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jueves, 28 de mayo de 2015

El Enroque

Habían estado toda una vida juntos. Pensó que no era mucho para decir como balance de un matrimonio de seis décadas, dos hijos y unas tantas úlceras, quistes y contracturas. Los hijos y las enfermedades le daban un poco más de color pero todavía no estaba satisfecho.

El alzheimer fue la peor de las enfermedades sobre las que avisó la jueza civil, el día ese del “tanto en la enfermedad como en la bonanza”, las palmaditas en la espalda y el arroz del protocolo. Después de tantos años y vivencias compartidas –ahí tenés, siempre fuimos buenos compañeros, casi amigos te diría- era muy duro sentarse a ver como ella iba perdiendo poco a poco la lucidez, cosa que pasados los 80 años no dañaba tanto como la pérdida paulatina de la memoria.

Los recuerdos son nuestras únicas riquezas, frase que podrá sonar a refrán meloso de Narosky para la gente que tiene alguna cosa que heredar, pero que sin embargo es furiosamente literal para dos que se desangraron un tercio de siglo frente al aula, laburando de sicólogos, asistentes sociales, familia postiza y cada tanto de docentes.

De a poco uno se va acostumbrando, hasta después de unos meses le empezó a agarrar la mano al asunto y ya empezaba a superar la angustia. Sencillamente había un cierto orden en la forma que ella iba perdiendo la memoria.

Su memoria jugaba al juego de intercambiar los referentes, entonces, en las largas horas de relatos confusos empezó a detectar que las personas se enrocaban con otras similares siguiendo un determinado patrón. Su vieja por ejemplo, con la que tuvo una relación de guerra desde la pubertad, empezó a cambiar de nombre hasta que lo suplantó definitivamente por el de su querida abuela –esa sí que era una mujer con ovarios- llegando al instante en que eran una sola. Los médicos le explicaron que era un recurso defensivo de su psique, él creía que ella también practicaba el deporte preferido de los viejos, hacer balances todo el tiempo sobre lo vivido. 

Porque si se llega a viejo uno se transforma en su propio Osiris, esperando en las interminables horas muertas del ocio cotidiano, con balanza y pluma y todo, pesando y repesando cada tramo de su vida pasada. Siempre decía en las reuniones familiares que recién cuando Osiris terminara el papeleo con la pluma se iba a poder morir.

Pensó que ella hacía su balance así, quedándose con lo mejor y reemplazando automáticamente las malas personas con unas mejores. Así se tranquilizaba. Pensó que era una forma de perdonar y perdonarse tan buena como cualquier otra.

Se llegó a sentir parte de un culto secreto, compinche una vez más de su querida mujer en el juego de darse cuenta a quién borraba de su historia y por quién lo suplantaba.

Hasta que le tocó a él.

Entre Jorge y José digamos que no hay una gran distancia, ni religiosa ni fonética. Al principio pensó –se ilusionó digamos- con que se tratase de un simple error, una falla neuronal de menor intensidad en medio del apagón generalizado de su cerebro. Pero después de varios días, como en el resto de los casos, su compañera de toda la vida comenzó a tratarlo de Jorge y pronto adivinó que el bautismo tardío iba a ser definitivo.

Ahora era Jorge esto, Jorge lo otro, jorgito me alcanzás tal cosa y gracias jorgito por tal otra... Lo peor del asunto era la entonación, mucho más cariñosa ahora en vez del tono monocorde acostumbrado y rutinario con el que lo supo llamar hasta hacía poco.

Digamos que no fue tan difícil recordar que Jorge había sido uno de sus compañeros de trabajo en aquella primaria de Soldati, en esos años posteriores al segundo hijo, cuando se hizo más rechinante la relación, se retardaron los besos matinales y los esporádicos encuentros sexuales de la noche cesaron para siempre. Siempre sospechó de que ahí había pasado algo más, pero como siempre superaron -¿seguro?- esa crisis y fortalecieron la relación.

 No tenía que ser un científico nuclear para darse cuenta que en su memoria, su -¿suya?- mujer y compañera de toda una vida lo había enrocado por el hombre, el amor que más felicidad le dió y que había elegido pasar el resto de sus días abrazada al amor, defendiéndose de la angustia de morira su lado.

El día que se dió cuenta sintió que el muerto era él. Tan lejos no estaba de la realidad, al menos en lo que quedaba de energía vital en el cerebro y la sensibilidad afectiva de ella, de alguna forma el viejo José había muerto. Pasó por todas las fases que los manuales psiquiátricos ennumeran para estos casos y sólo encontró sosiego cuando dejó de aferrarse a lo que debía ser y recuperó del fondo de sí mismo, como lo hizo toda la vida, una enseñanza de esas que contó mil veces a los niños y niñas que lo tuvieron de docente.

Pensó que los esquimales, como los lobos, tenían más sabiduría en sus costumbres de las que los científicos europeos y civilizados les habían concedido en sus narraciones. Pensó que quizás la costumbre inuit de “abandonar” a los ancianos a su suerte para que no entorpezcan la lucha por sobrevivir de la tribu no necesariamente tenía esa única y miserable interpretación. 

Por un momento pensó que quizás el anciano, consciente de la cercanía del fin, sintiendo que sus brazos y piernas ya no respondían al entusiasmo de la cabeza como antes, que si bien tenía una reserva no alcanzaba para sostener el ritmo draconiano que la pobreza le imponía a la tribu, sabía que se iba a tornar un peso muerto. Pensó que quizá era al revés, que el anciano pedía una reunión a los jefes de familias y solicitaba le dieran una vianda, ropa y armas para valerse por sí mismo un tiempo y les pedía que lo dejaran vivir sus últimos días solo, quitarle la culpa de ser una carga mortal para sus seres más queridos. Pensó que seguramente la tribu haría una celebración de despedida y que el anciano podría haberse despedido uno por uno de toda la gente que lo llenó de afecto. Pensó que eso era mucho mejor que un velorio.

Los antropólogos y naturalistas del género humano deben estar equivocados. No anduvimos tres millones y medio de años vagando por el planeta, luchando coco a codo, igualados en nuestra eterna lucha contra la miseria y el medio ambiente para terminar echando a nuestros seres queridos a una muerte cierta como antídoto para administrar mejor nuestros recursos. No es lógico, no suena a nosotros. Es un razonamiento propio de banqueros, no de caminantes, cazadores y recolectores, amantes, padres, madres e hijos.

No somos lobos en un sentido metafórico, pensó, somos como los lobos de verdad, esos seres hermosos que viven toda su vida en una manada igualitaria hasta que nos convertimos en un problema y solitos solitos salimos al bosque a seguirla hasta el final sin joder a nadie.

Y entonces, decidió aceptar el balance de su compañera de vida y ser Jorge, decidió que no iba a contradecir más reivindicando no sé qué superfluo derecho de identidad y grantías constitucionales. Se hizo cargo de sus errores, de sus defectos, en suma, se dió cuenta que su balance nunca cerraba porque había “estado” toda una vida con ella y que no podía agregarle “amor” a ninguna de las remanidas veces que se refería a su pareja sin que alguna extraña incomodidad en su cerebro le indicase que no estaba siendo del todo honesto.

Y comprendió que si la había amado debía ser el mejor Jorge que pudiera ser, aceptar el enroque sin falsas hipocresías ni titubeos.

Y dicen los vecinos de la clínica que los conocieron que no hubo pareja más feliz ni enamorada hasta el día que ella falleció.


Después, a Jorge, como todos lo conocían, nadie lo volvió a ver.

martes, 19 de mayo de 2015

El hilo conductor

[Crónica libre del acto de homenaje a Cristóbal "Gogó" Russo, sábado 16 de mayo de 2015, 15.30hs., Balvanera. La Fotografía que ilustra esta nota pertenece a Dionisio Dennis]

Hasta el mismo sábado 16 de mayo, día en que la asociación Barrios X la Memoria instaló la baldosa en homenaje a Cristóbal "Gogó" Russo, secuestrado y desaparecido por las Fuerzas Armadas en 1978, yo no tenía idea de quién había sido. No sería un dato importante, al fin y al cabo no es obligatorio conocer la historia de cada desaparecido, si no fuese porque se trataba de un militante de Política Obrera, organización política antecesora del Partido Obrero, con quien simpatizo desde 1999 y milito desde abril del 2007.

Fue un evento fortuito el que me obligó a conocer su historia, uno de esos eventos que accidentalmente rompen la agenda cotidiana y provocan un desvío que desordena otros tantos desvíos para llevarte al final a un lugar inesperado, pero revelador.

Mi mejor amigo, mi camarada de armas, mi hermano de la vida, me convocó al homenaje el mismo día debido a que uno de sus mejores amigos era el hijo de Cristóbal y había viajado de Brasil especialmente para la ocasión. Yo me manyaba algo más en la sensibilidad de mi amigo porque además de lo de Russo, su propio viejo llevaba una semana hospitalizado.

