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martes, 25 de octubre de 2016

Arriba los walkers del mundo


La publicación de “The Walking Dead. Las masas hambrientas regresan a la tv”, escrita por Washington Benítez, en Prensa Obrera digital del lunes 23 de octubre de 2016 (http://www.po.org.ar/prensaObrera/online/cultura/the-walking-dead-las-masas-hambrientas-regresan-a-la-tv) debe saludarse por la oportunidad de un debate enriquecedor para los/as trabajadores/as que nos formamos con este periódico.

Porque si las masas la siguen con tamaña fidelidad a lo largo del globo, creemos que se debe a que ven en TWD la proyección de lo que les pasa por la cabeza; por eso, un debate sobre TWD nos podría decir algo más sobre la conciencia de las masas.

La nota aprovecha la oportunidad del estreno del sexto año de la serie para aportar datos fundamentales a su análisis. El autor coloca correctamente la serie en la tradición del fundador del subgénero zombie, George Romero, como uno de los más politizados del campo de la cultura popular, como está pasando con la novela negra (ver  http://santoscapobianco.blogspot.com.ar/2016/07/la-novela-negra-donde-literatura-y.html). Este aporte de Prensa Obrera supera la crítica de la cultura popular superficial que la mira como una más de las expresiones de moda que grafican la catástrofe capitalista, señalando con aguda justeza que se trata de un género “catastrofista”, es decir, que no encuentra “final feliz” en los marcos del propio sistema social degenerado.

Por eso nos extraña la contundencia del autor para señalar que TWD no tiene el contenido de crítica social de la saga de películas de George Romero. Ya debería ser paradójico que una serie en la que “la lucha por el poder marca el ritmo de la trama” se caracterice como “sin crítica social” pues, qué hay más social que la lucha por el poder.

Efectivamente, la característica central de TWD es que la epidemia zombie ha derrumbado al Estado en el corazón del imperio capitalista y que se ha cumplido la fantasía distópica más común, el retorno a la horda; pero cada horda se debate entre distintas formas de organización social según los recursos humanos y materiales a mano. Entre ellas, su protagonista (un sheriff cuyo sombrero de policía es uno de los logotipos de la serie) representa la esperanza de la reconstrucción del Estado “bueno” y paternalista al que supuestamente habría llegado la humanidad antes de la hecatombe.

En estos seis años los seguidores de la serie han visto degradarse y desmembrarse el sueño americano (y alfonsinista) de la democracia burguesa que curaría todos los males del mundo (el capitalismo bueno con el que engaña las ilusiones el Vaticano) frente a modelos más exitosos dentro de la barbarie, como el feudalismo absolutista con remedos de participación de concejos de El Gobernador, seguramente lo más logrado de la serie, o el feudalismo basado en el terror personal directo, como en la nueva y sádica temporada.

Se podría decir que hay una cuota de pesimismo derechista en el planteo de la serie, ya que los ciudadanos norteamericanos sufren más por la pérdida de la confianza en su amada e idealizada democracia ante el avance de las tiranías, que por los escopetazos a las cabezas de pequeñas niñas vivas-muertas. La lucha entre los diferentes regímenes políticos transforma a la serie en un laboratorio político y social donde los espectadores discuten el poder. En esta nueva temporada el pesimismo ante la superioridad inevitable de los líderes más sádicos (hobbesianos) frente al “buen salvaje” y la naturaleza “buena” del ser humano parece lo que va a imponerse.

Es la crisis capitalista, estúpido

Creemos que el éxito de masas de TWD se explica porque permite al público yankee hacer catarsis con la crisis económica y social más violenta que vive el país desde 1929. Los cómics originales y la tradición de Romero y el cine clase B muestran que hasta TWD el subgénero zombie expresaba la crisis de conciencia de un pequeño sector de la sociedad, el de la pequeño burguesía culta y la clase obrera con mayores recursos culturales y materiales. Ahora la FOX, quizá la mejor expresión del oportunismo capitalista en la industria cultural, ha detectado su potencialidad de masas y le ha acertado con creces.

Hay que intentar explicarse este éxito de masas. Las imágenes de barbarie urbana de las primeras temporadas recuerdan el capítulo de los Simpson en que un periodista finge interesarse en la biografía del abuelo Abraham y ven a través de la ventanilla del vagón de tren escenas de villas miserias en ciudades yankees idénticas a las que se recuerdan de la Gran Depresión.

Los millones de almas que miran TWD en EEUU están impactadas por las escenas de grandes capitales desiertas, abandonadas o pobladas de gente viva pero sin vida, porque los zombies pueden ser también una terrible metáfora de las consecuencias físicas que provoca la alienación capitalista entre las “masas hambrientas”.  (Coincido con el joven novelista Leonardo Oyola, autor de Chamamé  y Kriptonita, que en una entrevista para el libro Rastros de Evaristo Cultural, asocia los zombies con los pibes adictos al paco que pululan lamentablemente por nuestras barriadas populares, págs. 49 y ss.)

La primera temporada hacía pensar todo el tiempo en esas imágenes que relataba Prensa Obrera #1286 el 19/9/2013 (http://www.po.org.ar/prensaObrera/1286/internacionales/miles-de-perros-semisalvajes-invaden-detroit), sobre la invasión de perros salvajes en las casas vacías de la otrora capital automotriz del mundo, Detroit, ocupando el lugar de las familias obreras desalojadas por la crisis de las hipotecas subprime de 2007 que ahora habitan las villa miserias más grandes del mundo, en los famosos barrios de trailers y casas rodantes.

El público yanqui está fascinado con los alcances de la destrucción de su american way of life, de la crisis capitalista que todo el mundo negaba antes de Lehmann Brothers y que incluso banalizaban después. La cultura popular yanqui es profusa en este tipo de ucronías, desde el maravilloso El Talón de Hierro de Jack London de 1908 que el propio Trotsky felicitó en carta personal a la hija del escritor o la genial obra de Philip Dick, particularmente su famoso libro de 1968 ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, inmortalizada para las masas en la peli Blade Runner de 1982. De paso cabe señalar como hipótesis que estas dos miradas literarias de la crisis capitalista aportan un optimismo en la humanidad superador de la esperanza boba de los escritores influenciados por el naturalismo estilo Emile Zolá (o el romanticismo costumbrista de Máximo Gorki) como Las viñas de ira, de John Steimbeck (1939) o la desolación pesimista de cualquier obra de William Faulkner ante el avance de la descomposición social en el viejo corazón agrario de los farmers yanquis en la crisis del 30.

Hobbes, Nietszche o Marx 

Tanto los guionistas del cómic como los de la serie, comparten con el público norteamericano una esperanza en una salida individual, la búsqueda de un líder que los lleve al paraíso. La cultura del superhombre que Nietzche vulgarizó de Shopenhauer (filósofo contemporáneo a Hegel y enfrentado por derecha al creador de la filosofía dialéctica idealista) ha penetrado en la cultura de masas yankee como en ningún otro lugar. Así, cada personaje encarna la esperanza de un sector social: Michone a la mujer negra oprimida, la víctima de abuso por parte de su marido que se empodera (Carol), el patriarca bueno bíblico que dirige la granja con la filosofía de los “padres fundadores” (Hershel), etc. El caso más audaz si se quiere es el llamado a la regeneración de la raza blanca, encarnada en la tragedia de Daryl que rompe con el programa racista popular del obrero pobre blanco representado en su hermano, para transformarse en un buen hombre, tierno y enamorado que usa su violencia en pos de la comunidad, recuperando la esperanza blanca sajona más famosa, Robin Hood, con quien comparte la misma arma simbólica.

Fox ha exacerbado esta ilusión individualista aprovechando la presión que ejercen los fanáticos a través de las redes en dos sentidos nefastos. Primero porque ha reducido un excelente guión a una compulsa tipo Gran Hermano: vota cuál de tus héroes muere en esta temporada; segundo, porque obliga a los actores a sostener su estabilidad laboral dependiendo del humor del público, lo que es mucho más macabro que las escenas de brazos cortados y muertos vivos.

El límite de esa catarsis se podrá ver en su desenlace si la Fox encuentra algún recurso artificial para darle un happy ending, ya que como bien señala Prensa Obrera, el principal éxito de TWD está en que no hay final feliz, ya que al científico que tenía “la papa” lo mataron no bien empezó la serie, ya que es imposible montar una organización social “buena” en medio de la barbarie. Podría ser la frustración más fuerte desde el fayuto final de Lost en 2010.

