Translate

sábado, 25 de enero de 2020

Los colores del corazón

Con Marito en el Parque del Centenario, 21 de setiembre de 2018


Marito en casa, con Cata
In Memoriam, 
Mario Domínguez, 
hermano del cosmos


-Menos mal que llegaste, faltabas vos.

-¿Qué pasó?

-No podemos acomodar la sala hasta que nos lean el testamento a todos juntos.

-Qué testamento, si era más pobre que las arañas.

-Yo dije lo mismo, pero la abogada se puso firme.

-¿Tenía abogada?

-Es la hermana de la ex, la que les hizo los trámites del divorcio. Vení que te la presento. Doctora, ya estamos todos, podemos arrancar.

-Hola, Eze, qué verga, hermano.

-Sí, Alejo, una cagada.

-Bueno, muchas gracias, mucho gusto. Como le decía a sus amigos, para mí también se trata de una situación extraña. Recibí un mensaje de Leo hace pocos días pidiendo que les lea esta carta a sus tres mejores amigos antes de que se hagan los arreglos del velorio. Entiendo que para ustedes es un momento muy duro…

-La verdad que estamos confundidos, dotora. No sé qué arreglos faltan, Marquitos se peleó con el sindicato para conseguir la sala, el Eze trajo la bandera, el resto contactamos a la familia y los conocidos…

-Les repito lo que les vengo diciendo, yo tampoco sé nada, respeté la última voluntad de Leo y todavía no la abrí.

-Dejá que lea la carta, Alejo y así nos enteramos de una vez.

-Sí, Eze, sí. Dele, dele, dotora, mil disculpas.

-No hay problema, leo:

“Buenos Aires, invierno de 2017.

Por la presente y en pleno uso de mis facultades mentales, yo, Leonardo José Grande Cobián, como última voluntad dejo expresas instrucciones de que mi féretro sea tapado con la bandera de mi club de la infancia, el Social y Deportivo Jorge Gibson Brown.”

-¿Cómo?

-No puede ser, es una joda.

-Calmémonos, muchachos. Doctora, con todo respeto, esto debe ser un error. O el documento es falso. Leo es hincha de Boca desde la cuna, religiosamente. Amaba la Bombonera al punto que creía en serio que estaba viva, siempre contaba que sus primeras palabras fueron “Boca Campeón” de tanto que su hermano mayor rompió las pelotas con la primera Libertadores, que la ganamos justo cuando Leo nació. ¿Quién le explica esto a su hermano, eh? Digan, ¿quién se lo dice?

-Yo los entiendo, pero me limito a leer lo que dice acá, ¿reconocen la letra?

-Sí, sí, es la letra de Leíto… pero el Eze tiene razón, en una de esas se chifló por la quimio, es un documento vaciado de ilegalidad, dotora. ¿Y de dónde mierda salió ese clú, alguno lo registra?

-Es la primera vez que lo oigo nombrar, Alejo, pero tengamos paciencia, che, la carta es larga, que siga leyendo a ver si se entiende algo.

-No Marquitos, no. Es un insulto a todo lo sagrado de nuestra amistad, no podemos admitir una cosa así. Este es el trapo que todos dijimos que íbamos a usar en el cajón, como en la canción, viejo, como en la canción…

-¿Qué canción?

-La que tiene la música de Jhonny Tolengo, también la cantábamos en el Partido, pero con otra letra, sobre cambiar la Historia y dejarse de joder.

-Miren, yo comprendo que se trata de un momento difícil, pero como abogada les sugiero que respeten la última voluntad de su amigo…

-La dotora tiene razón, loco, es una verga, pero dejemos que termine y después vemos qué carajo hacemos… dele dotora, prosiga.

-Cómo no…

“Entiendo que mi decisión los va a encabronar, pero les juro que lo pensé mucho y creo que es la mejor forma de cumplir con nuestro juramento de honrar las canciones que cantamos juntos en el templo.

Si están leyendo esta carta es porque la quimio no pudo parar veinticinco años de pucho. Los médicos no se la quieren jugar pero me parece que son manotazos de ahogado. Desde que entré a la terapia intensiva no hago más que repasar mi vida entera. Cuarenta años parecen una bicoca cuando se van así. Siempre dije que el pucho era mi contrato con la muerte en cómodas cuotas y ahora me doy cuenta cuánta razón tenía y qué pelotudo que fui.

Me hubiera hundido en un pozo depresivo si no hubiese sido por ustedes, la familia y una persona muy especial que les quiero presentar en esta carta y que explica el cambio de mi decisión.”

-Yo sabía, alguien que le llenó el bocho. Hay que impugnar todo, doctora, compañeros. Lo manipularon en un momento trágico, ese documento no tiene validez, es inimputable.

-Dejá de interrumpir, Eze, porque no terminamos más.

-¿Vos de qué lado estás Marquitos? El pibe tiene razón. Somos amigos mucho antes que aparezca cualquier coso y le sacamos la ficha a nuestro ñery mejor que cualquiera.

-Boludo, no te la agarrés conmigo que estoy igual de anonadado que todos. Lo único que digo es que dejemos que la abogada termine de leer así nos enteramos de qué se trata de una puta vez.

-Dejen de discutir, che, estamos en una situación grave. Siga por favor, doctora, terminemos con el misterio.

“Ustedes saben que para mí las coincidencias ordenan el mundo de mierda en que vivimos. Parece que todas las decisiones que tomé me trajeron a esta terapia intensiva para conocer a Marito. Aunque no lo puedan creer, Marito nació y se crió en Posadas, como yo. Se fue al sur cuando le tocó la colimba para la misma época que mi viejo nos arrastraba a toda la familia a buscar fortuna en el norte. Su fortuna, nuestra desgracia. Es como si Posadas hubiera exigido al azar un reembolso por el hijo que perdía. Porque Marito no volvió nunca más, agarró laburo en Río Gallegos, primero como empleado de Lotería y Casinos, después pasó a la muni, y tuvo su familia allá.

Así que llevamos varias semanas compartiendo recuerdos de dos ciudades diferentes, la de su adolescencia en los 70 y la de mi crianza en los 80, que ya no existen más. Ahora tiene millón y medio de habitantes y cuando yo me fui en el 91 a no llegaba a los 200 mil.

Además, Marito fue uno de los primeros constructores del Partido en Santa Cruz. Ustedes ya saben que a pesar de haberme fundido nunca me voy a arrepentir de tantos años de militancia, de las pocas cosas que me llevo con orgullo.

Así que se imaginarán lo asombrado que estoy. Marito ha sido el compañero ideal para estos últimos momentos. Hace veinte años que sobrevive una enfermedad de mierda y con su experiencia me contiene en los momentos más feos del tratamiento. Pero además con él puedo repasar las situaciones más importantes de mi vida y contar con la opinión de alguien que siente igual que yo. Ha sido una especie de Osiris de oferta, ayudándome a sacarle peso a una vida de recuerdos.