Acudí de inmediato, como corresponde cuando alguien muy querido te chifla de urgencia y enseguida comprendí que allí iba a ocurrir algo revelador, porque el lugar donde se colocó la baldosa era precisamente el domicilio del hogar de Russo. Una metodología de alto calibre político y poético es esta de las agrupaciones de familiares y sobrevivientes en los barrios que desde los '90, a la par de los escraches a genocidas de HIJOS, decide reinstalar el nombre, la militancia y la experiencia de vida de aquellos que la dictadura quiso borrar de la conciencia colectiva en el mismo lugar de donde fueron llevados: su casa, su lugar de trabajo o de militancia.

Resulta que la dirección era Pichincha y Rivadavia, en Balvanera. Me llamó la atención porque en marzo de 1978, cuando fue secuestrado, yo tenía 8 meses de vida y mi familia vivía muy cerca de allí, en Matheu casi Alsina, frente al Spinetto.

Había sido convocado a una cita con una parte de mí mismo y no entendía por qué.

Mientras intentaba descifrar el mensaje que me tiraba el azar en la cara, contemplaba esa nutrida representación de familiares, amigos y de cuatro o cinco generaciones de militantes de Política Obrera-Partido Obrero que se habían dado cita en el lugar. Un hecho notable que los miembros de Barrios x la Memoria, duchos en miles de colocaciones como ésta también notaron: se encontraban allí desde los fundadores del PO en 1962 hasta las y los jóvenes militantes del PO Balvanera, de 18 y 20 años y muchos que militamos en todas las décadas entre ambos extremos.

Recorrí uno por uno de los rostros de esos hombres y mujeres, inundados de lágrimas que se negaban a rodar. Es impactante ver a un hombre recio llorar. Criados en una cultura de machos y emociones reprimidas pero además porque uno sabe lo que esta gente soportó en toda su vida para llegar hasta acá. Ver llorar a un hombre duro te convoca a la reflexión. 

Allí estaban los que habían entregado su vida entera a la lucha por el socialismo, los que enfrentaron intelectual y físicamente los ataques de patrones y su Estado durante 50 años sin bajar los brazos: la generación que luchó contra la Libertadora de 1955 y la gloriosa juventud que viajó del Cordobazo del '69 a las Coordinadoras y la Huelga General del '75 y que en 6 años nos arrimó lo más cerquita que estuvimos en nuestra historia de un gobierno de trabajadores.

Rostros duros, curtidos no por el sol de las mañanas y tardes alegres en familia, sino por las heridas de mil y un batallas.

En particular me emocionaron los rostros de los dirigentes, que no vamos a nombrar obedeciendo al prurito en contra del culto a la personalidad que mamamos de chiquitos pero que nos emocionaron igual. Porque esa "vieja guardia" nos enseñó lo que sabemos y nos guió en combate. A estos tipos los leímos y estudiamos para entender por qué carajo este país nos condenaba sistemáticamente a la muerte y la tristeza a los millones que nos rompemos el lomo para conseguirle un plato de comida a nuestros pollitos; esos rostros los busqué en decenas de piquetes y cortes de ruta, para encontrar la señal que indique si debíamos avanzar, retroceder o descargar el arsenal sobre el enemigo. Yo los ví luchar porque ellos lucharon conmigo. Nos guiaron en cada lucha en esos años maravillosos en que contra palazos y balazos nos abrimos camino junto al pueblo argentino y universal para derribar a los herederos democratizantes de ese mismo régimen asesino de los 70.

Pensar que ahora son atacados por una izquierda mezquina y chiquitita con el ángulo de la "renovación generacional de la izquierda", argumento que es como los bonitos de la lotería, les rascás la cobertura plateada o dorada y sólo queda un montón de mierda electoralera.

Veía los rostros más jóvenes, quizá con más tardes de sol pero también cargados de sus propias imborrables heridas por luchar. Todos ellos alrededor de las fotos de Russo, de su propio rostro confundido entre las banderas, su rostro combustible para la lucha presente contra el mismo enemigo de clase y no pude dejar de pensar que todos esos rostros dibujaban uno solo, el de Mariano Ferreyra ahí, junto a nosotros.

Fue Francisco, el hijo de Russo, quien terminó de develar el sentido de las coincidencias que golpeaban mi conciencia. En su intervención relató con mucha ternura y dolor que el único recuerdo directo que tenía de su viejo era el del día que lo secuestraron. Porque a Cristóbal Russo, de 31 años, biólogo salido de la UBA, empleado de la municipalidad y estudiante de Historia en Fylo, los uniformados al servicio de la muerte nos lo arrancaron un domingo soleado, del corazón de un poblado Zoológico porteño, mientras paseaba a su hijito de tres años.

De casualidad escuchaba el relato con Leyla Isis sobre mis hombros. No podía dejar de recordar ese mismo paseo realizado tantas veces en estos últimos cuatro años y medio, recordar su carita de asombro y fascinación ante el descubrimiento de cada animalito y sus preguntitas incisivas demostrando un instintivo repudio contra su cautiverio.

Francisco Russo -sus amigos le dicen Fran- recuerda que cuatro tipos enormes con botas (los niños resienten las botas instintivamente) aparecieron de la nada y forzaron a su papá y a él mismo a entrar al asiento trasero de un auto muy grande. Y que mientras miraba a los cuatro abominables de las botas y a su papá con los ojos vendados y la manos atadas a la espalda, él gritaba y lloraba como cualquier hijo asustado, preguntando qué pasa papá, tengo miedo papá y que recuerda muy bien ese tono sereno y lleno de confianza con que nos hablan los padres cuando nos quieren calmar, respondiéndole: "quedate tranquilo, no pasa nada, son unos amigos, estamos jugando a las escondidas".

La madre de Fran, presente en el acto, reivindicó la maravillosa acción de ese padre, ese combatiente, que sabiendo que marchaba al matadero no se desespera, no se entrega al arrebato del pánico o la angustia del hecho consumado y tiene la altura moral, el convencimiento político, la claridad supina y la ternura necesarias para proteger a su hijo de tres añitos del terror que lo rodeaba.

Todos los presentes recordamos el argumento central de La Vita é Bella, escrita, dirigida y protagonizada por Roberto Begnini en 1997, el drama de un padre que había sido confinado a un campo de concentración nazi con su pequeño hijo y se pasaba la película actuando una realidad paralela para su niño, enmascarando la barbarie con juegos y diversiones infantiles, mientras su compañeros de tortura lo desaprobaban o se resignaban.

Ahora que me pongo a escribir me recuerdo de otra expresión emocionante, propia de nuestra tradición, el hermoso poema que Miguel Hernández le dedica a su hijo recién nacido. El poeta extremeño se encontraba a punto de morir en una de las mazmorras donde el franquismo lo había enterrado y le llegaban las cartas de su mujer en la aldea, contándole sobre el crecimiento de su niño que había nacido en la retaguardia mientras él combatía al fascismo. La muchacha, una joven campesina, le decía que no se preocupe, que la cosa estaba fulera pero que ella le daba de comer cebollas al bebé y que con eso sobrevivían.

El poeta, el combatiente, en medio de la cárcel, masticando la derrota reciente de los sueños de socialismo de todo un pueblo (y de todo el mundo), destrozado por el dolor y la conciencia del futuro de hambre y persecusión que enfrentaba su pequeño heredero le dedicó estos versos en Nanas de la Cebolla:

Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.

Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma al oírte,
bata el espacio.

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.

[...]

Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.

[...]

Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.

De esa madera estaban hechos los compañeros y compañeras que lucharon por acabar con el régimen de miseria, opresión y muerte que significa el capitalismo en cualquiera de sus caras, desde la más descompuesta dictadura asesina hasta esta dictadura con guante de seda que llaman democracia y que sufrimos todos los días sobre la espalda.

Y allí comprendí el mensaje, entendí el por qué del desvío. Encontré el hilo que conectaba las historias. Supe por qué había sido citado allí.

Sabido es por los vecinos de esa parte de Balvanera que la plaza donde se lleva a jugar a los niños y niñas pequeñitos/as es la Primero de Mayo, en la manzana de Alsina, Pasco, Hipólito Yrigoyen y Pichincha. La plaza en sí misma tiene una interesante historia que contar, ya que se construyó en los años `20 del siglo pasado sobre los restos del viejo cementerio que había inaugurado Rosas, el mazorquero, para que los "disidentes religiosos" protestantes no enterrasen a sus familiares al lado de los huesos de los buenos católicos. El nombre Primero de Mayo le fue impuesto al intendente de la oligarquía "progresista" de ese entonces, Marcelo T. Alvear, por la abrumadora mayoría de vecinos militantes socialistas y anarquistas del barrio. Incluso uno de los mástiles que da sobre Yrigoyen homenajea la que fuese la primer sede de la mutual de los trabajadores de origen judío en Buenos Aires, la AMIA.

