujeres en nuestra sociedad, pero también ofrece una tregua con los aspectos espirituales del catolicismo, una redención, un perdón.
Catedrales, entonces, puede y debe ser leído como un ejercicio al mismo tiempo literario y político y también como una reflexión filosófica sobre el poder y los límites de la construcción de narrativas o discursos en la lucha de ideas de nuestra sociedad.
La novela negra y el femicidio como crímen político
Es muy difícil ser una buena escritora del género de la novela negra, llamada en sus orígenes clásicos como policial, detectivesca o de misterio. Se trata de uno de los géneros más populares y exigentes de la literatura, toda vez que sus fanátiques lecteres demandan que se cumplan sus leyes de hierro –un misterio que debe ser ocultado hasta el final pero aportando las pistas que animen a le lectere a descubrirlo antes que les autorxs- pero sin aburrir repitiendo recursos consagrados. Mucho más difícil si se trata de una autora que ha estudiado su tradición y respeta esa demanda con conocimiento de causa, una autora, además, que compite con su propio legado, esforzándose una vez cada dos años en los últimos quince por publicar novelas que sigan sorprendiendo, a pesar de sostener un estilo.
En Catedrales, Piñeiro construye un misterio central, el femicidio horroroso de Ana Sardá, una adolescente de 17 años de una familia católica de clase media de Adrogué a principios de la democracia alfonsinista. Siete personajes intentan develar este misterio treinta años después, en nuestro presente inmediato, dado que la novela incorpora el incendio de Notre Dame de París en abril del 2019 como marca temporal.
La estructura narrativa es la de una polifonía en la que a cada protagonista se le permite exponer sus motivos e intereses para justificar su participación en el conflicto a partir de sendos capítulos donde ejercen una especie de confesión o al menos declaración sumaria en primera persona. Queda a cada subjetividad considerar si Piñeiro ha logrado diferenciar cada voz y cada personaje al nivel que requiere la estructura narrativa elegida, pero a mi gusto y más allá de una excesiva preocupación por fundamentar cada detalle de la trama, el corazón de los personajes -sus motivos- es sólido y se sostiene.
Sorpresivamente ese misterio nodal es develado antes de la mitad de la novela, y los indicios necesarios para que le lectere los anticipe están ya en el primer tercio (pedimos disculpas por no citar con exactitud las páginas ya que hemos leído en Kindle, obligadas por las restricciones del aislamiento social obligatorio). Un giro osado para el género que Piñeiro ya usó en novelas anteriores que sirve para descolocarnos y promover una nueva obsesión. En este caso el misterio al que nos enfrentamos es descubrir a los responsables de un crimen político, que como tal no se limita a las personas concretas que lo ejecutaron y encubrieron, sino a las estructuras sociales que lo hicieron posible.
Este es el principal éxito de Catedrales, el desafío de revolucionar las leyes del género para hacer una pedagogía de absoluta necesidad para nuestra realidad cotidiana: el femicidio del que trata la novela tiene responsables materiales y responsables políticos. Todos ellos deben ser denunciados y perseguidos si queremos terminar con el verdadero femigenocidio al que estamos siendo sometidas las femineidades en nuestro país y el mundo.
Otro acierto que se desprende de éste es que las pistas que permiten anticiparse al develado explícito del misterio, sólo pueden ser comprendidas por quien asuma su lugar en la sociedad en la lucha activa por los derechos de las mujeres. Sólo estas personas podrán “darse cuenta” antes que los demás personajes cuál es el verdadero crimen que sufrió Ana. Este mecanismo narrativo es sutil e invisible, pero quien no lo detecte podrá hacerlo si presta atención a que los varones que persiguieron la verdad durante treinta años y que tuvieron acceso a todas las pruebas nunca pudieron ver lo que tenían frente a sus ojos precisamente porque para ellos, para su estructura mental los problemas fundamentales que oprimen a las mujeres no existen, no se nombran o se minimizan.
Un recurso literario magistral, un ejercicio de pedagogía política sutil e impecable que sólo es posible gracias a la maestría artesanal de la escritora y una conciencia política muy elaborada.
Bellas mentiras para develar horribles verdades
Me parece que el principal éxito de la literatura de Piñeiro está en su coherencia. En ninguna de sus novelas construye ficciones sobre universos que no conoce. Siempre está interpelando a su propia aldea: las familias de la pequeño burguesía de la zona sur del Gran Buenos Aires. Sus personajes tienen una fuerza de verosimilitud que convencen incluso a quienes la critican por lo bajo, porque son arquetipos y no caricaturas de centenares de miles de personas que existen, que piensan, hablan y actúan en nuestro alrededor de formas muy parecidas.
Sobre todo cuando se trata de las mujeres de clase media que Piñeiro moldea. Esposas agobiadas por el corsét del matrimonio y las funciones a las que obliga esta institución, ya sea en un country cerrado en los 90 o como docentes de colegios católicos privados, jóvenes estudiantes enredadas en las falsas ilusiones que ofrece el romanticismo y su fracaso en las parejas realmente existentes o ancianas agobiadas por las culpas de su pasado, las mujeres de Piñeiro tienen una fuerza de convencimiento impresionante y creemos que se debe a la audacia de la autora por sublimar sus propias dudas existenciales en cada una de las etapas que le tocaron vivir. Audacia y coraje, de nuevo, para exponerse de esta forma al mundo, desnudar sus heridas y arrugas que, aunque enmascaradas en las construcciones ficcionales que no la representan de manera concluyente, no dejan de ser posibles variantes de ella misma.
En Catedrales, Piñeiro vuelve al arquetipo de la mujer de clase media que luego de la crisis de los cuarenta y el fracaso de los mandatos sociales elabora su propias contradicciones, en este caso en la figura de Lía, que ha roto con el catolicismo, la argamasa de su familia de sangre y también con la geografía de sus raíces, exiliándose en otro continente y en otra tradición, la literatura. Si el símbolo máximo del templo de les literates es una biblioteca –recordemos a Borges y la Biblioteca Nacional- con mayor humildad Piñeiro construye su refugio en una librería modesta. Lía también aporta el elemento literario que ordena el sentido central de la novela, el cuento Catedrales de John Carver, del que se aprovecha para establecer un homenaje a las tradiciones que la propia autora asume como propias y también para fundar una bella imagen sobre el poder de su arte.
Escribir es, para Carver y Piñeiro, lo mismo que intentar transmitir a una persona no vidente las percepciones sensoriales y sensibles de quien puede ver. Un ejercicio tan íntimo y delicado como tomar la mano de la persona no vidente bajo la propia para guiarla dibujando lo que se puede ver. Las impresiones sensoriales de cada individuo son intransferibles, porque cada une de nosotres procesamos los elementos de la realidad atravesados por nuestras propias y particulares maneras de procesarla. Sin embargo, es posible acercarse al máximo y lograr el milagro de la comunicación, compartir informaciones y puntos de vista, dialogar, emocionarnos.
Lía además reivindica el uso de la literatura como tecnología de comunicación para todes, incluso para quienes no son escriteres profesionales, por eso mantiene una correspondencia con su padre en cartas físicas, de papel, que obligan a esforzarse por dibujar la letra al punto de que sea comprensible por el receptor, de tomar distancia del borrador y corregir, pulir lo que se quiere transmitir y su forma.
La otra figura femenina que construye Piñeiro para reflexionar sobre las leyes de la escritura ficcional es Graciela, la mejor amiga de Ana Sardá, quien la acompaño desde tercer grado de la primaria del Colegio Sagrado Corazón hasta el desenlace de sus últimos momentos. Graciela sufre de una situación patológica que no vamos a espoilear para no privarles de disfrutar al máximo la experiencia de seguir al personaje. Esa situación la obliga a una forma de escritura en la que Piñeiro señala con maestría la clave del oficio, construir ficciones, mentiras que rellenan los huecos que deja la percepción.
Les escriteres no están obligados a contar toda la verdad, ni siquiera toda su verdad. En el apellido de Graciela, Piñeiro nos hace un guiño para que volvamos a la imagen de los personajes clásicos de Borges donde establece por la vía de la paradoja y la ironía la imposibilidad de ningún ser humano para acceder a la comprensión absoluta de la realidad. Graciela entonces usa la literatura como lo hace cualquier ser humano, como soporte concreto de la memoria, así como nació la escritura hace cinco mil años, para retener las cuentas de los depósitos y templos que concentraban los impuestos de las clases explotadas. Y lo que no conoce, lo inventa, completa el sentido para poder construir la narrativa que le permita orientar su vida, justificarse ante el mundo.
El recurso que ha utilizado con Graciela nos recordó la increíble experiencia de Elena sabe, de 2007, en la que Piñeiro logra meternos dentro de la asfixia insoportable que significa vivir cotidianamente con una enfermedad irreversible que nos cancela el acceso a un universo de capacidades sobre los que se construye la sociedad.
Hasta aquí, Lía y Graciela, además de Ana, expresan las voces de las víctimas directas del femicidio que se discute en la novela. Antes de interpelar las voces y motivaciones de los principales responsables, la autora nos presenta a dos varones inocentes, aunque no del todo. Mateo es inocente porque ni siquiera estaba vivo cuando todo ocurrió, es el hijo de la hermana mayor de la chica asesinada, a quien no conoció y Elmer es el detective forense que descubrirá el misterio. Inocentes hasta ahí, porque las mismas estructuras que propiciaron y propician el femicidio que discutimos los colocan a ellos también como potenciales cómplices. Este aspecto no se subraya ni señala en la novela, en la que funcionan como arquetipos de los varones que con las mejores intenciones se dedican a buscar la verdad y la justicia pero que son incapaces de verlas ya sea por un exceso de ignorancia e ingenuidad (Mateo) o debido a las propias limitaciones provocadas por una formación patriarcal y machista de un detective formado en la Policía Federal del que su esposa se ha divorciado porque no logra comprender la dinámica de las relaciones fraternales entre ambos géneros. Las apreciaciones sobre el problema de la igualdad y autonomía femenina en boca del detective “bueno” (bueno porque denuncia la corrupción inherente a la Policía y el Estado) son expuestas para que quien lee juzgue si se trata de un varón intentando torpemente desconstruirse a pesar de su edad –una mirada complaciente- o alguien que es incapaz de asimilar las expresiones de la propaganda feminista contemporánea (el lenguaje inclusivo, por ejemplo) como herramientas para comprender a fondo su propia responsabilidad en la crisis de sus relaciones afectivas. Piñeiro siembra marcas textuales para cualquiera de las dos conclusiones, enmascarando en la “distancia objetiva” que los manuales de la literatura recomiendan para construir a los personajes una estrategia del feminismo conciliador al estilo de Rita Segato, por aquello de no anatemizar a todos los varones.
Para empatizar con este simpático detective Piñeiro nos lo muestra abatido en la soledad que su divorcio le provocó, producto de una intención noble, la de la búsqueda de la verdad sin dejarse corromper. Un anti héroe clásico del género, una especie de Gil Grissom del conurbano, sin la tecnología ni el presupuesto de la ficción de CSI Las Vegas representado por William Petersen en los ocho años que duró la serie televisiva de la cadena yankee CBS desde su lanzamiento en el 2000. Sin embargo, estos límites patriarcales que le son señalados casi con dulzura, explican que no haya visto en treinta años la solución del misterio con todas las pruebas necesarias a su disposición.
En ese mismo camino, la figura arquetípica más discutible de Catedrales es Alfredo, el padre de la niña asesinada, quien después de treinta años de dolor torturante consigue descubrir la verdad y ofrecérsela a las víctimas inocentes que sobrevivieron para poder sanar y reconstruir su afectividad en el futuro. La condescendencia de Piñeiro con esta figura es a mi gusto el mayor límite político de su propuesta y volveremos a ella en el final.
Las razones de los perversos
El segundo ejercicio literario que vale la pena destacar y aplaudir en esta novela es la construcción de los culpables. Piñeiro ejecuta aquí otro desafío importante para cualquier escritere, la de ponerse en la piel de personajes a quienes desprecia. Está claro que Piñeiro no viola las leyes de su oficio e intenta que sus propias opiniones no juzguen a sus personajes, ni siquiera en la aceptable posibilidad de que termine caricaturizándolos. Todo lo contrario, son quienes exponen sus casos con mayor solvencia y contundencia, al punto que la autora necesita que uno de los protagonistas les discuta su defensa argumental más irritante y perversa, para que nadie pueda hacer la lectura de que Piñeiro colabora en la defensa de un machismo reaccionario.