Él me contó la historia del Yípson Braun (así le dice, con tonadita guaraní). Es el segundo club más viejo de Posadas y tiene la cancha en el barrio donde se crió Marito, Villa Urquiza. Otra sincronía asombrosa, el mismo nombre del barrio donde milité mi primer campaña electoral con el Partido en 2007 ¿increíble no?.

Ustedes me van a saber entender muchachos. Cuando éramos chicos, mi hermano mayor, de carne y hueso, vino a suplantar a mi viejo en la tarea de enseñarme a ser un varón, me hizo fanático de Boca y me enseñó a jugar al fútbol, en ese orden. En esas tórridas siestas, cuando intentaba adiestrarme en las técnicas elementales - pegarle con las dos piernas, el empeine y no la punta, detectar el ritmo del partido para cubrir el avance enemigo o acompañar el ataque, revolearla o definir, el centro a la carrera, atrás o de rastrón, buscar la comba y las esquinas, nunca el cuerpo del arquero- o las nuevas leyes del orsai, en esas sofocantes siestas, algo muy profundo dentro mío prefería oír su dulce voz y disfrutar su entusiasmo en lugar de someterse a la disciplina y el destino.

Así quedé, rústico cuatro sin ambiciones, eterno elegido al final del pan y queso. Pero qué lindo era mi hermano Dani, qué bellos sus amigos y qué bella su amistad de siestas robadas a la vigilancia adulta. Siempre me salvaba de las trompadas únicamente porque entraba y salía del club bajo su falda, por decirlo así. Porque era tan bruto que me destacaba únicamente en el fiero arte de cagar a patadas todo lo que se me cruzaba, sin pasión, hay que decirlo, pero sin piedad tampoco, vale confesar.

Una de mis víctimas me puso el primer sobrenombre de la vida, sintetizando mis habilidades y pasiones futbolísticas con fina crueldad, el Buitre.

También fue mi hermano quien me introdujo en la pasión tradicional por el más grande de los clubes obreros de este lado del Río de la Plata. A él le debo haber pisado la Bombonera en un entrenamiento del equipo del Loco Gatti y todos esos hermosos años aprendiendo de lo que somos capaces los hombres cuando actuamos en masa, la Gloria y la Barbarie.

Les conté mil veces que después que la Barra del Abuelo se cobró un dos a cero con River, de locales, asesinando dos pibes en una esquina de Necochea, algo empezó a quebrar ese idilio monogámico. No fue sólo eso, claro, sin embargo, al romperse el embrujo de la masa de tetosterona pude apreciar lo más bello que adoraba de mi club en los otros clubes. 

Maltratado como hereje, festejé igual las Libertadores del Vélez de Bianchi y la del Estudiantes de Sabella. No me importó que todos me putiaran en chino cuando empecé a decir que era fanático de un club por ciudad, porque entendí que amaba la misma mística de garra y coraje en la victoria del menos favorecido tanto en Peñarol de Montevideo, la lepra rosarina, el sabalero de Santa Fe o el Strongest de La Paz. Desde entonces a cada lugar donde llego, busco, pregunto y descubro un nuevo club que agregar al listado. Las camisetas amontonándose en las gavetas del placar de las casas donde viví lo atestiguan. 

En los últimos mundiales ya me acostumbré a hinchar por la Celeste del Maestro Tavárez y al carajo con la patria futbolera.

Ahora que la muerte me obliga la evocación, recuerdo que con mi hermano de sangre teníamos un problema que bien podría ser la causa de este viejo malestar: la Boca quedaba muy lejos del Alto Paraná y nuestra pasión infantil necesitaba algo menos platónico para acariciar. De todos los clubes posadeños, en los 80 el único que jugaba Nacional B y liguillas pre-libertadores era el Guaraní-Antonio Franco. A veinte cuadras de nuestra casa pudimos ver en vivo y directo a los clubes más grandes del país. Pero había una traba muy jodida, la camiseta es igual a la de River.

¿Qué puede ser más importante en la idolatría infantil que los colores del club amado?
En el momento central de la vida donde aprendemos a querer, yo me encontraba doblemente huérfano, con Boca idealizado a mil doscientos kilómetros –sin televisión HD ni pleistéishon- y con un club de barrio al que no podía entregarme totalmente.

Marito me ayudó a reparar este vacío, justo a tiempo. Me contó una historia impresionante de su fundación, allá por el 1910, cuando Posadas era una aldea de contrabandistas alrededor de su puerto, la Bajada Vieja. No habían llegado todavía el Allan Poe uruguayo Horacio Quiroga ni el comunista Alfredo Varela para inmortalizarlas y ponerlas en el radar nacional, cuando cuatro amigos fundaron un club de fútbol para no tener que andar nostalgiando de lejos los domingos. Ni radio tenían en esa época, tenían que esperar que llegara algún diario para saber cómo le había ido al club de sus amores.

Cuenta Marito que lo fundaron en una de las placitas céntricas donde mi vieja setenta años después nos llevaba a jugar y patinar, la San Martín, de donde salía la caravana tradicional del Corpus Cristi que desembocaba en la Catedral y la Plaza 9 de Julio.

Resulta que los cuatro amigos eran fanáticos del club más popular de toda Sudamérica antes del profesionalismo, el viejo Alumni, fundado por profesores de origen escocés. De allí sus colores, los bastones verticales rojos y blancos que replicaron su fama en todo el territorio (el pincha de La Plata, el milrayitas de Lomas, el tallarín de los ferroviarios de Escalada, el Central de Barracas, también ferroviario, el santo tucumano o el tatengue santafecino y otros tantos que Wikipedia podría certificar). Para no pecar de imitadores, decidieron mantener el diseño y uno de los dos colores, porque coincidía con el colorado característico de las tierras misioneras pero en vez del blanco -delator del plagio- eligieron el verde esmeralda de la selva.

Me pareció la historia de la invención de una camiseta más original que escuché.

Con el nombre, también rompieron todas las tradiciones y le pusieron el de su ídolo de la infancia, el primer gran goleador del fútbol rioplatense, un alumno del colegio inglés llamado Jorge Gibson Brown. No puedo dejar de pensar que si nosotros cuatro hubiésemos fundado un club en el 2000 seguramente le habríamos puesto “Social y Deportivo Martín Palermo”.

¿Porque, qué es lo primero que hacen cuatro amigos que van a fundar un club de fútbol? Si están pensando en hacer negocios, piensan en la Comisión Directiva, quién firma los cheques y dónde consiguen un permiso de la municipalidad para un predio. Pero si quieren al fúlbo sólo como un juego, lo primero que discuten es el nombre y, claro, los colores.

