Translate

miércoles, 30 de marzo de 2016

Y sin embargo, escribe

Reseña de Nadie es inocente, del proletario escritor Kike Ferrari, publicada por Editorial Revólver, 157 pp., Buenos Aires, octubre de 2015

Acabo de conocer a Kike Ferrari después de una serie de coincidencias de esas que uno ya ha decidido obedecer, resignado ante las pruebas de que son mejores caminos que los pre-establecidos. 

Me llamó la atención una entrevista de Diego Rojas (http://www.infobae.com/2016/01/31/1786301-el-insolito-y-premiado-escritor-que-limpia-el-subte-las-noches) donde señalaba algo que todo el mundo sabía menos yo, que había un trabajador del Subte que escribía novelas y cuentos policiales negros, de la mejor catadura y cepa, premiado y traducido, publicado aquí, en España y Francia.

La vida se empeña en ponerme de nuevo a pensar sobre la relación entre arte y política con motivo de una crítica a un prólogo que es en realidad un libro. Por eso, y porque llevo medio año pensándome también como escritor, además de revisándome como lo demás, hombre, militante, padre es que esa reseña picó mi curiosidad, me obligó a endeudarme con Visa nuevamente y conseguir Nadie es inocente (editado en la colección Relatos Negros de Editorial Revólver en Buenos Aires, en octubre de 2015) y Que de lejos parecen moscas (novela,Bs. As., Punto de Encuentro, 2014).

Debo reconocer que mi interés por la obra venía embarazado de una serie de hipótesis muy parecidas a juicios previos pero afortunadamente la fuerza arrasadora de la prosa y la imaginación de Ferrari prevalecieron. Buscaba simplemente la manera de ver y pensar el mundo de un trabajador del Subte, es decir, la opinión política de un obrero hecha literatura y me encontré con un poderoso escritor de origen proletario, heredero digno de una de las vetas más ricas y vigorosas de la literatura argentina contemporánea.

En su reseña Rojas cuestiona en un lugar central al autor: en ninguno de sus personajes se ofrece un ejemplo a seguir, una esperanza de revolución, de socialismo, de un mundo mejor a este mundo de mierda que sufrimos millones de personas cotidianamente. El prejuicio se instaló casi con naturalidad: la materia prima de la novela negra, la realidad descompuesta de lúmpenes, asesinos, miserables vista por un trabajador desmoralizado.

Pero mucho cuidado con lo que se lee. En primer lugar Nadie es inocente es una impresionante obra de arte, fruto de un artista en una fase de maduración, no de uno que recién empieza a mordisquear el oficio. El realismo que trabaja Ferrari –con la sutileza de un relojero y con la potencia de un buen boxeador- no surge únicamente del vómito catártico de un hombre alienado por la explotación y el conocimiento íntimo de las cloacas de la sociedad donde vive y sufre la vida. No, en estos relatos el vómito ya ha sido amasado y re-elaborado, Ferrari piensa la mejor forma de transmitir sus sensaciones, piensa de cada historia qué es lo que merece ser resaltado y qué no, cuál es el mensaje. Ferrari inventa con un plan y trabaja su imaginación en busca de algo concreto.

Su realismo es algo que supera las descripciones certeras de los personajes que recorren las tramas, desnuda la realidad debajo de ellas. Ferrari le pone nombre al principal culpable, al que explica todo el resto de las culpabilidades, al capitalismo y su gendarme, el Estado, sus jueces, policías, médicos misóginos, patotas sindicales, asesinos y violadores. Ferrari nos tira en la cara un mundo de mierda, lleno de antihéroes frustrados, fracasados, trágicamente incapacitados para la felicidad porque eso es lo que es éste mundo, y nada más, por muchas mañanas de risas sonrientes de niños felices que uno tenga cada tanto.

Pero Ferrari no concilia con “dos demonios” ni “en el mismo lodo”, ubica a unos culpables como lo que son, víctimas de la violencia del sistema que responden con violencia, algunos sin sentido ninguno, como el resistente Cadena en “Este infierno de mierda” o el alienado que estalla en “Media hora”, pero otros que ubican su golpe en el lugar exacto del poder, construyendo hechos de justicia, como Estrella en “El cazador de ratas”.
Porque lo maravilloso y esperanzador de que exista este libro, de que exista Kike Ferrari escribiendo este libro y publicándolo, radica en que estamos frente un artista honesto, que se desnuda por completo frente al lector, sin ocultar nada, y se muestra como es, un ser contradictorio, en lucha consigo mismo. Mil veces el lector o lectora se sentirá identificado con la impotencia de saber que en este mundo abundan tacheros fachos estilo Doña Rosa y jóvenes despiadados como los protagonistas de “¿Y cuánto te creés que vale la mía?” sabiendo finalmente que aunque ambos sean víctimas ninguno es inocente ni mucho menos justificable.

Llegado a este cuento no podía parar de dejar de pensar en Andrés Rivera y aunque no es nuestra intención dar señas de erudición ni pretender mostrar la costura del hilo en la obra de Ferrari, permítasenos una ligera digresión.

Rivera comenzó a escribir (a publicar al menos) en la segunda mitad de los años 50 del siglo pasado. Su primer obra, El precio, ambiciosa, describía con crudeza sus experiencias como delegado de una fábrica textil, en Villa Lynch del partido de San Martín, mostrando tanto la vida cotidiana del explotado y su lucha como también demoliendo la imagen sacrosanta del patrón emprendedor o self made man.

Militante comunista, hijo de un destacado militante sindical comunista textil de Villa Crespo, Rivera obviamente buscaba en su arte colaborar en la lucha por la construcción de otro sistema social, usando el arte como un arma para estimular conciencias en un sentido revolucionario. Pero lo interesante de Rivera es que desde temprano osaba provocar los límites estéticos y políticos que su partido definía y orientaba. Mucho antes de romper con el estalinismo y convertirse al maoísmo Rivera ya había roto con el cannon oficialista del Realismo Socialista y usaba los recursos formales y temáticos de la novela negra norteamericana, el formalismo de Faulkner y el tan demonizado “diálogo interior” de Joyce para construir una novela clasista contra el peronismo.

Uno se pregunta siempre qué hubiese sido de los grandes artistas revolucionarios del pasado si hubiesen sobrevivido a las mazmorras de Videla o el infierno dantesco del destierro. Pues Rivera dio una pauta posible, con algo de esperanza en el futuro mientras duró la “primavera alfonsinista” publicó una emotiva llamada a no dejarse derrotar por la derrota y la muerte del pasado esperanzado en su autobiográfica biografía literaria de su viejo en Nada que perder y dejó sentado un último grito de esperanza en La revolución es un sueño eterno, la premiada y famosa biografía ficcional del héroe más trágico de la Revolución de Mayo, Juan José Castelli.

Pero una vez pasada la demoledora década menemista y a la vuelta de una trunca rebelión popular como la de 2001 Rivera pareció resignarse ante el avance de la lumpenización y el protofascismo en la clase obrera argentina. Desde 2004 en adelante, Cría de asesinos, Esto por ahora, Punto final, Por la espalda, Estaqueados y Guardia Blanca, son expresión de un estilo cada vez más certero, seguro, fino y sutil que muestra la desmoralización de un combatiente que jugó la mejor mitad de su vida a suerte o verdad por el socialismo y que se rinde de rodillas ante la evidencia de la abrumadora descomposición social que reina luego de la derrota del último proceso revolucionario en nuestro país y el mundo.

Recuerdo que leí todos estos libros sosteniendo la siguiente idea: si Rivera sigue escribiendo, si sigue disparando contra la peste que nos rodea no debe estar vencido del todo, algo sigue latiendo de la esperanza. Nunca tuve la oportunidad de entrevistarlo y resolver el enigma, pero era la única forma de sostener su lectura y la admiración por su trabajo.

