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jueves, 23 de febrero de 2017

Cómo entrenar a tu papá, el triunfo de la empatía

Unos años después del estreno mundial de Cómo entrenar a tu dragón (DreamWorks, 2010) la misma compañía resumió el corazón de esta maravillosa saga en otra peli para chicos –incluso guionada por el mismo director, Chris Sanders- Los Croods, de 2013.

La hija adolescente de una familia del paleolítico expresa en su historia una tragedia que pude trasplantarse a cualquier familia actual y que, de hecho, es la materia prima que nos atrae. Su padre, encargado de tomar las decisiones que permitan sobrevivir a la familia, sostiene una estrategia conservadora: permanecer encerrados en la caverna donde viven, saliendo sólo para conseguir la comida. Sus métodos -también conservadores- reducen la capacidad creativa de su familia a la rutinaria caza por un alimento insuficiente y el asombro filosófico de la especie –simbolizado en la atención maravillada de la familia ante la hora de las narraciones y las pinturas- a la manipulación ideológica muy burda del padre para machacarles su programa.

Otra vez el canto “revolucionario” de DreamWorks contra el conservadurismo del capitalismo yanqui y sus personeros en el mundo de las narraciones audiovisuales de masas. Parece un burdo intento para instalarse en el surco de mercado abierto por el primer éxito comercial de Blue Skye Studios en 2002, La era del hielo, de cuatro secuelas hasta 2016.
Aquí, con cierto tono pseudo-científico, se presenta la contrafigura del padre, un pibe cancherito y lindo que conoce el uso y producción de fuego y otras “ideas” o “inventos” tecnológicos que subvierten las costumbres cavernarias.

DreamWorks coloca el debate entre los marcos del patriarcado, como señalamos antes en el caso de Moana, aparentemente bajo el mandato histórico. Pero ya señalamos mil y una veces que hasta cinco mil años atrás (en pleno neolítico) la humanidad no identificaba las tareas de dirección de los clanes y tribus con el mandato varonil patriarcal.

Lo importante es que para Croods la clave que permite regenerar la relación rota entre el padre y su hija mayor está en la transformación del padre y no de la hija, (recurso que Sanders repetirá en Cómo entrenar a tu dragón, modificando el libro de aventuras fantásticas en el libro homónimo de 2003 de la escritora británica Cressida Crowell). 

Mientras todo el desarrollo de la película podría haber hecho sospechar que se tratase simplemente de una historia moral para enfatizar el poder superador del espíritu innovador sobre el conservadurismo de la tradición, en realidad es un intento por enseñar a los padres malos un camino de redención: para recuperar el afecto natural de sus hijas, debe reconocer sus errores, asumir con honestidad la mejor estrategia evolutiva y, finalmente, asumir que el deseo de la hija es más importante que el suyo propio.

Este llamado a la empatía con los hijos e hijas ha sido llevado a su mejor expresión técnica y simbólica en Cómo entrenar a tu dragón (2010) y en su secuela de 2014.

Entiendo que se trata de una de nuestras preferidas porque en ella vemos expuestas nuestras fantasías y angustias sobre las relaciones afectivas más cercanas.

La primera afirma la narración sobre la tensión de dos vínculos centrales, la relación del joven púber Hipo con su padre Estoico, jefe tribal de una aldea de pastores y marineros normandos en la idílica isla de Berck y la de Hipo con Chimuelo (sin dientes), un dragón de la sub-especie Furia Nocturna que se transformará en su mascota o mejor-amigo, depende el grado de cinismo con que ud. lo analice.

Hipo vive sufriendo porque sus capacidades naturales y sus aprendizajes infantiles lo alejan de la necesidad de cumplir con el mandato social y familiar de continuar el rol de su padre, el de asegurar el bienestar de su reunión de tribus y el de sus costumbres y tradiciones. Hipo es un alfeñique flaquito frente a todos los varones de la aldea que tienen esos cuerpos gigantones, feroces y bonachones de los viejos galos de Ásterix el galo (el famosísimo cómic francés lanzado en 1959) de la envergadura desproporcionada de un Óbelix; no tiene destrezas físicas que lo coloquen entre los mejores cazadores de dragones de su aldea, actividad que lleva el protagonismo no sólo porque pone en juego las características deseadas de fuerza y astucia, sino porque la base material de su sociedad es el pastoreo de ovejas, principal alimento que saquean los dragones.

Hipo ya venía conflictuado con su realidad física e intentaba reemplazarla con un ingenio muy desarrollado para inventar mecanismos complejos. Sin embargo, sus inventos terminaban en desastres peores.

En esa coyuntura tan difícil que es para cualquier niño o niña la de enfrentar su paso a la adultez sin encajar en la sociedad que vive - trauma real y concreto que atravesamos todes los seres en sociedad y que puede terminar trágicamente, como lamentablemente pasa con quienes no caemos en la heteronorma sexual- Hipo tiene el tiempo y la clandestinidad suficientes para explorarse a sí mismo a partir de cuidar al dragón que casi mata con uno de sus inventos.

Es decir, que la vida le ha abierto una oportunidad madurativa francamente excepcional. Hipo quería ser aceptado y un invento suyo casi mata a un dragón. Cuando tiene la oportunidad de rematarlo a cuchilladas, su verdadero ser, reprimido, le impide hacerlo, desata a la criatura en un acto de compasión y se dedica a alimentarla y cuidarla hasta que tenga la posibilidad de valerse por sus propias fuerzas y ser libre.

Hipo comienza a conocer al objeto que deseó conquistar y exterminar y descubre que los dragones, como cualquier ser vivo, no son esencialmente malos ni buenos y que simplemente hacen lo posible por alimentarse y sobrevivir. Todavía más, gracias a ese recurso empático que generan los animales en las crías humanas mientras son más parecidas a ellos, es decir, cuando la sociedad todavía no se ha impuesto definitivamente sobre su sensibilidad, Hipo descubre que si establece una relación cooperativa con los dragones, las bases materiales de ambas especies pueden dar un salto de calidad.

Si pelis como Enredados enseñan por la negativa que el egocentrismo de la sociedad genera crianzas violentas e insatisfactorias, y películas como Buscando a Nemo llaman a perder el miedo y desarrollar las potencias de nuestras crías en función de que alcancen su propio deseo, pelis como Monsters Inc. y Robots llaman a reemplazar el conservadurismo por estrategias innovadoras, Los Croods y particularmente Cómo entrenar a mi dragón nos señalan un método, un camino a seguir para alcanzar la mejor relación de crianza posible, el de empatizar con nuestros hijos e hijas, un llamado a observar el universo desde su lugar, en salirnos de nuestra posición cómoda y acostumbrada para calzarnos sus zapatos y ver la vida con sus ojos, deseos y angustias.

E.T. y Lilo & Stich: mascotas y algo más


En una entrevista, uno de los codirectores de la saga, Dean De Blois  (Aylmer, 1970 que había trabajado previamente con Sanders en la genial Lilo & Stich de Disney Co. 2002) reconoce que la elección del dragón fue tratada conscientemente para desarrollar este tipo particular de relación. El director dice haber hecho un balance del tratamiento de los dragones en el cine contemporáneo para definirse por uno con características de mamífero que pasen sus características reptilianas a un plano secundario.

Interesante planteo que se puede observar claramente en un Chimuelo que se comporta con la autonomía, la ferocidad y la curiosidad de un gato mientras que otros se comportan como leales y poco astutos perros.