Triste, porque ni entre los productores y guionistas ni el público masivo, campea el optimismo con que los fundadores del socialismo hace 100 años pensaban los orígenes de la especie humana, que si bien sufría bajo el imperio de la necesidad y la barbarie de la naturaleza, basó su “éxito darwiniano” en la organización comunista de la propiedad, la igualdad social y un permanente desarrollo de la tecnología al servicio del bien común. Las masas yanquis, que están lejos de la organización política y sindical revolucionaria de las grandes huelgas generales de los mártires de Chicago que inspiraron la utopía de London o de las luchas de los 30 y 70 alentadas por el avance de la URSS que inspiraron a Steimbeck o Dick, hoy, en medio del fracaso de la ilusión Obama, empantanadas entre dos caras del mismo monstruo fascista (la honesta y descarnada de Trump y la demagógica y embaucadora de Hillary Clinton) están deprimidas, y la Fox alimenta su depresión.

La emancipación de los zombies será obra de ellos mismos o no será

Lo que nos lleva a la última pregunta que nos genera la serie, ¿por qué millones de personas la miran en nuestro país? ¿qué catarsis hacen las masas de las colonias y semicolonias del mundo con la crisis yankee? Modestamente creo que estamos viendo una imagen más realista de nuestra propia vida que no sale ni en los noticieros ni en la televisión edulcorada de Tinelli.

Como ocurre con la fascinación popular con el boxeo, las masas oprimidas proyectan en TWD la violencia inhumana que sufren en el cuerpo todos los santos días de su vida. La vida para les explotades en Buenos Aires se parece más a la lucha por la supervivencia en TWD que las novelas “costumbristas” de Telefé y Canal 13. No hay morbo, sino ejercicio terapéutico, para la gran mayoría de la juventud precarizada que paraliza la vida los lunes a la noche para embeberse en un mundo de violencia del ser humano contra el ser humano que le explica lo que le pasa a él o ella en la calle. Se siente confortado/a, porque es el único momento del día donde la realidad se le muestra como es y no bajo la capa de hipocresía que los medios masivos le ponen como sordina.

Es interesante la discusión, porque mientras en las redes y los encuentros en Estados Unidos, los/as fanáticos tienden a ir disfrazados de sus héroes preferidos, Rick, Michone, Daryl, etc., en las movilizaciones anuales a Plaza San Martín que se hicieron en 2012 y 2013, la mayoría se disfrazaba de caminante, o sea, de zombie. ¿Será que los explotados y explotadas de las colonias vamos comprendiendo, al calor de una transición popular caracterizada por el PO como “el ascenso de la izquierda”, que la salida es el héroe colectivo y no el superhombre individual? A favor de esta hipótesis un pequeño grupo de militantes del PO me contaba que los organizadores de la marcha zombie soltaban discursos muy politizados sobre la coyuntura social del país, lo que llevó a los/as compañeros/as a participar caracterizados de caminantes piqueteando Prensa Obrera con buena recepción.

En los márgenes putrefactos del capitalismo, los fanáticos movilizan no disfrazados del policía bueno Rick (que se va volviendo loco en la serie)o la excepcional amazona negra Michone, eligen representarse a sí mismos como la masa de muertos-en-vida que pueblan las fábricas, facultades, oficinas y colegios del país, buscando alimentarse de los que realmente están vivos porque zafan todos los días de esa explotación.

Un sector marginal de directores y guionistas ya ha empezado a pensar en los últimos años, pelis y series donde los zombies se van organizando para enfrentar al Estado, responsable de su situación. Que lamentablemente no podemos citar porque todavía no han trascendido a los espacios de culto y uno las ha visto tirado en el colchón haciendo zappin.

Lectura más o menos forzada la nuestra, puede ser, pero Prensa Obrera ha visto la oportunidad de llamar la atención de millones de fanáticos (después de seis años de éxito) permitiendo a centenares de compañeros/as docentes, estudiantes y obreros conscientes llevar a su página web el debate político y social profundo que desarrollan desde 2010 en torno a TWD.

Queríamos simplemente, saludarlo y alentarlo.

sábado, 22 de octubre de 2016

El informe secreto de Tiresias

Ishtambul, primavera de 1877

Sir James George Frazer,
Colegio de Estudios Sociales y Antropológicos,
Cambridge:

Estimado director, escribo rápido y con imprecisiones porque el aliento de los cañones anticipa el fin de la rara calma en la capital del Imperio. Hemos terminado con su encargo gracias a la generosidad de los otomanos en recompensa por la actitud de Su Majestad Británica colaborando en su defensa territorial contra el asedio de los serbios y búlgaros apoyados por el hambre expansivo de los zares. Pero la invasión parece inminente y cuando los cañones hablan, las plumas callan. De un momento a otro empezarán a sonar los preparativos de guerra y los generosos otomanos han dispuesto todos los recursos a la defensa.

Mientras termino de escribir el resto del equipo prepara las valijas.

Creo que el material que adjuntamos confirma su hipótesis: los antiguos dioses griegos existieron realmente. El conjunto de cartas escritas en una forma arcaica de jonio de una excelsa caligrafía confirman su intuición de que la carta manuscrita encontrada en el Templo de Hera en Paestum podría ser, efectivamente, del propio Hades.

Hemos analizado los documentos del archivo personal del Arzobispo Eustacio de Tesálonica con detenimiento desde la tregua de diciembre pasado con los Búlgaros y encontramos las cartas también consideradas apócrifas, y creemos que pueden y deben considerarse de genuina autoría del mitológico sacerdote de Zeus y Hera, el ciego Tiresias.

Efectivamente, como usted creía, la ampliación del relato mitológico sobre sus andanzas eróticas como varón y mujer, los siete capítulos tan floridos en experiencias sexuales variadas, no podían pertenecer a la imaginación cerrada a estos menesteres de un encumbrado miembro de la Iglesia Cristiana del siglo XII. Su alto cargo le habría permitido acceder a los documentos reservados que la Iglesia de Roma habría preservado de la destrucción de la Biblioteca de Alejandría. Hemos confirmado que los siete capítulos de los Comentarios al debate sobre la sexualidad humana de Tiresias se basan en sendos informes enviados por el ciego adivino a Zeus y Hera, de sus investigaciones para determinar cuál de los dos géneros disfrutaba más del placer carnal.

Es posible como usted supone que finalmente la carta de Hades y el debate entre Hera y Zeus provengan de algún momento de crisis entre la aparición del patriarcado y el sometimiento de las mujeres en el ámbito helenístico y que los dioses hayan participado activamente en esta tragedia tan humana.

Creo que todavía nos falta mucho trabajo para determinar, como mi equipo de trabajo ha sugerido a vuestra eminencia la posibilidad que las teogonías posteriores hayan sido dictadas por el sector vencedor, el mismo Zeus encabezando otra vez una revuelta contra las viejas diosas del Olimpo pero esta vez en la configuración de la gens griega.

Pero más allá de los hechos constatados y la imaginación febril de nuestro equipo de intérpretes, me apresuro a escribirle para alertarlo de un grave problema que merece su más extrema preocupación y delicadeza. Entre los papeles que estudiaba el arzobispo hemos encontrado un octavo informe, que no fue reseñado por Eustacio en los Comentarios y que tampoco aparece mencionado en ninguno de los relatos previos y posteriores.

El último informe de Tiresias no describe una experiencia sexual, digamos, tradicional

Entendemos que el alcance de sus conclusiones pondría en tela de juicio no solamente los estudios sobre las antiguas mentalidades de los fundadores de la civilización occidental, sino a la civilización occidental misma, justo en estos momentos que comienza a conquistar el progreso definitivo de la raza humana toda. Suponemos que por eso mismo Zeus y el propio Arzobispo decidieron censurarlo.

Notará ud. que el texto está inconcluso en el lugar más inoportuno.

Nos atrevimos a eliminar el original una vez copiado. Entiendo que la lectura del mismo alcanzará para que vuestra excelencia comparta y admita nuestro crimen.

Esperando verlo pronto,
suyo,

Profesor John Whitehead.