Kike Ferrari es la confirmación de esa esperanza. Mientras Rivera acompaña la experiencia de una parte del proletariado argentino en la decadencia de su derrota política, Ferrari va creciendo y madurando desde este lugar, como un hijo lumpenizado de ese proletariado derrotado. Pero Ferrari demuestra que no todo está perdido, que un trabajador hiperflexibilizado y precario puede reconstruirse y adquirir lo necesario para hacer salir sus frustraciones y sueños en forma de un mensaje claro. Levantar la cabeza y el corazón de tanto dolor, de tanto desgarro, de tanta frustración y mierda y escribir, que sólo por eso demuestra la voluntad inquebrantable de vivir, de superar la mierda, en suma, de vencer.
 Porque ahí está su reivindicación póstuma de Sherlock Holmes, resistiendo a la tortura para salvar la revolución bolchevique en “Una guinea y tres peniques” para demostrar que interrogado sobre la esperanza en otro mundo venciendo a éste, con conocimiento de causa, sin falsas utopías románticas, Ferrari inventa una historia posible para sus “próceres” personales, en la literatura y la política. También en la historia de las víctimas que logran enfrentar y vencer a sus victimarios, como en esa inteligente alegoría y rescate de la mordacidad del clásico “El flautista de Hámelin” o en esa genialidad que reivindica el heroísmo hasta en la heroína menos políticamente correcta en “Lucha”.

No por nada Ferrari hace resucitar al Che Guevara de su asesinato en La Higuera y lo pone a cebarle mate a Rodolfo Walsh antes de su propia emboscada mortal, mostrando además de maestría en la pluma un profundo amor por la Revolución que, golpeado o confundido, se niega a enterrar sin más.

No conozco personalmente a Ferrari y aunque considerando sus posiciones ante coyunturas políticas en su feisbuk podría caracterizarlo en un lugar concreto del pensamiento político actual –uno claramente distinto del mío- me permito la audacia de decir que sabe todo esto. Su mención a Arturo Reedson, el narrador-protagonista de Nada que perder en “Considéreme un sueño” y el epígrafe en “El síndrome Marlowe” (que además es una probable narración ficcional basada en una anécdota real de la vida de Rivera) demuestran que Ferrari ha reflexionado sobre el punto. En estos dos últimos cuentos Ferrari desnuda una mirada autocrítica sobre su propia praxis como escritor, como en esa joyita emocionante que es “Los Muertos”. Sus sueños y angustias, todo lo que nos da vuelta en la cabeza cuando decidimos que escribir sea algo más que la mera realización de una necesaria y terapéutica huida de la alienación cotidiana.

Eso explica que Ferrari haya decidido resaltar en su brevísima “bio” de la solapa, a la misma altura que sus amores incondicionales (su compañera, sus hijos, su River y el karate) su militancia en el sindicato del Subte, la AGTSyP. Y que cierre esta hermosa obra artesanal de la mejor literatura con la primer oración del himno internacional del proletariado socialista.
Hemos reseñado lo que consideramos más importante del libro de Ferrari a nuestro entender, que se trata de un hecho político relevante en la lucha de clases hoy, que demuestra la existencia de una profunda tendencia viva entre las masas obreras de continuar luchando y buscando una salida a toda la pudrición del capitalismo aún a pesar de lo desesperanzadora que parece ser la coyuntura.

Pero nos gustaría agregar que aún si a usted no le interesase en lo más mínimo este aspecto de la obra de Kike Ferrari, aún así debería hacer caso al comentario de contratapa y hacer lo que tenga a su alcance para comprar el libro (en Distal y Yenny lo puede conseguir a un precio bastante razonable para un bolsillo obrero) ya que no nos alcanza el espacio y la cabeza para describirle todas las vetas del libro. Me atrevería a decir que es prácticamente imposible que nadie en su sano juicio haga otra cosa que deleitarse de placer leyendo a Ferrari.

Se trata de un autor que incita la inteligencia de su lector, sembrando cada oración de pistas para reconstruir un mapa del tesoro muy sutil, un tipo que retoma líneas filosóficas y estéticas de Borges y Cortázar con una habilidad a la misma altura que su facilidad innata para escribir como los grandes mitos del género policial. Un tipo que te hace escuchar a Piazzola y a Tom Waits, capaz de un humor criollazo a lo Fontanarrosa como en “Carlos” o verdaderos juegos de ingenio lisa y llanamente perfectos como “El puñal de Caravaggio”,  “La pasión según Jotacé”, “Blanco artificial” o “Ajena al dolor” de los que podríamos escribir un par de ensayos como mínimo. De eso y de una serie de coincidencias azarosas con este escritor me encantaría poder seguir escribiendo.

Pero, parafraseando a Lenin, mejor que escribir sobre el placer de leer es vivir el placer de la lectura, por eso termino acá, para entrarle con ganas a la novela Que de lejos parecen moscas a ver por dónde me lleva.

viernes, 11 de marzo de 2016

Elegía al rústico. In memoriam Roberto Perfumo

Me contaron que Roberto Perfumo, a sus 74 años, se había accidentado en un restaurán porteño en la preceptoría de una de las dos escuelas que laburo, en Balvanera, casualmente rodeado de dos preceptores y una preceptora hinchas de Rácing. Mucha casualidad porque, reconozcámoslo, tres hinchas de Rácing en la misma escuela es una proporción inusual en Capital. Más raro todavía que ella no llega a los veinticinco, uno de ellos no pisa los treinta y el otro saluda los cuarenta de cerca pero sin embargo los tres, y yo, bostero enardecido de 38 pusimos exactamente la misma cara de amargura por la noticia y decidimos gambetear el final odiado con un “seguro que fue una boludez y va a zafar”.

A las ocho de la noche, cenando junto a doscientos adolescentes en la otra escuela que laburo, en Villa Soldati, un compañero rayando los cincuenta pirulos, fanático irreconciliable de Huracán me confirma desde el Facebook de su Smartphone que el Gran Marsical había muerto.

Intenté seguir con la rutina prefijada de mi día laboral y militante intentando creer que entre Roberto Perfumo y yo no había razones suficientes como para ponerme a llorar desconsoladamente porque ya no iba a poder seguirlo más en la radio o en la tele, haciendo esos análisis geniales, mezcla de teoría deportiva y sentido común de barrio con el que nos iluminaba el bocho para seguir aprendiendo sobre este deporte que mamamos desde chiquitos y que, aunque todos seamos técnicos, sinceramente sólo muy pocos entienden de verdad.

Ahora son las tres de la madrugada y no me puedo dormir. Busqué entre los escombros de mi biblioteca un libro hermoso que publicó Sudamericana en el 2000, en cuyas bellas páginas papel ilustración y tamaño oficio apaisado (como se editan los libros de arte) Roberto Fontanarrosa, ese genial cronopio rosarino, escribió algo muy raro en él, una especie de ensayo “serio” sobre fútbol basado en sus análisis racionales de las experiencias del fútbol que él había visto y disfrutado desde la infancia a fines de los 50 o principios de los 60.

Algo me decía que había leído en ese libro algo importante sobre Perfumo. Efectivamente, el Negro Fontanarrosa, en medio de una prolija esquela sobre el Rácing campeón de 1966, el famosísimo equipo de José, el primer campeón mundial del fútbol argentino, se mandó una descripción exacta de quien él consideraba el jugador más importante de ese quipo legendario.

Y leyendo esos párrafos removí decenas de años y encontré en el fondo de la memoria la verdadera razón de por qué lloro así, tan sentidamente la muerte del Gran Mariscal.
Porque vamos a ser claros, no sólo no lo pude ver jugar salvo en cintas de video de muy mala calidad, sino que ni siquiera soy hincha de ninguno de los clubes donde jugó Perfumo, aunque reconozco mi admiración por la sentida épica del club de Avellaneda, a pesar de que haya nacido de la oligarquía y durante todo el primera mitad del siglo XX haya sido usado por la burguesía argentina como símbolo nacionalista contra el otro grande de la capital de la metalurgia argentina, fundado por trabajadores socialistas de comercio.

Fontanarrosa reivindica varias cualidades de Perfumo: su velocidad capaz de “cubrir todo el ancho de la cancha”, la precisión de su derecha chueca, su “timing” como se decía antes para llegar a la pelota “un segundo antes” que el adversario y su extrema frialdad para “revolearlo de una patada” si era necesario y no quedaba otra. Con esas tres cualidades, escribía el Negro canalla, Perfumo fue el mejor back central de su época, incluso más dice, una versión refinada de los mitológicos defensores centrales de la tradición del Río de la Plata.