Con total claridad, De Blois declara sus intenciones: “…me atraen más los niños corrientes que hacen un descubrimiento extraordinario, como Hipo o Elliott en E.T. (Steven Spielberg, 1982). Hay algo muy emocionante en tener una amistad con una criatura mítica. Y si se convierte en tu mejor amigo, ya resulta cautivador.”
(http://epoca1.valenciaplaza.com/ver/136578/dean-deblois-me-gustan-los-dragones-que-se-comportan-como-animales-y-no-hablan.html)

Los animales así construidos -míticos, imaginarios y mascotas- combinan elementos que los transforman en puentes con el mundo exterior e interior de las personas que conviven con ellos. Es la idea que inmortalizó Cortázar de los gatos como mecanismos de conexión con mundos desconocidos. Los directores eligieron a propósito que los dragones de esta peli no hablasen, para sostener esa capacidad que le permite a los seres humanos imaginar sus pensamientos, proyectando por lo tanto los propios, sacando afuera lo que uno tiene dentro.

La des-reptilización en las conductas de los dragones permite generar una relación simpática en los niños y niñas con su inconsciente expuesto, cerrándole el paso al terror atávico que en general nuestra especie tiene contra los reptiles.

Esta idea de que los dragones son criaturas míticas construidas por la imaginación humana para representar sus miedos inconscientes más antiguos la desarrolló el astrofísico Carl Sagan (New York, 1934 –Seattle, 1996) en un ensayo sobre el cerebro y la inteligencia humana que le valió el Premio Pulitzer de 1977, Los dragones del Edén. Allí el afamado divulgador de Cosmos (1987) desenvuelve una teoría ambiciosa según la cual la memoria estaría constituida por partículas eléctricas (con un sistema de información binario) y por lo tanto sería plausible suponer que esos registros materiales sobrevivieran en la herencia genética, combinados de alguna forma en la codificación de la constitución de nuestros órganos cerebrales.

La hipótesis le permite a Sagan teorizar sobre miedos que se observan en niños y niñas que aún no han sido “programados” por la sociedad y que, sin embargo, sin ningún estímulo previo, temen a la obscuridad, a los reptiles y a los insectos. El genial científico de izquierda intuye que se trataría de miedos instalados en las raíces más antiguas de nuestra morfología por traumas que alguna vez supieron ser abrumadores, de la época en que nuestra especie estaba aterrorizada por la debilidad que le provocaba la ausencia de luz solar (bien representada en Los Croods) o ante la convivencia hace tres millones de años con los últimos grandes reptiles que poblaron el planeta, sobrevivientes póstumos de los gigantes dinosaurios.

En un vuelo fugaz por la mitología antigua registramos dos tipos básicos de dragones. En la cultura china, al igual que entre los náhuatl, los mayas y los guaraníes, los anchos y caudalosos ríos selváticos y los grandes lagos habrían permitido sobrevivir durante milenos a grandes serpientes (las boas constrictoras serían una pequeña muestra de lo que suponemos) que en el recuerdo deformado por el terror de las leyendas populares habrían asumido la capacidad de caminar o correr por tierra (como los dragones de Komodo que todavía sobreviven en las selvas de Indonesia o en las Galápagos del Pacífico) o incluso de echar fuego por la boca como expresión de un terrible poder destructivo.

La imaginación de los parientes de los chinos que llegaron a las tierras heladas del norte de Europa le supieron agregar alas a esas terribles serpientes, similares a las de los murciélagos de las cavernas compartidas en el paleolítico o a las de los famosos Pterodáctilos, que si bien desaparecieron sesenta millones de años antes que los primates mutaran en homínidos, bien podrían haber quedado expuestas a la fantasía humana en fósiles o en bloques de hielo. Los dragones de la mitología nórdica, que tenían la virtud de vivir en los lugares que la tribu consideraba peligrosos e inaccesibles, en lo alto de las montañas, cerca de los dioses y diosas imaginados gobernando el universo, pasaron a formar parte del acervo cultural como símbolos del miedo a lo oculto y desconocido, bajo la forma de gárgolas y demonios que asaltaron las páginas y los sermones de la iglesia medieval para seguir aterrando a los mortales.

En el valle del lago Texcoco y las selvas tropicales de Centroamérica, sin embargo, la fascinación por el mundo oculto de antepasados y divinidades todopoderosas, las serpientes míticas se fusionaron con esas hermosas aves de largas y coloridas plumas, los quetzales, y parieron a Kukulkán o Quetzalcoátl, la serpiente emplumada o alada, que supo ser identificada con el héroe mítico que robo el fuego a los dioses y enseñó la agricultura a los seres humanos y que para tragedia de Moctezuma y diez millones de aborígenes, si creemos a La conquista de América, la invención del otro (1982), el mejor libro del recientemente fallecido Tzventzan Tódorov (Sofía, 1939 – París, 2017), habría prometido volver con algún sol mañanero de su larga excursión por el inframundo.



Lo reprimido nos fascina, atrapa nuestra ansiedad de conocimiento y la mezcla con la angustia de comprender algo muy doloroso de nuestra constitución. Queremos saber de qué se trata aunque sabemos que es peligroso. Los autores de Cómo entrenar a tu dragón importan ese símbolo de todas las historias de ciencia ficción que los maravillaron de chicos, en una infancia atravesada por la inocencia y la sed de conocimeitno pero también por la búsqueda de una ruptura con el mundo idílico de sueños americanos que sus padres se obsesionaron en machacarles, contra una realidad cotidiana que los desmentía con crueldad. 

Cada vez que la imaginación terrorífica que promovía el fantasma de la invasión soviética en los cincuenta y sesenta, la ciencia ficción popularizada en cómics y series de televisión se imaginaba invasores extraterrestres con formas reptiloides, como en V, invasión extraterrestre. Spielberg humanizó con el uso del idioma materno al pequeño reptil antropomorfo que hace volar una bicicleta con su dedo mágico en E.T. y ese impacto alcanzó para que De Bois retuviera ese símbolo de amistad íntima y fascinación positiva con lo desconocido y lo reformulara en el travieso e ingobernable extraterrestre Stich que permitió un canal para la imaginación de Lilo, la pequeña e indefensa hija de una madre soltera en los momentos que estaba obligada a sufrir en soledad por el laburo o las tragedias de una vida pobre en la paradisíaca –para los turistas- Hawaii.

“Recuerdo pensar de niño que si alguna vez tenía la oportunidad de trabajar en el cine, querría rodar una película que fuera tan cool e interesante como la serie Academia de titanes, El imperio contraataca o incluso E.T. Fueron muy poderosas en mi niñez. Del mismo modo que Disney, pero en sus momentos más tristes, como la muerte de la madre de Bambi, Dumbo acunado por su madre a través de los barrotes o Penny, la niña de Los rescatadores, sentada en el extremo de su cama, apenada, porque una familia que ha venido a adoptarla ha preferido a una niña más bonita. Por alguna razón, cuando eres niño esos momentos permanecen en ti. Como adultos filtramos los contenidos para las jóvenes audiencias, no les damos la confianza que merecen para asimilar la tristeza del mismo modo que procesan los momentos felices. ” (de la misma entrevista citada)

DeBlois confiesa que junto a Sanders buscaron explorar esta relación infantil con el mundo desconocido –temido y deseado- de una forma más osada en DreamWorks, que le permitió arar en ese surco delicado de la angustia infantil ante el mundo adulto mucho más que Disney. El recurso que permite a los niños y niñas enfrentar con coraje el miedo a lo desconocido, que para Spielberg fue el lenguaje, en Cómo entrenar a tu dragón fue la trasposición de características comunes a mamíferos domesticados con quien las niñas y niños se sienten en confianza.