Tebas, la de las siete puertas, Templo de Apolo

Zeus y Hera, eternos, éste es mi último informe. Este envase precario en el que habito, incluso a pesar de los dones con que me han agraciado ustedes, sigue resintiéndose al finalizar cada investigación. Cometí un error que deseo corregir con esta última misiva.
En el último que os envié estaba convencido sin lugar a dudas de haber resuelto el encargo que os preocupaba. Después de tantos años vagando el mundo de los mortales bajo la apariencia de sus hembras y en el cuerpo de sus varones, creí entender que el más abierto de los varones sensibles era incapaz de sentir más de una décima parte del placer sexual que era capaz de sentir una mujer que disfrutara plenamente de su sexualidad.

No obstante, mientras me encontraba dispuesto a emprender mi camino hacia el Olimpo para ofrecer detalles de mis misivas anteriores, hube de toparme por pura casualidad con una bella pareja de iguales en uno de los arrabales de mi querida Beocia. Los crucé en un crepúsculo particular, en una playa, y a pesar de la notable juventud de sus cuerpos, me atrapó la madurez de su amor. Mi experiencia en las tareas encomendadas por los eternos simplemente me dijeron que se trataba de un amor sincero, indestructible, colmado de afecto y un profundo conocimiento interior y del otro.

La belleza de su amor era plena. No podría, como acostumbran los mortales, escindir el placer de observar sus bellas formas y volúmenes, los matices tornasolados de sus pieles, la divina contemplación de sus rostros y cabellos, de la calidez que me embargaba al comprender la ternura infinita de sus miradas cuando éstas se encontraban en circunstancias banales.

Debo decir que Eros me unió a ellos como si fuesen una sola persona. No me enamoré únicamente de la musculatura firme y marmórea de él, de la esbelta cadera y las magníficas piernas, largas y torneadas de ella, sino de ambos, como perfecto conjunto.

Embebido de este elixir me acerqué en mi forma masculina y les ofrecí disfrutar de una cena frugal en mi residencia de verano, pero prefirieron la suya. Una hermosa y acogedora casa con dependencias y graneros propios, pertrechada de los mejores vinos y manjares que los eternos pudieron poner a la humilde disposición de los mortales.

La charla fue excelente. La sintonía que había notado en sus miradas se hacía presente en su conversación. Sus opiniones podían divergir pero ambos sostenían el placer de descubrirse en nuevos matices, en sugerentes ideas que brotaban de la respetuosa contraposición.
Funcionaban como una entidad de dos caras.

Luego de la cena nos retiramos a las literas bajo el parral. La noche y la brisa marina estaban tan dulces como las uvas. Todo nos fue embriagando hasta que ella dejó caer su suave túnica al suelo y con una sonrisa franca nos ofreció de sus pechos, su abdomen y los pliegues más íntimos de sus muslos para saciar nuestra lujuria. 

La vimos de frente, blanca pero acariciada por el sol del mediodía, el cabello rubio caía en cascada por unos hombros aterciopelados, sus pechos eran justos en su redondez juvenil y miraban hacia afuera, sus caderas invitaban al abrazo, el beso y a cebalgar en ellas y ser montado.

Todo su cuerpo sabía a fruta madura. La miel podía brotar de sus areolas tímidamente carmesí como de la puerta de su vientre. Al fondo de sus largas piernas, esa vagina latía al compás de la sangre y el néctar que brotaba de su cuerpo entero conmovido. Mientras su esposo se fusionaba en un beso apasionado, acariciando con sus férreos pero tiernos brazos toda la piel estremecida yo sentía los espasmos en mis labios, apoyados también en los de ella, pero con la cabeza entre sus piernas.

Recuerdo claramente como bebí de la copa de su vientre hasta sentirme saciado y saciarla a ella. En algún momento él supo dar continuidad a sus caricias sobre mi cuerpo, tomando mi sexo de varón con seguridad, haciéndome sentir cada centímetro de los muslos y las nalgas erizados y bullentes, empujando la savia de mi interior, humedeciéndome en la punta de mi virilidad, deseando que esa boca barbada, ese bello rostro de ojos claros y pómulos salientes me engullera todo desde lo más íntimo hasta lo más profano.

Si debo decir algo, diré que no he sentido mayor placer en toda la vida que en esa noche bajo la tibia brisa del Ática. El placer de los sentidos cabalgaba sobre la confianza incondicional de los amantes como en ninguna de mis experiencias previas. Nuestro único deseo era completarnos y elevarnos, atravesar las puertas de los sentidos hacia la sabiduría ancestral.

Confieso que no pude dominarme. En medio del cúmulo inabarcable de placer físico perdí el control de mis formas y cuando en el medio de brazos y piernas encontraba la mirada de ojos color oliva de ella sin obligarme un segundo muté a mi forma femenina y fui alcanzado por el profundo placer de sus besos en los recovecos íntimos de mi genitalidad. Sentir sus turgentes pechos empujando los míos, los pezones erectos en su lengua, no hay mayor placer que el que surge del conocimiento del propio cuerpo, y así esa mujer me hizo redescubrirme como mujer, encontrar nuevos rincones insospechados.

Él tenía el cuerpo trabajado por el sol de verano y las tareas del campo. Brazos y piernas vigorosos y un sexo generoso, sólido y bien proporcionado. Su espalda parecía sostener el universo y en ella había dejado grabarse con tintas frescas imágenes misteriosas que contaban historias antiguas. Sus pectorales eran amplios y generosos, su barba corta no terminaba de esconder dos labios gruesos y húmedos.

Y mientras intentaba que el deseo brotara brioso del miembro de mi amigo sin pensarlo volví a mi forma masculina y sentí profundo placer, nunca sentido, cuando él me penetró, con fuerza y sabiduría. Pude sentir toda su fuerza sobre mi espalda, en un abrazo íntimo, que me sostenía en la seguridad del amor y daba paso a la entrega del placer. 

Sus bocas palpitando mi sexo masculino hasta estallarlo, sus bocas lamiéndome pechos, cuello y espalda al unísono, serán recuerdos imborrables grabados para siempre en mi piel.

Nuestros líquidos fluían con suavidad y nos empalagaban, al mismo tiempo que lubricaron nuestros abrazos finales.

Y así disfrute de ambos como varón y mujer y fui fagocitado por sus movimientos expertos y llenos de ternura perdiendo la conciencia y el detalle de lo que me sucedía.

Mis conclusiones previas deben ser corregidas. Entiendo ahora con total claridad la fuente misma del placer físico entre los mortales.

Comprendo que estas nuevas conclusiones sólo pueden ser entendidas cabalmente por seres superiores como vosotros y estimo que ellas abrirán un nuevo sendero en esta cruel disputa entre padres y madres que asola el mundo de los mortales en nuestra era. En vuestra sabiduría dejo pues la tarea de resolver la lucha entre varones y mujeres, pues yo no les debo mayor agradecimiento que el de haberme permitido gozar tan plenamente de la capacidad humana de amar.

Si he de decidir quién siente mayor placer, entre mujeres que se satisfacen entre ellas, varones que se satisfacen entre ellos o las parejas de sexos contrapuestos, la conclusión es clara”

Cambridge, abril de 1877

Profesor Whitehead: 

Exijo urgente respuesta. ¿Cuál es la conclusión definitiva de Tiresias? No abandone Ishtambul bajo ninguna excusa hasta encontrarla. Repito. Son órdenes directas: ¡!!NO ABANDONE LA INVESTIGACIÓN HASTA ENCONTRAR LA CONCLUSIÓN FINAL!!!

Sir JGFrazer

Varados en el mismo lodo

Iba obligado a morir en el Sarmiento en hora pico. Hacía rato que el laburo no lo obligaba hacia el oeste. Siempre que pudiese intentaba el 96, o cualquier cosa que lo acercase, menos el Sarmiento en hora pico. El Sarmiento puede ser la poesía de las estaciones y la belleza geométrica de las vías brillando hasta tocarse en el infinito siempre y cuando vengas para capital a la tarde o vayas para provincia a la mañana, a contramano de los millones de laburantes que vienen a escupir la sangre en sus mataderos cotidianos.

Como este laburo tenía que ver con promocionar su primer libro de cuentos, ya había comenzado a abrirse de cuerpo y alma para llegar bien templado a una lectura. Su arte funcionaba cuando era sincero y abierto, cuando podía dejar salir el fuego del vientre profundo de la serpiente. Entonces de tan abierto se la veía venir un poco, “Siempre pasa algo en el Sarmiento”, pensó con fatalismo.