El ejercicio es muy saludable porque la autora intenta mostrar la forma de razonar arquetípica de los varones y mujeres que encarnan la ideología católica oficial fuera del ámbito exclusivo de la curia. No son personajes habituales, como los católicos “no practicantes” que justifican su pertenencia creyendo y repitiendo algunas tradiciones culturales pero no participan activa y militante en los rituales sociales de la Iglesia. No, Carmen y Julián son militantes convencides del dogma más rancio del Vaticano, ella como profesora en Teología y el como ex seminarista, les dos militantes de Acción Católica.
Piñeiro nos hace un aporte fundamental, nos muestra en sus personajes las bases teóricas que utiliza la Iglesia Católica para construir su ideal de masculinidad y femineidad. La autora apunta el dedo y mete sal en la llaga, la Iglesia Católica que formatea este tipo de personajes es la responsable en última instancia de los femicidios que provocan. Una institución creada por varones, los Obispos, que especifican en detalle cuáles son los valores y actitudes esperables de los únicos dos géneros que reconoce como válidos.
Piñeiro expone los mecanismos de manipulación psicológica y física con los que la Iglesia formatea a su juventud en general –retiros espirituales, campamentos, catequesis- y para transformarlos en sacerdotes en particular, utilizando los propios manuales que usa la Iglesia en la realidad, como los libros del ex Papa Joseph Ratzinger, alias Benedicto XVI. Se acusa a la imposición del celibato para el sacerdocio masculino como el principal error que explica las perversas justificaciones del protagonista. Sin desestimar del todo la causa económica del celibato –no fragmentar las riquezas del clero entre potenciales herederos- la autora enfatiza la obsesión del catolicismo contra la sexualidad humana. Y la sexualidad es el nudo que explica el crimen de esta historia.
Pero el personaje mejor logrado, más conmocionante y perturbador de Catedrales es del de Carmen. Sin ahondar demasiado, podemos decir que Piñeiro asume la audacia de señalar el nefasto rol que cumplen las mujeres católicas en la responsabilidad por los crímenes patriarcales, ya que no sólo aceptan el rol que les asignan los obispos sino que lo militan con pasión. Aquí también Piñeiro no se limita a construir el personaje con lugares comunes que ridiculicen a las católicas militantes como locas o desquiciadas. Mucho más inteligente se toma el trabajo de leer a teólogas feministas que critican a los obispos que idearon los reglamentos que indican qué parte de la Biblia debe leerse en cada misa y descubren que siempre se reproducen los pasajes donde aparecen mujeres santas consagradas por su función de madres puras, asexuadas, protectoras y encubridoras, como la Virgen María, mientras desestima todas las imágenes femeninas de la Biblia donde aparecen mujeres luchadoras, heroicas y combativas.
Si la lectura del punto de vista de Julián indigna y subleva, el capítulo de Carmen realmente logra apalear a les lecteres sensibles, abrumados por el horror de los razonamientos, tan habituales en nuestras propias experiencias familiares que nos hielan el corazón reconociéndolos en nuestras madres y hermanas. Arriesgada y saludable apuesta del feminismo de Piñeiro, que acusa a las mujeres que sostienen al patriarcado con mayor violencia y contundencia, con la autoridad que le merece haber atravesado en su propia vida seguramente todas las heridas que puede provocar una familia machista de clase media católica.
Ni olvido ni perdón
Hasta aquí intentamos desarrollar todas las características que nos han fascinado de Catedrales incluso aceptando el riesgo que provoca la extensión del texto. El límite que le encontramos no es literario, sino político. Piñeiro como ya dijimos debe ser saludada por el coraje de señalar la responsabilidad política ineludible de la Iglesia Católica en los crímenes de odio que asolan a las mujeres en nuestro país y el mundo. Sin embargo, se detiene antes de promover una ruptura definitiva con el catolicismo. Comparte con Lía el repudio a los aspectos más nocivos del dogma, la construcción de una neurosis colectiva como medio de manipulación y control de la población, así como repudia el fanatismo reaccionario de los militantes laicos, su hermana y su marido. Pero su ateísmo no va más allá, ni siquiera siguiendo uno de los hilos posibles de su propia cosmovisión.
Si existe un libro literario que demuestre el poder de las ficciones para moldear la realidad, es la Biblia. Ya en el siglo 19 los estudios filológicos alemanes demostraron hasta qué punto el Antiguo Testamento “llena los huecos” del pasado histórico inventando un mítico Jesús (recomiendo leer con paciencia El cristianismo de Karl Kautsky en 1907 reeditado en Buenos Aires hace pocos años por Ediciones Marat) y un igualmente inexistente Reino de Israel, como demostró Mario Liverani, el mayor especialista en arqueología del Antiguo Oriente en 2003 con su excelente libro Más allá de la Biblia. Historia antigua de Israel.
Estas ficciones impunes justificaron la legalidad de casi todos los Estados imperialistas del occidente desde que fuera consagrada religión oficial del Imperio Romano en el siglo cuarto. Recordemos la importancia que tuvo la Biblia para el desarrollo de la cultura comunicacional moderna, habiendo sido el primer libro impreso por Gütemberg y el impacto que tuvo el contraste de las ficciones originales para el bajo pueblo explotado por el Papa y el Emperador Carlos V con las ficciones posteriores. Lo que expuso la imprenta fue precisamente las mentiras del papado que justificaban su rol de explotadores del campesinado y les esclavos de ayer y hoy.
El ateísmo de Lía, por lo tanto, no es militante: se limita a justificar su decisión íntima de arrancarse de su herencia familiar pero no lo impugna, no protesta por el poder que todavía hoy tiene en el control de nuestras vidas. Al contrario, acepta la tregua que le propone su padre, un católico no practicante y anticlerical. Como anticipamos, la autora expone razones para perdonar la responsabilidad de Alfredo como factor dominante en la construcción de los valores que guiaron la crianza de sus hijas, lo absuelve porque lo hizo de manera pasiva, como quien acepta la nefasta justificación “así se pensaba antes”.
Aunque sea verosímil este perdón otorgado por una hija sufrida al padre que se arrepiente antes de morir e intenta por todos los medios a su disposición corregir lo que puede del desastre del que es culpable, rechazo de plano esta posición que caracteriza al feminismo liberal encarnado por Rita Segato, que aunque es capaz de desnudar sin atenuantes la responsabilidad del patriarcado en el femigenocidio que ejecuta sin piedad sobre las mujeres y personas femenizidas, absuelve a los padres “buenos” que se arrepienten de sus crímenes inconscientes o involuntarios.
Es el límite insalvable de un feminismo que se niega a ir a fondo en las conclusiones que tan bien logra identificar. La esposa que redime los errores de su marido, la hija que absuelve a su padre de buenas intenciones, no serán nunca capaces de abolir para siempre esas estructuras elementales e invisibilizadas de la violencia machista. Todo lo contrario, seguirán promoviendo en sus hermanas, amigas e hijas la búsqueda utópica de nuevos príncipes azules, igual de ficticios que sus “buenos maridos” o “chongos aliados”. Esta conciliación humanitaria, aunque bien intencionada, les impide la posibilidad de encontrar caminos para construir futuras familias que rompan con el corazón del patriarcado, su obsesión por prohibir expresiones de género y orientaciones sexuales opuestas a la heteronorma obligatoria.
No alcanza con la buena voluntad de los varones aliados, no alcanza con pedir perdón y reconocer las culpas, no alcanza con deconstruirse. Un padre no machista, en los mismos términos de Rita Segato, no es un padre. Un varón no patriarcal, no es un varón. Porque como bien estableció la antropóloga en sus investigaciones más lúcidas, la mejor expresión de un varón en nuestra cultura y sociedad , el mayor grado de masculinidad al que puede aspirar, es la poder someter la voluntad de las mujeres y personas feminizadas bajo su absoluta voluntad. El arquetipo ideal de nuestra sociedad no es el “buen padre” sino el macho violador.
Es imposible ser un “buen varón”, en una sociedad patriarcal, ser un buen varón, un buen esposo, un buen marido, es necesariamente dejar de serlo. Se trata por lo tanto, para poder pretender una sociedad que libere de sus cadenas a las mujeres y géneros disidentes, no la absolución, sino la abolición de la masculinidad.
Piñeiro, como Lía, es incapaz de romper del todo con su crianza católica. Ser católique no se reduce, como defiende la protagonista de Catedrales, a participar de la neurosis colectiva que cree en la existencia de un dios todopoderoso y omniconsciente que justifica con su voluntad las peores aberraciones. Tampoco alcanza con renunciar a la manipulación emocional que provocan el temor de dios y la hipocresía que le permite a horribles asesinos intercambiar responsabilidades con sus víctimas, invirtiendo los argumentos sobre el libre albedrío sobre el propio cuerpo con cinismo, como bien señala Catedrales. Si Lía es incapaz de quitar de sus catedrales ideales el criterio de la confesión como chantaje a cambio de la absolución de los pecados, le será imposible encontrar los caminos efectivos y concretos para abolir para siempre la reproducción de los crímenes de los que es responsable la iglesia patriarcal.
La iglesia que ilumina
La imputación de culpabilidad contra Ratzinger y los preceptos de la Iglesia medieval que sostienen el celibato por razones materiales y su obsesión contra la sexualidad humana, aunque acertadas y correctas, dejan la puerta abierta para colocar dentro del mismo catolicismo algunas variantes menos oscurantistas o incluso progresistas, con la que no estamos para nada de acuerdo. La novela expone indicios que permiten sospechar un guiño hacia los sectores del clero que promueven la reforma del celibato y una reinterpretación “feminista” del rol de la mujer dentro de la Iglesia, como si el enorme poder material y simbólico del Vaticano fuera plausible de ser reformado o evolucionado con abrir la puerta a discursos renovadores.
La función social que justifica el peso político y material de la Iglesia Católica en nuestras sociedades no deviene de su capacidad ficcional para ofrecer formas de comprender la vida cotidiana, ya sea la fe, el amor o la muerte. Su única justificación es la de ser el gendarme de la familia heterosexual como la única “célula básica” de la sociedad permitida. Su nefasta concepción del rol de la mujer como “madre sagrada” o “puta provocadora”, la Virgen María o Eva, no es por lejos el meollo del problema. La necesidad de explotar masas enormes de personas con acceso a trabajos de mierda y un enorme ejército de desocupades y desesperades en todo el planeta es la que explica las presiones simbólicas y materiales que operan los Estados en todo el globo para que las mujeres sigan siendo fábricas de brazos y no puedan ser seres humanes libres.
Ni aunque Bergoglio representase una intención de reforma progresista del edificio clerical, cosa que no nos consta del jesuita que ha igualado a las personas transgénero y las que cometen “adulterio” con el nuevo demonio (http://leomburucuyacapobianco.blogspot.com/2016/10/dios-familia-y-negocios-quien-es-el.html), el día que la Iglesia deje de aportar los argumentos que justifican la legalidad de toda represión contra la libertad de las mujeres y les géneros disidentes, el Estado patriarcal buscará alguien que lo haga. Como hace para explotar poblaciones donde el Vaticano no pincha ni corta.
Necesitamos, me parece, construir movimientos políticos que batallen en las conciencias de nuestras familias para desterrar estas ficciones reaccionarias, estos venenos virales que construyen la neurosis femigenocida que asola al planeta. Aunque suene una esperanza metafísica propia de la fé religiosa que combatimos, ojalá que esfuerzos artísticos y políticos como el de Claudia Piñeiro sean anticipos de un futuro frente ateo militante y anticlerical no tan distante.
En última instancia, esta es lo intriga más interesante que deja planteada la novela, ¿qué estarán dispuestes a hacer Lía y Mateo cuando lean la verdad y sus alcances? ¿Hasta dónde estamos dispuestes a llegar, quienes no fuimos quebrades o aniquilades por el patriarcado, quienes por alguna razón ogramos sobrevivir, para erradicar a los responsables últimos de la masacre femigenocida en la que están ahogándonos?
No pretendo exigirle a Claudia Piñeiro o Rita Segato más de lo que son capaces de dar. Me limito a tomar el guante del debate que dejan abierto y ofrecer lecturas que puedan contribuir en la lucha común en la que nos reconocemos del mismo lado de la trinchera y de la que reconocemos el enorme e imprescindible aporte que nos han legado.
Imagino el impacto emocional que puede tener esta novela para una estudiante de cualquier secundario católico privado en cualquier país de América Latina y me emociona saber que contiene lo necesario para ayudar a todas esas víctimas “asintomáticas” del veneno vaticano a romper con los mecanismos de manipulación emocional e intelectual que destruyen sus vidas.
Celebro por eso el coraje de Claudia Piñeiro para escribir y publicar Catedrales y aportar una herramienta poderosa en el camino de sanar las conciencias y estructuras emocionales de millones de adolescentes bajo el yugo de esta verdadera maldición milenaria.