La película es, entonces, una audaz apuesta que pretende exponer en un lenguaje simbólico y psicológico accesible y amistoso para las mentes infantiles, los pliegues más traumáticos del mundo exterior que comienzan a explorar.

La imagen central de la película resume la felicidad máxima que puede alcanzar un ser humano, la de aprender a enfrentar y conocer sus deseos y la angustia que surge de ellos si se chocan con las prohibiciones sociales. Hipo aprende a entrenar a su dragón y a ser entrenado por él, en una relación simbiótica que termina satisfactoriamente en esas increíbles imágenes que lo llevan a cabalgar el viento junto a su dragón (que superan sólo técnicamente las sensaciones e impresiones de su antecedente clásico, La historia sin fin o The Neverending Story, novela fantástica del alemán Michael Ende publicada en 1979 y llevada al cine por Wolfgang Petersen en 1984).

Otra vez los productores de cine infantil utilizan el recurso de una técnica de imágenes fabulosamente realista para permitirnos la sensación física de diluirnos en la materia infinita que nos rodea, transformando la sensación angustiante de un universo que nos oprime en nuestra finitud, la náusea existencial, en una sensación de infinita completitud e integración con ese ambiente que nos rodea. Lo logran ampliamente los creadores de Nemo y Dory con el elemento vital del océano y el eterno fluir del agua y ahora los animadores de DreamWorks nos permiten cabalgar en fantásticas aves reptilizadas, serpientes aladas, para cabalgar el cielo hasta la plena confianza en el porvenir.

Libre como el viento


¿Cuáles son los sentimientos oscuros e inconscientes, reprimidos en la infancia por la sociedad adulta, que esta saga pretende entrenar? ¿Cuáles son, desde el punto de vista de estos adultos que la escribieron y animaron, los dragones más íntimos de nuestra sociedad?

La secuela sólo viene a reforzar esa sensación de satisfacción lograda al final de la primera, aunque de una forma contradictoria y realista como pocas veces se ha logrado en el cine infantil. Hipo descubre que su deseo y su capacidad empática no han nacido de un repollo, que su madre - ausente en la primer película con el dolor que genera toda ausencia significativa de un ser anhelado, idealizado- sostenía, antes de desaparecer secuestrada por un dragón, la misma defensa de la necesidad de revolucionar las relaciones violentas con los dragones establecidas por la tradición social.

En el paroxismo del límite cultural occidental, en la segunda parte los directores matan a la figura patriarcal y desarrollan la confianza de Hipo con su figura materna. La estrategia material de supervivencia superadora de la tradición cazadora, la cooperación con el objeto que intentábamos dominar, la aporta la figura materna. Es indiscutible que los creadores de estas películas, así como tomaron la mitología popular escandinava para ofrecernos un contexto social donde sea verosímil la rudeza de la vida antigua, dependiente de los límites del bajo desarrollo tecnológico pero al mismo tiempo sin la explotación social de reinos o imperios basados en Estados Teocráticos centralizados y absolutistas; también abrevaron en las tradiciones matriarcales de esas mitologías para reivindicar una cosmovisión de desarrollo civilizatorio ligada a la compasión, la empatía y la búsqueda de la colaboración productiva con las fuerzas naturales, que todes les científicos creen haber encontrado en las tradiciones culturales previas a las sociedades de clase.

En la citada entrevista DeBlois se reconoce fanático de la estética violenta y barbárica de la serie de culto Game of Thrones (lanzada con éxito de masas por HBO en 2011) y señala que para la caracterización de la madre de Hipo, tierna pero de autoridad firme como el padre, se inspiraron en la caracterización de Kate Blanchet en Elizabeth (Shekhar Kapur, 1998) al punto de contratarla para la voz de Valka, personificación de las diosas Walkirias de la tradición nórdica.

Redoblando la apuesta original, un villano mucho más demoníaco que el peor de los dragones, Draco Manodura, utiliza su conocimiento de los lenguajes sonoros de los dragones para explotarlos a su servicio, gobernando a un enorme macho alfa para construir un sádico ejército de saqueo. Draco Manodura simboliza el poder imperialista característico de la especie humana (de una parte, aclaremos, la que vive obsesionada por las ganancias y el trabajo de los demás) conseguido a fuerza de explotar a criaturas más débiles. En el clímax de esa crudeza propia de las sociedades vikingas que los directores han rebajado para un público infantil, Draco manipula a Chimuelo para asesinar al padre de Hipo, y DeBlois cumple su fantasía infantil de recrear la angustia ante la muerte de la madre de Bambi.

El patriarcado que fue domesticado en la primer parte, ahora es aniquilado por otro varón, la expresión más pura del autoritarismo paterno, el macho alfa que se impone por mayor fuerza física y menor compasión.

Para intensificar el dolor, Hipo pierde a su padre después de haber reunido a su familia. Como hijo de una familia rota y padre en una que se ha separado, entiendo que no hay mayor deseo de felicidad en la menta infantil que la utopía del re-encuentro de papá y mamá, una especie de Paraíso en la Tierra que todes les hijos e hijas de parejas separadas sostenemos inconscientemente incluso ante la evidencia de su imposibilidad.

En una de las escenas más emotivas que ha producido el cine, el sueño de Hipo se cumple en medio de su propia conversión en un adulto. Estoico encuentra a su esposa, quien creía desaparecida, y lejos de ordenarle retornar al hogar conyugal por el imperio de las tradiciones, se doblega ante su autonomía, solicita con humildad y amor que vuelvan a casarse para gobernar a la par en una aldea que se rige por las nuevas formas de sociabilidad que ha descubierto su hijo, que son, ni más ni menos, que las que la madre había propuesto y que regían su vida autónoma.

Estoico renuncia al poder absoluto y concede a su reina la posibilidad de un gobierno común bajo el programa de ella. En medio de una escena surrealista, ambos bailan una vieja tonada de amor de inspiración céltica, se van acercando, en la única escena musical de toda la saga, encontrándose en un clima de fraternidad y de pareja que sólo puede existir en los sueños infantiles de los directores porque en la realidad diaria casi que es imposible.

Y después de tocar el cielo con las manos Draco asesina al padre y amenaza con dominar el mundo conocido, arrebatarle sus sueños y a sus afectos en el mismo movimiento.

Como ya dijimos DreamWorks no pasa de ser la compañía de cine infantil más progresista de un sistema social que financia a las grandes industrias culturales para que ofrezcan diferentes estrategias posibles sin romper nunca los límites sociales del sistema. Con todo lo que la disfrutamos, Cómo entrenar a tu dragón es incapaz de sobrevolar esos límites de clase.

Hipo y Astrid y las teorías queer


No deja de ser el heredero varón al trono quien va a recomponer el orden y además lo hace proponiendo como núcleo social la familia heterosexual. Sin embargo, contradictoriamente, los símbolos culturales que sintetizan los aspectos centrales de los personajes protagónicos no se amoldan exactamente a lo que nuestra sociedad considera varones y mujeres heterosexuales.

Si los más reaccionarios representantes de la heteronormatividad y el patriarcado descubrieron en Frozen la exposición de argumentos en defensa de una sociedad sin heteronorma y patriarcado, en la continuación de Cómo entrenar a tu dragón deberían deducir sin forzar demasiado la trama, la reivindicación del camino al éxito de un varón que descubre en su feminidad la potencia vital que lo libre de un rol como macho y patriarca. Es decir, una visión estereotipada del varón homosexual por excelencia.