Aunque parezca increíble, el Yípson Braun ganó un solo campeonato posadeño a pesar de ser el segundo club más viejo de la liga, el mismo año en que Boca ganó su primera Copa Libertadores y que yo vine a la vida.

Aunque ame eternamente a Balvanera y a mi hermano, siempre me sentí misionero. 
Después de haber elegido una vida entera de militancia por el socialismo y tirado a la mierda el machismo, la misoginia, la heterosexualidad y la puta religión católica en que me entrenaron, si tuviera la opción de elegir un barrio y un hermano coherentes con las decisiones que corrigieron mi destino, hubiera elegido nacer en Villa Urquiza y a Marito. 

Eso no se puede hacer, lamentablemente: elegir vivir tu vida de nuevo, renacer como en las pelis yanquis y las mitologías véddicas que contaba Dolina todas las medianoches, como una Sherezade en el Café Tortoni. 

Pero sí puedo cambiar la anécdota famosa y elegir mis primeras palabras, porque de haber estado en Villa Urquiza desde el comienzo hubiera gritado “Yípson Braun Campeón”.

Muchachos, cuántas veces nos planteamos que nuestra vida amorosa y afectiva es una bosta en parte porque no “elegimos” las personas de quienes nos enamoramos, que la mayoría son productos idealizados de preferencias heredadas, impuestas inconscientemente por nuestra familia y la sociedad en nuestra más tierna infancia. 

Cuántas noches de escabio concluimos que sería mucho mejor poder construir amores conscientes para dejar de recaer en la merca barata del amor romántico. 

Pues bien, así como nunca dejé de amar a mi hermano de sangre cuando los fui eligiendo a ustedes para amarlos como los he amado todos estos años, como verdaderos hermanos del alma, déjenme que lo incorpore al Marito a la banda y no se ofendan si les digo, con plena conciencia, que los colores y el nombre del Yípson Braun son el mejor símbolo del amor consciente que tengo por el fútbol. Siempre anduve buscando algo mejor, algo que además de los resultados y los ídolos, reflejara exactamente lo que pienso. Lejos de la bosta del negocio que nos arruinó todo, de los dirigentes empresarios que usaron nuestras alegrías deportivas como base para sus aspiraciones políticas, de las patotas que matan hinchas como mataron a Mariano, que ensucian la pasión colectiva insultando a mis amigos y amigas de Bolivia y Paraguay, carajo, insultando mi sexualidad como sinónimo de humillación, y queriéndome discutir que se trata de folclore. Estoy podrido que me acusen de marciano porque me niego a aceptar la representación de la AFA y el circo de los mundiales que encubren estados genocidas y asesinos, como el de Videla hace cuarenta años, como el de la Rusia del sorete de Putin mañana…

Nunca fui capaz de encontrar una pareja con la que vivir un amor sano, ustedes lo saben mejor que nadie porque me sufrieron cada fracaso. Al menos denme la oportunidad, el día que me muera, de poder elegir para mi cajón, como en la canción que juramos respetar, los colores que llevo en el corazón, ahora, que al fin los encontré.

Un abrazo de gol para todos, nos vemo en la victoria, 

Leo.”

miércoles, 22 de enero de 2020

La Cotidiana


Ya aprendiste, te decís, Tranquila que no te vuelven a agarrar regalada, nunca más, porque darse manija emocional es fundamental antes de salir de nuevo. Sobre todo si retomás después de una paliza como esa. Hay que remontar mucho más que la rutina de siempre, la dieta, el sacrificio de los meses anteriores. Hay que remontar de la confianza, el orgullo, que todavía quedó en la lona.

Vos podés, vamos, dale. Concentrada, uno a uno los dedos, pasá la cinta firme pero sin ahogar la sangre, en cada falange –¿falangeta, falangita? ¿cómo era?- así, así, bien. También el metatarso, fundamental el metatarso para que no se abolle si mete golpe y golpe, que no se manque, que no se astille.

Ahí va, muy bien. Firme, segura, también en la articulación, que no haya esguinces ni fisuras, tiene que aguantar el trote, sobre todo si la cosa va a ser larga. Dale, muy bien. Cada vez te sale mejor, y sin que nadie te haya enseñado, vosfi. Campeona.

Ahora, las medias, fundamental. El protector también, cómodo, que no raspe ni moleste, que no se paspe con el roce de la ropa y que no te complique en medio del baile. Así, sí –no sé por qué me excito, ¿estará bien? ¿le pasará a todas o soy un freak?- bien, mirá el espejo, tas perfecta. Diosa. Hermosa.

Te ponés de pie, las meneás frente al espejo, perfecto el vendaje, se sienten poderosas, ágiles y potentes, zig, zag, uno, dos, uno-dos. Tomá pa vos, hoy sí, hoy la rompés. Vos mamá, sí, Vos, qué yegua sos, guerrera, diosa cazadora carajo.

Al final, te calzás el cuero sobre las vendas y la piel de las heridas que ya curaste, los algodones con cinta sobre las viejas ampollas -¿me cuido los callos también o es exagerado?- se siente acolchonadito y firme por dentro, indestructible por fuera, una segunda piel de cuero rojo brillante, recién encerado. 

Gata. No, cómo gata, qué boluda. Serpiente, sí. No, mejor dragón, Dragona qué carajo, me falta echar fuego por la boca porque soy toda fuego por los demás lugares, mia`môr.

Es lo más importante, después, la ropa haciendo juego, las sombras bien oscuras del delineador, para darle fuerza también a la mirada, knockear a golpe de vista, qué no. Sí, re va. Los anillos, los aritos de 25 pesos que parecen de oro, el bolso, el celu, los documentos, la billetera, las llaves de calle y a yugarla miamor que hoy ganamos, carajo, que hoy no nos para nadie.

Chau Cata, más tarde vuelve la mami, portate bien chuchita.

Culeándose a la Tradición


Una lectura fanática de Las aventuras de la China Iron, de Gabriela Cabezón Cámera, Buenos Aires, Random House, octubre de 2017.


Con Las aventuras de la China Iron, Gabriela Cabezón Cámera se comprueba sin duda alguna como la propuesta más subversiva de la literatura argentina presente. ¿Qué podrá significar en un contexto donde las propuestas más subversivas sufren un nuevo proceso de fragmentación golpeadas por la zanahoria de la prebenda democrática y la represión del Estado? Una esperanza, que no es poco.

Gabriela fue hasta donde estaba marcada la tradición de la literatura fantástica y la cultura literaria, encontró ese hito de academias y oropeles y cagó encima; pero cagó encima de una forma tan bien escrita, y con un sentido tan profundo que abrió un nuevo canal, señaló un nuevo oriente hacia donde poder caminar.