En su última novela Claudia Piñeiro alcanza su máximo potencial como intelectual orgánica de la clase media progresista porteña. Lo logra manteniendo una coherencia y honestidad intelectual con las mejores herramientas de su propio arte, la literatura, sin apropiarse de recursos exteriores al oficio al que ha dedicado más de la mitad de su vida. Más allá de las diferencias de apreciación que podamos tener con los resultados de su esfuerzo, merece reconocerse y aplaudirse el coraje de esta escritora, que asume los riesgos políticos, exponiéndose a los poderes materiales y simbólicos que todavía gobiernan y dirigen nuestra sociedad. Precisamente porque hace varios años alcanzó la máxima seguridad material y simbólica de la que puede disfrutar una escritora en nuestro país, reconocida por la cúpula de la industria editorial y el establishment político, nadie la obliga a poner en riesgo sus privilegios asumiendo la crítica de una de las instituciones más poderosas del régimen social que ella misma forma parte.
Catedrales denuncia a la Iglesia Católica y su responsabilidad en los principales crímenes contra las mujeres en nuestro país. Si en toda su producción anterior Piñeiro desplegó siempre la intención de desnudar las estructuras invisibles que oprimen a las mujeres, la hipocresía de las relaciones familiares hegemónicas al interior de la clase media de la que es parte, en Las Maldiciones de 2017 inició un camino de denuncia explícita de los poderes políticos detrás de esos mecanismos invisibles, en su último trabajo apunta con nombre y apellido a una de las instituciones más poderosas que sostienen el edificio social vigente.
Como podemos comprobar en la propia novela, las catedrales católicas son mucho más que edificios dedicados al culto religioso. Se trata, como bien nos enseñaron los teóricos de la semiología moderna, de inventos humanos construidos para transmitir un mensaje, una filosofía, una manera particular de comprender la realidad. Edificios que pueden ser leídos como libros. Como tales, resumen las interpretaciones de la realidad que tuvieron sus constructores en cada momento histórico. Y como tales, también, pueden ser interpretadas de formas distintas dependiendo de las ideas y valores de cada lector, lectora o lectere.
Piñeiro nos ofrece la propia. Una catedral que pueda ser construida conservando los aspectos más bellos de la intención humana por admirar la fuerza de los sentimientos más nobles sobre el amor, la vida y la muerte, execrando todo aquello que contribuya a construir un discurso de control y opresión de las conciencias y los cuerpos. En suma, la autora propone al mismo tiempo una crítica de la ideología católica construida por la curia episcopal desde las oscuras intenciones de la iglesia medieval y sus sostenedores en el presente, presentada como responsable en última instancia de los crímenes de lesa humanidad provocados contra las mujeres en nuestra sociedad, pero también ofrece una tregua con los aspectos espirituales del catolicismo, una redención, un perdón.
Catedrales, entonces, puede y debe ser leído como un ejercicio al mismo tiempo literario y político y también como una reflexión filosófica sobre el poder y los límites de la construcción de narrativas o discursos en la lucha de ideas de nuestra sociedad.
La novela negra y el femicidio como crímen político
Es muy difícil ser una buena escritora del género de la novela negra, llamada en sus orígenes clásicos como policial, detectivesca o de misterio. Se trata de uno de los géneros más populares y exigentes de la literatura, toda vez que sus fanátiques lecteres demandan que se cumplan sus leyes de hierro –un misterio que debe ser ocultado hasta el final pero aportando las pistas que animen a le lectere a descubrirlo antes que les autorxs- pero sin aburrir repitiendo recursos consagrados. Mucho más difícil si se trata de una autora que ha estudiado su tradición y respeta esa demanda con conocimiento de causa, una autora, además, que compite con su propio legado, esforzándose una vez cada dos años en los últimos quince por publicar novelas que sigan sorprendiendo, a pesar de sostener un estilo.
En Catedrales, Piñeiro construye un misterio central, el femicidio horroroso de Ana Sardá, una adolescente de 17 años de una familia católica de clase media de Adrogué a principios de la democracia alfonsinista. Siete personajes intentan develar este misterio treinta años después, en nuestro presente inmediato, dado que la novela incorpora el incendio de Notre Dame de París en abril del 2019 como marca temporal.
La estructura narrativa es la de una polifonía en la que a cada protagonista se le permite exponer sus motivos e intereses para justificar su participación en el conflicto a partir de sendos capítulos donde ejercen una especie de confesión o al menos declaración sumaria en primera persona. Queda a cada subjetividad considerar si Piñeiro ha logrado diferenciar cada voz y cada personaje al nivel que requiere la estructura narrativa elegida, pero a mi gusto y más allá de una excesiva preocupación por fundamentar cada detalle de la trama, el corazón de los personajes -sus motivos- es sólido y se sostiene.
Sorpresivamente ese misterio nodal es develado antes de la mitad de la novela, y los indicios necesarios para que le lectere los anticipe están ya en el primer tercio (pedimos disculpas por no citar con exactitud las páginas ya que hemos leído en Kindle, obligadas por las restricciones del aislamiento social obligatorio). Un giro osado para el género que Piñeiro ya usó en novelas anteriores que sirve para descolocarnos y promover una nueva obsesión. En este caso el misterio al que nos enfrentamos es descubrir a los responsables de un crimen político, que como tal no se limita a las personas concretas que lo ejecutaron y encubrieron, sino a las estructuras sociales que lo hicieron posible.
Este es el principal éxito de Catedrales, el desafío de revolucionar las leyes del género para hacer una pedagogía de absoluta necesidad para nuestra realidad cotidiana: el femicidio del que trata la novela tiene responsables materiales y responsables políticos. Todos ellos deben ser denunciados y perseguidos si queremos terminar con el verdadero femigenocidio al que estamos siendo sometidas las femineidades en nuestro país y el mundo.
Otro acierto que se desprende de éste es que las pistas que permiten anticiparse al develado explícito del misterio, sólo pueden ser comprendidas por quien asuma su lugar en la sociedad en la lucha activa por los derechos de las mujeres. Sólo estas personas podrán “darse cuenta” antes que los demás personajes cuál es el verdadero crimen que sufrió Ana. Este mecanismo narrativo es sutil e invisible, pero quien no lo detecte podrá hacerlo si presta atención a que los varones que persiguieron la verdad durante treinta años y que tuvieron acceso a todas las pruebas nunca pudieron ver lo que tenían frente a sus ojos precisamente porque para ellos, para su estructura mental los problemas fundamentales que oprimen a las mujeres no existen, no se nombran o se minimizan.
Un recurso literario magistral, un ejercicio de pedagogía política sutil e impecable que sólo es posible gracias a la maestría artesanal de la escritora y una conciencia política muy elaborada.
Bellas mentiras para develar horribles verdades
Me parece que el principal éxito de la literatura de Piñeiro está en su coherencia. En ninguna de sus novelas construye ficciones sobre universos que no conoce. Siempre está interpelando a su propia aldea: las familias de la pequeño burguesía de la zona sur del Gran Buenos Aires. Sus personajes tienen una fuerza de verosimilitud que convencen incluso a quienes la critican por lo bajo, porque son arquetipos y no caricaturas de centenares de miles de personas que existen, que piensan, hablan y actúan en nuestro alrededor de formas muy parecidas.
Sobre todo cuando se trata de las mujeres de clase media que Piñeiro moldea. Esposas agobiadas por el corsét del matrimonio y las funciones a las que obliga esta institución, ya sea en un country cerrado en los 90 o como docentes de colegios católicos privados, jóvenes estudiantes enredadas en las falsas ilusiones que ofrece el romanticismo y su fracaso en las parejas realmente existentes o ancianas agobiadas por las culpas de su pasado, las mujeres de Piñeiro tienen una fuerza de convencimiento impresionante y creemos que se debe a la audacia de la autora por sublimar sus propias dudas existenciales en cada una de las etapas que le tocaron vivir. Audacia y coraje, de nuevo, para exponerse de esta forma al mundo, desnudar sus heridas y arrugas que, aunque enmascaradas en las construcciones ficcionales que no la representan de manera concluyente, no dejan de ser posibles variantes de ella misma.
En Catedrales, Piñeiro vuelve al arquetipo de la mujer de clase media que luego de la crisis de los cuarenta y el fracaso de los mandatos sociales elabora su propias contradicciones, en este caso en la figura de Lía, que ha roto con el catolicismo, la argamasa de su familia de sangre y también con la geografía de sus raíces, exiliándose en otro continente y en otra tradición, la literatura. Si el símbolo máximo del templo de les literates es una biblioteca –recordemos a Borges y la Biblioteca Nacional- con mayor humildad Piñeiro construye su refugio en una librería modesta. Lía también aporta el elemento literario que ordena el sentido central de la novela, el cuento Catedrales de John Carver, del que se aprovecha para establecer un homenaje a las tradiciones que la propia autora asume como propias y también para fundar una bella imagen sobre el poder de su arte.
Escribir es, para Carver y Piñeiro, lo mismo que intentar transmitir a una persona no vidente las percepciones sensoriales y sensibles de quien puede ver. Un ejercicio tan íntimo y delicado como tomar la mano de la persona no vidente bajo la propia para guiarla dibujando lo que se puede ver. Las impresiones sensoriales de cada individuo son intransferibles, porque cada une de nosotres procesamos los elementos de la realidad atravesados por nuestras propias y particulares maneras de procesarla. Sin embargo, es posible acercarse al máximo y lograr el milagro de la comunicación, compartir informaciones y puntos de vista, dialogar, emocionarnos.
Lía además reivindica el uso de la literatura como tecnología de comunicación para todes, incluso para quienes no son escriteres profesionales, por eso mantiene una correspondencia con su padre en cartas físicas, de papel, que obligan a esforzarse por dibujar la letra al punto de que sea comprensible por el receptor, de tomar distancia del borrador y corregir, pulir lo que se quiere transmitir y su forma.
La otra figura femenina que construye Piñeiro para reflexionar sobre las leyes de la escritura ficcional es Graciela, la mejor amiga de Ana Sardá, quien la acompaño desde tercer grado de la primaria del Colegio Sagrado Corazón hasta el desenlace de sus últimos momentos. Graciela sufre de una situación patológica que no vamos a espoilear para no privarles de disfrutar al máximo la experiencia de seguir al personaje. Esa situación la obliga a una forma de escritura en la que Piñeiro señala con maestría la clave del oficio, construir ficciones, mentiras que rellenan los huecos que deja la percepción.
Les escriteres no están obligados a contar toda la verdad, ni siquiera toda su verdad. En el apellido de Graciela, Piñeiro nos hace un guiño para que volvamos a la imagen de los personajes clásicos de Borges donde establece por la vía de la paradoja y la ironía la imposibilidad de ningún ser humano para acceder a la comprensión absoluta de la realidad. Graciela entonces usa la literatura como lo hace cualquier ser humano, como soporte concreto de la memoria, así como nació la escritura hace cinco mil años, para retener las cuentas de los depósitos y templos que concentraban los impuestos de las clases explotadas. Y lo que no conoce, lo inventa, completa el sentido para poder construir la narrativa que le permita orientar su vida, justificarse ante el mundo.
El recurso que ha utilizado con Graciela nos recordó la increíble experiencia de Elena sabe, de 2007, en la que Piñeiro logra meternos dentro de la asfixia insoportable que significa vivir cotidianamente con una enfermedad irreversible que nos cancela el acceso a un universo de capacidades sobre los que se construye la sociedad.
Hasta aquí, Lía y Graciela, además de Ana, expresan las voces de las víctimas directas del femicidio que se discute en la novela. Antes de interpelar las voces y motivaciones de los principales responsables, la autora nos presenta a dos varones inocentes, aunque no del todo. Mateo es inocente porque ni siquiera estaba vivo cuando todo ocurrió, es el hijo de la hermana mayor de la chica asesinada, a quien no conoció y Elmer es el detective forense que descubrirá el misterio. Inocentes hasta ahí, porque las mismas estructuras que propiciaron y propician el femicidio que discutimos los colocan a ellos también como potenciales cómplices. Este aspecto no se subraya ni señala en la novela, en la que funcionan como arquetipos de los varones que con las mejores intenciones se dedican a buscar la verdad y la justicia pero que son incapaces de verlas ya sea por un exceso de ignorancia e ingenuidad (Mateo) o debido a las propias limitaciones provocadas por una formación patriarcal y machista de un detective formado en la Policía Federal del que su esposa se ha divorciado porque no logra comprender la dinámica de las relaciones fraternales entre ambos géneros. Las apreciaciones sobre el problema de la igualdad y autonomía femenina en boca del detective “bueno” (bueno porque denuncia la corrupción inherente a la Policía y el Estado) son expuestas para que quien lee juzgue si se trata de un varón intentando torpemente desconstruirse a pesar de su edad –una mirada complaciente- o alguien que es incapaz de asimilar las expresiones de la propaganda feminista contemporánea (el lenguaje inclusivo, por ejemplo) como herramientas para comprender a fondo su propia responsabilidad en la crisis de sus relaciones afectivas. Piñeiro siembra marcas textuales para cualquiera de las dos conclusiones, enmascarando en la “distancia objetiva” que los manuales de la literatura recomiendan para construir a los personajes una estrategia del feminismo conciliador al estilo de Rita Segato, por aquello de no anatemizar a todos los varones.