Estoy seguro que debe ser fácil de calcular la enorme probabilidad de que en algún momento entre julio de 1977 cuando nací y marzo del 78, cuando se llevaron a Russo, Francisco y yo hayamos coincidido en la misma plaza, acompañados de nuestras madres... más pienso que si pudiese meterme en una máquina para hurgar en mi cerebro las imágenes registradas en esos meses hasta quizá descubro los ojos saltones y la sonrisa de actor de cine de Gogó Russo allí, al costado de la calesita o al pie de las hamacas...

Mis padres en esos años eran parte de la masa silenciosa y hasta cierto punto inocente que justificaba lo poco o mucho que conocía del genocidio. Durante años escuché a mi viejo sostener que Onganía y Videla habrían hecho barbaridades pero que el país nunca había estado mejor, la variante más sangrienta del popular "roban pero hacen". Pasé toda la infancia escuchando el martillo del mantra derechista "por algo será"...

Entre mi familia y la de Russo no había tres cuadras de distancia, todo un océano nos separaba.

Pero la lucha inclaudicable del pueblo argentino, y en particular de sus hijos e hijas que se organizaron en torno a programas revolucionarios, que no bajaron las banderas y que continuaron ante los peores ataques luchando contra el régimen salvaje, removieron todas las lápidas de bronce y cemento que los asesinos nos quisieron imponer, como un destino final.

Veinte años más tarde mi vieja se movilizaba con sus hijos reclamando Verdad y Justicia para María Soledad Morales y para los asesinados por la bomba de la AMIA de la calle Pasteur y con ese gesto, me llevaba de la mano a la lucha de calles, a encontrar el camino más honorable que un ser humano puede recorrer, el de la entrega total para terminar con este régimen asesino y construir un mundo digno de ser vivido.

Tengo que escribir este texto porque el pudor me cohibió de darle la mano a Francisco y decirle: "flaco, tu viejo no murió en vano, la convicción política y el coraje que tuvo para con vos cuando tenías 3 años perduró en la organización que ayudó a construir y como un hilo invisible me condujo a mí, su vecino, muchos años después, sin saber siquiera quién era, a militar en la misma organización, la que me sacó del oscurantismo, el egoísmo pequeñoburgués y la porquería religiosa y derechista en la que me crió la dictadura y la democracia hipócrita que intentó borrar las huellas de sus crímenes. El partido de tu viejo me arrancó de la muerte en vida y me puso en las filas de los miles y miles que derrocamos 6 presidentes entre diciembre de 2001 y junio de 2002 y que hoy defendemos la esperanza más concreta de un gobierno de trabajadores y el socialismo."

El pudor no me dejó, pero mi amigo, su amigo, sin mucha palabras le regaló una de las banderas del local donde militamos y sintetizó la misma idea.

Así que me volvía caminando por Pichincha remontando las calles hasta el lugar donde había tirado el auto, al costado de la Primero de Mayo, a meterme otra vez en la amansadora de las obligaciones y la agenda, masticando en la cabeza mil cosas, cuando Leyla Isis, que tenía dos meses de vida el 20 de octubre de 2010, me tironeó de la mano, señaló con su dedito el enorme y hermoso mural que pintaron los compañeros y compañeras del local del PO de Alsina frente a la plaza explicándome:

"mirá papá, es Mariano, que lo mataron los patrones, como al señor del acto"

Si Leyla, sí Fran, el futuro es nuestro. 

domingo, 8 de marzo de 2015

Gerardo Sofovich, el cafiolo de la cultura popular argentina

Cualquiera puede criticar a Sofóvich porque fue un reaccionario consciente, antimarxista confeso, funcionario de Menem encargado de la privatización del Zoo y del desguace de ATC y recordar su carrera y sus éxitos visitando Wikipedia. De lo que se trata es de caracterizar el verdadero “aporte” de este personaje a la cultura argentina.
Murió el proxeneta máximo de la cultura popular argentina de los últimos 40 años. Gerardo Sofóvich se dedicó a explotar comercialmente los conceptos fundamentales de la cultura machista, sexista, misógina y homofóbica en los rincones más elementales de la conciencia popular de forma tan genial que fue un verdadero maestro. Triunfó de tal forma en su “arte” que cientos de productores teatrales, televisivos y del cine vivieron desarrollando sus “ideas” al punto que durante los años 70, 80 y 90 forjaron una verdadera cultura popular alrededor de estas ideas.
¿Cuáles fueron esas ideas? El porteño piola, con guita para mantener una esposa legal y al mismo tiempo salir de “pirata” en relaciones clandestinas al matrimonio, con mujeres de cuerpos exuberantes y supuestamente “especialistas” en las artes sexuales al servicio del placer masculino. Una concepción realista de los sueños y aspiraciones de una amplia franja de la pequeño burguesía porteña que se vendía como paraíso soñado para los laburantes ya fuesen varones o mujeres.
Estos conceptos, y muchos más por el estilo que se podrían relacionar, se vendían en puestas de escena que podían imaginar las situaciones concretas. El teatro de revista y las comedias televisivas o cinematográficas de Sofóvich (y sus salieris) funcionan como ese departamento de muestra que tienen algunos grandes edificios en construcción, para que uno vaya a ver una forma anticipada de la casa que va a comprar en cuotas. 
Y como esos departamentos de muestra, las obras de Sofóvich y compañía están hechas de materiales perecederos, tanto en lo actoral como en lo conceptual, no están pensadas para perdurar, para dejar una marca. Nadie en su sano juicio pensará en reeditar “Las muñecas hacen pum!” de 1973, todo lo contrario, se trata de una cultura y un género que se regurgita a sí mismo todo el tiempo, plagiándose y reeditándose como refrito.
Así, la obra de Sofóvich sirvió para vender aspiraciones de cafiolos a los varones argentinos, o sea, la búsqueda de comprar “minas”, “trolas” o “gatos” y para las mujeres de poder ser compradas o administradas en alguna forma de prostitución encubierta, moldeando sus cuerpos y conciencias para el gusto del cafiolo y el público que “hace regalos”.
Y si sos tan pobre que te falta guita para comprarte el paraíso del cafishio, muy simple, también Don Gerardo fue uno de los principales promotores de la cultura del juego, de la apuesta, de la ilusión de “hacerse rico” en un santiamén, cortando la manzana o jugando a los bolos.
No es ninguna “coincidencia” accidental que haya sido premiado como personalidad en el ámbito de la cultura por el mismo gobierno porteño que premió a Marcelo Tinelli, quien es quizás el mejor discípulo de Sofóvich en la venta de mujeres como culos&tetas y humoristas “cancheros” en nuestro país. Por lo tanto su muerte -aunque significa un poco de alivio para la cultura popular y sobre todo para las generaciones futuras,  ya que habrá un tipo de gran capacidad intelectual menos trabajando para promover toda esta bazofia-, no es motivo de celebración total, ya que quedan muchos más lucrando con su herencia y continuando su camino. Pero sigue siendo un buen regalo para las millones de mujeres explotadas sexualmente en este país que un 8 de marzo haya “uno menos”.

Como con los genocidas de la dictadura, no será esperando a que la biología haga su trabajo de zapa que nos libraremos de estos perfectos constructores de conciencia y cultura popular nefasta, sino trabajando y organizando a las masas explotadas para que en el desarrollo de su conciencia política, del poder de su organización podamos sentar bases sólidas para otro tipo de arte popular que reivindique como paraíso soñado relaciones sociales y familiares mucho más fraternales.

sábado, 20 de diciembre de 2014

“Todos los caminos conducen a Once”

Reseña de Leonardo J. Grande Cobián


Muestras de la calidad estética y política como la que está montando Francisco Borghini Pereyra en el local del Partido Obrero de Chacarita (Forest 425) en la semana del viernes 19 al viernes 26 de diciembre, requieren de una reseña de una calidad equivalente que, lamentablemente, no estamos en condiciones de aportar.


Sin embargo, aunque conciente de nuestros límites de formación en ambos campos, la emoción que nos generó la obra del Borga nos obliga a escribir.


Se trata de una veintena de obras, en su gran mayoría pinturas al óleo que muestran la punta del iceberg de una década de trabajo de este joven artista plástico. Una excelente puesta de parte de los compañeros y compañeras del local, prolija y cuidada, que demuestra la capacidad organizativa para eventos tan particulares, donde un detalle descuidado, una luz mal puesta, comprometerían el objetivo buscado.
Bien puesto el nombre de la muestra, ya que se destacan una serie de obras con temáticas diferentes: paisajismo urbano, postales de la vida cotidiana de los trabajadores y trabajadoras de la ciudad y escenas de la vida política de esos mismos sujetos. Estas tres temáticas son entrelazadas por dos tipos de ambientes que las atraviesan transversalmente, mañanas plenas de luz y cielos abiertos y soleados y ambientes oscuros, íntimos, nocturnos. Finalmente, están presentes al menos tres barrios, el Colegiales de la infancia, el Almagro del tránsito cotidiano y el Once de su destino final, barrio que el artista habitó en su primera juventud, la base de operaciones de su experiencia independiente, la proletarización y la militancia.