Tomó de Borges la idea original de pensar la vida de los personajes secundarios de la primera novela épica argentina, El gaucho Martín Fierro (1872; 1879) y desarrollarla. Donde Borges sólo se animó a quizás uno de sus mejores cuentos, “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz”, casi rompiendo con el pesimismo filosófico de su matriz shopenhaueriana del eterno retorno para darnos un renegado que en el momento definitorio de su vida y su epopeya se pasa de bando, rompe con el Estado para defender a un perseguido por la ley; allí Cabezón Cámera rompe con Borges y no se limita a la construcción de otra parte del escenario que justifica y consolida la gran obra de Hernández, la destruye. Políticamente la destruye y literariamente la destruye.


Destruyendo el primer mito nacional


Ciento cuarenta años tuvieron que pasar de metabolismos en la producción cultural argentina, ciento cuarenta años de regurgitar académico, de luchas en las calles y las almas, para que una heredera de la vieja Filosofía y Letras re-pensara la epopeya gauchesca desde el punto de vista de les oprimides y explotades. La China Iron es la esposa de Martín Fierro, que narra cómo fue violada por el héroe para parirle sus hijos, después que la secuestrase de manos de su primer tormentador, el Negro payador con el que Fierro se trenzaba bucólicamente en duelo. Una mirada descarnada, impiadosa de lo que significaba ser mujer en las familias campesinas proletarizadas por el avance de la estancia ganadera en la provincia de Buenos Aires, un revés de la misma trama que quiso denunciar Hernández en su primer libro, cuando buscaba en la verdad subversiva del obrero rural pampeano el combustible incendiario para demolerle la base popular al gobierno del masacrador de gauchos, federales e indios Domingo Faustino Sarmiento.

El gaucho perseguido y oprimido en sus libertades previas por los ejecutores del Código Rural de Mitre y Vélez Szársfield, eyacula en la novela de Cámera su frustración y su poder masculino sobre las hembras que son de su propiedad exclusiva, las que no comparte con el patrón ni la peonada, su esposa legítima ante dios. Último eslabón de la cadena de esclavitudes de la llanura pampeana, la China de Fierro huye de su cárcel, que es decir de la tapera donde está condenada y de su matrimonio. Y en esa huida aprende a convertirse en un ser humano, incorpora diecinueve siglos de producción cultural humana, de ciencia y arte, en una odisea también clásica, en la que Odiseo es una hermosa mujer escocesa buscando a su Penélope sobre una barca mágica que viene a ser un carretón tucumano, de esos de la colonia, anchos y altos, tirados por bueyes, que se fabricaban para poder atravesar la inmensidad famosa de la pampa sin morir ni volverse loque. Y esa hija desviada de la Gran Albión le enseñó a la chinita esclava no sólo a pensarse y saberse humana desde la cultura, sino lo más importante, le enseño a sentirse objeto de deseo, sujeto de derechos, amante y amada.

En ese aprendizaje la protagonista y narradora describe la verdadera vida que se esconde difuminada en esos versos lacerantes de Hernández que conmovieron a la propia gauchada allá en el último tercio del diecinueve. Ataca con viva claridad el sufrimiento de animales y seres humanos con la intención obsesiva de empatizar en el dolor ajeno que ya le vimos como marca distintiva en su La Virgen Cabeza, de 2009 (http://leomburucuyacapobianco.blogspot.com/2019/10/la-virgen-cabeza-un-facundo-al-filo-del.html). Pero si esa violencia misógina nos pareció excesiva y contraproducente en un escenario contemporáneo harto de violencia contra mujeres y transfeminidades, nos parece en esta novela exacto, porque desnuda lo que ciento cuarenta y más años de tradición han querido edulcorar detrás de las estampitas y acuarelas de Molina Campos.

Si la llanura pampeana fue el corazón de la Argentina granero del mundo octava potencia que la oligarquía soñó un destino imperialista como el de Canadá o Australia en el fin del ochocientos y la primera mitad del siglo veinte, Cabezón Cámera viene a desollarle el cuero pulido for export y mostrarnos las vísceras con todo y sus olores y sus moscas. Es una novela que ataca todos los sentidos, no buscando la decoración de la trama sino la indignación de cada sentido por separado para construir en nuestra consciencia un coro de luces, olores, aullidos y terrores en la piel para situarnos en el sufrimiento de las clases explotadas de ese campo bucólico, incluso el del propio Hernández una vez que se quitó de encima a Sarmiento y volvió al tono educativo del patrón de estancia progresista y masón que siempre supo ser.

Porque Cabezón Cámera, cuando creías que estaba en la senda de Borges, simplemente delirando una de las personajes secundarias de la Gran Novela Épica Nacional, encuentra en el famoso fortín donde el gaucho Martín Fierro encontró la esencia del infierno en la tierra, el Ejército Argentino de fronteras, al propio Hernández encarnando al mismo tiempo al estanciero, el político, el coronel y el fundador de la literatura nacional, macho a cargo de un infierno que Cámera llega a describir como Dante en su Divina Comedia (1300) o Tarantino en Django Unchained (2012). La estancia es la patria, la célula básica del Estado y aquí también fortín de castigo donde se trata de reformar al gaucho de su salvajismo e inyectarle la civilización europea para que sea un obrero disciplinado del naciente taylorismo. La verdadera argentina es la que la maestra yanqui de Sarmiento destrozada por sus alumnos engendra en ese Campo Malo.

Cabezón se anima a lo que nadie en el campo literario argento se había animado, destrozar la figura mítica del buen burgués, del burgués progresista encarnada por Hernández. Lo coloca de nuevo en su lugar, un macho orgulloso de su estirpe y su clase social, un responsable y copartícipe del genocidio de gauchos, chinas e indios que parió el capital en estas tierras. Nadie se había animado a tanto, entre les intelectuales más a la izquierda, comunistas, maoístas y kirchneristas Juan Manuel de Rosas fue siempre el límite de la crítica, el Estado Nacional criollo con sentido nacionalista y antioligárquico –del que celebra el insulto Incalaperra- fue siempre el mito a defender.

Mayor sacrilegio el de Cámera porque su ámbito político es ese. Quizás ya la intelectualidad argentina no se enerve más por este tipo de panfeltismos literarios, y nadie le vaya a negar el saludo o la cátedra a Cabezón Cámera, pero para quienes vivimos y sentimos la necesidad de la verdad dicha clara y en la cara, con la esperanza de construir armas de destrucción masiva de la conciencia alienante y colonizante de las clases dominantes, esta novela será Biblia –o Corán- y su autora, profeta.