La tesis de Fontanarrosa es que la máquina de atacar permanentemente que era el Rácing de Pizzuti podía darse el lujo de mandar a todo el equipo adelante porque confiaban ciegamente en la capacidad de Perfumo para solucionar cualquier complicación que produjeran los contraataques enemigos. El Negro reivindica esa especie de heroísmo tan particular del “último hombre”, el tipo que hace frente sólo, sin miedo, con sutileza o bravura según corresponda al enemigo que desbordó todas las líneas del equipo. El tipo que deja todo en la cancha, incluso en contra de su propio interés.

Perfumo simboliza a ese tipo de jugador que sin importar el lugar de la cancha asume el fútbol de esa particular manera. Ése que nunca se da por vencido ni aún vencido, la última reserva, el último cartucho, la resistencia y la entrega hasta el final.

Siempre pensé que las personas se definen a sí mismas más allá de lo que digan en las acciones concretas, en las decisiones y la actitud que toman en situaciones concretas. Creo firmemente que la verdadera personalidad de la gente se ve en cómo se comporta en el laburo con sus compañeros/as y frente a la patronal, en la calle frente a la represión, en la cama cogiendo y, entre otros lugares posibles, en una cancha de fútbol.

Mientras la gran mayoría de los varones del mundo idolatran a los virtuosos de la pelota yo siempre tuve de ídolos, desde muy chiquito, a los tipos como Perfumo, fueran del club que fueran. Mis máximos ídolos de la infancia en tiempos de Housemann, Alonso, Bochini o Maradona, eran sin embargo Blas Armando Giunta y Enrique “el ruso” Hrabina, famosos antes de Boca en San Lorenzo y en segundo lugar dos tipos más finos, surgidos ambos de Ñuls como Juan Ernesto Simón y Walter Samuel.

Nunca me voy a olvidar de Giunta saliendo por la mitad de la cancha después de ser expulsado del partido que más nos robaron en la historia del club, contra el Colo Colo en la semifinal de la Libertadores del 91, con la remera azulyoro ensangrentada y embarrada, haciéndole un visible “fuckyou” a una enardecida turba de fascistas pinochetistas que lo puteaban y le tiraban “con de todo” como solíamos decir en el pago. Como recuerdo que me enamoré de Gabriel Batistuta esa misma noche parándose de manos contra cinco energúmenos que le revoleaban las Nikon profesionales. Porque esa noche nos bombeó la Conmebol a través del réferi, el gobierno pinochetista que puso la tarasca para que Colo Colo fuese campeón por primera vez, las cincuenta mil personas que estaban en la cancha y hasta los periodistas gráficos.

Tipos que dejaban la vida en la cancha sin importarles nada. Gladiadores. Simón un verdadero “gentleman” con una garra infinita, el gol del “mudo” Samuel casi de fuera del área, en escorzo imposible, de cabeza al ángulo en el último minuto del partido contra el América de México que nos estaba dejando afuera de la Libertadores y que terminamos ganando.

Debo decir que los únicos virtuosos líricos de la pelota que me llenaron el corazón con la misma pasión fueron tipos como el loco Houseman, el Diego y Román, pero porque fueron virtuosos del arrabal, que no se acobardaban ante nadie, que su manera de cagarse a trompadas o patadas era la gambeta, el caño o la finta, probablemente porque no supieran cómo pegar con eficiencia, que como sólo sabemos los defensores “rústicos”, es un arte. Qué decir de Maradona, un jugador de fútbol exquisito que con todas sus contradicciones es simplemente un héroe obrero, villero, que se abrió paso contra viento y marea, filósofo de arrabal comparable únicamente con Ringo Bonavena; tipo que, de paso digamos, fue delegado de sus compañeros en todos los clubes que jugó y fue el primer jugador que se supo ganar el odio de los grandes empresarios mafiosos del fútbol mundial. El loco Housseman que nunca renunció a su orgullosa identidad de villero del Bajo Belgrano y dicen los que lo vieron jugar que le pasaba el trapo al propio Diego, temerario e incorruptible. Román Riquelme, que mientras más lo pateaban más poético se ponían, como en la recordada semi de la Libertadores en la cancha del Palmeiras, que se cansó de tirar magia en un contexto muy parecido al partido de Chile que recién citaba.

Podría dar miles de ejemplos pero sólo quiero dejarles dos, el de mi primer ídolo y el del último, el actual, quien es para mí el mejor jugador de fútbol del mundo en la actualidad.
Y son, en realidad, dos anécdotas diferentes y al mismo tiempo idénticas.

Cuando era muy chico, en la libertadores del 86, después del mundial que ganamos en México con el Diego, Burru y el ballet de Bilardo, en un tres ambientes de Cucha Cucha de unos parientes de mi viejo vimos con mi hermano al Boca de Milton Melgar, Tapia, Olarticoechea, Gatti, Giunta, Higuaín y Krasouski de visitante en Montevideo contra el Wanderers dirigido por Wáshington Tabárez y recuerdo vívidamente el impacto que me produjo verlo al Ruso Hrabina correr de atrás una pelota que se metía en el arco lentamente, creo que después de un mano a mano con Gatti adelantado que se iba lenta pero firmemente al gol tirarse en palomita aprovechando el pasto húmedo por la lluvia torrencial con los 
brazos hacia adelante para atajar la pelota y evitar el gol. Al final la pelota se frenó por los charcos antes de la línea y el Ruso se paró rápido y la sacudió de un zapallazo fuera no del área, fuera del Río de la Plata.

No podía creer lo que veía, en contra de toda regla futbolísitica, lógica y sentido común, sentido de autopreservación o ética y moral preconcebida, el Ruso hacía lo único que podía hacer para que no nos comiéramos el tercero, sabiendo lo que importa cada gol en una copa. 
Tengo que sincerarme, recuerdo hoy esa impresión mucho más vívidamente que el tercer gol sobre la hora que el propio Hrabina le metió a Wanderers en la vuelta, en la Bombonera, en un 3-2 que no le serviría a ninguno, sabido es que ese año la copa le quedaría a los renegados de Núñez, con un equipo, nobleza obliga, lleno de valientes guerreros y excelentes jugadores.

Habrá adivinado querido lector si llegó hasta acá, que no hablaba de Messi y que pienso cerrar la última anécdota recordando al mejor jugador de la actualidad, el uruguayo Suárez, el de la mordida al defensor italiano en el último mundial de Brasil. Sí, porque quién no se acuerda del último minuto, del último tiempo suplementario de esos cuartos de final del mundial de Sudáfrica de 2010, contra Ghana cuando después de una serie de rebotes en el área chica Luisito Suárez saca la pelota en la línea con un manotazo “de vólleyball” como dijeron en un famoso relato en la televisión uruguaya. El sacrificio del último hombre permitió que el partido termine empatado, ya que el jugador africano marró el penal donado por Suárez y luego perdieron la serie en los penales.

Para muchos varones como yo el fútbol es una parte constitutiva de nuestra personalidad, no sólo por la pasión, nuestro recuerdo permanente de la felicidad infantil y adolescente, la excusa más sencilla para el encuentro con amigos. Es también nuestro escenario de práctica donde nos probamos en la lucha por objetivos de grupo, efímeros o duraderos, gloriosos aunque sea en la pequeñez insignificante de un potrero o la techada del polideportivo del barrio.

Tipos como Perfumo simbolizan para mí lo mejor de los valores que transmite el fútbol, lejos de la mierda de la guita y la especulación, de la cobardía asesina del lumpenaje barrabrava, el machismo descompuesto, el racismo y el odio a los homosexuales.

Digan lo que digan, cuando nos toque luchar por un mundo mejor frente a la peor cara del enemigo, yo quiero tener a mi lado, en mi equipo, tipos como Perfumo.

Chau Mariscal, gracias por tanto, gracias por todo.

Un enorme abrazo de gol.



domingo, 6 de marzo de 2016

Puñalada al ángulo

-Otra vez esa zorra por acá, pensó en un relámpago y la encaró.

-Rajá de acá, atrevida de mierda, cachivache, ¿te cogés a mi marido y te da la careta para pasearte por mi barrio, hija de puta? Rajá porque te rompo toda la trucha.

Leidi Diana le decíamos precisamente por esa forma particular que tenía de hablar, siempre con el tono de voz de un grito, de puteada. Pero en ella era absolutamente cotidiano. Leidi Di hablaba como pegando, siempre. Lógico, para los que conocemos su historia. La criaron a golpes, la abusaron desde chiquita. Ella no habla, ladra, gruñe, pero con palabras.