Por eso acierta el nombre de la muestra, ya que el espectador es invitado a recorrer diversos caminos estéticos, políticos y emocionales que confluyen en un destino mítico, en un centro que es en realidad, como el nombre del barrio, un lugar inventado por quienes allí viven y transitan, ya que en los papeles se trata de Balvanera pero nadie que haya sufrido y experimentado su estación y su gente puede identificarlo con otro nombre que no sea el que su pueblo le da, Once.

La exposición demuestra una capacidad técnica de parte del Borgha que no dudamos en caracterizar a la altura de los grandes maestros del arte plástico de la historia argentina. Cuadros de un hiperrealismo como los perfectos balcones en perspectiva de fuga de “Avenida Rivadavia domingo a la tarde (desde esquina La Rioja)” hasta perfectas obras de un impresionismo clásico como “Plaza Miserere de noche (desde Rivadavia y La Rioja)” o la panorámica nocturna de “Plaza Miserere de noche” que parece ser un ejemplo de lo que Van Gogh podría haber hecho subido a un balcón frente a la Plaza.

Es lo primero que destaca de la muestra: el vértigo de saber que uno está mirando una obra de una excelente calidad técnica en el uso del pincel, el color, el dibujo, la perspectiva y todas las leyes de construcción geométrica de la obra. Pero sobre todo fascina el dominio genial que hace el artista de la luz, probablemente el lugar donde los genios se separan de los excelentes artistas plásticos.

Temáticamente del mismo modo, el compañero pasa de un paisajismo urbano del siglo XIX a una mirada típica del realismo social de principios del siglo XX, que nos recuerda a las obras del Berni clásico. Aunque consideramos, como diremos adelante, que el Borgha supera políticamente esa mirada "social" de la clase obrera típica del realismo comunista y hace un aporte revolucionario.

Lo del paisajismo no es menor, Borgha pinta esquinas y edificios de la ciudad con el ojo de aquellos profesionales de la pintura que lo hacían en épocas donde no existía la fotografía, es decir, con la presión que implica al mismo tiempo la necesidad del registro emocional y también el registro documental, la obsesión por el detalle de aquél que sabe está documentando la existencia de ese paisaje, como se ve magistralemente, por ejemplo, en “Fruteria de Almagro” o “Iglesia Jesucristo es el Señor”.

Pero donde claramente el Borgha se destaca con creces, se supera así mismo, es en el trato de la figura y los rostros humanos. Las dos obras de mayor tamaño que concentran el peso específico de la muestra son “Subte Línea B” y el cuadro donde cinco tipos ranchan en la puerta de lo que era su hogar en Once.

Empezamos por el último, porque si bien podríamos considerarla la mejor obra de la muestra, la que más impacta a los espectadores y la que seguramente mejor describe la obra del Borga, en las otras se despunta una tercera línea que debemos dejar para el final.

En este cuadro, cinco varones, sentados en la puerta de un edificio escabiando (no hay mejor manera de describirlo) a la tarde o mediodía de Once, el artista muestra una sensibilidad técnica impresionante en el trabajo de los rostros, los escorzos y las texturas tanto de la ropa, como de las veredas, paredes y cortinas de hierro: la piel del barrio y de los seres que lo habitan. El tratamiento técnico es preciso, impecable, pero el Borgha decide romper el hiperrealismo cuando trata a los seres humanos, sus caras pierden la obsesión por el detalle y la veracidad, se ablandan, se recortan de esta forma del contexto general, como si el artista quisiera explicarnos un respeto mayor por el ser humano como objeto artístico, en este contrapunto con el fondo, el artista nos guiña un ojo, nos aclara que los seres vivos son más el producto de lo que él interpreta de ellos. Es como si nos dijera que es imposible retratar exactamente cómo es un ser vivo deteniéndose únicamente en la superficie observada, aunque sea perfecta en la ejecución.


Aquí empezamos a asombrarnos de otro aspecto de la obra del Borgha, la exquisita sensibilidad de su mirada para captar los gestos sencillos que caracterizan a los trabajadores y trabajadoras de esta ciudad. En la obra que comentamos, la de los cinco tipos ranchando en la puerta de su casa, los laureles se los lleva el gordo que saluda con una sonrisa mezcla de alegría, cansancio y horas de vino y paco, en contraste con la hostilidad evidente del hombre parado a su lado con los bolsillos en la campera como quien se mantiene alerta para defenderse o atacar. Pero la genialidad de la obra está en el detalle de la particular forma en que el “vecino” sentado en la calle, en el extremo inferior izquierdo del bastidor, empina su “vaso” fabricado con el culo de una botella de Coca de plástico, como sólo se puede ver en las calles de Buenos Aires y alrededores.

Cuando uno contempla esta obra tiene la sensación extraña de no estar observando un cuadro al óleo, ni siquiera una fotografía, tiene la sensación de estar contemplando la foto de una imagen mental, de un recuerdo, como si estuviese pasando en el colectivo  mirando hacia una puerta cualquiera de Once mientras espera, rutinariamente, en el semáforo que el chofer arranque.

Borgha describe paisajes y seres vivos reales, registra casi con exactitud lo que uno siente cuando recorre esos mismos lugares y observa esas mismas cosas. Hipótesis de lectura que el propio autor nos confirma cuando nos dice que “Vendedor de joyas” es producto de su imaginación, cuando hubiese jurado cinco minutos antes que reconocía el lugar exacto de ese cuarto de vereda con afiches de la vía pública (esos que están enrejaditos y que tanto molestan a militantes populares como nosotros, ya que dificultan la tarea de la pegatina electoral o sindical) mostrando minas en bolas que venden chuchería como el africano sentado, aburrido, al costado de su especie de atril paraguas lleno de anillos y bijouterí de oro o imitación. Ese lugar, que yo creí reconocer en una de las veredas de la estación de trenes, frente a las paradas de bondi, por Pueyrredón o Bartolomé Mitre, no existe.  Quiere decir que el Borgha, incluso cuando está describiendo un paisaje real, fotografiado, y personas reales, no se queda en los límites estrechos de la realidad superficial, sino que prende una mirada emocional, pinta lo que él siente al ver ese objeto y por lo tanto lo transforma para nosotros.

Lo interesante es que lo que pinta el Borgha es al mismo tiempo, lo que realmente existe en el mundo exterior pero describe casi con exactitud lo que nosotros sentimos al verlo, las imágenes, colores, y olores que en nuestra mente se recrean ante el detalle. Sino presten atención a “Línea B”, donde tres mujeres, un niño y un viejo son retratados viajando sentados en esos particulares asientos laterales alargados revestidos de esa alfombrita mullidita medio roja medio bordó típicos de la Línea B. Las dos mujeres más jóvenes del cuadro, una de rasgos norteños (jujeños, salteños, bolivianos o peruanos) y otra de complexión criolla, pelirroja de piel clara, evidentemente vestidas con ropa de trabajos que no requieren etiqueta, duermen, agarrada una de su mochila para no ser robada, de su celular con el que escucha música la otra. La otra mujer, más grande, de rasgos asiáticos, no sólo no duerme sino que es la única que rompe la estructura de la obra mirando fijamente al punto de vista del espectador, cuestionando que rompa su intimidad y privacidad observándola, en una pose que sólo quien haya viajado en subte puede reconocer en otro ser humano cuando se cruza la mirada de frente y descubre que era observado.

Pero además la señora carga a su hijo de 5 o 7 años en sus piernas de la forma que cargan las madres laburantes a sus hijos en el subte o el colectivo llendo o viniendo del laburo sin guardería, con el pibe desarmado, despatarrado sobre su cuerpo en una posición de fajir hindú pero que aparenta ser la postura más cómoda del universo.

Finalmente, el viejo no sabemos si duerme o directamente está comenzando a transitar el camino placentero de los difuntos. De conjunto, Borgha retrató la alienación cotidiana, la sensación de las millones de horas de nuestras vidas que pasamos yendo o vinivendo del laburo, destrozados/as, rotos del cansancio provocado por trabajos flexibilizados, precarios, turnos inagotables, salarios miserables. La ropa desgastada, deshilachada, sin planchar, con sus colores apagados por el lavado permanente con materiales baratos. Las pieles raídas, las piernas... las piernas de las mujeres explotadas de este país están siempre hinchadas, llenas de moretones aún a pesar de los evidentes esfuerzos por maquillar la situación.

Es momento de anticipar conclusiones: un artista plástico consagrado no sólo debe tener el mejor manejo técnico posible sino que además debe ser capaz de utilizar ese manejo de la forma en función de lo que quiere relatar. Debe haber no un simple “equilibrio” sino una relación dialéctica, una tensión, una lucha entre forma y contenido, pincelada y mensaje que logren superar ese dualismo, como aquello del todo como algo diferente de la simple suma de sus partes. Y el Borgha, a nuestro humilde criterio, lo logra.