Hipo adolescente reafirma su amor y deseo por Astrid, una joven de su misma edad que, sin embargo, lejos de asimilar funciones de pasividad y encierro familiares como cabría esperar en los mandatos sociales para las mujeres, su principal deseo y capacidad la colocan por encima de los mejores cazadores/jinetes de dragones de su generación. Su arma preferida es el acha de doble cara, símbolo milenario del poder fálico y masculino, lo que no evita que Hipo la admire.

Sería descabellado afirmarlo sin tener como mínimo pruebas ligadas al menos a entrevistas personales con los guionistas y directores de la saga, pero parece que estamos ante un cuestionamiento de los roles femeninos y masculinos propia de la teoría queer, que en resumidas cuentas liga la identidad de género a una decisión personal en la que les individuos optamos por las características culturales que la sociedad asigna dualmente a los genitales y la sexualidad, pudiendo construir síntesis particulares que no pueden ser resumidas en los estándares tradicionales de la división de géneros: heterosexualidad, homosexualidad, lesbianismo, bisexualidad.

Lo queer (lo raro o extraño) en términos de sexualidad permite enfrentar la crisis de las identidades de género revolucionando las premisas culturales, psicológicas y filosóficas sobre el mismo asunto tal y cual las conocemos hasta aquí. Este enfoque metodológico, deudor de las mutaciones filosóficas del posmodernismo en los estudios culturales y lingüísticos de fines del siglo 20, ha revolucionado como vimos antes, campos tan distantes de la ciencia como la arqueología y ha empujado al máximo las concepciones tradicionales de la lucha de clases, enfrentándose casi al mismo tiempo con concepciones reaccionarias de la sexualidad humana vigentes tanto en organizaciones de combate de la clase obrera como en el máximo representante de la reacción de la historia humana: la Iglesia Vaticana.

La peli propone un tipo de relación ideal tan sublime entre varones y mujeres que las hacen más utópicas que la mismísima existencia de dragones.

La hipótesis es muy forzada, vale reconocerlo, al punto que no hemos encontrado ni siquiera las pruebas de las mentalidades reaccionarias que vituperaron a Frozen en su momento. Es que las tradiciones familiares heteronormadas se encuentran a salvo en la saga que incluso contiene una moralización pedagógica destinada a que los padres encuentren un camino de redención para evitar la rebeldía disruptiva y radicalizada de sus hijos adolescentes incomprendidos (ya que estamos, como lo logran Dru en Mi villano favorito, Universal, 2010 y 2013 o Tim Lockwood en Lluvia de hamburguesas, de Sony en 2009 y 2013).

Se pueden cuestionar los roles culturalmente asignados a varones y mujeres y criticar hasta el cansancio la cultura patriarcal conservadora y convocar a los padres a dejar de ser cavernícolas, bárbaros vikingos, crueles delincuentes o toscos pescadores sin visión de futuro, pero siempre que se sostengan incólumes los pilares que garantizan la reproducción heterosexual de la especie. Y estas visiones parecen conformar las angustias existenciales de las familias devastadas por la crisis material y moral de las últimas décadas.


Lo que no deja de ser un avance en la cultura infantil heredera del siglo veinte idealizado por Disney.

Monsters Inc. y Robots, el superhéroe individualista

Otra saga de Disney Pixar, Monsters Inc (2001) y su precuela Monsters University (2013) elabora el mismo problema desde el punto de vista de los mejores métodos educativos. En la primera, una pequeña niña invade el mundo de los monstruos, a contrapelo de todas las medidas de seguridad que esa sociedad ha tomado en contra de esa situación, desbarata toda la imagen prejuiciosa que este mundo se había formado de los niños y niñas humanos y termina mostrándoles una realidad que, una vez asumida, mejora sus vidas superlativamente.

Se trata de una muy entretenida metáfora sobre las falsas construcciones del mundo de los adultos en general, y sobre el mundo de la infancia en particular. Toda la energía de la ciudad de los monstruos dependía de la extracción de electricidad que tomaban de los gritos de terror de niños y niñas a quienes acosaban saliendo de sus armarios en mitad de la noche.

Sólo sabían que los monstruos generaban terror en las conciencias infantiles y sin mediar otro tipo de análisis, prejuiciosamente, evitaban todo contacto con ese mundo que excediera las necesidades básicas de la extracción. De forma fortuita, la irrupción inesperada de una niña traviesa y desinhibida, de esas que violentan todo lo que pueden los límites que les pretende imponer alguien,  combinada con la empatía compasiva y el amor fraternal de los amigos Sullivan y Wazowski, terminan descubriendo que la energía generada por la alegría de los niños y niñas es mil veces superior, y reconvierten toda su producción, dejando de sembrar el terror en el mundo de la infancia humana para sembrar risas y alegrías y mejorar su propio mundo.

Se trata también, en un segundo plano de lectura, de una crítica racionalista al mundo empresarial norteamericano. Aunque el antagonista principal de nuestros héroes esté personificado en esa especie de serpiente malvada y camaleónica de Randall, el verdadero villano es el cangrejoide empresario que dirige la compañía. La peli no critica la explotación de los trabajadores de la fábrica de gritos (todo lo contrario, sus vidas cotidianas son descriptas como de trabajadores satisfechos y respetuosos de las leyes) sino los criterios empresariales. El capitalista promueve una cultura taylorista con objetivos de producción cada vez más altos, basada en la competencia desleal entre sus empleados para ver quién llega más lejos. Sin ninguna ética ni moral excepto el aumento de la productividad del trabajo, el empresario sin embargo no tendría una mentalidad científica “creativa”, que cuestione sus premisas de trabajo, lo que le hubiese permitido descubrir la potencialidad de la risa, todo lo contrario de lo que explotaba.

Se trata de una crítica menor al capitalismo, casi superficial, según la cual los desastres ecológicos y las crisis energéticas que provoca, por ejemplo, la obsesión del capitalismo con el uso de petróleo y recursos no renovables como fuente de energía y materias primas, podría revertirse simplemente con un cambio revolucionario en las “mentalidades” de la cultura empresarial. Un pensamiento recurrente entre los profesionales de las industrias tecnológicas modernas, particularmente los creadores de software, que desde finales de los 70 vienen reinventando y revolucionando las formas y herramientas de las comunicaciones humanas, desarrollando producciones industriales donde hace cuarenta años no había nada y que han llegado a creerse la solución final a los problemas endémicos de la acumulación capitalista.

Think different


Esto se enfatiza en la segunda parte, que cuenta la historia de cómo se conocieron los dos grandes amigos, en su paso por la misma universidad. Aquí de nuevo, nada se dice del cruel sistema educativo superior norteamericano, que obliga a las familias a endeudarse toda una vida para mantener los estudios de sus hijos e hijas. Lejos de eso, su crítica se reduce a los criterios de la educación superior.

La tensión se centra en la rectora, que sostiene criterios inflexibles para considerar las potencialidades de sus estudiantes, mientras que a lo largo de la peli el joven Mike Wazoski, aparentemente incapacitado para formarse como un gran asustador, termina sorprendiendo a la propia rectora, demostrando que con persistencia, esfuerzo y sistematicidad cualquier persona puede alcanzar sus sueños. Y que no hay que aflojar nunca, por más obstáculos que se le pongan enfrente y por imposibles de vencer que parezcan.

Es casi una expresión visual muy bien hecha y entretenida de los videítos de motivación que nos cansamos de ver en los cursos de entrenamiento del Ministerio de Educación o en los cursos motivacionales para entrepeneurs, vendedores, estudiantes de márquetig y empresas, etc., donde aparece Steve Jobs contando su experiencia en la universidad, como la estrechez de sus maestros lo aburría y que finalmente, renunciando a ella y siguiendo con sus ideas por cuenta propia llegó a ser quién fue.