Una literatura hedonista


Y hay que decir que además Cabezón Cámera se tomó el trabajo de pulir su mensaje, de hacer imposible que la crítica erudita la encuentre en un renuncio. Su prosa es caótica pero prolija, te quema el cerebro en una ametralladora de imágenes originales y audaces, pero comprensibles y asimilables, sin desbordarse un segundo por fuera de la estructura gramatical o la morfología para que el resultado sea un grito desbalanceado. ¡Cómo imagina Cabezón Cámera y cómo escribe! Su prosa es épica, o sea que viene de una esencia, de un alma, y parece que son los grandes héroes y dioses griegos hablando desde el conocimiento de la eternidad misma, pero su esencia no es la Alta Cultura, el Palacio Azul o el Olimpo, no, su esencia es la carne, la corporalidad, la sensualidad de los sentidos. Se trata de una épica hedonista que ataca también la sacralidad platónica de la literatura consagrada, que ataca el pundonor y las falsas buenas costumbres, que ataca, en suma, la hipocresía sobre la que se construyó toda nuestra sociedad.

Subversiva a fondo, las protagonistas de Cámera son lesbianas y gozan de sus cuerpas y su sexualidad de la misma forma que se aventuran en un océano dominado por machos carniceros. Las escenas eróticas de la novela pueden arrancarte un orgasmo o al menos la urgencia de acabar acariciándote en el toilette más cercano si estás leyendo en un bar o una plaza. Valga este espoiler alert para que planifiquen su lectura en un lugar cómodo que admita la intimidad.

Y cuando esa voluptuosidad estalla en la conciencia en formación de la China Iron, que la narra en su primera persona impetuosa de mujer que conoce al mismo tiempo el amor, el placer y su propio cuerpo, el alcance de esa usina de placer, la novela vuelve a mutar, ya definitivamente.

Hay una única concesión a la tradición, creo, en Las aventuras de la China Iron, permanece la dualidad diseñada por los intelectuales criollos del liberalismo: civilización y barbarie. A Cabezón Cámera no le tiembla la mano para establecer que la mejor educación la china la recibe de la cultura inglesa, de la revolución industrial, aunque venga de una mujer empática, al mismo tiempo intrépida aventurera, como una pirata o una paleontóloga buscando nuevas especies y no de ingenieros y comerciantes, o incluso banqueros. Y tampoco comete el triste y patético tropezón del intelectual americanista con culpa, de idealizar al gaucho y la china como esencia de un salvajismo pre civilizado que no conoce de opresión; todo lo contrario en las primeras dos partes, incluso en su proceso de educación sexual, las dos mujeres contraponen dos arquetipos de humanidad, la China Iron deja siempre claro el barro de brutalidad animal de donde viene, las vejaciones de los machos salvajes contra ella, etcétera.

Sin embargo, cuando llegan a su objetivo final, las dos viajeras, una que huye mientras se educa y la otra que mientras educa persigue su Paraíso monogámico y patronal que salvará de las privaciones a su familia -porque la escocesa en el fondo vino a hacerse L`América como cualquier inmigrante en estos cinco siglos- encuentran algo más, la utopía. La lectora ingenua como yo, que empezaba a ralentar la lectura para no llegar al triste destino de la Tierra de Indios que trazara Hernández en su libro, para que no llegara el destino fatal que una sabe de toda mujer pobre e india que lucha por emanciparse, como si la novela fuera a convertirse en un perrito viejo que ya pronto deberemos sacrificar o simplemente despedir, es sorprendida por la construcción de un futuro utópico, un país deseado, justo allí donde el Estado criollo lo destruyó y sembró de infamias.

Abolir las clases y los géneros


Cabezón Cámera acusa a Hernández de escribir desde el punto de vista del patrón y de robarle la voz al gaucho y también lo acusa de haber participado en esa gran empresa intelectual y política en la que la burguesía argentina construyó el primer enemigo interno, demonio deshumanizado al que justificaba masacrar, torturar, desaparecer: el indio. Y lejos de ofrecernos un detalle descarnado de sufrimiento de millones de pueblos originarios de la Patagonia, la Pampa y el litoral del Paraná y de cómo el Estado criollo, el del odiado Roca sí, pero también del bendecido Hernández, les robó tierras y vidas, Cabezón Cámera construye su Paraíso en la Tierra, una vida organizada con las mismas leyes de selk`nam, tewelche y mapuche antes de las Conquistas: una vida igualitaria, familias que comparten todos los recursos y aprendizajes, donde todo es de propiedad común, hasta el punto de abolir la propiedad, y las clases sociales, y les géneros.

Que nadie acuse de ilusa a la escritora sin pecar de ignorante. Ese es justo el punto de quiebre en la contradicción civilización-barbarie que le saltó a la vista al mismo Charles Darwin cuando conoció a les yamana en las costas de Tierra del Fuego, a bordo del buque negrero y pirata Beagle:

“La perfecta igualdad que reina entre los individuos de las tribus fueguinas no puede menos de retrasar por largo tiempo el desarrollo de su civilización. Así como los animales cuyo instinto los compele a vivir en sociedad y obedecer a un jefe son más capaces de progreso, así también las razas humanas. Bien sea causa, o bien efecto, el hecho es que los pueblos más civilizados son los que tienen gobiernos más artificiales.
[…] En Tierra del Fuego, hasta que surja algún jefe con poder suficiente para consolidar cualquier ventaja alcanzada, por ejemplo, la cría de animales útiles, apenas parece posible que pueda mejorar el estado político del país. Al presente, hasta el menor retazo de tela que se de a un fueguino es hecho jirones y distribuido; de suerte que ningún individuo puede llegar a ser más rico que otro. Por otra parte, es difícil comprender cómo puede aparecer un jefe en tanto que no se reconozca alguna clase de propiedad por la que sea dable manifestar su superioridad y acrecentar su poder.” (17 de diciembre de 1832, Diario de un naturalista alrededor del mundo)

La pulsión de la acumulación privada de riquezas o la “perfecta igualdad” que no reconoce ni propiedad privada, ni acumulación, ni diferencias de poder, he ahí la piedra filosofal que descubren, en éxtasis, las protagonistas de Cabezón Cámera cuando al fin llegan al “desierto” donde mora “el otro cultural”, “el indio salvaje” sobre cuya estigmatización y exterminio se construyeron las bases de la sociedad argentina moderna.

Esa perfecta igualdad que ha venido chocando a los descendientes del Conquistador europeo en nuestra Abya Yala durante los últimos quinientos años, la misma que aún hoy asusta y ofende al estudiante más avanzado lleno de pañuelos verdes, naranjas y de todas las justas causas y colores, es la que subyace a las palabras poéticas que Cabezón Cámera rescata del olvido del castellano impuesto y nombra costumbres y filosofías que reunifican al ser humano a su ambiente como una parte más del todo, y proponen un futuro productivo sentado en las mismas bases que sostuvieron a la humanidad los tres millones de años previos a la aparición de las clases explotadoras y destructoras de ambiente.