Pero cuál es ese mensaje, cuál es el concepto político del pintor. Es evidente que hay una evolución en su mirada a lo largo de la obra. Sus cuadros más viejos están más influenciados por la contemplación romántica y fantástica de los paisajes cotidianos, una mirada propia de quien vive la ciudad no como un turista pero sí como un pequeño burgués (dicho en términos de caracterización sociológica, no de insulto infantil) que no sufre la ciudad como la sufre un trabajador. Y es que el Borgha es sincero, no oculta ni busca ocultar quién es, por eso en su obra no hay elementos efectistas, forzados, extrapolados innecesariamente.

Pero en su camino biográfico, el nieto de una artista plástica e hijo de padre y madre arquitectos, de la clase media acomodada de Colegiales, se independiza del ambiente cómodo familiar y busca su propio lugar en el mundo, se muda con un amigo a una pieza del populoso Once y comienza a descubrir con asombro de niño el nuevo y deslumbrante mundo de la vida cotidiana de laburantes y desclasados, de pobres y súper pobres. Al mismo tiempo lo hace con la ternura y el dolor de quien está comenzando a sufrir esa ciudad desde el mimso lugar. La mirada de los cuadros está en el mismo horizonte de las personas retratadas, como si saludara a los borrachos en uno, como si viajara en el asiento de enfrente del mismo vagón el otro.

El artista, que viene de otro palo, ha sido puesto por su realidad material a la misma altura de los trabajadores y no reniega tampoco de ese lugar, lo acepta, se hace cargo, se proletariza. Y lo hace con orgullo pero no olvida la denuncia. No reniega del aguante del explotado que sigue luchando para sobrevivir en las peores condiciones pero tampoco lo idealiza y se olvida de la mierda que vive, como quien decreta -miserable, hipócritamente-, “el día del orgullo villero”.

Esto se puede ver de forma magistral en “Tormenta en Villa Luján”, el retrato exquisito, impecable, genial, de una calle medio asfaltada medio de tierra, cubierta de charcos de barro y agua de lluvia, en el final de un día, en la penumbra del atarceder donde Borgha logra sugerir la presencia exacta de cada objeto, los autos, los palos de luz, las paredes, sólo con destellos casi imperceptibles de luz en el contexto de una penumbra casi total. ¿Cuántas miles de veces el laburante o la trabajadora han visto esta misma escena saliendo de su casa a la madrugada o volviendo destrozado/a del laburo? ¿Cuántas veces hemos sentido ese vacío, ese vértigo de la soledad del oprimido yendo a recibir voluntaiamete su cuota diaria de sufrimiento? Visto así este cuadro es al mismo tiempo, descripción realista del dolor, denuncia desgarrada y la tenue luz de la poesía de aquél que de todas formas no se deja aplastar y encara el día de trabajo y de lucha.

Los caminos del Borgha lo llevaron a organizarse en el Partido Obrero, a formarse en la práctica y la teoría de una organización de combate contra el Estado, por los derechos de los obreros, ligada a su clase y a la lucha por el socialismo. Por eso, si cuadros que describen la vida cotidiana como el de los borrachos y el del subte podrían ser enmarcados en la mirada del “realismo social” de pintores de izquerda como el comunista Antonio Berni, en su obra Borgha supera la candidez, la condescendencia del pequeño burgués de izquierda por una clase obrera idealizada. El Borgha mira como un revolucionario, no busca puños en alto, sino la mirada de odio de clase del magnífico viejo linyera de “Hombre con bolsas” o la tensión en los cuerpos, las manos y las miradas de una asamblea obrera como en “Reunión del Sitraic”.

Y arribamos a la segunda conclusión: que el artista revolucionario debe poder utilizar un manejo dialéctico de la técnica y el mensaje y en ese mensaje debe aportar elementos para desarrollar una conciencia política superadora para los espectadores de su obra. El pequeño cuadro donde una docena de trabajadores de la construcción discuten alrededor de una mesa llena de puchos, panfletos y botellas de agua mineral, tomados por una perspectiva aérea, parece señalar la salida para los demás personajes de los otros cuadros, los alienados, los descompuestos, los más golpeados. Porque los personajes de “reunión del Sitraic” son exactamente iguales en gestos, rostros, pieles y ropas a los demás, podrían confundirse con los que escabian en la puerta o las mujeres en el vagón de subte, pero desde el mismo planteamiento de la perspectiva forzada desde arriba, y aunque estén sentados, el cuadro tiene un movimiento explosivo, incómodo, anormal, no cotidiano, movimiento que técnicamente expresa la tensión ivisible de una reunión donde los desposeídos discuten, en el fondo, cómo enfrentarse a la clase social que los exprime, es decir, una reunión previa a la lucha física.

Todo lo dicho no resume ni un poco lo vivido. El Borgha, este artista excepcional aquí rudimentariamente descripto, nunca pisó una escuela de artes. El Borgha es autodidacta y reivindica esa ausencia de academia en la formación de su particular mirada. Así como Quinquela Martín, que aprendió a dibujar y pintar en los ratos libres de su infancia en la carbonería de su viejo en La Boca, el Borgha nos confiesa no haber abandonado nunca el método sistemático de divertirse dibujando y pintando como cuando era niño, a diferencia de Quinquela, en el estudio de arquitectura de su hogar materno. Es interesante la referencia, porque si bien el xeneize y el hijo de Colegiales difieren del ambiente social de donde se nutrieron, son exactamente iguales en el punto de haber suplantado la disciplina de la formación académica con su propia inquebrantable disciplina y voluntad y en ambos casos ninguno renuncia a la pretensión de alcanzar el más alto nivel técnico posible. En otro aspecto más se igualan, en su honestidad brutal, ya que los paisajes portuarios de Quinquela están llenos de la íntima mirada del portuario y en su pintura se nota sin vergüenza el origen de su formación, lo mismo pasa en el caso del Borgha, quien en ningún momento renuncia a su identidad, a su clase de origen, ni a la clase social que adoptó por elección. También llama l atención con la coincidencia con el gran artista gráfico M. C. Escher, arquitecto de profesión, quien a partir de la fascinación que le provocaron los paisajes descubiertos en sus viajes de juventud volcó la particular mirada del arquitecto a una construcción estética muy singular. En las perspectivas y la obsesión por el detalle de su obra, el Borgha hace homenaje a la forma de mirar el mundo de sus progenitores.

Nos tocó asistir a la muestra de Borghini en el decimotercer aniversario del Argentinazo, lo que nos llevó por casualidad a releer la entrevista brindada por Jorge Altamira, dirigente del PO, a la revista Acheronta 15 y a uno de sus sostenedores, el renombrado psicólogo Michel Sauval en julio de 2002. Entre las decenas de conceptos vertidos por Altamira, siempre nos llamó la atención su análisis de la relación entre los militantes revolucionarios, la clase obrera y la transformación de la realidad.
Allí Altamira explica que el trabajo del militante revolucionario consiste, individual y colectivamente, en aportar al metabolismo político de su clase. Mientras el trabajador o trabajadora es consciente de su experiencia de sujeto alienado, explotado y oprimido, el individuo organizado, más consciente de las causas últimas de esa explotación, aporta su mirada, un programa de salida, un método de organización y de lucha, que desde el volante, la consigna y la intervención en la realidad termina modificando el ambiente, la realidad en la que actuan ambos, cambiando finalmente tanto la realidad como la conciencia que la clase obrera tiene de la misma.

Este metabolismo está presente en la obra del Borgha en dos sentidos, dos caminos. El camino de ida, su inicio como artista no profesional, no explotado, de la clase media acomodada porteña hacia la independencia de la familia, la proletarización y el descubrimiento de la militancia. Y un segundo camino, desde la formación política, en la teoría y la lucha práctica hacia su clase adoptiva, para transmitirle un nuevo concepto que permita una evolución conjunta, un proceso común de decantamiento de conclusiones. El Borgha ha sabido sintetizar y resumir en su vida, en su obra, un siglo de debates en torno al rol del artista en la revolución. Su experiencia como militante revolucionario a transformado su conciencia al mismo tiempo como ser humano, como militante y como artista. Es el mismo cerebro, no está escindido, el Borgha no se cuestiona ni pinta como artista mientras interviene en la reunión de círculo como militante: es él mismo en cada caso.
Podemos decir que el ascenso de la conciencia política de la clase obrera en Argentina atrajo con poderosa fuerza a los hijos de la clase media educada y con recursos materiales y culturales privilegiados hacia su horizonte, hacia sus intereses como única forma de salvar a ambos. La clase obrera en Argentina, por medio de su lucha conciente y organizada, ha parido un artista revolucionario de una fuerza estética a la altura de cualquier artista consagrado por la burguesía de hoy o del pasado.

En la lucha por la toma del poder la clase obrera va librando batallas conciente o inconsientemente, planificadamente o no, en diversos campos de la vida social. En la disputa de las conciencias a través del arte también. Y la existencia del Borgha es una prueba de la fuerza política del proletariado revolucionario en nuestro país.