Para empatizar con este simpático detective Piñeiro nos lo muestra abatido en la soledad que su divorcio le provocó, producto de una intención noble, la de la búsqueda de la verdad sin dejarse corromper. Un anti héroe clásico del género, una especie de Gil Grissom del conurbano, sin la tecnología ni el presupuesto de la ficción de CSI Las Vegas representado por William Petersen en los ocho años que duró la serie televisiva de la cadena yankee CBS desde su lanzamiento en el 2000. Sin embargo, estos límites patriarcales que le son señalados casi con dulzura, explican que no haya visto en treinta años la solución del misterio con todas las pruebas necesarias a su disposición.
En ese mismo camino, la figura arquetípica más discutible de Catedrales es Alfredo, el padre de la niña asesinada, quien después de treinta años de dolor torturante consigue descubrir la verdad y ofrecérsela a las víctimas inocentes que sobrevivieron para poder sanar y reconstruir su afectividad en el futuro. La condescendencia de Piñeiro con esta figura es a mi gusto el mayor límite político de su propuesta y volveremos a ella en el final.
Las razones de los perversos
El segundo ejercicio literario que vale la pena destacar y aplaudir en esta novela es la construcción de los culpables. Piñeiro ejecuta aquí otro desafío importante para cualquier escritere, la de ponerse en la piel de personajes a quienes desprecia. Está claro que Piñeiro no viola las leyes de su oficio e intenta que sus propias opiniones no juzguen a sus personajes, ni siquiera en la aceptable posibilidad de que termine caricaturizándolos. Todo lo contrario, son quienes exponen sus casos con mayor solvencia y contundencia, al punto que la autora necesita que uno de los protagonistas les discuta su defensa argumental más irritante y perversa, para que nadie pueda hacer la lectura de que Piñeiro colabora en la defensa de un machismo reaccionario.
El ejercicio es muy saludable porque la autora intenta mostrar la forma de razonar arquetípica de los varones y mujeres que encarnan la ideología católica oficial fuera del ámbito exclusivo de la curia. No son personajes habituales, como los católicos “no practicantes” que justifican su pertenencia creyendo y repitiendo algunas tradiciones culturales pero no participan activa y militante en los rituales sociales de la Iglesia. No, Carmen y Julián son militantes convencides del dogma más rancio del Vaticano, ella como profesora en Teología y el como ex seminarista, les dos militantes de Acción Católica.
Piñeiro nos hace un aporte fundamental, nos muestra en sus personajes las bases teóricas que utiliza la Iglesia Católica para construir su ideal de masculinidad y femineidad. La autora apunta el dedo y mete sal en la llaga, la Iglesia Católica que formatea este tipo de personajes es la responsable en última instancia de los femicidios que provocan. Una institución creada por varones, los Obispos, que especifican en detalle cuáles son los valores y actitudes esperables de los únicos dos géneros que reconoce como válidos.
Piñeiro expone los mecanismos de manipulación psicológica y física con los que la Iglesia formatea a su juventud en general –retiros espirituales, campamentos, catequesis- y para transformarlos en sacerdotes en particular, utilizando los propios manuales que usa la Iglesia en la realidad, como los libros del ex Papa Joseph Ratzinger, alias Benedicto XVI. Se acusa a la imposición del celibato para el sacerdocio masculino como el principal error que explica las perversas justificaciones del protagonista. Sin desestimar del todo la causa económica del celibato –no fragmentar las riquezas del clero entre potenciales herederos- la autora enfatiza la obsesión del catolicismo contra la sexualidad humana. Y la sexualidad es el nudo que explica el crimen de esta historia.
Pero el personaje mejor logrado, más conmocionante y perturbador de Catedrales es del de Carmen. Sin ahondar demasiado, podemos decir que Piñeiro asume la audacia de señalar el nefasto rol que cumplen las mujeres católicas en la responsabilidad por los crímenes patriarcales, ya que no sólo aceptan el rol que les asignan los obispos sino que lo militan con pasión. Aquí también Piñeiro no se limita a construir el personaje con lugares comunes que ridiculicen a las católicas militantes como locas o desquiciadas. Mucho más inteligente se toma el trabajo de leer a teólogas feministas que critican a los obispos que idearon los reglamentos que indican qué parte de la Biblia debe leerse en cada misa y descubren que siempre se reproducen los pasajes donde aparecen mujeres santas consagradas por su función de madres puras, asexuadas, protectoras y encubridoras, como la Virgen María, mientras desestima todas las imágenes femeninas de la Biblia donde aparecen mujeres luchadoras, heroicas y combativas.
Si la lectura del punto de vista de Julián indigna y subleva, el capítulo de Carmen realmente logra apalear a les lecteres sensibles, abrumados por el horror de los razonamientos, tan habituales en nuestras propias experiencias familiares que nos hielan el corazón reconociéndolos en nuestras madres y hermanas. Arriesgada y saludable apuesta del feminismo de Piñeiro, que acusa a las mujeres que sostienen al patriarcado con mayor violencia y contundencia, con la autoridad que le merece haber atravesado en su propia vida seguramente todas las heridas que puede provocar una familia machista de clase media católica.
Ni olvido ni perdón
Hasta aquí intentamos desarrollar todas las características que nos han fascinado de Catedrales incluso aceptando el riesgo que provoca la extensión del texto. El límite que le encontramos no es literario, sino político. Piñeiro como ya dijimos debe ser saludada por el coraje de señalar la responsabilidad política ineludible de la Iglesia Católica en los crímenes de odio que asolan a las mujeres en nuestro país y el mundo. Sin embargo, se detiene antes de promover una ruptura definitiva con el catolicismo. Comparte con Lía el repudio a los aspectos más nocivos del dogma, la construcción de una neurosis colectiva como medio de manipulación y control de la población, así como repudia el fanatismo reaccionario de los militantes laicos, su hermana y su marido. Pero su ateísmo no va más allá, ni siquiera siguiendo uno de los hilos posibles de su propia cosmovisión.
Si existe un libro literario que demuestre el poder de las ficciones para moldear la realidad, es la Biblia. Ya en el siglo 19 los estudios filológicos alemanes demostraron hasta qué punto el Antiguo Testamento “llena los huecos” del pasado histórico inventando un mítico Jesús (recomiendo leer con paciencia El cristianismo de Karl Kautsky en 1907 reeditado en Buenos Aires hace pocos años por Ediciones Marat) y un igualmente inexistente Reino de Israel, como demostró Mario Liverani, el mayor especialista en arqueología del Antiguo Oriente en 2003 con su excelente libro Más allá de la Biblia. Historia antigua de Israel.
Estas ficciones impunes justificaron la legalidad de casi todos los Estados imperialistas del occidente desde que fuera consagrada religión oficial del Imperio Romano en el siglo cuarto. Recordemos la importancia que tuvo la Biblia para el desarrollo de la cultura comunicacional moderna, habiendo sido el primer libro impreso por Gütemberg y el impacto que tuvo el contraste de las ficciones originales para el bajo pueblo explotado por el Papa y el Emperador Carlos V con las ficciones posteriores. Lo que expuso la imprenta fue precisamente las mentiras del papado que justificaban su rol de explotadores del campesinado y les esclavos de ayer y hoy.
El ateísmo de Lía, por lo tanto, no es militante: se limita a justificar su decisión íntima de arrancarse de su herencia familiar pero no lo impugna, no protesta por el poder que todavía hoy tiene en el control de nuestras vidas. Al contrario, acepta la tregua que le propone su padre, un católico no practicante y anticlerical. Como anticipamos, la autora expone razones para perdonar la responsabilidad de Alfredo como factor dominante en la construcción de los valores que guiaron la crianza de sus hijas, lo absuelve porque lo hizo de manera pasiva, como quien acepta la nefasta justificación “así se pensaba antes”.
Aunque sea verosímil este perdón otorgado por una hija sufrida al padre que se arrepiente antes de morir e intenta por todos los medios a su disposición corregir lo que puede del desastre del que es culpable, rechazo de plano esta posición que caracteriza al feminismo liberal encarnado por Rita Segato, que aunque es capaz de desnudar sin atenuantes la responsabilidad del patriarcado en el femigenocidio que ejecuta sin piedad sobre las mujeres y personas femenizidas, absuelve a los padres “buenos” que se arrepienten de sus crímenes inconscientes o involuntarios.
Es el límite insalvable de un feminismo que se niega a ir a fondo en las conclusiones que tan bien logra identificar. La esposa que redime los errores de su marido, la hija que absuelve a su padre de buenas intenciones, no serán nunca capaces de abolir para siempre esas estructuras elementales e invisibilizadas de la violencia machista. Todo lo contrario, seguirán promoviendo en sus hermanas, amigas e hijas la búsqueda utópica de nuevos príncipes azules, igual de ficticios que sus “buenos maridos” o “chongos aliados”. Esta conciliación humanitaria, aunque bien intencionada, les impide la posibilidad de encontrar caminos para construir futuras familias que rompan con el corazón del patriarcado, su obsesión por prohibir expresiones de género y orientaciones sexuales opuestas a la heteronorma obligatoria.
No alcanza con la buena voluntad de los varones aliados, no alcanza con pedir perdón y reconocer las culpas, no alcanza con deconstruirse. Un padre no machista, en los mismos términos de Rita Segato, no es un padre. Un varón no patriarcal, no es un varón. Porque como bien estableció la antropóloga en sus investigaciones más lúcidas, la mejor expresión de un varón en nuestra cultura y sociedad , el mayor grado de masculinidad al que puede aspirar, es la poder someter la voluntad de las mujeres y personas feminizadas bajo su absoluta voluntad. El arquetipo ideal de nuestra sociedad no es el “buen padre” sino el macho violador.
Es imposible ser un “buen varón”, en una sociedad patriarcal, ser un buen varón, un buen esposo, un buen marido, es necesariamente dejar de serlo. Se trata por lo tanto, para poder pretender una sociedad que libere de sus cadenas a las mujeres y géneros disidentes, no la absolución, sino la abolición de la masculinidad.
Piñeiro, como Lía, es incapaz de romper del todo con su crianza católica. Ser católique no se reduce, como defiende la protagonista de Catedrales, a participar de la neurosis colectiva que cree en la existencia de un dios todopoderoso y omniconsciente que justifica con su voluntad las peores aberraciones. Tampoco alcanza con renunciar a la manipulación emocional que provocan el temor de dios y la hipocresía que le permite a horribles asesinos intercambiar responsabilidades con sus víctimas, invirtiendo los argumentos sobre el libre albedrío sobre el propio cuerpo con cinismo, como bien señala Catedrales. Si Lía es incapaz de quitar de sus catedrales ideales el criterio de la confesión como chantaje a cambio de la absolución de los pecados, le será imposible encontrar los caminos efectivos y concretos para abolir para siempre la reproducción de los crímenes de los que es responsable la iglesia patriarcal.
La iglesia que ilumina
La imputación de culpabilidad contra Ratzinger y los preceptos de la Iglesia medieval que sostienen el celibato por razones materiales y su obsesión contra la sexualidad humana, aunque acertadas y correctas, dejan la puerta abierta para colocar dentro del mismo catolicismo algunas variantes menos oscurantistas o incluso progresistas, con la que no estamos para nada de acuerdo. La novela expone indicios que permiten sospechar un guiño hacia los sectores del clero que promueven la reforma del celibato y una reinterpretación “feminista” del rol de la mujer dentro de la Iglesia, como si el enorme poder material y simbólico del Vaticano fuera plausible de ser reformado o evolucionado con abrir la puerta a discursos renovadores.