Para su sorpresa, tipo 18.30 en Estación Caballito pudo subir sin empujar a nadie y hasta darse el lujo de acomodar el cuerpo en un espacio corto pero no comprimido. Quiso sacarse rápidamente el olfato de mufa prejuicioso contra el Sarmiento en hora pico y pensó, “esto debe haber cambiado en serio con Randazzo y yo soy un trosko jodido”. Observó el aire acondicionado, y ciertos detalles que podían defender un mejor servicio. Pero no había tan poca gente como para poder ver los suelos del vagón o el terminado de los asientos.

-La línea de estaciones encima de la puerta tiene lucecitas intermitentes. Es un avance. Siguió pensando para defender con optimismo un viaje normal.

Duró los cinco minutos que tardaron en llegar a Flores. Una marea humana entró a los empujones con total normalidad y de repente en ese vagón no existió más el vacío. Volvía a ser el Sarmiento de siempre. Una mujer joven pegada al caño al lado de la puerta mendigaba un asiento para una madre y su cría de seis años. Se armó un debate con dos pasajeras sentadas desde Once a ver a cuál le dolía menos la columna, la más joven de alguna forma venció y después de maniobras con fórceps la madre con cría pudo estacionarse en el lugar de la señora mayor sin cría, que cedió con bronca su asiento y pasó del lado de los sufrientes.

Había un guaso durmiendo parado, aprovechándose que lo sostenían cientos de monos en la lata de sardinas; en uno de los asientos a su izquierda, del lado contrario a la salida, que le quedó tan lejos como lo podían empujar los que subieron en Floresta y Luro, una señora le daba a este relato un toque de “nuevas tecnologías”, miraba la novela de la tarde de Telefe en una muy linda Tablet blanca.

“Esto sí es algo nuevo en el Sarmiento”, pensó, y ahí nomás entró a comparar este tren con los mismos trenes que se tomaba hace veinte años exactos, cuando hacía cobranzas a pata por los territorios de Matanza. Cuando se llenó al palo hasta flashó que estaba en una máquina del tiempo, una bizarreada tercermundista del DeLorean famoso. Ahora se iba al otro polo de la fantasía, nada absolutamente había cambiado en el Sarmiento, por más trenes chinos, soterramiento, o Masacre de Once.

Las tablets y las lucecitas de la puerta parecían detalles hasta de cierta lógica. El único cambio que podía reconocer es que la fiesta del furgón, clásica del Sarmiento y del San Martín, pero que no se observa nunca en el Roca ni mucho menos en el Mitre, se había propagado. Recordó aquella vez que vio a cuatro tipos jugando al truco tan pegados y aprisionados por la cantidad de gente en el furgón que ponían las cartas sobre el hombro del vecino de la izquierda, pero no dejaban de jugar, de tirar señas y cantar con rimas la flor. Birra, faso, música al palo, las bicis hamacándose colgadas de los ganchos de carnicero y las carnes deshumanizadas compactadas contra el metal del vagón, el furgón del Sarmiento siempre era una fiesta popular.

Ahora los trenes chinos tenían conectado con un fuelle de goma cada vagón, y en esas transiciones se ranchaba como en el furgón. Le había tocado un grupo de cuatro chabones y dos pibas de veintipico o treinta, que se vé que venían del mismo laburo, porque entre las carcajadas del descanso y la cumbia al palo que salía del cuadradito parlante, debatían a qué pool de Morón iban a ir para arrancar con toda el viernes. Y decían viernes con ese particular énfasis que le ponemos los laburantes al arranque del fin de semana o a la excusa para ahogarnos en el acohol y el faso para no sentir el latir del martillo de la explotación por unas horitas.

Nadie sabrá nunca cómo, pero el rancho se armó alta joda y entraron a bailar y tirar pasos como en medio de la bailanta. Al principio pensó que tenían razón, era viernes y qué mierda, pero en Liniers los altoparlantes avisaron que el servicio se iba a demorar, que no iba a pasar de Castelar, por insuficiencia del suministro eléctrico. Flor de apagón en el oeste y un promedio de 30 minutos detenidos en cada estación.

El martillo empezó su laburo. “Puta madre, salí una hora antes y voy a llegar una hora después; encima de todo estoy a cuatro estaciones de mierda”. Bajarse a los empujones y ganar una línea de bondi no era alternativa. Desde el andén se veían las enormes colas de gente desesperada, y las destartaladas unidades de las líneas de bondis, desguazadas y reventadas a pesar de las luchas heroicas de sus choferes, como hicieron con la vieja Ecotrans-Transportes del Oeste.

No tenía un mango para pensar siquiera en un taxi o remis así que se armó de paciencia, se zambulló en el feisbuk del celu y a esperar que la formación arranque. Claro, los pibes del fuelle no hicieron más que cebarse con la fiestita que armaron.

Los chabones se iban poniendo jedes a medida que el escabio llegaba al balero, y empezaban a bardear “con onda” a las pibas, haciendo referencias con muy bajo nivel metafórico de la posibilidad de garchar de parados ahí, de perreos, de chupar cosas y todo tipo de finezas. Las pibas no se dejaban pasar por encima, mucho barrio en el lomo y las caderas para que sus compañeros de laburo las descansen gratis. Les metían retruco y vale cuatro en cada guasada, mostrando que no las iban a correr porque hablasen de sus tetas y su culo, que no se comían ninguna bah.

La música al palo ya empezaba a romper un poco los huevos en la lata de sardinas, porque no te podías escuchar ni al auricular del celu si llamaste a tu casa para explicar la demora; ni te cuento los que arrancaban para un laburo nocturno. Pero a pesar del mal humor con la bailanta del fuelle los códigos del tren decían que mejor ni mirarlos, mucho peor decirles algo. Todos sabemos que si están haciendo tanto bardo es porque se conocen impunes y hasta les cabe la provocación.

-Pelotudo, que pelás la chota, ¿te volviste loco?

Escuchábamos sin mirar, tratando de deducir si era posta o chamuyo.

-¿Para mear, gato, no ves que no arrancamos más?

-Dale que te la comen las pibas acá nomás, ñery- salta el gracioso del grupo activando la carcajada de los seis.

-Si me como ese chizito me cago de hambre- tira la piba de las puntas amarillas y el pelo marrón y la otra la segundea con una carcajada que retumbó por todo el oeste.

Los chabones siguiendo el descanso y redoblando. Las pibas pasándola lindo sin dejarse pasar por encima.

Finalmente todo el vagón se cagó de risa a coro, cuando el que se meaba efectivamente empujó hasta ganar el andén y mientras se echaba un cloro ahí al lado del vagón, la formación cerró puertas y encaró a Ciudadela.

-Ajajajajajaj, qué gil el Chino! ¡Te bajaste vos y arrancamos! Se la agitaba por la ventanilla el chistoso del grupo mientras el otro corría al tren con el cinturón en la mano.

Volvíamos a hacer cuentas en la cabeza, los cientos que nos sosteníamos cuerpo a cuerpo, a ver si así llegábamos más o menos a donde íbamos y los minutos hasta Ciudadela fueron de disfrute cuando pasaron de la cumbia al reggaetón. La esperanza y alegría corrieron por los cuerpos como en una reacció eléctrica encadenada.

Después de los primeros diez minutos de espera en Ciudadela ya la esperanza no iba a volver nunca más. Se empezó a comer la cabeza por wasap con la producción de la radio que lo pasasen al tercer bloque, bajarse en Ramos y manguear guita o mandarse caminando. Su humor era compartido por todos los cuadros colgados con él en ese sucio vagón.

Hasta que escucharon el primer grito.

Una de las pibas tiró “Sacá la mano, sarpado, qué te creíste gato de mierda” y el tono no era el mismo de risa consensuada de antes. Ninguno cabeceó pero se hizo un silencio incómodo. La formación arrancó muy lenta para Ramos y la música aturdía con pedidos gangosos de perreo y ponérselo más duro. Las voces masculinas seguían con el tono de chanza "Dale mami, tú sabes, está todo lindo” “no seas boluda que arrancó el viernes” pero no había nada que deducir cuando la voz de la otra piba se puso a gritar “dejala loco, dejala loco” y entre todo el quilombo de ruidos llegaban claritos los aullidos de dolor y desesperación de la piba a la que se estaban violando entre los tres chacales que quedaron del grupo original.