Y lo mejor de todo es que el Borgha es un tipo macanudo, que no se subió a ningún barco. Daba gusto presenciar sus charlas con los amigotes del barrio o el laburo que fueron de la mejor gala que pudieron a ver la obra de su amigo “el pintor” y sin muchos conocimientos técnicos le describían entre risas y muecas de asombro cómo los habían impactado los cuadros de los pibes jugando al fútbol en el potrero del barrio o el del chabón tratando de sintonizar la tele y la radio para ver y oír el clásico. Porque lo más lindo del Borgha es que no sólo pinta al pueblo, sus dolores y esperanzas, el Borgha es un muchacho de pueblo, y por eso, creemos, todos los caminos lo llevan a ser, en la próxima etapa de la lucha de clases en nuestro país, el artista –obrero y socialista- del pueblo.

domingo, 13 de julio de 2014

Ayer y mañana, ahora


“Por otro lado, en lo concerniente a la relación entre literatura y política, es necesario tener presente este criterio: el literato debe tener necesariamente perspectivas menos precisas y definidas que el político, debe ser menos “sectario”, si así puede decirse, pero de una manera contradictoria. Para el político toda imagen fijada a priori es reaccionaria; el político considera todo el movimiento en su devenir. El artista, en cambio, debe tener imágenes fijadas y solidificadas en su forma definitiva. El político imagina al hombre como es, y, al mismo tiempo, cómo debe ser para alcanzar un fin determinado; su labor consiste precisamente en impulsar a los hombres [y mujeres] a moverse, a salir de su ser actual y “conformarse” a dicho fin.

El artista representa necesariamente, de una manera realista, “lo que hay” en determinado momento personal, de no-conformista, etc. Por este motivo, desde su punto de vista, el político no estará jamás satisfecho del artista, ni llegará a estarlo nunca. Siempre lo encontrará retrasado respecto al tiempo, anacrónico y superado por el movimiento real. Si la Historia es unn continuo proceso de liberación y  autoconsciencia, es evidente que cada etapa, como Historia y, en este caso, como Cultura, será inmediatamente superado y no interesará más.”

 

Antonio Gramsci, dirigente el Partido Comunista Italiano, en su período leninista, encarcelado por el fascismo de Benito Mussolini, en la página 30 de la edición de Juan Pablos Editor,publicado en México D.F. en 1976, de la recopilación de apuntes hecha por el PCI llamada Cuadernos de la cárcel, particularmente Literatura y vida nacional.

 

“El tiempo de un escritor: diacronía que basta por sí misma para desajustar toda sumisión al tiempo de la ciudad. Tiempo de más adentro o de más abajo: encuentros en el pasado, citas del futuro con el presente, sondas verbales que penetran simultáneamente el antes y el ahora y los anulan.”

 

Julio Cortázar, Encuentros a deshora, en La vuelta al día en 80 mundos¸ Siglo XXI editores, México D. F., tercera edición, junio 1968 (primera diciembre 1967), página 67.

 

Una final de la Copa del Mundo no es una situación común, cotidiana. Lo sabemos quienes esperamos 24 años para volver a ver una. Todo evento que rompe la cotidianeidad marca una discontinuidad con el orden establecido, aunque más no sea en cuestiones como calibrar los horarios de toda tu vida, te guste el fútbol o no, por el mundial.

Encima tengo la sensación que el padecimiento de esta generación que viene del ajuste de los 90, la crisis del 2001 y la nueva crisis que tenemos encima lo vivió con la ilusión enorme de poder descomprimir tanta angustia con una alegria concreta.

Esos dos factores nos empujaron a todos a concentrarnos al máximo durante 120 minutos en lo mismo.

Cuando pasamos a Suiza entendí que llegábamos a la final con Alemania. Que se iba a repetir. Me pareció entender que el técnico había encontrado el equipo, que el equipo había encontrado el caudillo y ganado la confianza para llegar.

Desde el partido con Suiza que me vengo dando manija con esa idea: vuelvo a julio de 1990.

Vos fijate, el sólo hecho disruptivo de volver a vivir una final de la Copa del Mundo pero, además, contra el mismo rival, con las mismas camisetas, la azul y la blanca.

A mi me puso de nuevo en julio de 1990. Yo terminaba de transcurrir los últimos días de mis doce años y comenzaba el decimotercero. Fue el último año de los doce que viví mi infancia y pubertad en Posadas, la experiencia vital que más me marcó en la vida. Sin saberlo dos años después comenzaría la peor etapa de mi vida y la de mi familia.

Pensé que volvía a julio de 1990 para tener la satisfacción impensada, improbable, genial y maravillosa, -borgeana, cortazariana y fontanarroseana-, de revertir el resultado, esta vez campeones, esta vez ganábamos nosotros: a los 36 años el pibito de 12 cerraba una vieja herida, como para avanzar más firme y con una deuda menos encima.

Pero me equivoqué. Finalmente volví al mismo exacto lugar, para recibir la misma frustración de hace 24 años, con el mismo idéntico resultado.

La madurez emocional tiene este fenómeno interesante, cuando uno va acumulando experiencia consciente en el recorrido de su vida, empieza a tener nuevas herramientas para caracterizar el mundo, conocerlo y conocerse. Las experiencias vitales van aportando ejemplos, comparaciones, elementos de análisis que antes no estaban.

El primero es reconocer esta idea de la crisis, de la transición, del fin de un momento determinado, con sus leyes, su orden, su continuidad y atravesar todo un período liminar, fronterizo, indefinido, donde no se vislumbra todavia claramente a dónde se va. Como la luz de un atardecer, esa hora antes de que se ponga y la media hora siguiente, hasta que se cierra la noche. Como el punto exacto del horizonte donde la tierra y el cielo no son ni la una ni lo otro, o la cúspide de una montaña en donde quien está erguido es parte al mismo tiempo del cielo y de la tierra sin estar completamente en uno u otro, como viajar en el río, en ese lugar que no es nunca ningún lugar y sin embargo es el puente entre uno y otro, como viajar en tren o pasarse las horas en una estación, como la orilla del lago, donde no es lago ni es orilla.

En esos momentos críticos, liminares, mágicos quedan dos posibles formas de reacción consciente. Uno puede cagarse ante el fin de lo conocido y la invisibilidad del orden futuro. Uno puede quebrarse, deprimirse, retroceder paralizado. Uno puede ser volteado sin compasión por una crisis mal encarada.

Pero también puede encararla desde el firme convencimiento de que todo lo que nos oprimía el pecho del orden constituido anterior a la crisis está ahora absolutamente debilitado y que la forma en que uno decida afrontar la transición es clave para definir la posibilidad de que en el nuevo escenario aquello que lo oprimía haya sido eliminado o al menos reducido a su menor expresión.

La primer alternativa no sólo es nefasta desde todo punto de vista sino que es la que menor grado de energía, audacia y exigencia personal requiere. Es la más cómoda: con todo lo angustiante y deprimente que pueda llegar a ser, esa persona está haciendo un esfuerzo mental y físico increíblemente menor comparado con el esfuerzo que requiere enfrentar la crisis abrazando la segunda alternativa.

A los 12 años me era imposible participar activa y consienntemente de mi crisis personal y la de mi familia de una forma en que pudiera ser productiva para lograr un mejor futuro. Y sin tomar una decisión voluntaria me introduje en una grieta muy fina, muy gris, desde la que cada tanto podía contemplar imágenes bellas de la vida y hasta algunas las he podido vivir y disfrutar. Pero recorría todo el tiempo el borde de un abismo. Fue una depresión que duró décadas y que entiendo terminó de cerrarse recién veintidós años después.

Como todo proceso individual de esa duración en esa etapa de la vida de un individuo, tuvo un movimiento sinuoso, con avances y retrocesos, con etapas.

Yo estoy de nuevo parado en el mismo lugar esencial más verdadero de todo individuo, en la más absoluta soledad, en el avance irrefrenable de una crisis que es profundamente personal e íntimamente fusionada con la crisis de una sociedad entera de miles de millones de personas en todo el mundo.

El nivel de profundidad de esta crisis es muchísimo mayor al de aquella. La tormenta que se avecina será con mucha seguridad muchó más fuerte que el temporal del pasado.

Nada ni nadie en este universo puede asegurar como va a terminar. Nada ni nadie pueden determinar que saldremos mejor o peor de esta crisis. Sólo sabemos que vamos a salir de otra forma, mejor o peor. Mucho mejor o mucho peor.

Termina el partido. Corto relación consiente con todo ser humano con quien de alguna forma viví conjuntamente este momento. Vuelvo a la realidad.

Estoy en julio de 2014. Es el primer año que vivo en un barrio totalmente desconocido con anterioridad. Mi novena mudanza, el eterno retorno a recomenzar, a desarrollar otra vez el desconocido camino del nómade, del emigrante, del caminante.

Estoy viviendo la última semana de mis treinta y seis años y a minutos de comenzar el trigésimo séptimo. Estoy a dos años de duplicar el tiempo que llevo viviendo en Buenos Aires del tiempo que viví en Posadas. Hay el doble de experiencias vitales profundamente trascendentes en mi vida. Ha sedimentado en mi estructura emocional más básica, en lo profundo de mi ser inconsciente una forma de ser y de actuar que son suficientes para acceder a esa programación elemental de la infancia y la pubertad y transformarla, re-elaborarla en otra cosa, en otra materia, e la base de otra conducta.