-Qué hacés puto viejo, culorroto. Es su manera de saludarme cuando hace rato que no nos vemos y me quiere decir que me extraña, por ejemplo.

Igual este no era el caso, hace rato que sabía que esa pendeja se andaba cogiendo a su marido. Marido al que no amaba, ni siquiera con su limitada capacidad de amar, con lo que le dejaron. Pero era su marido, el forro que tenía que traer algo de plata para las nenas, cuando le quedaba algo después de escabiársela y fumársela con los pibes, pedazo de vago hijo de puta.

Así que antes que la mosquita muerta le fuera a contestar algo le puso un cachetazo a mano abierta en toda la cara, incluyendo oreja. No porque no supiera cómo acomodar un cortito o un cross, que lo sabía, sino porque la cachetada subrayaba la humillación. Más si te volteaba y te dejaba redonda en el cordón de la vereda, como pasó con la piba esta.

Son los códigos del barrio, “Cogete al tarado pacoso ese todo lo que te den las ganas, mugrienta e´mierda, pero no pisés la calle donde caminan mis hijas, desubicada.” Dijo para cerrar el asunto y se metió a esa rara mezcla de tapera y pieza de cemento en la que amontonaban las porquerías que cirujeaban por Flores esperando al camión que las pesaba y las pagaba moneditas, que ella llamaba con orgullo su hogar, aunque sufriera por vivir con la familia de narcos de pequeña monta de su marido, exilio forzoso de su añorada villa 1-11-14, lejana en el recuerdo mucho más de las quince cuadras que separan a Soldati del Bajo Flores, donde la vida la escupió con odio.

Nueva York, primavera boreal, los enormes edificios te abrumaban de emociones raras, la limpieza de los edificios, el lujo increíble de los hoteles, la cancha de entrenamiento del club ese, de nombre raro, hermosa, un billar. Enfrente el equipo femenino de la primera del Barcelona, que en el universo paralelo y desconocido del fútbol femenino es igual de grosso que el equipo de Messi. Leidi Di te relata el partido y se le ven los colores del pasto, de las camisetas, el olor a chivo mezclado con perfume de cada choque de cuerpos en el juego, le salen por el brillo inusual de los ojos, en el matiz raro, dulce de la voz, desconocido en ella.

-Nos agarraron frías, o será porque estábamos medio boludas con el viaje, la cancha, el Barcelona, y nos madrugaron con un gol boludo en el arranque del partido. Les fui hablando a las chicas, nos paramos mejor, de a poco nos fuimos acomodando y en el segundo le tiré un pase en profundidad entre los centrales a mi compañera de ataque y empatamos. Faltando cinco… no sabés, no sabés, fue increíble…

La Leidi Dí jugaba de 9 en la primera de San Lorenzo y la eligieron de titular para la selección argentina. Fue lo mejor que le había pasado en sus menos de veinticinco años de sufrimiento. Sus hijas y los entrenamientos eran lo único que le iluminaban la cara y le enternecían la voz.

Al toque cayó el hijo de puta del marido. Sin saludar ni putiar la encaró de una en la cocina y le puso una trompada al ojo. Fue la primera de una catarata embravecida de piñas y patadas. No tuvo tiempo de nada, tirada en el piso de la cocina como una bolsa recibiendo golpes y tirando sangre.

-Soy una pelotuda, fue tan rápido que ni siquiera me pude defender. Regalada en mi propia casa. Me puteaba porque le había espantado a la noviecita el muy pollerudo, porque se la había lastimado, el muy forro.

-Pedazo de puta de mierda quién te creés que sos la concha ‘e tu madre, a ver si entendés quién carajo es el macho en esta casa y en esta cuadra, pedazo de mierda.

Y cosas lindas así. Hasta ahí parte de la vida familiar de siempre, antes que él estuvieron tíos y hermanos del otro lado de los puños y las zapatillas nike, nada que fuera a sacarla de una vida acostumbrada.

-Cuando se cansó parecía que se iba a escabiar con los amigos, pero volvió con un palo, y ahí pensé que se terminaba todo, que ese día me mataba.

De puta casualidad había terminado en la selección, era amiga de todos los pibes que jugaron en primera de San Lorenzo, porque a fuerza de piñas se había hecho un lugar en la barra brava de su club amado. Porque es cierto que los cuervos no tienen barrio desde que la dictadura los echó de La Plata e Inclán en los setenta, pero hay una generación enorme de pibes y pibas del Bajo Flores, de la uno-once-catorce, del Barrio Illía, de Rivadavia 1 y 2, que identifican a San Lorenzo con su infancia, su barrio, sus únicas tardes de amistad y amor inocente en medio de tanta bosta. También es cierto que desde que pusieron el cenicero en Cruz y Varela todo Soldati se hizo hincha de Huracán, espejando ese mismo sentimiento.

Yendo a la cancha con la barra, a los partidos y los entrenamientos, faltó poco para engancharse en picaditos con los pibes de las inferiores y alguno de los entrenadores del femenino se dio cuenta que toda esa violencia naturalizada en su cuerpo había fabricado una nueve tanque, de esos nueves que ya no abundan en el fútbol del Río de la Plata y que en otra época supieron ser nuestra marca registrada. Diana sabía con la pelota, encaraba como un toro, temeraria, sabía ubicarse en el área, metía miedo en los córners.

En los entrenamientos y vestuarios Diana mostró algo más, algo increíble para los que la conocíamos, solidaridad, amor, códigos de hierro que la hicieron una líder, una de esas que daba la cara por las compañeras, que ponía el oído, que te decía las cosas de frente y que era capaz de matar por sus compañeras.

-No sabés, estábamos terminando, por ahí convenía moverla a los costados, esperar que el partido se muera, empate con el Barsa negocio redondo. Las gayegas estaban relajadas, pensaron que nos ganaban de taquito y se la complicamos, pero nada, éramos un entrenamiento para ellas, ¿viste? Pero yo estaba cebadísima, al palo como si fuera la final del mundo. Y en una la peché a la diez de ellas, salió rebotada pa´delante y como no escuché el pito del vigilante entré a encarar. Me salieron a cortar y yo me iba abriendo para el costado, esquivando y buscando si alguna andaba por el área o por la línea, para meter el pase, ¿viste? Y de repente, no me preguntes cómo, sentí algo, levanté la cabeza, no había ángulo y parecía que estaba muy lejos, no tenía pase pero sentí algo, se me apareció el palo y un espacio chiquito entre la arquera, no sé, como una inspiración…

Contaba emocionada, sin respirar casi y acomodando las palabras amontonadas en la boca, las iba vomitando como en un grito de alegría. Se movía en el patio de la escuela como si recreara las jugadas, agarraba al portero y lo ponía en la posición de la marca para mostrar la maniobra. Movía los brazos como aspas de molino y subrayaba los insultos o descansos con gestos de las manos que en el lenguaje corporal del barrio funcionan de redes conceptuales más claras que las palabras.

-Cuando vi el palo me dije loca rescatate porque te mata. Me dolía todo pero me levante un cachito del suelo, como para poder defenderme un toque y llegué a ponerle el brazo izquierdo así, como para aguantar el palazo. Me lo partió en dos, no te miento, me comí yeso como seis meses, pero zafé lindo, porque si no le ponía el brazo me partía la cabeza y no estaba acá. Y tuve suerte, porque el puto debe haber pensado que me tenía, o estaría pasado de paco, la posta que retrocedió un poco, como para tomar aire y seguirla. El tiempito justo, manotié el cuchillo con el que corto la cebolla y parece que dios me iluminó, porque cuando volvió a encarar con el palo se lo ajusté enterito acá.

Y me señaló el costado interno del muslo, un poquito arriba de la rodilla.

-Cuando sentí que se le hundía el cuchillo adentro tiré pa’ rriba y casi le corto los huevos. Un tajo enorme le puse. Entró a chillar como un chancho ¿viste? y entonces salí a la calle y me rescataron las ñerys.

La historia terminó en la guardia del Piñero, con los dos y sus familias carajeándose de camilla a camilla, desangrados ella por los golpes y el por una herida que casi lo manda al otro lado. Sus hermanos esperaron con prudencia que el tipo se recuperara y le estropearon las rodillas con una .38 en la puerta de su casa. Le dejaron clarito que lo dejaban vivo para que siguiera poniendo plata para pañales y comida de las guachinas, pero que cada vez que respirara tenía que agradecerles por dejarlo vivo.