La función social que justifica el peso político y material de la Iglesia Católica en nuestras sociedades no deviene de su capacidad ficcional para ofrecer formas de comprender la vida cotidiana, ya sea la fe, el amor o la muerte. Su única justificación es la de ser el gendarme de la familia heterosexual como la única “célula básica” de la sociedad permitida. Su nefasta concepción del rol de la mujer como “madre sagrada” o “puta provocadora”, la Virgen María o Eva, no es por lejos el meollo del problema. La necesidad de explotar masas enormes de personas con acceso a trabajos de mierda y un enorme ejército de desocupades y desesperades en todo el planeta es la que explica las presiones simbólicas y materiales que operan los Estados en todo el globo para que las mujeres sigan siendo fábricas de brazos y no puedan ser seres humanes libres.
Ni aunque Bergoglio representase una intención de reforma progresista del edificio clerical, cosa que no nos consta del jesuita que ha igualado a las personas transgénero y las que cometen “adulterio” con el nuevo demonio (http://leomburucuyacapobianco.blogspot.com/2016/10/dios-familia-y-negocios-quien-es-el.html), el día que la Iglesia deje de aportar los argumentos que justifican la legalidad de toda represión contra la libertad de las mujeres y les géneros disidentes, el Estado patriarcal buscará alguien que lo haga. Como hace para explotar poblaciones donde el Vaticano no pincha ni corta.
Necesitamos, me parece, construir movimientos políticos que batallen en las conciencias de nuestras familias para desterrar estas ficciones reaccionarias, estos venenos virales que construyen la neurosis femigenocida que asola al planeta. Aunque suene una esperanza metafísica propia de la fé religiosa que combatimos, ojalá que esfuerzos artísticos y políticos como el de Claudia Piñeiro sean anticipos de un futuro frente ateo militante y anticlerical no tan distante.
En última instancia, esta es lo intriga más interesante que deja planteada la novela, ¿qué estarán dispuestes a hacer Lía y Mateo cuando lean la verdad y sus alcances? ¿Hasta dónde estamos dispuestes a llegar, quienes no fuimos quebrades o aniquilades por el patriarcado, quienes por alguna razón ogramos sobrevivir, para erradicar a los responsables últimos de la masacre femigenocida en la que están ahogándonos?
No pretendo exigirle a Claudia Piñeiro o Rita Segato más de lo que son capaces de dar. Me limito a tomar el guante del debate que dejan abierto y ofrecer lecturas que puedan contribuir en la lucha común en la que nos reconocemos del mismo lado de la trinchera y de la que reconocemos el enorme e imprescindible aporte que nos han legado.
Imagino el impacto emocional que puede tener esta novela para una estudiante de cualquier secundario católico privado en cualquier país de América Latina y me emociona saber que contiene lo necesario para ayudar a todas esas víctimas “asintomáticas” del veneno vaticano a romper con los mecanismos de manipulación emocional e intelectual que destruyen sus vidas.
Celebro por eso el coraje de Claudia Piñeiro para escribir y publicar Catedrales y aportar una herramienta poderosa en el camino de sanar las conciencias y estructuras emocionales de millones de adolescentes bajo el yugo de esta verdadera maldición milenaria.
martes, 19 de mayo de 2020
La decisión del marido de Vera Drake
Hay un escena de El secreto de Vera Drake (Mike Leigh, 2004) que siempre me conmueve. Su marido entró toda la peli en el molde de un típico padre de familia obrera londinense, a excepción de la violencia verbal o física, que no sabe nada ni se inmiscuye en nada de lo que no necesita conocer por su trabajo. Cuando lo sorprende la detención de su esposa por parte de la policía descubre que Vera se dedicaba desde el fin de la Segunda Guerra a practicar abortos con un artesanal sistema usando una enema de goma, para mujeres de su misma condición social de forma voluntaria y sin fines de lucro.
El marido de Vera, presionado por la ley y el Estado, que prohibía la práctica, la religión y la moral oficial que la condenaba, presente en la desaprobación de sus propios hijos; el marido de Vera, que no tenía ningún argumento en favor del aborto, ni de género ni teórico, simplemente tomó una decisión ética: la mujer de la que se había enamorado y con la que estaba casado era incapaz de hacer nada que no fuera por bondad y amor. Y frente a todas las presiones del Estado, la religión y su familia, la bancó.
Cuando une reclama no ser maltratade por su identidad de género autopercibida en la vida cotidiana, no está reclamando "comprensión" de parte de la población que no ha terminado el secundario ni cursado profesorados o facultades, que no ha sido formada por el Estado ni sus medios de comunicaciónpara comprender a las minorías que batallamos por sostener géneros que salen de los únicos dos permitidos. Ni siquiera pedimos a nuestras familias que nos comprendan, que se empapen de argumentos y conocimientos sobre lo que sentimos y vivimos.
Sencillamente pretendemos el mínimo de empatía sin conocimiento de causa que tuvo el esposo de Vera Drake.
Cuando mi madre, a quien no dejé de amar un segundo a pesar de todo, decidió defender el insulto de género de su primogénito en la mesa familiar, tomó la misma decisión que el esposo de Vera, con las mismas cantidades de conocimiento específico aunque, lamenteblemente para mí, en un sentido inverso. Decidió defender lo que ella entiende que es la familia que construyó durante más de medio siglo de quien ella entiende la atacaba, o sea yo.
Muchos y muchas amigas que coseché bajo otra identidad de género durante casi dos décadas siguen equivocándose o trastabillando la lengua con el inconsciente, llamándome con declinaciones masculinas, y eso que estes amgues sí se han quemado las pestañas en aulas y pasillos y también muches de elles fueron apoyados por mí en muchas batallas de sus vidas. Pero se resisten a aceptar que una dijo basta a disfrazarse de quien debía ser para ellos.
Uno de ellos, Marcos, me sorprendió una tarde tomando mate pidiendo disculpas por su incapacidad para entender mi decisión y solicitándome que lo guiara en uso de palabras o lo que sea necesario para no ofenderme nunca y bancarme en mi decisión.
Dejé de ir en febrero a la verdulería más grande y barata del barrio donde compré durante quince años, el día que me harté de los "chistes" contra putos y travestis de su dueño, en los que envolvía a sus empleados. Esto después de varios meses de soportar el trato de "señor", "muchacho", "caballero" o "maestro" cuando llevaba sobre la piel y a la vista de todos claros objetos que la sociedad asigna culturalmente a las femineidades. O "señor" o "puto de mierda", para los soretes -ilustrados o no- sólo hay un trato posible, el del género que dictan socialmente tus genitales o tu dni.
En medio de la pandemia, obligada a la salida de compras mucho más que antes, en el mismo barrio de caretas soretes y vigilantes que vivo, dos empleados de comercios me sorprendieron gratamente. Ayer fuimos a darnos un premio con Leyla comprando pastas artesanales en una de las sobrevivientes fábricas más antiguas de esta parte de Villa Crespo, La Pura Pasta, en Hidalgo y Luis Viale y de entrada el señor que nos recibió detrás de la reja, me preguntó "¿Qué necesita SEÑORA?" y eso a pesar que no tenía nada de "señora" en mi vestimenta o modales. Simplemente decidió darme el mismo trato que le da a cualquier persona que se identifique de forma femenina (y que tenga cierta edad, supongo).
Reciencito nomás, mientras hacía mandados pensando si contar o no esta nimiedad para mí tan importante, y hablando con el verdulero de Angel Gallardo casi Acoyte de los precios de las frutas y verduras, en un momento me para y me dice "el otro día se me escapó decirte muchacho y mi señora me cagó a pedos porque vos no sos un muchacho" y me pidió disculpas. La señora no terminó la primaria en Bolivia, campesina como mi mamá, quizás diez años más chica. El mismo verdulero que me pedía disculpas hacía meses se había ganado mi condescendencia porque me daba el trato de "reina", típico de machito que acepta a las travestis ya sea por morbo o fetiche.
No es tan difícil ni requiere de horas de ESI.
Se trata de practicar el amor en forma de empatía. Se trata de las decisiones que tomamos y no de las cosas que estudiamos en la escuela de la calle o de la academia.
Qué tipo de ser humano querés ser. Esa es la decisión.
Como dice nuestra chamana Susy Shock, decidamos no seguir siendo nunca más esa humanidad.
El marido de Vera, presionado por la ley y el Estado, que prohibía la práctica, la religión y la moral oficial que la condenaba, presente en la desaprobación de sus propios hijos; el marido de Vera, que no tenía ningún argumento en favor del aborto, ni de género ni teórico, simplemente tomó una decisión ética: la mujer de la que se había enamorado y con la que estaba casado era incapaz de hacer nada que no fuera por bondad y amor. Y frente a todas las presiones del Estado, la religión y su familia, la bancó.
Cuando une reclama no ser maltratade por su identidad de género autopercibida en la vida cotidiana, no está reclamando "comprensión" de parte de la población que no ha terminado el secundario ni cursado profesorados o facultades, que no ha sido formada por el Estado ni sus medios de comunicaciónpara comprender a las minorías que batallamos por sostener géneros que salen de los únicos dos permitidos. Ni siquiera pedimos a nuestras familias que nos comprendan, que se empapen de argumentos y conocimientos sobre lo que sentimos y vivimos.
Sencillamente pretendemos el mínimo de empatía sin conocimiento de causa que tuvo el esposo de Vera Drake.
Cuando mi madre, a quien no dejé de amar un segundo a pesar de todo, decidió defender el insulto de género de su primogénito en la mesa familiar, tomó la misma decisión que el esposo de Vera, con las mismas cantidades de conocimiento específico aunque, lamenteblemente para mí, en un sentido inverso. Decidió defender lo que ella entiende que es la familia que construyó durante más de medio siglo de quien ella entiende la atacaba, o sea yo.
Muchos y muchas amigas que coseché bajo otra identidad de género durante casi dos décadas siguen equivocándose o trastabillando la lengua con el inconsciente, llamándome con declinaciones masculinas, y eso que estes amgues sí se han quemado las pestañas en aulas y pasillos y también muches de elles fueron apoyados por mí en muchas batallas de sus vidas. Pero se resisten a aceptar que una dijo basta a disfrazarse de quien debía ser para ellos.
Uno de ellos, Marcos, me sorprendió una tarde tomando mate pidiendo disculpas por su incapacidad para entender mi decisión y solicitándome que lo guiara en uso de palabras o lo que sea necesario para no ofenderme nunca y bancarme en mi decisión.
Dejé de ir en febrero a la verdulería más grande y barata del barrio donde compré durante quince años, el día que me harté de los "chistes" contra putos y travestis de su dueño, en los que envolvía a sus empleados. Esto después de varios meses de soportar el trato de "señor", "muchacho", "caballero" o "maestro" cuando llevaba sobre la piel y a la vista de todos claros objetos que la sociedad asigna culturalmente a las femineidades. O "señor" o "puto de mierda", para los soretes -ilustrados o no- sólo hay un trato posible, el del género que dictan socialmente tus genitales o tu dni.
En medio de la pandemia, obligada a la salida de compras mucho más que antes, en el mismo barrio de caretas soretes y vigilantes que vivo, dos empleados de comercios me sorprendieron gratamente. Ayer fuimos a darnos un premio con Leyla comprando pastas artesanales en una de las sobrevivientes fábricas más antiguas de esta parte de Villa Crespo, La Pura Pasta, en Hidalgo y Luis Viale y de entrada el señor que nos recibió detrás de la reja, me preguntó "¿Qué necesita SEÑORA?" y eso a pesar que no tenía nada de "señora" en mi vestimenta o modales. Simplemente decidió darme el mismo trato que le da a cualquier persona que se identifique de forma femenina (y que tenga cierta edad, supongo).
Reciencito nomás, mientras hacía mandados pensando si contar o no esta nimiedad para mí tan importante, y hablando con el verdulero de Angel Gallardo casi Acoyte de los precios de las frutas y verduras, en un momento me para y me dice "el otro día se me escapó decirte muchacho y mi señora me cagó a pedos porque vos no sos un muchacho" y me pidió disculpas. La señora no terminó la primaria en Bolivia, campesina como mi mamá, quizás diez años más chica. El mismo verdulero que me pedía disculpas hacía meses se había ganado mi condescendencia porque me daba el trato de "reina", típico de machito que acepta a las travestis ya sea por morbo o fetiche.
No es tan difícil ni requiere de horas de ESI.
Se trata de practicar el amor en forma de empatía. Se trata de las decisiones que tomamos y no de las cosas que estudiamos en la escuela de la calle o de la academia.
Qué tipo de ser humano querés ser. Esa es la decisión.
Como dice nuestra chamana Susy Shock, decidamos no seguir siendo nunca más esa humanidad.
viernes, 3 de abril de 2020
La nostalgia peor
A treinta años de la novela que desnudó al alfonsinismo
Zárate y el viejo tano invaden un viejo pueblo de la provincia de Buenos Aires persiguiendo las promesas de un tesoro guardado por tres estafadores que se disfrazan de sacerdotes católicos. El pueblo está abandonado y los protagonistas se dispersan de su misión para tomarse una caña en la pulpería desierta.