Hoy cuento con los elementos suficientes para tomar una decisión y escoger una de las dos alternativas. Invertiré toda mi energía en elegir y sostener hasta donde me sea humanamente posible la estrategia de encarar la crisis con determinación, coraje, sistematicidad para golpear todo lo posible al debilitado sistema que me oprimía y hacer todo lo que esté a mi modesto alcance para que salgamos de esta enorme crisis mucho mejor, sin un montón de mierda en nuestros cerebros y en nuestra vida.

Saldré a luchar con valor para liquidar lo viejo. No me importa, porque no depende de mí, si lograré la victoria o no, como no dependía de mí sino de un equipo de jugadores y técnicos el ganar hoy, o hace 24 años.

Sólo me importa la actitud que voy a tomar para encarar esta etapa.

Todas mis esperanzas están en la posibilidad de que seamos muchos más los que tomemos esta decisión no sólo al mismo tiempo, sino organizados de la mejor manera posible para tener las más altas chances de vencer.

 

Alea iacta est.

martes, 1 de julio de 2014

Sin adjetivos


Me dicen que escribo con muchos adjetivos. Que escribo desde las vísceras. Que muestro la hilacha, que eso no es escribir.


Pues bien.

Él tiene menos de treinta años. Recorre dos cuadras de Martínez Castro, entre Fernández de Cruz y Chilavert.

Siempre.

Con frío de escarcha, con lluvia, de día, de noche.

Siempre.

Un metro ochenta, espalda, hombros y manos de laburante. Cuerpo de hombre. Con un buzo de color que alguna vez fue azul-marino, con el logo de Carrefour en el ángulo superior izquierdo, como los que usan los compañeros en el depósito, no como los de los repositores.

Mira con ojos de niño. Siempre se lamenta.

No habla. No grita. Tampoco llora.

Un largo lamento, como un cuchillo. Perfora tus oídos. Perfora tu sensibilidad.

“Me pegan”, “me pegan”. Arrastra la “a” durante un minuto, minuto y medio. Cuando parece que termina con el llanto, cierra con la “n”, respira, vuelve a lamentarse.

Una docente (en estas dos cuadras hay seis escuelas) lo para. Lo toca. De su boca sale la pregunta que todos nos hacemos desde que arrancó el otoño “pibe ¿quién te pega?”

Sólo señala. Hace un movimiento con la mano izquierda, como quitándose una mosca de detrás de la oreja. Lo repite. Con angustia en los ojos, mira al vacío, hacia abajo. Sólo su cabeza, hacia abajo. El resto de la montaña de músculos, firme.

Todos esperamos, con angustia, la respuesta.

La seño le sigue hablando, pero no la escuchamos. Seguro intenta explicar lo que todos explicaríamos: “no podés seguir así, pibe, con el frío, la lluvia, en la calle... ¿quién te pega?”

Pero él no responde. No dice nada.

Ahora agrega otro movimiento. Después de abanicarse la mosca que no existe, mira hacia el norte, señala con su brazote y el índice extendido.

El pelo enrulado, corto al ras. Ninguna muestra de suciedad en la ropa ni el cuerpo.

¿Quién le pega?

¿Quién lo dejó así?

¿Por qué el lamento?

¿Importa?

Yo me imaginé que quedó así por el trauma que le generó el mismo que le regaló el buzo y lo obligó a usarlo.

Los auxiliares de la escuela, los vecinos, las vecinas, desarrollan teorías sobre madres que golpean y padres que abandonan.

No importa.

En Villa Soldati, el “loco que llora” es solamente una probabilidad para el futuro de toda la juventud que trabaja. De todas las probabilidades es la que más acontece, el quiebre, la frustración, la locura en alguna de sus formas, desde el lamento en la calle hasta el asesinato, de otro ser, de sí mismo.

Su soledad es mía. Su llanto vive en cada momento de mi vida, resuena, rebota como un eco, como disparos de escopeta. Dentro mío. Dentro mío hay un cañón, una quebrada, donde su lamento resuena, rebota, no cesa.

Con vísceras, sin vísceras, importa un carajo.

Porque la vida, lo que escribo, no es literatura. No requiere adjetivos para dolerrme.

De ahí, desde ese fondo, amaso el lamento del “loco que llora”.

No lo dejo escapar. No le impido la entrada.

Lo amaso. Con paciencia. Lo amaso, lo pulo. Le pongo levadura, recuerdo su mirada, la de Fernando, volviendo del infierno.

Le pongo levadura, la mirada de Natii, su hermano roba al por menor, su hermanito se da con paco, su hermanito no roba para la 36, tampoco para Gendarmería, su hermano en el Piñero con el pulmón alojando una bala de FAL. Su marido, el de Natii, el papá de sus tres hijitos, sale a chorear para buscar la comida que diez años de trabajo responsable en la panadería ya no le dan más porque osó pedir la limosna del blanqueo y le pusieron una patada en el orto. El esposo de Natii, que para no matar a nadie, ni por error, salió a chorear después de una dékada rescatado y le vaciaron un cargador de reglamentaria.

Le pongo especias, lo condimento con la imágen del papá del Chino, quemado vivo, en su cama, entregado por sus “compañeros” de la obra, para chorearle la indemización del despido de la obra de la UOCRA... Imágen del propio Chino, estudia, trabaja, atajaba en Sacachispas, con el rostro desfigurado, respirando todavía, no sé por qué... y tampoco importa.

Amaso, levo, sazono el lamento que transformo en mi grito de libertad. Grito de guerra. Odio de clase. Para ellos, para los policías, gendarmes, curas, obispos, funcionarios, punteros, milicos, burócratas sindicales, burgueses, patrones, terratenientes, banqueros, sojeros, mineros, Monsanto. A ellos, les devolveré toda esta muerte sin adjetivos, sin humedad, sin poesía que amaso, levo y sazono.

Con paciencia, con odio.
Con toda mi vida.

sábado, 28 de junio de 2014

La muerte viaja en el Roca (y a su lado va la vida)


Uno se toma el tren, bah, esta cosa que nos acostumbramos a decirle tren. Pero esto no tiene nada que ver con el transiberiano, con un transporte que te cruza desde lo conocido a lo desconocido, una alfombra mágica de fierro que te lleva a volar por nuevos mundos. Ni siquiera son esos coches limpios y humanos donde viajás sentado para llegar más rápido a tu destino.

Uno se toma el Roca, para hablar con propiedad, desde cualquier lado, ponele Monte Grande, Glew o Temperley, y ya tenés la nariz y el alma llenos de mugre, la mugre es todo, te infecta, te mancha, te ensucia.

Las cinco de la mañana, mañana fría y húmeda de Buenos Aires, como hace mil años, este clima de mierda que se te mete en los pies y en los huesos aunque te hayas tirado camiseta, camisa, blusa, pulover, campera, bufanda, guantes, jeans, borcegos rotos y medias gruesas mal lavadas, no importa, el frío se te mete, como un intruso, te cala. Vos vas agarrado de la nada, te sostienen otros cuerpos enfundados en tantos abrigos, de colores grises, marrones, beiges, negros azul marino, ni en la ropa sentís aire fresco o vida limpia.

Todos apelotonados, apelmazados, compactados, tufos, olor a meo, alientos de trasnoche, barbas de tercer día, perfumes baratos en cantidades industriales. Culos, piernas, zapatos, hombros, espaldas, bultos, tetas, panzas, todo amasado, empujado, violado.

 

Lo peor sin embargo son las caras. Entre los brazos que cuelgan como crucifixiones se pueden ver las caras.

Caras sin vida. Peces muertos. Todavía respiran, los músculos relajados, las pieles color papel, arrugadas, todos duermen. Nadie sabe si vamos en un vagón o en un enorme ataúd de gente que no sabe todavia que ya se murió.

 

No importa el traqueteo, la poesía de las barriadas y el rocío o la escarcha sobre los pastizales malevos que crecen sin pedir permiso por cualquier grieta o boquete de cemento o ladrillo que haya. Nadie puede ver la perspectiva irse y venir, alejarse si mirás la ventanilla para atrás, acercarse mucho más lento si mirás para adelante. Trac trac trac trac. Somos parte del fierro, del alumnio que empuja el espacio como un toro, que se coge el aire, el viento, que galopa el riel, que salta, se bambolea, la sacudida no es poesía cuando se te mete en el músculo mal dormido, mal sentado, mal parado, mal cogido, mal comido. Toda la energía del tren, del tiempo, de su velocidad, de su freno en tus contracturas, tus nudos, tus callos, tu juanetes, tu cuello rectificado, tu acidez estomacal, tus víceras ahí, amortajadas por tu carne vieja y rota, seca, y los trapos que fuiste comprando como pudiste o te regalaron o el buzo que encontraste tirado.