-Fue un golazo. Saqué un latigazo de derecha que hizo un efecto raro y se le clavó en el ángulo. ¡Le ganamos al Barsa!


A veces es así, esperar el momento justo, adivinar el espacio y clavarla en el único lugar posible, te gana un partido.

sábado, 5 de marzo de 2016

Filosofía del malamor. Reflexiones con Rodrigo, Gilda, Borges y el Dante


Amor, ch’a nullo amato amar perdona,
Mi prese del costui piacer sì forte,
Che, come vedi, ancor non m’abbandona.

Amor condusse noi ad una morte
Caina attende chi a vita ci spense.
[...] 

Le dice Francesca da Rimini en el círculo del Infierno dedicado a los “pecadores de la carne” al propio Dante, en el quinto canto, del primer libro de esa novela eterna que es La Divina Comedia.

Si yo fuese lo suficientemente sensible e inteligente para contar esta historia en la brevedad perfecta de una canción de Rodrigo Bueno o Gilda, no estaría intentando escribir este relato. Pero como soy incapaz de parir un buen cuarteto o una cumbia genial, aquí me ven, remontándome setecientos años en la historia de la literatura para intentar arrancar.

En una conferencia que dictó en el mismo mes en que yo nacía, bajo la dictadura de Videla, Jorge Luis Borges hace notar magistralmente y casi de casualidad (como el giro clásico del detective Columbo, si se me permite la analogía prosaica) que en su Infierno, Dante hace que los condenados y condenadas a la eterna tortura le comenten por qué pecado fueron castigados y que todos ellos y ellas nunca se confiesan con culpa, o remordimiento “porque en el Infierno está prohibido arrepentirse” nos ilumina el genio ciego.

El ejemplo que da es una de las escenas más tempranas y maravillosas de la enorme obra. Francesca da Rimini está en el infierno por adúltera, su propio marido la mandó allí, ejecutándola junto a su amante, interrumpiendo de muy mal gusto un encuentro amoroso.

Y efectivamente, Dante, haciendo gala de un rol divino, se apiada de esa pareja, de su castigo, de su dolor. Comprende racionalmente –explica Borges- que el castigo divino es justo, porque como vimos los mismos castigados asumen que han infringido las leyes. Borges nota un gesto de hidalgía por parte de los amantes, que asumen su pecado con mucho orgullo, defendiendo su amor.

En los primeros tres versos que encabezan este texto, Dante pone en labios de Francesca toda una definición sobre el amor romántico, irracional:

“El amor, que a ningún amado amar perdona,
encendió por éste en mí placer tan fuerte
que, como ves, aún no me abandona.”

El amor es responsable de su decisión, el placer es su argumento de defensa, a tal punto que parece que Francesca es feliz, porque todavía no la abandonan, ni el placer ni el amor que no la perdonó. Aún en la tortura eterna del infierno, como vemos, ese amor sigue presente.

Uno podría pensar, ya que Borges y el propio Dante nos invitan a fantasear, que Francesca decidió conscientemente amar a su amado sabiendo y asumiendo el castigo correspondiente.

Reincide en el verso siguiente: “el amor nos llevó a una misma muerte” vuelve a argumentar y de paso se satisface sabiendo que Caína, la muerte, la parca, “espera al que nos cobró las vidas”, o sea, a su marido legal, que deberá pagar en el mismo infierno el crimen de haberla matado.

Lo que me hizo acordar la historia de un amigo muy íntimo, uno de esos que uno los siente casi como espejos de uno mismo que andan caminando por ahí afuera de nosotros, de una manera casi inexplicable.

Cuando levantaba la cabeza del vidrio de la mesa de mi comedor me decía, refregándose la nariz y los ojos, lamentándose en una letanía angustiante:

“-No la puedo dejar, es más fuerte que yo ¿sabés? Yo sé que me hace daño, yo sé que la tengo que dejar, que cuando estoy con ella me humillo, me entrego totalmente y ella siempre me lastima. Ya sé, ella no siente, no emite opinión, no tiene por qué sentir lo mismo que yo por ella. Y cuando hago el esfuerzo, me rescato, le doy bola a los amigos y familiares, me interno, me la saco del sistema, paso las primeras semanas sufriendo, fumando cualquier cosa y caminando las paredes pero resistiendo la tentación de volver, cuando recupero el olfato y el apetito normal, cuando logro empezar a dormir más de dos horas, cuando creo que toco el cielo con las manos, zas! Se me cae toda la estructura y ella me llama, y yo reincido, recaigo, vuelvo a ella y me vuelvo a entregar, y pierdo la cabeza, el laburo y el sueño.”

Mi amigo hablaba de la merca, claro, pero yo pensé en ellas, las mujeres que amo de esa forma y recién después de leer a Borges y el Dante, y me dí cuenta que hay un tipo de amor que es así, que genera una dependencia irracional, contraria a la razón y que, como explica el propio Dante allí mismo, empatizando con el dolor de los amantes, grita

quanti dolci pensier, quanto disio
menò costoro al doloroso passo!

¡Cuánto dulce pensar, cuánto deseo
llevaron a estos dos al triste paso!

El deseo, para el genial fiorentino, cuando infiltra la razón y conduce la voluntad consciente de los individuos, procrea un tipo de razón especial, contradictoria y dialéctica, en permanente tensión: un dulce pensar.

Y pienso que eso es precisamente lo que me encanta de las historias de amor que cantan Rodrigo y Gilda, que reivindican el derecho profundamente humano de dar “el doloroso paso”, de romper a conciencia las trabas legales que las sanas costumbres, la religión y los códigos civiles obligan a respetar. Y como la gente valiente: no se arrepienten, disfrutan del consuelo de pasar la eternidad juntos aunque sea en el mismísimo infierno.

El mismo Dante Alighieri, como señala Borges otra vez, se pasó décadas escribiendo una novela inmortal para tener el gusto de pasarse la eternidad buscando y acompañando a su amada Beatrice Viterbo, y en la escena de Francesca esa idea del amor eterno aparece defendida tempranamente y con un personaje en las antípodas de la pura Beatrice.

En lo único que estoy en desacuerdo con Dante y Borges en este punto, y a favor de Rodrigo y Gilda, es que el mal amor que así nos infecta no es una religión, es una droga pesada.


Que no es lo mismo, aunque sea igual.

viernes, 19 de febrero de 2016

Qué es el terror

Las redes sociales me indican al hijo del Sheriff con un hueco rojo donde debería ir el ojo derecho, con cara de susto más que de dolor físico, confundido como un niño indefenso (muy notorio en un personaje aterrador porque la muerte de miles de amigos y una sola madre, le mataron tempranamente la inocencia) y casi en un lamento llamando a su papá.

Y pienso, ¿qué es el Terror?

"Cuando vide esto, antes del Alba,
llorar sentí entre sueños a mis hijos,
que estaban conmigo, y pedir el pan."

Es del canto 33, al final de L'Inferno, el primer volumen de La Divina Comedia, de Dante Alighieri, fundador de la literatura moderna pero hace más de 600 años.

En el último círculo del Infierno -que está congelado- Dante encuentra a Ugolino de la Gherardhesa, un señor feudal dueño de media Pisa, defensor del Papa romano, comiéndole el cráneo al Arzobispo Ruggieri de los Ubaldini, traidor del Vaticano, en venganza porque el religioso lo condenó a él, sus dos hijos y sus dos nietitos a morir de hambre en lo alto de una torre.

¿Qué es el terror?

El tipo se da cuenta de lo que pasa,  sabe que va a ver morir de hambre a sus hijos y se vuelve loco. Comienza a comerse un brazo, desesperado, y los hijos creen que lo mata el hambre, se ofrecen a que los mate y se alimente. Luego, los hijos le piden que los libere de su dolor. 

Dante deja sospechar dos finales posibles, según señala genialmente Borges: 

"Poscia, più che 'l dolor, poté 'l digiuno."

Después, más que el dolor, pudo el ayuno.

¿Mató a sus hijos y se los comió porque pudo más su hambre que su dolor de padre? ¿Actuó como dicta el patriarcado (los hijos/as y la esposa son mercancías con las que el padre/amo puede disponer a su antojo) y la biología (sabido es que los primeros homínidos no dudaban en morfarse a sus crías en épocas de escasez hasta que las madres impusieron el matiarcado para ponerle fin)? 