Aquí una genialidad: el pueblo habría sido abandonado de inmediato, por eso todo ha quedado en el lugar que estuvo siendo usado por sus habitantes en el minuto previo al éxodo. Así se explica que Zárate y el tano, además de los alcoholes, encuentren las mesas empolvadas con un juego de cartas de truco sin terminar. Haciendo lo que vienen haciendo durante toda la historia que los trajo hasta aquí después de cien páginas, estos dos desesperados deciden aceptar el convite de sus extraños destinos, se sientan a la mesa y terminan la partida.
Divertidos por la ocurrencia se mienten la falta y descubren después que no tienen nada más para apostar –porque en el truco pampeano se apuesta o no hay juego- y deciden apostar lo único que les queda, ilusiones. Como tampoco tienen, apuestan sus mejores recuerdos.
En medio de una confinación solitaria muy parecida a una cárcel, este último verano -anticipando sin saberlo la confinación obligatoria que dictaría el Estado argentino para toda su población tres meses después- la imagen de los personajes con los rostros de Miguel Ángel Solá y Pepe Soriano en la escena de la película de Héctor Olivera de 1994 se me vino, inmediata también.
Como estaba por reconocer el afano del recurso para el capítulo clave de la novela que estaba intentando terminar, la referencia de la peli me sonaba insuficiente. Entendí que debía citar el texto original y reconocer a su autor. Era de madrugada y encontré en la biblioteca el ejemplar de Una sombra ya pronto serás editado por Norma en 1996, un año antes del fallecimiento de su autor, Osvaldo Soriano, busca devenido en periodista y escritor que marcó a fuego a varias generaciones de habitantes de Argentina.
La suya, la que apostó lo mejor de su juventud en la lucha por el socialismo –nacional o comunista- y pagó con la derrota en cualquiera de sus traumáticas variantes, secuestro seguido de tortura y asesinato, o exilio seguido de olvido como le tocó al autor de esta novela. Pero también la nuestra, demasiado joven para tener que decidir participar o no de esas batallas y que tomamos como legado y mandato su derrota. O la otra, la que entendió al 83 como victoria revolucionaria que asupiciaba un reformismo democrático que nos llevaría a todes, finalmente al socialismo y que se chocaría de frente con la Semana Santa del 87, el arrugue de Alfonsín y todo el sistema de partidos políticos del régimen –incluida la Izquierda Unida de esos tiempos, la del MAS y el PC con Luis Zamora a la cabeza- frente a la presión de los milicos con Aldo Rico a la cabeza, “la Casa está en orden” y las leyes de “Punto Final” y “Obediencia Debida” que garantizaron la impunidad para los genocidas –exceptuando sólo a la Junta- y abrieron el camino para la represión clandestina del levantamiento de La Tablada y la terrible crisis humanitaria que significó para la población el fracaso del Plan Austral con la hiperinflación de 1988-89.
Encontré mi ejemplar casi impoluto, lo que me hizo sospechar que nunca había terminado de leerlo. Efectivamente, el viejo señalador estaba ahí todavía, esperando para reprocharme exactos veinte años. Lo supe porque se trata de un recorte rápido, a mano, del ángulo inferior izquierdo de la sección espectáculos del diario Página/12 del jueves 10 de febrero del año 2000. Claro que me sorprendió –como a usted que lee esto ahora- que estaba frente a la chance de terminar una lectura abandonada exactamente en otro verano, dos décadas antes. Una de esas citas con une misme que el universo siempre nos ofrece y que sólo ciertas almas sabemos apreciar. Muches menos tenemos el coraje de aceptarlas. Así que decidí terminar el juego que empecé con Soriano y lo hice.
La road movie de un linyera
Acompañé al protagonista de la novela en un camino que recién al terminarlo descubrí se trataba simplemente del sueño que tuvo en esa primera noche que le tocó dormir en el puente de la bajada de la ruta donde lo tiró su reciente desempleo y el agotamiento de sus últimos pesos. Toda la novela despliega un nivel de surrealismo tan realista, basado en una prosa típica de cronista de periodista de la segunda mitad del siglo veinte: llana, contundente, objetiva. La prosa, el léxico, las imágenes y sobre todo el ritmo paulatino y monocorde de la novela impiden que le lectere sospeche nunca que está metide en un sueño delirante, en una procesión increíble de metáforas subconscientes que se nos presentan, sin embargo, como absolutamente verosímiles.
¿Qué puede soñar un cuarentón que ha sido empujado a la miseria llana por la peor crisis económica y social de su vida, incluso después de sufrir el exilio obligado por el último genocidio de un país construido a fuerza de genocidios durante quinientos años? Surgen encadenados con lógica de hierro las imágenes devastadoras del país que recorrió su creador en la última mitad de los ochenta, poblaciones deshabitadas, sobrevivientes de una bomba atómica rebuscándoselas como pueden, seres de una solidaridad a fuerza de todo como los curitas tercermundistas y los entrenadores de clubes de barrio que sostienen comedores populares sin preguntar los datos particulares de quienes se sientan a tomar el guiso y pasar la noche; miserables pequeños comerciantes que aún arruinados se suman al buchonaje oficial establecido por los poderosos de la comunidad; una gitana made in La Plata que recorre los pueblos chicos de la provincia cobrando en especie las falsas ilusiones que vende a todas las clases sociales que necesitan matar la angustia de la incertidumbre de un país que ha borrado el futuro como posibilidad concreta para sus habitantes.
Los protagonistas principales y secundarios de la novela se van cruzando una y otra vez, en una noria existencialista que Soriano identifica con los insectos de distintas formas y tamaños que van quedando atrapados en una omnipresente telaraña invisible, pero que recuerda a ese río donde se espeja Diego de Zama (producto de la imaginación de otro gran periodista y escritor del interior argentino, Antonio Di Benedetto, quien viviera un infierno de persecución política, exilio y olvido paralelo al de Soriano), donde los peces luchan contra la corriente por ganar el centro mientras el río, implacable e impiadoso, les sigue empujando hacia las orillas, expulsándolos a una muerte segura.
Soriano en toda su obra estuvo marcado a fuego como toda su generación por las metáforas de las corrientes literarias y cinematográficas inauguradas por Camus y Sartre, el cine negro francés y el neorrealismo italiano, entre los 50 y 70, que le daban vueltas a esa nada esencial que todo individuo parece estar destinado a vivir en nuestra sociedad, engañado debajo de las falsas expectativas de progreso ilimitado y éxito que proponían las publicidades de una sociedad occidental en permanente desarrollo e innovación.
Sin perder la ternura jamás
Pero las novelas de Soriano siempre se destacaron por agregar un matiz de ternura incontenible al vacío existencial de sus personajes. Fracasados, desesperados, cínicos o ingenuos, los protagonistas que va cruzándose Zárate –que no se llama Zárate pero acepta el bautismo que preserva su intimidad- no elijen nunca la violencia contra sus semejantes para imponerse y zafar de su miseria. Incluso cuando lo intentan, su fracaso demuestra que no nacieron para hacer daño a otro ser humano.
Quizás sea esa característica, la de una ternura que inhabilita a triunfar imponiendo su interés por la vía de anular la voluntad de otro en las mismas condiciones, la que define a todos los entrañables personajes que nos vamos encontrando, desde los mencionados protagónicos, el tano Coluccini y la astróloga Nadia, y el gentleman ludópata Lem que completa el trípode donde se apoya el protagonista, hasta esos aparentes insignificantes, el fletero de sandías abandonado a la entrada del pueblo con el viejo camión de los años cincuenta ya muerto, el gordo vendedor de duchas portátiles para que se bañen peones rurales, la parejita de jóvenes que viaja en auto para cumplir su sueño de progreso en los United States, la amante de Lem y su esposo, el cuidador de la YPF atrincherado contra el asedio de su esposa a quien ha abandonado, la banda itinerante de músicos de circo que regala Mozart en amaneceres bucólicos.
Todes elles simbolizan un sector social de esa Argentina que se fue al carajo entre Martínez de Hoz y Videla y Sourrouille y Alfonsín, con Cavallo y Machinea como continuidades explicativas.
Zárate les va conociendo y aceptando ser incluido en sus biografías porque no le queda opción, sin juzgarles las disparatadas estrategias que escogieron para sobrevivir a la hecatombe social, sabiendo quizás que no hay salida de la tela de araña. Resignado, sí, y torturado por los fantasmas de su propia vida: el amor de la hija que ha abandonado dos veces, una forzada por el exilio y la segunda por su fracaso como padre proveedor. Tanto que ya no soporta vivir con él mismo, como le adivinan quienes mejor logran conocerlo.
Sin embargo, como esos personajes del cine de Charles Chaplin y Laurel y Hardy que Soriano conservó intactos en su producción adulta de sus primeras impresiones infantiles y juveniles, mantienen un destello tierno de ilusión que en última instancia justifican que sigan vivos y no abandonen de un tiro en el final. Como el delirante destacamento olvidado de soldados que sigue acuartelado en la pampa a la espera de vencer la invasión inglesa una década después de perdida la guerra.
Esa ternura de Soriano para leer a los seres humanos de su clase y condición se sostienen aún treinta años después de publicada la novela, incluso si se la examina con la conciencia avanzada por la marea feminista de los últimos cinco. Porque nadie puede escaparse tanto a la hora de escribir ficciones como para despegarse de los prejuicios que lo soldaron. Osvaldo Soriano, el que realmente existió, porteñazo típico de esos forjados por imitación de un pibe del interior que se esfuerza por pertenecer a la sociedad que decidió adoptar para triunfar, que intentó dedicarse al fútbol de manera profesional e idealiza todas esas formas que adopta la cultura popular de la masculinidad argenta del siglo veinte: fútbol, box, carreras, automovilismo y pasión por los fierros, tango y truco.
Sin embargo, cuando su protagonista se enfrenta a la única posibilidad de felicidad sexual en medio de su desamparo, en el interior de un Citröen destartalado con una mujer a la que describe con cierto desprecio gordofóbico porque no la incluye dentro de los parámetros hegemónicos de la belleza asignados a las mujeres, por sus curvas y su edad, termina descubriendo que es capaz de enamorarse a pesar de toda esa basura cultural que tiene en la cabeza, impactado por la audacia de esa mujer intrépida que sabe bien donde terminan las mentiras que inventa para desplumar ingenuos y dónde comienza su arte para comprender el confuso mundo donde se abre paso, apelando a las armas de fuego si fuera necesario.
La otra mujer que Zárate idealiza como buen macho, la joven hermosa que acompaña a su novio medio marmota en la aventura imposible de llegar a Estados Unidos atravesando un país donde escasea la nafta, que es carísima y donde todas las noches se decretan toques de queda al consumo de luz eléctrica debido a la recesión. Esa joven que primero intuye como la típica noviecita boba que se aprovecha de su belleza sexual consagrada para manipular pobres víctimas masculinas como él, también le cambia la cabeza cuando logra verla con la ternura de un padre no patriarcal, de un padre que ama y extraña porque ha perdido su condición de padre patriarcal.
Eso es lo que leo, los personajes masculinos de Una sombra ya pronto serás pueden salvarse de la crítica póstuma porque han sido despojados, no por su autor, sino por la dura realidad material, por los dueños del poder económico y social, de sus poderes como machos. Una de las condiciones claves de su ternura es esa, que no pueden ser machos y en esa expropiación, que primero interpretaron como un rotundo fracaso de su mandato de género, ahora los abraza y los preserva como seres humanos con próstata e identidad de género masculina. Expropiados de sus potencias materiales para ejercer la obligación de imponer su voluntad sobre mujeres y géneros disidentes, toda su formación cultural queda colgada de un pincel, dejando toda esa sociabilidad masculina tradicional como una simple superficie de museo, un objeto vintage que puede ser admirado y añorado sin el veneno para el que fue construido.
Desnudando al Rey
Finalmente, lejos de ganarse el derecho al recuerdo por su emotividad naif, Una sombra ya pronto serás cumple con otra de las decisiones vitales, políticas y artísticas, que Soriano ejerció durante su vida adulta: denuncia a los responsables de la tragedia que desenvuelve. Zárate, Lem, Nadia y Colucci, incluso los falsos curas, sobreviven de dedicarse a diseñar estafas con lo que tienen a mano para captar el único objeto valioso y todopoderoso de la Argentina en 1989, dólares. Y los únicos poseedores de dólares en ese paisaje surrealista e hiperrealista que magistralmente describe Soriano en el interior de la provincia más importante del país son los terratenientes parasitarios, los socios de los Rotary Clubs, los únicos que mandan sobre policías ridiculizados y jueces o políticos corruptos.