Los más sacados empezaron a putiar y gritar pero no nos podíamos mover del apretujamiento, las pasajeras sentadas cerca de la escena trataban de taparse los ojos y los oídos al mismo tiempo y chillaban con aullidos desgarradores, algunos seguían haciéndose los dormidos como si todavía les fueran a pedir el asiento. La impotencia de los que estaban más cerca putiando y amenazando a los hijos de puta con toda la sarta de animaladas que creían poder provocarlos a dejar a la piba y atacarlos a ellos, se agigantaba con los gritos de goce de los chabones que nos decían “dale, tarado, si después les toca a ustedes” con tonito de sorna.

Hasta que el gordo cabezón que había entrado último, con una campera gruesa y vieja azul marino, como la que “regalan” algunas empresas a los muchachos del depósito, sin decir una mierda empezó a empujar con toda su humanidad para el lado del fuelle y activó una avalancha de cuerpos. Cuando sintió la presión desde los cuerpos de la puerta, se dispuso a darle sentido y fluidez. Se olvidó de la radio y las puteadas y se concentró en empujar él también en el sentido que empujaba el gordo.

A medida que los cuerpos hacían lo mismo que el gordo, la masa de sardinas se transformó en una paulatina avalancha humana.

Logró patearle varias veces las costillas al que estaba tirado en el piso, con los calzones abajo y la chota dura afuera, llena de moretones escarlatas y la cabeza aplastada al suelo imitando el final de la cucaracha. No pudo más que eso porque la avalancha lo sacó por la otra puerta del vagón de al lado, donde en medio de corridas y gritos se veía caer a la yuta subiendo al andén y los pasajeros socorriendo a la piba violada y su amiga.

Cogoteó por encima de la barbarie para encontrar la cara del gordo y darle un abrazo pero fue al pedo, se habría hecho uno más del montón, como él mismo ahora, buscando el bondi que lo llevara a destino, de una puta vez.

jueves, 13 de octubre de 2016

Orientación vocacional

La verdad sea dicha lo extraño al loco. El patio de la escuela se transformaba en un confesionario. Nuestro código era que mientras durase la caminata en círculos suspendíamos cualquier tipo de hipocresía entre nosotros. Él se sacaba la careta de alumno responsable que quiere terminar el secundario para ser “alguien de bien” y yo me dejaba de hacer el sacerdote bueno de Chesterton o el cura aplastado por la duda existencial de Graham Greene. También perdíamos el sentido de la orientación.

Sobre nuestras cabezas el claro sol del sudoeste porteño dibujando tonalidades de celestes en degradé al lila, cortados por pinceladas de óleos dorados, anaranjados y rojos sobre los penachos de vapor que armaban las nubes en su corrida.

Desnudos bajo el cielo de Soldati, nos desnudábamos.

La última tarde fue muy bizarra. Hacía un año ponele que lo habían devuelto medio muerto de Marcos Paz. En medio del shock todavía se aferraba a una ilusión de vida normal y yo le había vaticinado que el viejo barrio lo iba a volver a chupar.

Dicho y hecho un año después me viene a contar con ese lujo de guionista de cine que tiene para contar anécdotas de la última que se había mandado. Claro, ya no era el pibe rescatado laburando en gris para comprar pañales. Ahora las bandas más pesadas del Carrillo le habían puesto el ojo a un soldado que habá sobrevivido a la tumba. No importaba un carajo lo que él dijera, un soldado así, que roba por necesidad, que no necesita darse un pase para hacer un laburo, pura tensión, inteligente e incluso, bondadoso. Esos tipos no se mandan cagadas, cumplen la misión y se aguantan la que venga.

Y lo engancharon de nuevo. Lo convencieron los 500 mil pesos que se supone había en el aguantadero de un transa de poca monta adentro de la veinte. Sus nuevos patrones no tenían ningún interés en un porcentaje del “vuelto” que estaba en esa caja. Su interés terminaba en el castigo contra la pyme que laburaba bajo el amparo de los federicos, para que entendiera dónde sí y dónde no. También lo querían probar para cosas más gordas.
También lo terminaron de convencer los seis meses pateando con los currículums dibujados las veintenas de laburos que no lo tomaron. Que la dirección donde vivía, que la pinta, que si no se aguantaba el maltrato del gerente de recursos humanos.

-Ahora encima te salta el prontuario...

Nuestro debate circular, sin principio ni fin, ni fondo.

-Tenés que largar este laburo, pibe, no llegás a los 40…

-¿Y usté se cree que no lo sé, profe? Pero para rescatarme me tengo que borrar del barrio. Suponga que me voy bien lejos, a Flores, o Caballito. ¿Cuánto sale un alquiler? El más barato, una pocilga. ¿Seis mil pesos?

-Ponele.

-Y la comida y la ropa y la SUBE… ¿dónde pego un laburo de doce lucas? Ya lo intenté todo profe. No hay salida. El único laburo que sé hacer y me da guita es este, me lleve a donde me lleve.

Me contaba sus cuentas y yo ¿qué le iba a decir? ¿Qué la educación era la salida? Diez años de universidad y esa tarde estaba cinco mil pesos abajo entre los aumentos del alquiler y las tarifas de la luz y el gas y el Ministerio de Educación porteño que se obsesiona en pagarme cuando se le canta el traste.

Tuve que reprimirme las ganas de acortar la anécdota y pedirle que me regale cinco mil pesos de los 500 mil que suponía había sacado.
Pero ni el tiro del final.

Resulta que cayeron a lo del transa en un auto que luquiaron cerca de plaza Flores, con cinco ñerys del barrio. Le cayeron tipo dos de la madrugada, seco y directo, patada la puerta de entrada, a los gritos con las armas cortas y largas, encañonaron al transa en calzones y al hijito de cinco años.

-Decime dónde guardás la plata o te reviento al mocoso.

El transa los paseó por toda la casa.

-Ni en pedo le iba a balear al pibito, profe. Pero no me quería poner a gritar y amenazarlo mil horas. Le puse cara de loco y el tipo aflojó en un toque.

Me contaba asombrado las cosas que vió. En una habitación la familia del transa, como diez en una pieza, en la de al lado equipos de audio de coches y camionetas, dvds, celulares, en la otra fierros, falopa, lo de siempre.

-¿Te ablandaste, boludo? ¿Qué esperabas encontrarte, helechos?

-Pasa que en una abro una puerta y había gente apilada, profe, en cuchetas, de todas las edades, durmiendo y cagando ahí… esclavos.

La historia terminó con uno de los suyos pegando el grito desde la otra punta del aguantadero que ya había encontrado la caja con la guita y tomándose el palo. La secuencia había sido demasiado rápida para decir nada, así que salieron tirando cuetazos al aire.

A la salida de la villa me cuenta que se cruzan con un federal montado en un triciclo.

-Me dije, si me dice algo lo bajo, prefiero un agujero en la panza que volver al penal.

Se vé que el rati le leyó la mente porque se hizo el boludo con las capuchas y las armas largas y siguió camino piola.

El quía que había dado la voz de salida resultó ser un vendido. Cuando llegaron a la casa de uno dijo que había encontrado sólo 100 mil pesos.

Se apiadó un poco de mí para no fundirme demasiado los nervios y no me contó cómo terminó sus días el traidor de los 400 mil pesos choriados.

La verdad es que lo extraño. Cuando subo la cuesta de San Pedrito en la bici para ganar Rivadavia a la noche, volviendo del laburo, ruego para que sea él quien me cruce la moto y se apiade del profe y su bici vieja que todavía pago en cuotas; cuando me tomo el 92 para ir a buscar a mi hija a la casa de su madre espero ver su hermosa mirada de pibe travieso detrás del grito y la trompada, para que no me lleve los doscientos pesos que me quedaron hasta fin de mes.


Y de paso me cuenta en qué anda y volvemos a ser dos tipos sinceros dando vueltas en el patio del colegio.