La utopía que borda la imaginación de Cámera no es utopía por imposible de recrear sino porque señala un futuro deseable, fabricado con la mejor materia prima de nuestro pasado colectivo, el de las filosofías ancestrales de los pueblos originarios, no para la idealización y la remera o el pin, sino para la construcción posta de una civilización que merezca ser llamada humana, que suplante esta decadente senilidad de un capitalismo que se perpetua sobre la base de putrefaccionar todo lo que toca y existe.

La autora acompaña la mejor veta de su clase social, que aprovechando el privilegio de recursos materiales que la sostengan lejos de la alienación cotidiana a la que somos condenades les laburantes, trabaja reflexionando en lo más avanzado de la autoconciencia, en el mismo eje que los trabajos de Segato, impugna también al Estado criollo como heredero y continuador necesario del programa de explotación de clase y de géneros, porque es esa igualdad organizativa del metabolismo social la que permite liberar los géneros.
Me permito el crimen contemporáneo del espoiler al decir que Cabezón Cámera desacraliza al héroe épico del nacionalismo criollo culeándose a Martín Fierro, quien es liberado de su mandato atávico de macho dominante, pura hombría de coraje y muerte, quien encuentra el amor en todos sus niveles y perfecciones en Tadeo Isidoro Cruz, que no sólo lo salva de la partida de policías, que lo rescata de la tortura y la muerte a manos del ejército, pero además lo penetra analmente y le permite redescubrirse, Martín Fierro se redime de sus crímenes como macho-esposo dueño y paterfamilia encontrando un género autopercibido como travesti, se cruza de bando él también hacia el lado opuesto de su mandato de macho violador, como madre matriarcal de todos los gauchos guachos de la pampa en una toldería eterna. La última parte de la novela es una epifanía en la que Cámera toma el gajo original de la poética de Walt Withman de su raíz originaria, la carta del Jefe Seattle al presidente yanqui, por ejemplo, y la prende al gajo firme y verdadero de la cosmovisión de los pueblos originarios de la Patagonia hasta el Paraná.  

Una literatura deseable y posible


Se pretende encasillar a Cabezón Cámera, ubicarla como a mapuches y ranqueles, qoms y pilagá en reservaciones para que su literatura encuentre el límite biológico de la inanición y el aislamiento y no prospere. Se la juzga de “literatura queer” como alguna vez la academia intentó focalizar una literatura feminista para distraerla del mandato de toda literatura de ser programa universal. En la contratapa de su libro, la reseñista de Ñ María Moreno a pedido de la impresa imperialista Random House se plantea la posibilidad de que las frases de su novela “se repitan hasta olvidar el nombre de la autora, como se dice un verso de tango o del mismo Marín Fierro”. Propone esperar que su literatura se imponga de esta manera en el tiempo y venza las tradiciones, supere los límites actuales de una cultura de masas que expropia a las mayorías populares de la posibilidad de leer libros que cualquier sueldo medio debe pagar endeudándose o bien robar de los anaqueles.

Nos negamos a aceptar esa conclusión. El particular énfasis de la autora en liberar a sus personajes de los límites que el sentido común literario impone a los géneros también en la ficción, absolutamente novedoso y desconocido para nosotres, no la obliga a ser una extraña y particular. La literatura de Cabezón Cámera es universal porque sus raíces son el materialismo dialéctico o histórico bien aplicado, lo mejor de la filosofía oriental re-elaborada en occidente, porque su programa es también universal: la libertad y la fraternidad que occidente se cansa de proponer para el engaño de las grandes masas y reniega de cumplir, para su escarnio.

Los versos inmortales del Martín Fierro no lo son producto de lo implacable de la idea sobre la tradición, existe un operativo enorme y monstruoso –es decir, de varias caras- de un Estado y una clase social dominante que han dispuesto recursos, sueldos y todo el modo de producción simbólico de las academias, las editoriales y la escuela secundaria al servicio de imprimir en la conciencia popular esos versos y no otros, no los de payadores afrodescendientes, que existieron y fueron borrados de la faz conciente del pueblo letrado y del que no sabía leer, como la gauchada que iba a la pulpería a oir que les leyeran el libro del Marín Fierro, por el mismo operativo monstruoso que construyó la Novela Épica Nacional.
Para que la literatura que parió tan hermosa Cabezón Cámera tenga el mismo destino, necesita del mismo modo que una clase social se yerga victoriosa de su más profunda explotación y embrutecimiento planificado, asalte los resortes materiales del Estado, reconstruya el metabolismo social sobre nuevas bases, con la misma perspectiva de igualdad y libertad que sueña la escritora en su utopía, y en liberando las conciencias de las cadenas de la tradición libere también los corazones para que se repitan en las aulas y las camas, como lo hice yo estas primeras semanas del 2020, una y otra vez las palabras de la China Iron hasta que su mantra sea real.

Será esa la lucha que nos propone esta visión de las cosas, quitarle del aislamiento de las cofradías intelectuales y de gentes evolucionadas en sus nichos autocomplacientes y preñarla en las conciencias colectivas de las millones de mujeres esclavizadas y géneros disidentes que parimos movimientos revolucionarios en las calles, los sindicatos, las fábricas y las aulas, que sus bellas banderas permitan ponerle nombre a nuestros sueños comunes, ayuden a calibrar el astrolabio de nuestro deseo colectivo de ser libres, de todo yugo material que encadena nuestro esfuerzo cotidiano, nuestros vínculos afectivos primarios, nuestro deseo.

Ahora que el éxito de las revoluciones permanentes parece cada vez más lejano, otra vez colocado como con Fukuyama en ese olvido sarcástico de lo imposible, ahora que todas nuestras grandes voces y pensadorxs parecen ganades por la política de lo posible, quizás sea ahora el mejor momento para compostar nuestros sueños de un mundo sin explotación con una literatura revolucionaria como la que Gabriela Cabezón Cámera con tanto ahínco decide sostener.

martes, 14 de enero de 2020

El Templo, la Diosa, la Vestal y la recién iniciada

Una mirada surrealista sobre la obra de la artista visual @jan.criacuervos, en mi primera visita a Casa Mostra. 

Jan se busca, se persigue. Cuando blande el pincel y logra la mezcla, algo en ella sabe que ejecuta el bisturí, abre la tela para extirpar capa por capa, busca la forma, la luz, el calor, el latido dentro del bastidor, que la llama.

Su razón, la profesional del dibujo y la pintura que fue formada, sus profes y sus maestres admirades y estudiades con precisión, explican que sólo hay estructuras armónicas que sostienen, invisibles al ojo incauto, aparentes desórdenes y desprolijidades superficiales. No hay manchas sencillamente ordenadas como si una niña jugando con las manos sucias de blanco, verde y negro hubiesen fabricado insconscientemente este enorme cuerpo de mujer gorda desafiante, con una risa de joker incendiaria que domina todo el ángulo oeste-noroeste del atelier.