No por nada Pixar pertenece a Steve Jobs (San Francisco, 1955-Palo Alto, 2011), el joven creador de Apple y los smartphones, que hizo de esta “filosofía empresarial” un leiv motiv de toda su vida. Las dos pelis cabalgan sobre el concepto que Apple supo tener como eslogan, think different, piensa diferente. Es el culto a la superioridad del ingenio sobre el dinero, del intelectual sobre la realidad.

Steve Jobs defendía que todo su éxito personal, de un estudiante frustrado a un millonario empresario, se basaba en su imaginación, su obstinación para seguir sus intuiciones y sueños a pesar que encontrasen la oposición del orden establecido previamente. Defendía y alentaba la rebeldía contra lo existente pero sólo en términos de creatividad, no sobre las relaciones sociales y políticas que permiten la reproducción de la vida social. La idea de la computadora personal o el I-phone pueden haber revolucionado el mundo económico con un novedoso producto capaz de inventar de la nada todo un nuevo mercado y una industria, mejorar las comunicaciones humanas y bajar los costos de logística de la economía mundial, pero en sus empresas se seguían utilizando los antiguos y arcaicos conceptos de extraer todo el valor posible de sus obreros y obreras sin pagárselos íntegramente en sus salarios, es decir, la vieja y consabida plusvalía.

Otra vez Los Simpsons nos permiten ilustrar de mejor forma los problemas evidentes de este pensamiento. En el tercer capítulo de la temporada 22, MoneyBart, de 2010, uno de sus chistes del sofá más polémicos y ácidos es guionado por el muralista callejero anticapitalista Bansky (Bristol, 1975), quien muestra una fábrica de esclavos en el sudeste asiático que explota seres humanos, tiernos ositos panda e incluso bellos e ingenuos unicornios de manera salvaje y despiadada para producir la propia serie animada.

Aunque pertenece a la misma generación y rubro, Matt Groening y los creativos que inventaron y mantienen una de las innovaciones culturales más exitosas del mundo contemporáneo, no se auto-engañan sobre las capacidades ilimitadas de su ingenio y saben muy bien que el capitalismo, incluso el más innovador y asombroso, se sigue basando en la arcaica explotación humana y ambiental.

La historia nos recuerda que el destino del gran genio croata Nicola Tesla (Smiljan, 1856 – New York,1943) que terminó en la pobreza absoluta, mientras que el “espíritu empresarial” de su socio Thomas Alva Edison (Ohio, 1847-New Jersey, 1931) se quedó con el negocio y el éxito, contribuyendo de paso a opacar un camino hacia una electricidad más potente, sana y gratuita. Del mismo modo, un genio de la física moderna admirado y reconocido mundialmente como Albert Einstein (Ulm, 1879- Princeton, 1955), que revolucionó la forma de pensar las ciencias más desarrolladas hace cien años atrás, con su propuesta de pensar un universo plástico, donde no existan ni un tiempo ni un espacio absolutos, vio frustrados sus sueños de una sociedad más justa e igualitaria, mientras que una de las aplicaciones concretas de sus descubrimientos fueron utilizadas por los mayores enemigos del pensamiento libre, creativo y la igualdad humana para todo lo contrario, cuando detonaron dos bombas atómicas en Japón en 1945 para ponerle fin a la Segunda Guerra Mundial.

En el mundo verdadero triunfan los dueños de Monsters Inc., no los simpáticos, creativos y esforzados Mike Wachowskys.

Algo de eso podemos ver en el reconocimiento de los límites del esfuerzo individual de Cars (2006) donde un arrogante auto de nascar de última tecnología no llega a obtener la victoria debido precisamente a su exceso de confianza e individualismo. Toda la película tiene un tufillo conservador (la vuelta a las tradiciones y raíces de un nostálgico capitalismo automotriz diseñado para dinamizar la pequeña y mediana producción industrial y comercial del interior norteamericano, abandonados en la última fase de expansión y robotización y extranjerización de la industria yanqui del automóvil) pero en esencia se trata de una enseñanza a favor de basar el desarrollo individual teniendo en cuenta la importancia de la colaboración de un equipo de pares, amigos y familiares y trabajando en función de intereses individuales que tengan también en cuenta o que contribuyan a desarrollar intereses colectivos.

En 2005 los estudios de animación de la Fox, Blue Sky, lanzaron la mejor representación visual de esta ilusión Silicon Valley, de un mundo perfecto dirigido por individuos geniales y creativos, Robots. En ella el héroe es el hijo de un obrero gastronómico de un pequeño pueblo del interior yanqui que llega a la gran ciudad justo cuando los nuevos ceos de Industrias Gran Soldador han removido al genio y filántropo fundador para aplicar técnicas de producción y venta que sólo tienen en cuenta las ganancias empresariales y desdeñan las necesidades del pueblo obrero. Como pasa en estas películas cuando son admiradas por espectadores/as obrero/as de un país semi colonial como Leyla y yo, lo que más nos atrae y fascina son esos frescos íntimos que muestran la vida optimista a pesar de la alienación, las enfermedades y la pobreza, ese bello y profundo espíritu de camaradería y generosidad que construimos obreros y obreras basado en la cooperación de compartir los pocos recursos a nuestro alcance como les ocurre a Rodney y sus amigos de la pensión de la Tía Turbina.

Pero no va a ser la Fox, Disney o DreamWorks quienes vayan a plantear una salida real a la explotación del capitalismo. Rodney dirige la rebelión de los robots obreros y desclasados de las grandes urbes imperialistas contra los nuevos patrones del márketing y las finanzas sólo para volver a entronar a Gran Soldador, el mítico burgués empresario fundador del “buen capitalismo” industrial de los años 40 y 50, que con generosidad llenaba de limosnas los bolsillos de las familias obreras bajo el American Dream del fugaz Estado de Bienestar y el New Deal.

El papel del individuo en la Historia


Entonces la cultura infantil más avanzada que podemos adquirir gracias a la piratería de genios tecnológicos más profanos (encerrados copiando pelis truchas para juntar el mango como en el magnífico cuento de María Negro, Matemática allá al fondo publicado en  http://otraautonautaenlacosmopista.blogspot.com.ar/2014/09/matematica-alla-al-fondo.html) o de Netflix nos propone una incertidumbre: ¿abandonar todo tipo de misticismo individualista basados en una crítica exhaustiva de los límites que la realidad impone a los individuos obreros/as en nuestras sociedades capitalistas o aceptar sin buscarle el pelo al huevo esta fabulosa y necesaria ética optimista que todo obrera u obrera necesita como el agua en el desierto para sobreponerse a las presiones de una vida marcada por el desamparo y la explotación?

En 1933 Lev Davidóvich Bronstein, inmortalizado por el seudónimo de Trotsky, que adoptó de uno de sus guardiacárceles bajo el zarismo, escribió una breve pero apasionante reflexión sobre el papel del individuo en la historia en el capítulo 16 de su magnífica Historia de la Revolución Rusa. 

Allí analizaba la importancia que tuvo Vladimir Íllich Uliánov, Lenin, en el desenlace de la primer revolución proletaria exitosa de la historia humana. En abril de 1917, bajo el gobierno Kerenski, una democracia burguesa basada en el doble poder de obreros/as y campesinos/as que habían liquidado al absolutismo feudal pero que habían entregado su poder a una raquítica burguesía industrial y comercial adaptada al poder financiero de la burguesía imperialista francesa, belga, alemana e inglesa, Lenin aparecía en el momento justo para torcer el destino de su propio partido, el Partido Obrero Socialdemócrata Ruso, que hasta ese momento apoyaba el gobierno democrático con la ilusión de pasar en una etapa posterior a desarrollar una dictadura obrera hacia el socialismo.