O, en cambio,

¿el hambre fue tan fuerte que lo terminó matando a él también, después de ver fallecer de hambre y dolor a sus hijos?

Dice Borges que el acierto de Dante está en que no lo resuelve, mantiene la duda, más aún, la transforma en el hecho más significativo de su vida, el que lo define.

Dante actúa como dios en su novela y manda al arzobispo al infierno, castigado por el pecado de traición y crueldad contra seres inocentes, Ley del Talión mediante, a ser comido vivo por Ugolino para la eternidad.

Pero, ¿por qué está Ugolino en el infierno? ¿Cuál fue su pecado? ¿O acaso el paraíso que pidió a dios en premio por su fidelidad haya sido pasar la eternidad castigando al asesino de sus hijos aunque sea en el infierno?

¿O Ugolino está congelándose en el círculo de los traidores porque mató piadosamente a sus hijos para evitarles el dolor y la locura? ¿O está allí por traicionarlos y comérselos?

El terror es que ambas posibilidades existen. 

La literatura termina ahí.

El verdadero terror es el que existe. Que el arzobispo y el señor existieron, y el castigo fue real.

El terror es la forma cotidiana en que los poderosos nos obligan a ver morir a nuestros niños y niñas de hambre, o de cualquier otra cosa.

sábado, 6 de febrero de 2016

El ladrillo rojo

Ensayo sobre Lego, la película, de Warner Bros., 2014

La última gran película infantil que ha retomado con el mismo poder y éxito el planteo original de Toy Story en sus diferentes aspectos, es Lego, the Movie, estrenada en 2014 y dirigida por los mismos autores de la desopilante Lluvia de hamburguesas, Phil Lord y Cristopher Miller y pagada por uno de los pulpos de la industria del cine como la Warner Brothers y uno de los amos de la industria del juguete, la multinacional danesa Lego, inventora de los ladrillos de plástico para armar tan famosos desde los años 50 y 60 en todo el mundo.

Márketin y sensibilidad popular

Como la pionera del cine animado, Lego, la película es una reflexión sobre el mundo íntimo de los niños a través de uno de sus principales pilares, el juego. Claro que como en aquélla el argumento es una excusa para instalar un nuevo cúmulo de sensaciones de simpatía con el producto para aumentar sus ventas entre las nuevas generaciones de padres con capacidad para comprarse juguetes de cierto precio.

En un mercado tan competitivo y marcado hace rato por las crisis de sobreproducción, la película y las series animadas subproducto de ella que inundan las grillas de esos horribles promotores del consumismo infantil que son los canales de televisión por cable para niños, la compañía Lego ha logrado volver a instalar en el universo infantil el deseo por un juguete de más de sesenta años de vigencia.

La tesis central de la película, aunque admita interpretaciones más altruistas, en última instancia sirve como explicación de la increíble vigencia de un estilo de juguete tan sencillo: lo importante a la hora de jugar no es el juguete sino la imaginación de quien juega.
Algo que sabe evidentemente la familia Kristiansen, heredera de la carpintería y juguetería fundada en 1939 por el viejo Ole Kirk Christiansen en su pueblito natal de Billund, en el centro de la pequeña península de Dinamarca.

Algo que sabemos todos los papás y mamás del mundo que hemos comprobado que nuestros niños y niñas, mientras menos desarrollada tienen su conciencia racional, pueden pasarse horas entretenidos con la caja de cartón donde venía el juguete rimbombante que tantas horas de laburo nos costó, al que dejan arrumbado en un rincón para desgracia y sufrimiento de quienes han entendido Toy Story con demasiada literalidad.

La película, a pesar de este objetivo panfletario y marketinero tan mezquino, es sin embargo un acierto en cuanto producto artístico. Su guión entraña un cuestionamiento metafórico a la organización política de nuestra sociedad, un cuestionamiento en suma al poder, tanto en un plano colectivo como en el que Michel Foucault encontrase los “micropoderes” de la vida íntima y familiar.

Todo es increíble

Como en Toy Story, la trama se desarrolla en el universo creado por un niño de 7 u 8 años, que en este caso encarna un actor de carne y hueso, quien se pasa horas en el sótano de su casa, donde su papá (ese genial actor que es Will Farrell) tiene instalados varios paneles de mundos construidos con ladrillos Lego. Lo que para el padre era una especie de hobby caro como el de la construcción de maquetas de trenes, para su pequeño hijo eran millones de piezas de Lego a su disposición para armar y desarmar.

Entonces tenemos dos historias entrelazadas pero en dos niveles diferentes. Una, la que sostiene la mayor parte de la narración, transcurre en el universo de Emett, un insignificante obrero de la construcción que trabaja para el megamonopolio más importante de este mundo imaginario, construyendo todo lo que existe usando, claro está, ladrillos y piezas Lego. La otra, la del mundo “real”, el conflicto entre el niño y su padre acerca del uso de las piezas, un debate sobre las relaciones familiares de poder y la imaginación.

Como puede imaginarse el lector que no vio la peli, el mundo más interesante es el que construye el niño. En su “inocente” imaginación, el pibito da en la tecla, ya que el malo más malo es el empresario dueño de la megacorporación, Mr. Business o el Señor Negocios, representación en plástico de un diminuto Will Farrell con traje de empresario y actitudes despreciables como ser humano, un monstruo sagrado de pura maldad que pretende usar pegamento definitivo para ajustar todas las piezas del mundo en una versión quieta y definitiva, fija, de su poder y dominación.

El mundo construido por este poderoso empresario es una copia rutinaria y exagerada como caricatura de nuestro mundo cotidiano: enormes ciudades llenas de gente que se levanta, desayuna, ve la tele, se llena de comentarios y conversaciones burdas sobre el programa pedorro que vieron a la noche, cantando todos la misma canción de moda y ocupándose de sus tareas habituales.

Emett es un simple e invisible individuo gris en medio de este mundo monótono y monocorde, un explotado que no tiene idea de que lo es y hasta que punto, que no cuestiona el orden ni el poder del que emana, como millones de próximos suyos, hasta que un día se choca con una mujer hermosa, que lo enamora antes de seducirlo políticamente. Wildstyle (literalmente Estilo Salvaje, seudónimo militante de una más sencilla Lucía, muy berretamente traducido al castellano como “Estilo Libre”) es miembro de una logia clandestina de superhéroes llamados “Maestros Constructores” en una obvia alusión a los Maestros Jedi de Star Wars (los que aparecen en la peli), pero que puede aceptar la analogía con la Liga de la Justicia, ya que Batman, Superman, la Mujer Maravilla y Aqcuamán también aparecen y la Cofradía del Anillo, representada en uno de los personajes principales del film, el Gran Mago Blanco, caricatura de Gandalf.

El Gandalf de esta peli, llamado Vitruvius y doblado por el inmortal Morgan Freeman, lidera a este grupo desopilante de superhéroes que tienen la capacidad innata y sobrenatural de construir cualquier cosa imaginable utilizando las piezas de Lego que fueron diseñadas y fabricadas para funciones totalmente diferentes. La logia lucha en la clandestinidad contra Mr. Business para encontrar la “pieza de resistencia” un objeto mágico-sagrado que servirá para evitar que el malvado fije eternamente los ladrillos del mundo en una sóla e inextinguible forma.

En una clara alusión a la saga The Matrix, los maestros constructores tienen el poder de detectar la esencia de la construcción ficticia del mundo real de ladrillos y manejarla a su antojo, pudiendo construir objetos que no estaban diseñados originalmente y el Señor Negocios cuenta con un ejército de policías y agentes especiales liderado por Policía Bueno-Policía Malo (otro actor desproporcionado, el irlandés Liam Neeson) que remite al famoso Mr. Smith de la mítica saga de los hermanos Wachowski.

El éxito de la película se soporta en la excelente calidad técnica desenvuelta para desarrollar la trama, una mezcla de animación digital de última generación, conocida como CGI,  y la pionera técnica de animación del Stopmotion, consistente en sacar foto por foto de muñecos reales de Lego hasta dar la impresión de su movimiento por la superposición de las imágenes. Los creadores del film tienen la enorme capacidad de superar cualquier grado de delirio imaginativo de cualquier niño/a o adulto que se haya apasionado jugando con estos ladrillos o sus miles de falsificaciones (los Rasti en nuestro país, por ejemplo, o Playmovil).
Además, está llena de una sucesión interminable de referencias a decenas de películas que nos han fascinado durante las últimas tres décadas, con lo que la Warner y Lego matan varios pájaros de un tiro asegurándose la producción y venta masiva de cajas con ladrillos de todos esos universos culturales de masas.