No, esas sutiles luces blanquecinas y azuladas que iluminan como besos y caricias, con mucha suavidad ese otro perfil de una cabeza de mujer afro poderosa –en el ángulo opuesto- orgullosa reina de un mundo oscuro, profundo, amargo… y, sin embargo, canta su milonga, su bluseado, su copla de góspel. Desde la pared este-sudeste la Cabeza de la Negra también le dice algo. Le habla.

A su lado, deslizándose por el tobogán de la pared que comienza en ángulo recto, y desde el este que busca el punto opuesto -igual que el Sol y la Luna, repitiendo en la pared del estudio el camino de los astros en la bóveda celeste- pero antes de ser balcón va a ser pared norte, con la arteria esclerosándose detrás, cubriendo el coro aturdidor de cláxons, ella juega al claroscuro con pinceladas estudiadas pero sueltas, y ese perfil de busto, pierde la sacralidad del bronce y baila, se viste con la gala sensual y aristocrática de la belle époque, se encarna toda art nouveau, se fuma uno con boquilla larga y parada en el salón de baile descontrolado, te mira de rabillo, te suelta una sonrisa de convite a disfrutar el infierno, musa de conventillo y cabaret, que en un pernó mezcló París con Puente Alsina, toda dama del arrabal, alma de meta y ponga, de tajo y cuchillada, diosa de carnaval.

En el centro de esa pared, Jan ubica su pantalla principal, su escritorio fabricado antes del 30, sus calacas protectoras, en fin, la base de operaciones del estudio. Ahí enfrente te ubica a vos, que viniste a la entrevista. No importa que puedas ser una clienta potencial, que parte de tus ingresos puedan servir para pagar el alquiler de esas paredes y sostener el arte sobre esos clavos. Jan no negocia su arte. Su voz sólida, grave de tenor, de capataz, no deja ninguna duda quien toma las decisiones, aunque vos quieras ver en sus redondos ojos de miel una ternura que te aclara, no tengas miedo, no es tan dura.

Pero la voz se impone sobre el fugaz susurro de la dulce mirada. Vos estás siendo investigada, escaneada, por una hechicera profesional que conoce su oficio al detalle y eso le da placer. Sabe que este universo es un caos imposible de domesticar, pero le agrada mucho poder controlar pequeños detalles del cosmos, guiarles hacia la forma, el color y la luz que ella desea: te ha colocado en una silla de alambre entretejida, hundida sobre el almohadón para fijarte de espaldas al balcón que mira hacia su oeste raíz.

Detrás tuyo, y antes justo de la puerta cancel que frontera el balcón, el caballete con el último proyecto en desarrollo, casi terminado, con un boceto de un amigo que le gusta mucho detrás de la tela, sobresaliendo por un márgen –única desprolijidad que, en este estudio, parece desaliño calculado- mientras decide si lo agrega o lo quita.

Te colocó al nivel de su nueva obra, porque si encuentran el consenso que ambas desean, vos serás su presa, su tela, su bastidor, y ella buscará con el bisturí eléctrico bordarte la línea, tejer en tu piel el ritmo del color, desnudarte el alma, descubrirte una verdad desde tus vísceras, en el cuarto de al lado, que aún no conocés.

Te das cuenta, entonces, que le gusta pintar con el atril mirando ante la única ventana. Cuando pinta, viaja: salta la baranda de fierro moldeada a golpe de fragua hace cien años, de un aletazo furioso pasa por encima de la mole horrible que el racionalismo implantó sobre viejas esquinas románticas y busca detrás del horizonte de feos edificios, sus barrios de la infancia que ella sabe habitan por ese camino, siguiendo el rumbo que marcan las nubes, desde el turquesa clarito del amanecer hacia los carmesí, rosas flúo, lilas, encarnados anaranjados y violetas lésbicos que van tiñendo el crepúsculo sobre el viejo pueblo de Flores y sus bañados, y plus ultra las tierras del glorioso Virrey ajusticiado, símbolo patriótico de un país que salva y traiciona en la misma persona, país de Falsos Cristos.

Y mientras Jan te ausculta, te semblantea, te va quitando alguna capa de las que tenés que usar para la cotidiana, pensás que esa modesta oficina rectangular en un ángulo del taller, donde la artista crea, es un mecanismo fino de relojería, como sus cuadros, donde la clave está en que la fuerza de una estructura de dibujo y triangulación sólida, no se vea. Pensás en la fuerza de la luz en los músculos de esos cuerpos y rostros, parecen brochazos sin contorno, superpuestos, te tiran fogonazos de luz a los ojos, como las mujeres alegres o trabajadoras en los mares de Sorolla, como los cuerpos masacrados por los carniceros de la dictadura, denunciados por Carlos Alonso.

Sin embargo sabés que debajo de cada aparente manchón hay esa estructura. El caos tiene orden y viceversa. Y de repente pensás que Jan se busca en su corporalidad, como les escultores o les anatomistas. Será también el mismo hechizo que la lleva a restaurar muebles antiguos, volver a dar vida -como Mary Shelley- a los bellos cuerpos lastimados por el abandono.

Jan se busca, se persigue, en sus grandes muslos, en su cráneo braquicefálico sólido y bello, que ha rapado para poder disfrutar plenamente de su armónica redondez, para relajar el tacto y la mente con la caricia centrípeta y centrífuga. Jan se acaricia como felina, se cuida a sí misma como una serpiente. Sin embargo, todas las Jan que cuelgan de las paredes, fabricadas por ella misma, dispuestas en torno suyo como guardianas de su alma cuando se abre al máximo para permitirse crear y estimulantes de la hechicería que ahí se alquimia, llevan sus ojos cerrados.

Todas ellas tienen mirada, pero sus párpados están tapando el globo ocular que una imagina, como en homenaje a su muerte. Las dos que han transformado el luto de la carne en lujuria, en placer sensual, entreabren un milímetro para formar la risa gorda y desprejuiciada o la invitación picante cuando la bailarina apaga con su aliento la lumbre del fósforo que incendió el cigarrillo y el encuentro. Para ser felices pueden entreabrir las persianas lo justo y necesario para disfrutar del placer del sentido, importar algo del mundo, pero no tanto como para permitir que salga el interior, que se regale el alma, que se haga vulnerable a cualquiera.

Jan busca sin saber, audaz, exploradora, temeraria, pero algo intuye, o sea que sabe con la otra inteligencia, con la razón que no tiene libros ni academias, sabe que eso que busca está en su cuerpo, que como su cuerpo, la belleza de la forma, la luz y el color, sus texturas y gestos, son juegos superficiales que se sostienen en una compleja combinación de leyes y sistemas, óseos, cardiovasculares, nerviosos, psico-emocionales y que allí donde no se puede ver, hay dolor.