En las tesis presentadas a su partido, elaboradas al calor del análisis del proceso revolucionario de la Comuna de París de 1872 que inmortalizó en El Estado y la Revolución de febrero de 1917 y del movimiento real que asumía la lucha de clases en Rusia, Lenin convenció a sus camaradas de la dirección a romper su alianza con el gobierno de Kerensky y alimentar y acaudillar a las masas obreras y campesinas organizadas en los Soviets a la toma de todo el poder político y social, expulsando a la burguesía y la aristocracia e instaurando un Estado Obrero y Socialista.

Contando con “el diario del lunes” Trotsky se pregunta en ese capítulo 16 si el destino de la revolución rusa hubiese sido el mismo de no haber mediado la acción de Lenin en abril.
El marxismo asigna a las estructuras sociales y naturales el papel del verdadero motor de la vida. Dejemos de lado los debates sobre la mayor o menor empatía humana de esa forma de pensar la realidad presentes en los teóricos de esta tradición, digamos sí que se trata de una apreciación científica que combate el misticismo idealista mostrando a los individuos como productos de un entramado de leyes sociales y naturales que se le imponen con mucho mayor poder, sobre todo si su deseo es contrario al orden social.

Sin embargo, el marxismo está también plagado de análisis que colocan un poder creativo capaz de revertir “el peso muerto” de las tradiciones y leyes en los individuos organizados junto a otres de su misma condición. Se trata de comprender que la realidad opera aquí también de forma contradictoria.

Trotsky demuestra que la Revolución de Octubre no podría haber asumido la forma que tuvo sin esa intervención de Lenin en abril y llega a dudar incluso que el proceso podría haber terminado muy mal para las ilusiones obreras y campesinas de no haber existido ningún partido que convocase a dar “todo el poder a los soviets”, como en el caso de tantas y tantas revoluciones contemporáneas que terminaron siendo dirigidas por burguesías raquíticas, timoratas y coloniales como la rusa (México entre 1910 y 1928 o China entre 1911 y 1931, por señalar dos ejemplos significativos).

En ese capítulo demuestra que Lenin era la expresión más lúcida de todo un partido que elaboró racionalmente la experiencia de lucha de las clases oprimidas por el zarismo, es decir, que no se trató de un “salvador” llegado de la estratósfera, pero también que tuvo en el momento decisivo la claridad, el coraje personal y el tezón necesarios para convencer a la fuerza de la tradición de su propia organización y del sentido férreo de la costumbre social de su propia clase.

Las revoluciones (y muchas cosas más) son producto de centenares de años de acumulación de fuerzas y tensiones contradictorias en el seno de una sociedad que no pueden ser revertidas por un simple individuo y también estallan y logran determinados cauces gracias a la intervención genial de individuos templados con determinadas cualidades y organizados con fuertes lazos junto a los millones de destinos individuales de su propia clase social.

Se trata entonces de que el individuo que sueña con un deseo propio diferente y opuesto al que dictamina su sociedad de origen sea capaz de mantener un camino de conocimiento de las leyes que lo explican y de sí mismo como producto de esas leyes, que le permita tomar decisiones concretas que lo ayuden a alcanzar esos sueños. En el estudio materialista y dialéctico de las biografías de esos individuos geniales que lograron cumplir sus sueños a pesar de la presión del destino social –y apartándonos de la utopía individualista ingenua que proponen las grandes productoras yanquis, conservadoras o progresistas- encontraremos que ese optimismo vital del individuo encuentra su exacta y no mistificada realidad.

Contradictoriamente, el mismo Lenin supo inmortalizar ese optimismo en una intervención ante el Congreso que definió la vida del POSDR en su nacimiento, ante la ruptura de bolcheviques y mencheviques en 1902. Escribió en el folleto destinado a intervenir en ese debate, su famoso y vigente ¿Qué hacer? citando al joven poeta democrático ruso Dimitri Pisarev (Známenskoye, 1840- Dubulti, 1868):


“Si el ser humano estuviese completamente privado de su capacidad de soñar, si no pudiese de vez en cuando adelantarse y contemplar con su imaginación el cuadro completamente acabado de la obra que se bosqueja entre sus manos, no podría figurarme de ningún modo qué móviles obligarían al ser humano a emprender y llevar hasta su término vastas y penosas empresas en el terreno de las artes, de las ciencias y de la vida práctica… El desacuerdo entre los sueños y la realidad no produce daño alguno, siempre que la persona que sueña crea seriamente en su sueño, se fije atentamente en la vida, compare sus observaciones con sus castillos en el aire y, en general, trabaje escrupulosamente en la realización de sus fantasías. Cuando existe algún contacto entre los sueños y la vida, todo va bien.”


Buscando a Dory y Home, la epopeya de las huérfanas

Abandona la ilusión del control 


En una de las mejores escenas de la saga Kung Fu Panda, Ug Huey, la tortuga, y su discípulo ShiFu, la rata, tienen un debate sobre cómo enseñar o criar a otro individuo, bajo el duraznero de la sabiduría.

La sabia tortuga eligió a un obeso y lento oso panda, plebeyo y marginal, para ser entrenado como el máximo guerrero de la historia, el Guerrero Dragón. ShiFu, quien debía entrenarlo, se niega, a pesar de que viene de fracasar en el entrenamiento de su propio hijo adoptivo, Ty Long, quien terminó transformando esa frustración paterna en propia, derivando en un cuadro de odio y revancha destructivos.

ShiFu argumenta que es imposible hacer un guerrero de Po, el panda, porque no cuenta con capacidades innatas necesarias. En un acto genial, su amigo y maestro, símbolo de la sabiduría basada en la experiencia, el tiempo y la perseverancia, le dice:
Abandona la ilusión del control, Shi Fu.

No se puede controlar la vida. En un corto o mediano plazo parece que una persona o un grupo de ellas son capaces de dominar a otras o controlar diversas situaciones en la realidad, pero en el largo plazo, la vida tiende a fluir. Podríamos dar mil ejemplos. Las Torres Gemelas, el Titanic, los cientos de miles de tipos que pensaron que eran eternos y gobernarían por siempre, olvidados en sus tumbas, polvo entre el polvo; las cabezas de Luis XIV y el cuerpo fusilado del Zar Nicolás, demostrando que la nobleza no era una raza superior protegida de dios.

Todo lo sólido se desvanece en el aire y dentro de cien años las ciudades serán polvo, vivirán bajo las aguas o no, pero de seguro vos y yo, lector, lectora, no estaremos más aquí y todo esto bien podría ser una vieja ilusión.

Es interesante que la peli use una metáfora visual basada en el gran invento productivo humano, la agricultura, ya que se trata de la base material que funda esa ilusión en la infinita capacidad humana para controlar el medio ambiente en su propio beneficio. Desde hace cinco mil años, una pequeña porción de nuestra especie, las clases dominantes, ricas, explotadoras, no paran de moralizar al resto con la idea absurda que podemos y debemos ser los amos del mundo natural que nos rodea usando nuestro intelecto para fundar interminables reinos de piedra, cemento y acero sobre el agotado planeta.

ShiFu había dedicado casi toda su vida a entrenar rigurosamente a su hijo adoptivo con la esperanza de que fuera alguien que él deseaba, sin preguntarse siquiera que quería su hijo. Instaló en el pequeño una obsesión que, cuando se mostró imposible, lo frustró a un nivel desesperante, situación que no pudo, ni quiso superar en el momento que tuvo la oportunidad, cuando su padre finalmente reconoció su error y pidió disculpas.