En el clímax de la trama, Colucci y Zárate intentan su mayor hazaña, desplumar a los terratenientes dueños de dos pueblos vecinos, para descubrir que esta aristocracia también obtenía sus ganancias de la estafa más miserable, de un engaño que desnuda también la situación raquítica y parasitaria de la burguesía argentina de los años setenta y ochenta. Soriano parece ingenuo pero se pone a la altura de lo mejor que puede legar cualquier artista al pueblo que lo completa en el esfuerzo de leerle, nos deja una reflexión iluminadora de la debilidad de la clase social responsable de nuestra miseria, los tejedores de la tela de araña invisible. Soriano, como Chaplin, usa su magia bella y tierna para desnudar al Rey.
Terminé mi deuda con Soriano un verano dos décadas después de haber empezado a leerlo. Cuando inicié esa lectura, mi compromiso tácito con su autor de fidelidad hasta completar un sentido posible de lo que él había comenzado al lanzar su novela al mundo, Soriano llevaba tres años fallecido. Más allá del reconocimiento del código entre escriteres que dictamina que toda obra de ficción es un invento, que el narrador no es para nada igualable al autor, que a pesar de nutrirse únicamente de las experiencias vitales de una persona concreta, todo narrador en la ficción es un enunciador distinto que el autor construye consciente o inconscientemente, no pude dejar de notar que a pesar de no tener nunca un peso en el bosillo, Zárate se las rebusca para recorrer 200 páginas fumando como un escuerzo.
Soriano murió en 1997, cincuenta y cuatro años después de haber respirado por primera vez el aire marino de Mar del Plata, debido al cáncer de pulmón que se construyó aceptando e integrando otro aspecto de la sociabilidad masculina impuesta en el siglo veinte a los varones. Es imposible leer Una sombra ya pronto serás, publicada en 1990 -se cumplen en este apocalíptico 2020 treinta años- sin pensar un segundo que se trata del ejercicio ficcional del propio Soriano sobre el mundo que intentó vivir, en esos últimos años cuando ya hemos obtenido la experiencia traumática necesaria para asumir nuestra propia finitud, entre los cuarenta y los cincuenta.
En este ejercicio de sublimar en literatura el balance de una biografía, Soriano ha logrado legarnos una metáfora genial y cruel de la derrota de su generación, que observaba con patetismo cómo moría para siempre la vieja ilusión de sus padres en “el peronismo del 45”, que muere pobre y abandonado en una ruta como el gordo de la ducha portátil, a quien sostenía vivo el producto de su trabajo y nada más, el esfuerzo inútil para mandar guita a su familia en Berazategui perdido en la recorrida trashumante por los pueblos fantasmas de una provincia arrasada.
Alberto Churchill, el nuevo mito
Pasaron treinta años y la piedad del tiempo ha venido a organizar una nueva ficción creada y recreada sistemáticamente desde las usinas del Estado, sus medios de comunicación, sus manuales de educación oficiales, las líneas interpretativas que bajan sus principales mandatarios en sus discursos, y se nos viene a presentar a Raúl Alfonsín como un líder magnánimo merecedor del homenaje y la imitación reverencial como el prócer de la democracia que supimos conseguir.
Para quienes así sueñan hoy, con un pasado idílico que nunca existió, fundando en sus ilusiones un país futuro utópico e irrealizable, una democracia conservadora pero progresista que garantice la justicia social que no pudieron consolidar ni el desarrollismo de Frondizi ni el neoliberalismo peronista de Ménen, Alsogaray, ni sus herederos más fieles, como el actual presidente, Una sombra ya pronto serás viene a sacudirles la modorra y actualizarles el sentimiento de angustia que nos inundaba a todes quienes dependíamos de un sueldo en los 80.
La Argentina entera se parecía a ese pueblo fantasma que había sido abandonado en un chispazo, con las partidas de truco abandonadas sobre las mesas a medio empezar, con las ilusiones perdidas en centenares de apuestas vitales frustradas por un Estado que se llenó mil veces la boca de falsas promesas y mil veces mostró su incapacidad para concretarlas. Sobre la derrota en los cuarteles que sufrió esa generación maravillosa en los setenta se montó luego una de las pobrezas materiales más bestiales que pudimos atestiguar en nuestra historia. Una imagen que bien pudimos volver a sentir con el fracaso de otro mito nacional, la democracia conservadora y progresista de la Alianza entre De la Rúa y el peronismo de izquierda del Chacho Álvarez o Ibarra, o bajo el derrumbe de las ilusiones más berretas del socialismo capitalista de los Kirchner, que habilitaron esta tragedia descomunal de los cuatro años macristas.
No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió cantaba Joaquín Sabina también en 1990 en su propia elaboración ficcional de las frustraciones políticas de las generaciones revolucionarias de los setenta después de la tormenta bien entrados los años 80 en “Con la frente marchita”. Sabina se refiere al socialismo mundial con el que soñaba su amante nacida en el Río de la Plata mientras él intentaba seducirla con agüita del mar andaluz en los puestos de artesanos del parque de El Retiro en Madrid.
Lo que nunca jamás sucedió, sin embargo, en el caso de los protagonistas de la tragedia de Soriano, es ese Estado de Bienestar sin revolución proletaria que la burguesía nacionalista en sus distintas variantes prometieron una y otra vez a las generaciones de honestes luchaderes que dieron lo mejor de su vida –sus ilusiones y recuerdos- a cambio de construir.
Hay una novela bellamente triste alojada en los anaqueles de las bibliotecas populares cerca de tu barrio, que sigue latiendo treinta años después para recordarte, si todavía tenés energía y ganas de construir un país justo para las grandes mayorías, que no le apuestes más a las cartas equivocadas. Que no te dejes estafar de nuevo por proyectos políticos que intentan “presionar” a los poderosos para conseguir arrancarle derechos ciudadanos para quienes son excluidos de ellos.
Gracias a obras de arte tan hermosamente construidas, por artistas tan generosos como para hacer público su balance de vida, mostrarnos sus llagas y dolores, tenemos una chance de comprender, aprender, superarnos y evitar encontrarnos dentro de treinta años, nostalgiando nuevas derrotas y desilusiones, cantando las mismas canciones en los fogones, llorando los mismos lamentos sobre las mesas de vino.
Gracias Osvaldo eterno, los tantos sobre la mesa, pago mi deuda y sigo.
Zárate y el viejo tano invaden un viejo pueblo de la provincia de Buenos Aires persiguiendo las promesas de un tesoro guardado por tres estafadores que se disfrazan de sacerdotes católicos. El pueblo está abandonado y los protagonistas se dispersan de su misión para tomarse una caña en la pulpería desierta.
Aquí una genialidad: el pueblo habría sido abandonado de inmediato, por eso todo ha quedado en el lugar que estuvo siendo usado por sus habitantes en el minuto previo al éxodo. Así se explica que Zárate y el tano, además de los alcoholes, encuentren las mesas empolvadas con un juego de cartas de truco sin terminar. Haciendo lo que vienen haciendo durante toda la historia que los trajo hasta aquí después de cien páginas, estos dos desesperados deciden aceptar el convite de sus extraños destinos, se sientan a la mesa y terminan la partida.
Divertidos por la ocurrencia se mienten la falta y descubren después que no tienen nada más para apostar –porque en el truco pampeano se apuesta o no hay juego- y deciden apostar lo único que les queda, ilusiones. Como tampoco tienen, apuestan sus mejores recuerdos.
En medio de una confinación solitaria muy parecida a una cárcel, este último verano -anticipando sin saberlo la confinación obligatoria que dictaría el Estado argentino para toda su población tres meses después- la imagen de los personajes con los rostros de Miguel Ángel Solá y Pepe Soriano en la escena de la película de Héctor Olivera de 1994 se me vino, inmediata también.
Como estaba por reconocer el afano del recurso para el capítulo clave de la novela que estaba intentando terminar, la referencia de la peli me sonaba insuficiente. Entendí que debía citar el texto original y reconocer a su autor. Era de madrugada y encontré en la biblioteca el ejemplar de Una sombra ya pronto serás editado por Norma en 1996, un año antes del fallecimiento de su autor, Osvaldo Soriano, busca devenido en periodista y escritor que marcó a fuego a varias generaciones de habitantes de Argentina.
La suya, la que apostó lo mejor de su juventud en la lucha por el socialismo –nacional o comunista- y pagó con la derrota en cualquiera de sus traumáticas variantes, secuestro seguido de tortura y asesinato, o exilio seguido de olvido como le tocó al autor de esta novela. Pero también la nuestra, demasiado joven para tener que decidir participar o no de esas batallas y que tomamos como legado y mandato su derrota. O la otra, la que entendió al 83 como victoria revolucionaria que asupiciaba un reformismo democrático que nos llevaría a todes, finalmente al socialismo y que se chocaría de frente con la Semana Santa del 87, el arrugue de Alfonsín y todo el sistema de partidos políticos del régimen –incluida la Izquierda Unida de esos tiempos, la del MAS y el PC con Luis Zamora a la cabeza- frente a la presión de los milicos con Aldo Rico a la cabeza, “la Casa está en orden” y las leyes de “Punto Final” y “Obediencia Debida” que garantizaron la impunidad para los genocidas –exceptuando sólo a la Junta- y abrieron el camino para la represión clandestina del levantamiento de La Tablada y la terrible crisis humanitaria que significó para la población el fracaso del Plan Austral con la hiperinflación de 1988-89.
Encontré mi ejemplar casi impoluto, lo que me hizo sospechar que nunca había terminado de leerlo. Efectivamente, el viejo señalador estaba ahí todavía, esperando para reprocharme exactos veinte años. Lo supe porque se trata de un recorte rápido, a mano, del ángulo inferior izquierdo de la sección espectáculos del diario Página/12 del jueves 10 de febrero del año 2000. Claro que me sorprendió –como a usted que lee esto ahora- que estaba frente a la chance de terminar una lectura abandonada exactamente en otro verano, dos décadas antes. Una de esas citas con une misme que el universo siempre nos ofrece y que sólo ciertas almas sabemos apreciar. Muches menos tenemos el coraje de aceptarlas. Así que decidí terminar el juego que empecé con Soriano y lo hice.
La road movie de un linyera
Acompañé al protagonista de la novela en un camino que recién al terminarlo descubrí se trataba simplemente del sueño que tuvo en esa primera noche que le tocó dormir en el puente de la bajada de la ruta donde lo tiró su reciente desempleo y el agotamiento de sus últimos pesos. Toda la novela despliega un nivel de surrealismo tan realista, basado en una prosa típica de cronista de periodista de la segunda mitad del siglo veinte: llana, contundente, objetiva. La prosa, el léxico, las imágenes y sobre todo el ritmo paulatino y monocorde de la novela impiden que le lectere sospeche nunca que está metide en un sueño delirante, en una procesión increíble de metáforas subconscientes que se nos presentan, sin embargo, como absolutamente verosímiles.
¿Qué puede soñar un cuarentón que ha sido empujado a la miseria llana por la peor crisis económica y social de su vida, incluso después de sufrir el exilio obligado por el último genocidio de un país construido a fuerza de genocidios durante quinientos años? Surgen encadenados con lógica de hierro las imágenes devastadoras del país que recorrió su creador en la última mitad de los ochenta, poblaciones deshabitadas, sobrevivientes de una bomba atómica rebuscándoselas como pueden, seres de una solidaridad a fuerza de todo como los curitas tercermundistas y los entrenadores de clubes de barrio que sostienen comedores populares sin preguntar los datos particulares de quienes se sientan a tomar el guiso y pasar la noche; miserables pequeños comerciantes que aún arruinados se suman al buchonaje oficial establecido por los poderosos de la comunidad; una gitana made in La Plata que recorre los pueblos chicos de la provincia cobrando en especie las falsas ilusiones que vende a todas las clases sociales que necesitan matar la angustia de la incertidumbre de un país que ha borrado el futuro como posibilidad concreta para sus habitantes.
Los protagonistas principales y secundarios de la novela se van cruzando una y otra vez, en una noria existencialista que Soriano identifica con los insectos de distintas formas y tamaños que van quedando atrapados en una omnipresente telaraña invisible, pero que recuerda a ese río donde se espeja Diego de Zama (producto de la imaginación de otro gran periodista y escritor del interior argentino, Antonio Di Benedetto, quien viviera un infierno de persecución política, exilio y olvido paralelo al de Soriano), donde los peces luchan contra la corriente por ganar el centro mientras el río, implacable e impiadoso, les sigue empujando hacia las orillas, expulsándolos a una muerte segura.