 

Y la gente duerme parada, flotando entre los cuerpos que van a Constitución. La gente duerme parada. Las viejas, las jóvenes, los altos, los petisos, los feos, los lindos, los limpios y los sucios, todos duermen. Bah, o lo que nos acostumbramos a decir dormir. Dormir, no es una cama de sábanas blancas con perfumito con un sol radiante detrás de las persianas que ponen una penumbra de alcoba, el olor exquisito de la madera de quebracho o roble de la cama. Qué mierda si tu cama siempre tiene la sábana áspera, el colchon vencido de los mil años de tirarle el cuerpo encima y soñar, soñar despierto con el día de suerte en que lo vas a poder cambiar, la frazada corta que no es metáfora de periodista sino que es tu puta realidad de pies fríos o pecho congestionado.

Y así vamos, porque lo nuestro es un mero ir y venir. Nada más. Somos unos forros si llegamos a decir que viajamos a Constitución, que como ya estamos muy cansados hasta para hablar solo es Consti.

 

Las estaciones de tren deberían ser lugares mágicos, encrucijadas donde millones de almas se cruzan y encuentran entre los milenios. Lugares que a pesar de las guías y los mapas son todo lo contrario, no lugares. Sitios donde empiezan los caminos y recorridos de unos y terminan los de otros. El mismo lugar, pero puro esperar y ansiedad para el que arranca, puro destino final, alegría y fin del cansancio para otro. Una mancha difusa para el que pasa sin detenerse en ella.

Cuántas historias se han tejido en las estaciones de los trenes, como puertos de ríos de hierro y tosca.

 

Sin embargo, en las estaciones del Roca la muerte tiene ojos de niño y mirada de perro golpeado, abusado, vejado, que pide limosna o la roba. Los baños son miserables cuevas vomitadas que trabajan de wiskería de menores, prostíbulos al paso regenteados por la mierda humana.

 

Y bajarse a los empujones, codazos, zancadillas y patadas, y correr por el anden, sí, correr caminando o caminar corriendo por el andén lleno de mugre, de costras grises de mugre, de papeles sucios, de restos de panchos, chipa o lo que mierda sea que se me pega al zapato y a los ojos, me jode en los ojos, me quita el placer de mirar, ya no miro. Porque en el Roca no se mira, no se mira a nadie a los ojos, porque es un código, porque la franqueza y la sinceridad no son hipótesis necesarias, se puede prescindir de la humanidad de la mirada. El mirado reacciona como el perro macho, se espanta, se planta de manos, ladra con la mueca, con el torcer de la nariz, baja la mirada.

 

(Pero todo esto es pura literatura. Los que saben la verdad, saben que la cadena de ataúdes que empujan el riel se mueven sobre una historia negra de muerte mafiosa desde que masacraron a los primeros habitantes de la pampa hace 500 años y vinieron a rematar a los últimos rebeldes con el sable de Rauch al Rémington de Julio Argentino, pasando por toda la caterva de estancieros hijos de una gran puta que desde Rod´riguez y Rivadavia hasta Alsina y Mitre pasando por el mazorquero Rosas transformaron verde pasto en leguas y hectáreas, en hipoteca garantía de deuda externa, en negociado para el capital financiero britanico y sus hermosos trenes y estaciones bucólicas. Pero también a los millones de polícías y milicos que gasearon y apalearon a los millones de obreros ferroviarios que enfrentaron conscientemente, de cuerpo y alma, este trasnporte de mugres, guita y explotación. El Roca, además de elevar al prócer asesino de indios y gauchos, lleva en sus entrañas la sangre de tres mártires del pueblo argentino, Darío, Maxi y Mariano.)

 

Lo peor no es cuando el tren no sale o demora, como siempre, lo peor no es cuando las miles de personas te hacen imposible ahorrarte dos minutos más en esta corrida infernal para fichar. Lo peor es cuando llega a tiempo, cuando te deja en el lugar a horario. Porque nos sentimos felices, tenemos la sensación cálida de que hoy llegamos temprano, se nos levanta el ánimo, nos animamos a mirar para arriba y disfrutar de una nube, del rojo amanecer en el horizonte de cemento de la ciudad mugrienta, sonreímos como boludos o boludas por el cantar del pájaro. Estamos felices. Felices. Felices de que esa máquina infernal nos hizo llegar a tiempo para ser triturados por el laburo a tiempo, para dejar nuestra sangre, energía, vida, amor, ternura, paz, bondad y todo lo que nos hace humanos en cuatro paredes de durlok mal pintadas y un par de hios de puta que se preocupan de hacernos sentir una mierda. Cuando inventaron el metrobús nos alegramos de poder dormir quince o veinte minutos más...

 

Somos eso, músculo y neurona, sangre, caca y moco, huesos y piel, para alimentar la máquina de la economía. Somos vacas llendo al matadero, sólo que nuestro marrón es invisible, nadie siente que le dan un mazazo en la nuca cuando ficha o se sienta a laburar. Pero te lo dan, te hacen mierda el sistema nervioso, te van amasando, haciéndote sólo eso, solo carne, hamburguesa, bofe.

 

Sin embargo, objetivamente, entre esos millones de pares de zapatos y zapatillas caminan seres humanos. Esa piba de cabeza gacha, de cartera grande de señora, de campera de frío o sacos de lana rojos y calzas abrigadas, con el pelo chato pero con las puntas semiteñidas, con su misteriosa cara siempre oculta, esa piba esconde una pasión inconmensurable que no entra en todo el galpón de esa enorme estación de modelo parisino con hierro forjado a la vista y viejos ventanales sucios ya con el tiempo.

Esa piba hace el amor con una pasión y ternura que sólo conocen los amantes sensibles que pudieron estar bajo sus piernas, dentro de sus piernas, abrazados a su pecho con su lengua por todo el cuerpo y que sobrevivieron al placer. Esa piba lucha todos los días con una fuerza que ni ella reconoce para aguantar el laburo, sus jefes, el abuso naturalizado del piropo, la humillación permanente, las tres hijas que siempre alimenta, viste, educa, divierte como si fuesen las mismísimas reinas de inglaterra, esa piba usa su tiempo libre para luchar por las otras pibas y mujeres gandes del barrio, para que no se las chupen las redes de trata, los narcos, los transas, los intendentes, la policía, la mierda humana vestida de traje, uniforme, sotana o espor. Esa piba tiene el cuerpo lleno de poesía, de música, de Carl Sagan y Stephen Jay Gould, de Los Simpsons y las películas que más le gustaron, el Río Paraná que nunca conoció lo tiene metido en el suspiro. Esa piba sabe más de economía y política que el forro de barba afeitada en la peluquería de moda que se llena los bolsillos con los libros que en dos años llenan los anaqueles de usados en oferta porque sus análisis sirvieron nada más que para completar el 2 por 10 o 3 por 15.

Y vos, alienado, te la cruzaste y no la viste. Te perdiste su magia, su amor, su inconmensurable ternura imposible de medir, cuantificar, completar, atrapar, asir, retener. Te perdiste su risa cuando es feliz y el cielo más cerado de plomo y lluvia no tiene otra opción que rendirse y dejar paso a la nube rosada, tornasolada o blanca y que la luz ilumine, limpie, tu alma.

Yo, que la conocí, me siento un afortunado. En las horas más amargas en que me siento, como ahora mismo, a repasar cada piedra recogida en este largo y doloroso viaje que llamamos la vida, me pongo a juntar en mi mesa los recuerdos de las bellas personas que me crucé en el azaroso puente del destino y añoro su calor, sus suspiros, sus gemidos y su canto que nunca escuché como hubiese deseado.

Yo, que la conocí, y su magia me supo llenar las horas, me arrancó del tedio, de la inhumana alienación del trabajo, que fui convencido por su amor de dos noches y el wasap sé que soy otro gracias a ella. No sé su nombre real ni su dirección exacta. No podría encontrarla si allanara todas las casas el extremo conurbano donde vive. Sólo sé que todas las mañanas, tipo 5 o 6, se toma el tren de la muerte y viaja a su lado, defendiendo la vida con cada suspiro.

Sé que si me tomo el Roca al revés, un sábado cualquiera, en cualquiera de las plazas y estaciones la veré piqueteando un periódico de letras sin imágenes, convenciendo al mundo de la salida para su sufrimiento eterno y cotidiano o regalándome, generosa y desprendida, un mísero volante de papel gris para que encuentre con él, como un hilo de Ariadna, mi propio camino para salir de este laberinto sin paredes.

Sé que si el Roca al fin está muerto, paralizado por el corte, la huelga, ella estará en los pies de los que marchan y en las manos que sujetan las cañas que rompen el cotidiano cielo en banderas rojas y oro y, si todo es bello y perfecto, en las piedras y las que vengan después de las gomeras que, como dijo el poeta urbano, no siempre serán.

 

Lenin solía decir que el socialismo se verificará cuando los trenes lleguen a horario.

 

Vale camarada,

siempre y cuando,

en la última estación del recorrido,

la encuentre de nuevo

a ella,

feliz

y gobernando.