Sensación Balbastro

Me meto, pongo la SUBE sobre el molinete. Recuerdo que antes le pagaban un sueldo a un trabajador o trabajadora para venderme un cospel, luego una tarjeta de plástico, y ahora en cualquier momento lo limpian, la limpian, un sueldo menos. Cada vez que pongo la sube sobre el viejo molinete de Estación Entre Ríos/Rodolfo Walsh una combinación de sensaciones activan recovecos de mi memoria para hacerme recordar, sentir en la piel, la derrota de la lucha. El viejo molinete ahí está, cuántos puestos de trabajo menos, cuantas bocas menos alimentadas, cuántos obreros u obreras recorriendo calles y oficinas buscando un puesto de trabajo menos.
No recuerdes. Basta. Un día más. Nada más. No pienses.
Bajo por ese túnel hediondo de humedad y cañerías rotas que nadie va a arreglar nunca jamás, sin luz. Me sumerjo en el túnel más oscuro y olvidado del Subte porteño, espero borrego el vagón japonés amarillento que me carga como un pedazo de bofe junto a miles de mi condición hasta que me vomite la garganta abierta de estación Virreyes.
Leo Virreyes, recuerdo la lucha de una escuela primaria y su famoso director por cambiar el nombre de la estación que bautizaron los milicos genocidas y masacradores. Lucha cultural, pienso, y se me hace un rictus la comisura izquierda pensando en la futilidad del concepto. Claro. Cómo le van a hacer un homenaje a los representantes del gobierno español en una colonia que regó en pampas y cordilleras la sangre de millones de negros/as, mulatos/as y aborígenes para sacarse de encima a esos Virreyes. Cómo le van a hacer un homenaje a los amos de la mita y el yanaconazgo, de las haciendas y los encomendados, los asesinos de aymaras, inkas y quícwas en el sector de la ciudad donde se concentra el grueso de la inmigración quíchwa y aymara.
Cuarenta años después una escuela logró que un gobierno que adora a los milicos genocidas pintase murales hermosos de pueblos aborígenes en las paredes, de la Estación que se sigue llamando Virreyes.
Y me vuelve la cabeza al origen.  A quienes con mucho orgullo lograron que la Estación Entre Ríos lleve de segundo nombre el recuerdo del gran revolucionario que fue secuestrado por una patota en las puertas de esa estación, el mismo mes del mismo año en que yo respiraba por primera vez la bocanada de aire de la vida, allá por julio del 77.
Lucha cultural que le permitió al gobierno compensar y llenar de ilustraciones vomitivas en favor de la “vida” en contra del derecho al aborto en la Estación Medalla Milagrosa.
No pienses. Basta. Es otro día, entrás, hacés tu laburo, salís. El sueldo, tus cosas. Sobreviví.
Me duele todo el puto cuerpo porque el sol se mete en la ilusión del horizonte y yo recién arranco la segunda mitad de mi jornada.
Encaro el Premetro. Cola, empujones con otros y otras miserables como yo para encontrar un asiento donde aflojar la tensión o un lugarcito en la ristra de ganchos de carnicero para colgar la res hasta llegar a destino. El chofer que tiene que fumarse al cobani de la Federal que viaja a su costado imponiéndome docilidad, agachá cabeza y seguí, no pienses, no recuerdes, no me mires a los ojos porque te rompo la cabeza.
Y obreros y obreras que ponen cara de olor a mierda cuando miran un boliviano o boliviana, tenga mil años o siete. Con el mismo desprecio insoportable que el olor a cuerpos cansados y sudorosos que nos agolpamos en un miserable vagón sin aire acondicionado ni espacio suficiente para cargarnos a todos con comodidad. Nunca en diez años de Premetro escuché que la mirada despectiva se dirija al policía reclamándole en su carácter de agente del Estado el reclamo de que se agregue un vagón más a la formación, para que viajemos cómodos o que pongan un maldito ventilador para que nuestros propios olores no nos lastimen la dañada sensibilidad.
El Premetro me grafica un concepto: barbarie. Todos contra todos. Las víctimas enojándonos con las víctimas. El dolor transformado en dolor, contra el lastimado. Sin pensar. Sin razonar. Me pegan los de arriba, me hacen la vida mierda y como si fuese una descarga eléctrica mi cuerpo, mi consciencia, son un mero cable que transmite la mierda hacia otro cuerpo, más débil, más indefenso.
Todos los días. No pienses. No sientas. No recuerdes. Llegar a la parada, no mirar a nadie, no sentir empatía, bajate con las manos en los bolsillos, no levantés la cabeza. De reojo fijate cómo está la cuadra de la parroquia. Aná midiendo como puedas el clima del barrio hoy, esta tarde. Fijate si hay operativo de Gendarmería en Carrillo o Los Pinos, si la manzana está llena de señoras vendiendo ropa, cds, verduras o si levantaron los puestos porque hubo bronca.
No te regales. Simplemente no te regales. Fijate de llegar lo antes que puedas a la puerta de la escuela.
Después de muchos robos en cuerpo propio o ajeno supe que no debía bajarme en la parada de Cruz aunque me quede más cerca de la escuela. La avenida es zona liberada. No manda nadie y mandan ellos.
Me queda entrarle al barrio por la calle de la parroquia. Ahí mandan los pibes de la vereda pintada con el escudo de Sacachispas. Si vas con la cabeza gacha y el cuerpo encorvado, sin orgullo ni llamar la atención, podés pasar. Si alguien te va a afanar o bardear son ellos. Si está todo bien con ellos, pasaste.
Es la entrada más segura.
Si Gendarmería no anda bardeando a los pibes que entran y salen de la secundaria, todo bien, no pasa nada. Si los andan bardeando alos gritos y manoseos, fijate que hacés. La cantidad de veces que encaramos a los gendarmes en defensa de nuestros propios estudiantes sobraron para que también te miren mal los defensores del orden.
No pienses. No recuerdes. Otro día. Actitud positiva. ¿Por qué siempre pensás en todo lo que puede salir mal? Entrás. Geografía, Historia, trabajo práctico, de acá hasta acá, nota, planillas, firmar la entrada. Punto. Hacé tu trabajo.

Empalaron hasta morir a una nena en Mar del Plata. Apareció una mujer maniatada en una caja en un basural. Madre acuchilla a su hija porque es lesbiana. 

Recuerdo una nena de once años empalada a muerte en Quilmes a principios de año.

No recuerdes, no pienses, no sientas. Entrar, salir, fichar...

¿Y si no puedo? Qué pasa si no es una cuestión de decidir? Qué pasa si simplemente me asaltan estas ideas, estos recuerdos. Qué pasa si no se trata de optimismo vital ni pesimismo pequeño burgués? ¿Qué hacés si no podés apagar esa parte del cerebro o de la piel que te inyecta odio, pena, dolor, bronca?
Parada Balbastro. Ya no hay vuelta atrás. El vagón del Premetro a arrancado y en pocos minutos hay que bajarse y laburar. Finalmente me resigno. No pienso en nada. Levanto la cabeza. A la altura de mi horizonte visual termina el ventanal del vagón que mira hacia el sudoeste y comienza el techo. Afuera, en primer plano, el cartel naranja con el nombre de la parada, Balbastro.
Atrás del cartel, un muro de ladrillo a la vista, encima del muro se puede ver una línea de tierra negra. De la tierra surgen, alternativamente, árboles, arbustos y cruces de cal blanca. Muchas cruces.
En este momento mi cuerpo, nuestros cuerpos, están ubicados a la misma altura de los restos humanos enterrados en el Cementerio de Flores. Yo respiro en el vagón del Premetro, entra el sol del crepúsculo inundando de luces ocres y calidez primaveral el vagón, pero yo me siento debajo de la línea de tierra, debajo de los árboles y arbustos, debajo de las cruces de cal blanca.
Barbarie. Alienación. Explotación. Sobrevivir. Sobre-vida. Vida en muerte.
No soporto más esta enfermedad. Espero ansioso el buen día que mis patrones decidan regalarme una muerte humana, indolora e incolora.
Para no pensar más. Para no sentir más. Para no recordar más.

Esta cotidiana sensación Balbastro.

sábado, 8 de octubre de 2016

Teatro: el bien y el mal definen por penal


(Impresiones sobre El alma buena de Sezuán, por el Grupo de Teatro Tambó, en el Centro Cultural Chacra de los Remedios, Parque Avellaneda, Ciudad de Buenos Aires, viernes 7 de octubre de 2016).