Soriano en toda su obra estuvo marcado a fuego como toda su generación por las metáforas de las corrientes literarias y cinematográficas inauguradas por Camus y Sartre, el cine negro francés y el neorrealismo italiano, entre los 50 y 70, que le daban vueltas a esa nada esencial que todo individuo parece estar destinado a vivir en nuestra sociedad, engañado debajo de las falsas expectativas de progreso ilimitado y éxito que proponían las publicidades de una sociedad occidental en permanente desarrollo e innovación.
Sin perder la ternura jamás
Quizás sea esa característica, la de una ternura que inhabilita a triunfar imponiendo su interés por la vía de anular la voluntad de otro en las mismas condiciones, la que define a todos los entrañables personajes que nos vamos encontrando, desde los mencionados protagónicos, el tano Coluccini y la astróloga Nadia, y el gentleman ludópata Lem que completa el trípode donde se apoya el protagonista, hasta esos aparentes insignificantes, el fletero de sandías abandonado a la entrada del pueblo con el viejo camión de los años cincuenta ya muerto, el gordo vendedor de duchas portátiles para que se bañen peones rurales, la parejita de jóvenes que viaja en auto para cumplir su sueño de progreso en los United States, la amante de Lem y su esposo, el cuidador de la YPF atrincherado contra el asedio de su esposa a quien ha abandonado, la banda itinerante de músicos de circo que regala Mozart en amaneceres bucólicos.
Todes elles simbolizan un sector social de esa Argentina que se fue al carajo entre Martínez de Hoz y Videla y Sourrouille y Alfonsín, con Cavallo y Machinea como continuidades explicativas.
Zárate les va conociendo y aceptando ser incluido en sus biografías porque no le queda opción, sin juzgarles las disparatadas estrategias que escogieron para sobrevivir a la hecatombe social, sabiendo quizás que no hay salida de la tela de araña. Resignado, sí, y torturado por los fantasmas de su propia vida: el amor de la hija que ha abandonado dos veces, una forzada por el exilio y la segunda por su fracaso como padre proveedor. Tanto que ya no soporta vivir con él mismo, como le adivinan quienes mejor logran conocerlo.
Sin embargo, como esos personajes del cine de Charles Chaplin y Laurel y Hardy que Soriano conservó intactos en su producción adulta de sus primeras impresiones infantiles y juveniles, mantienen un destello tierno de ilusión que en última instancia justifican que sigan vivos y no abandonen de un tiro en el final. Como el delirante destacamento olvidado de soldados que sigue acuartelado en la pampa a la espera de vencer la invasión inglesa una década después de perdida la guerra.
Esa ternura de Soriano para leer a los seres humanos de su clase y condición se sostienen aún treinta años después de publicada la novela, incluso si se la examina con la conciencia avanzada por la marea feminista de los últimos cinco. Porque nadie puede escaparse tanto a la hora de escribir ficciones como para despegarse de los prejuicios que lo soldaron. Osvaldo Soriano, el que realmente existió, porteñazo típico de esos forjados por imitación de un pibe del interior que se esfuerza por pertenecer a la sociedad que decidió adoptar para triunfar, que intentó dedicarse al fútbol de manera profesional e idealiza todas esas formas que adopta la cultura popular de la masculinidad argenta del siglo veinte: fútbol, box, carreras, automovilismo y pasión por los fierros, tango y truco.
Sin embargo, cuando su protagonista se enfrenta a la única posibilidad de felicidad sexual en medio de su desamparo, en el interior de un Citröen destartalado con una mujer a la que describe con cierto desprecio gordofóbico porque no la incluye dentro de los parámetros hegemónicos de la belleza asignados a las mujeres, por sus curvas y su edad, termina descubriendo que es capaz de enamorarse a pesar de toda esa basura cultural que tiene en la cabeza, impactado por la audacia de esa mujer intrépida que sabe bien donde terminan las mentiras que inventa para desplumar ingenuos y dónde comienza su arte para comprender el confuso mundo donde se abre paso, apelando a las armas de fuego si fuera necesario.
La otra mujer que Zárate idealiza como buen macho, la joven hermosa que acompaña a su novio medio marmota en la aventura imposible de llegar a Estados Unidos atravesando un país donde escasea la nafta, que es carísima y donde todas las noches se decretan toques de queda al consumo de luz eléctrica debido a la recesión. Esa joven que primero intuye como la típica noviecita boba que se aprovecha de su belleza sexual consagrada para manipular pobres víctimas masculinas como él, también le cambia la cabeza cuando logra verla con la ternura de un padre no patriarcal, de un padre que ama y extraña porque ha perdido su condición de padre patriarcal.
Eso es lo que leo, los personajes masculinos de Una sombra ya pronto serás pueden salvarse de la crítica póstuma porque han sido despojados, no por su autor, sino por la dura realidad material, por los dueños del poder económico y social, de sus poderes como machos. Una de las condiciones claves de su ternura es esa, que no pueden ser machos y en esa expropiación, que primero interpretaron como un rotundo fracaso de su mandato de género, ahora los abraza y los preserva como seres humanos con próstata e identidad de género masculina. Expropiados de sus potencias materiales para ejercer la obligación de imponer su voluntad sobre mujeres y géneros disidentes, toda su formación cultural queda colgada de un pincel, dejando toda esa sociabilidad masculina tradicional como una simple superficie de museo, un objeto vintage que puede ser admirado y añorado sin el veneno para el que fue construido.
Desnudando al Rey
Finalmente, lejos de ganarse el derecho al recuerdo por su emotividad naif, Una sombra ya pronto serás cumple con otra de las decisiones vitales, políticas y artísticas, que Soriano ejerció durante su vida adulta: denuncia a los responsables de la tragedia que desenvuelve. Zárate, Lem, Nadia y Colucci, incluso los falsos curas, sobreviven de dedicarse a diseñar estafas con lo que tienen a mano para captar el único objeto valioso y todopoderoso de la Argentina en 1989, dólares. Y los únicos poseedores de dólares en ese paisaje surrealista e hiperrealista que magistralmente describe Soriano en el interior de la provincia más importante del país son los terratenientes parasitarios, los socios de los Rotary Clubs, los únicos que mandan sobre policías ridiculizados y jueces o políticos corruptos.
En el clímax de la trama, Colucci y Zárate intentan su mayor hazaña, desplumar a los terratenientes dueños de dos pueblos vecinos, para descubrir que esta aristocracia también obtenía sus ganancias de la estafa más miserable, de un engaño que desnuda también la situación raquítica y parasitaria de la burguesía argentina de los años setenta y ochenta. Soriano parece ingenuo pero se pone a la altura de lo mejor que puede legar cualquier artista al pueblo que lo completa en el esfuerzo de leerle, nos deja una reflexión iluminadora de la debilidad de la clase social responsable de nuestra miseria, los tejedores de la tela de araña invisible. Soriano, como Chaplin, usa su magia bella y tierna para desnudar al Rey.
Terminé mi deuda con Soriano un verano dos décadas después de haber empezado a leerlo. Cuando inicié esa lectura, mi compromiso tácito con su autor de fidelidad hasta completar un sentido posible de lo que él había comenzado al lanzar su novela al mundo, Soriano llevaba tres años fallecido. Más allá del reconocimiento del código entre escriteres que dictamina que toda obra de ficción es un invento, que el narrador no es para nada igualable al autor, que a pesar de nutrirse únicamente de las experiencias vitales de una persona concreta, todo narrador en la ficción es un enunciador distinto que el autor construye consciente o inconscientemente, no pude dejar de notar que a pesar de no tener nunca un peso en el bosillo, Zárate se las rebusca para recorrer 200 páginas fumando como un escuerzo.
Soriano murió en 1997, cincuenta y cuatro años después de haber respirado por primera vez el aire marino de Mar del Plata, debido al cáncer de pulmón que se construyó aceptando e integrando otro aspecto de la sociabilidad masculina impuesta en el siglo veinte a los varones. Es imposible leer Una sombra ya pronto serás, publicada en 1990 -se cumplen en este apocalíptico 2020 treinta años- sin pensar un segundo que se trata del ejercicio ficcional del propio Soriano sobre el mundo que intentó vivir, en esos últimos años cuando ya hemos obtenido la experiencia traumática necesaria para asumir nuestra propia finitud, entre los cuarenta y los cincuenta.
En este ejercicio de sublimar en literatura el balance de una biografía, Soriano ha logrado legarnos una metáfora genial y cruel de la derrota de su generación, que observaba con patetismo cómo moría para siempre la vieja ilusión de sus padres en “el peronismo del 45”, que muere pobre y abandonado en una ruta como el gordo de la ducha portátil, a quien sostenía vivo el producto de su trabajo y nada más, el esfuerzo inútil para mandar guita a su familia en Berazategui perdido en la recorrida trashumante por los pueblos fantasmas de una provincia arrasada.
Alberto Churchill, el nuevo mito
Pasaron treinta años y la piedad del tiempo ha venido a organizar una nueva ficción creada y recreada sistemáticamente desde las usinas del Estado, sus medios de comunicación, sus manuales de educación oficiales, las líneas interpretativas que bajan sus principales mandatarios en sus discursos, y se nos viene a presentar a Raúl Alfonsín como un líder magnánimo merecedor del homenaje y la imitación reverencial como el prócer de la democracia que supimos conseguir.
Para quienes así sueñan hoy, con un pasado idílico que nunca existió, fundando en sus ilusiones un país futuro utópico e irrealizable, una democracia conservadora pero progresista que garantice la justicia social que no pudieron consolidar ni el desarrollismo de Frondizi ni el neoliberalismo peronista de Ménen, Alsogaray, ni sus herederos más fieles, como el actual presidente, Una sombra ya pronto serás viene a sacudirles la modorra y actualizarles el sentimiento de angustia que nos inundaba a todes quienes dependíamos de un sueldo en los 80.
La Argentina entera se parecía a ese pueblo fantasma que había sido abandonado en un chispazo, con las partidas de truco abandonadas sobre las mesas a medio empezar, con las ilusiones perdidas en centenares de apuestas vitales frustradas por un Estado que se llenó mil veces la boca de falsas promesas y mil veces mostró su incapacidad para concretarlas. Sobre la derrota en los cuarteles que sufrió esa generación maravillosa en los setenta se montó luego una de las pobrezas materiales más bestiales que pudimos atestiguar en nuestra historia. Una imagen que bien pudimos volver a sentir con el fracaso de otro mito nacional, la democracia conservadora y progresista de la Alianza entre De la Rúa y el peronismo de izquierda del Chacho Álvarez o Ibarra, o bajo el derrumbe de las ilusiones más berretas del socialismo capitalista de los Kirchner, que habilitaron esta tragedia descomunal de los cuatro años macristas.
No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió cantaba Joaquín Sabina también en 1990 en su propia elaboración ficcional de las frustraciones políticas de las generaciones revolucionarias de los setenta después de la tormenta bien entrados los años 80 en “Con la frente marchita”. Sabina se refiere al socialismo mundial con el que soñaba su amante nacida en el Río de la Plata mientras él intentaba seducirla con agüita del mar andaluz en los puestos de artesanos del parque de El Retiro en Madrid.
Lo que nunca jamás sucedió, sin embargo, en el caso de los protagonistas de la tragedia de Soriano, es ese Estado de Bienestar sin revolución proletaria que la burguesía nacionalista en sus distintas variantes prometieron una y otra vez a las generaciones de honestes luchaderes que dieron lo mejor de su vida –sus ilusiones y recuerdos- a cambio de construir.
Hay una novela bellamente triste alojada en los anaqueles de las bibliotecas populares cerca de tu barrio, que sigue latiendo treinta años después para recordarte, si todavía tenés energía y ganas de construir un país justo para las grandes mayorías, que no le apuestes más a las cartas equivocadas. Que no te dejes estafar de nuevo por proyectos políticos que intentan “presionar” a los poderosos para conseguir arrancarle derechos ciudadanos para quienes son excluidos de ellos.
Gracias a obras de arte tan hermosamente construidas, por artistas tan generosos como para hacer público su balance de vida, mostrarnos sus llagas y dolores, tenemos una chance de comprender, aprender, superarnos y evitar encontrarnos dentro de treinta años, nostalgiando nuevas derrotas y desilusiones, cantando las mismas canciones en los fogones, llorando los mismos lamentos sobre las mesas de vino.
Gracias Osvaldo eterno, los tantos sobre la mesa, pago mi deuda y sigo.
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