Ug Huey, que tenía el poder de leer más allá de la superficie de las cosas, reconoció en Ty Long un sentimiento de ambición personal que no se correspondía con el ingrediente esencial que debería tener el guerrero Dragón, el de servir a sus semejantes, el de alcanzar su máximo potencial para brindarlo generoso a las necesidades colectivas.

ShiFu golpea el árbol de la sabiduría, hace caer un durazno en su mano derecha, lo injerta en la tierra y plantea que se puede controlar la cosecha y cómo y cuándo plantar una semilla y cultivar una vida nueva, defendiendo que el control no es ninguna ilusión. Reivindica el derecho y la potencia del conocimiento científico de la realidad objetiva para controlar el medio ambiente y modificarlo a su voluntad.

Ug Huey, reconociendo la validez parcial de la argumentación, nos recuerda que por más que se vista de seda, hay algo en la esencia de los fenómenos universales que no puede ser modificado por el puro deseo, “podrás desear un manzano o un naranjo, pero obtendrás un durazno”.

Muchas veces nos ocurre como padres o madres que ponemos todo nuestro esfuerzo y concentración en educar a nuestros hijos o hijas e un camino que suponemos es el indicado. Muchas veces ese camino es el que se corresponde con nuestras propias ambiciones o frustraciones personales. En el peor de los casos, como la bruja malvada de Enredados, el interés es mucho más egoísta y en realidad encubrimos hipócritamente tras una apariencia de sacrificio personal, el abuso a nuestros hijos e hijas para que satisfagan nuestras propias necesidades vitales.

La bruja Gothel mantiene encerrada a Rapunzel en la torre con la excusa de protegerla de la hostilidad del mundo exterior sólo para mantener su juventud y energía privatizadas en su propio beneficio, robándose literalmente su energía vital para preservar la propia. Lo mismo descubre irónicamente el Conde Drácula, ícono universal de los que absorben la energía de otres, un chupasangre, en Hotel Transilvania (Sony Pictures Animation, 2012) cuando comprende que el terror a perderla cortaba las alas a los sueños de felicidad de su querida hija. A favor de Hotel Transilvania digamos que quien encierra a la hija hasta la adultez en una torre es el padre y no una castigada figura femenina, y que la peli juega para contradecir el sentido común de quién es un verdadero monstruo, si estos productos de la imaginación fantástica del siglo 19 como los vampiros o los hombres lobo, o los padres castradores de los que está poblada la humanidad.

Este recurso para cuestionar los valores y costumbres establecidos en nuestra sociedad, presentando figuras moralmente “malas” como su contrario, es una marca como dijimos promovida por Shrek, presente también en la exitosa Mi villano favorito (Universal Studios, 2010) o en la serie animada para webtv Monster High desarrollada como parte de una campaña de venta de muñecas de Mattel en 2011. Ideas que remiten a la famosísima y popular serie de televisión de los años 60 The Addams Family, que relata la vida cotidiana de una familia de monstruos que, sin embargo, sostiene valores éticos y morales mucho más sanos que la de sus vecinos humanos y “normales”. Contradictoriamente, la traducción no literal en Hispanoamérica da en la clave de lectura rupturista de la serie, ya que Los Locos Addams en realidad cuestiona quién está realmente cuerdo en nuestra sociedad.

Estas películas por lo general están destinadas a elaborar crisis típicas de las familias obreras y de clase media del mundo occidental, con padres y madres separados, familias anexadas, diversidades étnicas y sexuales, integración de personas con capacidades diferentes, etc. En contra del conservadurismo de Disney, plantean la importancia de ser buenos y no las diferencias de piel ni la orientación sexual de nuestros seres queridos.
Toda una serie de películas infantiles de la nueva era digital aborda el problema de la crianza y están más enfocadas en la catarsis y elaboración empática de los adultos. Un tema que ha obsesionado a los burócratas de la moral familiar de las diferentes confesiones religiosas estatales como el Vaticano, a quienes el cuestionamiento de las relaciones familiares patriarcales irrita sobradamente desde Shrek en adelante.

En las páginas siguientes nos proponemos una reflexión sobre algunas de ellas para intentar pensar juntos/as cuáles son los mejores caminos para alcanzar la ansiada “paz interior” que ShiFu finalmente logra, junto a su discípulo al final de la historia.

Nadaremos, nada-haremos, nadaremos


La película que trata la angustia más aguda de un padre o madre, la de la muerte de una hija o hijo, con mayor franqueza y crueldad es, en los últimos años, Buscando a Nemo (de Disney-Pixar, Oscar mejor película de animación 2003). Como todos sabemos, narra la tortuosa aventura de un pez tímido, el pez payaso Marlín, por cumplirle a su pequeño hijo una promesa imposible: que nunca lo abandonaría.

Traumado por la pérdida de su pareja y la de millones de huevitos que serían hermanos de Nemo, Marlín se obsesiona en sobreproteger a Nemo y evitarle cualquier tipo de peligro, reprimiendo el deseo del niño de ser libre, valerse por sus propias capacidades y descubrir el mundo desconocido que lo rodea.

El único mérito de este padre desesperado es el de su profundo empirismo. Si bien intenta durante toda la película sostener obsesivamente su estrategia sobreprotectora y su ilusión de omnipotencia, las múltiples experiencias que es obligado a vivir en un océano que lo supera claramente en desafíos para los que nunca estuvo preparado, lo obligan a rendirse y entender que dos de los amigos que conoce en la travesía y lo ayudan tienen razón.

Quien primero lo sorprende es -otra vez- una tortuga de mar, que cría a sus hijos e hijas con una filosofía totalmente opuesta, empujándolos a probar sus propias capacidades y arriesgarse a vivir su propio camino, exactamente lo que Marlín se negó a hacer. En la inteligencia y auto-confianza de los pequeños tortugos Marlín comprende que el método de su sabio padre, aunque mucho más arriesgado, produce mejores resultados.

Pero la que todo el tiempo le propone una filosofía superadora es su extraña y fortuita compañera, Dory, la pececita cirujano azul que tiene un déficit en la memoria de corto plazo, que le impide recordar lo que acaba de conocer. Acostumbrada a vagar por el inmenso océano sin contar con una herramienta cognitiva elemental, Dory basa su éxito vital en una sola ley, la de buscar permanentemente ayuda cuando encuentra una dificultad y por lo tanto entregarse sin más a lo que la vida le ofrezca en suerte, encarando cada problema cuando aparece, sin presentir ni pre-ocuparse.

Este concepto se hace transparente en el eslogan preferido de Dory, “cuando todo se complique, ¿qué haremos?, nada-remos, nada-remos”. Rodeada de agua, Dory intenta explicarle a Nemo que su problema radica en intentar asir, fijar, el flujo de la vida, que en este ámbito se transforma en una concepción absurda. No hacer nada no significa ser pasivos ante los acontecimientos que nos oprimen, sino que apunta a no oponerse caprichosamente a una realidad que marca su ritmo y sus reglas y que excede a nuestra voluntad o capacidad. Si te rodea el agua, a veces en lugar de pretender nadar contra la corriente lo mejor que podés hacer es dejarte llevar por ella y nadar, es decir, intentar dentro de lo posible moverte en ella de manera tal que puedas en algún momento alcanzar tus metas.