­La voz popular se asombra habitualmente de una salud y educación que se caen a pedazos pero celebra que la docencia y el personal de los hospitales son casi héroes y heroínas que curan y enseñan a pesar de todo.

Con la cultura pasa otro tanto. Una andanada de porquerías refritadas inundando las casas desde los televisores y pantallas táctiles, un gobierno que al revés que el Rey Midas todo lo que toca lo transmuta en caca, pero con un enorme gasto de marketing y packaging. Y sin embargo, las y los artistas no se han dejado vencer.

Mientras el Centro Cultural San Martín está vaciado, rematado y destruido gracias al comunista Lombardi, el Grupo de Teatro autogestivo Tambo monta un Brecht de la mejor calidad técnica en uno de los viejos edificios que supo tener la familia Olivera en su chacra y que ahora son parte del patrimonio de la Ciudad.

Brecht en China

Quienes nos lanzamos con impunidad a dar nuestra opinión de cosas que no sabemos, como el teatro, siempre debemos comenzar reseñas como esta, explicando al lector o lectora nuestros límites. Todavía más si se trata de Bertolt Brecht.

En una breve investigación por internet un estudioso extranjero nos dice una gran verdad: el teatro de Brecht se disfruta más cuanto más se conoce la obra y sus dispositivos.
En los años 30 del siglo 20, el artista alemán estaba madurando un concepto del teatro que luego lo haría famoso y único. Un teatro que no quiere generar la empatía del espectador con la trama o los protagonistas, usufructuando la identificación emocional para trasladar al espectador de una emoción a otra. Los estados emocionales intensos tienden a impedir que la conciencia piense con claridad. Brecht rechaza la intención del teatro clásico griego de abrir un espacio para la catarsis, para que el público exteriorice sus sentimientos profundos y ocultos a través de la trama y los personajes. No quiere manipular afectivamente al espectador para “bajarle línea”.

Brecht quiere que su espectador/a piense, razone, cuestione su realidad con su propia cabeza y no con las ideas del director. De ahí que todos sus recursos apunten al famoso “distanciamiento”, a cortar todo lo posible la empatía y la identificación.
Entonces qué mejor que trasladarnos a una provincia desconocida de China, Sezuán, una cultura que incluso los especialistas de Occidente no conocen a fondo. ¿Cómo empatizar con ropas y peinados extraños, con una idea de ciudad diferente a la nuestra, con maquillajes y rostros que no sabemos dónde colocar, con toda una serie de nombres que nos cuesta retener salvo por la fonética?

Además Brecht encontró en el teatro chino una tradición estética que según diversos estudiosos de su obra terminó de soldar el concepto. El teatro tradicional, todavía en la China de principios del siglo 20, sostenía concepciones milenarias. Era un teatro que mantenía la intención original de la comunicación colectiva con los espíritus y divinidades, un teatro religioso en el sentido de las sociabilidades neolíticas, un teatro chamánico, ya que intentaba provocar un éxtasis colectivo de reunión con ancestros y seres espirituales. Para eso se valía de la máscara, el ornamento, la danza, la música y con seguridad de la ingesta de sustancias alucinógenas.

Este uso de los objetos, del vestuario, del maquillaje, la música y la danza -dicen quienes conocen- terminó de soldar en Brecht esta idea del distanciamiento para poder crear un conjunto de sensaciones que moviesen a sus espectadores de un simple lugar pasivo para empujarlos a una acción colectiva que los incluyese y los obligase a pensar y a tomar una posición política frente al drama representado.

Teatro dialéctico
Esto logra en nuestra sensibilidad el Grupo Tambó. Fueron dos horas de una movilización de sentidos. En primer lugar nuestra vista, colmada de texturas y colores, en una “sala” trabajada desde las luces y sombras, con el cuidado de quien conoce el lugar donde ensaya y vive buena parte de su vida cotidiana. Un viejo tambo pampeano transformado con esmero y sin mucha guita en un útero acogedor, un gran espacio de sombras aprovechado al máximo, que nos contiene cuando es necesario concentrarnos en la escena, en un debate, en el diálogo de los protagonistas con el público, pero que estalla y se abre, sin límites, cuando la obra nos envuelve y nos hace partícipes de ella.

Se trata de un colectivo teatral de más de veinte mujeres y hombres que llevan trabajando juntos/as desde 2005. (Lamentablemente el humilde prospecto de obra que nos han alcanzado no distingue cada actriz/actor con el/la personaje intepretado, haciendo gala de un horizontalismo que contradictoriamente distingue nombre y apellido del equipo de dirección y la musicalización; en honor a ese espíritu anarquista no mencionaremos ni a unos/as ni a otros/as).

Esa costumbre, esa sintonía que aporta el tiempo y la cercanía se ve reflejada en la “fotografía” de la obra. El director y sus actores y actrices colaboran en lograr escenas que nos recuerdan a óleos del Greco, aquéllos que combinan ocres, sepias y dorados con el claroscuro de luz y sombra. Un vecino de butaca no pudo contener la sensación generalizada y detectaba cuadros de una visualidad tan placentera que no paraba de sacar fotos con su Smartphone. Por momentos uno sentía estar en una galería, recorriendo pinturas.
Luego la música. Con el compositor en escena permanentemente, la obra recurre al cine mudo, y prácticamente cada paso y gesto es subrayado o acompañado por un flautín, una quena, la guitarra criolla o la percusión, logrando un clima muy particular, que involucra el juego, el deleite de otro sentido puesto en comunión y también una gran canción que no hace más que desplegarse hasta el final.

Pero esto no deja de ser teatro y se apoya en las actuaciones. Acá Brecht hace algo muy típico de su propuesta, utiliza estructuras narrativas clásicas para soportar mensajes absolutamente novedosos y disruptivos. Pero tenemos al personaje del aguatero, excelentemente desarrollado en lo corporal, un par de gestos de manos y su registro vocal, quien nos guía por toda la obra, como el Puck de Una noche de verano entrando y saliendo de la trama a piaccere, interpelando a los protagonistas pero también a nosotros, carne de butaca, con total desparpajo; este Puck es todo lo contrario de aquél, personificación de la culpa sufriente, del despojo humano que ha perdido la dignidad frente a su pobreza y lo 
sabe, de una excelente interpretación.

El otro pilar de la obra es el mismo dios. Un hombre alto vestido de blanco en punta, con ropajes que salen de lo ordinario y que por la forma de moverse sobre el escenario, su intérprete nos lo deja sentir etéreo, más alto de lo que ya es, imponente en su manejo de una voz grave y gutural. Un dios típico de Brecht, cínico y egoísta, que ha dejado los cielos para inspeccionar si el mundo que ha creado sirve para algo.

Toda la trama se sostiene en esta averiguación: dios estará satisfecho si al menos encuentra un alma buena en toda su creación.

La capital de Sezuán, como la Berlín en la que Bertolt vivía y luchaba, estaba sumida en la miseria económica y moral y el pobre dios no encontraba si quiera un burgués o pequeño burgués que lo dejase dormir un par de noches en su casa. Hasta que el aguatero convence a una de las putas de la ciudad, quien le permite a dios pasar la noche en el cuarto de la casa que alquila.

Y ahí empieza otra capa de esta experiencia maravillosa que fue asistir a El alma buena de Sezuán: un protagónico femenino conmovedor. Un trabajo del cuerpo, la expresión corporal y de rostro genial. La actriz pule un alma generosa y desprendida que pacta con dios el compromiso de hacer buenas acciones a cambio de mil dólares de plata que usa para salir de su condición de prostituta e intentar una vida de pequeña comerciante vendiendo tabaco.
Todas las miserias de su barrio, todas esas desagradables personas que la humillaron y maltrataron cuando era puta se tornan ahora en hipocresía desagradable para mendigarle su compasión y ayuda y una a una el alma buena las va congraciando. Deja que una familia entera de aprovechadores se instale en su nueva casa, sufre con puntualidad los pagos de un alquiler leonino en manos de una usurera dostoievskiana. Llega incluso a soportar la estafa del hombre de quien se enamora apasionadamente.

Toda la obra se para en una tensión moral: la iglesia obliga a los más pobres de sus fieles a “ser buenos” y poner la otra mejilla, sufrir las desgracias del mundo para alcanzar la felicidad en el Paraíso prometido. Pero el sacrificio personal del alma buena y generosa va ocasionando su segura ruina.