Reforma o Revolución

Toda la tensión argumentativa, sin embargo, está puesta en la lucha de los sujetos oprimidos en un sistema social contra el poder dominante y la cuestión se juega en dos contradicciones elementales: la lucha del individuo para encontrar su verdadera identidad contra la que el sistema social le ha impuesto y la del caos contra el orden.

En primer lugar, un sencillo obrero cuyo destino es el de una rutinaria y eterna explotación camuflada bajo la apariencia de un mundo perfectamente feliz, diseñado por las corporaciones capitalistas, los medios de comunicación, la escuela y la familia, se rebela y descubre que, como Neo, está llamado a transformarse en el Salvador de la humanidad, en el Gran Maestro Constructor que lidere la conquista de la Pieza de Resistencia y detenga los objetivos finales del gran malvado. En un guiño costumbrista, los directores resuelven que no sea la profecía mágica ni la creatividad especial de Emett las herramientas claves en la realización de sus deseos y el de su especie, sino precisamente en la sencillez de su humilde forma de concebir el mundo.

Pecando de absoluta ingenuidad, debido a que se trata de la cosmovisión de un niño de 8 años, no fue el descubrimiento de la pieza de resistencia (el Santo Grial) lo que permitió vencer al Mal, sino la apelación al costado humano del Gran Capitalista Salvaje, que lo hizo reflexionar sobre el amor y el afecto y lo aflojó, haciéndolo retracarse y permitir que el mundo siguiera fluyendo, armándose y desarmándose sin ningún plan pre-establecido.
En el climax del film, ambas historias se fusionan, y Emett y el niño son uno mismo enfrentando a Mr. Business y al padre en la vida real, cuestionándole su intención de mantener los juguetes fijos en sus formas de fábrica cuando fueron inventados para que los niños y niñas los armen y desarmen a placer, inventando tantos universos como dicte su imaginación, no el mapita clásico de las cajas de marras.

Will Farrel, como todo buen padre cuyo pequeño hijo le cuestiona la falta de atención y afecto, después de un primer intento de negación y reto entra en razones y renuncia ante la evidente muestra de capacidad creativa e imaginativa del hijo, que le recuerda lo más importante de su propia pasión infantil por el juego.

Otra vez, como en Toy Story y Ralph el Demoledor, lo excitante del cuestionamiento de la realidad que podemos experimentar en el viaje de los héroes para encontrar la verdad liberadora, cae en decepción ante resoluciones que reconstruyen un orden armónico, de convivencia entre opresores y oprimidos, el verdaderamente ingenuo deseo de un mundo de conciliación de clases.

Son realmente ingenuos los realizadores que pretenden que la solución a la alienación y vacío de las relaciones humanas generadas por el capitalismo van a desaparecer el día que los poderosos sean alcanzados por ataques de conciencia promovidos por la generosidad y el amor desinteresado de sus súbditos.

Mucho más ingenuos que el propio pibe de la película, que logra poner de rodillas al poder absoluto cuando Wildstyle arenga a la población de la megápolis a transformarse cada uno y cada una en un Maestro Constructor, un llamado individualista pero eficaz a que cada sujeto se transforme en el constructor de sus propias armas para destruir al poder. Wildstyle saca la conclusión no deseada más revolucionaria, la salvación no vive en la esperanza de un líder iluminado que con su sabiduría descubra el método para vencer al sistema (la utopía cristiana de The Matrix) sino en que el pueblo explotado sea armado y se organice en una lucha sin cuartel por el poder, contra el poder.

Claro que decepcionarse ante el cierre de estas películas es tan irracional como pretender creerlas literalmente. Sería tan irracional como esperar peras del olmo. Los olmos no dan peras como las multimillonarias producciones de empresas capitalistas del cine y la industria del juguete no van a salir a inundar las mentes de las masas explotadas del mundo entero con la esperanza de vencer al poder con sus propias fuerzas. Esperar algo más que esto de Hollywood sería incorrecto.

Sin embargo, toda industria que pretenda atraer el deseo y el interés de las masas explotadas y oprimidas debe establecer un puente con ellas, está obligada a prestar intención a esos deseos, a esos intereses, y si es inteligente y sutil, ofrecerá una idea que pueda ser abrazada con pasión por las masas dominadas. El éxito masivo de Lego, la película, o Ralph, el demoledor (cuesta tensar la soga para el caso de Toy Story, donde la relación entre los juguetes y sus amos humanos no es puesta en términos de dominación sino de amistad, con excepción de la lucha entre juguetes y especuladores de la 2 o entre los juguetes abusados y la burocracia del Osito de Peluche en la 3) está en que millones en todo el mundo nos identificamos emocionalmente con los personajes que luchan para abolir su sufrimiento y que como pasa en la vida real todo el tiempo nos movemos en la angustiante decisión de romper todas las leyes existentes o lograr algún tipo de acuerdo con el régimen.


Reforma o Revolución parece ser que nos invitan a pensar los autores de estas pelis, verdaderos artistas que viven del sutil arte de comprender a las masas y seducirlas. Para vender pelis, juguetes, comics o videojuegos, o para moldear las conciencias populares, que en algún punto es lo mismo, pero no es igual.

¡¡Pegue Ralph, pegue!!

Ensayo crítico de Ralph, el Demoledor, Disney, 2012


Años después de terminada la saga de Toy Story, Disney vuelve al mundo íntimo del juego infantil en Ralph, el Demoledor, de 2012 (en inglés el título original es Wreck it Ralph!, algo así como “¡Rompélo Ralph!”). En lo esencial se mantienen los ejes centrales que garantizaron el éxito de Woody y sus amigos, pero esta vez se exploran con mayor intensidad las posibilidades emotivas y políticas de los protagonistas perjudicados por el lugar que el orden social les impuso. Sin llegar a rozar la posibilidad de un mundo superador, la necesidad de quedarse un tiempo del otro lado de la trama del mundo feliz del capitalismo es suficiente para que a Leyla y a mí esta peli nos haya gustado mucho más que su pionera.

En el mundo secreto de los fichines

Esta vez no se trata de juguetes sino de otra cara del mundo imaginario de los juegos infantiles, el de los video juegos. Los protagonistas son personajes de juegos “arcade” de fines de los 70 y de toda la década del 80, como Pac Man o Mario Bros., lo que quienes hemos sido niños y pre-púberes en esos años en el territorio argentino conocemos como “fichines” y si somos del interior y bastante viejos seguimos denominando como “Sacoa” en referencia a la primer gran cadena de “fichines” del país.

De nuevo el recurso de la industria cinematográfica y de fabricación y comercialización de juguetes y video juegos apelando al mercado de treintañeros nostálgicos de su infancia perdida y bien dispuestos a erogar parte de su salario en la pesquisa de viejos juguetes que les hagan volver a sentir algo de ese paraíso perdido.

Ralph es uno de los protagonistas “villanos” de un juego muy arcaico en el que decenas de personajes que representan a “personas comunes” viven en un edificio muy alto, que Ralph intenta demoler con sus dos enormes brazos como pistones. Su alter ego, Félix Jr. (Feliz) un petiso rubio de muy buenos modales que arregla todos los desastres que rompe Ralph y se gana el puntaje y el afecto de todos los habitantes del edificio. La película nos lleva a atestiguar toda la pasión tortuosa de la crisis de identidad de Ralph, icónicamente un enorme obrero de la construcción, que rechaza el lugar asignado por el destino y las leyes sociales de malvado y odiado.

Cuando el juego termina y los humanos cierran el salón de fichines, la película nos introduce en el mundo real de los personajes de los videojuegos, que desarrollan actividades humanizadas en el contexto de cada consola. Así, la crisis de Ralph estalla cuando descubre que no fue invitado a la fiesta en celebración de los 30 años de vigencia del videojuego, en el penthouse del edificio, donde su adversario Félix es homenajado por todos y él es sometido a una serie de humillaciones insoportables.