Si nadás, si mantenés un método correcto, tenés que saber aceptar que el resto de las leyes que mueven el universo no vas a poder controlarlas y domeñarlas. Es una reivindicación contradictoria del pensamiento materialista dialéctico contenido en filósofos como Heráclito de Éfeso (535 – 484 a. C.), convencidos como tantos pensadores antiguos de que el agua es el elemento fundamental de la vida (corroborado por la ciencia contemporánea, que ha descubierto que los océanos habrían cubierto la faz del planeta hace 4 mil millones de años atrás).

La secuela de 2016, Buscando a Dory, como su título lo indica, coloca la misma angustia enfocada en el personaje de Dory. Invirtiendo los términos de la primera, nos muestra la de una hija que viene buscando a través de la inmensidad infinita a la familia que perdió a causa de sus limitaciones físicas.

Dory tiene flashbacks disparados por circunstancias azarosas que le van recordando fragmentariamente su lugar de origen y a través de toda la película atraviesa un viaje tortuoso contra sí misma, alimentando la esperanza de concretar su deseo, alternadas con momentos de profunda depresión, cuando cree que por sus propias limitaciones va a ser imposible que lo logre.

La película destaca el valor decisivo que tiene en estas situaciones que la confianza que a uno o una le faltan en situaciones similares de debilidad, se la aporten sus seres más queridos. Sus padres, conscientes del déficit de su hija, con paciencia y sacrificio organizaron toda su vida para aportarle recursos nemotécnicos lúdicos que le permitieran encontrar su camino de vuelta en caso de perderse, su principal temor. Efectivamente, gracias al esfuerzo dedicado, paciente y sistemático de su familia (no sin altibajos, obvio) es que Dory, con la ayuda de muchos amigos, finalmente consigue anudar los fragmentos de memoria que su familia había programado en su más tierna conciencia, reuniéndose con ellos.

Pero el nudo de la narración está puesto otra vez en la actitud de Marlín, que vuelve a debatir con Nemo, en su búsqueda por rescatar a Dory, su actitud frente a la vida. Marlín hace lo contrario de la familia de Dory y consciente de sus debilidades, se organiza para no delegar en ella ninguna responsabilidad que pueda echarse a perder por su falta de memoria, restándole confianza.

Pero Marlín vuelve a comprobar que Dory, urgida por la necesidad de valerse por sí misma en un ambiente hostil con una discapacidad congénita, ha desarrollado el método que le permite sobrevivir y ser feliz, una confianza inclaudicable en la solidaridad de sus congéneres marinos y un “entregarse” a las coyunturas azarosas que les toca vivir sin perder nunca el optimismo.

“Siempre hay una salida” repite Dory cada vez que el camino parece tornarse imposible. Como repite un conocido dirigente de la izquierda argentina en cada charla que puede, “de los laberintos se sale por arriba”. Si uno es consciente de sus propias capacidades y de los límites que le impone la realidad, puede encontrar una solución a los dilemas aparentemente imposibles buscando salidas novedosas, rompiendo con sus esquemas tradicionales y con el esquematismo que le impidió superarlos en primera instancia.

Cuando Marlín cambia su tesitura y vuelve a confiar plenamente en su amiga, dejando de ser él mismo un obstáculo pesimista, la película termina de fluir y se consiguen todos los objetivos.

Por otro lado se trata de dos películas que cumplen sobradamente con otros objetivos, maravillarnos con la vida submarina gracias a su impresionante calidad técnica y contagiarnos de una empatía ecologista contra la depredación humana del ambiente sub acuático, reflejada en el daño de las guerras (buques, submarinos y campos minados que pueblan el lecho del Pacífico recordándonos un cementerio espectral provocado por la Segunda Guerra Mundial), los pescadores industriales y deportivos y el absurdo intento de encarcelar la vida acuática en peceras y acuarios, excepto aquéllos que tienen fines de sanación de la vida marina.

Encontrando a tu “mimamá”


En 2015 DreamWorks y la Twentieth Century Fox lanzaron Home, la historia de una niña de Brooklyb en su pubertad –Tipolina Tucci- que enfrenta una invasión de alienígenas simpáticos pero imperialistas, los boov, y atraviesa todo el planeta ocupado y nuevos e increíbles desafíos para reencontrarse con su mamá Lucy, confinada en una colonia para humanos.

Notamos al margen que la fantasía distópica de George Herbert Wells (Motihari, 1903-London, 1950) La guerra de los mundos (novela de ciencia ficción de 1898, adaptada para radio por Orson Wells en 1938, en la inmortal serie de televisión de 1983-85 V, invasión extraterrestre y para el cine en la inmortal sátira de la sociedad yanqui de 1996 Mars Attaks!  y por Spielberg en 2005, que le devuelve el tono angustiante y la justificación de la violencia organizada de los pueblos invadidos como en la popular serie, también de Spielberg y DreamWorks para TNT, Falling skies de 2011) sigue machacando las pesadillas populares del imperialismo yanqui, sacudiendo sus esperanzas de vida eterna con la imagen de qué pasará cuando a ellos les toque consumir de su propia medicina.

Pero más allá  de la culpa imperialista y el retorno a la fantasía de la invasión extranjera que mortifica a la sociedad yanqui desde la Guerra Fría, nos interesa subrayar que Tina subraya una estrategia de supervivencia parecida a la de Dory, la de la huérfana que triunfa frente a la adversidad apoyándose en la ayuda de otros seres pero sobre todo manteniéndose firme en su objetivo a pesar de las dificultades y gobernando su camino sin entregar su autonomía de criterio a los potenciales ayudantes.

Este método encubre una enseñanza moral propia de la experiencia vital de seres humanos que han conseguido vencer grandes obstáculos, generalmente expresados en los imperativos de la sociedad donde se nace, que podemos identificar con el destino sin caer en la metafísica. Como defenderemos más adelante existen una serie de enseñanzas éticas y morales positivas que pueden aplicarse a diferentes realidades de clase con el mismo éxito, siempre y cuando no perdamos nunca de vista el análisis de las diferencias de clase de cada héroe o heroína.

Efectivamente, todo individuo nace marcado por un camino escrito por otros seres. Las fuerzas de la naturaleza y de las relaciones sociales imperantes gobiernan el universo más allá de la voluntad y el deseo de cada ser, pero todes tenemos la potencialidad de encontrar las herramientas y métodos para movernos en ese universo y alcanzar nuestros propios deseos, en el marco de posibilidades que ese mundo nos permite y dependiendo de la fuerza social que tenga la clase en la que nacimos o decidimos adoptar. Como dice el I Ching, “la constancia es más fuerte que el destino” y cada quien puede triunfar si es capaz de sostener su propio programa más allá de las presiones que la vida le opone.

Esta característica positiva del optimismo individual que nos proponen pelis como Buscando a Nemo, Buscando a Dory, en el caso de Home es colocada con mayor énfasis en manos de sectores sociales oprimidos, ya que Tina es una pequeña niña, hija de una madre soltera, descendiente de italianos o latinos (la voz de Tina la interpreta la cantante afrodescendiente de Barbados, Rihanna y la vos de su madre la interpreta Jennifer López, cantante de origen portorriqueño del Bronx), perteneciente a la clase obrera explotada en un barrio popular de New York, parte de una entera especie invadida por extraterrestres imperialistas.


Otra vez DreamWorks arranca el “poder” del héroe individual a los herederos “blancos” y anglosajones de las pelis o historias tradicionales de Disney y se lo entrega a imágenes de pieles mestizas y géneros o familias no tradicionales de clases sociales oprimidas como parte del avance de una cultura “progresista” dentro de los productores culturales reformistas bajo la “era Obama”. Sin embargo, este individualismo optimista puede encontrar rápidamente sus límites si es desgajado de sus condicionamientos sociales, como veremos ahora.