Y allí Brecht hace algo que se sale de los cánones de todo lo dicho y el protagónico se desdobla en su contrario, el primo de la puta, que aparece para corregir sus actos generosos. 
Y así, mientras la puta alberga a la familia de aprovechadores el primo los desaloja con la policía, mientras ella se enamora y entrega toda su fortuna al ser amado e idealizado, el primo lo obliga a trabajar bajo su mando en la fábrica de tabaco para pagar sus deudas.

Magistralmente, en el clímax de la historia, el conjunto de actores y actrices, junto al músico en escena y el mismo director somos incluidos en una fiesta pagana, en una orgía bizarra y barroca para celebrar la hipocresía de ese conjunto social, invitados de prepo al casamiento de la puta de Sezuán con su enamorado el aviador. Un casamiento por amor, muy raro en la cultura china, donde los matrimonios son alianzas económicas y políticas en cualquiera de los estratos sociales, pero sin el adorno que nuestra sociedad democrática les impone.

Salidos de esa fiesta desagradable nos interpelan en el juicio que da fin a la obra, donde el propio dios es juez y el primo de la puta es acusado de secuestrar a su prima por los obreros de su fábrica y defendido por toda la burguesía y pequeño burguesía acomodada de la ciudad, que lo considera un “hombre de bien”, “que se atiene a las leyes” dice el representante del Estado.

Quien termina siendo juzgado es el propio dios y el mundo que ha diseñado para nosotros. El aguatero deja su función de guía en manos alternativas, la madre del aviador y un peluquero genial que al final corona la obra con un alegato propio del genial alemán.
Cabe señalar lo bien logradas que están las escenas colectivas. La veintena de actores y actrices se mueven por el espacio como un solo cuerpo con veinte caras y voces, se nota una dinámica muy trabajada entre la dirección y sus dirigidos. Los personajes “secundarios” se roban las escenas cada vez que el guión les pide participar. Nadie desentona pero tampoco se pierden las singularidades en una colectivización forzosa de los individuos.

También hay que destacar un trabajo impecable de adaptación del guión usando un lenguaje muy porteño en situaciones clave de la trama, donde haber sido fieles a la traducción española o neutra hubiese sido un crimen. En este pequeño detalle se nota toda la capacidad de comprensión de la propuesta de Brecht, porque su humor, su cinismo, su intento de dialogar con un público popular sin caer en populismos hipócritas, se condensa en este tipo de giros coloquiales que los guionistas han sabido traducir en su intención original más que en el apego a los diccionarios.

Socialismo o Barbarie
Extrañamente quien escribe no cayó en las garras de Brecht. Mi sensación fue muy contradictoria. Convocado por una excelente y muy elaborada puesta brechtiana para “distanciarme” emocionalmente de trama y personajes, no pude más que llorar casi todo el tercio final. Si bien pude mantener toda la obra la tensión de la conciencia en la búsqueda de problemas y contradicciones, lo cierto es que el conjunto de sensaciones y una poderosa actuación de la protagonista lograron que empatizara.

Pero no se trató de la misma sensación de empatía emocional que mirando una película hollywoodense del estilo Titanic o de una telenovela mexicana de la tarde. Creo que la identificación que me conmocionó fue la de estar pensando los límites de la propia sociedad donde vivimos. El éxito del Grupo Tambo es que logra confrontarte con tu propio presente, obligándote a empatizar con lo esencial, con el planteo de fondo y no con los detalles de trama y personajes.

Es un teatro verdaderamente dialéctico, la contradicción de mirar desde afuera una situación extraña (el debate moral de una prostituta en una ciudad extravagante de China) que lo coloca a uno en un debate sobre la sociedad en la que vive en la coyuntura en la que vive.

En medio de un ajuste voraz promovido por un gobierno sin ningún tipo de sensibilidad social, después de cuatro años de recesión económica motorizados por otro gobierno con mucha carga de promesa y edulcorante artificial; en medio de un marcado deterioro de las condiciones materiales de vida, nunca pude salir de la idea que ese barrio pobre de Sezuán era el mismo Villa Soldati donde trabajo como docente hace diez años.

Efectivamente, como cuenta Brecht, que vivió bajo los espasmos de la República de Weimar y el comienzo del nazismo, la miseria impone la barbarie. El altruista es pagado con la destrucción de su vida, tarde o temprano se quiebra bajo el rigor de la falta elemental de códigos y humanidad de sus vecinos. En este clima sólo el despiadado, quien carece de compasión alguna, consigue moverse con rapidez, sacar ventaja, obtener una ganancia del sufrimiento generalizado.

Brecht tuvo la genial idea de poner en el mismo cuerpo esa contradicción antitética: el bien y el mal combaten en el alma de la prostituta de Sezuán y todos los presentes somos obligados a tomar posición.

El protagónico es tan exigente, que sin cambio de vestuario ni telón, basándose únicamente en la exigencia sobre su cuerpo, en un simple cambio en forma de pararse y caminar la escena, en el manejo de su voz, entre el barítono y la soprano, la protagonista nos da un alma buena o su contrario. E incluso un Brecht que no esconde el juego, nos hace dudar de quién es quién.

Los alegatos donde la prostituta buena cuestiona la barbarie y falta de solidaridad de sus vecinos pobres (“Si en una ciudad ocurre una injusticia debe haber una revuelta. Y si no hay una revuelta más vale que la ciudad perezca por el fuego antes de que la noche caiga”) o cuando encara al público con la decisión de enamorarse ya tomada, o luego del desgarro del matrimonio fallido son, sencillamente, conmovedores. Es posible ver las lágrimas correr sobre la máscara blanca y roja del maquillaje pero también se las puede ver en el tono de la voz, desgarrado y firme como el de cualquier madre pobre dispuesta a la batalla por su hijo. Recuerda a las actrices protagónicas de la ópera en el canto agudo del clímax, concentrando toda la tensión emotiva en un gesto de su rostro. Sublime.

En lo personal lloré con esa alma desgarrada que no encuentra en la generosidad la posibilidad de progresar. Busqué y esperé inconscientemente el giro en la trama que me permitiera resolver el problema con algo de paz. Y a pesar que el coro y los corifeos llenaron el espacio de músicas colectivas, danzas y gritos, y que dios jugaba con un humor ácido a cortar el clima desesperante alrededor de la protagonista, nunca pude salir de ese dolor.
Brecht no quiso. No hay en la obra la oferta de una salida satisfactoria, porque esta sociedad está podrida y no la tiene. Deberíamos cambiar de sociedad, de guión o de dioses. No hay un atajo. No existe sueño individual, giro azaroso del destino, nada en absoluto que vaya a cambiar las cosas: los buenos y generosos en esta sociedad son devorados y destrozados, las almas nefastas, que viven del sufrimiento ajeno, son premiadas. Si no soportás eso, fijate cómo hacés para cambiarlo. No hay otro mensaje.

Debemos agradecer a todo el Grupo Tambo Teatro por la excelente calidad técnica para permitir que el mejor Brecht fluya desde el fondo del tiempo y la distancia espacial, cultural e idiomática para desplegar todo lo exitoso de su idea con tanta claridad y genialidad.

Postdata
Tardé meses en poder participar de esta explosión sensible y conciente. Parque Avellaneda queda lejos para todos los que no somos sus vecinos y fuera de los circuitos habituales de las comunicaciones en esta ciudad. Los viernes en el horario pico es un desafío encontrar colectivo lleno que nos pare para acercarnos a Directorio y Lacarra, atravesar el Parque hasta el Centro Cultural pone en alerta todos nuestros sentidos, por el lumpenaje que suele habitarlo y por la falta de señalización suficiente para encontrar el Tambo. 

La mejor forma de llegar es en auto, por esa calle interna que continua luego del fin de Francis Biblao. La necesidad de auto hace que todo un sector pauperizado de la clase obrera que debería ver esta obra no pueda. Compensa el hecho de que no sea necesario comprar las entradas con anticipación, por interné ni nada de eso ya que es “a la gorra”.

Todos los obstáculos deben ser salvados. Aconsejo hacer todo lo necesario para superarlos y ver este espectáculo, su esfuerzo será pagado con creces. Por lo mismo, sea generoso y aunque se trate de una gorra no deje de pagar lo mismo que pagaría en cualquier sala de teatro independiente de la ciudad.


Lo vale.