Ralph asiste a un encuentro de Villanos Anónimos, una terapia de grupo que intenta que cada villano acepte su lugar en la sociedad, donde intentan persuadirlo a reprimir su deseo de aceptación como un miembro útil de la sociedad, obligándolo a resignarse a su condición de malvado. Todo con el objetivo de sostener el statu quo: que los juegos sigan funcionando.
Lo mejor de la película transcurre alrededor de las peripecias que desencadena en todo el universo conocido de ese local de fichines este personaje rebelde, que se cuela contra todas las leyes en otro videojuego, uno moderno similar al Counter Strike, donde comandos de infantería se cagan a tiros y explosivos contra alienígenas, con tal de conseguir medallas y ser reivindicado por los habitantes del edificio.

En toda su torpeza Ralph libera un virus cibernético que pone en jaque a todas las máquinas y plantea la posibilidad de la quiebra del pequeño comercio. Que es lo que pasa cuando un rebelde pone en riesgo, como Ralph, el orden social y político.

La vida de Ralph es desesperante, cada decisión que toma buscando su felicidad individual cuestiona el orden establecido y genera un desastre peor, sin satisfacer su necesidad de reconocimiento. El clímax llega cuando se encuentra fortuitamente en otro juego (una especie de universo de caramelos y golosinas donde una veintena de personajes diminutos construyen autos de Fórmula 1 o Nascar con las golosinas y compiten en una carrera automovilística por todo el Reino de Dulces) con la co-protagonista del film, una pequeña niña llamada Vanellope, que fue condenada a una especie de exilio a los márgenes del mundo de alegría por ser una “falla” del sistema.

¡Fuck you, Woody!

Como en grandes películas del cine existencialista occidental de la segunda mitad del siglo XX, Ralph y Venellope desarrollan una fuerte amistad en el polo contrario de la felicidad idílica de Woody y Buzz en Toy Story. Son amigos en la desgracia. Uno destruye todo lo que toca, frustrado en su deseo de ser reconocido y amado como un buen tipo que es esencialmente, la otra expulsada y estigmatizada por una discapacidad congénita, llora con desconsuelo su deseo frustrado de ser la mejor corredora de autos de caramelo de la Historia.

Llegados al borde del abismo, como en El perfecto asesino, el poético film de Luc Besson de 1994 donde un aparentemente frío asesino profesional encarnado por Jean Reno se encuentra con una niña melancólica y su plantita, en la inolvidable actuación de una joven Natalie Portman, Ralph usa su único valor, su fuerza bruta capaz de romper todo, para fabricarle a Venéllope un veloz auto de carrera muy imperfecto en su terminación, como uno de esos regalos que los chicos le hacen en el Día de la Madre a sus progenitoras en las salas de jardín.

Cuando, sostenidos únicamente por su generoso amor desinteresado, Ralph y Vanellope están a punto de cumplir sus sueños, el Rey del Mundo del Dulce, un enano que se parece mucho a un personaje de Alicia en el País de las Maravillas o que puede rememorar al Mago de Oz, corrompe a Ralph, le entrega su añorada medalla pagándole el abandono de Venéllope y la destrucción del auto, símbolo de su amor fraternal.

En una segunda crisis existencial, más amarga que la primera, ya que Ralph ha traicionado a conciencia a la única persona que le había dado afecto y reconocimiento en el mundo a cambio de satisfacer su vanidad, nuestro protagonista se rescata a sí mismo, vuelve al reino del dulce y ayuda a Vanéllope a ganar la carrera y en el proceso de lograrlo, desenmascarar al Rey del Dulce como lo que era en realidad, un virus arcaico que se había colado en este juego, un criminal que hizo que Vanéllope pasase de ser una de las mejores corredoras del formato original transformándola en una falla.

Toda la secuencia de situaciones que atraviesa Ralph desde que comienza su angustia hasta el final de la película son lo más interesante y logrado del film, tanto en su contenido político y ético como en la realización técnica. De un mundo casi cuadrado y pixelado hasta un universo irreal como el del Reino del Dulce, la película es un despliegue de creatividad, personajes, situaciones, formas y colores inabarcables, imposibles de gobernar. La sensación es la del universo desconocido para el viajero como de un caos ordenado, que no cesa de fluir.

Como todo proceso revolucionario (los conflictos individuales no son más que la expresión en la parte de las contradicciones del todo) lo más interesante son las enseñanzas que deja la vida cuando pierde la contención rutinaria de los esquemas legales, morales o éticos estructurados. Ralph debe demoler el orden establecido en su mundo para encontrarse con una verdad superadora, que le permita sanar su angustia y reconstruirse, ubicarse en un lugar de satisfacción.

Relájate y goza, otra vez

El problema está en la incapacidad ideológica de los creadores de la película para permitirse soñar con un mundo tan diferente en donde los Ralph puedan erigirse en lo que sueñan, gobernar su propio destino. La tragedia de Ralph se resuelve cuando a raíz de su entrega generosa y desprendida por la felicidad de otro, de alguien que lo ha amado y que era más infeliz que él mismo, es lo que lo transforma en un verdadero héroe. Sin embargo, todo eso sólo le alcanza para terminar resignándose a ocupar el lugar que el sistema prefijó para él de antemano, el del villano.

Después de tanto trajín, Ralph vuelve a su juego original, continua haciendo lo que siempre hizo, jugando su rol malévolo, pero al menos con el reconocimiento de sus “víctimas”. Su integración al mundo como un ser funcional a cambio de la satisfacción moral de seguir viendo desde lejos como su mejor amiga triunfa finalmente en el mundo de los dulces, la máquina de fichines frente a la suya.

Y a quien se apure a criticar esta reseña como un acto de extrapolación delirante de reflexiones políticas sobre una simple peli “para chicos”, baste decir que los mismos creadores colocan en la misma resolución de la peli una prueba de que ésta es una lectura plausible. Cuando se descubre la estafa del falso Rey, Vanéllope es repuesta en su lugar original como Reina del Mundo de los Dulces y ella declina el trono para transformar al Reino en una República Democrática, declarándose Presidenta. Es la marca que devela el revés de la trama, que demuestra que toda la película ha sido pensada como un ejercicio de catarsis político, una reflexión sobre la injusticia del mundo a la hora de designar lugares fijos a los individuos, de imprimirles un destino adverso.

Pero el mensaje tiene el mismo tufillo hipócrita de Toy Story, aún a pesar de la evidencia de que vivimos un mundo basado en la hipocresía, en la existencia de grupos sociales privilegiados que disfrutan una felicidad basada en el sufrimiento de los grupos sociales “marginados”, “expulsados” como Vanéllope o lisa y llanamente explotados, como Ralph, la clave de la felicidad de los oprimidos, nos dicen estos directores y creativos “progresistas”, es relajarse y aceptar lo bueno de lo que nos tocó en suerte. Tanta tecnología y creatividad para volver a los viejos cuentos moralistas y complacientes que las distintas confesiones religiosas inyectan en las cabezas juveniles desde el feudalismo para acá.

Para el pobre, sufrimiento y resignación.

Con todo, las películas, como toda obra de arte, se completan realmente en la conciencia del espectador, dejando cierto margen para que uno o una le imponga un sentido diferente al concebido por el o les autores.

Leyla y yo disfrutamos con locura de la bellísima relación alimentada en medio de las dificultades más extremas de esos dos sobrevivientes con su amor quebrado y golpeado. Al punto que la hermosa criatura que es mi hija no sólo elije poner esa peli cuando me vé un poco abrumado por la carga de la alienación del trabajo y la lucha cotidiana por sobrevivir, una noche usó el Paint de la computadora para dibujar y pintar el auto chueco que construyeron juntos Ralph y Venéllope, símbolo de su amor, base material del éxito final en su lucha por un mundo mejor.

Para Leyla y para mí, como seguramente para mi amigo Gabriel Falzetti, quien insistió en esta reseña, la victoria de Vanéllope frente al tirano representa una satisfacción suficiente para salvar la peli, para defenderla con un sonrisa frente a Disney y sus directores de arte y contenidos, con la confianza plena que en el mundo sin clases sociales ni explotación que soñamos y construimos juntos, algún día cierto, las Vanéllopes seguirán su revolución de forma permanente, atravesando los fichines de arcade y el ciber espacio para liberarse definitivamente junto a todos los Ralph de las cadenas de su destino.