Entonces notás, cuando querés moverte y salir del lugar de ranita viviseccionada en que te acomodó Jan, y luchás también vos por ser vos un ratito, que el lugar es tan perfecto que cuando te moviste casi tirás el atril con el bastidor en creación; de reojo notás que la hechicera no se inmuta, tiene el control, todavía, o eso cree. Acomodás el casi desastre que tu movimiento no diseñado desató y ves de cerca la obra nueva, que no viste cuando entraste, aunque fuera lo primero que chocara tu visión de la oficina, cuando todavía creías que estabas en una oficina.

En un juego de bermellones purpurados con el color del vino tinto y la sangre, con una línea de dibujo que sugiere el plano de estudio del anatomista del siglo dieciocho, detrás de los dedos de una mano que cubren un rostro que colma toda la tela, como si la artista quisiera abrir las manos de su amiga sentada llorando cubriéndose el rostro con los brazos apoyados en sus rodillas, se ve un ojo abierto. Involuntariamente cerrás los tuyos, apartás la mirada, escuchás las excusas de la autora, volvés a las convenciones de las charlas introductorias.
No podés sostener esa mirada. Es un espejo de alma, agua espejo de la superficie del lago más abismal en la cumbre del mundo. En un ángulo la trayectoria de la luz te muestra tu reflejo, ves tu propio dolor, lo profundo de tu alma, y en un destello que cambia la refracción, ves el inagotable pozo hondo debajo del iris de la mirada que estás mirando. 

Sentís vértigo y miedo. No sabés si estás preparada para ir allí y volver. Sabés que te tienta, que siempre estuviste buscando esa puerta, que ahí hay una verdad necesaria, que ahí se mueren las hipocresías que te aturden, del mundo, de vos misma.

Pero te paraliza el terror.

Dos cuadros más recuerdo. No son de la autora pero su amistad debe ser muy fuerte para que ocupen ese lugar central en la máquina creativa de Jan. En la pared norte, medianera con el estudio donde Jan opera cuerpos con su pincel de titanio, un rostro, diría que aborigen, una máscara en gamas punzó, dormida, soñando o fallecida. Jan tiene que hacer un esfuerzo en la silla para girar y verla. Su trabajo la orienta hacia el sur y el oeste, sus raíces, pero sabe que la abuela aborigen, la chamana, la cuida en su espalda, no necesita notarla.

Pero enfrente de la abuela o la mamma sciciliana, directamente arriba de la compu, coronando todo lo importante, señalando un eje, un núcleo que organiza y dá sentido a todas las pantallas de tela que cuelgan alrededor, el dispositivo tecnológico y artístico que concentra las miradas y explica lo que se busca, sin palabras, un desproporcionado bastidor con una paleta de colores que rompe el clima de las otras, una pincelada furiosa y descontrolada, una arquitectura de forma opuesta a las de sus vecinas. Lo que verías si te parás en el borde superior de un tornado y mirás para adentro del tubo caótico que se engulle todo lo que atraviesa.

El ojo del tornado no es circular, es elipsoidal, como el dibujo que hacen todos los cuerpos celestes que orbitan en el universo, y si te avivás, en el corazón de su atelier, la artista ha colocado una enorme vulva latiente y todopoderosa, capaz de engullir todas las fuerzas negativas de la lucha universal y filtrarlas en fuerzas creativas de la naturaleza. Una vulva tormenta de rayos y colmillos en gamas de verdes azulados y azulinos verdeagua, que astilla los ojos de quien la mira, fascina y engulle, atrae y domina.

El eje vulva y madre anciana gobiernan y explican. Estamos en un sencillo templo de la diosa uterina. La vulva es la puerta, la verdad, la vida.

Todavía te quedan dudas. Saludás con la elegancia que te alcanza, como si pudieras pensar en la relación mercantil que fuiste a buscar, como si tuviera sentido que debajo de la escalera, el Ángel Gallardo siguiese digiriendo ruidos y ruedas sobre el asfalto hirviendo, como si la hora y los trámites tuvieran algún sentido, como si todo Buenos Aires no fuera más que la mala pesadilla que se sobrevive, zafando, hace quinientos años, desde que “el espíritu caballeresco de la raza” vino a fundar pueblos con sangre y mierda sobre el barro de los humedales que jeden con el calor de los cuerpos y los cementerios, ahora, en verano.

Aturdida, sin saber qué te golpeó ni por dónde empezar a lamerte las heridas, recordás que a la derecha de la vulva torbellino verdeazulada, pero antes de llegar a la ventana, una cuerpa en escorzo te dijo algo. Necesitás escribir después de las curaciones normales. Necesitás sanar la conciencia, comprender.

Jan se busca en su propia cuerpa, en ese escorzo encuentra una síntesis contradictoria: gorda y flaca, afro y parisina, porteña y conurbana.

Jan comprende que debajo de la mirada hay un eje emocional que la enraíza con el universo y la explica, Jan ha comprendido que su vulva es la vulva, original y cósmica, que en su estirpe, en su especie, en su clan, su familia universal, su genealogía uterina, que va más allá del género y la genitalidad, en sus muertas y sus vivas, sufrientes, amantes, luchantes, sobrevivientes, esclavas, obreras, madres guerreras e hijas delirantes, están todas las respuestas.

Y vos, que fuiste alejada de esa vulvaescencia matrilineal, que fuiste arrancada por la biología contra tu deseo y encerrada en una falsa genitalidad deformada, que fuiste enclaustrada bajo barrotes invisibles, etéreos y sin duda mucho más eficaces y sólidos, pero que pudiste huir, vos que todavía corrés por el bosque y la montaña sobre ese plano inclinado cruzado de gruesas raíces y zancadillas que emergen de lo profundo de la tierra, en esa sabana extraña de cemento y primates disfrazades con elegancia, vos que sabés que viajás en la frontera que llaman tierradenadie entre las trincheras enfrentadas afuera tuyo que espejan las de tu lucha emocional interna, vos que intuís que no hay más paraíso donde llegar que esta batalla cotidiana por ser vos misme, vos que idealizás y te arrodillás ante los rasgos de la diosa pagana milenaria, que deseás ser liberada de tu cuerpo para poder ser completamente vos misma, y que andás buscando cirujanas que te cuiden y te ayuden a sacar el cuerpo de tu deseo desde la carne hacia afuera…

de repente,

te das cuenta,

que fuiste analizada,

evaluada,

escrutada,

por una fiel discípula

maestra artesana

de la diosa única original

y pensás

¿habremos pasado la prueba?